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Comte y su discurso sobre el positivismo, sociología positivista
Tipo: Apuntes
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Augusto Comte: “Discurso sobre el espíritu positivo”
Primera parte: Superioridad mental del espíritu positivo Capítulo uno: Ley de la evolución intelectual de la Humanidad o ley de los tres estados
Según esta doctrina fundamental, todas nuestras especulaciones tienen que pasar sucesiva e inevitablemente, lo mismo en el individuo que en la especie, por tres estados teóricos diferentes, que las denominaciones habituales de teológico, metafísico y positivo, podrán calificar aquí suficientemente, al menos para aquellos que hayan entendido bien el verdadero sentido general de las mismas.
I: Estado teológico o ficticio En su primera fase necesariamente teológica, todas nuestras especulaciones manifiestan espontáneamente una predilección característica por las cuestiones más insolubles, por los temas más radicalmente inaccesibles a toda investigación decisiva. Un tiempo en que la inteligencia humana está todavía por debajo de lo más sencillos problemas científicos, busca ésta ávidamente, y de una manera casi exclusiva, el origen de todas las cosas, las causas esenciales, ya primeras, ya últimas, de los diversos fenómenos que la impresionan, y su modo fundamental de producción: en una palabra los conocimientos absolutos. Es indispensable echar una ojeada verdaderamente filosófica al conjunto de su marcha natural, a fin de apreciar su fundamental identidad bajo las tres formas principales que le son sucesivamente propias. La más inmediata y la más pronunciada constituyen el fetichismo propiamente dicho, consistente sobre todo en atribuir a todos los cuerpos exteriores una vida esencialmente análoga a la nuestra pero casi siempre más enérgica, por su acción generalmente más poderosa. La segunda fase esencial, que constituye el verdadero politeísmo, el espíritu teológico representa netamente la libre preponderancia especulativa de la imaginación, mientras que hasta entonces, habían prevalecido sobre todo en las teorías humanas el instinto y el sentimiento. La filosofía inicial experimenta aquí la más profunda transformación: se retira la vida a los objetos materiales, para ser misteriosamente trasladada a diversos seres ficticios, habitualmente invisibles, cuya activa y continua intervención pasa a ser la fuente directa de todos los fenómenos exteriores, e incluso, luego, de los fenómenos humanos. En esta fase característica es principalmente donde hay que estudiar, como hay que estudiar el espíritu teológico, que se desarrolla en ella con una plenitud y homogeneidad ulteriormente imposibles. La mayoría de nuestra especie no ha salido aún de tal estado, que persiste hoy en la más numerosa de las tres razas humanas. En la tercera fase teológica, el monoteísmo propiamente dicho, comienza la inevitable declinación de la filosofía inicial que sufre desde entonces una rápida decadencia intelectual por una consecuencia espontánea de esa simplificación característica, en la que la razón viene a restringir cada vez más el dominio anterior de la imaginación, dejando gradualmente desarrollarse el sentimiento universal, hasta entonces casi insignificante, de la sujeción necesaria de todos los fenómeno naturales a leyes invariables. De suerte que si todas las explicaciones teológicas han caído, en los modernos occidentales, en un abandono creciente y decisivo, es únicamente porque las misteriosas indagaciones que esas explicaciones consideraban han sido cada vez más desechadas como radicalmente inaccesibles a nuestra inteligencia, que se ha ido habituando a sustituirlas irrevocablemente por estudios más eficaces y más en armonía con nuestras verdaderas necesidades. Por imperfecta que deba parecer actualmente semejante manera de filosofar, importa mucho relacionar indisolublemente el estado actual del espíritu humano con el conjunto de los anteriores, reconociendo convenientemente que debió ser durante mucho tiempo tan indispensable como inevitable. Es preciso también darse cuenta, aunque yo no pueda demostrarlo aquí, de que esa filosofía inicial ha sido tan necesaria a los primeros pasos de nuestra sociabilidad como a los de nuestra inteligencia, bien para establecer primitivamente algunas doctrinas comunes, sin las cuales el vínculo social no hubiera podido adquirir ni extensión y consistencia, bien suscitando espontáneamente la única autoridad espiritual que entonces pudiera surgir.
