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Se trata de un analisis del inicio de las relaciones internacionales como sistemas politicos
Tipo: Apuntes
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David J. Sarquís
El pasado no está muerto, ni siquiera es pasado. William Faulkner (1959, pág. 73)
La inquietud original para el desarrollo de este trabajo nace de una creciente percepción y preocupación sobre el carácter predominantemente presentista en el estudio actual de las relaciones internacionales. Entiendo, desde luego que toda generalización es abusiva y que el desinterés por la historia no es generalizado entre los internacionalistas, muchos de los cuales tienen una clara vocación histórica; sin embargo, como intento explicar a lo largo de la obra, dada la tendencia a considerar a las relaciones internacionales como un fenómeno exclusivo de la modernidad, aun los interesados en la perspectiva histórica se muestran renuentes a ir más allá de la frontera temporal que significa el periodo final de la Edad Media y de la frontera geográfica de la Europa Occidental. Es mi intención argumentar en favor de una visión de mucho mayor alcance en el tiempo y el espacio para explorar el fenómeno internacional, lo que necesariamente conlleva a la necesidad de revisar el concepto mismo de relaciones internacionales.
Esto nos lleva, naturalmente a tener que cuestionar específicamente, cuándo en el tiempo y el espacio (es decir, en la historia y la geografía) resulta pertinente empezar a hablar de relaciones internacionales, problema al que nos estaremos enfrentando en este trabajo.
Aun cuando las razones del presentismo resultan fáciles de justificar, como habremos de ver más adelante, mi impresión es que el carácter eminentemente histórico de las ciencias sociales en general y de las relaciones internacionales en lo particular exige de una revisión mucho más detallada del pasado, sobre todo cuando se pone en juego la comprensión integral de la realidad contemporánea, esto es, que se requiere de una revisión muy completa de la relación actual de las ciencias sociales en general (y de las relaciones internacionales en particular) con la historia^1.
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La importancia del conocimiento histórico como ya hemos dicho no es, por supuesto, desconocida entre los internacionalistas. De hecho, en los orígenes de nuestra disciplina, la historia diplomática (una de las vertientes disciplinarias más desarrolladas en relaciones internacionales) fue una de las fuentes principales de las que se nutrieron los más destacados estudiosos en este ámbito. El legado de la historia diplomática es ciertamente de los más abundantes en nuestro campo disciplinario^2.
No obstante, dos problemas importantes obligaron a una reconsideración de la relación original de las relaciones internacionales con la historia:
La idea de que del análisis del pasado se podían extraer leyes generales absolutas e invariables del acontecer social ( historicismo ) tendencia que ha sido fuertemente criticada, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX; y
la tendencia entre especialistas de las ciencias sociales en general e internacionalistas en lo particular a representar el pasado de grupos humanos específicos desde una perspectiva preferentemente endógena, es decir, desde el interior de cada uno de ellos (el mundo se concibe más bien como un mosaico permanente de comunidades humanas políticamente independientes entre sí) , merced al cual en la actualidad normalmente se privilegian las historias “nacionales” o “locales”, antes que la historia de la humanidad en su conjunto (perspectiva que, algunos autores incluso dudan como viable)^3_._
En el ámbito de las relaciones internacionales, el historicismo se combatió con la idea del carácter básicamente inédito y singular de cada fase nueva del desarrollo histórico^4 , misma que gradualmente llevó a privilegiar los análisis de coyuntura en demérito de la vocación histórica, especialmente por lo que se refiere al análisis histórico de largo alcance, lo que de alguna manera significa que, mientras más remoto es el pasado, menos “internacional” se le debería considerar.
Por otra parte, la noción del mosaico permanente de grupos humanos diferenciados reforzó la idea de que la condición sine qua non para hablar de relaciones internacionales era precisamente la existencia de grupos humanos separados, autónomos y diferenciados,
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superar las limitaciones del historicismo , pero a la vez, capaz de superar la visión restringida de la sociedad anárquica como único modelo posible para entender el fenómeno internacional histórico^7 , objeto central de reflexión en este trabajo.
