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Complemento del Tema 2, Apuntes de Derecho Constitucional

Asignatura: Fundamentos de Derecho Constitucional, Profesor: Contreras Contreras, Carrera: Derecho, Universidad: UniZar

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 10/02/2017

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Genealogía del nacionalismo
Pep Subirós
Claves de razón práctica, nº 24, 1992
Una de las paradojas más espectaculares de este final de siglo es la aceleración simultánea de
dos tendencias aparentemente contradictorias; por una parte, un movimiento objetivo hacia la
mundialización de los espacios y las relaciones sociales: la economía, el mercado, la política, la
comunicación, el arte, la guerra; por otra, una intensa y extensa reanimación del nacionalismo; es
decir, de formas de conciencia y de sensibilidad sociales en las que las nociones y los sentimientos de
comunidad, identidad y pertenencia de los individuos se organizan fundamentalmente alrededor de la
idea de nación.
Ciertamente, uno no puede asimilar sin matices todos los nacionalismos realmente existentes:
no es lo mismo el nacionalismo español que el iraní, ni el norteamericano que el alemán, ni el catalán
que el lituano, por ejemplo. A veces se trata de un sentimiento difuso de solidaridad de la mayoría de
los miembros de una sociedad estatalmente unificada sobre la base de algunos ideales de futuro;
otras, en cambio, es una voluntad más o menos organizada de autogobierno por parte de un colectivo
regional o étnico frente a un poder que es sentido como extraño o ilegítimo; en algunos casos, es una
corteza ideológica fomentada por una estrategia electoral o por una política de Estado que busca el
refuerzo de su dominio en el interior de sus fronteras o la ampliación de su influencia fuera de ellas;
en otras, es difícil distinguir entre el nacionalismo como fenómeno laico y un cierto fanatismo
religioso. Con frecuencia, en fin, en los nacionalismos realmente existentes se mezclan dos o más de
estas características.
Sin embargo, bajo diferentes motivaciones y formas de expresión, más allá del tipo de régimen
político o de los intereses económicos que defiendan o propugnen, todos los nacionalismos
comparten una verdad común que hace posible que podamos hablar del nacionalismo como género:
todo nacionalismo define una identidad y, por tanto, una diferencia colectiva; impone unas lealtades
y delimita unas solidaridades; por ello, legitima deslealtades e indiferencias La identidad, la lealtad,
la solidaridad, quedan establecidas respecto a la gente y las instituciones que forman parte de la
nación a la que se pertenece o la representan La diferencia, la deslealtad, la insolidaridad, para
quienes quedan al margen de este espacio. El fenómeno no es nuevo, ciertamente, pero tampoco es
demasiado antiguo, y en cuanto a natural, no lo es en absoluto.
Esta delimitación de un ámbito territorial y humano que satisface en los individuos un cierto
sentimiento de identidad, de comunidad y de pertenencia, que impone lealtades y solidaridades, que -
en definitiva- hace que el individuo pueda reconocerse como miembro de un grupo, no es un invento
del nacionalismo. De hecho, es un invento tan antiguo como la humanidad porque responde a una
exigencia que parece permanente en la condición humana: los individuos necesitan reconocerse como
miembros de un grupo en el que operen ciertos códigos de comportamiento, que ofrezca ciertos
valores, cierta ley -escrita o no-, que dé razón del lugar que ocupa cada cual y que regule las
relaciones de los miembros del grupo entre sí y de todo el grupo con los demás.
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Genealogía del nacionalismo

Pep Subirós

Claves de razón práctica , nº 24, 1992

Una de las paradojas más espectaculares de este final de siglo es la aceleración simultánea de dos tendencias aparentemente contradictorias; por una parte, un movimiento objetivo hacia la mundialización de los espacios y las relaciones sociales: la economía, el mercado, la política, la comunicación, el arte, la guerra; por otra, una intensa y extensa reanimación del nacionalismo; es decir, de formas de conciencia y de sensibilidad sociales en las que las nociones y los sentimientos de comunidad, identidad y pertenencia de los individuos se organizan fundamentalmente alrededor de la idea de nación.

Ciertamente, uno no puede asimilar sin matices todos los nacionalismos realmente existentes: no es lo mismo el nacionalismo español que el iraní, ni el norteamericano que el alemán, ni el catalán que el lituano, por ejemplo. A veces se trata de un sentimiento difuso de solidaridad de la mayoría de los miembros de una sociedad estatalmente unificada sobre la base de algunos ideales de futuro; otras, en cambio, es una voluntad más o menos organizada de autogobierno por parte de un colectivo regional o étnico frente a un poder que es sentido como extraño o ilegítimo; en algunos casos, es una corteza ideológica fomentada por una estrategia electoral o por una política de Estado que busca el refuerzo de su dominio en el interior de sus fronteras o la ampliación de su influencia fuera de ellas; en otras, es difícil distinguir entre el nacionalismo como fenómeno laico y un cierto fanatismo religioso. Con frecuencia, en fin, en los nacionalismos realmente existentes se mezclan dos o más de estas características.