II: Estado metafísico o abstracto u ontológico Bastan para darse cuenta de que ese régimen inicial (estado teológico) difiere demasiado profundamente, en todos los aspectos, del que corresponde, como veremos, a la virilidad mental, para que el tránsito gradual de uno a otro pudiera operarse, lo mismo en el individuo que en la especie, sin la asistencia creciente de una forma de filosofía intermedia, esencialmente limitada a este menester transitorio. Tal es la participación del estado metafísico propiamente dicho en la evolución fundamental de nuestra inteligencia, que, mal avenida
con todo cambio brusco, puede elevarse casi insensiblemente del estado puramente teológico al estado francamente positivo aunque esta situación equívoca esté, en el fondo, mucho más cerca del primero que del último. Las especulaciones dominantes han conservado aquí el mismo carácter esencial de tendencia habitual a los conocimientos absolutos: sólo la solución ha sufrido una transformación notable, propia para facilitar la marcha de las ideas positivas. En realidad, la metafísica, como la teología, trata sobre todo de explicar la naturaleza íntima de los seres, el origen y el destino de todas las cosas, el modo esencial de producción de todos los fenómenos; pero en lugar de operar con los agentes sobrenaturales propiamente dichos, los reemplaza cada vez más por esas entidades o abstracciones personificadas cuyo uso, verdaderamente característico, ha permitido a menudo designarla con el nombre de ontología. La eficacia histórica de estas entidades resulta directamente de su carácter equívoco ya que el espíritu puede a voluntad, según esté más cerca del estado teológico o del estado positivo, ver una verdadera emancipación del poder sobrenatural o bien una simple denominación abstracta del fenómeno considerado. Entonces ya no es la pura imaginación quien domina, ni es todavía la verdadera observación, sino que interviene en gran medida el razonamiento y se prepara confusamente al ejercicio verdaderamente científico. El componente especulativo se encuentra aquí muy exagerado debido a una obstinada tendencia a argumentar en vez de observar. Para comprender mejor, sobre todo en nuestros días, la eficacia histórica de tal aparato filosófico, conviene reconocer que por su naturaleza, sólo es espontáneamente capaz de una simple actividad crítica o disolvente, incluso mental, y con mayor razón social, sin que pueda nunca organizar nada que le sea propio. Radicalmente inconsecuente, este espíritu equívoco conserva todos los principios fundamentales del sistema teológico, pero restándoles cada vez más vigor y la fijeza indispensables a su autoridad efectiva; y en semejante alteración consiste en realidad, en todos los aspectos, su principal utilidad pasajera, cuando el régimen antiguo, progresivo durante mucho tiempo para el conjunto de la evolución humana, llega inevitablemente a ese grado de prolongación abusiva en que tiende a perpetuar indefinidamente el estado de infancia que, en un principio, había dirigido tan felizmente. Por su carácter contradictorio, el régimen metafísico u ontológico se encuentra siempre en esa inevitable alternativa de tender a una vana restauración del estado teológico para satisfacer las condiciones de orden, o impulsar a una situación puramente negativa a fin de librarse del dominio opresor de la teología. Desgraciadamente, la acción excesivamente prolongada de las concepciones ontológicas, después de haber cumplido en cada género ese cometido indispensable pero transitorio, hubo de tender a impedir también cualquier otra organización real del sistema especulativo, de suerte que el obstáculo más peligroso para la instauración final de una verdadera filosofía proviene hoy, en realidad, de ese mismo espíritu que con frecuencia se abroga todavía el privilegio casi exclusivo de las meditaciones filosóficas.
