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electra texto completo, Resúmenes de Técnicas de Expresión Gráfico-Plástica

electra texto completom para leer

Tipo: Resúmenes

2019/2020

Subido el 13/10/2020

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Eurípides
Electra
Escenario:Un campo en la frontera de la Argólida, cerca del río Inaco, en su parte
más alta. Una cabaña que es la casa de Electra.
Personajes:
Un campesino de muy pobre condición, supuesto esposo de
Electra, hija de Agamenón y Clitemnestra.
Orestes, hermano de Electra.
Pílades, amigo y pariente de orestes.
Coro de mujeres campesinas.
Clitemnestra, viuda de Agamenón.
Anciano, que fue ayo de Agamenón y vive como pastor.
Un mensajero que viene de Argos.
Los Dióscuros, Castor y Pólux, en calidad de deificados, hermanos de Clitemnestra
y Helena.
Criados, pueblo.
ELECTRA
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Eurípides

Electra

Escenario:Un campo en la frontera de la Argólida, cerca del río Inaco, en su parte más alta. Una cabaña que es la casa de Electra.

Personajes:

Un campesino de muy pobre condición, supuesto esposo de Electra, hija de Agamenón y Clitemnestra. Orestes, hermano de Electra. Pílades, amigo y pariente de orestes. Coro de mujeres campesinas. Clitemnestra, viuda de Agamenón. Anciano, que fue ayo de Agamenón y vive como pastor. Un mensajero que viene de Argos. Los Dióscuros, Castor y Pólux, en calidad de deificados, hermanos de Clitemnestra y Helena. Criados, pueblo.

ELECTRA

Cabaña de campesino en los confines de la Argólida, en la parte más alta de las riberas del Inaco. Comienza a clarear el día. CAMPESINO: sólo. ¡Vieja tierra de Argos, corriente del Inaco: de aquí fue desde donde partió antaño el rey Agamenón con mil bajeles hacia la tierra de Troya! Y allá mató al que reinaba en la tierra del Ilion, ilustre Príamo y conquistó aquella ciudad famosa de los Dárdanos. Y luego regresó a esta tierra nuestra de Argos y colmó nuestros suntuosos templos con abundantes despojos de aquella tierra bárbara. ¡Ay, y después de haber tenido tantas dichas, en su propia casa vino a morir en una trampa que su mujer misma le puso. Esa fue Clitemnestra, hija de Tíndaro y un hijo de Tiestes, Egisto, fue el que obró el asesinato del rey! Así murió, dejando el cetro de Tántalo. Y ahora Egisto impera en esta tierra y es dueño de la esposa que fue de Agamenón, la hija de Tíndaro. Cuando el mísero rey partió hacia Troya dejó un hijo varón, Orestes, y una muchacha ya bien crecida, Electra. Un anciano que había sido en otros tiempos intendente de la casa de su padre, pudo sustraer a Orestes de la muerte que contra él tramaba Egisto y lo fue a entregar a Estrofio, en la región de Fócida, para que lo criara. Electra se quedó en la casa de su padre. Cuando Electra llegó a la pubertad, ya estando casadera, fueron viniendo uno en pos de otro varios magnates de la Hélade a pedir su mano. Pero temeroso de que fuera a tener un hijo varón que resultara vengador de la sangre de su abuelo Agamenón, Egisto la negaba a todos y la retenía en casa. Ni eso le quitó el miedo. Pensaba que ella podría tener en secreto algún hijo de algunos de. los nobles de Argos. Quiso matar a la doncella, pero la madre, con todo y ser malvada, la escapó de las manos de Egisto. Para la muerte que obró en su marido, hallaba disculpa, pero temía hacerse aborrecible al pueblo, si mataba a sus hijos. Entonces urdió Egisto otro plan: al que matara al desterrado hijo de Agamenón le prometía una buena cantidad de oro, y a mí me dio a Electra como mujer. Claro que mis antepasados son gente de Micenas, y en este punto no hay quien pueda ponerme tacha alguna, pero, aunque ilustres por la raza, carecían de bienes de fortuna: con lo cual la nobleza se acaba. Cuanto menos poder tuviera el marido de esta joven, tanto menor sería el temor de Egisto. Porque si hubiera sido un hombre de posibles, de buena posición, una vez casado, traería a la memoria el viejo crimen y se propondría vengarlo: haría que la justicia cayera sobre Egisto asesino. Y yo soy esposo, como me ven -¡que me sea testigo Cipris!-, que no he tocado el lecho de Electra: permanece aún virgen. ¡No, yo no soy tan desvergonzado de tomar como mía a una hija de tan altos padres. siendo el que soy por mi nacimiento vil! Y lloro solamente al pensar que si mi cuñado, vamos a decir, regresa alguna vez a Argos, hablo de Orestes, con que amargura vería el enlace de su hermana. Y no me importa que me tengan por loco por conservar intacta a una virgen en mi hogar. Quien tal diga estará nutrido de máximas perniciosas para normar su conducta. El dicterio que me atribuye yo se lo retorno: el loco es él. Sale Electra de la cabaña con una tinaja para traer agua, sumamente mal vestida. ELECTRA: ¡Oh negra noche, nodriza de las áureas estrellas, veme cómo a tu sombra voy a traer agua al río portando esta ánfora sobre mi cabeza! No me abaten tanto los orgullosos excesos de Egisto contra mí, pero debo hacer que sean palpables ante los dioses. Y voy también a exhalar mis quejas ante mi padre en el inmenso éter. ¡Esa hija de Tíndaro, malvada, aunque mi madre sea, me arrojó del hogar paterno para congraciarse con su marido de ahora! Ya de Egisto tiene dados a luz otros hijos y Orestes, como yo, somos estorbo en su casa.