Sin embargo, bajo diferentes motivaciones y formas de expresión, más allá del tipo de régimen político o de los intereses económicos que defiendan o propugnen, todos los nacionalismos comparten una verdad común que hace posible que podamos hablar del nacionalismo como género: todo nacionalismo define una identidad y, por tanto, una diferencia colectiva; impone unas lealtades y delimita unas solidaridades; por ello, legitima deslealtades e indiferencias La identidad, la lealtad, la solidaridad, quedan establecidas respecto a la gente y las instituciones que forman parte de la nación a la que se pertenece o la representan La diferencia, la deslealtad, la insolidaridad, para quienes quedan al margen de este espacio. El fenómeno no es nuevo, ciertamente, pero tampoco es demasiado antiguo, y en cuanto a natural, no lo es en absoluto.

Esta delimitación de un ámbito territorial y humano que satisface en los individuos un cierto sentimiento de identidad, de comunidad y de pertenencia, que impone lealtades y solidaridades, que - en definitiva- hace que el individuo pueda reconocerse como miembro de un grupo, no es un invento del nacionalismo. De hecho, es un invento tan antiguo como la humanidad porque responde a una exigencia que parece permanente en la condición humana: los individuos necesitan reconocerse como miembros de un grupo en el que operen ciertos códigos de comportamiento, que ofrezca ciertos valores, cierta ley -escrita o no-, que dé razón del lugar que ocupa cada cual y que regule las relaciones de los miembros del grupo entre sí y de todo el grupo con los demás.

Lo nuevo, en términos históricos, es el nacionalismo en cuanto respuesta a esa exigencia. Lo nuevo es la nación como realidad en la que se reconocen los miembros de un grupo y a la que otorgan su lealtad suprema.

Los nombres y las cosas

La realidad siempre es mucho más compleja y dinámica que el lenguaje con el que nos la representamos, la interpretamos, la apresamos. Las cosas cambian, pero los nombres permanecen, y con frecuencia aplicamos nombres viejos a cosas nuevas. Intentamos apropiarnos de la realidad mediante la representación simbólica del lenguaje, pero esta representación es siempre una interpretación que necesita, a su vez, ser interpretada. El terreno del significado es siempre resbaladizo y frecuentemente confuso, en el cual nos movemos a caballo de metáforas, aproximaciones y definiciones circulares. Cuando aplicamos nombres viejos a cosas nuevas los significados se acumulan y las posibilidades de confusión se multiplican.

La relación entre las realidades nacionales y los conceptos de nación y nacionalismo constituye un caso particularmente delicado de este batiburrillo interpretativo. Es necesario, pues, de entrada, desentrañar su campo semántico.

Los defensores del nacionalismo, de todo nacionalismo, se complacen en buscar -y necesitan encontrar- orígenes remotos y esencias permanentes en toda realidad nacional. Así, se establecen continuidades entre formaciones históricas antiguas o medievales (a veces incluso con antecedentes prehistóricos, que se pierden en la noche de los tiempos o de la providencia) y las naciones modernas. Y eso sucede en Oriente y en Occidente, en el Norte y en el Sur. Cualquier historia de Francia, Alemania, España o de cualquiera de los países-estado moderno, lleva a cabo este zurcido de los descosidos históricos para presentar un tejido continuo, en el cual el estampado final ya había estado idealmente presente en el diseño de los padres de la patria. De hecho, esta continuidad no existe o existe solamente en algunas expresiones del lenguaje.

Aunque el término nación derive directamente de una forma latina (natio) existente desde hace más de dos mil años, el significado original de esta palabra no tiene nada que ver con el que ha adquirido en los tiempos modernos, que es fundamentalmente político.

Hasta comienzos de la Edad Media, la idea de nación se refiere a comunidades unificadas internamente y diferenciadas externamente por factores étnicos y/o lingüísticos y/o religiosos, pero completamente al margen de sus formas jurídicas y políticas de existencia. No hay ninguna correspondencia entre nación y organización o poder político. Ni donde existen formas estatales de organización del poder como en las ciudades griegas, en el Imperio Romano o en el bizantino, ni donde no existen, la idea de nación no juega ningún papel político, y la estructura y la dinámica económica, militar, cultural, en ninguna parte tiene nada de nacional , adjetivo que, por otra parte, no existe.