III: Estado positivo o real
1º Carácter principal: La ley o subordinación constante de la imaginación a la observación
Esta larga sucesión de preámbulos conduce al fin nuestra inteligencia emancipada , a su estado definitivo de positividad racional, el espíritu humano renuncia en lo sucesivo a las indagaciones absolutas que no convenían más que a su infancia, y circunscribe sus esfuerzos al dominio, a partir de entonces rápidamente progresivo, de la verdadera observación, única base posible de los conocimientos verdaderamente accesibles, razonablemente adaptados a nuestras necesidades reales. La lógica especulativa había consistido hasta entonces en razonar, de una manera más o menos sutil, sobre principios confusos, que careciendo de toda prueba suficiente, suscitaban siempre debates sin fin. En lo sucesivo, la lógica reconoce como regla fundamental que toda proposición que no es estrictamente reducible al simple enunciado de un hecho, particular o general, no puede tener ningún sentido real e inteligible. Los principios mismos que emplea no son a su vez más que verdaderos hechos, sólo que más generales y abstractos que aquellos a los que deben servir de vínculo. Su eficacia científica resulta exclusivamente de su conformidad, directa o indirecta, co los fenómenos observados. La revolución fundamental consiste en sustituir en toda la inaccesible determinación e las causas propiamente dichas, por la simple averiguación de las leyes, o sea de las relaciones constantes que existen entre los fenómenos observados. No podemos conocer más que las diversas relaciones mutuas propias de su cumplimiento, sin penetrar nunca en el misterio de su producción (causas).
2º Naturaleza relativa del espíritu positivo
I: Constitución completa y estable de la armonía mental, individual y colectiva: todo en relación a la Humanidad
Aunque las necesidades puramente mentales sean sin duda las menos enérgicas, constituyen el primer estímulo indispensable a nuestros diversos esfuerzos filosóficos, con demasiada frecuencia atribuidos sobre todo a los impulsos prácticos, que ciertamente los desarrollan mucho, pero que no podrían originarlos. Estas exigencias intelectuales, relativas, como todas las demás, al ejercicio regular de las funciones correspondientes, requieren siempre una feliz combinación de estabilidad y actividad, de donde resultan las necesidades simultáneas de orden y de progreso, o de correlación y extensión. Para cada orden de hechos, las leyes deben ser divididas en dos clases, según que relacionen por semejanza los que coexisten, o por filiación los que se suceden. Esta indispensable distinción corresponde esencialmente, en cuanto al mundo exterior, a la que éste nos ofrece siempre espontáneamente entre los dos estados correlativos de existencia y movimiento; de donde resulta, en toda ciencia real, una fundamental diferencia entre la apreciación estática y la dinámica de un hecho cualquiera. Ambas clases de relaciones contribuyen a explicar los fenómenos, y llevan parejamente a preverlos, aunque las leyes de la armonía parezcan destinadas sobre todo a la explicación, y las leyes de sucesión, a la previsión. En realidad, trátese de explicar o de prever, todo se reduce siempre a relacionar: toda relación real, sea estática o dinámica, descubierta entre dos fenómenos cualesquiera, permite a la vez explicarlos y preverlos uno después de otro, dado que la previsión científica corresponde evidentemente al presente, e incluso el pasado, tanto como el futuro, puesto que consiste en conocer un hecho independientemente de su exploración directa, en virtud de sus relaciones con otros ya dados. Todas nuestras verdaderas necesidades convergen, pues, esencialmente en esta común distinción: consolidar en todo lo posible, mediante nuestras especulaciones sistemáticas, la unidad espontánea de nuestro entendimiento, constituyendo la continuidad y la homogeneidad de nuestras concepciones de modo que satisfagan igualmente a las exigencias simultáneas del orden y del progreso permitiéndonos recuperar la constancia en medio de la variedad. Importa, sin embargo, reconocer en principio que, en el régimen positivo, la armonía de nuestras concepciones queda forzosamente limitada a cierto grado, por la obligación fundamental de su realidad, o sea de una suficiente