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Asignatura: Servicios sociales en españa y europa, Profesor: María Teresa García Giráldez, Carrera: Trabajo Social, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
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Ficha del Libro:
Título: El Mal Samaritano Autor: Helena Béjar Editorial: (^) Anagrama I.S.B.N.- :
8433961543
I.S.B.N.- :
9788433961549
Nº P´gs: 200
El Mal Samaritano por Antonio Ruiz Vega
Durante mucho tiempo se ha dicho que el patriotismo es el último refugio de los canallas, pero tras el descrédito absoluto de tal doctrina cabe decir que su lugar como albergue de malnacidos ha sido ocupado por esta galaxia donde se acumulan una serie de delerictos históricos y un buen puñado de seres al borde de la debilidad o la patología mental. En este libro sólo se habla una sola vez de un término que, sin embargo, viene clamorosamente a la mente cada vez que se habla de ONGs, "terapia ocupacional". ¿Cuántos psicólogos aconsejan a sus pacientes que estén "antes ocupados que preocupados" y les encaminan directamente a militar en algún montaje de estos? Yo creo que muchísimos.
"Ser racional y estar sano supone antes que nada cuidar al yo y atender al propio huerto". Reconoce la autora. Y sin embargo...
Desapasionadamente Helena Béjar encuentra entre las motivaciones "en la filantropía democrática confluyen una vaga generosidad, una benevolencia difusa y una racionalidad que anticipa la propia necesidad (...) el fundamento del altruismo moderno es pues la reciprocidad, no la compasión.
Las grandes ONG malversan los fondos recaudados a través de la movilización de los buenos sentimientos".
Ella distingue diversos grupos de " solidarios " Están de una parte los más jóvenes, luego los " profesionales maduros " (gente en la cuarentena), por fin los jubilados, ricos en tiempo libre. Casta aparte es el entramado de la Iglesia, la ONG más antigua (bueno, lo de NO GUBERNAMENTAL es también muy relativo).
El primer grupo adolece de una confusión mental tamañita, que no se despeja, ni mucho menos, tras leer este libro.
Y es que la juventud actual, ni mejor ni peor que la de otras épocas (no nos engañemos), carece sobre todo de los rasgos que definen (o definían hasta ahora) a la idea de juventud, es decir, el entusiasmo, cierta ingenuidad, la capacidad de sorpresa, el desbordamiento de energía, la pujanza.... Los jóvenes son tempranos escépticos, a los 18 años están de vuelta de casi todo 0 0 9 6o eso creen 0 0 9 6y la propia militancia en las ONGs se hace en nombre de conceptos que hay que definir como posibilistas cuando no pedestres.
"El hombre sano es capaz de estar solo" , decían los clásicos y cita la autora.
Muchos, sin embargo, son incapaces, y para ellos está este mundo de imposturas y mixtificaciones que necesita para existir que el otro esté enfermo, sea pobre o manifieste alguna lacra o debilidad.
"Son muchas las alusiones a los voluntarios que van a curar sus propios males y a los que los psicólogos y psiquiatras recomiendan la práctica del cuidado".
" Salgo de maravilla " dice un informante " uno vuelve al hogar completamente renovado ".
" [...] tú no le puedes quitar a un tío el derecho a hacer el bien y a sentirse bien ".
Y, sobre todo, hay que impedir el contacto personal, la amistad, que sería la única justificación (precisamente) de esta sospechosa caridad " porque tampoco es bueno que ellos se aferren a ti como amigo, porque entonces no verían más allá de sus narices".
A veces la crudeza de la situación se patentiza. Dice Mercedes, de la Asociación Vicente de Paúl para enfermos de Alzheimer: "Nosotras ayudamos a quienes vienen porque muchas veces se lo ha recomendado su psiquiatra, gente sola y con diferentes crisis, y ellos creen que nos ayudan a nosotros".
Pero más preocupante que la juventud es el caso de esos profesionales maduros, cuya dedicación a causas perdidas oculta, según la autora (bueno, a veces no la oculta porque son evidentes), su fracaso personal. Arturo, de Arquitectos Sin Fronteras, dice: "En la escuela te forman como si fueras a ser el número uno y pudieras hacer grandes proyectos. Y luego te das cuenta de que te has quedado haciendo chalecitos o en una constructora firmando certificaciones de edificación". Helena Béjar concluye, no sin dureza, " El voluntariado es una suerte de cobertura moral del fracaso ".
