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El héroe de las eras, Esquemas y mapas conceptuales de Lengua y Literatura

Resumen del héroe de las eras libro de Brandon Sanderson

Tipo: Esquemas y mapas conceptuales

2024/2025

Subido el 11/07/2025

otto-valenzuela
otto-valenzuela 🇵🇪

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¡Descarga El héroe de las eras y más Esquemas y mapas conceptuales en PDF de Lengua y Literatura solo en Docsity!

Para Jordan Sanderson , que puede explicar a todo el que pregunte cómo es tener un hermano que se pasa la mayor parte del tiempo soñando. (Gracias por soportarlo conmigo.)

Agradecimientos

Como siempre, debo agradecer a mucha gente el haberme ayudado a hacer de este libro lo que es hoy. Ante todo, a mi editor y a mi agente, Moshe Feder y Joshua Bilmes, por su excepcional habilidad para ayudar a que un proyecto alcance su máximo potencial. También a mi maravillosa esposa, Emily, que ha sido un gran apoyo y me ha facilitado el proceso de escritura. Como siempre, Isaac Stewart hizo un magnífico trabajo con los mapas, los símbolos de los capítulos y el círculo de metales alománticos. Sam Weber hizo un trabajo tan bueno con los libros de bolsillo de Nacidos de la Bruma que le encargamos estas nuevas portadas más simbólicas. Su trabajo sigue siendo impresionante, y agradezco su visión de la saga. Gracias a Larry Yoder por ser asombroso, y a Dot Lin por el trabajo publicitario realizado para mí en Tor. A Denis Wong y Stacy Hague-Hill por la ayuda prestada a mi editor y a los siempre maravillosos Irene Gallo y Seth Lerner por la dirección artística. Entre los lectores alfa de este libro se encuentran Paris Elliott, Emily Sanderson, Krista Olsen, Ethan Skarstedt, Eric J. Ehlers, Eric Más estirado James Stone, Jillena O’Brien, C. Lee Player, Bryce Cundick/ Moore, Janci Patterson, Heather Kirby, Sally Taylor, Bradley Reneer, Steve Ya no soy el chico de la librería Diamond, el general Micah Demoux, Zachary Fantasma J. Kavaney, Alan Layton, Janette Layton, Kaylynn ZoBell, Nate Hatfield, Matthew Chambers, Kristina Kugler, Daniel A. Wells, el Indivisible Peter Ahlstrom, Marianne Pease, Nicole Westenskow, Nathan

Prefacio de la Edición del X Aniversario

Este era el libro con el que debía demostrar que era capaz de hacer esto, tanto a mí mismo como a mis lectores. Durante los años en los que intentaba introducirme en la literatura fantástica, me fijé en una cosa muy común en los escritores más novatos. Había muchos grandes constructores de mundos vendiendo libros. Y también había mucha gente que sabía escribir capítulos maravillosos, personajes atractivos y situaciones interesantes. Sin embargo, una y otra vez me decepcionaban los finales de esas novelas. Y sí, reconozco que prefiero un libro con un final flojo pero buenos personajes que al revés, pero tenía la sensación de que muchísimos escritores estaban descuidando ese factor crucial en sus historias. Si leía una novela épica, o una saga épica, en la que me enfrascaba del todo y a la que dedicaba semanas enteras, lo que quería era un final igualmente épico. En El Héroe de las Eras tenía que dejar claro que no hablaba por hablar. Había puesto todo mi empeño en escribir estos tres libros casi de principio a fin, y ya tenía este tercer volumen terminado antes de que el primero llegase a imprenta. Había trabajado durante mucho tiempo, y con mucho esfuerzo, porque quería que la última novela guardara la consonancia adecuada con las dos primeras. Pero nunca antes había hecho algo como esto. Estaba explorando lo que para mí era territorio desconocido. En aquella época llevaba escritos unos quince o dieciséis libros, pero ningún final de serie. Y por eso esta novela me resultó estresante. Tenía tantas ganas de que saliera bien que, cuando