conformidad a tipos independientes de nosotros. Nuestra inteligencia, en su ciego instinto de relación, aspira casi a poder siempre relacionar entre ellos dos fenómenos cualesquiera, simultáneos o sucesivos; pero el estudio del mundo exterior demuestra, por el contrario, que muchas de estas relaciones serían puramente quiméricas y que continuamente se producen innumerables acontecimientos sin ninguna verdadera dependencia mutua. No obstante, hay que reconocer francamente que esta imposibilidad directa de incluirlo todo en una sola ley positiva es una grave imperfección, consecuencia inevitable de la condición humana, que nos obliga a aplicar una inteligencia muy débil a un universo demasiado complejo. Pero esta indiscutible necesidad, que hay que reconocer para evitar todo gasto inútil de fuerzas mentales, no impido en modo alguno que la ciencia real tenga, en otro aspecto, una suficiente unidad filosófica. Para percibirla, hay que recurrir en primer término a la luminosa distinción general esbozada por Kant entre los dos puntos de vista, el objetivo y el subjetivo, propios de un estudio cualquiera. Considera en el primer aspecto, o sea en cuanto al destino exterior de nuestras teorías, nuestra ciencia no es ciertamente susceptible de una plena sistematización, debido a una inevitable diversidad entre los fenómenos fundamentales. En este sentido, no debemos buscar otra unidad que la del método positivo considerado en su conjunto, sin aspirar a una verdadera unidad científica, sino solamente a la homogeneidad y a la convergencia de las diferentes doctrinas. La cosa es muy diferente en el otro aspecto, o sea en cuanto a la fuente interior de las teorías humanas consideradas como resultados naturales de nuestra evolución mental, a la vez individual y colectiva, destinadas a la normal satisfacción de nuestras propias necesidades. Referidos no al universo, sino más bien a la Humanidad, nuestros conocimientos reales tienden hacia una completa sistematización, tanto científica como lógica. De modo que, en el fondo, sólo debe concebirse una sola ciencia, la ciencia humana, o más exactamente social, que tiene como principio y a la vez como fin nuestra existencia, y en la que se funden naturalmente el estudio racional de mundo exterior. Se deben concebir todas nuestras especulaciones como productos de nuestra inteligencia, destinados a satisfacer nuestras diversas necesidades esenciales, y no apartándose nunca del hombre sino para mejor volver a él después de haber estudiado los demás fenómenos hasta donde es indispensable conocerlos. De esta manera se puede ver cómo en el espíritu positivo, la noción preponderante de Humanidad debe constituir necesariamente una plena sistematización mental.
Una vez caracterizada así la aptitud espontánea del espíritu positivo para constituir la unidad final de nuestro entendimiento, resulta fácil completar esta explicación fundamental extendiéndola del individuo a la especie. El estado metafísico no se ha colocado nunca en el punto de vista social, única susceptible de una plena realidad, científica o lógica, puesto que el hombre no se desarrolla aisladamente, sino colectivamente. La tendencia sistemática que acabos de señalar en el espíritu positivo cobra al fin toda su importancia, porque indica en él el verdadero fundamento filosófico de la sociabilidad humana, al menos en cuanto ésta depende de la inteligencia, cuya influencia capital, aunque de ningún modo exclusiva, es indiscutible. El mismo problema humano, en diversos grados de dificultad, es constituir la unidad lógica de cada entendimiento aislado o establecer una convergencia duradera entre dos entendimientos distintos. Y si el privilegio de la coherencia lógica ha pasado ya de modo irrevocable al espíritu positivo, cosa que apenas puede discutirse seriamente, habrá que reconocer asimismo en él el único principio efectivo de esa gran comunión intelectual que es base necesaria de toda verdadera asociación humana, cuando va convenientemente unidad a las otras dos condiciones fundamentales: una suficiente conformidad de sentimientos y una cierta convergencia de intereses. Sólo la filosofía positiva puede realizar gradualmente ese noble proyecto de asociación universal que, en la Edad Media, había esbozado de modo prematuro el catolicismo.