" En algún sitio habrá que meterse ahora " dice Francisco (46 años, ADRA).
" Es crearte un ambiente como tú quisieras que fuera tu trabajo a la vez que, al final, te tomas unas cañas con gente que tiene las mismas inquietudes que tú ". Es decir, terapia ocupacional, marear la perdiz, encontrar alguien a quien dar el coñazo.
Y todo con aires ampulosos, abaciales, rezumantes de falsa modestia. Insoportable.
Generalmente capones, que sabiamente han decidido no reproducirse.
" El orgullo personal de decir qué bueno soy. Eso te anima muchísimo ".
La mayoría de las ONG se han surtido no sólo del dinero público sino del voluntariado "forzoso" de la prestación social sustitutoria, especie de forzados o galeotes que a cambio de no hacer la mili tenían que servir a los delirantes objetivos de estas organizaciones. Con la desaparición del servicio militar este caño ha dejado de manar y algunos burócratas de las ONGs piden, a calzón quitado, que se cree alguna tipo de prestación social como el antiguo servicio social, etc.
noventa se convierten en la década ideal del nuevo capitalismo, es la época de la
industria de la alta tecnología, los servicios financieros y los medios de
comunicación. Todos estos cambios hacen que la sociedad adopte una mentalidad
a corto plazo, y esto afecta también a las concepciones del gobierno. La sociedad
ya no es estable, habla de una sociedad cambiante en la que los trabajadores se
ven obligados a moverse de un sitio a otro en busca de trabajo. El desarrollo de
una sola habilidad bien hecha se convierte en algo del pasado, y a esto mismo, al
pasado, renuncian los miembros de una sociedad consumista que cambian lo viejo
por lo nuevo. A finales del siglo XX los accionistas toman el poder en las grandes
compañías, la banca mercantil se hace internacional y aparecen nuevas
tecnologías en el campo de la fabricación y la comunicación como el correo
electrónico. Las empresas necesitan reinventarse, tienen que ser dinámicas y
resultar atractivas para los inversores. Esta nueva sociedad capitalista es
abrumadora, estresante, dinámica e inestable debido al frenesí de los mercados o
el auge y el derrumbe de las fábricas, entre otros muchos motivos.
A lo largo del libro nombra a varios pensadores que tienen teorías relacionadas
con la nueva cultura. Uno de ellos es Zygmunt Bauman y su concepto
de modernidad líquida. También Karl Marx y su anhelo de lo rural frente a la
inestabilidad material y mental en la industria, el mundo desenfrenado de las
finanzas y la migración de los trabajadores. Richard Sennett expone dos tipos de
organizaciones sociales: el capitalismo social militar y la pirámide weberiana. El
primero se basa en el modelo militar de la Alemania de Otto Von Bismark, en él es
posible un pensamiento a largo plazo, como la compra de una casa o la
planificación de las etapas de una carrera. El segundo es un modelo liberal de
producción, una pirámide con las funciones definidas para aumentar la
competencia y la eficiencia. Este modelo dominó muchas organizaciones durante
el siglo XX, es la llamada jaula de hierro nacional. En este punto el autor da su
opinión, cree que el legado de Bismark y Weber es el tiempo organizado y que el
capitalismo social es frágil.
Richard Sennett analiza las relaciones laborales y hace énfasis en el abandono del
trabajo artesanal y la necesidad de adaptarse a varias habilidades en lugar de
centrarse en una y hacerla bien. Introduce el concepto de organizaciones flexibles.
Se refiere a las empresas en las que sus empleados deben adaptarse a las
circunstancias, deben ser tolerantes y no aferrarse a su puesto. Esto ocurre
especialmente con el trabajo temporal, que para el sociólogo produce estrés a los
trabajadores al tener un futuro impredecible. Otro problema que plantea en la
nueva sociedad capitalista es la desigualdad, se refiere a los salarios y a la
desaparición de las capas intermedias que provocan una distancia social entre el
sector más alto y el más bajo. Expone la creencia de que todo esto ha dado lugar
a tres problemas sociales en el trabajador: una baja lealtad institucional, la
disminución de la confianza informal entre trabajadores (es decir, lo que cada uno
sabría hacer bajo presión y no lo que pone en su contrato) y el debilitamiento del
conocimiento institucional (el conocimiento está en la parte más baja de la
empresa y son los primeros en ser despedidos). A su vez, estos tres problemas
dan lugar a las instituciones de vanguardia, según Sennett, empresas con
autoridad y débil poder centralizado. Pero plantea dos problemas, en este tipo de
instituciones se pierde la gratificación diferida y el pensamiento a largo plazo.