Es menester aclarar, sin embargo, que el trabajo no busca leyes absolutas e inmutables del desarrollo histórico para explicar de manera determinista ni mecánica la evolución de los hechos internacionales o predecir su advenimiento. Tampoco busca la elaboración de un modelo simplista u homogeneizante de todo el acontecer histórico-social, es decir, un modelo que sólo enfatice las semejanzas en la evolución de comunidades humanas separadas en el tiempo y el espacio sin respetar sus diferencias, ni la acumulación del conocimiento histórico como referente anecdótico para la construcción de historias singulares o locales (nacionales).
Dado el enfoque predominantemente coyuntural que tienen los estudios internacionales hoy en día, la presente investigación tendría como objetivo central el rescate de la dimensión histórica de la realidad internacional, con el propósito de abrir nuevos horizontes de investigación sobre el pasado desde una perspectiva internacional , es decir, una perspectiva que contemple al conjunto de la humanidad en su interactuar común y explore la influencia de esta interacción en el devenir de cada grupo y en la conformación de sistemas internacionales históricos.
Para el desarrollo de una perspectiva de esta naturaleza es definitivamente necesario precisar el concepto de lo internacional del cual se parte, en este sentido, identifico por lo menos tres tendencias actuales:
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relación formal entre Estados. Aunque ésta ofrece un margen de acción y reflexión más amplio, en la práctica también se queda corta para abarcar la totalidad de los fenómenos inherentes al trato entre distintas colectividades humanas.
La ubicación temporal del fenómeno internacional depende entonces de la concepción sobre lo internacional de la cual partimos.
Desde este punto de vista, se tendría que demostrar que tiene sentido estudiar, no sólo la historia universal tradicional, como el registro documentado para la caracterización de
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Una hipótesis de esta naturaleza plantea retos metodológicos importantes. No buscamos probar la existencia de relaciones inter-gubernamentales en el pasado (la evidencia existente sobre este fenómeno es ya abrumadora). Buscamos más bien sugerir el comportamiento sistémico de las colectividades humanas en su proceso de formación y desarrollo, para explicar el surgimiento de sistemas internacionales históricos y su devenir; en el sentido más laxo del término, explorar su evolución histórica a través del análisis de los factores que promueven su dinámica y finalmente su transformación o desaparición del escenario histórico^8.
Ahora bien, la forma como planteamos el objetivo que persigue este trabajo sugiere de entrada un importante problema conceptual que estaremos dilucidando a lo largo de la obra sobre la base de una concepción sobre lo internacional que conviene aclarar desde un principio. Puesto que estaremos hablando de relaciones, escenarios, realidad, actores, factores, medio, sistemas, órdenes, etc. internacionales , es menester precisar a qué nos estamos refiriendo con el uso del término.
Desde una perspectiva de rigor semántico esta noción coloca a la nación en el centro mismo del debate. Para mí no hay duda de que la nación debe ser considerada como una categoría del pensamiento social moderno y contemporáneo que singulariza la experiencia de esta forma de agrupación humana según condiciones histórico-concretas que se desarrollaron en el ámbito geográfico de la Europa Occidental de manera progresiva desde principios del siglo XV (aunque algunos autores pueden objetar esta fecha y proponer cosas un poco más adelante o un poco más atrás – ya nos ocuparemos del asunto en uno de los capítulos subsiguientes).
Ciertamente existen formas de agrupación social anteriores a la nación (bandas, familias comunales primitivas, tribus, clanes, hordas, gens, fratrias, pueblos); cada una de las cuales posee sus rasgos distintivos, lo que permite hacer análisis social, bien sea desde la búsqueda de denominadores comunes entre todas ellas para enfatizar sus semejanzas o desde el señalamiento de sus diferencias para singularizar a cada una en su especificidad. No obstante, conviene enfatizar que estos enfoques no son mutuamente excluyentes sino, de hecho, complementarios. La historia de la humanidad en su conjunto puede abordarse desde distintos ángulos de observación, bien sea la unidad en la diversidad o la diversidad de lo
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unitario; desde la singularidad del momento histórico-concreto hasta la concatenación histórica estructuralmente interconectada, pero eso no hace a uno menos válido o más “verdadero” que el otro.
