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Este es la obra de ELECTRA SÓFOCLES (OBRA COMPLETA)
Tipo: Apuntes
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Personajes
PEDAGOGO. ORESTES. ELECTRA. CORO DE DONCELLAS ARGIVAS. CRISÓTEMIS. CLITEMNESTRA. EGISTO.
afirme mi casa y posea las riquezas de mis ascendientes. Basta. Tú, anciano, entra y haz tu oficio. Nosotros, salgamos. La ocasión apremia, en efecto, y ella es la que preside a todas las empresas de los hombres. ELECTRA (Dentro del palacio.): ¡Ay de mí! PEDAGOGO: Me parece, ¡oh, hijo!, que he oído a una de las sirvientas suspirar en la morada. ORESTES: ¿No es la infortunada Electra? ¿Quieres que permanezcamos aquí y escuchemos sus quejas? PEDAGOGO: No, por cierto. Sin cuidarnos de cosa alguna, nos hemos de apresurar a cumplir las órdenes de Lojias^3. Debes, sin preocuparte de esto, hacer libaciones a tu padre. Esto nos asegurará la victoria y dará un feliz término a nuestra empresa.
(Salen los tres personajes y hace acto de presencia ELECTRA.)
ELECTRA: ¡Oh, Luz sagrada, Aire que llenas tanto espacio como la tierra, cuántas veces habéis oído los gritos innumerables de mis lamentos y los golpes asestados a mi ensangrentado pecho, cuando se va la noche tenebrosa! y mi lecho odioso, en la morada miserable, sabe las largas vigilias que paso, llorando a mi desgraciado padre, a quien Ares^4 no ha recibido, como un huésped ensangrentando, en una tierra extraña, sino de quien mi madre y su compañero de lecho, Egisto, hendieron la cabeza con un hacha cruenta, como los leñadores hacen con una encina. ¡Y nadie más que yo te compadece, oh, padre, víctima de esa muerte indigna y miserable! Pero yo no cesaré de gemir y de lanzar amargos lamentos mientras vea el fulgor centelleante de los astros, mientras vea la luz del sol; y, semejante al ruiseñor privado de sus pequeñuelos, ante las puertas de las paternas moradas prorrumpiré en mis agudos gritos en presencia de todos. ¡Oh, morada de Ades y de Perséfona, Herme subterráneo y poderosa Imprecación, y vosotras, Erinias, hijas inexorables de los Dioses!, venid, socorredme, vengad la muerte de nuestro padre y enviadme a mi hermano; porque, sola, no tengo fuerza para soportar la carga de duelo que me oprime.
(Entra el CORO, formado por mujeres de Micenas.)
Estrofa I
CORO: ¡Oh, hija, hija de una madre indignísima, Electra! ¿Por qué estás siempre profiriendo los lamentos del pesar insaciable por Agamenón, por aquel que, envuelto en otro tiempo por los lazos de tu madre llena de insidias, fue herido por una mano impía? ¡Que perezca el que hizo eso, si es lícito desearlo! ELECTRA: Hijas de buena raza, vosotras venís a consolar mis penas. Lo sé y lo comprendo, y nada de esto se me escapa; sin embargo, no cesaré de llorar a mi desgraciado padre; antes bien, por esa amistad misma, ofrecida por entero, os conjuro, ¡ay de mí!, que me dejéis con mi dolor.
Antístrofa I
(^3) Epíteto de Apolo que significa el zigzagueante , conveniente, pues, con un dios de la adivinación. (^3) Dios de la guerra .
CORO: Y, sin embargo, ni con tus lamentos, ni con tus súplicas, harás venir a tu padre del pantano de Ades común a todos; sino que, en tu aflicción insensata y sin límites, causará tu pérdida siempre gemir, puesto que no hay término para tu mal. ¿Por qué deseas tantos dolores? ELECTRA: Es insensato quien olvida a sus padres víctimas de una muerte miserable; antes bien, satisface a mi corazón el ave gemebunda y temerosa, mensajera de Zeus, que llora siempre: ¡Itis! ¡Itis! ¡Oh, Nioba! ¡Oh, la más desdichada entre todas! Yo te reverencio, en efecto, como a una diosa, tú que lloras, ¡ay!, en tu tumba de piedra.
Estrofa II
CORO: Sin embargo, hija, esta calamidad no ha alcanzado mas que a ti entre los mortales, y no la sufres con alma ecuánime como los que son tuyos por la sangre y por el origen, Crisótemis, Ifianasa^5 y Orestes, hijo de noble raza, cuya juventud está sepultada en los dolores, y que volverá, dichoso, algún día, a la tierra de la ilustre Micenas, bajo la conducta favorable de Zeus. ELECTRA: ¡Yo lo espero sin cesar, desventurada, no casada y sin hijos! y ando siempre errante, anegada en lágrimas y sufriendo las penas sin fin de mis males. Y él no se acuerda ni de mis beneficios ni de las cosas ciertas de que le he advertido. ¿Qué mensajero me ha enviado, en efecto, que no me haya engañado? ¡Desea siempre volver, y deseándolo, no vuelve jamás!