¡Oh si vinieras a librarme de los males que me aquejan -¡Zeus, Zeus, concédelo tú!-, y a vengar la paterna sangre horrendamente derramada! ¡Ya tu errante paso dirige a Argos! ' Deja su ánfora y se detiene para seguir su lamento. ESTROFA 2.-¡Baja ya de tu frente esa ánfora! ¡Lloré a mi padre por la noche; debo llorarlo ahora que se levanta el día! ¡Lamentación del Hades, ayes del Hades, padre, son los que elevo a ti en esta tierra hostil en que vierto gemidos y lágrimas! No hay día en que yo cese de llevar mi lamento y mi garganta amada rasgar con mis uñas y dar a mi cabeza los golpes que el dolor pone a quien se queja! ¡Es todo por tu muerte! iSi, tu cabeza hiere! ¡Sé como el cisne que con voz doliente, junto al agua que corre, lamenta a su padre que pereció atrapado en red de infamias y lo evoca sin cesar! Así soy yo, oh padre, lamento tus dolores, y me deshago en lágrimas! ANTISTROFA2._ ¡Baño final infausto en que tu cuerpo tu mismo colocaste; lecho de desventura en que la muerte te estaba acechando! ¡Ay de mi, ay de mi! ¡Cruel segur que te rindió, oh padre, cuando venías tú de haber rendido a Troya! ¡Trampa de horrores en que sucumbiste! ¡No con diademas, no con guirnaldas te esperaba tu esposa: era la espada de doble filo que preparaba Egisto! ¡Inaudita maldad y cobardía: ella te dio a la muerte y al matador lo acogió en su lecho! Entra el Coro de jóvenes campesinas. CORO. ESTROFA-Hija de Agamenón, oh noble Electra, llego a tu pobre mansión. Vino uno, ha venido uno de Micenas, que está viviendo en la montaña solamente nutrido de leche. Dice por voces de heraldo que ha de celebrarse en Argos una fiesta de tres días con sus sacrificios y deben ir allá todas las doncellas, a reunirse en el templo de Hera. ELECTRA: ¡Mi alma ya volar no puede a las estruendosas fiestas, ni busca los áureos collares! ¡No, yo no voy a las danzas con las jóvenes de Argos, ni bailará mi pie siguiendo el ritmo de la melodía! ¡Lloro yo toda la noche y lloro también mientras luce el día! ¡Ved mis cabellos hirsutos y manchados; ved los andrajos con que ando vestida. .. ¿ésta es la forma y éste el decoro que a una princesa de Argos compete?. ¿A la hija de Agamenón que pudo vencer a Troya? ¡Esa ciudad que eternamente ha de guardar la memoria de mi padre! CORO. ANTISTROFA-¡Grande la diosa es! ¡Voy a prestarte una túnica de bordados de oro y algunas joyas que hermoseen tu persona! ¿Estás pensando que puedan tus lágrimas ablandar a tus enemigos, si no te ven participando en las fiestas de los dioses? ¡No lágrimas, no gemidos, oh niña, son los medios de propiciar a los dioses, sino las plegarias que los doblegan a ti piadosos! ELECTRA: ¡Ningún dios mi voz escucha en medio de mis desventuras! Han olvidado los sacrificios que mi padre les hacía! ¡El murió y el hijo que vive, va errando por extrañas tierras! ¡Hijo de un padre glorioso, hoy en remotos países se sienta entre los criados y va vagando por el mundo! Y yo, en este humilde refugio entre los montes rocosos, voy arrastrando la vida, expulsada de mi real casa. ¡Mi madre comparte el lecho con el que mató a su esposo! CORIFEO: ¡Ah, qué de males y desventuras han sufrido los griegos a causa de esa Helena hermana de tu madre!