Otro tema que preocupa bastante a Sennett es la política de consumo en dos
sentidos: el ciudadano como consumidor de bienes y también de política. Culpa a
las nuevas formas de mercado que hacen que el consumidor no piense como
artesano, sino que busque la mayor comodidad. Richard Sennett corrige a Marx en
su definición del consumidor como un coleccionista de tesoros que acumulaba
bienes, para él no es así, éste renuncia a ellos. Es el pensamiento que describía
anteriormente del desprendimiento del pasado, los logros del pasado ya no
importan. Habla del fenómeno de las marcas, cómo un producto básico incrementa
su precio resaltando las diferencias. En cuanto a la potencia, en esta nueva cultura
dice algo verdaderamente cierto, siempre queremos lo más potente, los
ordenadores más potentes, los coches más potentes… Aunque nunca usaremos
toda la memoria de ese ordenador ni llegaremos a la máxima velocidad de ese
coche. El ciudadano como consumidor es característico de la cultura capitalista, el
autor le llama consumidor-espectador-ciudadano, ya que desea lo que todavía no
tiene.
Establece una comparación entre la política moderna y las marcas. Caracteriza la
política como pro-empresarial, de inclusión social y ambivalente en cuanto a la
inmigración. Pone como ejemplo los parecidos entre los partidos de Ronald
Reagan y Bill Clinton en EEUU, que únicamente resaltaban las diferencias. Afirma
que no existe una confianza en la clase política y aquí entra en el tema del
progresismo dando su opinión. Para él una buena organización política progresista
se basa en un proyecto común de los ciudadanos. También cree que un Estado
progresista debería pagar a quienes cuidan a los ancianos o las madres que
cuidan a sus hijos, ya que a su juicio se confunde la utilidad doméstica con el
altruismo. Y argumenta que la cultura moderna no es progresista porque el interés
es individual en vez de colectivo, por la forma de modelar el tiempo o por la pasión
por el consumo.
Finalmente propone una solución ante tanta inestabilidad producida por el cambio,
crear un “ancla cultural”. Para ello son necesarios tres valores: el relato, la utilidad
y el espíritu artesanal. El relato es una conexión narrativa en el trabajo, lo define
como “experimentos culturales que aumentan la capacidad de las personas para
interpretar su experiencia”. Toda persona necesita sentirse útil, tener un estatus.
especialmente en la reflexión e investigación de las transformaciones del capitalismo en la sociedad post industrial, ofreciendo desde una perspectiva filosófico-política, un lúcido análisis sobre los cambios en el ámbito del empleo, en el papel de la burocracia y las instituciones y en las transformaciones del tejido social y productivo. En este sentido, aparecen como sus principales obras de referencia La corrosión del carácter (1998) o El declive del hombre público (2002); y más recientemente, La cultura del nuevo capitalismo (2006) y El artesano(2008).
Dichos trabajos abordan el estudio de las nuevas condiciones sociales y laborales a las que se enfrentan los ciudadanos, especialmente urbanos, con respecto a dicotomías como producción artesanal y desarrollo tecnológico; éxito personal y desarrollo social; o libertades individuales y marcos institucionales. Su facilidad para argumentar a partir de investigaciones propias (basadas en estudios de caso y entrevistas en profundidad) y ajenas sobre los modelos de producción y reproducción social; en relación con su amplio conocimiento de teorías sociológicas y económicas clásicas (Marx, Weber, Malthus, Ricardo, etc.) y actuales (Bell, Putnam, White H. White W., etc.), le permiten ofrecer explicaciones lógicas y causales de las complejas transformaciones del sistema capitalista.
En La cultura del nuevo capitalismo, Sennett ofrece una interesante reflexión a caballo entre la filosofía y la sociología del trabajo; un ejercicio de mediación entre las transformaciones en las instituciones sociales, las competencias de los individuos y las tendencias de consumo, que se han venido produciendo desde los años setenta hasta finales del siglo pasado. Aunque sus investigaciones se refieren a los escenarios laborales anteriores a la crisis económica mundial iniciada en 2008, y se centran especialmente en la evolución social y laboral de las clases medias estadounidenses, sus consideraciones son fácilmente extrapolables a los escenarios posteriores a dicha crisis en el conjunto de las sociedades occidentales contemporáneas.
