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Cuentos para leer..., Guías, Proyectos, Investigaciones de Literatura Universal

Para leer distintos tipos de cuentos

Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones

2018/2019

Subido el 01/09/2024

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La migala
La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.
El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que
la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la
conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.
Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes
acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una
vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi
paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso
del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos
pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de
mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para
destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.
La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y
ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los
instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia
invisible.
Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado,
tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre
mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi
alma inútilmente se apresta y se perfecciona.
Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no
hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño,
o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus
pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.
Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha
devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy
siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui
me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.
Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi
muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me
tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza
a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible
compañero.
Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo
yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.
FIN
Juan José Arreola
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La migala

La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que

la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la

conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes

acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una

vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi

paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso

del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos

pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de

mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para

destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y

ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los

instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia

invisible.

Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado,

tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre

mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi

alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no

hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño,

o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus

pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha

devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy

siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui

me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.

Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi

muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me

tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza

a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible

compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo

yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

FIN

Juan José Arreola

EL BESO

Érase una vez una muchacha y un joven. Estaban sentados en una piedra, en una punta de tierra que se adentraba en el mar, y las olas golpeaban hasta tocar sus pies. Estaban sentados, callados, cada uno en sus pensamientos, y vieron ponerse el sol.

Él pensó que tenía muchas ganas de besarla. Su boca parecía hecha para eso. Había visto chicas más hermosas y, en realidad, estaba enamorado de otra, pero no creía poder besarla nunca, ya que era un ideal y una estrella, y “a las estrellas uno no puede desear poseerlas”.

Ella pensó que querría que él la besara, porque entonces tendría una oportunidad de enojarse con él y mostrarle lo mucho que lo despreciaba. Se levantaría, levantando las faldas y ajustándolas en torno a sí; lo miraría con una mirada cargada de helada burla y se iría, derecha y sin prisas innecesarias. Pero para que no pudiera adivinar lo que pensaba, dijo en voz baja, muy lentamente:

-¿Cree usted en otra vida después de ésta?

Él pensó que sería más fácil besarla si contestaba que sí. Pero no recordaba bien cómo había respondido en otra oportunidad a la misma pregunta y tuvo miedo de contradecirse. Por eso la miró profundamente a los ojos y dijo:

-Hay momentos en que creo que sí.

Esa respuesta agradó a la chica enormemente y pensó: “De todas maneras, me gusta su pelo y también la frente. Es una lástima que la nariz sea tan fea y que no tenga una posición. Es sólo un estudiante”. Con un novio como ese no la envidiarían sus amigas.

Él pensó. “Ahora, decididamente, puedo besarla”. Pero tenía mucho miedo; no había besado antes a ninguna joven de buena familia, y se preguntaba si sería peligroso. Su padre dormía, tumbado en una hamaca, no muy lejos de allí, y era el alcalde de la ciudad.

Ella pensó: “¿Será quizá mejor que le dé un bofetón cuando me bese?”. Y pensó de nuevo: “¿Por qué no me besa, es que soy tan fea y desagradable?”.

Y se inclinó sobre el agua para mirarse reflejada, pero su retrato se rompió en las olas que salpicaban.

Pensó a continuación: “Me pregunto qué sentiré cuando me bese”. En realidad, la habían besado una sola vez, un teniente, después de un baile en el hotel de la ciudad. Pero olía muy mal, a cigarros y a ponche, y ella se había sentido un poco halagada de que la hubiera besado, ya que era un teniente, pero, por otra parte, ese beso no había sido gran cosa. Y, además, lo odiaba, porque después del beso ni le había propuesto matrimonio ni había vuelto a mirarla.

Mientras estaban allí sentados, cada uno en sus pensamientos, el sol se puso y oscureció.

Y él pensó: “Ya que está todavía sentada a mi lado y el sol se ha ido, quizá no tenga nada en contra de que la bese”.

Y lentamente le pasó un brazo sobre los hombros.

Eso ella no lo había previsto. Había creído que la besaría sin más preámbulos y que entonces ella le daría una bofetada y se iría como una princesa. Ahora no sabía qué hacer; quería enfadarse con él, pero no quería perder la oportunidad de ser besada. Por eso se quedó sentada completamente quieta.

Entonces él la besó.

Era mucho más extraño de lo que ella había pensado; sintió que se quedaba pálida y sin fuerzas, y que se había olvidado totalmente de darle un bofetón, y de que no era nada más que un estudiante.

Pero él pensó en un pasaje del libro de un médico muy religioso, llamado La especie femenina, en donde decía: …Pero cuidado con dejar que el abrazo matrimonial se supedite al dominio de las pasiones. Y pensó que debía ser muy difícil cuidarse si un solo beso podía ya hacer tanto.

Cuando salió la luna, estaban todavía sentados besándose.

Ella le susurró al oído:

-Te amé desde el primer momento en que te vi.

Y él respondió:

-Para mí no ha habido otra en el mundo como tú.

Hjalmar Söderberg.