II: Armonía entre la ciencia y el arte, entre la teoría positiva y la práctica
Caracterizada ya de modo suficiente la aptitud fundamental del espíritu positivo en relación con la vida especulativa, sólo nos falta considerarlo también en relación con la vida activa. En efecto, el estudio positivo de la naturaleza humana comienza hoy a ser universalmente considerado, en especial, como base racional de la acción de la Humanidad sobre el mundo exterior. El orden natural que resulta, en cada caso práctico del conjunto de las leyes de los fenómenos correspondientes debemos, sin duda, comenzar por conocerlo bien para que podamos modificarlo a nuestra conveniencia, o al menos adaptar a él nuestra conducta, si es imposible toda intervención humana en él, como ocurre con los hechos celestes. Este estudio sirve sobre todo para hacer familiarmente apreciable esa previsión racional que, como hemos visto, constituye, en todos los aspectos, el carácter principal de la verdadera ciencia. Verdad es que la exorbitante preponderancia hoy concedida a los intereses materiales ha llevado con demasiada frecuencia a entender esta necesaria relación de una manera que compromete gravemente el porvenir científico, tendiendo a limitar las especulaciones positivas únicamente a las investigaciones de una utilidad inmediata. Pero esta ciega disposición proviene únicamente de una manera falsa y angosta de concebir la gran relación de la ciencia con el arte, por no haber considerado una y otra bastante profundamente. La relación fundamental entre la ciencia y el arte no ha sido hasta ahora convenientemente concebida, ni siquiera por las mejores mentes, debido a una consecuencia necesaria de la insuficiente extensión de la filosofía natural, que todavía permanece ajena a las investigaciones más importantes y difíciles, las que conciernen directamente a la sociedad humana. En efecto, la concepción racional de la acción del hombre sobre la Naturaleza ha permanecido esencialmente limitada al mundo inorgánico, de donde resultaría un demasiado imperfecto estímulo científico, cuando se haya salvado esa laguna, el arte no será únicamente geométrico, mecánico o químico, etcétera, sino también, y sobre todo, político y moral, puesto que la principal acción ejercida por la humanidad debe, en todos los aspectos, consistir en el perfeccionamiento continuo de su propia naturaleza, individual o colectiva. Por otro lado, cuando haya llegado a realizarse convenientemente esta solidaridad espontánea de la ciencia con el arte, debemos reconocer como principio general la imposibilidad de hacer nunca el arte puramente racional, o sea, de elevar nuestras previsiones teóricas al verdadero nivel de nuestras necesidades prácticas. Por muy satisfactorias que haya llegado a ser, por ejemplo, nuestras previsiones astronómicas, su precisión es todavía y será probablemente siempre inferior a nuestras justas exigencias prácticas, como tendré a menudo ocasión de indicar. Esta tendencia espontánea a constituir directamente una completa armonía entre la vida especulativa y la vida activa debe ser finalmente considerada como el privilegio más precioso del espíritu positivo y ninguna propiedad puede manifestar tan bien el verdadero carácter del mismo. Este gran destino práctico completa y circunscribe, en cada caso, la prescripción fundamental relativa al descubrimiento de las leyes naturales, tendiendo a determinar, según las exigencias de la aplicación, el grado de exactitud y de alcance de nuestra previsión racional, cuya justa medida no podría, en general, fijarse de otro modo. Sin embargo, hay que recordar que nuestras leyes no pueden nunca representar os fenómenos sino con una cierta aproximación, más allá de la cual sería tan peligroso como inútil llevar nuestras investigaciones.
Hay que considerar también aquí, de una manera distinta aunque sumaria, su necesaria aptitud para constituir la única solución intelectual que pueda realmente tener la inmensa crisis social que se ha operado desde hace medio siglo en el occidente europeo, y principalmente en Francia.