Arranca el texto explicando los tres principales desafíos a superar en los nuevos escenarios del capitalismo, caracterizados por la inestabilidad y la fragmentariedad: la rápida adaptación a los cambios (sociales, laborales, etc.); el desarrollo de nuevas habilidades; y la renuncia al pasado como garantía de permanencia en las instituciones, especialmente empresariales. Estos tres rasgos que propone Sennett como claves para prosperar socialmente remiten a su juicio a tres grandes temas en torno los que gira la sociedad moderna: trabajo, talento y consumo.
El análisis propuesto por Sennett de la transformación de las organizaciones sociales pone el énfasis en los cambios estructurales que han acarreado fenómenos como la globalización y la deslocalización económicas. Frente al orden jerárquico militar que proponía Weber como forma de regir el orden social, que garantizaba a cada individuo un lugar en las grandes estructuras piramidales de producción que rigieron las trayectorias vitales colectivas durante buena parte del siglo XX; Sennett señala que en los años ochenta y noventa el advenimiento de la tecnologización, como clave de la globalización, afectó radicalmente a la estructura de la pirámide burocrática, proponiendo una nueva arquitectura institucional. Esta nueva arquitectura basada en la automatización y en la búsqueda de beneficios a muy corto plazo supuso un cambio a nivel cognitivo que requirió de una mayor especialización y flexibilización laborales, que trajo consigo una precarización en las condiciones de trabajo.
La sustitución de esta estructura piramidal por el nuevo modelo tecnológico globalizado ha acarreado una nueva cultura del trabajo donde los principios jerárquicos y la secuenciación no lineal, han generado desajustes sociales como la baja lealtad institucional, la disminución de la confianza informal entre los trabajadores y el debilitamiento del conocimiento institucional. Esta nueva situación refleja, según el autor, una nueva fórmula de desigualdad social que viene a romper dos elementos clave de la ética del trabajo del modelo capitalista piramidal: la gratificación diferida y el pensamiento estratégico a largo plazo.
Posteriormente, aborda un tema de candente actualidad en nuestra sociedad, que denomina como el fantasma de la inutilidad. La globalización del trabajo, la automatización y la gestión del envejecimiento conducen a colectivos cada vez más numerosos hacia situaciones de vulnerabilidad e invisibilidad social, a las que no encuentran respuesta ni en las instituciones productivas, ni en las reproductivas. Esto, conduce a estas personas con plena capacidad productiva hacia situaciones permanentes de subempleo y de marginalidad.
La superación de esta inutilidad socio-laboral implica una nueva forma de meritocracia basada en la capacidad potencial de los individuos para adaptarse rápidamente a los nuevos escenarios de trabajo. Se valora especialmente un tipo de trabajador con la mirada puesta en el futuro, capaz de vivir y trabajar en el proceso, en lo que el filósofo estadounidense Zygmund Bauman denomina la “modernidad liquida”. Sennett señala a los consultores de sectores tecnológicos punteros como prototipo de estos nuevos trabajadores en proceso, capaces de trabajar en solitario o en equipo; abiertos a la movilidad tanto geográfica como temática; etc. La valoración de esta capacidad potencial actúa en detrimento del valor de la experiencia, del compromiso emocional con las instituciones y del trabajo artesanal.
Estos cambios de la nueva economía apuntan hacia una sociedad de dos niveles: uno muy reducido que engloba a esta “élite de las habilidades”, a “los dueños de la información” y a los “analistas simbólicos”; cada vez más distanciada de unas clases medias y bajas desprotegidas institucionalmente, con dificultades para encontrar acomodo por sí mismas en una economía fragmentada. A este respecto, Sennett señala la sensación de resentimiento de amplias capas de población que se consideran injustamente tratadas por el sistema y que desconfían de las instituciones públicas que otrora sirvieron como andamiaje del tejido social.
Esto nos lleva a la última parte del libro, donde se reflexiona acerca de si ¿Está la nueva economía creando una nueva política? Partiendo de las relaciones entre política y consumo, Sennett considera al ciudadano como un consumidor de política. Las reglas de la mercadotecnia también se aplican a las marcas políticas; ante ellas, el espectador/consumidor se convierte en un actor pasivo que se aleja de la política progresista caracterizada por una participación más activa en la que los ciudadanos se sienten unidos en un proyecto común. Las diferentes plataformas políticas se ofrecen como productos con insignificantes diferencias materiales (de dorado), en las que en teoría se ofrece a los individuos la capacidad de elegir libremente. La realidad sin embargo refleja que los patrones de consumo en materia de política operan sobre un conocimiento superficial de las cuestiones sociales que no refuerza la confianza ni el compromiso a largo plazo.