Las lealtades y las solidaridades, los derechos y los deberes, tienen como referencia cierto

demarcación territorial de la Iglesia. En principio, estas demarcaciones correspondían a criterios geográficos y lingüísticos más o menos homogéneos; muy pronto, sin embargo, fueron alterados en función de las disputas y de la correlación de fuerzas en la Iglesia, y entre la Iglesia y el poder temporal.

Esta noción también se utilizaba inicialmente en las universidades para agrupar a los estudiantes de acuerdo con su origen étnico y lingüístico.

Estos precedentes son interesantes porque sitúan la primera politización de la idea de nación en un marco que tendrá una importancia decisiva para su futuro: las luchas en el seno de la Iglesia occidental y las luchas entre el poder de la Iglesia romana y los diferentes centros de poder temporal emergentes en Europa.

Reforma protestante y nacionalismo

La historia toma con frecuencia caminos tortuosos. Uno de estos recorridos paradójicos es el paso por la reforma protestante que favorecerá de forma decisiva la gestación de la idea moderna de nación y de nacionalismo tanto en el aspecto ideológico como en el práctico.

Inspirada originalmente por un retorno a la pureza y al primitivismo de la enseñanza bíblica, a la desconfianza hacia los poderes temporales y a la relación directa entre el creyente y la divinidad, la evolución de este movimiento lo llevará a una negación práctica y radical de sus premisas. Eso ocurre en el terreno de la economía, de la política e incluso en el de la moral. Weber y Tawney, entre otros, han analizado magistralmente este fenómeno en los ámbitos de la economía y la moral.

A nosotros nos interesa aquí el campo de la política y, en especial, la relación entre la fe, el Estado y la nación. La relación paradójica entre la fe religiosa y la conciencia política, que se halla en la base del nacionalismo moderno, se produce especialmente a partir del amplio movimiento de Reforma protestante y de la aparición y desarrollo paralelos de los Estados europeos modernos.

En el aspecto práctico la Reforma, al romper los lazos de obediencia y dependencia respecto a Roma, reforzó y legitimó la tendencia ya operante hacia la constitución de grandes dominios monárquicos como unidades políticas soberanas, no solamente en el orden temporal, sino también en el espiritual.

Ideológicamente, al poner énfasis en un retorno a las Escrituras, y sobre todo al Antiguo Testamento, la Reforma recupera el sentido particularista de la vieja tradición judía, a diferencia del espíritu universalista propio del cristianismo.

En este sentido, la Reforma protestante genera un proceso de reorganización de la conciencia social a favor de comunidades restringidas de fe. Restringidas, es decir, no universales, que responden a cierta interpretación de las Escrituras sobre la que se organiza una conciencia de grupo diferenciado que mantiene una relación especial y privilegiada con Dios.

Este fenómeno es totalmente nuevo. Durante toda la Edad Media se producen movimientos de reforma y renovación religiosa que en algunos casos llegan a entrar en grave conflicto con la autoridad papal e incluso rompen la relación con el papado, lo cual los condena a largas y violentas persecuciones. Hay, sin embargo, algunas diferencias sustanciales entre estos movimientos y los que generó la Reforma protestante.

Por una parte, se puede hablar de una diferencia externa. La Reforma coincidió con la maduración de las condiciones que hicieron posible la formación de los Estados modernos. Estos Estados ya no obedecían a una lógica, imposible, de dominación imperial sobre Europa, de ampliación territorial permanente, de crecimiento extensivo, sino a una necesidad de consolidación interna, intensiva, de afirmación de fronteras, de refuerzo, de cohesión y fidelidad interior.

Por otra parte, se puede hablar de dos grandes diferencias internas. Todos los grandes movimientos de renovación religiosa de la Edad Media fueron movimientos que aspiraban a volver a la pureza del cristianismo primitivo, al mensaje de fe y fraternidad humana universal del Nuevo Testamento. Son movimientos que esperan el retorno de Cristo para que imponga definitivamente el orden y la justicia en este mundo. Son movimientos que renuncian al poder temporal en beneficio de una intensificación de la fe y de la pureza del espíritu.