Claro que estrictamente hablando deberíamos restringir el estudio de las relaciones internacionales a la era moderna (cuando surgen las naciones como formas características de agrupación social), pero como veremos más adelante, eso equivale a ignorar más del 90% de la historia de la humanidad.
Por supuesto que los rasgos específicos de la era moderna deben ser caracterizados aparte, pero no está de más insertarlos luego en un ejercicio de continuidad en la experiencia evolutiva de la humanidad. La sustancia de lo internacional, desde el punto de vista que queremos abordarlo en este trabajo se refiere al fenómeno general de la interacción entre colectividades humanas independientes -o comunidades políticamente autónomas, siguiendo la terminología de Raymond Aron (1967) y no exclusivamente a la interacción entre los estados, como sugiere la idea del complejo relacional internacional manejada por Jean Jaques Chevalier^9. Para Aron, en efecto, la sociedad internacional representa el conjunto de todas esas relaciones entre Estados y entre personas privadas que permite pensar en la unidad de la especie humana. [Énfasis añadido] (Aron, 1984, pág. 22)
Es mi impresión que, a pesar del origen común de la humanidad en el continente africano^10 , en el proceso su evolución y dispersión por el mundo, los seres humanos siguieron un patrón de regularidad claramente observable que involucra, primero, la división de la raza humana en un enorme número de subgrupos que fueron ocupando distintas áreas del planeta en las que desarrollaron su propia cultura, y luego, fueron interaccionando entre sí, fusionándose para crear civilizaciones, cada una de las cuales han ido cumpliendo sus ciclos vitales mediante procesos recurrentes de aglutinamiento para formar civilizaciones y de ruptura o fragmentación para dar paso a nuevas colectividades autónomas que tienden a reiniciar el ciclo.
A falta de un mejor concepto para hablar de este proceso histórico de largo alcance, uso el nombre de relaciones internacionales en un sentido laxo para elaborar sobre este proceso de fusión-ruptura de los grupos humanos independientes que, al entrar en contacto entre sí
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El proceso de enseñanza-aprendizaje de la historia en el ámbito universitario contemporáneo
Enseñar historia a estudiantes de ciencias sociales en cualquiera de sus distintas especialidades durante este turbulento inicio de siglo suele ser auténticamente un reto. A pesar del interés que en ocasiones llegan a mostrar los jóvenes por algunos temas de carácter histórico, generalmente se sienten mucho más atraídos por, y motivados con el análisis de cuestiones coyunturales que con el estudio de la historia (sobre todo con los temas más distantes en el tiempo), no sólo porque los asuntos de coyuntura representan una vivencia más claramente relacionada con sus experiencias directas del mundo, sino porque además, las cuestiones coyunturales parecen de hecho estar más evidentemente relacionadas con sus propios horizontes profesionales inmediatos. Además, como es fácil argumentar, las condiciones materiales del mundo actual son tan radicalmente distintas y están condicionadas por factores tan diferentes a los del pasado que, aparentemente resulta imposible extraer cualquier lección significativa del pasado (sobre todo, del más distante).
Para muchos de nuestros jóvenes, desafortunadamente, el pasado parece una cosa remota, ajena y, de alguna manera poco relacionada con la complejidad del presente (que es único, irrepetible e irreversible), de donde se desprende una creciente indiferencia hacia el conocimiento histórico (caduco, anecdótico, inescrutable e inútil) particularmente el de más largo alcance. Hobsbawn ha reconocido el problema con toda claridad cuando escribe que: “La destrucción del pasado o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea a la de generaciones anteriores es uno de los fenómenos más característicos y tenebrosos de la última etapa del siglo XX. La mayoría de los y las jóvenes de este fin de siglo han crecido en una especie de presente permanente que carece de cualquier relación orgánica con el pasado público de los tiempos que les ha tocado vivir” (Hobsbawn, 1994, pág. 3)
La cuestión se torna incluso más grave cuando los analistas contemporáneos de la realidad social en sus diversos ámbitos, actualmente caracterizados por una clara tendencia globalizante^13 , sobre-enfatizan la idea (sólo parcialmente correcta) de que hoy en día vivimos una situación carente de todo parangón histórico, lo que prácticamente convierte al estudio de la historia (por lo menos desde una perspectiva tradicional) en una especie de lujo intelectual tan ostentoso como innecesario.