Organización flexible para una cultura flexible
Una cultura flexible despierta una economía organizada según un paradigma flexible. Así como el reproductor de MP3 es programado para hacer sonar ciertas canciones, la organización flexible puede seleccionar y ejecutar solamente unas pocas de las muchas funciones posibles, un random de la flexibilidad productiva, mientras que las viejas empresas de estructura rígida siguen repitiendo un ritmo fijo de actos, como un disco larga duración del siglo XX.
Sennet, caracteriza los cambios de las empresas del siglo XXI en base a la tercerización de sus acciones y la reducción de los niveles jerárquicos, aún cuando reconoce que la mayor parte de las empresas siguen trabajando en base a las viejas pirámides jerárquicas.
La organización flexible se hincha y se contrae, los empleados se agregan y se descartan en base a la tercerización y la precarización de la fuerza de trabajo es mucho más que el uso de trabajadores temporarios tercerizados, ya que al interior de la empresa pasa lo mismo, con trabajadores contratados. Como ejemplo destaca que el de los trabajadores temporales es el sector de mayor crecimiento en EEUU y Gran Bretaña, constituyendo ya el 8% de la mano de obra total.
La precarización del empleo, sumada a la reducción de niveles jerárquicos y la secuencia de tareas no lineales abrevian el marco temporal de la organización, desplazando el énfasis a tareas inmediatas, la base del capitalismo impaciente.
Mientras en la organización piramidal cada uno actúa en su función y es recompensado por ello, según rendimiento y antigüedad, en las organizaciones flexibles se hace hincapié en las capacidades de relacionamiento interpersonal, para lo que se considera fundamental el valor de la iniciativa.
La diferencia entre organización piramidal y flexible radica entonces en la diferencia emocional entre ansiedad y temor; ansiedad hace referencia a lo que pudiera pasar, lo indefinido, y el temor a lo que se sabe que ocurrirá, la cosa definida y clara. En la vieja estructura jerárquica el fracaso se basaba en el temor, en la nueva estructura flexible el fracaso se asienta en la ansiedad.
Desigualdad
La desigualdad es el talón de Aquiles del nuevo sistema productivo, las diferencias de ingresos entre la cúspide y la base en la nueva economía son siderales. Si bien entre Henry Ford y un operario de 1920 había diferencias de ingresos, esas eran escasas en relación a las actuales, hoy la brecha es enorme entre lo que más cobran y los menos remunerados, y peor aún, la brecha es sociológica más que económica, ya que los intereses y expectativas son mucho más diferentes entre los de arriba y los de abajo que la establecida entre sus ingresos.
Existe un crecimiento intensivo de la riqueza en la capa superior de la sociedad, pero por otro lado hay una línea divisoria entre los grandes
beneficiarios y las capas medias que no se benefician totalmente del modelo.
Mientras tanto en el nivel más bajo de la sociedad, Alain Touraine observa una creciente división entre los trabajadores precarios e informales de la economía flexible y los trabajadores tradicionalmente protegidos que todavía sostienen empleos propios del viejo modelo industrial-sindical.
Estas diferencias entre elites integradas y clases media afectadas, o entre empleados tradicionales y trabajadores flexibles generan un regreso al resentimiento, resentimiento que se expresa en símbolos culturales de nuestras sociedades.
Lo que dice Sennet es que las diferencias entre ricos y pobres se vuelven esencialmente en diferencias culturales.
La anulación de los estratos intermedios propios de la pirámide jerárquica del viejo modelo es una característica de la nueva arquitectura flexible de las organizaciones, y en ese cambio la relación con la autoridad se transforma.
En el análisis de las relaciones de poder Sennet recurre al concepto de autoridad de Max Weber, para quien consiste en el atributo de una persona que incita a la obediencia voluntaria, se cree en ella.
En la estructura jerárquica se conservaba una relación de comunicación por etapas sucesivas que se afirmaba en esta consigna de autoridad como atributo; mientras que ahora en lo flexible se desconecta la autoridad en una relación centro-periferia, en la cual el centro organizativo y la periferia productiva se aíslan y esta última solo responde a la primera por sus resultados. Esta relación es la que establece la geografía de la globalización.
