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derecho civil, Ejercicios de Derecho Constitucional

Asignatura: Derecho Constitucional, Profesor: Federico Bueno de Mata, Carrera: Criminología, Universidad: USAL

Tipo: Ejercicios

2017/2018

Subido el 26/03/2018

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Traducción de Jaime Arrambide OUTSIDERS hacia una sociología de la desviación howard becker UNIVERSIDAD COMPLUTENSE MUNDI Uan ESTE LIBRO ES UN BIEN PÚBLICO. NADIE MENE DERECHO A SUBRAYARLO O ANOTARLO. QUIEN LO DETERIORE ESTARÁ OBLIGADO A REEMPLAZARLO POR UNO NUEVO. siglo veintiuno A satoros 20 OUTSIDERS Dorothy Seelinger, Kathryn James y Lois Stoops mecanografia ron con paciencia y esmero las muchas versiones manuscritas. 1. Outsiders Todos los grupos sociales establecen reglas y, en determi- nado momento y bajo ciertas circunstancias, también intentan aplicarlas. Esas reglas sociales definen las situaciones y comporta- mientos considerados apropiados, diferenciando las acciones “co- rrectas” de las “equivocadas” y prohibidas. Cuando la regla debe ser aplicada, es probable que el supuesto infractor sea visto como un tipo de persona especial, como alguien incapaz de vivir según las normas acordadas por el grupo y que no merece confianza. Es considerado un outsider, un marginal. Pero la persona etiquetada como outsider bien puede tener un punto de vista diferente sobre el tema. Quizá no acepte las reglas por las cuales está siendo juzgada, o rechace la competencia y legi- timidad de sus jueces. Surge de ese modo un segundo significado del término: el infractor puede sentir que sus jueces son outsiders. A continuación, intentaré clarificar las situaciones y mecanis- mos a los que apunta este término con doble sentido: las situa- ciones de infracción y aplicación de la regla, y los mecanismos que hacen que algunas personas rompan las reglas y otros las im- Pongan. Es necesario hacer algunas aclaraciones preliminares. Las re- glas pueden ser de muchos tipos diferentes. En el caso de las leyes formalmente aprobadas, el Estado puede usar su poder policial Para hacerlas cumplir. En otros casos, cuando se trata de pactos informales -tanto los más recientes como los ya refrendados por su antigiedad y tradición—, su incumplimiento prevé sanciones in- formales de todo tipo. Del mismo modo, ya tenga fuerza de ley, de tradición, o sea sim- Plemente resultado del consenso, el cumplimiento de la regla 24 OUTSIDERS La visión más simplista de la desviación es esencialmente esta dística, y define como desviado todo aquello que se aparta dema- siado del promedio. Cuando un estadístico analiza los resultados de un experimento agrícola, describe el tallo excepcionalmente largo de una planta de maíz y el excepcionalmente corto como desviaciones de la media o promedio. En ese sentido, cualquier cosa que se diferencie de lo que es más común podría describirse como desviada. Desde ese punto de vista, ser zurdo o pelirrojo son desviaciones, pues la mayoría de la gente es diestra y de cabe- llo oscuro. Expresado así, el punto de vista estadístico parece limitado, in- cluso trivial. Reduce el problema descartando muchas preguntas valiosas que normalmente surgen cuando se discute la naturaleza de la desviación. A la hora de evaluar cualquier caso en particular, todo lo que uno debe hacer es calcular la distancia existente entre el comportamiento analizado y el comportamiento promedio, lo que constituye una solución demasiado simplista. Salir a reunir casos a partir de esa definición implica regresar con una mezcla que reúne obesos con asesinos, pelirrojos, homosexuales e infrac- lores de tránsito, Esa mezcla incluye tanto a quienes efectivamente se desvían de la norma como a otros que no han quebrantado ninguna norma en absoluto. La definición estadística de la desvia- ción, en resumidas cuentas, está totalmente alejada de la preocu- pación por la violación a la norma, motivo del estudio científico de la marginalidad. Un punto de vista menos simplista, pero mucho más generali- zado, identifica la desviación con algo esencialmente patológico y que revela la presencia de una “enfermedad”. Esta perspectiva descansa, obviamente, en una analogía médica. Cuando el orga- nismo humano funciona bien y no experimenta ningún desarre- glo, se dice que es “saludable”. Cuando no funciona bien, hay enfermedad. El órgano o miembro afectado es considerado pato- lógico. Por supuesto que existe amplio consenso respecto de lo que es un