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El Contractualismo: Origenes y Controversias, Monografías, Ensayos de Filosofía

El documento discute el concepto filosófico del contractualismo y sus orígenes históricos controvertidos. El autor examina cómo la concepción de las normas éticas y políticas se relaciona con el contractualismo y cómo este puede limitar o restringir nuestra comprensión de las prácticas éticas y políticas humanas. Se mencionan diferentes filósofos y obras relacionadas con el tema.

Tipo: Monografías, Ensayos

2021/2022

Subido el 10/10/2022

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bg1
DICCIONARIO DE LA EXISTENCIA 99
mí mismo» no es tratarle amablemente, como
otro yo. Es evidente que no queremos dejar de
ser nosotros mismos para convertirnos en li-
rio. Pero para ser de verdad nosotros mismos
tenemos que trascender nuestro ego y volver-
nos también lirio. Esto es llegar a ser lo que
(aún) no somos. Este pasar por encima de nues-
tros límites recibe la denominación filosófica
de trascendencia y el nombre sencillo de amor.
El amor está en la raíz del conocimiento.
Éste es el descubrimiento de la mayoría de
las tradiciones humanas. Amar es ser cata-
pultado hacia el ser amado. Sin el conocimien-
to, existe el peligro de la alienación. Esto no
es amor verdadero. Pero conocer sin amar no
es conocimiento verdadero. Es solamente apo-
derarse, aprehender, apropiarse y, en último
término, un robo, un saqueo. La Ecosofía ten-
dría que «saber» esto.
Conocer verdaderamente es llegar a ser el
objeto conocido sin dejar de ser lo que somos.
Llegar a ser no es tan sólo un cambio, no es un
movimiento desde lo que somos hacia lo que
vamos a ser. Llegar a ser es el verdadero creci-
miento del ser —que es. Es el verdadero ritmo
de la realidad. Reflexionar sobre los lirios que
crecen es dejarlos crecer tanto por dentro como
por fuera, en el campo de la tierra como en el
campo de nuestra conciencia y en el reino di-
vino. Para conocer los lirios es necesario estar
con los lirios. Esto es la experiencia. No nece-
sitamos cortarlo, hacerles violencia. Esto se-
ría un experimento.
La experiencia es permitir que los lirios crez-
can en mí, la observación es dejarme crecer en
los lirios, el experimento es explotar el creci-
miento de los lirios para un uso cualquiera al
que creemos tener derecho. La experiencia tie-
ne que seguir los ritmos de la naturaleza; la
observación, nuestros ritmos; el experimento
necesita introducir la aceleración, romper los
ritmos. No tiene tiempo para esperar. Contiene
intrínsecamente el sentido de la urgencia. La
vida se siente como una tarea urgente (de hacer
algo), y no necesariamente como un acto im-
portante (ser).
La visión de la Realidad es una visión que
la Realidad tiene en nosotros; es llegar a ser
real. Es un acto humano, participar de la pala-
bra creadora, como nos recuerda el Veda (RV
I. 164, 37). La visión de la Realidad no es nues-
tra mirada antigua o nueva sobre lo real, sino
la visión que la realidad misma revela en mí.
Cuanto más puro y más vacío estoy, más clara
es la visión, menos distorsionada es la imagen.
Somos espejos del todo. La dignidad específi-
ca del hombre, decían los escolásticos cristia-
nos, es ser capaz de especular, esto es, ser un
speculum de lo real.
Pero el texto no se olvida de mencionarnos
el contexto: los pájaros del cielo, las flores del
campo. El cielo y el campo forman el contexto
de nuestra visión contemplativa. No hay pája-
ro o lirio an sich (en sí mismo) ni, por supues-
to, sólo en mí (ni siquiera per se ni quod nos).
Campo y cielo son los mediadores de nuestra
visión. No son intermediarios. Ave y c iel o, lir io
y campo van juntos. Y viceversa, no hay cielo
o campo sin «algo» en sí.
Una visión holística distingue pero no sepa-
ra. Esto es un resplandor de la realidad misma,
el svayamprakasa de las tradiciones hindúes. La
visión deja de ser una representación objetiva o
una interiorización subjetiva. La visión es invi-
sible, al igual que la luz que ilumina pero que es
oscuridad cuando está aislada. «Benditos los que
han llegado a la infinita ignorancia», dice
Evagrius Ponticus, aquel otro sabio de la tradi-
ción occidental (III Centuria, 88).
La contemplación no es ciega, ni tampoco
una mera visión, theoria, es también praxis. Es
el edificio de ese templo desde el cual se ve la
Realidad. Somos espectadores, actores y auto-
res de la Realidad —no cuando estamos solos,
sino cuando estamos unidos, integrados. Un
camino hacia esta integración (el Upaya, anu-
paya del «kasimir shaivism») —y uno de sus
resultados— es mirar las aves y los lirios.
RAIMON PANIKKAR
Contractualismo
You p ay a gr ea t de al t oo d ea r f or
what’s given freely.
WILLIAM SHAKESPEARE:
The Winters Tale, acto I, escena I
La existencia de nosotros, los jaféticos hodier-
nos, se averigua signada bajo el timbre de lo
«contractual».1 No ya sólo la econoa (don-
de, al fin y al cabo, los contratos bajo una u
otra especie siempre han podido y debido dar-
se),2 sin o tam bién los ví ncul os ju rídi cos, las re -
Contractualismo
Diccionario_Existencia.pmd 23/10/2006, 12:4399
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¡Descarga El Contractualismo: Origenes y Controversias y más Monografías, Ensayos en PDF de Filosofía solo en Docsity!