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Tal parece como si en el mundo “inédito” de la globalización, el conocimiento histórico se hubiese convertido para los estudiosos de las ciencias sociales en una especie de bien apreciable como parte de un bagaje cultural que puede ser siempre conveniente pero que resulta, en última instancia, enteramente prescindible. En este contexto, el rechazo hacia el estudio de la historia no ya viene sólo de prácticas didácticas mal fundadas: el objeto de estudio en sí parece estar perdiendo atractivo entre la mayoría de los jóvenes del mundo contemporáneo (por lo menos en la cultura occidental) porque no se le ve utilidad práctica inmediata.
Aquí tenemos pues los orígenes de una peligrosa actitud característica de amplios sectores del análisis social hoy en día: el presentismo , actitud doblemente peligrosa habida cuenta del carácter eminentemente histórico de todos los fenómenos sociales. A lo largo del trabajo estaremos explorando la idea con mayor detenimiento.
No obstante, se debe ser cuidadoso con el tema; hablar de presentismo en ciencias sociales en la actualidad no significa elucubrar con ideas filosóficas acerca del tiempo y del espacio o de la existencia como un fenómeno estrictamente temporal para demostrar que todo lo que hay en el universo, sólo existe en el presente, enfatizando el carácter ilusorio del pasado o del futuro^14. En una de sus formas filosóficas más sutiles, el argumento manejado por Ortega y Gasset dice que: “ni el pasado ni el futuro forman parte del mundo presente, y esto es lo que me interesa subrayar: que el mundo presente es sólo presente. Consiste su realidad únicamente en aquello que es sólo presente; su pasado lo es en absoluto, y el futuro en absoluto no es todavía, todo lo cual nos permite concluir que el mundo físico tiene un pasado y tiene un futuro, pero no los contiene, no forman parte de él (…) Una nación, un hombre, una palabra, un gesto existen también en un presente; son en cuanto presentes y ahora, pero en ese su presente resuena el pasado y palpita el futuro, es decir, que estos no están fuera de ellas, sino que, al revés, forman parte de ellas”. (Ortega y Gasset, 1960, págs 121-122)
La forma de presentismo a la que me refiero en este trabajo, no cuestiona la existencia del pasado como objeto de estudio; más bien está puntualmente orientada a sugerir que las condiciones actuales del escenario internacional son tan radicalmente distintas a las de cualquier otra época que, por lo tanto, las lecciones del pasado han dejado de ser significativas para el analista social contemporáneo.
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“El ‘Presentismo’ ciertamente permea la historia diplomática de los Estados Unidos. Es evidente en los intereses de aquellos que investigan y enseñan en esta área y está reforzado por la comunidad, generalmente extensa, de encargados del diseño de políticas y por el público bien enterado que la historia diplomática generalmente atrae. El presentismo desempeñó un papel central en los orígenes de la historia diplomática de los Estados Unidos a principios del siglo XX, un periodo de creciente conciencia acerca del surgimiento de Estados Unidos como potencia mundial. Desde entonces, ha definido las principales controversias en este campo, desde el debate en torno a la participación norteamericana en la Primera Guerra Mundial, pasando por el enfoque internacionalista de la política exterior y el de los apologistas de la Guerra Fría, hasta el revisionismo de la Nueva Izquierda. Estas controversias a su vez, hasta cierto punto, afectaron a la opinión pública, influyendo en el diseño de políticas y, en última instancia profundizando la tendencia presentista entre los propios historiadores de las relaciones internacionales”. (Hunt en Kammen, Michael, 1980, págs. 355-381)
El mensaje resulta suficientemente claro: las exigencias que plantean las situaciones de coyuntura sobre los escenarios internacionales en términos de diseño de estrategias y más concretamente, de acción política requieren de un grado de atención tal con respecto al presente, que deja muy poco margen para la reflexión histórica profunda, o para el análisis histórico comparativo, sobre todo cuando se asume el carácter único, singular y distintivo del momento actual (cualquiera que este sea) y se disocia estructuralmente de épocas pasadas, las cuales, en consecuencia, dejan de ser referente útil para el presionante proceso de toma de decisiones de la siempre cambiante actualidad.