algunas cosas se torcieron (como el arco argumental de Sazed en el primer borrador), me presioné mucho para buscar otro camino. Al mismo tiempo, la escritura de El Héroe de las Eras ya llevaba un cierto impulso. El segundo libro fue el que más me costó en general de los tres, aunque la trama de Sazed en esta novela fuese la más difícil para mí de toda la trilogía. Me dediqué a este libro con fervor, energizado por una (breve) parada para escribir la primera novela de la serie de Alcatraz. Traté de canalizar con esta novela todas las ideas fantásticas apocalípticas que se me habían ocurrido a lo largo de los años, sin contenerme en absoluto. Tenía que clavar el aterrizaje con este libro. En términos generales, creo que lo conseguí. Al igual que todos los libros de Nacidos de la Bruma, este tiene un foco único e individual. De algún modo, es un libro pequeño y grande a la vez. Una de las maneras en las que me vendía la trilogía a mí mismo era: «Haz en tres libros lo que a otras series les cuesta diez conseguir». La forma de lograrlo sin permitir que el texto se viese saturado de tramas secundarias era mantenerme centrado en unos pocos protagonistas: mostrar cómo su mundo se desmoronaba a su alrededor, pero no desviar la atención de ellos y de sus esfuerzos. Estoy muy orgulloso del resultado. Me gusta lo íntimo que es, a pesar del alcance épico de la trilogía. Me gusta lo esbelto que quedó: aunque es extenso, sigue teniendo la mitad de la longitud de mis novelas de El Archivo de las Tormentas. Me gusta cómo encaja la construcción del mundo y, sobre todo, lo bien que funcionan los tres volúmenes en conjunto, en lo relativo al viaje de los personajes y como elementos en una deconstrucción del género fantástico. Nacidos de la Bruma es mi tarjeta de visita para el mundo.

terrisano podía desmoronarse cuando se enfrentaba a su propia muerte violenta. El hombre se debatió sin fuerza. Se hallaba en una postura muy incómoda, ya que había sido atado a la mesa encima de otra persona. La mesa había sido diseñada así, con huecos para que cupiera el cuerpo de debajo. —¿Qué es lo que queréis? —preguntó el terrisano—. ¡No puedo deciros nada más sobre el Sínodo! Marsh acarició el clavo de latón, palpando la punta. Había trabajo que hacer, pero vaciló, saboreando el dolor y el terror en la voz del hombre. Vaciló tanto que pudo... Marsh se hizo con el control de su propia mente. Los olores de la sala perdieron su dulzor; apestaban a sangre y a muerte. La alegría se convirtió en horror. Su prisionero era un guardador de Terris, un hombre que había trabajado toda su vida por el bien de los demás. Matarlo sería no solo un crimen, sino una tragedia. Marsh trató de forzar el brazo hacia arriba para agarrar el clavo de su espalda: si se lo quitaba, moriría. Sin embargo, Aquello era demasiado fuerte. La fuerza. De algún modo, tenía el control sobre Marsh... y necesitaba que los otros inquisidores y él fueran sus manos. Estaba libre (Marsh todavía podía sentir que se regocijaba con ello), pero algo le impedía afectar demasiado al mundo por sí mismo. Una oposición. Una fuerza que se extendía sobre la Tierra como un escudo. Aquello no estaba completo. Necesitaba más. Algo más... algo oculto. Y Marsh encontraría ese algo, se lo llevaría a su amo. El amo al que Vin había liberado. La entidad prisionera dentro del Pozo de la Ascensión. Se llamaba a sí mismo Ruina. Marsh sonrió cuando su prisionero se puso a llorar; entonces dio un paso

al frente, alzando el clavo en su mano. Lo colocó contra el pecho del hombre sollozante. El clavo tendría que perforar el cuerpo del hombre, atravesarle el corazón, para luego entrar en el cuerpo del inquisidor atado debajo. La hemalurgia era un arte sangriento. Por eso era tan divertida. Marsh cogió una maza y empezó a golpear.

Soy, por desgracia, el Héroe de las Eras.

Fatren entornó los ojos para contemplar el sol rojo que se ocultaba bajo su perpetua pantalla de bruma oscura. Del cielo caía una fina ceniza negra, como casi todos estos últimos días. Los gruesos copos caían sin parar, el aire era hediondo y caliente, sin el menor rastro de brisa que aliviara el estado de ánimo de Fatren. El hombre suspiró, apoyándose contra el muro de tierra, y miró hacia Vetitan. Su ciudad. —¿Cuánto falta? —preguntó. Druffel se rascó la nariz. Tenía la cara manchada de ceniza. De un tiempo a esta parte, no pensaba mucho en la higiene. Desde luego, considerando la tensión de los últimos meses, Fatren sabía que él mismo tampoco era gran cosa. —Una hora, tal vez —respondió Druffel, y escupió en la tierra del muro defensivo. Fatren suspiró y contempló la ceniza que caía. —¿Crees que es cierto lo que dice la gente, Druffel? —¿Qué? —preguntó Druffel—. ¿Que es el fin del mundo? Fatren asintió. —No lo sé —dijo Druffel—. En realidad, no me importa. —¿Cómo puedes decir eso? Druffel se encogió de hombros y se rascó. —En cuanto lleguen los koloss, estaré muerto. Ese será el fin del mundo

