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cuentos para educacion infantil
Tipo: Monografías, Ensayos
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Confederación Española De Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos Puerta del Sol, 4 | 6º A | 28013 MADRID | Teléfono 91 701 47 10 | Fax 91 521 73 92 [email protected] | www.ceapa.es
A través de la lectura compartida del cuento, esta publicación ofrece a padres y madres una herramienta lúdica para fomentar el diálogo con sus hijos e hijas de 6 a 12 años sobre la prevención del abuso sexual, enseñándoles las habilidades, conceptos y valores necesarios para poder enfrentarse a situaciones de riesgo, saber pedir ayuda a los adultos responsables de su protección y crecer con una idea sana de las relaciones y de la sexualidad.
El cuento es uno de sus medios de expresión natural por lo que es un recurso idóneo que les facilitará la expresión de sus emociones, la comprensión del mundo y el aprendizaje de habilidades y valores.
Cuento sobre prevención del abuso sexual
Ojos verdes
Ojos verdes
Cuento sobre prevención del abuso sexual
Dirigidos a niñas y niños de entre 6 y 12 años Autoría: Sara Arteaga Gormaz y Luisa Fernanda Yágüez Ariza Ilustraciones: Lucía Lupiañez Alpuente
Financiado por:
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Autoría: Sara Arteaga Gormaz www.globalmentepsicologos.comLuisa Fernanda Yágüez Ariza http://lfyaguez.wix.com/psicologa Guía de lectura y prólogo:Luisa Fernanda Yágüez Ariza
Ilustraciones: Lucía Lupiañez Alpuente
Coordinan: Jesús Salido Navarro Nuria Buscató Cancho Isabel Bellver Vázquez-Dodero Edita: CEAPA Puerta del Sol, 4 - 6º A 28013 MADRID Primera edición: Julio 2015
Maquetación: IO Sistemas de Comunicación
Imprime: IO Sistemas de Comunicación Enrique Granados, 24 28523 MADRID JUNTA DIRECTIVA DE CEAPA: Jesús Salido Navarro, Elena González Fernández, Nuria Buscató Cancho, José Luis Pazos Jiménez, Miguel Dueñas Jiménez, Flor Miguel Gamarra, Javier González Barrenechea, Mª del Pino Gangura del Rosario,Leticia Cardenal Salazar, José Mª Ruiz Sánchez, José Antonio Felipe Pastor, Rafael Melé Oliveras, Mustafá Mohamed Mustafá, Silvia Centelles Campillo, Ascensión Pinto Serrano, Lois Uxío Taboada Arribe, CamiloJene Perea, Santiago Álvarez Folgueras, Andrés Pascual Garrido Alonso.
Introducción
Este cuento es un recurso para que padres y madres puedan abordar una situación tan compleja como la prevención del abuso sexual en los hijos e hijas.
A veces, tienen más dificultad para expresar sus sentimientos con la palabra, por lo que los manifiestan a través de la conduc - ta y el cuerpo.
En este sentido, el juego, el dibujo y los cuentos son su medio de expresión natural y una actividad lúdica fundamental donde
pueden aprender conceptos, habilidades y valores y descubrir el mundo, construyéndose como sujetos autónomos, integra- dos en la sociedad y en comunicación con los demás.
Por eso, hemos escogido el lenguaje de los cuentos para ofre- cer a padres y madres una herramienta lúdica que les permita compartir con sus hijos e hijas una misma actividad y abordar con ellos la prevención del abuso sexual, enseñándoles las ha- bilidades, conceptos y valores necesarios para poder enfren- tarse a situaciones de riesgo, saber pedir ayuda a los adultos responsables de su protección y crecer con una idea sana de las relaciones y de la sexualidad.
A lo largo de todo el cuento, se producen situaciones que po- dréis analizar con vuestros hijos e hijas, plantear posibles al- ternativas y/o soluciones y, en definitiva, compartir un espacio de comunicación y diálogo constructivo.
Al final, podéis encontrar una guía de lectura que os permita reflexionar con vuestros hijos e hijas sobre los aspectos más relevantes y un prólogo en el que se indican claves importan- tes que, como padres y madres, habéis de tener en cuenta en la prevención y abordaje del abuso sexual.
¡Por fin había llegado la primavera! Alex se sentía muy feliz. Le encantaba la primavera. Hacía mejor tiempo, los animales salían de sus escondites de invierno, las flores volvían a sonreír y, so- bre todo, podía disfrutar y jugar todo lo que quisiera al aire libre.
Alex vivía en un bonito pueblo que estaba lleno de casas gran- des, que tenían jardines aún más grandes. Todos los habitantes eran muy amables y se conocían, era normal que coincidieran alguna vez en alguno de los rincones del pueblo. Sus padres te- nían una casa a las afueras, a la que los vecinos llamaban “la casa de la valla azul”, por la gran valla que la rodeaba.