mí mismo» no es tratarle amablemente, como

otro yo. Es evidente que no queremos dejar de

ser nosotros mismos para convertirnos en li-

rio. Pero para ser de verdad nosotros mismos

tenemos que trascender nuestro ego y volver-

nos también lirio. Esto es llegar a ser lo que

(aún) no somos. Este pasar por encima de nues-

tros límites recibe la denominación filosófica

de trascendencia y el nombre sencillo de amor.

El amor está en la raíz del conocimiento.

Éste es el descubrimiento de la mayoría de

las tradiciones humanas. Amar es ser cata-

pultado hacia el ser amado. Sin el conocimien-

to, existe el peligro de la alienación. Esto no

es amor verdadero. Pero conocer sin amar no

es conocimiento verdadero. Es solamente apo-

derarse, aprehender, apropiarse y, en último

término, un robo, un saqueo. La Ecosofía ten-

dría que «saber» esto.

Conocer verdaderamente es llegar a ser el

objeto conocido sin dejar de ser lo que somos.

Llegar a ser no es tan sólo un cambio, no es un

movimiento desde lo que somos hacia lo que

vamos a ser. Llegar a ser es el verdadero creci-

miento del ser —que es. Es el verdadero ritmo

de la realidad. Reflexionar sobre los lirios que

crecen es dejarlos crecer tanto por dentro como

por fuera, en el campo de la tierra como en el

campo de nuestra conciencia y en el reino di-

vino. Para conocer los lirios es necesario estar

con los lirios. Esto es la experiencia. No nece-

sitamos cortarlo, hacerles violencia. Esto se-

ría un experimento.

La experiencia es permitir que los lirios crez-

can en mí, la observación es dejarme crecer en

los lirios, el experimento es explotar el creci-

miento de los lirios para un uso cualquiera al

que creemos tener derecho. La experiencia tie-

ne que seguir los ritmos de la naturaleza; la

observación, nuestros ritmos; el experimento

necesita introducir la aceleración, romper los

ritmos. No tiene tiempo para esperar. Contiene

intrínsecamente el sentido de la urgencia. La

vida se siente como una tarea urgente (de hacer

algo), y no necesariamente como un acto im-

portante (ser).

La visión de la Realidad es una visión que

la Realidad tiene en nosotros; es llegar a ser

real. Es un acto humano, participar de la pala-

bra creadora, como nos recuerda el Veda (RV

I. 164, 37). La visión de la Realidad no es nues-

tra mirada antigua o nueva sobre lo real, sino

la visión que la realidad misma revela en mí.

Cuanto más puro y más vacío estoy, más clara

es la visión, menos distorsionada es la imagen.

Somos espejos del todo. La dignidad específi-

ca del hombre, decían los escolásticos cristia-

nos, es ser capaz de especular, esto es, ser un

speculum de lo real.

Pero el texto no se olvida de mencionarnos

el contexto: los pájaros del cielo, las flores del

campo. El cielo y el campo forman el contexto

de nuestra visión contemplativa. No hay pája-

ro o lirio an sich (en sí mismo) ni, por supues-

to, sólo en mí (ni siquiera per se ni quod nos).

Campo y cielo son los mediadores de nuestra

visión. No son intermediarios. Ave y cielo, lirio

y campo van juntos. Y viceversa, no hay cielo

o campo sin «algo» en sí.

Una visión holística distingue pero no sepa-

ra. Esto es un resplandor de la realidad misma,

el svayamprakasa de las tradiciones hindúes. La

visión deja de ser una representación objetiva o

una interiorización subjetiva. La visión es invi-

sible, al igual que la luz que ilumina pero que es

oscuridad cuando está aislada. «Benditos los que

han llegado a la infinita ignorancia», dice

Evagrius Ponticus, aquel otro sabio de la tradi-

ción occidental (III Centuria, 88).