En cambio la reforma protestante pone énfasis en el retorno a las Escrituras y, muy especialmente, al Antiguo Testamento. Recupera el sentido particularista de pueblo elegido de la vieja tradición profética -a diferencia del espíritu universalista propio del cristianismo- y muchas de sus corrientes emprenden una lucha contra todo y todos en favor de la instauración en la tierra de un orden político, social y moral adecuado a la palabra de Dios. Por otra parte, en la medida en que establece que la condición de salvación es la gracia y no la fe, libera la acción humana de las costricciones de la fe. Ciertamente, no todas las corrientes de la Reforma protestante adquirieron la misma importancia en la génesis del nacionalismo. Esta influencia se ejerció, sobre todo, a través de las corrientes calvinistas y puritanas. Los luteranos, en cambio, favorecieron cierta refeudalización política.

La influencia del calvinismo y el puritanismo vino dada especialmente, y paradójicamente, por su radicalismo teocrático. Este radicalismo, inspirado en una autoconciencia del pueblo elegido, llevó a estas corrientes a enfrentarse no solamente con la autoridad de la Iglesia católica, sino con la de los príncipes y monarcas que no gobernaban de acuerdo con la ley de Dios. Paradójicamente, estas posiciones teocráticas se convirtieron en fermento decisivo para la aparición ulterior de actitudes democráticas; es decir, para la intervención directa de los fieles en la elaboración de la ley positiva y la elección de los magistrados, y para la configuración de un tipo de unidad comunitaria no solamente religiosa, sino también política Y, a la larga, sobre todo política.

El radicalismo teocrático de estos fieles venció plenamente en algunos casos: Suiza, y en especial Ginebra, se convirtió en una república prácticamente teocrática. En otros lugares se llegó a soluciones de compromiso, con el predominio de unos u otros. Sin embargo, las ideas reformadoras dejaron una huella decisiva en el Estado y en la conciencia social de varios países europeos. Inglaterra y Holanda son ejemplos claros de ello.

por los cambios producidos en la mentalidad religiosa y preparado e interesado en intervenir activamente en una nueva ordenación de la sociedad.

Lo que no está en discusión es la cuestión nacional entre otras razones porque no existe.

En los escritos políticos del siglo XVII y la mayor parte del XVIII, nación equivale a lo que mas adelante se denominará sociedad , con toda la indefinición descriptiva de esta palabra y también con toda su neutralidad valorativa.

Lo que sí está en discusión, lo que sí es tema y cuestión es el Estado, no por lo que respecta a la necesidad de su existencia -punto en el que todos están de acuerdo-, sino para resolver la forma más adecuada para el bienestar de la nación, de la sociedad.

Todo ello no quiere decir, sin embargo, que el desplazamiento semántico experimentado por el término nación no sea suficientemente importante y sintomático. Efectivamente, con el paso de una definición naturalista, objetiva, basada en criterios étnico lingüísticos, en la que la nación es una realidad totalmente ajena a la esfera política, a una definición explícitamente demográfica, implícitamente jurídico-política -la nación existe como comunidad en función del Estado-, en la que la nación es la base material y social de la que, de alguna manera, emana el poder del Estado, lo que se hace es introducir, sin hacer ruido, una concepción inmanente de la vida política, eliminar o hacer irrelevante toda legitimación sobrenatural del poder y abrir la puerta a la afirmación del principio de soberanía popular.

Bajo este desplazamiento semántico aparentemente secundario hay, pues, un desplazamiento político-ideológico de primera magnitud. Un cambio de paradigma que creará, poco a poco, las condiciones de posibilidad, e incluso de necesidad, del moderno hecho nacional.

Efectivamente, por más que durante mucho tiempo la mayoría de los nuevos teóricos del Estado, de la política y de la sociedad intenten deducir la ley positiva del derecho natural y el derecho natural de la ley divina (o que traten de explicar la sociedad a partir de la naturaleza humana y ésta a partir de la creación divina), ello no impide que los argumentos teológicos sean a la larga políticamente irrelevantes. Buena parte de la obra de Hobbes, por ejemplo, está dedicada a demostrar la concordancia entre su teoría del Estado y las Sagradas Escrituras. Este hecho no impide, sin embargo, que las referencias bíblicas sean totalmente superfluas y no modifiquen la sustancia de las concepciones hobbesianas. Tampoco impidió que en su momento Hobbes fuera considerado un ateo y un subversivo de toda religión.

A pesar de que las creencias religiosas constituyen una premisa ideológica fundamental del desarrollo de las nuevas concepciones políticas, cuando estas concepciones se elaboran y se consolidan llegan a independizarse de aquellas creencias y las hacen innecesarias. Eso comporta algunos problemas, especialmente en el terreno político. Si la naturaleza tiene horror al vacío, la política aún lo teme más. Si no hay una instancia superior, trascendente, ¿quién o qué legitima el poder político y el orden social, con todas sus miserias y desigualdades? ¿La voluntad popular? ¿La democracia? A la larga sí, inevitablemente, porque las premisas de la razón política moderna conducen necesariamente a esta conclusión (Será necesario ver cómo se entiende la soberanía

popular y cómo se instrumenta la democracia. En cualquier caso, todos los regímenes políticos modernos posteriores a las revoluciones americana y francesa pretenden ser la expresión de esa soberanía y los organizadores de la democracia).