En el mundo actual aquella disciplinaria y normativa “Jaula de Hierro” que narraba Weber ha sido abandonada por la arquitectura global, produciéndose tres déficits sociales:
Así como el empleo tradicional se reduce, los trabajos basura permiten acceder al trabajo remunerado a los jóvenes, pero con bajo salario. Así la temporalidad laboral se ve soportada por una cultura en la que la estabilidad pierde prestigio como valor. Esto se observa con suma claridad en el prestigio caído del empleo público, cuyo valor último era la estabilidad.
Weber decía que la gente aceptaba la estabilidad porque esperaba una recompensa final, una gratificación diferida que construía el armazón disciplinario al que la persona se sometía soportando el esquema para esperar la gratificación de mañana. La novedad es que hoy esa gratificación diferida ya no existe, y el mero diferimiento de cualquier deseo no está entre los factores culturales más valiosos del siglo XXI.
Las viejas organizaciones jerárquicas van pasando a flexibles anulando capas intermedias de poder, estableciéndose dentro de las organizaciones
Política y Consumo
Sennet se plantea un cuestionamiento más: ¿La nueva economía de consumidores crea una nueva política?
Como todos los analistas del nuevo siglo llega inevitablemente al tema del consumo como expresión central de la nueva cultura, y se enfrenta a la existencia común de dos visiones de la pasión por consumir:
La particularidad es que ambas posturas coinciden en ver al consumidor como un ser pasivo: prisionero de la publicidad o los deseos.
Lo que Sennet aborda es una tercera idea para explicar cómo se impone la idea del consumidor permanente desde el proceso productivo, y lo hace en base a la relación de dos conceptos productivos, el de Plataforma y el de El Dorado.
Hoy se fabrica desde la idea de “plataforma”, es decir la fabricación de un bien básico estandarizado. Sobre esta plataforma se marca un pequeño detalle, muchas veces superficial, que constituye El Dorado de la producción. Ese dorado es lo que hace a Opel poder vender un Audi mucho más caro que un Skoda, cuando ambos autos, que la misma empresa fabrica, son en su plataforma coincidentes en un 90%.
Lo que hace el consumidor es buscar diferencias en productos cada vez más homogéneos, busca El Dorado dentro de las Plataformas. Y esta idea no solamente es válida para los productos sino también para los servicios, y recurre Sennet al ejemplo del turismo, donde la gente viaja por muchas ciudades parecidas visitando lugares muy parecidos, por el mero hecho de viajar; este es el Dorado, la sensación personal, sobre aquella plataforma estándar.
En este contexto la publicidad invita al consumidor a completar un cuadro incompleto, presenta la plataforma e invita a construir su dorado, como cuando la publicidad hace coincidir un auto y un desierto liberando la imaginación del consumidor.
Porque en nuestro tiempo desprenderse de algo no es un problema para el consumidor, al contrario, es una paso a la adquisición de nuevos estímulos. A nadie preocupa desprenderse de objetos estándar, de plataformas para las cuales aquel dorado ha perdido actualidad.
Otro signo de pasión por el consumo que menciona Sennet es la potencia.
No compramos las cosas por lo que son, sino que las compramos por lo que podríamos hacer con ellas, aunque en la amplia mayoría de los casos no lo hagamos nunca: reproductores de audio capaces de almacenar miles de temas, autos que pueden alcanzar cientos de kilómetros por hora, hipermercados llenos de productos; todos factores potenciales que nunca abarcaremos en su totalidad.
Por lo tanto Sennet hace coincidir la presencia de una cultura que valoriza el cambio y la desposesión por un lado, y que cuando predomina la posesión
lo hace en realidad el deseo por la posesión, la potencia, más que el efectivo uso posesivo.
Pero esa la relación entre consumidores y bienes y servicios para Sennet no es una relación parcial, sino que engloba toda la conducta del hombre y mujer del siglo XXI, lo que llama el consumidor-espectador-ciudadano.
Lo que plantea Sennet es que ese ciudadano-consumidor-espectador, se vuelve pasivo, se preocupa por sí mismo y se aleja de la política progresista.
La política se presenta para el ciudadano como una oferta muy similar a la de bienes y servicios:
Al igual que en las empresas, también las políticas centralizan el poder y se separan de la autoridad (como las empresas separan su centro organizador y su periferia productiva). No se hace responsable de sus ciudadanos, predomina la indiferencia hacia sus destinos.