Un día, al salir del colegio, Alex fue directo a casa, caminando y jugando con su balón, al que llevaba a todas partes. Al llegar, vio que solo estaba su madre, por las tardes trabajaba desde casa. Su padre no llegaba del trabajo hasta muy tarde, a la hora de la cena.
—¡Hola mamá! –saludó Alex con alegría.
—Hola Alex. ¿Qué tal en el colegio? ¿Lo has pasado bien?
—Sí mamá. Hoy no tengo deberes, así que voy a salir al jardín a jugar ¿Puedo ir? —Pero acuérdate que… —Sííí mamaaaaaa, ya sé que no puedo saltar la valla –contestó Alex, sin dejar terminar de hablar a su madre. Era algo que le re- petía todos los días y a Alex le daba mucha rabia que lo hiciera. ¡Era muy pesada! —Te lo repito para que no se te olvide. ¡Pórtate bien! Estaré aquí trabajando con el ordenador si necesitas algo cariño. —Gracias mamá –dijo Alex mientras corría contento hacia el jardín. Lo que más le gustaba a Alex de su casa era su enorme jardín, donde podía jugar con su balón hasta que el sol se ocultaba al atardecer.
Si algo le divertía en el mundo era inventarse juegos nuevos. Ese día había pensado intentar acertar lanzando el balón a una diana que dibujó en la valla del jardín trasero. Cuando acertaba, ganaba un punto, y cada vez lo iba poniendo más y más difícil, tirando el balón desde más y más lejos.
Aunque recibía todo el cariño y atención de sus padres, echa- ba de menos tener algún hermano o hermana y en tardes como esa, mientras jugaba solo, pensaba que su vida sería diferente teniendo hermanos o algún vecino de su edad.
¡Ya había conseguido 9 puntos con solo 5 lanzamientos! El sex- to lanzamiento ya era realmente difícil, estaba muy lejos de la valla. Aun así, Alex siempre pensaba que el fracaso estaba en no intentarlo y eso hizo. Cogió carrerilla, miró el balón fijamente y fue corriendo a chutar con decisión.
Pensaba que había sido un tiro perfecto ¡y vaya si lo fue! Le ha- bía dado tan fuerte que... ¡Crassshhh! Rompió la valla.
lomo y la cabecita, con colores grises, y el resto del cuerpo de color blanco. No pudo evitar acercarse a tocarle pero el gato rá- pidamente volvió a esconderse detrás del matorral.
— No tengas miedo gato, no voy a hacerte daño –le dijo– si quieres puedes acompañarme, quiero saber qué hay detrás de esos árboles.
Siguió su camino y al mirar atrás observó que el gato le seguía en la distancia. No sabía por qué pero ahora se sentía más seguro.
Llegó a una explanada y miró a su alrededor, había llegado a otra casa muy muy grande. Enseguida se dio cuenta que tenía un jardín enorme lleno de flores y plantas de todos los colores. ¡Era precioso! Sintió como todos esos colores hacían que no pudiera evitar acercarse a mirarlos.
De cerca, era todo aún más bonito y podía percibir la mezcla de olores dulces e intensos que venían de todas partes. Se había abstraído tanto que no se fijó que había alguien mirándole des- de la puerta de la casa. Se dio la vuelta con miedo y reconoció a esa persona. Era Max, el entrenador de baloncesto del colegio.
— ¡Hola! Eres Alex ¿no? ¿Qué haces por aquí?
— Hola. Sí, estaba buscando mi balón porque lo perdí detrás de la valla de mi casa y he llegado hasta aquí –dijo Alex mientras que el gato le seguía observando desde la distancia, escondido detrás de unas plantas pero atento a todo lo que pasaba.
— ¿Te gusta todo lo que tengo plantado en el jardín? Acércate más, te enseñaré todo.
Le hizo caso y se acercó. Max empezó a enseñarle una a una to- das las plantas y flores que tenía. Le explicaba sus nombres, pro- piedades y le dejaba tocarlas y olerlas. Alex estaba fascinado, nunca había visto nada igual. Incluso le contó a su entrenador que a él le gustaría tener un jardín y que le encantaba plantar, pero que aún sus padres no habían tenido tiempo para ir a un vivero a comprar semillas.
Al día siguiente, tal como tenía pensado, al llegar a casa salió corriendo al jardín con su balón. Detrás de la valla estaba es- perándole otra vez el gato, que volvió a acompañarle a casa del entrenador, manteniéndose en la distancia.
Esta vez, cuando Alex llegó al jardín de la casa, Max estaba en la puerta tomando una taza caliente de café.