La contemplación no es ciega, ni tampoco

una mera visión, theoria, es también praxis. Es

el edificio de ese templo desde el cual se ve la

Realidad. Somos espectadores, actores y auto-

res de la Realidad —no cuando estamos solos,

sino cuando estamos unidos, integrados. Un

camino hacia esta integración (el Upaya, anu-

paya del «kasimir shaivism») —y uno de sus

resultados— es mirar las aves y los lirios.

RAIMON PANIKKAR

Contractualismo

You pay a great deal too dear for what’s given freely. WILLIAM SHAKESPEARE: The Winters Tale , acto I, escena I

La existencia de nosotros, los jaféticos hodier-

nos, se averigua signada bajo el timbre de lo

«contractual».^1 No ya sólo la economía (don-

de, al fin y al cabo, los contratos bajo una u

otra especie siempre han podido y debido dar-

se),^2 sino también los vínculos jurídicos, las re-

cial»,^11 hasta los mucho más severos enfoques

de un David Gauthier^12 o un James M. Bucha-

nan,^13 pasando por autores como Thomas M.

Scanlon^14 o John Harsanyi.^15

Dos principios de fondo cabe detectar, a fin

de cuentas, en todos aquellos que se plantean

de modo contractualista su enfoque de la esfe-

ra ético-política: en primer lugar, que el hecho

de la libertad individual (es decir, aquello que

en lengua tudesca se suele denominar Faktum

der Freiheit )^16 es un principio soberano, supre-

mo, el único desde el cual cabe emitir normas

para los afanes humanos. Y, en segundo lugar,

que si y sólo si esa libertad individual otorga,

horra, a una instancia construida en el trato

con ( con-tracto ) otros individuos libres el po-

der de prevalencia, entonces este constructo

(el «contrato») sí que recibe delegado tal po-

der eminente sobre los trabajos y los días de

los hombres. La libertad personal y su procu-

ración en los contratos son, pues, la única fuen-

te de normatividad que desde la perspectiva

de esta mentalidad es lígrimo imaginar para el

ámbito de la racionalidad práctica. Por supues-

to, ello no ha sido siempre así: la historia re-

gistra multitud de otras instancias que se han

pensado como legítimas determinaciones de

nuestras reglas morales y de convivencia. Los

dioses,^17 el agápe cristiano,^18 la tradición de

nuestros padres,^19 la dépense o el dispendio

mauss-batailleano,^20 la autopreservación de la

comunidad o de sus arcontes,^21 la apuesta de-

cidida por la apertura hermenéutica a los

otros,^22 la guía segura de la ciencia natural y

sus tecnologías:^23 éstas y similarmente heteró-

clitas nociones han venido fungiendo y aún

fungen en el desempeño de ese mismo rol.

Frente a ellas, sin embargo, los «contratos» de

los contractualistas a veces se autopromocio-

nan como los únicos portadores de una carac-

terística ciertamente estimable en el terreno

ético-político: el hecho de que son los únicos

que no necesitarían de ninguna instancia axio-

lógica trascendente a las prácticas humanas

para cobrar desde ella su poder normativo; el

hecho, por tanto, de que serían las autorida-

des normativas más afines con la condición

postmetafísica (esto es, recelosa de toda nor-

matividad que provenga de más allá de las prác-

ticas humanas inmanentes)^24 dentro de la cual

hoy en día vivimos, nos movemos y existimos.

Ahora bien, ¿es esto así? Bien cierto re-

sulta que en el contractualismo los términos

laciones personales, la epistemología^3 e inclu-

so el sentido último de nuestra asociación en

una comunidad política (Estado, nación, unión

de Estados) se conciben de modo creciente bajo

el paradigma de un «contrato» que habrían ru-

bricado libremente los participantes en tales

enlaces. Dadas así las cosas, no asombra que

pensadores como Virginia Held hayan llegado

a postular que «la sociedad occidental actual

se encuentra aprisionada por el pensamiento

contractualista».^4 El poder de las normas que

entre nosotros pululan parece que sólo puede

recabar plausiblemente su energía del libre con-

sentimiento que los individuos firmantes han

transferido a esa única instancia que, tras una

hipotética rúbrica, les acomunaría (el «contra-

to»); a la inviolable libertad de cada suscritor,

por lo tanto, exclusivamente podría imponér-

sele (y en virtud meramente de semejante re-

frendo) una sola instancia normativa superior:

tal contrato.