Antístrofa II
CORO: Tranquilízate, tranquilízate, hija. Todavía está en el Urano el gran Zeus que ve y dirige todas las cosas. Remítele tu venganza amarga y no te irrites demasiado contra tus enemigos, ni los olvides mientras tanto. El tiempo es un dios complaciente, porque el Agamenónida que habita ahora en Crisa abundante en pastos no tardará siempre, ni el Dios que impera cerca del Aqueronte.^6 ELECTRA: Pero he aquí que una gran parte de mi vida se ha pasado en vanas esperanzas, y no puedo resistir más, y me consumo, privada de parientes, sin ningún amigo que me proteja; y hasta, como una vil esclava, vivo en las moradas de mi padre, indignamente vestida y manteniéndome de pie junto a las mesas vacías.
Estrofa III
CORO: Fue lamentable, en efecto, el grito de tu padre, a su vuelta, en la sala del festín, cuando el golpe del hacha de bronce cayó sobre él. La astucia enseñó, el amor mató; ambos concibieron el horrible crimen, ya lo cometiera un dios o un mortal. ELECTRA: ¡Oh, el más amargo de todos los días que he vivido! ¡Oh, noche! ¡Oh, desgracia espantosa del banquete execrable, en que mi padre fue degollado por las manos de los dos matadores que me han arrancado la vida por traición y me han perdido para siempre! ¡Que el gran Dios olímpico les envíe
(^5) Hermanas de Electra. (^6) El Aqueronte es uno de los ríos del Hades.
alguien anuncia que Orestes debe volver, entonces grita, llena de furor: «¿No eres tú causa de esto? ¿No es ésta tu obra, tú que, habiendo arrebatado a Orestes de mis manos, le has hecho criar secretamente? ¡Pero sabe que sufrirás castigos merecidos!» ¡Así ladra, y de pie a su lado, su ilustre amante la excita, él, cobarde y malvado, y que no lucha sino con ayuda de las mujeres! ¡Y yo, esperando siempre que la vuelta de Orestes ponga término a mis males, perezco durante este tiempo, desgraciada de mí! Porque, prometiendo siempre y no cumpliendo nada, destruye mis esperanzas presentes y pasadas. Por eso, amigas, no puedo moderarme en medio de tales miserias, ni respetar fácilmente la piedad. Quien está sin cesar abrumado por el mal, aplica forzosamente al mal su espíritu. CORIFEO: Dime, ¿mientras nos hablas así, Egisto está en la morada o fuera? ELECTRA: Ha salido. Créeme, si hubiese estado en la morada, yo no hubiera podido traspasar el umbral. Está en el campo. CORIFEO: Si ello es así, te hablaré con más confianza. ELECTRA: Ha salido. Di, pues, lo que quieras. CORIFEO: Pues, en primer lugar, te pregunto: ¿qué piensas de tu hermano? ¿Debe volver o tardará todavía? Deseo saberlo. ELECTRA: Dice que volverá, pero no procede como habla. CORIFEO: Se suele vacilar antes de emprender una cosa difícil. ELECTRA: Pero yo le he salvado sin vacilar. CORIFEO: Cobra ánimo: es generoso y vendrá en ayuda de sus amigos. ELECTRA: Estoy segura de ello; a no ser así, no hubiera vivido mucho tiempo. CORIFEO: No hables más, porque veo salir de la morada a tu hermana, nacida del mismo padre y de la misma madre, Crisótemis, que lleva ofrendas, tales como se acostumbra hacer a los muertos. CRISÓTEMIS: ¡Oh, hermana! ¿Por qué vienes de nuevo a lanzar clamores ante este vestíbulo? ¿No puedes aprender, después de tanto tiempo, a no entregarte a una vana cólera? Ciertamente, yo misma, sé también que el estado de las cosas es cruel, y, si tuviera fuerzas para tanto, mostraría lo que siento por ellos en el corazón; pero, rodeada de males, me es preciso para navegar plegar mis velas, y creo que me está vedado proceder contra los que no puedo alcanzar. Quisiera que tú hicieses lo mismo. Sin embargo, no es justo que obres como te aconsejo y no como juzgues acertado; pero yo, para vivir libre, es preciso que obedezca a quienes tienen la omnipotencia. ELECTRA: ¡Es indigno de ti, nacida de tal padre, olvidar de quién eres hija para no inquietarte más que de tu madre! Porque las palabras que me has dicho, y con las cuales me censuras, te han sido sugeridas por ella. No las dices por tu propio impulso. Por eso, elige: o eres una insensata o, si has hablado con uso de razón, abandonas a tus amigos. Decías que, si tuvieras fuerzas para tanto, mostrarías el odio que sientes por ellos, ¡y te niegas a ayudarme cuando quiero vengar a mi padre, y me exhortas a no hacer nada! ¿No agrega todo esto la cobardía a todos nuestros otros males? Enséñame o indícame qué provecho obtendría con dar fin a mis gemidos. ¿Es que no vivo? Mal, en verdad, ya lo sé, pero eso me basta. Ahora bien; soy importuna para éstos, y rindo así honor a mi padre muerto, si alguna cosa agrada a los muertos. Pero tú, que dices odiar, no odias más que con palabras, y haces en realidad causa común con los matadores de tu padre. Si las ventajas que te son otorgadas, y de que gozas, me fuesen ofrecidas, no me sometería. A ti la rica mesa y el alimento abundante; para mí es
