



















Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Asignatura: Literatura y Mito en la Antigüedad, Profesor: Javier del Hoyo Calleja, Carrera: Historia del Arte, Universidad: UAM
Tipo: Apuntes
1 / 27
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!




















Personajes
PEDAGOGO. ORESTES. ELECTRA. CORO DE DONCELLAS ARGIVAS. CRISÓTEMIS. CLITEMNESTRA. EGISTO.
(Ante el palacio real de Micenas. Al fondo, la llanura de la Argólide. Amanece.)
PEDAGOGO: ¡Oh, hijo de Agamenón, del jefe del ejército ante Troya! Ahora te es permitido ver lo que siempre has deseado. Esta es la antigua Argos, el suelo consagrado a la hija aguijoneada de Inaco^1. He aquí, Orestes, el ágora licia del Dios matador de lobos; luego, a la izquierda, el templo ilustre de Hera. Ves, créelo, la rica Micenas, adonde hemos llegado, y la fatídica mansión de los Pelópidas 2 , donde, en otro tiempo, después de la muerte de tu padre, te recibí de manos de tu hermana, y, habiéndote llevado y salvado, te crié hasta esta edad para vengar la muerte paterna. Ahora, pues, Orestes, y tú, el más querido de los huéspedes, Pílades, se trata de deliberar con prontitud sobre lo que es preciso hacer. Ya el brillante resplandor de Helios despierta los cantos matinales de las aves y cae la negra Noche llena de astros. Antes de que hombre alguno salga de la morada, celebrad consejo; porque, en el estado de las cosas, no ha ya lugar a vacilar, sino a obrar. ORESTES: ¡Oh, el más querido de los servidores, cuántas señales ciertas me das de tu benevolencia hacia nosotros! En efecto, como un caballo de buena raza, aunque envejezca, no pierde ánimo en el peligro, sino que levanta las orejas, así tú nos excitas y nos sigues de los primeros. Por eso te diré lo que he resuelto. Tú, escuchando mis palabras con toda tu atención, repréndeme si me engaño. Cuando iba a buscar el oráculo pítico, para saber cómo había de castigar a los matadores de mi padre, Febo me respondió lo que vas a oír: «Tú solo, sin armas, sin ejército, secretamente y por medio de emboscadas, debes, por tu propia mano, darles justa muerte.» Así, puesto que hemos oído este oráculo, tú, cuando sea tiempo, entra en la morada, para que, habiendo averiguado lo que allí ocurre, vengas a decírnoslo con certeza. No te reconocerán ni sospecharán de ti, después de tanto tiempo, y habiendo blanqueado tus cabellos. Diles que eres un extranjero focidio, enviado por un hombre llamado Fanoteo. Y, en efecto, éste es su mejor aliado. Anúnciales también, y júrales, que Orestes ha sido víctima del destino por una muerte violenta, habiendo caído de un carro veloz en los Juegos Píticos. ¡Que
(^1) Inaco, dios-río de Argos, es el padre de Yo, sacerdotisa de Hera en Argos. Zeus se enamoró de ella y,
para sustraerla a los celos de Hera, esposa de Zeus, la transformó en vaca, que fue torturada constantemente por un tábano. (^2) Pélope es el padre de Atreo y Tiestes. Atreo sacrificó a los hijos de su hermano sirviéndole a la mesa
su propia carne. A su vez Agamenón fue asesinado por su esposa Clitemnestra con la colaboración de su amante Egisto
Estrofa I
CORO: ¡Oh, hija, hija de una madre indignísima, Electra! ¿Por qué estás siempre profiriendo los lamentos del pesar insaciable por Agamenón, por aquel que, envuelto en otro tiempo por los lazos de tu madre llena de insidias, fue herido por una mano impía? ¡Que perezca el que hizo eso, si es lícito desearlo! ELECTRA: Hijas de buena raza, vosotras venís a consolar mis penas. Lo sé y lo comprendo, y nada de esto se me escapa; sin embargo, no cesaré de llorar a mi desgraciado padre; antes bien, por esa amistad misma, ofrecida por entero, os conjuro, ¡ay de mí!, que me dejéis con mi dolor.
Antístrofa I
CORO: Y, sin embargo, ni con tus lamentos, ni con tus súplicas, harás venir a tu padre del pantano de Ades común a todos; sino que, en tu aflicción insensata y sin límites, causará tu pérdida siempre gemir, puesto que no hay término para tu mal. ¿Por qué deseas tantos dolores? ELECTRA: Es insensato quien olvida a sus padres víctimas de una muerte miserable; antes bien, satisface a mi corazón el ave gemebunda y temerosa, mensajera de Zeus, que llora siempre: ¡Itis! ¡Itis! ¡Oh, Nioba! ¡Oh, la más desdichada entre todas! Yo te reverencio, en efecto, como a una diosa, tú que lloras, ¡ay!, en tu tumba de piedra.
Estrofa II
CORO: Sin embargo, hija, esta calamidad no ha alcanzado mas que a ti entre los mortales, y no la sufres con alma ecuánime como los que son tuyos por la sangre y por el origen, Crisótemis, Ifianasa 5 y Orestes, hijo de noble raza, cuya juventud está sepultada en los dolores, y que volverá, dichoso, algún día, a la tierra de la ilustre Micenas, bajo la conducta favorable de Zeus. ELECTRA: ¡Yo lo espero sin cesar, desventurada, no casada y sin hijos! y ando siempre errante, anegada en lágrimas y sufriendo las penas sin fin de mis males. Y él no se acuerda ni de mis beneficios ni de las cosas ciertas de que le he advertido. ¿Qué mensajero me ha enviado, en efecto, que no me haya engañado? ¡Desea siempre volver, y deseándolo, no vuelve jamás!