II: Conciliación positiva desorden y del progreso
La razón pública debe encontrarse implícitamente dispuesta a acoger hoy el espíritu positivo como la única base posible de una verdadera resolución de la profunda anarquía intelectual y moral que caracteriza sobre todo la gran crisis moderna. En primer lugar, no se puede desconocer la aptitud espontánea de tal filosofía para realizar directamente la conciliación fundamental, todavía tan vanamente buscada, entre las simultáneas exigencias del orden y del progreso; puesto que, a este fin, le basta extender a los fenómenos sociales una tendencia plenamente conforme a su naturaleza y que ha hecho ya muy familiar en todos los demás casos esenciales. En un tema cualquiera, el espíritu positivo conduce siempre a establecer una exacta armonía elemental entre las ideas de existencia y las ideas de movimiento, de donde resulta más especialmente, con respecto a los cuerpos vivos, la correlación permanente de las ideas de organización con las ideas de vida, y luego, por una última especialización propia del organismo social, la solidaridad continua de las ideas de orden con las ideas de progreso; y, recíprocamente, el progreso deviene la finalidad necesaria del orden. Especialmente considerado luego en cuanto al Orden, es espíritu positivo le ofrece hoy, en su extensión social, poderosas garantías directas. Por una parte demuestra que las principales dificultades sociales no son hoy esencialmente políticas, sino sobre todo moral, de suerte que su posible solución depende realmente de las opiniones y de las costumbres mucho más que de las instituciones, lo que tiende a extinguir una actividad perturbadora, transformando la agitación política en movimiento filosófico. En el segundo aspecto, considera siempre el estado presente como un resultado necesario de la evolución anterior en su conjunto, haciendo siempre prevalecer la apreciación racional del pasado para el examen actual de los asuntos humanos. Finalmente, en lugar de dejar la ciencia social en el vago y estéril aislamiento en que la sitúan aún la teología y la metafísica, la coordina irrevocablemente con todas las demás ciencias fundamentales, que, con respecto a este estudio final, constituyen gradualmente otros tantos preámbulos indispensables en los que nuestra inteligencia adquiere a la vez los hábitos y las nociones sin los cuales no se pueden abordar útilmente las más eminentes especulaciones positivas; lo cual crea ya una verdadera disciplina mental, propia para perfeccionar radicalmente tales discusiones, que quedan así racionalmente vedadas a una multitud de entendimientos mal organizados o mal preparados. Esta apreciación científica con respecto a los fenómenos sociales y todos los demás, presenta siempre nuestro orden artificial como un orden que debe siempre consistir en una simple prolongación razonable, espontánea primero, sistemática luego, del orden natural que resulta en cada caso del conjunto de las leyes reales, cuya acción efectiva es generalmente modificable por nuestra prudente intervención, dentro de límites determinados, tanto más lejanos cuanto más elevados son los fenómenos. Lo mismo ocurre, y con mayor evidencia aún, en cuanto al Progreso que, pese a las vanas pretensiones ontológicas, tiene hoy su más indiscutible manifestación en el conjunto de los estudios científicos. Por su naturaleza absoluta, y por consiguiente esencialmente inmóvil, la metafísica y la teología no podrían significar, ni la una ni la otra, un verdadero progreso, o sea un avance continuo hacia una meta determinada. En el aspecto más sistemático, la nueva filosofía asigna directamente como destino necesario a toda nuestra existencia, a la vez personal y social, el mejoramiento continuo, no sólo de nuestra condición también y sobre todo de nuestra naturaleza, hasta donde lo permite, en todos los aspectos, el conjunto de las leyes reales, exteriores e interiores. En efecto, por una parte, como la acción de la Humanidad sobre el mundo exterior depende principalmente de las disposiciones del agente, nuestro principal recurso debe ser su mejoramiento (hacer prevalecer la inteligencia y la sociabilidad por sobre la animalidad); por otra parte, como los fenómenos humanos, individuales o colectivos, son los más modificables de todos, es sobre ellos sobre los que tiene naturalmente mayor eficacia nuestra intervención racional. Esta doble indicación de la aptitud fundamental del espíritu positivo para sistematizar espontáneamente las sanas nociones simultáneas del orden y del progreso, basta aquí para señalar sumariamente la gran eficacia social propia de la nueva filosofía general. La reorganización total, única que puede terminar la gran crisis moderna, consiste efectivamente, en el aspecto mental, que es el que debe prevalecer primero, en constituir una teoría sociológica capaz de
explicar convenientemente el pasado humano en su conjunto: tal es el modo más racional de plantear la cuestión esencial, a fin de evitar mejor toda pasión perturbadora. Ahora bien: así es como puede apreciarse más claramente la necesaria superioridad de la escuela positiva sobre las diversas escuelas actuales, pues el espíritu teológico y el espíritu metafísico, por su naturaleza absoluta, van ambos encaminados a no considerar más que la parte del pasado en que ha dominado especialmente cada uno de ellos: lo que precede y lo que sigue no les parece más que una tenebrosa confusión y un desorden inexplicable cuya relación con esta reducida parte sólo puede, a sus ojos, resultar de una milagrosa intervención. Una verdadera explicación del pasado en su conjunto, conforme a las leyes constantes de su naturaleza, individual o colectiva, es, pues, necesariamente imposible a las diversas escuelas absolutas que dominan aún: ninguna de ellas, en efecto, ha intentado suficientemente establecerla. El espíritu positivo, en virtud de su naturaleza eminentemente relativa, es el único que puede considerar convenientemente todas las grandes épocas históricas como fases determinadas de una misma evolución fundamental, en la que cada una resulta de la precedente y prepara la siguiente según leyes invariables que fijan su participación especial en el común progreso, de tal manera que sea posible siempre, sin inconsecuencia ni parcialidad, hacer una exacta justicia filosófica a todas las cooperaciones, cualesquiera que sean.