bastante alimento no ocultar mi dolor. No deseo en modo alguno compartir tus honores. No los desearías tú misma, si fueses discreta. Ahora, cuando podías llamarte hija del más ilustre de los padres, te llamas hija de tu madre. Así es que serás reputada inicua por el mayor número, tú que haces traición a tus amigos ya tu padre muerto. CORIFEO: ¡No demasiada cólera, por los Dioses! Vuestras palabras, para ambas, producirán sus frutos, si tú aprendes de ella a hablar bien, y ella de ti. CRISÓTEMIS: Hace mucho tiempo, ¡oh, mujeres!, estoy acostumbrada a tales palabras de ella, y no me acordaría siquiera, si no hubiera sabido que la amenaza un gran infortunio que hará callar sus continuos lamentos. ELECTRA: Habla, pues, di qué grande infortunio es ése, porque si tienes que enseñarme alguna cosa peor que mis males, no volveré a replicar. CRISÓTEMIS: Siendo así, te diré todo lo que sé de ello. Han resuelto, si no cesas en tus lamentaciones, enviarte a un lugar donde no volverás a ver el resplandor de Helios. Viva, en el fondo de un antro negro^7 prorrumpirás en gemidos lejos de esta tierra. Por eso, medítalo, y no me acuses cuando esa desgracia haya llegado. Ahora es tiempo de tomar una prudente resolución. ELECTRA: ¿Eso es lo que han decidido hacer conmigo? CRISÓTEMIS: Ciertamente, en cuanto Egisto haya vuelto a la morada. ELECTRA: ¡Plegue a los Dioses que vuelva con gran prontitud para ello! CRISÓTEMIS: ¡Oh, desgraciada! ¿Por qué esa imprecación contra ti misma? ELECTRA: ¡Por que venga, si piensa hacer eso! CRISÓTEMIS: ¿Qué mal quieres sufrir? ¿Eres insensata? ELECTRA: Es con el fin de huir muy lejos de vosotros. CRISÓTEMIS: ¿No te cuidas de tu vida? ELECTRA: Ciertamente, mi vida es bella y admirable. CRISÓTEMIS: Bella sería, si fueses prudente. ELECTRA: No me enseñes a hacer traición a mis amigos. CRISÓTEMIS: No te enseño eso, sino a someterte a los más fuertes. ELECTRA: Halágales con tus palabras; lo que dices no está en tu carácter. CRISÓTEMIS: Sin embargo, es bueno no sucumbir por imprudencia. ELECTRA: Sucumbiremos, si es preciso, habiendo vengado a nuestro padre. CRISÓTEMIS: Nuestro padre mismo, lo sé, me perdona esto. ELECTRA: Sólo a los cobardes pertenece aprobar esas palabras. CRISÓTEMIS: ¿No cederás? ¿No serás persuadida por mí? ELECTRA: No, por cierto. No soy insensata hasta ese punto. CRISÓTEMIS: Iré, pues, allí donde debo ir. ELECTRA: ¿Adónde vas? ¿A quién llevas esas ofrendas sagradas? CRISÓTEMIS: Mi madre me envía a hacer libaciones a la tumba de mi padre. ELECTRA: ¿Qué dices? ¿Al más detestado de los mortales? CRISÓTEMIS: Que ella misma mató. Eso es lo que quieres decir. ELECTRA: ¿Qué amigo la ha aconsejado? ¿A qué se debe que le haya placido eso? CRISÓTEMIS: A un terror nocturno, según me ha parecido.
(^7) Lugar subterráneo, idéntico al ocupado por Antígona en la tragedia de igual nombre, por castigo de
Creonte, donde había de morir de inanición.
helenos, es olvidable, ni esa antigua hacha de bronce de dos filos^8 que le mató tan ignominiosamente.
Antístrofa
Vendrá la Erinia de pies de bronce, de pies y de manos innumerables, que se oculta en horribles refugios; porque el deseo impuro de nupcias criminales y mancilladas por el asesinato se apoderó de ellos. Por eso estoy cierta de que ese prodigio que se nos aparece amenaza a los autores del crimen y a sus compañeros. O los mortales no adivinan nada por los sueños y por los oráculos o ese espectro nocturno será completamente beneficioso para nosotros.
Epodo
¡Oh, laboriosa cabalgada de Pélope, cuán lamentable has sido para esta tierra!^9 En efecto, desde el día en que Mírtilo pereció, arrancado violenta e ignominiosamente de su carro dorado y precipitado en el mar, horribles miserias han asaltado siempre esta morada. CLITEMNESTRA: Parece que vagabundeas de nuevo, y libremente. En efecto, no está aquí Egisto, él que suele retenerte, para que no vayas afuera a difamar a tus parientes. Ahora que ha salido, no me respetas. Y, ciertamente, has dicho con frecuencia y a muchos que yo estaba colérica, mandando contra todo derecho y justicia y llenándoos de ultrajes a ti ya los tuyos. Pero yo no tengo costumbre de ultrajar; si te hablo injuriosamente, es que tú me injurias con más frecuencia todavía. Tu padre, y no tienes otro pretexto de querella, fue muerto por mí, por mí misma, bien lo sé, y no hay ninguna razón para que lo niegue. Porque, no yo sola, sino la Justicia también le hirió; y convenía que tú vinieses en mi ayuda, si hubieras sido prudente, puesto que tu padre, por el que no cesas de gemir, el único de los helenos, se atrevió a sacrificar a tu hermana a los Dioses, bien que no hubo sufrido tanto para engendrarla como yo para parirla. Pero, ¡sea!, dime por qué la degolló. ¿Fue en favor de los argivos? Pues no tenían ningún derecho a matar a mi hija. Si, como creo, la mató por su hermano Menelao, ¿no debía por ello ser castigado por mí? ¿No tenía ese mismo Menelao dos hijos que era más justo hacer morir, nacidos como eran de un padre y de una madre por quienes aquella expedición se emprendía? ¿Deseaba el Hades devorar a mis hijos más bien que a los suyos? ¿Se había extinguido el amor de aquel execrable padre hacia los hijos que yo había concebido, y sentía uno más grande hacia los de Menelao? ¿No son propias estas cosas de un padre malvado e insensato? Yo pienso así, aunque tú piensas lo contrario, y mi hija muerta diría como yo, si pudiese hablar. Por eso no me arrepiento de lo que hice; y tú, si te parece que obré mal, censura también a los otros como es justo. ELECTRA: Ahora no dirás que me interpretas así, habiendo sido provocada por mis palabras amargas. Pero, si me lo permites, te responderé, como conviene, por mi padre muerto y por mi hermana.