Pero no nos engañemos, esta conclusión no se dedujo teóricamente hasta que la práctica política lo impuso. Entonces, y no casualmente, tomó la forma de soberanía nacional. Mientras tanto, sin embargo, y hasta finales del siglo XVIII, el pueblo no existía como posible sujeto político de un Estado civilizado. Incluso para los filósofos más progresistas, la gran mayoría de los individuos de una nación no eran más que "animales de dos patas" (Voltaire), bestias de carga condenadas a la ignorancia, necesitadas de superstición, objetos del poder y de los poderosos.

No seamos ilusos: los forjadores de la razón política moderna únicamente son socialmente revolucionarios en la medida en que no se percatan de ello, y cuando lo advierten hacen todo lo posible para no serlo.

Antes hemos dicho que para ellos el tema de discusión, la discusión, es el Estado y no la nación o la sociedad. Eso es cierto en el sentido de que la sociedad -su división interna, las formas de trabajo o la vida cotidiana, las divisiones estamentales, el papel de las mujeres, las condiciones de vida de las clases subalternas, etcétera- aparece como un datum natural sobre el que no parece haber ninguna discusión posible. Aun así, no quiere decir que sea un tema irrelevante. Es relevante en la medida en que es la sociedad la que genera la necesidad de Estado.

La sociedad es un mal necesario. Un mal porque ella misma es un reino de violencia, inseguridad, desorden. Es necesaria porque en ella se produce y se distribuye la riqueza. Y los teóricos del Estado no discuten cómo se produce y se distribuye la riqueza. No lo discuten porque lo asumen, como beneficiarios de ella que son. La discusión y la teorización en torno del Estado es la discusión sobre la manera de garantizar la seguridad y la relativa libertad de los beneficiarios de este orden social que no se pone en cuestión.

Así y todo, al tratar de introducir una nueva racionalidad política se pone en peligro, indirectamente, la legitimación del orden social. Si la política depende únicamente de la voluntad y la inteligencia de los hombres, ¿por qué no depende de todos los hombres? ¿Y por qué no depende de ellos también el resto de la vida humana? Y si ésta dependiera de ellos, ¿cómo hacer que los desposeídos acepten su suerte?

Unicamente desde este punto de vista -por otra parte, explícitamente presente en la obra de todos los autores anteriores a la Revolución Francesa- puede entenderse la simultaneidad de la lucha en favor de la razón y la ilustración para las clases poderosas, y a favor, por otra parte, de religiones sociales -creencias religiosas convencionales mas o menos reformadas- dirigidas a hacer soportable el destino de los desposeídos. Si a alguien puede aplicársele la teoría conspiradora de la religión es precisamente a quienes la inventaron: ¡los críticos y los racionalistas filósofos ilustrados!.

En este marco es donde la idea de nación encuentra, finalmente, un destino glorioso y pasa a ser la nación.

unificándolos, haciéndolos comunidad, dando lugar a un alma nacional que se manifiesta en la lengua, las costumbres, las leyes, las creencias, la cultura... La Nación es un destino porque es una herencia irrenunciable. El Estado es la forma natural de existencia política de una Nación, al margen de las características internas de los Estados, porque los derechos, las libertades, la independencia, se miden considerando la Nación, no el individuo. El Estado defiende la Nación de su posible desnaturalización a manos de otras lenguas, otras leyes, otras costumbres. El Estado es el vehículo por el que la Nación puede mantenerse igual y fiel a sí misma.

La Nación como proyecto

Si la idea de Nación en Alemania es una especie de hija bastarda de la Ilustración, la que se forma en Francia y en el mundo angloamericano es una hija plenamente legítima.

Ya antes de la Gran Revolución , el concepto de nación adquiere en Francia una dimensión abiertamente política. A partir de mediados del siglo XVIII el término ya no tiene un significado puramente sociológico o demográfico, relativo a la gente que vive en un mismo marco estatal, sino que pasa a designar el conjunto de ciudadanos que desean y deciden libremente vivir en común concediéndose una misma ley, un mismo Estado. El Estado, entendido como Gobierno y Administración, encarna esa voluntad nacional. Es el reconocimiento de algo que ya estaba contenido implícitamente en las premisas de la nueva concepción del Estado, pero que sus primeros teóricos no se habían atrevido o no habían querido formular o pensar: que la sede permanente de la soberanía política radica en el conjunto de miembros que constituyen una sociedad. Es el desarrollo del principio democrático -aunque el ámbito de aplicación sea aún restringido- contenido en toda concepción inmanente de la vida social y política.