Capítulo dos: Sistematización de la moral humana
II: Necesidad de hacer la moral independiente de la teología y la metafísica
Muy lejos de que la asistencia teológica sea eternamente indispensable a los preceptos morales, la experiencia demuestra, por el contrario, que, en los tiempos modernos, les ha resultado cada vez más nociva, haciéndoles inevitablemente participar, por esa funesta adherencia, en la creciente descomposición del régimen monoteísta, sobre todo durante los tres últimos siglos. En primer lugar, esa fatal solidaridad tenía que debilitar indirectamente, a medida que se iba extinguiendo la fe, la única base en la que se apoyaban unas reglas que frecuentemente expuestas a graves conflictos con impulsos muy enérgicos, necesitan estar cuidadosamente preservadas de toda vacilación. La creciente repulsión que el espíritu teológico inspiraba justamente a la razón moderna ha afectado gravemente a muchas importantes nociones morales, no sólo relativas a las más grandes relaciones sociales, sino también a la simple vida doméstica e incluso a la existencia personal. Además de esta impotencia creciente para proteger las reglas morales, el espíritu teológico las ha perjudicado frecuentemente también de una mentira activa, por las divagaciones que ha suscitado desde que honesta ya suficientemente disciplinado, bajo el inevitable impulso del libre examen individual. Las utopías subversivas que hoy vemos agitarse, sea contra la propiedad o incluso en cuanto a la familia, etc., no son producidas ni acogidas por las inteligencias plenamente emancipadas, a pesar de sus lagunas fundamentales, sino más bien por las que persiguen activamente una especie de restauración teológica, fundada en un vago y estéril deísmo o en un protestantismo equivalente. En fin, esta antigua adherencia a la teología ha resultado también necesariamente funesta a la moral, en un tercer aspecto general, al oponerse a su firme reconstrucción sobre bases puramente humanas. Si este obstáculo no consistiera más que en las ciegas y excesivamente frecuentes declamaciones de las diversas escuelas actuales, teológicas o metafísicas, contra el supuesto peligro de tal operación, los filósofos positivos podrían limitarse a rechazar insinuaciones odiosas con el irrecusable ejemplo de su propia vida cotidiana, personal, doméstica y social. No existe, pues, ninguna alternativa duradera entre fundar al fin la moral sobre el conocimiento positivo de la Humanidad y dejar que siga apoyándose en el mandato sobrenatural: las convicciones racional han podido secundar las creencias teológicas, o más bien sustituirlas gradualmente, a medida que se ha ido extinguiendo la fe; pero la combinación inversa no es ciertamente más que una utopía contradictoria, en la que lo principal estaría subordinado a lo accesorio. Si la moral práctica ha mejorado realmente, a pesar de principios activos de desorden, este feliz resultado no podría ser atribuido al espíritu teológico, entonces degenerado, por el contrario, en un peligroso disolvente; se debe sobre todo a la acción creciente del espíritu positivo, ya eficaz bajo su forma espontánea, consistente en el buen sentido universal, cuyas sabias inspiraciones han secundado el impulso natural de nuestra civilización progresiva para combatir últimamente las diversas aberraciones, especialmente las que procedían de las divagaciones religiosas.