(^8) El hacha de doble filo, propia de los sacrificios igual que del trabajo normal. (^9) Porque los pecados de Pélope son el origen de todos los males. Pélope consiguió la mano de
Hipodamia, hija de Enomao, comprando la confianza del cochero de Enomao, Mírtilo. Pero luego Mírtilo pretendió abusar de Hipodamia y por ello fue arrojado por Pélope al mar, y en su caída lanzó maldiciones contra Pélope y sus descendientes que dieron buen fruto.
CLITEMNESTRA: ¡Anda! Lo permito. Si siempre me hubieses dirigido palabras tales, jamás hubiera sido ofendida por mis respuestas. ELECTRA: Te hablo, pues. Dices que mataste a mi padre. ¿Qué se puede decir más afrentoso, tuviera él razón o sinrazón? Pero te diré que le mataste sin derecho alguno. El hombre inicuo con quien vives te persuadió e impulsó. Interroga a la cazadora Artemis, y sabe lo que castigaba cuando retenía todos los vientos en Aulis; o más bien yo te lo diré, porque no es posible saberlo por ella. Mi padre, en otro tiempo, como he sabido, habiéndose complacido en perseguir, en un bosque sagrado de la Diosa, un hermoso ciervo manchado y de alta cornamenta, dejó escapar, después de haberlo muerto, no sé qué palabra orgullosa. Entonces, la virgen Latoida, irritada, retuvo a los aqueos hasta que mi padre hubo degollado a su propia hija por causa de aquella bestia fiera que había matado. Así es como fue degollada, porque el ejército no podía, por ningún otro medio, partir para llión o volver a sus moradas. Por eso mi padre, constreñido por la fuerza y después de haberse resistido a ello, la sacrificó con dolor, pero no en favor de Menelao. Pero aunque yo dijese como tú que hizo aquello en interés de su hermano, ¿era preciso, pues, que fuese muerto por ti? ¿En nombre de qué ley? Piensa a qué dolor ya qué arrepentimiento te entregarías si hicieses semejante ley estable entre los hombres. En efecto, si matamos a uno por haber matado a otro, debes morir tú misma para sufrir la pena merecida. Pero reconoce que alegas un falso pretexto. Dime, en efecto, si puedes, por qué cometes la acción tan vergonzosa de vivir con ese hombre abominable con ayuda del cual mataste tiempo ha a mi padre, y por qué has concebido hijos de él, y por qué rechazas a los hijos legítimos nacidos de legítimas nupcias. ¿Cómo puedo yo aprobar tales cosas? ¿Dirás que vengas así la muerte de tu hija? Si lo dijeras, ciertamente, ello sería vergonzoso. No es honesto que una mujer se despose con sus enemigos por causa de su hija. Pero no me es lícito afirmarlo sin que me acuses por todas partes con gritos de que ultrajo a mi madre. Ahora bien; veo que procedes respecto a nosotros menos como madre que como dueña, yo que llevo una vida miserable en medio de los males continuos con que nos abrumáis tú y tu amante. Pero ese otro, que se ha escapado a duras penas de tus manos, el mísero, Orestes, arrastra una vida desgraciada, él a quien me has acusado con frecuencia de criar para ser tu matador. Y, si pudiese, lo haría, ciertamente, sábelo con seguridad. En lo sucesivo, declara a todos que soy malvada, injuriosa, o, si lo prefieres, llena de impudencia. Si soy culpable de todos esos vicios, no he degenerado de ti y no te causo deshonor. CORIFEO: Respira cólera, lo veo, pero no veo que se cuide de saber si tiene derecho para ello. CLITEMNESTRA: ¿y por qué me había de cuidar de la que dirige a su madre palabras de tal suerte injuriosas, a la edad que tiene? ¿No te parece que ha de atreverse a cualquier mala acción, habiendo desechado todo pudor? ELECTRA: En verdad, sábelo, tengo vergüenza de esto, parézcate lo que quiera; comprendo que estas cosas no convienen ni a mi edad, ni a mí misma; pero tu odio y tus actos me obligan: el mal enseña el mal. CLITEMNESTRA: ¡Oh, insolente bestia! ¿Soy yo, son mis palabras y mis actos los que te dan audacia para hablar tanto? ELECTRA: Eres tú misma la que hablas, no yo; porque realizas actos, y los actos hacen nacer las palabras. CLITEMNESTRA: Ciertamente, ¡por la dueña Artemis!, juro que no escaparás al castigo de tu audacia, en cuanto Egisto haya vuelto a la morada.