— ¡Hola Alex! ¡Qué alegría verte otra vez por aquí! No sabía si vol- verías pero, por si acaso, he preparado unas cosas, te las enseño?.... –empezó Max a explicarle, mientras Alex le escuchaba atenta- mente–. Te he comprado un semillero donde puedes plantar las primeras semillas. Yo te enseñaré a plantarlas pero las tengo en el invernadero, detrás de la casa. ¡Acompáñame!
— ¡Siiii...Qué ilusión! –contestó Alex siguiendo sus pasos.
Fueron juntos al invernadero, donde aprendió a enterrar sus semillas en el semillero que Max le regaló. Hablaron sin parar sobre semillas, plantas, flores, olores y colores, y cuando termi-
naron fueron al salón de la casa, donde había una TV de plasma gigante ¡Nunca había visto una cosa igual! ¡Menuda pasada! — ¡Madre mía! ¡Qué tele más grande! –exclamó Alex boquiabierto. — ¿Te gusta? Pues tengo unos videojuegos que acabo de comprar y todavía no he estrenado ¿quieres que te los enseñe? Podríamos jugar un rato si te apetece. —¡ Sííí! –contestó Alex muy contento. Los videojuegos eran otra de las cosas con las que disfrutaba mucho, pero nunca tenía a nadie con quien jugar. Invitó al gato a entrar en la casa pero éste se quedó fuera, rela- miéndose sus patitas y mirando desde la ventana todo lo que pasaba dentro. Empezaron a jugar a un montón de videojuegos. Max era muy divertido, ¡se lo estaba pasando en grande! Cuando empezaba a anochecer, Alex sabía que debía irse pero realmente no quería.
— Me tengo que ir, Max. Me lo he pasado muy bien y te prometo que intentaré volver todos los días que pueda, pero creo que mis padres me castigarán si se enteran que estoy aquí sin avisarles.
— Claro que sí Alex, vuelve cuando quieras, estaré esperándote. Y no te preocupes por tus padres, no estás haciendo nada malo. Re- cuerda que las plantas que irán creciendo poco a poco serán para ellos. Tienes que venir a regarlas y abonarlas, no se lo puedes decir porque si no ¡no sería una sorpresa! Nadie sabe que estás aquí y yo no se los voy a decir. Este será nuestro secreto ¿vale?
— ¡Vale! –dijo Alex mientras se despidió de Max chocando las manos.
Emprendió el camino de vuelta a casa con el gato, que cada vez le seguía más de cerca. Cuando llegó a la valla de su casa, el gato se paró. Alex se acercó para despedirse y con delicadeza le acarició el lomo. Esta vez, el gato no huyó, incluso empezó a ronronear, feliz, mientras se dejaba acariciar. El sonido del ronro- neo le encantó, le daba mucha tranquilidad y volvió a notar que
ese gato le transmitía una seguridad que no podía explicar. Sen- tía que tenía un amigo a su lado, que le acompañaría cuando lo necesitara. Desde ese momento, decidió llamarle Rony, el gato ronroneador. Le empezó a dejar un plato con leche en la puerta de su casa, hasta que su madre y su padre le encontraron una mañana. Rony les hizo mucha gracia y Alex les pidió que le dejaran cuidarle. Ellos no dudaron en decirle que sí, también habían sentido que Rony era un gato especial y pensaron que sería una buena com- pañía para Alex. Poco a poco fue haciéndose un miembro más de la familia. Pasaron los días y se fue haciendo habitual que Alex y su nuevo amigo, el gato Rony, visitaran a Max –el entrenador. Era algo que mantenían en secreto, tal como habían pactado. Había algo que a Alex le llamaba mucho la atención y era que Rony siempre se quedara fuera de la casa. Nunca quería entrar dentro, aunque siempre les observaba desde la ventana con sus
Pero como Max era su amigo, el entrenador del cole y además le estaba enseñando tantas cosas, pensó que estas sensaciones no eran importantes. No lo entendió muy bien y decidió irse a casa, a ducharse y relajarse para no pensarlo más.
Las siguientes veces que fue a casa de Max, siempre regaban las plantas pero unos días jugaban a los videojuegos, otros plantaban flores nuevas en el jardín, y a veces, volvían a jugar a ese juego nuevo y Alex volvía a tener la misma sensación rara, incómoda, que su cabeza no podía entender... Incluso, las últimas veces que jugaron a esto, Max hizo fotos y lo grabó. Eso le dio mucha vergüenza, pero era incapaz de negarse o decirle algo a Max, temía que se enfadase con él y no sabía qué hacer, se atascaba…
Pasaron los días y ya no volvía tan contento a casa. Había algo que no le gustaba pero no sabía muy bien qué era. También se dio cuenta que Rony cada vez estaba más cerca de él e, inclu- so, las últimas noches habían dormido juntos, siempre amane- cía acurrucado a su lado. Era algo que a Alex le reconfortaba y
le gustaba mucho, se sentía protegido. Además, sentía como si Rony tuviese algo que decirle... pero no podía hacerlo, ¡los gatos no hablan!