para mí. Fatren guardó silencio. No le gustaba poner voz a sus dudas: se suponía que él era el fuerte. Cuando los lores dejaron el pueblo (una comunidad agrícola, poco más urbana que una plantación del norte), Fatren fue el que convenció a los skaa para que continuaran plantando. Él fue quien mantuvo a raya las levas de reclutamiento de soldados. En una época en que la mayoría de las aldeas y plantaciones habían perdido a todos los hombres capaces para un ejército u otro, Vetitan aún tenía población activa. Había costado gran parte de las cosechas en sobornos, pero Fatren había mantenido a la gente a salvo. Casi siempre. —Hoy las brumas no han desaparecido hasta mediodía —dijo Fatren en voz baja—. Cada vez duran más tiempo. Ya has visto las cosechas, Druff. La siembra de otoño ha resistido mal el invierno, y está creciendo poco todo. Faltará luz solar, supongo. No tendremos comida para llegar a la cosecha de primavera. —No pasaremos el verano —dijo Druffel—. No pasaremos de esta tarde. Lo triste, lo que resultaba descorazonador, era que Druffel fuera en su día el optimista. Fatren no había oído reír a su hermano desde hacía meses. Aquella risa era su sonido favorito. Ni siquiera las fábricas del lord Legislador pudieron arrancarle la sonrisa a Druff, pensó Fatren. Pero estos dos últimos años lo han conseguido. —¡Fats! —llamó una voz—. ¡Fats! Fatren alzó la vista para ver a un joven que corría junto al muro. La construcción estaba a medio terminar: había sido idea de Druffel, antes de rendirse del todo. Su ciudad albergaba a unas siete mil personas, lo cual

soldados , pensó Fatren. Si esos mil hombres hubieran trabajado las minas, tendríamos oro para hacer sobornos. Solo que los koloss no aceptaban sobornos, sino que mataban sin más. Fatren se estremeció al pensar en Garthwood. Esa ciudad era más grande que la suya, pero menos de un centenar de supervivientes habían conseguido llegar a Vetitan. Eso fue tres meses atrás. Fatren había esperado que los koloss se contentaran con la destrucción de la ciudad. Tendría que haberlo sabido: los koloss nunca quedaban satisfechos. Fatren se encaramó en lo alto del muro, y los soldados vestidos con ropas remendadas y trozos de cuero le abrieron paso. A través de la ceniza que caía, divisó un oscuro paisaje que parecía cubierto de profunda nieve negra. Un jinete solitario se acercaba, ataviado con una oscura capa encapuchada. —¿Qué te parece, Fats? —preguntó uno de los soldados—. ¿Un explorador koloss? Fatren hizo una mueca. —Los koloss no enviarían a un explorador, y menos aún a un explorador humano. —Tiene un caballo —dijo Druffel con un gruñido—. Nos vendría bien otro. En toda la ciudad solo había cinco. Todos sufrían desnutrición. —Un mercader —dijo uno de los soldados. —No trae mercancías —respondió Fatren—. Y tendría que ser un mercader muy valiente para viajar solo por estos territorios. —Nunca he visto a un refugiado con un caballo —dijo otro de los hombres. Alzó un arco, mirando a Fatren. Fatren negó con la cabeza. Nadie disparó mientras el desconocido se iba acercando, avanzando a paso despreocupado. Detuvo su montura justo ante

las puertas de la población. Fatren se sentía orgulloso de ellas. Auténticas puertas de madera montadas sobre el muro de tierra. Había sacado la madera y la piedra de la mansión del señor, en el centro del pueblo. Se veía muy poco del forastero bajo la gruesa y oscura capa que llevaba para protegerse de la ceniza. Fatren observó desde lo alto del muro, examinó al desconocido, luego miró a su hermano y se encogió de hombros. La ceniza caía en silencio. El desconocido saltó de su caballo. Salió disparado hacia arriba, como impulsado desde abajo, la capa sacudiéndose libre mientras volaba. Debajo llevaba un brillante uniforme blanco. Fatren maldijo y dio un salto atrás cuando el desconocido llegó a lo alto del muro y se posó sobre la puerta de madera. Se trataba de un alomántico. Un noble. Fatren esperaba que estos se ciñeran a las peleas del norte y dejaran a su pueblo en paz. O, al menos, que lo dejaran morir en paz. El recién llegado se volvió. Llevaba la barba corta, y el cabello era corto y oscuro. —Muy bien, no tenemos mucho tiempo —dijo, caminando sobre la puerta con un innatural sentido del equilibrio—. Pongámonos a trabajar. Pasó de la puerta al muro. Druffel desenvainó su espada de inmediato y la blandió ante el recién llegado. La espada saltó de su mano, arrancada por una fuerza invisible. El desconocido la agarró cuando pasaba sobre su cabeza. Y la volvió, inspeccionándola. —Buen acero —dijo, asintiendo—. Estoy impresionado. ¿Cuántos de vuestros soldados van tan bien equipados? Giró el arma en su mano, volviéndola hacia Druffel por la empuñadura.