franqueado el estadio de un extremo a otro, salió, obteniendo el honor de la victoria. No sabría decir en pocas palabras las innumerables grandes acciones y la fuerza de un héroe semejante. Sabe únicamente que volvió a alcanzar los premios de la victoria en todos los combates propuestos por los jueces de los juegos. Y todos lo llamaban dichoso y proclamaban al argivo Orestes, hijo de Agamenón que reunió en otro tiempo el ilustre ejército de la Hélade. Pero las cosas son así, que, si un dios nos envía una desgracia, nadie es bastante fuerte para escapar a ella. En efecto, el día siguiente, cuando el rápido combate de los carros tuvo lugar al levantarse Helios, entró con numerosos rivales. Uno era acayo, otro de Esparta, y otros dos eran libios^11 y hábiles en conducir un carro de cuatro caballos. Orestes, que era el quinto, llevaba yeguas tesalias; el sexto venía de Etolia con fieros caballos; el séptimo era magneta; el octavo, con caballos blancos, era de Enia; el noveno era de Atenas fundada por los Dioses; en fin, un beocio estaba en el décimo carro. Manteniéndose erguidos, después que los jueces hubieron asignado, según la suerte, el puesto de cada uno de ellos, en cuanto la trompeta de bronce hubo dado la señal, se precipitaron, excitando a sus caballos y sacudiendo las riendas, y todo el estadio se llenó con el estrépito de los carros resonantes; y el polvo se amontonaba en el aire; y todos, mezclados juntamente, no ahorraban los aguijones y cada uno quería adelantar a las ruedas y a los caballos agitados del otro; porque éstos arrojaban su espuma y sus ardientes resoplidos sobre las espaldas de los conductores de carros y sobre el círculo de las ruedas. Orestes, acercándose al último límite, lo rozaba con el eje de la rueda, y, soltando las riendas al caballo de la derecha, contenía al de la izquierda. Ahora bien: en aquel momento, todos los carros estaban todavía en pie, pero entonces, los caballos del hombre de Enia, hechos duros de boca, arrastraron el carro con violencia, y, al volver, como, acabada la sexta vuelta, comenzaban la séptima, chocaron de frente con las cuadrigas de los libios. Una rompe a otra y cae con ella, y toda la llanura de Crisa se llena con aquel naufragio de carros. El ateniense, habiendo visto esto, se apartó de la vía y contuvo las riendas como hábil conductor, y dejó toda aquella tempestad de carros moverse en la llanura. Durante este tiempo, Orestes, el último de todos, conducía sus caballos, con la esperanza de ser victorioso al fin; pero, viendo que el ateniense había quedado solo, hirió las orejas de sus caballos rápidos con el sonido agudo de su látigo, y lo persiguió. Y los dos carros estaban lanzados sobre una misma línea, y la cabeza de los caballos sobresalía tan pronto de una como de otra cuadriga. El imprudente Orestes había llevado a cabo todas las demás carreras sano y salvo, manteniéndose derecho sobre su carro; pero entonces, soltando las riendas al caballo de la izquierda, tropezó con el extremo de la meta, y, habiéndose roto el cubo de la rueda, cayó rodando de su carro, enredado entre las riendas, y los caballos, espantados de verle tendido en tierra, se lanzaron a través del estadio. Cuando la multitud le vio caído del carro se lamentó por aquel hombre joven que, habiendo realizado hermosas acciones, y por un cruel destino, se veía arrastrado tan pronto por el suelo, tan pronto levantando las piernas en el aire, hasta que los conductores de carro, deteniendo trabajosamente los caballos que corrían, le levantaron todo ensangrentado y tal que ninguno de sus amigos hubiera reconocido aquel miserable cuerpo. Y le quemaron al punto sobre una hoguera; y unos hombres focidios, escogidos para ello, trajeron aquí, en una pequeña urna de bronce, las cenizas de aquel gran cuerpo, para que sea sepultado en su patria. He aquí las palabras que tenía que decirte; son tristes, pero
(^11) Africanos de Cirene, colonia griega fundada el 630 a. de C.
