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Tipo: Monografías, Ensayos
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Hola a todas y todos. Si ya pasaron por el foro deben haber visto un desgarrador video sobre la lamentable situación de trata de personas que se vive en nuestro país y en muchos otros. Ustedes se preguntarán: ¿Cómo es posible que esto pase? Pues bien, veamos qué debemos hacer con un contexto que permite situaciones como esta.
Por más raro que suene, la idea de que la vida humana y la integridad física poseen un valor intrínseco es relativamente reciente. Hasta hace apenas un siglo los estados podían asesinar a grandes cantidades de personas sin mayores consecuencias. Tal y como vimos en el video anterior, la violencia y la injusticia no han cesado, pero ahora son ilegítimas y repudiables, sin importar de dónde provengan. Pero eso no cambia la realidad. Entonces, ¿dónde quedan los derechos humanos?
Si bien la declaración mundial de los Derechos Humanos tiene varios años de antigüedad, la obligación de los estados a proteger los derechos de sus pobladores no es tan antigua. La idea detrás de los Derechos Humanos es luchar contra la idea de que es posible justificar la injusticia y la violencia en nombre de “los intereses supremos del Estado”. Pero los Derechos Humanos no son todavía una conquista definitiva, funcionan bien cuando hay una fuerte institucionalidad democrática, pero la situación que hemos visto en Madre de Dios nos indica claramente que ese no es nuestro caso.
Esta falta de institucionalidad es lo que nos puede hacer sentir que vivimos en tierra de nadie, donde las instituciones no protegen a sus ciudadanos ni les garantizan condiciones dignas de vida. ¿Cómo te sentirías tú si vivieras en un lugar como Madre de Dios y las autoridades no hicieran nada por ti?
Consolidar una cultura de derechos humanos supone que imaginemos en qué tipo de sociedad queremos convertirnos, pero también que miremos nuestra historia e identifiquemos nuestras heridas como sociedad. Para ello es necesario ejercitar la memoria rescatando principios éticos y cívicos que históricamente han sido ignorados.
Así podremos construir mínimos éticos de convivencia que permitan que todos realicemos nuestros planes de vida. Entre esos principios debemos priorizar el reconocimiento de la humanidad de todos y su dignidad intrínseca. En el caso concreto de las niñas de Madre de Dios, corresponde reconocer el valor de sus vidas y la necesidad de tomar acciones efectivas para protegerlas, aún cuando parezca que este problema no nos afecta.
Los derechos humanos marcan una frontera entre la civilización y la barbarie. Las sociedades más civilizadas requieren de una comprensión profunda de los Derechos Humanos para que los máximos de vida de todos se hagan posibles. Entre estos máximos podemos encontrar el respeto por la dignidad, que implica dotar de autonomía a los ciudadanos, y la expansión de los derechos económicos, sociales y culturales para todos. En ese sentido, una sociedad civilizada no se sirve de los humanos, sino que existe para ellos.
Uno de los hitos básicos que marca la frontera entre la civilidad y la barbarie es el principio de “No matarás”, que lo podemos encontrar en casi todas las religiones, así como la mayoría de las sociedades laicas.
Pero hay que llevarlo más allá. No se trata solo de la prohibición de quitar o limitar la vida, incluso debemos tomarlo como una exigencia de que toda vida debe ser vivida de manera digna.
Aterricemos un poco. Es necesario establecer una comunidad plena de derechos. Esto comienza con el respeto a la integridad y la libertad de todos sus miembros. Esta comunidad madurará cuando ese respeto se transforme en solidaridad. Cuando el respeto por las niñas y mujeres en Madre de Dios se transforme en acciones concretas para protegerlas. Una cultura de los Derechos Humanos implica algo que va más allá de lo legal: se trata de una manera de estar con los otros en el mundo. La solidaridad le agrega valor a la idea de los Derechos Humanos.
Hoy en día que el rol del estado como único agente político se ha debilitado, los individuos y las instituciones civiles debemos asumir la responsabilidad de promover y promocionar los Derechos Humanos. Para superar una situación de injusticia, nosotros como ciudadanos tenemos ahora una triple obligación: recordar, entender y actuar.
En América Latina y específicamente en Perú debemos esforzarnos por convertir el respeto y la condolencia en solidaridad si de verdad queremos consolidar una democracia equitativa. Decir “el estado se tiene que encargar” no puede ser una excusa para no reparar una situación de injusticia. Las obligaciones morales aplican tanto para los estados como para las personas.
El camino ético-social implica que todos transformemos nuestras habituales preocupaciones y ocupaciones: se trata de reconocer al otro, ya sea un familiar o una niña en Madre de Dios, como alguien que forma parte de mi identidad y, por ello, le da sentido a la existencia y a la libertad.