organismo en buen estado de salud. Pero el consenso no existe cuando el término “patológico” es usado análogamente para describir ciertos tipos de conductas que se consideran des- viadas, justamente porque no hay acuerdo respecto de lo que OUTSIDERS 25 constituye un comportamiento saludable. Si ya es difícil encon- trar una definición de conducta saludable que pueda satisfacer incluso a un grupo tan acotado y selecto como el de los psiquia- tras, encontrar una definición que el común de la gente acepte como acepta el criterio de lo que es un organismo saludable es directamente imposible (véase el debate contenido en Wright Mills, 1942). A veces la gente utiliza esa analogía de manera más estricta, porque cree que la desviación es producto de un desorden men- tal. El comportamiento de un homosexual o un drogadicto es considerado entonces como síntoma de una enfermedad mental, del mismo modo que la dificultad que tienen los diabéticos para curarse de los moretones es vista como un síntoma de la enferme- dad que padecen. Pero la enfermedad mental sólo se parece a la física metafóricamente: Empezando por cosas como la sífilis, la tuberculosis, la fiebre tifoidea, los carcinomas y las fracturas, hemos creado una “clase” llamada enfermedad. Al principio, esa clase estaba compuesta por unos pocos elementos que compartían el rasgo común de referirse a los estados de desorden estructural o funcional del cuerpo humano entendido como máquina fisicoquímica. Con el tiempo, se fue incorporando otro tipo de elementos, que no fue- ron sin embargo agregados porque fuesen desórdenes físicos de descubrimiento reciente, sino porque el crite- Tio médico de selección cambió, y pasó a estar enfocado en la incapacidad y el sufrimiento. De esa manera, y pau- latinamente, cosas como la histeria, la hipocondría, la neurosis obsesivo-compulsiva y la depresión fueron in- corporadas a la categoría de enfermedades. Más tarde, y cada vez con mayor celo, los médicos, y en especial los psiquiatras, empezaron a llamar “enfermedad” (vale de- cir, por supuesto, “enfermedad mental") a todo aquello en lo que detectaban signos de mal funcionamiento, sin tomar como base ningún criterio, En consecuencia, la agorafobia es una enfermedad porque uno no debería OUTSIDERS tener miedo a los espacios abiertos. La homosexualidad es una enfermedad porque la norma social es la hetero- sexualidad. El divorcio es algo enfermo porque señala el fracaso de un matrimonio. El delito, el arte, los líderes políticos indeseables, la participación en actividades so- ciales o el alejamiento de ellas: todo esto y mucho más ha sido considerado bajo el signo de la enfermedad mental. (Szasz, 1961, pp. 44-45)" La metáfora médica limita nuestra visión tanto como el enfoque estadístico. Acepta el juicio lego de que algo es desviado y, par analogía, sitúa su origen en el interior del individuo, impidiendo de esa manera que podamos analizar ese juicio mismo como parte crucial del fenómeno. Algunos sociólogos utilizan también un modelo de la desvia- ción basado esencialmente en las nociones médicas de la salud y la enfermedad. Observan la sociedad, o una parte de ella, y se pre- guntan si hay procesos en marcha tendientes a desestabilizarla, amenazando así su supervivencia, Etiquetan esos procesos como desviados o los identifican con síntomas de un desarreglo social. Discriminan entre rasgos sociales que fomentan la estabilidad (y que son, por lo tanto, “funcionales”) y rasgos sociales que buscan interrumpir la estabilidad (o sea, “disfuncionales”). Ese punto de vista tiene la gran virtud de señalar zonas de la sociedad potencial- mente problemáticas que pasan inadvertidas para la gente (véanse Merton, 1961, y Parsons, 1951, pp. 249-235). En teoría puede parecer fácil, pero en la práctica es muy difícil discriminar lo que es funcional de lo que es disfuncional para una sociedad o grupo social. La cuestión de cuál es el propósito u ob- jetivo (función) de un grupo y, en consecuencia, qué cosas lo ayu- dan a lograrlo o se lo impiden suele ser de carácter político. No hay consenso al respecto dentro de las diferentes facciones del mismo grupo, y cada una de ellas opera para que prevalezca su propia idea de la función que tiene ese grupo. La función de un 1 Véase también Gofiman, 1961a, pp. 321-386, QUTSIDERS 27 grupo u organización, por lo tanto, es el resultado de una con- frontación política, y no algo intrínseco a la naturaleza de la orga- nización. De ser esto cierto, entonces