Antístrofa II
CORO: Tranquilízate, tranquilízate, hija. Todavía está en el Urano el gran Zeus que ve y dirige todas las cosas. Remítele tu venganza amarga y no te irrites demasiado contra tus enemigos, ni los olvides mientras tanto. El tiempo es un dios complaciente, porque el Agamenónida que habita ahora en Crisa abundante en pastos no tardará siempre, ni el Dios que impera cerca del Aqueronte.^6 ELECTRA: Pero he aquí que una gran parte de mi vida se ha pasado en vanas esperanzas, y no puedo resistir más, y me consumo, privada de parientes, sin ningún amigo que me proteja; y hasta, como una vil esclava, vivo en las
(^5) Hermanas de Electra. (^6) El Aqueronte es uno de los ríos del Hades.
moradas de mi padre, indignamente vestida y manteniéndome de pie junto a las mesas vacías.
Estrofa III
CORO: Fue lamentable, en efecto, el grito de tu padre, a su vuelta, en la sala del festín, cuando el golpe del hacha de bronce cayó sobre él. La astucia enseñó, el amor mató; ambos concibieron el horrible crimen, ya lo cometiera un dios o un mortal. ELECTRA: ¡Oh, el más amargo de todos los días que he vivido! ¡Oh, noche! ¡Oh, desgracia espantosa del banquete execrable, en que mi padre fue degollado por las manos de los dos matadores que me han arrancado la vida por traición y me han perdido para siempre! ¡Que el gran Dios olímpico les envíe males semejantes! ¡Que nada feliz les suceda jamás, puesto que han cometido tal crimen!
Antístrofa III
CORO: Trata de no hablar tanto. ¿No sabes tú, caída de tan alto, a qué indignas miserias te entregas así por tu plena voluntad? Has, en efecto, elevado tus males hasta el colmo, excitando siempre querellas con tu alma irritada. Es preciso no provocar querellas con los que son más poderosos que uno. ELECTRA: El horror de mis males me ha arrebatado. Lo sé, reconozco el movimiento impetuoso de mi alma, pero no me resignaré a mis dolores horribles, mientras viva. ¡Oh, familia querida! ¿A quién podré oír una palabra discreta, a qué espíritu prudente? Cesad, cesad de consolarme. Mis lamentos no acabarán jamás; jamás, en mi dolor, cesaré de prorrumpir en quejas innumerables.
Epodo
CORO: Te hablo así por benevolencia, aconsejándote como una buena madre, para que no aumentes tu mal con otros males. ELECTRA: ¿Hay una medida para mi dolor? ¿Está bien no cuidarse de los muertos? ¿Dónde está el hombre que piensa así? No quiero ni ser honrada por semejantes hombres, ni gozar en paz de la dicha, si se me concede, no acordándome de rendir a mis padres el honor que les es debido, y comprimiendo el ardor de mis agudos gemidos. Porque si el muerto, no siendo nada, yace bajo tierra, si éstos no espían la muerte con la sangre, todo pudor y toda piedad perecerán entre los mortales. CORIFEO: En verdad, ¡oh, hija!, he venido aquí tanto por ti como por mí. Si no he hablado bien, tú llevas la ventaja y te obedeceremos. ELECTRA: Ciertamente, tengo vergüenza, ¡oh, mujeres!, de que mis lamentos os parezcan demasiado repetidos; pero perdonadme, la necesidad me obliga a ello. ¿Qué mujer de buena raza no se lamentaría así viendo las desgracias paternas que, día y noche, parecen aumentar más bien que disminuir? En primer lugar, tengo por mi más cruel enemiga a la madre que me concibió; después, yo habito mi propia morada juntamente con los matadores de mi padre; estoy bajo su poder, y depende de ellos que posea alguna cosa o que carezca de todo. ¿Qué días crees que vivo cuando veo a Egisto sentarse en el trono de mi padre, y cubierto con los mismos vestidos derramar las libaciones en ese hogar ante el que lo
ELECTRA: ¡Es indigno de ti, nacida de tal padre, olvidar de quién eres hija para no inquietarte más que de tu madre! Porque las palabras que me has dicho, y con las cuales me censuras, te han sido sugeridas por ella. No las dices por tu propio impulso. Por eso, elige: o eres una insensata o, si has hablado con uso de razón, abandonas a tus amigos. Decías que, si tuvieras fuerzas para tanto, mostrarías el odio que sientes por ellos, ¡y te niegas a ayudarme cuando quiero vengar a mi padre, y me exhortas a no hacer nada! ¿No agrega todo esto la cobardía a todos nuestros otros males? Enséñame o indícame qué provecho obtendría con dar fin a mis gemidos. ¿Es que no vivo? Mal, en verdad, ya lo sé, pero eso me basta. Ahora bien; soy importuna para éstos, y rindo así honor a mi padre muerto, si alguna cosa agrada a los muertos. Pero tú, que dices odiar, no odias más que con palabras, y haces en realidad causa común con los matadores de tu padre. Si las ventajas que te son otorgadas, y de que gozas, me fuesen ofrecidas, no me sometería. A ti la rica mesa y el alimento abundante; para mí es bastante alimento no ocultar mi dolor. No deseo en modo alguno compartir tus honores. No los desearías tú misma, si fueses discreta. Ahora, cuando podías llamarte hija del más ilustre de los padres, te llamas hija de tu madre. Así es que serás reputada inicua por el mayor número, tú que haces traición a tus amigos ya tu padre muerto. CORIFEO: ¡No demasiada cólera, por los Dioses! Vuestras palabras, para ambas, producirán sus frutos, si tú aprendes de ella a hablar bien, y ella de ti. CRISÓTEMIS: Hace mucho tiempo, ¡oh, mujeres!, estoy acostumbrada a tales palabras de ella, y no me acordaría siquiera, si no hubiera sabido que la amenaza un gran infortunio que hará callar sus continuos lamentos. ELECTRA: Habla, pues, di qué grande infortunio es ése, porque si