Pareja concepción contractualista acerca

de las normas éticas y políticas —concepción

que, según autores como R. Jay Wallace,^5 ya

no se adjetiva como «metaética» por cuanto el

término habría sufrido cierto «envejecimien-

to» en algunas regiones del debate filosófico,

pero que equivale a lo que generalmente se

consideró así— tiene un origen histórico con-

trovertido. Más allá de quienes detectan en cier-

tos asertos del personaje de la República de

Platón denominado Glaucón un digno antece-

sor de estas posiciones,^6 lo cierto es que lo más

razonable, según algunos,^7 sería ubicar el ori-

gen histórico de un contractualismo genuino

en el Leviatán (1651) de Thomas Hobbes;

otros,^8 sin embargo, prefieren retrasar hasta

las obras de Jean-Jacques Rousseau —y pri-

mordialmente su Contrato social (1762)— la

emergencia de un pensamiento contractualis-

ta que de suyo amerite tal nombre; entre uno y

otro autor, empero, la producción intelectual

de John Locke tampoco debiera pasarse por

alto.^9 En cualquier caso, hoy en día es precisa-

mente el aludido y descomunal éxito de las

concepciones contractualistas en filosofía

moral y política el que ha favorecido la proli-

feración de toda una pléyade de subescuelas

dentro de esta corriente, subescuelas que a

veces presentan rasgos de lo más disímiles en-

tre sí: desde la socialdemocracia blanda de un

John Rawls,^10 algo más radical en el caso de

Norberto Bobbio y su «nuevo contrato so-

tractualista de la moral). [...]. Quizás todo pro- ceda de cierto hábito del lenguaje en este con- texto. Algunos deberes son deberes hacia al- guien; tal vez la mayoría de ellos. Ello establece entonces cierto patrón en el lenguaje, y ciertas expectativas conectadas a él. Y, así, los deberes se deben, y se le deben a alguien.^32

En otro pasaje^33 Wittgenstein comparará

esta actitud con la de un filósofo hedonista que

querría reformular cualquier deseo humano en

términos de «deseo de placer». Cierto es que

hay algunos deseos humanos (quizá incluso la

mayoría de ellos) que aspiran a lograr el máxi-

mo placer posible (al igual que hay obligacio-

nes humanas cuyo respaldo normativo reside

en uno u otro tipo de «contratos»). Pero, cuan-

do se dictamina que en realidad todas nuestras

acciones buscan la maximización de nuestros

placeres, o que todos los deberes surgen de pro-

cedimientos contractuales, en ambos casos de

lo que se trata es de haber establecido un crite-

rio a priori («todo deseo es hedonista», «toda

obligación es contractualista») e intentar lue-

go reducir metodológicamente todos los otros

casos que se nos presentasen a ese paradigma

que presuntamente estaría residiendo «en la

esencia de nuestro lenguaje» (moral).^34 Los re-

sultados de tales ejercicios acrobáticos y sus

intentos de ceñir en una faja (ora hedonista,

ora contractualista) los poliédricos enunciados

del reino de la moral le producían a Wittgen-

stein una curiosa sensación, mezcla de lástima

e ira, que acaso no ande lejos de cualquiera de

nosotros una vez hayamos captado la inanidad

de tales ambiciones, y su fuerte carácter meta-

físico, impositivo.

Pues lo cierto es que un paradigma como

el del contractualismo, cuando a priori pensa-

mos que en él se pueden embutir (y así lo an-

siamos) todos nuestros discursos éticos, no

constituye sino una exigencia como cualquier

otra,^35 que resulta que se les ha venido a ocu-

rrir a tales filósofos contractualistas sólo a par-

tir de «cierto hábito del lenguaje» en algún

«contexto»^36 (mediante una «generalización

equivocada»),^37 y que les tiene «cautivos» sin

que puedan «escapar de ella»^38 cuando se po-

nen a exigírselos a todo contexto en general.

Mientras tanto, empero, las prácticas huma-

nas de imposición y reconocimiento de nor-

mas éticas y políticas, a fin de cuentas, no tie-

nen por qué acoplarse a ese fundamento que

el filósofo contractualista ha decidido dedicar-

se a requerirles: tales prácticas pueden seguir

creando y sosteniendo normas práxicas en su

flujo histórico «por mil razones diferentes, no

sólo una»;^39 algunas aludirán, ciertamente a

derechos, pero otras lo harán a «culpas», a «fe-

licidades», a «deudas», a «dignidad», a nume-

rosas otras virtudes y valores que la red social

de acciones precisa potenciar para sostener-

se...^40 Los decretos de semejante contractua-

lista cuando ose lanzar un entredicho contra

el resto de prácticas éticas y políticas que no

se ajusta al modelo del «contrato mutuo» no

serán sino una restricción metafísica y arbi-

traria; restricción que no tiene legitimidad para

pretender imponerse sobre un «flujo de vida y

pensamiento»^41 humanos que es soberano^42 en

este respecto, si de verdad queremos suscribir

un pensamiento (y una existencia) postmeta-

físicos. Poco concordes con este pensar y tal

existencia, por consiguiente, resultan las esti-

pulaciones contractualistas; y, si en verdad

hemos experimentado la ausencia de funda-

mentos inconcusos, el «ocaso del ser»^43 que

según Gianni Vattimo constituye nuestra con-

dición postmoderna,^44 entonces habremos de

abandonar en nuestra vida ética tales mane-

ras, aunque ellas se nos presentasen en su día

bajo los fementidos atuendos de un pensamien-

to que habría sabido asumir, presuntamente,

el fin de la metafísica.