Ciertamente no se trata ahora de reconvertir a las ciencias sociales en disciplinas esencialmente historicistas. La historia tiene, por supuesto una enorme relevancia que es necesario abordar y considerar con todo detenimiento para lograr una mejor comprensión del presente, pero que de ninguna manera va a sustituir la importancia del análisis de coyuntura para la definición de políticas de acción; la intención de hecho es complementarlo.
La atención detallada a las cuestiones de coyuntura está más que justificada por esos imperativos de acción política que suponen ahora mismo, y ciertamente no vamos a emprender una búsqueda detenida de lecciones del pasado para tratar de deducir a partir de ellas ningún tipo de leyes absolutas sobre el desarrollo histórico de la humanidad en su conjunto; leyes que pudiesen “explicar” pero, sobre todo “anticipar”, como sugiere la
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ciencia positivista, la condición actual del escenario mundial de manera estrictamente determinista, cosa que la propia historia ha demostrado imposible de lograr^16.
Es claro que la historia nunca se repite de manera mecánica ni lineal; incluso donde pueden detectarse similitudes escénicas, no hay forma de garantizar que una decisión exitosa (o un fracaso) en el pasado se va a repetir de manera automática para producir el mismo tipo de resultados en otro momento y bajo otras circunstancias. ¿Qué se pretende entonces con el análisis de la historia como componente esencial para la formación de los analistas sociales del presente? Bueno, de alguna manera lo ha señalado Stern al reflexionar sobre el valor de la historia como instrumento del conocimiento: “En primer lugar –nos señala el autor- ningún evento político o internacional, quizá una guerra o una revolución o una recesión global surgen de la nada y para poder valorar su significado, necesitamos ponerlos en contexto, no sólo buscando elementos de continuidad que los conectan con el pasado pero también reconociendo los factores nuevos que lo distinguen de él. En segundo lugar, aunque no podamos extrapolar el futuro a partir del pasado ya que el mañana bien puede ser distinto del ayer, el análisis histórico nos puede revelar la forma en la que las sociedades – incluyendo la sociedad internacional- evolucionan. (…) En tercer lugar, aunque la historia no pueda proporcionar pruebas con respecto a una idea o una teoría, sí nos puede proporcionar evidencia, patrones o precedentes necesarios para argumentar a favor de una idea o plantear dudas sobre otras.” (Stern, 2000, pág. 55)
Desde este punto de vista, más allá de implantar una perspectiva historicista para el estudio de las ciencias sociales en lo general y para el de las relaciones internacionales en lo particular, se trata de recuperar el interés de los estudiosos de lo social por el pasado , para poder entender mejor, a través de su estudio, la secuencia evolutiva (no lineal) que nos ha traído hasta donde estamos ahora como sociedades y poder identificar, a partir de ello, la forma genérica de operar de cada sistema internacional histórico, para después dar paso al análisis de sus singularidades e incluso, para poder comparar de manera más significativa la experiencia del presente con las diversas experiencias del pasado, pero sobre todo para articular una representación integral de la experiencia humana en su conjunto.
Justifico el intento de despertar el interés por la historia entre los estudiosos de la realidad social con el supuesto de que, de alguna manera, portamos cada uno de nosotros, tanto en lo individual como en lo colectivo huellas, rasgos e influencias procedentes de nuestro proceso evolutivo, tanto biológico como cultural, de tal suerte que nuestra concreción como
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la didáctica tradicional, en la que el énfasis radica en la perspectiva singularizante del hecho nacional y en su memorización.
Así por ejemplo, la mayoría de los cursos de historia mundial contemporánea arranca con el análisis de la revolución francesa como un fenómeno socio-político distintivamente local y se aboca a su explicación desde un ángulo preferentemente endógeno, con una mención casi marginal de las condiciones externas que impulsan el movimiento revolucionario en ese país o de la influencia que el pensamiento revolucionario ejercería posteriormente por el resto de Europa y de la manera en que éste contribuiría a desarrollar las bases del sistema internacional de su época y a consolidar los cimientos de un nuevo orden internacional.