tienes que enseñarme alguna cosa peor que mis males, no volveré a replicar. CRISÓTEMIS: Siendo así, te diré todo lo que sé de ello. Han resuelto, si no cesas en tus lamentaciones, enviarte a un lugar donde no volverás a ver el resplandor de Helios. Viva, en el fondo de un antro negro 7 prorrumpirás en gemidos lejos de esta tierra. Por eso, medítalo, y no me acuses cuando esa desgracia haya llegado. Ahora es tiempo de tomar una prudente resolución. ELECTRA: ¿Eso es lo que han decidido hacer conmigo? CRISÓTEMIS: Ciertamente, en cuanto Egisto haya vuelto a la morada. ELECTRA: ¡Plegue a los Dioses que vuelva con gran prontitud para ello! CRISÓTEMIS: ¡Oh, desgraciada! ¿Por qué esa imprecación contra ti misma? ELECTRA: ¡Por que venga, si piensa hacer eso! CRISÓTEMIS: ¿Qué mal quieres sufrir? ¿Eres insensata? ELECTRA: Es con el fin de huir muy lejos de vosotros. CRISÓTEMIS: ¿No te cuidas de tu vida? ELECTRA: Ciertamente, mi vida es bella y admirable. CRISÓTEMIS: Bella sería, si fueses prudente. ELECTRA: No me enseñes a hacer traición a mis amigos. CRISÓTEMIS: No te enseño eso, sino a someterte a los más fuertes. ELECTRA: Halágales con tus palabras; lo que dices no está en tu carácter. CRISÓTEMIS: Sin embargo, es bueno no sucumbir por imprudencia.
(^7) Lugar subterráneo, idéntico al ocupado por Antígona en la tragedia de igual nombre, por castigo de
Creonte, donde había de morir de inanición.
ELECTRA: Sucumbiremos, si es preciso, habiendo vengado a nuestro padre. CRISÓTEMIS: Nuestro padre mismo, lo sé, me perdona esto. ELECTRA: Sólo a los cobardes pertenece aprobar esas palabras. CRISÓTEMIS: ¿No cederás? ¿No serás persuadida por mí? ELECTRA: No, por cierto. No soy insensata hasta ese punto. CRISÓTEMIS: Iré, pues, allí donde debo ir. ELECTRA: ¿Adónde vas? ¿A quién llevas esas ofrendas sagradas? CRISÓTEMIS: Mi madre me envía a hacer libaciones a la tumba de mi padre. ELECTRA: ¿Qué dices? ¿Al más detestado de los mortales? CRISÓTEMIS: Que ella misma mató. Eso es lo que quieres decir. ELECTRA: ¿Qué amigo la ha aconsejado? ¿A qué se debe que le haya placido eso? CRISÓTEMIS: A un terror nocturno, según me ha parecido. ELECTRA: ¡Oh, Dioses paternos, venid! ¡Venid ahora! CRISÓTEMIS: ¿Te trae, pues, alguna confianza ese terror? ELECTRA: Si me refieres su sueño, te lo diré. CRISÓTEMIS: No podré decir de él sino poca cosa. ELECTRA: Di al menos eso. Unas pocas palabras han elevado o derribado con frecuencia a los hombres. CRISÓTEMIS: Se dice que ha visto a tu padre y el mío, vuelto de nuevo a la luz; después, habiendo aparecido en la morada, apoderarse del cetro que llevaba en otro tiempo y que lleva ahora Egisto y hundirlo en tierra, y que entonces un elevado ramo germinó y salió de él, y que toda la tierra de Micenas fue cubierta por su sombra. He oído decir estas cosas a alguien que estaba presente cuando ella refería su sueño a Helios. No sé más, si no es que me ha enviado a causa del terror que le ha causado ese ensueño. Te suplico, pues, por los Dioses de la patria, que me escuches y no te pierdas por imprudencia; Porque si, ahora, me rechazas, me llamarás cuando seas víctima de la desdicha. ELECTRA: ¡Oh, querida! No lleves nada a la tumba de lo que tienes en las manos, porque no te es lícito y no es piadoso llevar a nuestro padre esas ofrendas de una mujer odiosa y derramar esas libaciones. ¡Arrójalas a los vientos o escóndelas en la tierra profundamente excavada, a fin de que nada se acerque jamás a la tumba de nuestro padre: antes bien, hasta que ella muera, que ese tesoro le esté reservado bajo tierra! En efecto, si esa mujer no hubiera nacido la más audaz de todas, jamás habría destinado esas libaciones detestables a la tumba de aquel a quien mató ella misma. Pregúntale, en efecto, si el muerto encerrado en esa tumba ha de aceptar de buen grado esas ofrendas de aquella por quien fue indignamente degollado, que le cortó la extremidad de los miembros como a un enemigo y que enjugó sobre su cabeza las manchas del asesinato. ¿Crees que esa muerte puede ser expiada con libaciones? No, jamás, eso no es posible. Por eso, no hagas nada. Corta la extremidad de tus trenzas. ¡He aquí las mías, las de esta desgraciada! Es poca cosa, pero no tengo más que esto. Presenta estos cabellos no cuidados y mi cinturón sin ningún adorno. Dobla las rodillas, suplicante, para que venga a nosotras, propicio, de debajo de tierra, para que nos ayude contra nuestros enemigos, y que, vivo, su hijo Orestes les derribe con mano victoriosa y les pisotee, y para que adornemos después su tumba con más ricos dones y con nuestras propias manos. Creo, en efecto, que ha resuelto algún designio enviándole ese sueño espantoso. Así, pues, ¡oh, hermana!, haz lo que te mando, lo