Notas

  1. A modo de comparación y simple ejemplo (pues no podemos abordar aquí un estudio com- pleto de la presencia de las especies contractualis- tas en todas las culturas no occidentales que pue- blan nuestro planeta), es significativa la mucha menor importancia que cobra este conjunto de ideas, verbigracia, entre los semitas islámicos del presente y el pasado. Así, en su exhaustivo análisis de la terminología política de esta cultura, Bernard Lewis, The Political Language of Islam , Chicago, University of Chicago Press, 1988, apenas cita el caso del carácter contractual del imanato como paralelo de tal noción (véase especialmente el capí- tulo 5 de dicha obra). Por su parte, Marshall G.S. Hodgson, «Cultural Patterning in Islamdom and the Occident», en Rethinking World History: Essays on Europe, Islam, and World History , Nueva York, Cam- bridge University Press, 1993, llega a hablar de «con- tractualismo islámico», pero en un sentido bastan- te diverso al que aquí emplearemos (y en general se emplea). Un fenómeno tan peculiar dentro del Is- lam como el sistema implantado en Irán a partir de 1979 por el ayatolá Jomeini parece que sí que po-

dría contar con una utilización más destacada de este concepto —véase, por ejemplo, Moses Stern- stein, «Improvisation and the Islamic Constitution», Sound Politicks , vol. 11, n.º 2 (2005), pp. 47-50—; pero ésta quizá no sea sino una más de las radica- les transformaciones que ese movimiento significa para el conjunto de la civilización islámica (sin ol- vidar, por lo demás, que los iraníes más bien perte- necerían a la rama jafética que a la semita, si de- seamos conservar tal terminología bíblica).