es muy probable que tam- bién deban ser consideradas como políticas las decisiones acerca de qué leyes hay que aplicar, qué comportamientos se consideran desviados y quiénes deben ser etiquetados como outsiders? Al ig- norar el aspecto político del fenómeno, la visión funcional de la desviación también limita nuestra comprensión. Ova de las perspectivas sociológicas es más relativista. Define la desviación como el fracaso a la hora de obedecer las normas gru- pales. Una vez que las reglas vigentes de un grupo son explicadas a sus miembros, podemos señalar con bastante precisión si una persona las ha violado y es, por lo tanto, desde esa perspectiva, un desviado. Esa visión es más cercana a la mía, pero no da importancia su- ficiente a las ambigúedades que surgen al momento de decidir qué normas deben ser tomadas como patrón para medir o juzgar si ún comportamiento.es desviado o no. Una sociedad está inte- grada por muchos grupos, cada uno de los cuales tiene su propio conjunto de reglas, y la gente pertenece a muchos grupos simultá- neamente. Una persona puede romper las reglas de un grupo por el simple hecho de atenerse a las reglas de otro. ¿Es entonces una persona desviada? Los defensores de este enfoque pueden argu- mentar que, si bien puede surgir cierta ambigúedad respecto de las reglas particulares de un grupo u otro, existen normas que son generalmente aceptadas por todos, en cuyo caso el obstáculo no aparece. Se trata, por supuesto, de una cuestión de hechos con- cretos, que debe ser definida por la investigación empírica. No es- toy seguro de que haya tantas zonas de consenso, y creo que es más sabio partir de una definición que nos permita trabajar tanto con situaciones ambiguas como no ambiguas. 2 También Howard Brotz (1961) afirma que el fenómeno de lo que es “funcional” y lo que es “disfuncional” es de carácter político 30 OUTSIDERS que el enamorado que la joven había descartado, que había querido desposarla y se sentía personalmente agraviado, tomó la iniciativa. Este rival amenazó primero con usar magia negra contra el joven culpable, pero sin mucho efecto. Entonces, una noche insultó al culpable en público, acusándolo de incesto frente a toda la co- munidad y utilizando palabras que para los nativos son intolerables. Al desdichado joven no le quedaba más remedio, no te- nía otra forma de escapar. Á la mañana siguiente se puso su traje de fiesta y se engalanó, trepó al cocotero y se des- pidió de la comunidad hablando desde las palmas del ár- bol. Explicó las razones de su desesperada decisión y también lanzó acusaciones veladas contra el hombre que lo había empujado a la muerte, y de quien los miembros de su clan tenían el deber de vengarlo. A continuación aulló muy fuerte, como es la costumbre, saltó de la pal- mera de 18 metros de altura, y murió al instante. Se pro- dujo luego una pelea dentro de la aldea donde el rival fue herido, pelea que se repitió durante el funeral (...). Si uno interroga a los trobriandeses al respecto, descu- bre que a estos nativos les causa horror la sola idea de la violación a la ley de exogamia, y que creen que el incesto dentro de un clan acarrea dolores, enfermedades e in- cluso la muerte. Ése es el ideal de la ley nativa, y en cues- tiones morales es fácil y placentero ceñirse estrictamente a él cuando se trata de juzgar la conducta de otros o expre- sar una opinión sobre la conducta en general. Pero a la hora de aplicar los ideales morales a la vida real, sin embargo, las cosas revisten otra complejidad. En el caso descrito, resulta obvio que los hechos no se ajus- tan al ideal de conducta. La opinión pública no se sentía ofendida para nada, aun conociendo el delito, ni reac- cionó de manera directa. Debió ser movilizada por la declaración pública de la infracción y por los insultos lanzados contra el infractor por parte de uno de los inte- resados. E incluso entonces, el culpable debió aplicarse OUTSIDERS 31 él mismo su castigo. (...) Invesigando más a fondo el asunto y después de reunir información concreta, descu- brí que la violación de la exogamia —en lo que concierne al intercambio carnal, no al matrimonio- es algo bastante frecuente, y que la opinión pública es indulgente al respecto, aunque definitivamente hipócrita. Si el asunto transcurre sub rosa y con cierto grado de decoro, y si na- die genera problemas, la opinión pública murmurará, pero no exigirá ningún castigo severo. Por el contrario, si se desata el escándalo, todos dan la espalda a la