Frente a la abundancia de plataformas políticas estándar, El Dorado de la política es la exaltación simbólica de las trivialidades, y la mayor de ellas la personalidad del candidato.
Los ciudadanos piensan como consumidores y dejan de comportarse como productores artesanos.
El ciudadano-artesano quería saber cómo funcionaban las cosas, el ciudadano-consumidor solo pretende usarlas sin importar su funcionamiento, disfrutar sin profundizar en las razones de las cosas. Como consumidores los ciudadanos pierden rápido contacto con el compromiso, cunde la indiferencia.
Lo que concluye Sennet en este punto es que los hombres y mujeres del siglo XXI, celebran el cambio personal pero no el progresismo colectivo. De nuevo el predominio de la propia transformación, sin incluir en ello el cambio del conjunto
Instituciones, subjetividades y sentimientos frágiles
Miguel ALHAMBRA DELGADO
Universidad Complutense de Madrid
SENNETT, Richard. 2006. La cultura del nuevo capitalismo. Barcelona:
Anagrama.
En este libro Richard Sennett nos introduce en lo que lleva siendo uno de
sus intereses académicos durante los últimos años: las influencias del actual
propios sujetos se dan a sí mismos. Todo ello conforma una sugestiva
síntesis relacional de aspectos macro y microsociológicos.
La tesis principal del libro es que la desarticulación de la estructura
burocrática institucional, desarrollada después de la II Guerra Mundial hasta
finales de los pasados años setenta, no ha propiciado unas mayores cuotas
de libertad para los individuos.
A partir de la quiebra de los Acuerdos de Bretton Woods y la crisis del
petróleo de principios de los pasados años setenta, el autor fecha el punto de
partida de una nueva reorganización institucional. Ambos hechos
potenciarán -entre otros- una liberación masiva de capital financiero a nivel
internacional que, a la larga, debilitará la capacidad de influencia de los
Estados-Nación. En primer lugar, este monto de capital financiero
propiciará la reconfiguración de la banca mundial en términos de fluidez y
agilidad, ayudada por el incipiente -aunque creciente- desarrollo de las
tecnologías de la información. La principal característica de este capital
impaciente es la exigencia de beneficios económicos a un mayor corto
plazo; el prototipo será la inversión centrada en la compra y venta de
acciones en un mercado internacional abierto. Paulatinamente, asistiremos a
la conformación de un poder lateral “indiferente a la cultura que las
asociaciones y alianzas a largo plazo habían forjado en el seno de la
corporación” (2006: 39). Esta aceleración de resultados, demandada por la
nueva configuración del capital financiero, acabara ejerciendo una excesiva
presión sobre el sistema productivo -y estatal-, propiciando la desaparición o
mutación radical de la tradicional organización institucional burocrática.
Para mostrarnos la estructura institucional burocrática, Sennett utiliza tanto
los estudios de Weber sobre la burocracia militar prusiana -desarrollada y
expandida por Bismarck a la sociedad civil- como los estudios sobre la
organización fordista y del Estado del Bienestar. El orden burocrático se
caracteriza por una estructura jerárquica piramidal con una amplia
capacidad de inclusión en la base, lo que le proporciona bastantes réditos en
cuanto a legitimidad se refiere, aspecto por el cual resultaría “funcional” y
se extendería en la Alemania convulsa de Bismarck. Al otorgarles una
“posición” a las masas, aunque fuera baja, se inhibían los intentos
revolucionarios, cosechando así apoyos al sistema político. La burocracia
potenciaba en los agentes un sentimiento de sacrificio y lealtad respecto a la
institución mediante una postergación de la gratificación o el placer
-usualmente permanente-. En la medida en que la rutina se desarrollaba
dentro de la rígida y estable organización, el individuo se auto-comprendía a
través de ella encuadrado en posiciones sociales, marcadas por los Reseñas
Revista de Antropología Social
2008, 17 427-
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“peldaños” adyacentes -ascendentes y/o descendentes-. La tónica
predominante del capitalismo social fordista fue un pensamiento estratégico
a largo plazo, incluso en los estratos más bajos, desde el momento en que el
tiempo social estaba estructurado bajo/en la predecible institución. De esta
forma, la burocracia tendía a reproducirse cerrada al “exterior” de sí misma,
lo que Weber denominó la “jaula de hierro”.