Tercera parte: Condiciones de advenimiento de la escuela positiva Capítulo tres: Orden necesario de los estudios positivos
Así se llega gradualmente a descubrir la invariable jerarquía, histórica y dogmática a la vez, científica y lógica al mismo tiempo, de las seis ciencias fundamentales: la matemática, la astronomía, la física, la química, a biología y la sociología, la primera de las cuales constituye necesariamente el punto de partida exclusivo, y la última el único fin esencial de toda la filosofía positiva, considerada en lo sucesivo, por su naturaleza, como un sistema verdaderamente indivisible en el que toda descomposición es radicalmente artificial, sin que por otra parte tenga nada de arbitrario pues todo en esta filosofía se refiere finalmente a la Humanidad, único concepto plenamente universal. En el estado presente de las inteligencias, la aplicación lógica de esta gran fórmula es aún más importante que su uso científico puesto que, en nuestros días, el método es más esencial que la doctrina misma, y por otra parte, lo único inmediatamente susceptible de una completa regeneración. Su principal utilidad consiste pues, hoy, en determinar rigurosamente la marcha invariable de toda educación verdaderamente positiva, en medio de los prejuicios irracionales y de los viciosos hábitos propios de los primeros pasos del sistema científico, gradualmente formado de teorías parciales e incoherentes cuyas relaciones mutuas tenían que pasar inadvertidas para sus fundadores sucesivos. Ahora bien: la deplorable prolongación de este estado de cosas se debe en esencia, en uno y otro caso, al incumplimiento de las grandes condiciones lógicas determinadas por nuestra ley enciclopédica; pues ya nadie discute, desde hace mucho tiempo, la necesidad de una marcha positiva, pero todos desconocen la naturaleza y las obligaciones de la misma, que sólo la verdadera jerarquía científica puede caracterizar
3º Importancia de la ley enciclopédica
Esta teoría de clasificación debe ser considerada en último término como naturalmente inseparable de la teoría de la evolución expuesta al principio de suerte que el Discurso actual constituye en sí mismo un verdadero conjunto, imagen fiel, aunque muy condensada, de un vasto sistema. Fácil es, en efecto, comprender que la consideración habitual de tal jerarquía debe resultar indispensable, bien para aplicar convenientemente nuestra ley inicial de los tres estados, bien para disipar por completo las únicas objeciones serias que pueden oponérsele; pues la frecuente simultaneidad histórica de las tres grandes fases mentales con respecto a especulaciones diferentes constituiría, de cualquier otro modo, una inexplicable anomalía, que en cambio, queda espontáneamente resuelta por nuestra ley jerárquica, igualmente relativa a la sucesión que a la dependencia de los estudios positivos. Se concibe paralelamente, en sentido inverso, que la regla de la clasificación supone la de la evolución, puesto que todos los motivos esenciales del orden así establecido provienen, en el fondo, de la desigual rapidez de tal desarrollo en las diferentes ciencias fundamentales. Como espíritu positivo, en su manifestación preliminar, única hasta ahora, ha tenido que ir gradualmente de los estudios inferiores a los superiores, éstos han estado expuestos de manera inevitable a la opresiva invasión de los primeros, contra cuyo ascendiente la indispensable originalidad de los segundos no encontraba al principio garantía más que en un una prolongación exagerada de la tutela teológicometafíica. El espíritu positivo, llegado a su madurez sistemática, elimina ambas aberraciones terminando esos estériles conflictos mediante la satisfacción simultánea de esas dos condiciones viciosamente contrarias, como lo indica en seguida nuestra jerarquía científica combinada con nuestra ley de evolución, puesto que cada ciencia sólo puede llegar a una verdadera positividad cuando está plenamente considerada la originalidad de su carácter propio.