el espectáculo que vimos es la cosa más cruel de todas las que hayamos jamás contemplado. CORIFEO: ¡Ay de mí! ¡Ay! Toda la raza de nuestros antiguos dueños está, pues, aniquilada radicalmente. CLITEMNESTRA: ¡Oh, Zeus! ¿Qué diré de estas cosas? ¿Las llamaré favorables, o terribles, pero útiles, sin embargo? Es triste para mí no salvar mi vida sino por mis propias desventuras. PEDAGOGO: ¿Por qué, ¡oh, mujer!, después de saber esto, te ves de ese modo atormentada? CLITEMNESTRA: La maternidad tiene un gran poderío. En efecto, una madre, aunque se vea ultrajada, no puede aborrecer a sus hijos. PEDAGOGO: ¡A lo que parece, hemos venido aquí inútilmente! CLITEMNESTRA: Inútilmente, no. ¿Cómo has de haber hablado inútilmente, si has venido, trayéndome pruebas ciertas de la muerte de aquel que, nacido de mí, huyendo de mis pechos que le nutrieron y de mis cuidados, desterrado, ha llevado una vida apartada, que no me ha visto jamás después que abandonó esta tierra, y que, acusándome de la muerte de su padre, me amenazaba con un castigo horrible? De suerte que, ni durante la noche, ni durante el día, yo no gustaba el dulce sueño, y, por más tiempo que transcurriese, pensaba siempre que iba a morir. Ahora, pues, que me veo libre del peligro y no temo ya nada en adelante de él ni de ésta -porque ella era para mí una calamidad más amarga, viviendo conmigo y consumiendo siempre toda la sangre de mi alma-, llevaremos una vida tranquila, por lo menos en lo que concierne a sus amenazas. ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Desdichada! ¡Ahora es, Orestes, cuando deploraré tu destino, puesto que, aun muerto, eres ultrajado por tu madre! ¿No es todo para el mayor bien? CLITEMNESTRA: No, por cierto, para ti, sino para él. Lo que le ha sucedido está bien dispuesto. ELECTRA: ¡Escucha, Némesis vengadora del que ha muerto! CLITEMNESTRA: Ha escuchado a los que era preciso que escuchase, y ha cumplido sus votos. ELECTRA: Insulta, porque ahora eres feliz. CLITEMNESTRA: En lo sucesivo, ni Orestes ni tú destruiréis esta felicidad. ELECTRA: Estamos destruidos nosotros mismos, en vez de que podamos destruirte. CLITEMNESTRA (Al PEDAGOGO.): Mucho mereces, extranjero, si, trayéndonos esta noticia, has hecho callar sus clamores furiosos. PEDAGOGO: Me voy, pues, si todo está perfectamente. CLITEMNESTRA: No, por cierto, eso no sería digno ni de mí ni del huésped que te ha enviado. Entra, pues, y déjala llorar fuera sus propias miserias y las de sus amigos.
(Entran CLITEMNESTRA y el PEDAGOGO en el palacio.)
ELECTRA: ¿No os parece que, triste y gemebunda, llora y se lamenta por su hijo herido de muerte miserable? ¡Ha entrado allá riendo! ¡Oh, desgraciada de mí! ¡Oh, queridísimo Orestes, me has perdido con tu muerte! ¡Has arrancado de mi espíritu la esperanza que me quedaba de que, viviendo, volverías un día a vengar a tu padre y a mí, infortunada! y ahora, ¿de qué lado volverme, sola y
CORO: ¡Calamidad no prevista! ELECTRA: Sin duda, en efecto. En tierra extraña, lejos de mis brazos... CORO: ¡Ay! ELECTRA: ¿Quién hubiera previsto que sería encerrado en la urna, sin tumba y privado de nuestras lamentaciones?
(Entra CRISÓTEMIS.)
CRISÓTEMIS: A causa de mi gozo, ¡oh, muy querida!, dejando a un lado todo miramiento, llego apresuradamente, porque traigo felices cosas y el reposo de los males que te desgarraban y por los que gemías. ELECTRA: ¿Dónde has encontrado un consuelo a mis males, a los que no se podría hallar remedio alguno? CRISÓTEMIS: Orestes está cerca de nosotros. Sabe que lo que te digo es seguro, tan cierto como que me ves en este instante. ELECTRA: ¿Eres insensata, ¡oh, infeliz!, y te mofas de tus males y los míos? CRISÓTEMIS: ¡Pongo por testigo al hogar paterno! Ciertamente, no me burlo al decir esto; antes bien, ten por cierto que él está aquí. ELECTRA: ¡Oh, desventurada de mí! ¿Y por qué hombre has sabido esa noticia a la que prestas fe tan fácilmente? CRISOTEMIS: Por mí misma, no por otro, he visto las pruebas ciertas de ello, y en esto es en lo que tengo fe. ELECTRA: ¡Oh, desdichada! ¿Qué prueba has descubierto? ¿Qué has visto que haya encendido en ti una alegría tan insensata? CRISÓTEMIS: Escucha, ¡por los Dioses!, y tú dirás, sabiéndolo todo, si soy insensata o prudente. ELECTRA: Habla, si tal es tu gusto. CRISÓTEMIS: Voy, pues, a decirte todo lo que he visto. Habiendo llegado a la antigua tumba de mi padre, vi, en la cima, regueros de leche recientemente derramados, y el sepulcro paterno adornado con toda especie de flores. Viendo esto, admirada, observé si se mostraba ante mí algún hombre; pero estando tranquilo todo aquel lugar, me acerqué a la tumba, y vi, en la cima, cabellos recién cortados. En cuanto los hube apercibido, desgraciada, una imagen familiar impresionó mi ánimo, como si viese una señal de Orestes, del más querido de todos los hombres; y los tomé en mis manos, sin decir nada, y derramando lágrimas a causa de mi alegría. Ahora, como antes, es manifiesto para mí que esas ofrendas no han podido ser llevadas más que por él; porque ello no es cosa de mí ni de ti. Yo no he llevado esas ofrendas, ciertamente, lo sé bien; ni tú, porque ¿podías hacerlo, puesto que no puedes salir libremente de la morada, ni siquiera para suplicar a los Dioses? Tales pensamientos no suelen venir al espíritu de nuestra madre, y si lo hubiera hecho, ello no se nos hubiera escapado. Sin duda alguna esos presentes fúnebres son de Orestes. Tranquilízate, ¡oh, querida! Los mismos no tienen siempre la misma fortuna. En verdad, la nuestra nos ha sido ya contraria, pero puede ser que este día sea el augurio de numerosos bienes. ELECTRA: ¡Ay! Tengo desde hace mucho rato piedad de tu demencia. CRISÓTEMIS: ¡Qué! ¿No te regocija lo que te digo? ELECTRA: No sabes en qué lugar te extravías, ni en qué pensamientos. CRISÓTEMIS: ¿No sabré lo que he visto claramente yo misma?