En comparación, la actual organización empresarial del capitalismo tardío
se parece mucho más a un conjunto de redes imprecisas de rápida
reconfiguración. En términos procesales, las nuevas instituciones se enfocan
al corto plazo con una estructura flexible y adaptable a los posibles cambios
de la demanda de mercado, deteriorando la planificación burocrática
anterior. Y en términos estructurales, actualmente se ha producido una
drástica reducción de la “capacidad de inclusión” burocrática. Por un lado,
en el ámbito político se ha llevado a cabo a través de la privatización de
sectores estatales y la disminución de Estado del Bienestar. Por otro lado, en
el ámbito productivo, se ha operado mediante la precarización de los
psicológicos y subjetividades, aspectos tratados por Sennett en el segundo
capítulo. Para nuestro autor, todos tenemos la necesidad de sentirnos útiles
en algo, y en esta línea el ámbito laboral continúa -aún hoy- siendo una
esfera privilegiada a la hora de (auto)atribuirnos el necesario
reconocimiento social. Así, en cuanto a la definición del talento, mientras
que las anteriores estructuras otorgaban una relevancia a la experiencia y a
los logros conseguidos por el agente, en las nuevas instituciones se
persiguen sujetos adaptables a situaciones imprevistas, al trabajo periódico
en diferentes grupos en relación a una función o tarea específica, con gran
tolerancia a la ambigüedad y desprendidos de cualquier “lastre social” que
impida la proyección sobre el futuro cercano. Otra característica del
neocapitalismo sería la acelerada obsolescencia de los conocimientos y las
destrezas adquiridas, producida por el frenético cambio en las innovaciones
productivas y tecnológicas. Hoy en día, cualquier profesional medio se ve
en la obligación de reciclarse dos o tres veces a lo largo de su vida laboral
-que tiende a prolongarse cada vez más-. Sin embargo, ante el “costoso”
reciclaje de la plantilla más veterana, las empresas suelen optar por la
sustitución generacional y la contratación de jóvenes, económicamente más
rentables y mucho más sumisos a las directrices de la dirección, pues no
poseen la experiencia laboral que fomenta una actitud crítica ante todo
nuevo conocimiento.
En la última parte del libro, Sennett profundizará sobre las similitudes
entre dos ámbitos aparentemente lejanos: el consumo y la esfera política.
Mezcla de ambas, la política de consumo será la peculiar forma de
interacción política en la actualidad. Desde el estudio del consumo, Sennett
diferencia entre la “plataforma”, esto es, los elementos comunes
estructurales de dos artículos similares, mayoritarios éstos, y el “dorado”, a
saber, las escasas diferenciaciones maximizadas gracias a la mercadotecnia
y la publicidad. Para ejemplificar estos conceptos, se observa la producción
de dos automóviles de gama alta, como son el Skoda y el Volkswagen -o
bien, billete de primera y de turista en un vuelo trasatlántico- que comparten
un 90% de similitud estructural -chasis, motor, etc.- y un 10% de pequeñas
diferencias simbólicas potenciadas al máximo por el marketing profesional.
Mutatis mutandi, observamos ciertos parecidos en cuanto a la política
institucional, la “plataforma” es el amplio consenso entre partidos en
términos de apoyo al sistema capitalista y a las tendencias estructurales de Reseñas
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éste, mientras que el “dorado” correspondería a la magnificación de los
símbolos, como serían las retóricas de partidos o la escenificación de los
medios de comunicación, por poner unos ejemplos. Todo ello se sitúa dentro
de un ambiente que pretende hacer la decisión del votante sencilla,
característica que embrolla cualquier debate comprometido con una cierta
profundidad y debilita la democracia.
Sintetizando, la cultura del nuevo capitalismo produce principalmente tres
déficits sociales en la vida de los individuos. Primero, en términos
temporales, si en el pasado el tiempo social se co-formaba dentro de las
estables instituciones burocráticas -creando, de esta forma, la posibilidad de
una auto-compresión por parte del individuo en relación a los “escalones” o
cargos conseguidos en la institución e insertando así el pasado en el
presente-, en la actualidad las institucionales empresariales del capitalismo
“de avanzada” imposibilitan la auto-comprensión que los sujetos tienden a
darse a sí mismos, en la medida que erosionan la “capacidad de relato” e
integración del trecho vital pasado y presente, instaurando entre ambos una
radical separación. Esta fragmentación de la auto-percepción existencial
sería consecuencia de la reinvención continua de las instituciones en el
neocapitalismo, orientadas al corto plazo y al benéfico rápido. Segundo, y