  1. Para una historia de la noción de «contrato», véase Henry Sumner Maine, Ancient Law : Its Con- nection with the Early History of Society and its Re- lation to Modern Ideas , Londres, John Murray, 1861, especialmente el capítulo 9 (existe una versión más reciente, con introducción de Dante J. Scala, en New Brunswick, Transaction Publishers, 2002).
  2. En este sentido es sumamente interesante el trabajo desarrollado por los psicólogos evolucionis- tas Leda Cosmides y John Tooby, «Evolutionary Psychology and the Generation of Culture, Part II. Case Study: A Computational Theory of Social Ex- change», Ethology and Sociobiology , 10 (1989), pp. 51-97; Leda Cosmides y John Tooby, «Cognitive Adaptations for Social Exchange», en Jerome H. Barkow, Leda Cosmides y John Tooby (eds.), The adapted mind , Nueva York, Oxford University Press,
  3. Allí se demuestra (mediante experimentos y reflexiones que, a pesar de su tremenda relevancia, nos es imposible exponer aquí con el cuidado que sería menester) cómo el modelo del «contrato» en- tre los humanos puede sustentar incluso la explica- ción de nuestra aplicación de mecanismos lógicos en apariencia tan abstractos como el modus tollens : pues estos mecanismos en realidad funcionan a ple- no rendimiento siempre que se hallan implicados dentro de la resolución de problemas del tipo de «averiguar quién es el agente que puede estar in- tentando no cumplir con el contrato social (es de- cir, averiguar quién puede estar tratando de com- portarse como un tramposo)», mientras que su éxi- to en circunstancias de otro tipo es —como ya detectaran P. Cheng, K. Holyoak, R. Nisbett, y L. Oliver, «Pragmatic versus Syntactic Approaches to Training Deductive Reasoning», Cognitive Psycho- logy, 18 (1986), pp. 293-328; Peter Cathcart Wason y Philip Nicholas Johnson-Laird, The Psychology of Reasoning: Structure and Content, Cambridge, Har- vard University Press, 1972; Peter Cathcart Wason, «Realism and Rationality in the Selection Task», en Jonathan St.B.T. Evans (ed.), Thinking and reaso- ning: Psychological approaches , Londres, Routled- ge, 1983— sorpresivamente bajo, si se tiene en cuen- ta su importancia para cualquier desempeño racio- nal. Cabe ampliar estas notas en Leda Cosmides, «The Logic of Social Exchange: Has Natural Selec- tion Shaped How Humans Reason? Studies with the Wason Selection Task», Cognition , 31 (1989), pp. 187-276.
  4. Virginia Held, Feminist Morality: Transforming Culture, Society and Politics , Chicago, University of Chicago Press, 1993, p. 193.
  5. R. Jay Wallace, «Scanlon’s Contractualism», Ethics , vol. 112, n.º 3 (2002), pp. 429-470, aquí n.º 2.
  6. Véase, por ejemplo, Cristina Lafont, «Moral Objectivity and Reasonable Agreement: Can Realism Be Reconciled with Kantian Constructivism?», en Ratio Juris , vol. 17, n.º 1 (marzo 2004), pp. 27-51.
  7. Richard S. Peters, Hobbes , Harmondsworth, Penguin, 1956, p. 194.
  8. Thomas M. Scanlon, What We Owe to Each Other , Cambridge, Harvard University Press, 1998, p. 5.
  9. Como no lo hace Zbigniew Rau, Contractaria- nism versus Holism: Reinterpreting Locke’s Two Trea- tises of Government , Lanham, University Press of America, 1995.
  10. John Rawls, A Theory of Justice , Cambridge, Belknap Press of Harvard University Press, 1971 (edición revisada: 1999); John Rawls, Political Libe- ralism. The John Dewey Essays in Philosophy, 4 , Nueva York, Columbia University Press, 1993.
  11. Norberto Bobbio, Il futuro della democrazia , Turín, Einaudi, 1984.
  12. David Gauthier, Morals by Agreement , Oxford, Clarendon, 1986; David Gauthier, Moral Dealing: Contract, Ethics, and Reason , Ithaca, Cornell Uni- versity Press, 1990.
  13. James M. Buchanan y Gordon Tullock, The Calculus of Consent: Logical Foundations of Consti- tutional Democracy , Ann Arbor, University of Mi- chigan Press, 1962; James M. Buchanan, Freedom in constitutional contract: perspectives of a political economist , College Station, Texas A & M University Press, 1977; James M. Buchanan, Choice, Contract and Constitutions , Indianápolis, Liberty Fund, 2001.
  14. Op. cit.
  15. John Harsanyi, On Ethics, Social Behaviour and Scientific Explanation , Dordrecht, Reidel, 1977.
  16. Es decir, el hecho «empírico» y «comproba- ble» de «la libertad de la acción (también llamada libre arbitrio [ freie Willkür ] — liberum arbitrium— ); es decir, la capacidad dada en principio a cada ser humano de determinar su acción externa en fun- ción de fines representados» (Georg Geismann, «Kant als Vollender von Hobbes und Rousseau», Der Stadt , 21 [1982], pp. 161-189, n.º 5). Véase con particular atención Ernst Tugendhat, «Der Begriff der Willensfreiheit», en Philosophische Aufsätze , Frankfurt, Suhrkamp, pp. 334-351, especialmente pp. 337 y 340, para su defensa, de inevitables reso- nancias kantianas. Ese «hecho» es algo que, según tal punto de vista, estaría ahí, al igual que cualquier otro objeto del mundo, aunque a menudo no se ejer- za como tal, o sea condicionado por una u otra in- clinación. Por ello, Descartes lo podía considerar como una de las tres «cosas» creadas por Dios que más le maravillaban: «Tria mirabilia fecit Deus: res ex nihilo, liberum arbitrium, et Hominem Deum»

Paz, « Non solum peritos in ea glorificare », en Teresa Oñate, Cristina García Santos y Miguel Ángel Quin- tana Paz (eds.), Hans-Georg Gadamer: ontología esté- tica y hermenéutica , Madrid, Dykinson, 2005, pp. 613- 677; Miguel Ángel Quintana Paz, «Dos problemas del universalismo ético, y una solución», en Quintín Racionero y Pablo Perera (eds.), Pensar la comuni- dad , Madrid, Dykinson, 2002, pp. 223-253; Miguel Ángel Quintana Paz, «On Hermeneutical Ethics and Education: “Bach als Erzieher”», en Jirí Fuka, Alena Mizerová y Vladimír Strakos (eds.), Bach: Music bet- ween Virgin Forest and Knowledge Society , Santiago de Compostela, Compostela Group of Universities, 2002, pp. 49-109; Miguel Ángel Quintana Paz, “Alas- ka, Heidegger y los Pegamoides”, en Víctor del Río García, Cortao , Salamanca, El Gallo, 1998, pp. 104- 135; Miguel Ángel Quintana Paz, «Ethos de la esci- sión, la Historia, lo humano», en VV.AA., Humanis- mo para el siglo XXI. Congreso Internacional , Bilbao, Universidad de Deusto, 2003, pp. 2-6.