¿Quién eres? El recién llegado se volvió y miró a Fatren a los ojos. —Me llamo Elend Venture. Soy vuestro emperador. Dicho esto, el hombre se volvió y continuó bajando por el terraplén. Los soldados le abrieron paso; muchos de ellos lo siguieron. Fatren miró a su hermano. —¿Emperador? —murmuró Druffel, y luego escupió. Fatren pensaba lo mismo. ¿Qué hacer? Nunca antes había combatido contra un alomántico; ni siquiera estaba seguro de cómo empezar. Desde luego, el «emperador» había desarmado a Druffel con suma facilidad. —Organiza a la gente de la ciudad —dijo el desconocido, Elend Venture, desde más adelante—. Los koloss vendrán por el norte. Ignorarán la puerta, rebasarán la muralla. Quiero a los niños y los ancianos concentrados en la parte sur de la ciudad. Reunidlos en el menor número de edificios posible. —¿De qué servirá eso? —exigió Fatren. Corrió tras el «emperador»: en realidad, no veía ninguna otra opción. —Los koloss son más peligrosos cuando tienen un deseo frenético de sangre —dijo Venture, sin dejar de caminar—. Si toman la ciudad, será mejor que pasen el mayor tiempo posible buscando a vuestra gente. Si el frenesí se consume mientras buscan, se frustrarán y se dedicarán al saqueo. Entonces puede que vuestra gente logre escapar sin ser perseguida. Venture se detuvo, luego se volvió para mirar a Fatren a los ojos. El forastero adoptaba una sombría expresión: —Es una esperanza tenue. Pero ya es algo. Después continuó su camino, atravesando la calle principal de la ciudad. Desde la retaguardia, Fatren oyó susurrar a los soldados. Todos habían oído hablar de un hombre llamado Elend Venture. Era el que se había hecho con el poder en Luthadel tras la muerte del lord Legislador hacía ya más de

dos años. Las noticias del norte eran escasas y poco fiables, pero en la mayoría de ellas se mencionaba a Venture. Había eliminado a todos los aspirantes al trono, incluso había matado a su propio padre. Había ocultado su naturaleza como nacido de la bruma, y al parecer estaba casado con la mismísima mujer que había acabado con el lord Legislador. Fatren dudaba que un hombre tan importante, un hombre que debía de ser más leyenda que realidad, viniera a una ciudad tan humilde del Dominio Meridional, sobre todo sin compañía. Ni siquiera las minas valían ya mucho. El desconocido debía de estar mintiendo. Por otra parte, estaba claro que se trataba de un alomántico... Fatren corrió para alcanzar al desconocido. Venture (o quienquiera que fuese) se detuvo ante una gran estructura cercana al centro de la ciudad. Las antiguas oficinas del Ministerio del Acero. Fatren había ordenado tapiar con tablones las puertas y ventanas. —¿Encontrasteis las armas ahí dentro? —preguntó Venture, volviéndose hacia Fatren. Fatren vaciló un momento. Luego, por fin, negó con la cabeza. —En la mansión del señor. —¿Dejó armas? —preguntó Venture, con sorpresa. —Creemos que pretendía volver a por ellas —respondió Fatren—. Los soldados que dejó allí acabaron desertando, y se unieron a un ejército de paso. Se llevaron lo que pudieron. Nosotros saqueamos el resto. Venture se acarició pensativo la barbilla mientras contemplaba el antiguo edificio del Ministerio. Era alto y ominoso, a pesar de su desuso... o tal vez a causa de él. —Vuestros hombres parecen bien adiestrados. No me lo esperaba. ¿Alguno de ellos tiene experiencia de combate? Druffel bufó en voz baja, indicando que pensaba que el desconocido no