bien que no hubo sufrido tanto para engendrarla como yo para parirla. Pero, ¡sea!, dime por qué la degolló. ¿Fue en favor de los argivos? Pues no tenían ningún derecho a matar a mi hija. Si, como creo, la mató por su hermano Menelao, ¿no debía por ello ser castigado por mí? ¿No tenía ese mismo Menelao dos hijos que era más justo hacer morir, nacidos como eran de un padre y de una madre por quienes aquella expedición se emprendía? ¿Deseaba el Hades devorar a mis hijos más bien que a los suyos? ¿Se había extinguido el amor de aquel execrable padre hacia los hijos que yo había concebido, y sentía uno más grande hacia los de Menelao? ¿No son propias estas cosas de un padre malvado e insensato? Yo pienso así, aunque tú piensas lo contrario, y mi hija muerta diría como yo, si pudiese hablar. Por eso no me arrepiento de lo que hice; y tú, si te parece que obré mal, censura también a los otros como es justo. ELECTRA: Ahora no dirás que me interpretas así, habiendo sido provocada por mis palabras amargas. Pero, si me lo permites, te responderé, como conviene, por mi padre muerto y por mi hermana. CLITEMNESTRA: ¡Anda! Lo permito. Si siempre me hubieses dirigido palabras tales, jamás hubiera sido ofendida por mis respuestas. ELECTRA: Te hablo, pues. Dices que mataste a mi padre. ¿Qué se puede decir más afrentoso, tuviera él razón o sinrazón? Pero te diré que le mataste sin derecho alguno. El hombre inicuo con quien vives te persuadió e impulsó. Interroga a la cazadora Artemis, y sabe lo que castigaba cuando retenía todos los vientos en Aulis; o más bien yo te lo diré, porque no es posible saberlo por ella. Mi padre, en otro tiempo, como he sabido, habiéndose complacido en perseguir, en un bosque sagrado de la Diosa, un hermoso ciervo manchado y de alta cornamenta, dejó escapar, después de haberlo muerto, no sé qué palabra orgullosa. Entonces, la virgen Latoida, irritada, retuvo a los aqueos hasta que mi padre hubo degollado a su propia hija por causa de aquella bestia fiera que había matado. Así es como fue degollada, porque el ejército no podía, por ningún otro medio, partir para llión o volver a sus moradas. Por eso mi padre, constreñido por la fuerza y después de haberse resistido a ello, la sacrificó con dolor, pero no en favor de Menelao. Pero aunque yo dijese como tú que hizo aquello en interés de su hermano, ¿era preciso, pues, que fuese muerto por ti? ¿En nombre de qué ley? Piensa a qué dolor ya qué arrepentimiento te entregarías si hicieses semejante ley estable entre los hombres. En efecto, si matamos a uno por haber matado a otro, debes morir tú misma para sufrir la pena merecida. Pero reconoce que alegas un falso pretexto. Dime, en efecto, si puedes, por qué cometes la acción tan vergonzosa de vivir con ese hombre abominable con ayuda del cual mataste tiempo ha a mi padre, y por qué has concebido hijos de él, y por qué rechazas a los hijos legítimos nacidos de legítimas nupcias. ¿Cómo puedo yo aprobar tales cosas? ¿Dirás que vengas así la muerte de tu hija? Si lo dijeras, ciertamente, ello sería vergonzoso. No es honesto que una mujer se despose con sus enemigos por causa de su hija. Pero no me es lícito afirmarlo sin que me acuses por todas partes con gritos de que ultrajo a mi madre. Ahora bien; veo que procedes respecto a nosotros menos como madre que como dueña, yo que llevo una vida miserable en medio de los males continuos con que nos abrumáis tú y tu amante. Pero ese otro, que se ha escapado a duras penas de tus manos, el mísero, Orestes, arrastra una vida desgraciada, él a quien me has acusado con frecuencia de criar para ser tu matador. Y, si pudiese, lo haría, ciertamente, sábelo con seguridad. En lo sucesivo, declara a todos que soy malvada, injuriosa, o, si lo prefieres, llena de
impudencia. Si soy culpable de todos esos vicios, no he degenerado de ti y no te causo deshonor. CORIFEO: Respira cólera, lo veo, pero no veo que se cuide de saber si tiene derecho para ello. CLITEMNESTRA: ¿y por qué me había de cuidar de la que dirige a su madre palabras de tal suerte injuriosas, a la edad que tiene? ¿No te parece que ha de atreverse a cualquier mala acción, habiendo desechado todo pudor? ELECTRA: En verdad, sábelo, tengo vergüenza de esto, parézcate lo que quiera; comprendo que estas cosas no convienen ni a mi edad, ni a mí misma; pero tu odio y tus actos me obligan: el mal enseña el mal. CLITEMNESTRA: ¡Oh, insolente bestia! ¿Soy yo, son mis palabras y mis actos los que te dan audacia para hablar tanto? ELECTRA: Eres tú misma la que hablas, no yo; porque realizas actos, y los actos hacen nacer las palabras. CLITEMNESTRA: Ciertamente, ¡por la dueña Artemis!, juro que no escaparás al castigo de tu audacia, en cuanto Egisto haya vuelto a la morada. ELECTRA: ¿Ves? Ahora estás inflamada de cólera, después de haberme permitido decir lo que quisiera, y no puedes oírme. CLITEMNESTRA: ¿No puedes ahorrarme tus clamores y dejarme tranquilamente sacrificar a los Dioses, pues que te he permitido decirlo todo? ELECTRA: Lo permito, lo quiero así; sacrifica, y no acuses a mi boca, porque no diré nada más. CLITEMNESTRA: Tú, esclava, que estás aquí, trae esas ofrendas de frutos de toda especie, para que yo haga a este rey votos que disipen los terrores de que estoy turbada. Oye, Febo tutelar, mi plegaria oculta, porque no hablo entre amigos, y no conviene que lo diga todo delante de ésta, no sea que, impulsada por el odio, extienda a grandes gritos vanos rumores por la ciudad. Comprende, pues, así lo que diré. ¡Si la visión que se me ha aparecido esta noche me anuncia cosas felices, realízalas, Rey Licio! Si son funestas, desvíalas sobre mis enemigos. Si ellos me tienden asechanzas, no permitas que me arrebaten mis riquezas, sino concédeme vivir, siempre sana y salva, poseyendo el cetro y la morada de los Atridas, gozando de un feliz destino en medio de mis amigos y de aquellos de mis hijos que ahora me rodean, que no me aborrecen y no me desean el mal. Escúchanos favorablemente, Apolo Licio, y danos lo que te pedimos. En cuanto a las demás cosas, aunque me calle, creo que, siendo dios, las conoces bien, porque los hijos de Zeus lo ven todo.