  1. Con el fin de atisbar una crítica a los funda- mentos de este papel tecnocrático de la ciencia puede consultarse Miguel Ángel Quintana Paz, «“Al- guien nos ha metido un loco en nuestro equipo”. O de lo que tienen que ver las ciencias con las filoso- fías y las Humanidades», ibíd. , pp. 132-151.
  2. Para ampliar el significado de la noción de «postmetafísica» en el espacio ético-político, pue- de verse Miguel Ángel Quintana Paz, «Democracia y sociedad civil en tiempos postmetafísicos», en VV.AA., Llamados a la libertad , Madrid, Fundación Santa María, 2006 (en prensa). Desde un punto de vista metaético, tal noción es idéntica a lo que Jür- gen Habermas («Rortys pragmatische Wende», Deutsche Zeitschrift für Philosophie , vol. 44, n.º 5 [1996], pp. 715-741) bautiza como «pragmatismo de tipo humeano». Hemos intentado ofrecer un tra- tamiento epistemológico y metaético más comple- to de tal noción en Miguel Ángel Quintana Paz, Nor- matividad, interpretación y praxis. Wittgenstein en un giro hermenéutico-nihilista , Salamanca, Publicacio- nes Universidad Pontificia de Salamanca, 2006.
  3. Véase como contraste la amplia lista de tér- minos éticos relevantes para nuestra existencia que reproduce más adelante (en el cuerpo del texto co- rrespondiente a la nota a pie de p. 29) un autor que va a resultar decisivo para nuestro análisis aquí: Ludwig Wittgenstein.
  4. «La transferencia última de derechos es lo que los hombres llaman contrato » (Thomas Hob- bes, op. cit ., I, 14).
  5. Ésa es la tarea que se ha autoimpuesto, por ejemplo, la sociología de la ciencia emprendida por la Escuela de Edimburgo (con su debate con la Escue- la de Bath) y los Social Studies of Science , a través de autores como Bruno Latour, David Bloor, Steven Woolgar, Karin Knorr-Cetina, Steve Shapin, Ste- ve Fuller, Barry Barnes, Harry M. Collins...
  6. El antecedente histórico de la idea de que algo tan esquivo como nuestro presunto «consentimien- to tácito» baste para que se nos considere aplicable el contrato social se encuentra en Locke: «Todo hom- bre que tenga posesiones o disfrute de alguna por- ción de los dominios de un gobierno, está con ello dándole su tácito consentimiento de sumisión; y, mientras siga disfrutando de ellas, estará tan obliga- do por las leyes de dicho gobierno como cualquier persona que viva bajo el gobierno en cuestión» ( Se- gundo Tratado sobre el Gobierno Civil , sec. 119). Sin embargo, ya David Hume ( Sobre el contrato original ) se sublevaría contra esta idea de «consentimiento tácito»: un pobre campesino o artesano que sólo co- noce la lengua y costumbres de su país y depende en todo de los salarios que recibe es tan libre a la hora de optar entre o bien abandonar este, o bien obede- cer a sus gobernantes, como pudiera serlo un mari- nero al que han llevado a la fuerza a un barco mien- tras dormía, y sólo puede «elegir» entre acatar las órdenes del capitán o saltar a la mar profunda y pe- recer. Me permito remitir, para un tratamiento más pormenorizado (y respecto a contractualistas algo más contemporáneos, como John Rawls) de estas cuestiones, a Miguel Ángel Quintana Paz y Joan Ver- gés Gifra, «Diálogo sobre tres modelos de definición de la barbarie y lo civilizado en la filosofía política actual», Estudios Filosóficos , vol. 51, n.º 147 (mayo- agosto 2002), pp. 195-221.
  7. Ludwig Wittgenstein y Oets Kolk Bouwsma, Últimas conversaciones , edición y traducción a car- go de Miguel Ángel Quintana Paz, Salamanca, Sí- gueme, 2004, p. 22.
  8. Ibíd. , p. 61.
  9. Ibíd.
  10. Ibíd. , p. 22.
  11. Ibíd. , pp. 78-79.
  12. Ludwig Wittgenstein, Philosophische Unter- suchungen , op. cit. , § 97.
  13. «Cuanto más de cerca contemplamos el len- guaje que de hecho utilizamos, mayor se vuelve el conflicto entre él y nuestra exigencia. (La pureza cris- talina de la lógica no era un producto que se me hu- biese dado, sino que era una exigencia)»: Ibíd. , § 107.
  14. Ludwig Wittgenstein y Oets Kolk Bouwsma, op. cit. , p. 21.
  15. Ibíd. , p. 79.
  16. Ludwig Wittgenstein, Philosophische Unter- suchungen , op. cit. , § 115: «Una imagen nos mante- nía cautivos. Y no podíamos escapar de ella, pues residía en nuestro lenguaje, y éste parecía estárnosla repitiendo implacablemente».
  17. Ludwig Wittgenstein, Wittgenstein’s Lectures on the Foundations of the Mathematics, Cambridge 1939 , edición de Cora Diamond, Hassocks, Harves- ter Press, 1976, p. 249.
  18. En este denuesto de la reducción de toda la normatividad ética y política a los derechos recípro- cos, Wittgenstein resulta precursor de gran parte de