ELECTRA: ¡Ha muerto, oh, desdichada! Toda esperanza de salvación, proveniente de él, está perdida para ti. No pretendas ver jamás a Orestes. CRISÓTEMIS: ¡Infeliz de mí! ¿Por quién has sabido eso? ELECTRA: Por alguien que estaba presente cuando él fue muerto. CRISÓTEMIS: ¿Dónde está ése? Me quedo estupefacta. ELECTRA: Está en la morada, bien venido para nuestra madre, lejos de serle importuno. CRISÓTEMIS: ¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿De quién eran, pues, esas ofrendas numerosas sobre la tumba de nuestro padre? ELECTRA: Creo que, seguramente, han sido depositadas allí por alguien, en honor de Orestes muerto. CRISÓTEMIS: ¡Oh, desventurada! ¡Yo que, llena de alegría, me apresuraba a traerte una tal noticia, ignorando en qué calamidad estábamos sumidas! ¡Y he aquí que encuentro, al llegar, nuevas miserias añadidas a todas las demás! ELECTRA: Sí, por cierto; pero, si me das crédito, nos libertarás del peso de nuestros males presentes. CRISÓTEMIS: ¿Puedo yo resucitar a los muertos? ELECTRA: No es eso lo que digo. No estoy de tal modo demente. CRISÓTEMIS: ¿Qué ordenas, pues, que yo tenga fuerzas para cumplir? ELECTRA: Que te atrevas a lo que yo te aconseje. CRISÓTEMIS: Si ello es útil, no me negaré. ELECTRA: ¡Mira! Nada se alcanza sin trabajo. CRISÓTEMIS: Ya lo sé. Haré lo que pueda. ELECTRA: Sabe, pues, cómo he resuelto obrar. Ya sabes que no contamos con la ayuda de ningún amigo. El Hades, arrebatándolos a todos, nos ha privado de ellos. Estamos solas y abandonadas. En verdad, tanto tiempo como he oído decir que mi hermano estaba entre los vivos y floreciente de juventud, he tenido la esperanza de que vendría un día a vengar la muerte paterna; pero, ahora, desde que no existe, pienso en ti, para que vengues la muerte de tu padre y no vaciles en matar a Egisto con la ayuda de tu hermana; porque no me es lícito callarte nada. ¿Hasta cuándo seguirás inactiva, teniendo todavía una firme esperanza, tú, a quien no queda, privada de las riquezas paternas, más que una abundancia de lamentos y de penas, por todo el tiempo que envejezcas, privada de nupcias? Porque, ciertamente, no esperes casarte algún día. Egisto no es de tal modo estúpido que permita, para su desgracia, que nazca una posteridad de ti o de mí. Pero, si eres dócil a mis consejos, en primer lugar, serás alabada, por tu piedad, por tu padre muerto y por tu hermano. Luego, lo mismo que has nacido libre, serás llamada libre en lo porvenir, y celebrarás nupcias dignas de ti; por que todos suelen admirar las cosas honestas. ¿No ves qué ilustre fama adquiriremos, tú y yo, si me obedeces? ¿Qué ciudadano, en efecto, o qué extranjero, al vernos, no nos colmará de alabanzas tales como éstas?: «Ved, amigos, esas dos hermanas que han salvado la morada paterna, y que, no economizando su vida, han dado muerte a sus enemigos, poseedores de inmensas riquezas. Es justo que todos las amen y las reverencien; es justo que en las fiestas sagradas de los Dioses y en las asambleas de los ciudadanos, todos las honren a causa de su varonil proceder.» Todos dirán esto de nosotras, mientras vivamos, y, aun después de la muerte, jamás disminuirá nuestra gloria. ¡Oh, querida, obedece! Ven en ayuda de tu padre y de tu hermano, libértame de mis miserias, libértate a ti misma, pensando cuán vergonzoso es a los que son bien nacidos vivir en el oprobio.
CRISÓTEMIS: Parece que no te cuidas de lo que te digo. ELECTRA: He resuelto ya eso desde hace mucho rato. CRISÓTEMIS: Me voy, pues, porque tú no habías de aprobar mis palabras, no más que yo apruebo tu resolución. ELECTRA: Vuelve a la morada. No te acompañaré jamás en lo sucesivo, cualquiera que sea tu deseo, porque es grande tu demencia de perseguir lo que no existe. CRISÓTEMIS: Si te crees prudente para ti misma, piensa así; pero, cuando hayas caído en la desgracia, aprobarás mis palabras.
(Entra CRISÓTEMIS en palacio.)