(Entra el PEDAGOGO.)
PEDAGOGO: Mujeres extranjeras, quisiera saber si esta morada es la del rey Egisto. CORIFEO: Lo es, extranjero, has creído bien. PEDAGOGO: ¿Pienso acertadamente que ésta es su esposa? Efectivamente, su aspecto es el de una reina. CORIFEO: Ciertamente, es ella misma. PEDAGOGO: Salud, ¡oh, Reina! Traigo una buena noticia para ti y para Egisto, de parte de un hombre que os ama. CLITEMNESTRA: Acepto el augurio; pero deseo saber en primer lugar quién te ha enviado. PEDAGOGO: Fanoteo el focidio, que te anuncia un gran suceso.
de una como de otra cuadriga. El imprudente Orestes había llevado a cabo todas las demás carreras sano y salvo, manteniéndose derecho sobre su carro; pero entonces, soltando las riendas al caballo de la izquierda, tropezó con el extremo de la meta, y, habiéndose roto el cubo de la rueda, cayó rodando de su carro, enredado entre las riendas, y los caballos, espantados de verle tendido en tierra, se lanzaron a través del estadio. Cuando la multitud le vio caído del carro se lamentó por aquel hombre joven que, habiendo realizado hermosas acciones, y por un cruel destino, se veía arrastrado tan pronto por el suelo, tan pronto levantando las piernas en el aire, hasta que los conductores de carro, deteniendo trabajosamente los caballos que corrían, le levantaron todo ensangrentado y tal que ninguno de sus amigos hubiera reconocido aquel miserable cuerpo. Y le quemaron al punto sobre una hoguera; y unos hombres focidios, escogidos para ello, trajeron aquí, en una pequeña urna de bronce, las cenizas de aquel gran cuerpo, para que sea sepultado en su patria. He aquí las palabras que tenía que decirte; son tristes, pero el espectáculo que vimos es la cosa más cruel de todas las que hayamos jamás contemplado. CORIFEO: ¡Ay de mí! ¡Ay! Toda la raza de nuestros antiguos dueños está, pues, aniquilada radicalmente. CLITEMNESTRA: ¡Oh, Zeus! ¿Qué diré de estas cosas? ¿Las llamaré favorables, o terribles, pero útiles, sin embargo? Es triste para mí no salvar mi vida sino por mis propias desventuras. PEDAGOGO: ¿Por qué, ¡oh, mujer!, después de saber esto, te ves de ese modo atormentada? CLITEMNESTRA: La maternidad tiene un gran poderío. En efecto, una madre, aunque se vea ultrajada, no puede aborrecer a sus hijos. PEDAGOGO: ¡A lo que parece, hemos venido aquí inútilmente! CLITEMNESTRA: Inútilmente, no. ¿Cómo has de haber hablado inútilmente, si has venido, trayéndome pruebas ciertas de la muerte de aquel que, nacido de mí, huyendo de mis pechos que le nutrieron y de mis cuidados, desterrado, ha llevado una vida apartada, que no me ha visto jamás después que abandonó esta tierra, y que, acusándome de la muerte de su padre, me amenazaba con un castigo horrible? De suerte que, ni durante la noche, ni durante el día, yo no gustaba el dulce sueño, y, por más tiempo que transcurriese, pensaba siempre que iba a morir. Ahora, pues, que me veo libre del peligro y no temo ya nada en adelante de él ni de ésta -porque ella era para mí una calamidad más amarga, viviendo conmigo y consumiendo siempre toda la sangre de mi alma-, llevaremos una vida tranquila, por lo menos en lo que concierne a sus amenazas. ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Desdichada! ¡Ahora es, Orestes, cuando deploraré tu destino, puesto que, aun muerto, eres ultrajado por tu madre! ¿No es todo para el mayor bien? CLITEMNESTRA: No, por cierto, para ti, sino para él. Lo que le ha sucedido está bien dispuesto. ELECTRA: ¡Escucha, Némesis vengadora del que ha muerto! CLITEMNESTRA: Ha escuchado a los que era preciso que escuchase, y ha cumplido sus votos. ELECTRA: Insulta, porque ahora eres feliz. CLITEMNESTRA: En lo sucesivo, ni Orestes ni tú destruiréis esta felicidad. ELECTRA: Estamos destruidos nosotros mismos, en vez de que podamos destruirte.