Es también la preparación para la plena politización de la idea de Nación, y para su conversión en el núcleo de una de las mitologías más importantes de la modernidad: el nacionalismo.

Las revoluciones norteamericana y francesa llegarán a ser hitos importantísimos en este proceso de politización y también de mitificación. En el caso norteamericano, la idea de Nación como expresión de la voluntad y la libertad de los ciudadanos jugará un papel de primer orden en la lucha por la independencia frente a la Corona británica. En Francia, los sectores revolucionarios se apropiarán de la idea de Nación para afirmarse como portavoces del interés nacional frente a los intereses particulares o estamentales de los defensores del Antiguo Régimen.

En los dos casos, la Nación pasará a ser entendida no ya como la suma de todos los miembros de una sociedad estatalmente unificada, sino como la comunidad forma da por los patriotas -y solamente por ellos- que comparten un proyecto de transformación política y social de interés nacional.

Es el nacimiento de un cierto nacionalismo, históricamente progresista, de inspiración democrática y humanista (ciertamente, dentro de unos límites: todavía durante mucho tiempo, para ser titular de derechos políticos será necesario, además de pertenecer al género humano, disfrutar de un par o tres de características secundarias muy importantes: tener cierto patrimonio, ser varón, de raza blanca...), favorecedor de la modernización económica, técnica e intelectual... también es un

nacionalismo expansivo, que no se basa en una supuesta unidad cultural de origen que conviene conservar, sino en una conciencia de superioridad histórica y en proyectos civilizadores que es necesario exportar: un nacionalismo, pues, que legitimará todo tipo de empresas imperialistas.

Parece que nos encontramos en las antípodas de la idea de Nación de tipo herderiano o romántico. Sí y no. Sí, porque los argumentos y las aspiraciones son claramente contradictorios. No, porque las cuestiones y los mecanismos centrales son los mismos, se mueven en un mismo paradigma político intelectual, aunque los datos de partida y las respuestas -es decir, las opciones- puedan ser muy diferentes y, sobre todo, entrar en conflicto entre sí.

En los dos casos, la cuestión central no es la Nación, sino el Estado; es decir, la afirmación o la negación de un determinado poder de Estado, que se considera adecuado o no a las exigencias y los intereses de una determinada sociedad.

En los dos casos, el mecanismo ideológico central legitimador de estas opciones de poder es la reificación de la idea de Nación, su conversión en una supuesta realidad objetiva, inmanente a la sociedad pero trascendente respecto a las conciencias y las voluntades individuales y normalmente portadora de una misión histórica que solamente ella puede llevar a cabo.

Nacionalismo contra cosmopolitismo

Aunque es cierto que los orígenes de nuestra idea moderna de Nación y del nacionalismo como ideología y como movimiento político se hallan en la razón política moderna y, en especial, en su desarrollo por parte del pensamiento ilustrado, no es menos cierto que para ese pensamiento, ni Nación ni nacionalismo representan ideales por los que luchar.

Muy al contrario, si en este terreno existe un ideal de la Ilustración, ése no es la Nación, sino la Humanidad; no el nacionalismo, sino el cosmopolitismo; no la búsqueda de las esencias históricas, sino el Progreso. Voltaire, Hume, Kant, todos los exponentes más calificados de la Ilustración defienden explícitamente y, hasta cierto punto, practican efectivamente una concepción del hombre y de la sociedad que no reconoce razas ni fronteras.

Las relaciones de Voltaire con Federico II de Prusia o con Catalina de Rusia, las largas estancias de Hume en Francia y su relativismo moral y político, las elaboraciones filosófico-políticas de Kant, son otras tantas pequeñas muestras en diferentes campos de que el ideal cosmopolita es para los ilustrados algo más que una consigna o una coartada retórica, es un valor real. Es decir, Voltaire, Hume, Kant y la gran mayoría de ilustrados se sienten realmente ciudadanos del mundo, y sus primeras fidelidades no son fidelidades a ninguna Nación, sino a la Humanidad; no a una cultura nacional, sino a la Razón.