— ¿Qué pasa Rony? Sé que quieres decirme algo... Ojalá pudieses hablar, amigo –dijo Alex mientras, sin saber muy bien por qué, empezó a llorar. No sabía qué le estaba pasando pero no se en- contraba bien. Sentía miedo y nervios cuando recordaba sus jue- gos con Max. Temblaba, sentía asco, una vergüenza que no sabía explicar y tampoco sabía si había hecho algo malo por mantener en secreto su amistad con él.
Por las noches, Alex empezó a tener pesadillas. Llevaba muchos días que estaba nervioso y le dolía mucho la tripa. En uno de esos sueños Rony le maullaba y susurraba al oído:
— Alex, eso que hace Max no es un juego. Tú sabes que es peligroso y no es bueno, por eso te duele la tripa. Sientes asco y tienes cada vez más vergüenza y miedo. ¡NO podemos seguir guardando este
secreto! ¡y tampoco podemos volver allí a jugar con él, esos juegos son de mayores, los niños no deben jugar a eso con los adultos! Alex despertó agitado, sudando y vio a su lado a su gatito, la- miéndole la mano y consolándole. Rony se restregaba y ronro- neaba con mucha ternura, tranquilizándole, mirándole fijamente con sus ojitos verdes y Alex rompió a llorar. No podía parar. En ese momento, se dio cuenta que estaba en metido en un gran problema, que tenía que contárselo a sus padres y que no podría volver nunca a ver a Max, pero no sabía muy bien cómo hacerlo. Sentía mucho miedo y vergüenza; tenía miedo de que le casti- garan sus padres, que se enfadaran con él o, lo peor, que no le creyeran. Ellos también pensaban que Max era un tío muy majo. ¿Cómo iba a poder contarles todo lo que había pasado? “ Y si no me creen ...”, pensaba. Sin embargo, se armó de valor, ¡tenía que hacerlo! Fue a la co- cina con su gatito Rony, siempre pegado a sus piernas… Sus pa-
Inmediatamente después, le llevaron al médico para que le vie- ra y luego fueron juntos a hablar con unos policías que sabían especialmente hablar con los niños a los que les había ocurrido lo mismo.
Todo esto fue muy difícil para Alex, pues tuvo que contarles a esas personas que no conocía todo lo que pasaba cuando iba a casa de Max, pero también era un alivio que alguien más lo supiese.
Algunas noches, en sueños, Rony y él hablaban. Ya se sabe que en los sueños todo puede ser posible… En esos sueños, Rony le ayudaba mucho calmándole y transmitiéndole que, poco a poco, todo iría yendo mejor.
Un día, después de que la casa de Max fuera puesta en venta y quedara vacía, sus padres le aseguraron que ahora podía estar tranquilo y que iban a llevarle a un sitio donde podría jugar, di- bujar y hablar en privado con una persona, que sabía ayudar a los niños que habían pasado por lo mismo que él.
Esa persona tenía los ojos verdes, igual que su gato Rony, es algo que le llamó mucho la atención. Era muy amable y poco a poco él fue ganando confianza y pudo contarle todo. Ella le aseguró que él no había hecho nada malo. Le explico cómo funciona el cuerpo humano y que todos podemos poner límites a los demás. Sobre todo que para tocar nuestro cuerpo, deben pedirnos per- miso; y que nadie te puede obligar a hacer esas cosas cuando eres un niño, eso es algo que siendo pequeño no se conoce y es difícil de entender. Alex aprendió a decir “NO” cuando no estaba de acuerdo con algo y a decir lo que pensaba y lo que sentía con valentía. Ju- gaba con ella con un montón de juguetes, entre ellos, unas ma- rionetas que le gustaban mucho. También se dibujó a sí mismo cuando fuera mayor, estudiando para ser veterinario y así po- der cuidar a los animales... Se divertía mucho con ella y ¡estaba aprendiendo muchas cosas!
Con su ayuda y el cariño y cuidado de sus padres y el de Rony, se fue sintiendo mejor poco a poco.
Alex y Rony se protegían y acompañaban mutuamente, era su mejor amigo. Cuando llegó el invierno, después de las navidades, vinieron a la casa deshabitada unos nuevos vecinos. Era una fa- milia que tenía dos hijos gemelos, pelirrojos, de su misma edad, que se convirtieron en sus nuevos amigos. Estaba muy contento. ¡Por fin tenía amigos con los que jugar a todos los juegos que le gustaban!