CLITEMNESTRA (Al PEDAGOGO.): Mucho mereces, extranjero, si, trayéndonos esta noticia, has hecho callar sus clamores furiosos. PEDAGOGO: Me voy, pues, si todo está perfectamente. CLITEMNESTRA: No, por cierto, eso no sería digno ni de mí ni del huésped que te ha enviado. Entra, pues, y déjala llorar fuera sus propias miserias y las de sus amigos.
(Entran CLITEMNESTRA y el PEDAGOGO en el palacio.)
ELECTRA: ¿No os parece que, triste y gemebunda, llora y se lamenta por su hijo herido de muerte miserable? ¡Ha entrado allá riendo! ¡Oh, desgraciada de mí! ¡Oh, queridísimo Orestes, me has perdido con tu muerte! ¡Has arrancado de mi espíritu la esperanza que me quedaba de que, viviendo, volverías un día a vengar a tu padre y a mí, infortunada! y ahora, ¿de qué lado volverme, sola y privada de ti y de mi padre? ¡Me es preciso ahora quedar esclava entre los más detestados de los hombres, matadores de mi padre! ¿No tengo la mejor de las suertes? ¡Pero no viviré jamás con ellos, en sus moradas, y me consumiré, prosternada, sin amigos, ante el umbral! ¡Y si soy una carga para alguno de los que hay en la morada, que me mate! ¡Si no, será el dolor el que me matará, porque no tengo ya deseo alguno de vivir!
Estrofa I
CORO: ¿Dónde están los rayos de Zeus, dónde está el brillante Helios, si, viendo esto, permanecen tranquilos? ELECTRA: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! CORO: Hija, ¿por qué lloras? ELECTRA: ¡Ay de mí! CORO: No te lamentes demasiado alto. ELECTRA: Me matas. CORO: ¿Cómo? ELECTRA: Si me aconsejas esperar en los que han manifiestamente partido para Hades, me insultas, consumida como estoy de dolor.
Antístrofa I
CORO: Sé, efectivamente, que el rey Anfiarao ha muerto, envuelto en las redes de oro de una mujer, y que, sin embargo, ahora bajo la tierra... ELECTRA: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay de mí! CORO: .., reina sobre todas las almas. ELECTRA: ¡Ay! CORO: ¡Ay! Efectivamente, la mujer execrable... ELECTRA: ¿Ha recibido el castigo del crimen? CORO: ¡Sí! ELECTRA: Ya sé, ya sé: alguien vino que vengó al que había sufrido; pero nadie sobrevive para mí: el vengador que yo tenía me ha sido arrebatado por el destino.
Estrofa II
derramando lágrimas a causa de mi alegría. Ahora, como antes, es manifiesto para mí que esas ofrendas no han podido ser llevadas más que por él; porque ello no es cosa de mí ni de ti. Yo no he llevado esas ofrendas, ciertamente, lo sé bien; ni tú, porque ¿podías hacerlo, puesto que no puedes salir libremente de la morada, ni siquiera para suplicar a los Dioses? Tales pensamientos no suelen venir al espíritu de nuestra madre, y si lo hubiera hecho, ello no se nos hubiera escapado. Sin duda alguna esos presentes fúnebres son de Orestes. Tranquilízate, ¡oh, querida! Los mismos no tienen siempre la misma fortuna. En verdad, la nuestra nos ha sido ya contraria, pero puede ser que este día sea el augurio de numerosos bienes. ELECTRA: ¡Ay! Tengo desde hace mucho rato piedad de tu demencia. CRISÓTEMIS: ¡Qué! ¿No te regocija lo que te digo? ELECTRA: No sabes en qué lugar te extravías, ni en qué pensamientos. CRISÓTEMIS: ¿No sabré lo que he visto claramente yo misma? ELECTRA: ¡Ha muerto, oh, desdichada! Toda esperanza de salvación, proveniente de él, está perdida para ti. No pretendas ver jamás a Orestes. CRISÓTEMIS: ¡Infeliz de mí! ¿Por quién has sabido eso? ELECTRA: Por alguien que estaba presente cuando él fue muerto. CRISÓTEMIS: ¿Dónde está ése? Me quedo estupefacta. ELECTRA: Está en la morada, bien venido para nuestra madre, lejos de serle importuno. CRISÓTEMIS: ¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿De quién eran, pues, esas ofrendas numerosas sobre la tumba de nuestro padre? ELECTRA: Creo que, seguramente, han sido depositadas allí por alguien, en honor de Orestes muerto. CRISÓTEMIS: ¡Oh, desventurada! ¡Yo que, llena de alegría, me apresuraba a traerte una tal noticia, ignorando en qué calamidad estábamos sumidas! ¡Y he aquí que encuentro, al llegar, nuevas miserias añadidas a todas las demás! ELECTRA: Sí, por cierto; pero, si me das crédito, nos libertarás del peso de nuestros males presentes. CRISÓTEMIS: ¿Puedo yo resucitar a los muertos? ELECTRA: No es eso lo que digo. No estoy de tal modo demente. CRISÓTEMIS: ¿Qué ordenas, pues, que yo tenga fuerzas para cumplir? ELECTRA: Que te atrevas a lo que yo te aconseje. CRISÓTEMIS: Si ello es útil, no me negaré. ELECTRA: ¡Mira! Nada se alcanza sin trabajo. CRISÓTEMIS: Ya lo sé. Haré lo que pueda. ELECTRA: Sabe, pues, cómo he resuelto obrar. Ya sabes que no contamos con la ayuda de ningún amigo. El Hades, arrebatándolos