Sin embargo, son los mismos ilustrados quienes ponen las bases intelectuales de la reificación, la sustantivación de la idea de Nación y de su conversión en una referencia trascendente, sagrada, capaz de constituir el centro de la nueva religión social que ven como imprescindible y,

años Europa en un campo de batalla permanente entre Estados-Nación, y en algunos casos -como en España- en el interior del propio Estado, siempre en nombre del interés nacional, de la voluntad nacional, de la soberanía nacional.

La síntesis nacionalista

El hecho nacional -y por extensión, la cuestión nacional- es un invento moderno y es, por cierto, un invento muy complejo.

En el hecho nacional convergen y se condensan las premisas y las consecuencias ideológicas de la Ilustración y de la anti-Ilustración, del racionalismo moderno y del moderno irracionalismo, de las viejas y de las nuevas mitologías, del progreso y de la reacción. Éste es el secreto de la complejidad y de la irreductibilidad del hecho nacional.

Los nacionalismos existentes realmente en los siglos XIX y XX se constituyen mezclando, en diferentes proporciones, estas dos tradiciones: por una parte, la tradición naturalista-objetivista, que entiende la Nación como resultado de determinaciones naturales y de un destino trascendente a la voluntad o a la conciencia de los individuos; por otra, la tradición voluntarista-subjetivista, que afirma la Nación como expresión de la voluntad y la libertad de sus miembros. En medio, todas las variantes que se quieran. La mezcla staliniana, por ejemplo, una de las más conocidas, no es más que una de las muchas posibles y existentes. Quizá su característica más destacada es que en el orden teórico acentúa especialmente los aspectos objetivos, mientras que en la práctica política reconoce únicamente aquellos hechos nacionales que se expresan subjetivamente en contra de un adversario común. Pero, en este aspecto, todas las prácticas políticas parecen de inspiración staliniana.

Unos mismos términos, ideas y movimientos reales -nación, patria, nacionalismo, interés nacional, movimientos de liberación nacional...- han servido y sirven para dar cobertura ideológica a las aspiraciones y los intereses mas diversos, con frecuencia opuestos, de derechas e izquierdas.

Hay hechos nacionales construidos en torno de ideas y valores como la libertad, el progreso, el futuro, la soberanía popular el cosmopolitismo, los derechos del hombre... Otros, en cambio pretenden ser la encarnación de la seguridad, la autoridad, el espíritu nacional, la fidelidad a los orígenes, una tradición milenaria...

El hecho nacional, en todo caso, es siempre un hecho de dos caras. Por una parte, es un hecho de conciencia y de sensibilidad colectiva: la nación es aquella noción o aquella idea que articula los sentimientos de pertenencia de un individuo a una comunidad de connacionales una comunidad de la cual puede exigir unos derechos especiales y con la que tiene unos deberes especiales de fidelidad y unos connacionales de los que tiene derecho a pedir y a los cuales debe una cierta solidaridad. Dicho de otra manera, la nación es, en la época moderna, la noción en la que descansa y se organiza una conciencia y una sensibilidad de identidad colectiva. Vista desde este ángulo, la nación es un hecho de razón y de sentimientos, únicamente existe en el pensamiento y los sentimientos de los connacionales.

Por otra parte, el hecho nacional es siempre un hecho político: en toda sociedad moderna, la nación es la referencia mística en torno de la que construye su legitimación el poder político, el poder político realmente existente en forma de Estado o el poder político deseado por un grupo que lucha por la construcción de un Estado o por la redistribución del poder de Estado existente.

Como hecho de conciencia y de sensibilidad, el hecho nacional es inseparable de la mentalidad moderna, de la laicización del pensamiento sobre la sociedad y de la simultánea mitificación y sacralización de los nuevos ideales políticos, de la ruptura de las viejas comunidades y fidelidades y de la necesidad de nuevos signos de identidad. La nación es la nueva comunidad ideal de fe y de sangre que desplaza y se sobrepone a las viejas comunidades familiares y religiosas.

Como hecho político, el hecho nacional es un subproducto ideológico del proceso de constitución de los Estados modernos -Inglaterra, Francia, Estados Unidos - o bien el resultado de la lucha de unos grupos contra el poder realmente existente, al que no reconocen la legitimidad, y a favor de un poder político nacional propio, ya sea para unificar naciones políticamente dispersas - Italia, Alemania- o para liberarse de un poder nacional ajeno -Irlanda, Polonia...-.

En todo caso, las naciones no preexisten a los Estados modernos y a la mentalidad moderna: se constituyen a la vez, desde su interior o en sus fronteras, a favor suyo o en lucha contra ellos, pero son siempre inseparables

En el terreno de la conciencia y de la sensibilidad hay cuestión nacional cuando en un mismo territorio dos o más ideas de nación se disputan el derecho de organizar la identidad colectiva. En el terreno político hay cuestión nacional cuando dos o más nacionalismos (expresión militante y organizada de la idea de nación) se disputan la legitimidad y la organización efectiva del poder político en un mismo territorio.