v

la filosofía política de los últimos decenios, cuando ha querido oponerse al modelo liberal y contractua- lista. Véase en Victoria Camps, Per una filosofia mo- desta. Dalla filosofofia pratica all’etica applicata. Mi- lán, Guerini e Associati, 2000, pp. 61-65, una digna recapitulación de tales críticas al hecho de que «el ciudadano venga considerado, solamente , como un sujeto de derechos » ( ibíd. , p. 63). Se trata siempre de reivindicar lo que Augusto Salazar Bondy, Para una filosofía del valor , Santiago de Chile, Editorial Uni- versitaria, 1971, llamó en nuestro ámbito iberoame- ricano «la plurivocidad» de lo moral, y no reducirlo a la univocidad del «contrato».

  1. Ludwig Wittgenstein, Zettel , edición de G.E.M. Anscombe y Georg H. von Wright, Oxford, Black- well, 1967, § 173.
  2. Ludwig Wittgenstein, Bemerkungen über die Grundlagen der Mathematik , segunda edición de G.E.M. Anscombe, Rush Rhees y Georg H. von Wright, Oxford, Blackwell, 1978, VII, § 3.
  3. Para una buena explicación global del signi- ficado de esta expresión heideggeriana, véase Pao- lo Godani, Il tramonto dell’essere. Heidegger e il pen- siero della finitezza , Pisa, ETS, 1999.
  4. Gianni Vattimo, «Dialettica, differenza, pen- siero debole», en Gianni Vattimo y Pier Aldo Ro- vatti (eds.), Il pensiero debole , Milán, Feltrinelli, 1983, p. 26.

MIGUEL ÁNGEL QUINTANA PAZ

Cosas

Ahora veo las cosas como no vi las cosas. La pasión por los hechos trascendentes, la seducción maligna por los grandes enigmas, ficción de una realidad alzada en andamiajes de papel, me cegó el sentimiento por las cosas vulgares. Maravillas que fueron las cosas sorprendidas en el gozo de ver, palpar y acariciar sus formas virginales que ni el tiempo corrompe ni la costumbre estraga; pulso vivo de objetos sin pasiones, que prestan su servicio sin exigir otras compensaciones que el demorado goce de los sentidos, oscuramente caen en nuestro desamor, en polvoriento olvido. Patenas silenciosas en que se alzó la forma de las celebraciones familiares, ahora, al cabo del tiempo, y cuando el tiempo de la vida apremia y con nosotros desaparecerán, me muestran en silencio sus semblantes atónitos.

Cristianismo

Con la proclamación de la inminente llegada

del reino de Dios, Jesús de Nazaret inició un

movimiento profético y escatológico, reforma-

También las cosas mueren si no las contemplamos en su fulgor doméstico, si no las inventamos cada día y lavamos su cara polvorienta y tocamos con mimo su relieve, el terciopelo ajado de las horas o su gasa sonora de rozar en la sombra, sus turgencias doradas de durazno, su vientre femenino. Pues las cosas nos miran y nos aman y sienten por nosotros y están cerca velándonos, y en esas veladuras que el tiempo va dejando en pulidos marfiles, cristales musicales, en blancas florecientes porcelanas, o en las desconchaduras de jarrones florales, verdecientes cerámicas de juveniles pieles, raspaduras de alpaca que reflejó el semblante grave de nuestras madres, aún estamos sintiendo la pasión de un amor, la exaltación sagrada de la vida. Ahí están diciéndonos que todo sigue igual, como aún sigue la vida de los antepasados que un día nos dejaron y ahora cumplen sus ciclos de tanagras arcaicas, más vivas que los libros. Libros, copias fungibles, calcos, tantas veces inertes objetos sin objeto y sin el brillo, la belleza y la gracia que atesoró en silencio, imagen de las cosas, el alma de las cosas. Ojos de niño tienen las cosas que no vi y ahora estoy tocando con los dedos febriles, con el temblor vidrioso de mis ojos cansados, con la esperanza cierta de que estos seres mudos, monstruosos, oblicuamente esquivos, sibilinos, eternamente opuestos a la razón pensante que no acertó a entenderlos, brillarán a otra luz, luz plena y sin envés, con la cara sin doble de cuerpos inmanentes. Ser viejo quizá sea entrar en otro mundo, a la luz de otro mundo, con otro corazón, otros sentidos, intrascendente ver y escuchar una música inoíble para el oído joven. Aunque no sin dolor y el sentimiento de saber que algún día dejaremos las cosas para siempre.

ROSENDO TELLO

Cosas