a todos, nos ha privado de ellos. Estamos solas y abandonadas. En verdad, tanto tiempo como he oído decir que mi hermano estaba entre los vivos y floreciente de juventud, he tenido la esperanza de que vendría un día a vengar la muerte paterna; pero, ahora, desde que no existe, pienso en ti, para que vengues la muerte de tu padre y no vaciles en matar a Egisto con la ayuda de tu hermana; porque no me es lícito callarte nada. ¿Hasta cuándo seguirás inactiva, teniendo todavía una firme esperanza, tú, a quien no queda, privada de las riquezas paternas, más que una abundancia de lamentos y de penas, por todo el tiempo que envejezcas, privada de nupcias? Porque, ciertamente, no esperes casarte algún día. Egisto no es de tal modo estúpido que permita, para su desgracia, que nazca una posteridad de ti o de mí. Pero, si eres dócil a mis consejos, en primer lugar, serás alabada, por tu piedad, por tu padre
muerto y por tu hermano. Luego, lo mismo que has nacido libre, serás llamada libre en lo porvenir, y celebrarás nupcias dignas de ti; por que todos suelen admirar las cosas honestas. ¿No ves qué ilustre fama adquiriremos, tú y yo, si me obedeces? ¿Qué ciudadano, en efecto, o qué extranjero, al vernos, no nos colmará de alabanzas tales como éstas?: «Ved, amigos, esas dos hermanas que han salvado la morada paterna, y que, no economizando su vida, han dado muerte a sus enemigos, poseedores de inmensas riquezas. Es justo que todos las amen y las reverencien; es justo que en las fiestas sagradas de los Dioses y en las asambleas de los ciudadanos, todos las honren a causa de su varonil proceder.» Todos dirán esto de nosotras, mientras vivamos, y, aun después de la muerte, jamás disminuirá nuestra gloria. ¡Oh, querida, obedece! Ven en ayuda de tu padre y de tu hermano, libértame de mis miserias, libértate a ti misma, pensando cuán vergonzoso es a los que son bien nacidos vivir en el oprobio. CORIFEO: En tales cosas, la previsión es útil a quien habla y a quien escucha. CRISÓTEMIS: Antes de hablar así, ¡oh, mujeres!, si su espíritu no hubiese estado turbado, hubiera mostrado una prudencia que parece haber rechazado desde entonces. ¿En qué piensas, en efecto, cuando quieres obrar con tanta audacia y me pides que te ayude? ¿No lo ves? Tú eres una mujer, no un hombre, y tienes muchas menos fuerzas que tus enemigos. Su Genio está muy próspero hoy; el nuestro está debilitado, reducido a la nada. ¿Quién, pues, intentaría atacar a un hombre semejante sin incurrir en la mayor desgracia? Piensa en ello, no sea que, agobiadas ya de males, sufriéramos otros más crueles todavía si alguien oyese tus palabras. No tendremos ni consuelo, ni provecho en merecer una fama gloriosa, si perecemos vergonzosamente. Lo más amargo no es morir, sino desear la muerte y no poderla alcanzar. Por eso, te lo suplico, reprime tu cólera, antes que hayamos enteramente perecido y que toda nuestra raza haya sido aniquilada. Yo tendré por no pronunciado lo que has dicho y te guardaré el secreto. En cuanto a ti, comienza por lo menos a ser prudente, y aprende, encontrándote sin fuerzas, a ceder a los que son más fuertes que tú. CORIFEO: Obedécela. No hay nada de lo más útil para los hombres que no pueda adquirirse con la prudencia y la sabiduría. ELECTRA: No has dicho nada que no esperase de ti. Bien sabía que rechazarías mis consejos; pero yo obraré sola y por mi propia mano, y jamás dejaremos esto sin realizar. CRISÓTEMIS: ¡Ah! ¡Pluguiera a los Dioses que ese espíritu hubiese sido el tuyo, cuando nuestro padre fue muerto! Todo lo hubieras llevado a cabo. ELECTRA: Yo era entonces la misma en cuanto al pensamiento, pero tenía el corazón más débil. CRISÓTEMIS: Haz de modo que tengas siempre el corazón así. ELECTRA: Me adviertes con esas palabras que no me ayudarás. CRISÓTEMIS: A mal comienzo, mal fin. ELECTRA: Admiro tu prudencia y aborrezco tu cobardía. CRISÓTEMIS: Un día también te oiré alabarme. ELECTRA: Jamás obtendrás eso de mí. CRISÓTEMIS: El tiempo será bastante largo para juzgar entre nosotras. ELECTRA: Vete, puesto que no me prestas ayuda alguna. CRISÓTEMIS: Así será, pero te falta un espíritu dócil. ELECTRA: Vea contar todo esto a tu madre. CRISÓTEMIS: No estoy inflamada de tal odio contra ti.
¡Plegue a los Dioses que vivas tan superior a tus enemigos por el poder y las riquezas como estás ahora agobiada por ellos! Porque te veo menos abrumada por el destino que excelsa por el respeto que tienes a las leyes sacratísimas que florecen entre los hombres y por la piedad hacia Zeus.
(Entran ORESTES y PÍLADES con dos criados, uno de los cuales porta una urna.)