¿Todo ello quiere decir que la cuestión nacional es una forma de espacio neutro que puede llenarse con diferentes contenidos políticos, sociales y morales?. Bueno, en cierto modo sí, y de hecho ha habido nacionalismos que han expresado los significados y los intereses más variados (ha habido, y hay, nacionalismos reaccionarios, revolucionarios, burgueses, laicos, clericales, agresores, defensivos, etc.). Con cierta frecuencia son un poco de todo.

Sin embargo, esta aparente neutralidad de la cuestión nacional no es total. Aunque como expresión de sentimientos de comunidad laica, de aspiraciones de libertad y democracia, la nación y el nacionalismo han jugado en algunos lugares y en algunos momentos un papel progresivo, en general, como catalizadores de una nueva fe ciega, como legitimadores de una razón política ajena a los individuos, como expresión de una realidad esencial sólo conocida por los buenos patriotas, han jugado y juegan un papel antidemocrático, alienante, con frecuencia sanguinario y opresor.

El nacionalismo como religión de Estado

qué hace en este mundo, su origen y su destino, y de sentirse miembro de una comunidad que le da un lugar y unas maneras de ver, de hacer, de vivir en este mundo. Podemos estar perfectamente de acuerdo en que ha habido, y hay, movimientos religiosos que cubren estos sentimientos con diferentes contenidos políticos y morales; que los ha habido y los hay que son más dogmáticos y más tolerantes; más políticos o más espirituales, belicosos o pacifistas; más igualitarios o menos, preocupados más por los ricos o por los pobres, universalistas o particularistas. Sin embargo, la diversidad histórica de las religiones y los movimientos religiosos y la frecuente excelencia de las motivaciones y aspiraciones que vehiculan no son un obstáculo para poder considerar racional y fríamente toda religión como una forma de pensamiento y de sensibilidad que mantiene al hombre en una permanente minoría de edad, esclavo de unas convicciones, unos valores, unas normas, supuestamente revelados de una forma u otra por la divinidad, pero que en realidad suponen el dominio de unos pocos -una Forma u otra de organización eclesial- que deciden en nombre de todos lo que está bien y lo que está mal.

Lo mismo puede decirse de la cuestión nacional y del nacionalismo. Y la analogía no es arbitraria.

La cuestión nacional es la cuestión religiosa de la época moderna. Los conflictos entre las naciones son las guerras religiosas de nuestro tiempo. El nacionalismo es la religión de la política moderna. El nacionalismo es una fe, una fe laica -excepto en algunos casos en los que la confusión entre poder político y religioso es casi total, como en algún régimen islámico-, pero que sujeta de nuevo al individuo a una comunidad ideal, la Nación. La Nación es el Dios del hombre ciudadano; el Estado es su Iglesia; los funcionarios, sus sacerdotes; los políticos carismáticos, sus profetas; los ciudadanos, sus fieles y, cuando conviene, sus mártires.

En la base y en los orígenes de toda nación y de todo nacionalismo lo que hay no es una comunidad étnica o lingüística, o cultural, o histórica, ni siquiera todo ello a la vez, sino una estructura de poder, un poder de Estado como realidad o como proyecto.

Todo nacionalismo se forja desde un poder de Estado o contra ese poder, o hacia ese poder, o al menos hacia una cierta forma de autogobierno.

La Nación es la abstracción y la reificación de los sentimientos y de la conciencia de identidad, comunidad y pertenencia de una colectividad espiritualmente organizada en función de cierta estructura estatal de poder, existente o imaginaria.

Los Estados existen. Los nacionalismos también. Las Naciones no existen: son existidas. La Nación como comunidad de orden superior a la suma de individuos de una sociedad, es un producto del nacionalismo. Sin nacionalismo no hay Nación.

Una nación nunca es una realidad esencial y/o un conjunto de condiciones objetivas. Nunca existe como cosa en sí misma, sólo aparece como cosa para sí misma, como expresión de una conciencia y una voluntad colectivas. La Nación es siempre un hecho de conciencia y de sentimientos. Lo cual no quiere decir que la Nación sea un mero flatus voci sin importancia. Los valores, los sentimientos y las ideas políticas son importantísimos, y sus reificaciones -como por

ejemplo la Nación- aún más. Como son importantísimos los sentimientos y la conciencia religiosos, y sus reificaciones, como por ejemplo Dios.