pareja culpable y, por medio del ostracismo y los insultos, uno u otro pueden verse arrastrados al suicidio. (Malinowski, 1926, pp. 77-80) Que un acto sea desviado o no depende entonces de la forma en que los otros reaccionan ante él. Alguien puede cometer incesto en el interior de su clan y tener que soportar nada más que mur- 'muraciones, en tanto y en cuanto nadie haga pública la acusa- ción. Caso contrario, la persona puede terminar suicidándose. El punto es que la respuesta de los otros debe ser considerada como parte del problema. El simple hecho de que alguien haya come- tido una infracción a la regla no implica necesariamente que los otros, aun sabiéndolo, respondan ante el hecho consumado. (Y vi- ceversa, el simple hecho de que alguien no haya violado ninguna norma no implica que no sea tratado, en ciertas circunstancias, como si lo hubiera hecho.) La respuesta de la gente a un comportamiento considerado como desviado varía enormemente, y algunas de esas variaciones merecen ser mencionadas. En primer lugar está la variación a lo largo del tiempo. La persona que ha cometido un acto “desviado” puede recibir en un determinado momento una respuesta mucho más indulgente que en otro. Se producen a veces “embates” con- tra ciertos tipos de desviación que ilustran claramente esta situa- ción. En determinados momentos, los encargados de aplicar la ley pueden decidir realizar un ataque frontal contra un tipo particu- lar de desviación, como el juego, la adicción a las drogas o la homosexualidad. Obviamente, es mucho más peligroso involu= 32 OUTSIDERS crarse en esas actividades durante esas embestidas que en otros momentos. En un estudio muy interesante sobre las noticias pol ciales en los periódicos del estado de Colorado, James Davis des- cubrió que el número de delitos reportados por los periódicos lo- cales no tenía relación con los cambios reales en los índices de delincuencia en ese estado. Y lo que es más, la estimación de la gente con respecto al aumento de la delincuencia en Colorado respondía al aumento del número de noticias policiales y no al in- cremento real del delito (Davis, 1952). El grado en que un acto será tratado como desviado depende también de quién lo comete y de quién se siente perjudicado por él. Las reglas suelen ser aplicadas con más fuerza sobre ciertas personas que sobre otras. Los estudios de delincuencia juvenil dejan muy claro este punto. Los procesos legales contra jóvenes de clase media no llegan tan lejos como los procesos contra jóve- nes de barrios pobres. Cuando es detenido, es menos probable que el joven de clase media sea llevado hasta la estación de poli- cía; si es llevado a la estación de policía, es menos probable que sea fichado y, finalmente, es extremadamente improbable que sea condenado y sentenciado (véase Cohen y Short, 1961, p. 87). Es- tas diferencias ocurren aunque la infracción a la regla haya sido igual en ambos casos. Del mismo modo, la ley es aplicada de modo diferente a negros y blancos. Es bien sabido que un negro sospechoso de haber atacado a una mujer blanca tiene muchas más posibilidades de recibir castigo que un blanco que comete el mismo delito, pero lo que nadie sabe es que un negro que mata a otro negro tiene muchas más chances de ser castigado que un blanco que comete un asesinato (véase Garfinkel, 1949). Éste es, por supuesto, uno de los argumentos principales del análisis de Sutherland sobre el delito de “guante blanco”: los ilícitos cometi- dos por las corporaciones casi siempre son juzgados como casos civiles, mientras que los delitos cometidos por un individuo son por lo general tratados como delitos penales (Sutherland, 1940). Algunas leyes sólo son aplicadas cuando su quebrantamiento tiene determinadas consecuencias. El caso de la madre soltera proporciona un excelente ejemplo. Clark Vincent (1961, pp. 3-5) señala que las relaciones sexuales ilícitas raramente desembocan OUTSIDERS 33 en castigos severos o en censura social contra los infractores. Sin embargo, si la joven queda embarazada como resultado de ese vínculo, la reacción de los otros tiende a ser más severa. (El em- barazo ilícito es también un ejemplo interesante de la aplicación diferencial de la ley sobre diferentes tipos de personas. Vincent señala que el padre soltero suele escapar a la severa censura que cae sobre la madre soltera.) ¿Por qué repito estas observaciones tan obvias? Porque, toma- das en conjunto, apoyan la hipótesis de que la desviación no es simplemente