En otras palabras, la historia tradicional ve a Francia como una entidad política separada e independiente del resto de países que la rodean, la cual tiene sentido por sí misma y sólo se relaciona con el resto del mundo de manera discrecional y voluntariosa, mientras que, desde una perspectiva sistémica se busca hacer énfasis en la condición de dicho país como parte de un todo más amplio que lo influye y condiciona, pero al que él misma retroalimenta: el sistema internacional. No es, por supuesto, que el primer enfoque esté “mal” o “equivocado”; ambos representan, de hecho ángulos de observación complementarios.
En consecuencia, desde la perspectiva tradicional, los alumnos se concentran en aprender a reconocer las causas estructurales que originan el movimiento revolucionario en Francia (es decir, desde una perspectiva preferentemente endógena) identificar a los personajes principales que participaron en él y recordar las fechas significativas en su proceso de concreción. Esos son los aspectos sobre los que, al final de un curso, se les va a evaluar cuando son estudiantes, o bien, son las cuestiones que supuestamente mejor revelan la calidad del conocimiento entre cualquier ciudadano común; desde tal ángulo de observación resulta siempre más difícil de apreciar la manera en la que la revolución francesa contribuye, efectivamente, a trastocar un orden internacional establecido y a instaurar otro.
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La historia significativa para los estudiosos de las ciencias sociales contemporáneas, entonces, tiene que ser predominantemente internacional – en el sentido más laxo del término- cuestión que estaremos abordando en este trabajo, y por lo tanto holística en su enfoque. Es la historia del conjunto de entidades políticamente independientes (pero estructuralmente vinculadas) que comparten un espacio geográfico y temporal determinado y que, a través de su sola presencia física, se influyen de manera recíproca para conformar una entidad (sistema) que siempre resulta superior a la mera suma mecánica de sus partes.
Es por lo tanto, la historia que centra su atención en los sistemas internacionales como totalidades la que de alguna manera nos interesa en este trabajo: su génesis, su evolución, sus factores condicionantes, su estructura, su comportamiento, sus tendencias, su interconexión, su naturaleza intrínsecamente holística.^17 En ausencia de un enfoque sistémico, la idea misma de historia universal carece prácticamente de sentido.
La historia de la revolución francesa, en este contexto, tiene que ser ubicada dentro de un movimiento procesal mayor que el del enfoque local tradicional referido a la historia de Francia ; tiene que abarcar en su conjunto el ámbito de las revoluciones burguesas que por esa época se desarrollaron en diversas partes del mundo^18. El alumno tiene entonces que aprender a relacionar esta serie de movimientos sociales que, a pesar de manifestarse desde el interior de alguna frontera nacional , están de hecho íntimamente relacionados entre sí, independientemente de las distancias y de las fronteras que los separan, influyéndose de manera recíproca para configurar, como ya hemos dicho, esa totalidad que es definitivamente superior a la suma mecánica de sus partes: el sistema internacional, que sólo entonces se convierte por mérito propio en objeto de estudio disciplinario.
A través del esfuerzo realizado en este trabajo pretendo explorar la viabilidad de la idea de ‘sistemas históricos internacionales’ como entidades formadas por colectividades humanas que se desempeñan con un cierto grado de autonomía, pero que, por compartir un determinado espacio geográfico se ven envueltas en una dinámica aglutinante que tiende a fusionarlas de manera progresiva, creando así espacios culturales ampliados que involucran a todas estas ‘partes’ (subsistemas) en un solo destino, que ellas mismas van a construir.
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cursos de historia ya traen alguna experiencia de las historias nacionales (por eso es que muchas veces los cursos de historia mundial contemporánea les pueden llegar a parecer repetitivos). En este sentido, el reto fundamental para el historiador de las relaciones internacionales es justamente reconocer el carácter integral del sistema que constituye su objeto de estudio y la inescapable influencia a la que quedan sometidas las partes en función del accionar del conjunto.