ORESTES: ¡Oh, mujeres! ¿Estamos bien informados? ¿Hemos llegado adonde queríamos ir? CORIFEO: ¿Qué buscas, y con qué intención has venido? ORESTES: Busco hace mucho tiempo dónde habita Egisto. CORIFEO: Has venido completamente en derechura. El que te mostró el camino no te ha engañado. ORESTES: ¿Quién de vosotras anunciará en la morada nuestra deseada presencia, a nosotros que hemos venido juntos? CORIFEO (Señalando a ELECTRA.): Ésta, si verdaderamente conviene que uno de los allegados por la sangre lleve esa noticia. ORESTES: ¡Ve, mujer! Entra y di que unos hombres focidios buscan a Egisto. ELECTRA: ¡Ay de mí! ¡Desgraciada! ¿No traéis las pruebas de eso que hemos oído hablar? ORESTES: No sé qué rumor es ése, sino que el anciano Estrofio^12 me ha ordenado traer una noticia que concierne a Orestes. ELECTRA: ¿Qué es ello, extranjero? ¡El terror me sobrecoge! ORESTES: Como ves, traemos lo poco que queda de él en esta pequeña urna. ELECTRA: ¡Infortunada de mí! ¡La cosa es, pues, cierta! ¡Veo manifiestamente lo que me abruma! ORESTES: Si te conmueves por la desgracia de Orestes, sabe que su cuerpo esta encerrado en esta urna. ELECTRA: Permíteme, te lo suplico por los Dioses, ¡oh, extranjero!, tomar esa urna en mis manos, si él está encerrado en ella, para lamentarme por mí y por toda mi raza llorando sobre esas cenizas. ORESTES: Quien quiera que ella sea, vosotros que conducís esa urna, dádsela, porque no la pide con espíritu enemigo, sino que es de sus amigos o de su sangre. ELECTRA: ¡Oh, recuerdo de aquel que fue para mí el más querido de los hombres, lo solo que quedas de mi alma, Orestes, cuán diferente vuelvo a verte de lo que esperaba de ti cuando te hice marchar! ¡Porque, ahora, te tengo, cosa vana, entre mis manos, y te hice salir de esta morada, oh, hijo, todo resplandeciente de juventud! ¡Pluguiera a los Dioses que hubiese muerto cuando te envié a tierra extraña, habiéndote sacado con mis manos y salvado de la muerte! ¡Hubieras muerto aquel día y habrías tenido la misma tumba que tu padre! y he aquí que has
(^12) El focense en cuya mansión se había exiliado el joven Orestes. Sin duda también este nombre está
tomado deliberadamente en atención a su condición de parlante , que significa el que pone la zancadilla al contrario o el que va cercando al enemigo.
perecido fuera de la morada, miserablemente desterrado en suelo extranjero, y lejos de tu hermana. Y yo, desventurada, no te he lavado con mis manos, ni retirado esta lamentable carga del fuego voraz, como era justo. ¡Sino que, infeliz, has sido sepultado por manos extrañas, y vuelves, pesando poco, en una estrecha urna! ¡Oh, infortunada! ¡Oh, cuidados inútiles que tan frecuentemente te he prodigado con tan dulce fatiga! Nunca, en efecto, fuiste más querido para tu madre que para mí. Ninguna otra, en la casa, sino yo sola, era tu protectora, y me llamabas siempre tu hermana. Todo me falta a la vez en este día con tu muerte, y, como una tempestad, me lo has arrebatado todo al morir. ¡Mi padre ha perecido, yo soy muerta, tú no existes! Nuestros enemigos ríen; nuestra madre impía está insensata de gozo, porque me habías hecho anunciar frecuentemente que volverías como vengador. Pero un Genio, funesto para ti y para mí, lo ha deshecho todo, y trae aquí, en lugar en lugar de tu querida forma, tus cenizas y una sombra vana. ¡Ay de mí! ¡Oh, cuerpo mísero! ¡Ay! ¡Ay! ¡Oh, funesto viaje! ¡Ay! ¡Lo has hecho, oh, queridísimo, para perderme! ¡Sí, me has perdido, oh, hermano! Por eso, recíbeme en tu morada, a mí que ya no existo, para que, no siendo ya nada, habite conmigo bajo tierra. Cuando estabas entre los vivos, compartíamos el mismo destino, y, ahora que estás muerto, quiero compartir tu tumba, porque no creo que los muertos puedan sufrir. CORIFEO: Tú naciste de un padre mortal, Electra. Piensa en esto, Orestes también era mortal. Reprime, pues, tus gemidos demasiado prolongados. Todos tenemos necesariamente que sufrir. ORESTES (Hablando para si mismo.): ¡Ay de mí! ¡Ay! ¿Qué diré? No encuentro palabras, y no puedo ya contener mi lengua. ELECTRA: ¿Qué dolor te turba, que hablas así? ORESTES: ¿No es la ilustre Electra la que veo? ELECTRA: Ella misma, y bien desgraciada. ORESTES: ¡Oh, destino infelicísimo! ELECTRA: ¡Oh, extranjero! ¿Por qué te lamentas por nosotros? ORESTES: ¡Oh, cuerpo indignamente ultrajado! ELECTRA: Ciertamente, soy yo, no otra, la que tú compadeces, extranjero. ORESTES: ¡Ay! Tú vives desdichada y sin esposo. ELECTRA: Extranjero, ¿por qué lloras al mirarme? ORESTES: ¡Cuántos de mis males ignoraba todavía! ELECTRA: ¿Por qué palabras mías los has sabido? ORESTES: Te he visto agobiada por numerosos dolores. ELECTRA: Y, ciertamente, no ves sino poco de mis males.. ORESTES: ¿Cómo se puede ver otros más amargos? ELECTRA: Me veo obligada a vivir con asesinos. ORESTES: ¿De quién? ¿De dónde procede la desgracia de que hablas? ELECTRA: Con los asesinos de mi padre. Y me veo forzada a servirles. ORESTES: ¿Y quién puede forzarte a ello? ELECTRA: ¡Mi madre! Pero no tiene nada de madre. ORESTES: ¿Cómo? ¿Por la violencia o por el hambre? ELECTRA: Por la violencia, por el hambre, por toda clase de miserias. ORESTES: ¿y nadie viene en tu ayuda ni te defiende? ELECTRA: Ciertamente, nadie. No tenía más que un solo amigo, del cual me has traído las cenizas. ORESTES: ¡Oh, desgraciada, mucho rato hace que tengo compasión de ti!