una cualidad presente en determinados tipos de comportamientos y ausente en otros, sino que es más bien el pro- ducto de un proceso que involucra la respuesta de los otros. El mismo comportamiento puede constituir en un determinado momento una infracción a la norma y en otro momento no, puede ser una infracción si es cometido por determinada persona y por otra no, y algunas normas pueden ser violadas con impunidad y otras no. En resumidas cuentas, el hecho de que un acto sea desviado o no depende en parte de la naturaleza del acto en sí (vale decir, si viola o no una norma) y en parte de la respuesta de los demás. Algunos pueden objetar que se trata simplemente de una suti- leza terminológica, que uno podría, después de todo, definir los términos de la manera que quisiera, y que si alguien prefiere refe- rirse a las conductas que violan las normas en términos de desvia- ción tiene la libertad de hacerlo. Ciertamente, esto es verdad. Sin embargo, sería valioso referirse a esos comportamientos como comportamientos que rompen las reglas y reservar el término desviado para aquellos a quienes algún segmento de la sociedad ha etique- tado de esa manera. No pretendo insistir sobre el uso de esta ter- minología, Pero debe quedar claro que en tanto los científicos uti- licen el término “desviado” para designar los comportamientos que rompen las reglas y tomen como sujetos de estudio sólo a aquellos que han sido etiquetadas como desviados, los estudiosos se enfrentarán al problema de la disparidad que existe entre ambas categorías. Si el objeto de nuestra atención es el comportamiento que re- cibe el rótulo de desviado, debemos reconocer que no hay modo 36 OUTSIDERS La cuestión de hasta dónde está dispuesto a llegar un grupo que intenta imponer sus reglas sobre otros grupos de la sociedad nos plantea un problema diferente: ¿quién puede, de hecho, obli- gar a otros a aceptar sus reglas y cuáles serían las razones de su éxito? Ésta es, por supuesto, una cuestión de poder político y eco- nómico. Más adelante abordaremos el tema de los procesos polí- ticos y económicos a través de los cuales se crean y aplican las nor- mas. Por el momento alcanza con decir que, en los hechos, la gente está todo el tiempo imponiendo sus reglas sobre los otros, aplicándolas sin mayor consentimiento y en contra de la voluntad de la otra parte. En gran medida, por ejemplo, las reglas para los jóvenes son formuladas por sus mayores. Si bien los jóvenes de este país ejercen una enorme influencia cultural Jos medios ma- sivos de comunicación están hechos a la medida de sus intereses-, muchos tipos de reglas que se aplican a los jóvenes están hechas por adultos. Las reglas sobre la asistencia a clase y el comporta- miento sexual no toman en cuenta los problemas de la adolescen- cia. Los adolescentes se ven rodeados de normas de ese tenor que han sido establecidas por gente más grande y más asentada en la vida. Esto es visto como algo legítimo, ya que se considera que los jóvenes no tienen ni la sabiduría ni la responsabilidad suficiente para instituir sus propias reglas. Del mismo modo, en más de un aspecto también es cierto que en nuestra sociedad los hombres hacen las reglas para las mujeres (aunque en este sentido Estados Unidos está cambiando rápida- mente). Los negros están sujetos a normas hechas para ellos por los blancos. Los de origen extranjero y quienes tienen alguna par- ticularidad étnica suelen tener que cumplir reglas establecidas por la minoría protestante anglosajona. La clase media hace las reglas que la clase baja debe obedecer en las escuelas, en las cor- tes y en todas partes. La diferencia en la capacidad de establecer reglas y de imponer- las a otros responde esencialmente a diferencias de poder (ya sea legal o extralegal). Los grupos cuya posición social les confiere ar- mas y poder para hacerlo están en mejores condiciones de impo- ner sus reglas. Las distinciones de edad, sexo, etnia y clase están relacionadas con las diferencias de poder, que a su vez explican el OUTSIDERS $7 grado en que cada uno de esos grupos es capaz de imponer sus reglas a los otros. Además de reconocer que la desviación es producto de la res- puesta de la gente a ciertos tipos de conducta, a las que etiqueta de desviadas, tampoco debemos perder de vista que las reglas que esos rótulos generan y sostienen no responden a la opinión de to- dos. Por el contrario, son objeto de conflictos y desacuerdos: son parte del proceso político de la sociedad.