Las historias nacionales se van definiendo entonces justamente a partir de la influencia que ejerce el sistema internacional en ellas, y la propia historia del sistema se define en función de la retroalimentación que recibe con el comportamiento de las partes: las naciones, que en el sistema actual conforman al sistema internacional y éste a su vez influye en el desarrollo de cada unidad nacional, influencia recíproca que condiciona la evolución dialéctica de todo sistema. En el pasado anterior a la existencia de las naciones (en el que hablamos de pueblos, tribus, clanes o familias comunitarias), la dinámica sistémica es muy semejante, lo que no significa que el devenir de todos los sistemas internacionales tenga que ser el mismo.
Desde la perspectiva analítica, el trabajo del historiador nacional tiene que complementar entonces el desarrollo del enfoque de una historia auténticamente universal que contemple al sistema internacional en su conjunto: “Ahí donde se reconocen los temas de carácter internacional frecuentemente han sido tratados como piezas sueltas que tienen que ser incorporadas a la historia nacional. Allá donde han desempeñado un papel más importante, normalmente ha sido como extensiones de la épica nacional, principalmente a través de la guerra, las exploraciones o los procesos de construcción imperial. De este modo, los historiadores del estado nacional han cumplido con su papel tanto en nacionalizar el internacionalismo al tratar al mundo más amplio como una extensión de intereses nacionales más estrechos y en internacionalizar el nacionalismo al exportar el programa básico del estado-nación y sus historiografía particular hacia los países recientemente independizados fuera de Europa y en el mundo no occidental” (Hopkins, 2002, pág. 14)
El sistema internacional, como toda forma de organización sistémica, es una realidad cambiante y por lo tanto, está permanentemente en transición de una etapa a otra; dicho de otro modo, cualquier sistema internacional se está transformando de manera continua: nunca es una sola cosa de una vez por todas y para siempre.
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En este sentido, como en el caso de cualquier otro sistema, el internacional normalmente es difícil de caracterizar, porque ello implica, por necesidad, la identificación de los aspectos más evidentemente estáticos del sistema -aquello que puede observarse en él como constante, a pesar del flujo continuo del cambio- lo cual necesariamente genera conflicto para los observadores que debaten de manera indefinida sobre la relevancia o la primacía que se le debe dar a la continuidad o al cambio como factores definitorios en los análisis de los escenarios internacionales históricos, ya que de alguna manera, siempre hay elementos para favorecer el énfasis analítico, ya sea en la continuidad o en el cambio en relación con el momento específico de la realidad mundial que se tenga en mente.
Desde este punto de vista, los estudiosos de sistemas internacionales siempre requieren de algún punto de consenso sobre aquellos que pueden ser considerados como momentos de cierta estabilidad del sistema, ya que ellos hacen posible una caracterización más o menos estática del mismo.
Para eso sirve la noción de orden internacional^19 ; justamente para identificar patrones de conducta, guías de acción prevalecientes en el comportamiento del sistema internacional durante periodos suficientemente largos – aunque no necesariamente homogéneos- para ser caracterizados como bloques históricos^20. Hernández-Vela ha acotado la idea del orden internacional con toda precisión al definirlo como:
“Situación, disposición u ordenación relativamente organizada, jerarquizada, reglamentada, equilibrada y estable de la sociedad internacional en la que cada uno de sus sujetos o elementos, individual o colectivamente ocupa una posición y representa un rol en función esencialmente de su poder y evoluciona de acuerdo con su desempeño. Siempre ha prevalecido un orden en cada momento o periodo determinado de la historia de la humanidad, como parte de un proceso orgánico evolutivo, caracterizado por su naturaleza, estructura,, amplitud de población, y extensión geográfica, consistencia, rigidez, estabilidad,, duración y grado de organización, sistematización y grado de articulación, y hasta de desorden implícito.” (Hernández-Vela, 2002, pág. 85)
Volveremos a tratar estos puntos más adelante en el desarrollo de la obra. Por el momento es necesario hacer algunas precisiones sobre el concepto de bloque histórico tal como queremos usarlo en esta obra.
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