Estrofa I
CORO: ¿Por qué, pues, vemos a las aves que más alto vuelan y que son más animosas preocuparse del sustento de aquellos de quienes han nacido y que las han criado, y no obramos del mismo modo? Pero, ¡por los rayos de Zeus y de Temis Urania!, el castigo no perdonará por mucho tiempo a éstos. ¡Oh, Fama de los mortales, voz extendida de los que están bajo la tierra, habla a los Atridas muertos y anúnciales estos oprobios lamentables!
Antístrofa I
Diles el abatimiento de su morada, y que sus hijas, divididas por la discordia, no están ya unidas por la amistad. Sola Electra, abandonada, gimiendo por sus males infinitos, combatida por un duelo sin fin, y, como el plañidero ruiseñor, sin tener ningún cuidado por su vida, está pronta a morir con tal que triunfe de esas dos Erinias. ¿Hay una hija tan bien nacida?
Estrofa II
Nadie, siendo bien nacido, se resignará a deshonrar su sangre, ni a dejar que la gloria de su nombre perezca. Y por eso, hija, ¡oh, hija!, has querido mejor el destino común a todos, para merecer la doble alabanza de ser discreta y de ser una hija irreprochable.
Antístrofa II
¡Plegue a los Dioses que vivas tan superior a tus enemigos por el poder y las riquezas como estás ahora agobiada por ellos! Porque te veo menos abrumada por el destino que excelsa por el respeto que tienes a las leyes sacratísimas que florecen entre los hombres y por la piedad hacia Zeus.
(Entran ORESTES y PÍLADES con dos criados, uno de los cuales porta una urna.)
ORESTES: ¡Oh, mujeres! ¿Estamos bien informados? ¿Hemos llegado adonde queríamos ir? CORIFEO: ¿Qué buscas, y con qué intención has venido? ORESTES: Busco hace mucho tiempo dónde habita Egisto.
CORIFEO: Has venido completamente en derechura. El que te mostró el camino no te ha engañado. ORESTES: ¿Quién de vosotras anunciará en la morada nuestra deseada presencia, a nosotros que hemos venido juntos? CORIFEO (Señalando a ELECTRA.): Ésta, si verdaderamente conviene que uno de los allegados por la sangre lleve esa noticia. ORESTES: ¡Ve, mujer! Entra y di que unos hombres focidios buscan a Egisto. ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿No traéis las pruebas de eso que hemos oído hablar? ORESTES: No sé qué rumor es ése, sino que el anciano Estrofio^12 me ha ordenado traer una noticia que concierne a Orestes. ELECTRA: ¿Qué es ello, extranjero? ¡El terror me sobrecoge! ORESTES: Como ves, traemos lo poco que queda de él en esta pequeña urna. ELECTRA: ¡Infortunada de mí! ¡La cosa es, pues, cierta! ¡Veo manifiestamente lo que me abruma! ORESTES: Si te conmueves por la desgracia de Orestes, sabe que su cuerpo esta encerrado en esta urna. ELECTRA: Permíteme, te lo suplico por los Dioses, ¡oh, extranjero!, tomar esa urna en mis manos, si él está encerrado en ella, para lamentarme por mí y por toda mi raza llorando sobre esas cenizas. ORESTES: Quien quiera que ella sea, vosotros que conducís esa urna, dádsela, porque no la pide con espíritu enemigo, sino que es de sus amigos o de su sangre. ELECTRA: ¡Oh, recuerdo de aquel que fue para mí el más querido de los hombres, lo solo que quedas de mi alma, Orestes, cuán diferente vuelvo a verte de lo que esperaba de ti cuando te hice marchar! ¡Porque, ahora, te tengo, cosa vana, entre mis manos, y te hice salir de esta morada, oh, hijo, todo resplandeciente de juventud! ¡Pluguiera a los Dioses que hubiese muerto cuando te envié a tierra extraña, habiéndote sacado con mis manos y salvado de la muerte! ¡Hubieras muerto aquel día y habrías tenido la misma tumba que tu padre! y he aquí que has perecido fuera de la morada, miserablemente desterrado en suelo extranjero, y lejos de tu hermana. Y yo, desventurada, no te he lavado con mis manos, ni retirado esta lamentable carga del fuego voraz, como era justo. ¡Sino que, infeliz, has sido sepultado por manos extrañas, y vuelves, pesando poco, en una estrecha urna! ¡Oh, infortunada! ¡Oh, cuidados inútiles que tan frecuentemente te he prodigado con tan dulce fatiga! Nunca, en efecto, fuiste más querido para tu madre que para mí. Ninguna otra, en la casa, sino yo sola, era tu protectora, y me llamabas siempre tu hermana. Todo me falta a la vez en este día con tu muerte, y, como una tempestad, me lo has arrebatado todo al morir. ¡Mi padre ha perecido, yo soy muerta, tú no existes! Nuestros enemigos ríen; nuestra madre impía está insensata de gozo, porque me habías hecho anunciar frecuentemente que volverías como vengador. Pero un Genio, funesto para ti y para mí, lo ha deshecho todo, y trae aquí, en lugar en lugar de tu querida forma, tus cenizas y una sombra vana.
(^12) El focense en cuya mansión se había exiliado el joven Orestes. Sin duda también este nombre está
tomado deliberadamente en atención a su condición de parlante , que significa el que pone la zancadilla al contrario o el que va cercando al enemigo.