Aparecen Orestes y Pílades, con su séquito un poco alejado. ELECTRA: ¡Ah, por los dioses, señoras, tengo que cesar mis lamentos! Unos hombres extraños que estaban allí tendidos junto a la casa, se ponen de pie. ¡Vámonos, pronto: vosotras seguid el camino; yo me meteré a mi casa! ¡Pronto, muy pronto; puede haber peligro! ORESTES.-¡Quieta, infortunada: de mi mano nada temas! ELECTRA: ¡Febo Apolo, protégeme de la muerte! ORESTES.-¡A otros matar quiero más odiosos, no a ti! ELECTRA: ¡Vete, aléjate, no toques lo que no debes! ORESTES.-Y nadie hay que tenga mayor derecho de tocarte que yo. ELECTRA: ¿Por eso alzando la espada estás espiando mi casa? ORESTES.-Espera y oye. En breve dirás tú lo mismo. ELECTRA: Me doy, del todo me someto. Más fuerte que yo eres. ORESTES.-Vengo a traer un, recado de tu hermano. ELECTRA: ¡Gratísimo extranjero, está vivo o ha muerto? ORESTES.-Vive. En primer término te daré a conocer su fortuna. ELECTRA: ¡Que seas feliz por tus dulces palabras! ORESTES.-¡Sea para los dos realizado tu deseo! ELECTRA: ¿En qué tierra el desdichado las desdichas del destierro vive? ORESTES.-No en una sola ciudad está fijo en medio de su vagabundeo ELECTRA: ¿No le hace falta el sustentó diario para la vida? ORESTES.-Lo tiene, sí, pero el hombre en destierro es siempre enfermo. ELECTRA: ¿Y qué mensaje vienes a traerme? ORESTES.-De saber si estás viva, y qué condición de vida tienes. ELECTRA: ¡Pues lo estás viendo: mira mi cuerpo enflaquecido y escuálido! ORESTES.-Tan agotado por las penas que me haría sollozar su vista. ELECTRA: Y mi cabeza raída, cual si fuera yo una mujer escita. ORESTES.-¿Te muerde el alma acaso, la muerte de tu padre, la ausencia de tu hermano? ELECTRA: ¡Ay de mí! ¿Es que hay algo que más ame yo? ORESTES.-¡Ay!, ¿y para tu hermano piensas que haya algo más amado que tú? ELECTRA: Un ser amado ausente y lejano a mis ojos. ORESTES.-Y, ¿por qué en esta remota región habitas? ELECTRA: ¡Fui casada, extranjero, con boda que me mata! ORESTES.-¡Ay, pobre de tu hermano! ¿Con un vecino de Micenas? ELECTRA: ¡No el que mi padre me tenía señalado! ORESTES.-Cuenta. Ya te oigo; todo debo referirlo a tu hermano. ELECTRA: En esta apartada región estoy viviendo en su casa. ORESTES.-¡Casa de boyero, o de un rascatierras! ELECTRA: Pobre es el hombre, pero conmigo noble y piadoso. ORESTES.-¿Qué piedad hallas tú en tu esposo? ELECTRA: ¡Jamás ha osado subir a mi lecho! ORESTES.-¿Por voto a los dioses, o por creerte indigna de él? ELECTRA: ¡No juzga digno ultrajar a mis padres! ORESTES.-¿Es que tal matrimonio no le causa alegría? ELECTRA: Dice, extranjero, que el que me dio a él no tenía derecho alguno. ORESTES.-He comprendido. Teme la venganza de Orestes. ELECTRA: Cierto que teme, pero además es hombre sensato. ORESTES.-¡Ah, noble hombre indicas: tendrá su recompensa! ELECTRA: ¡Si alguna vez a casa regresare el hoy ausente!

Queda perenne sobre el pavimento de la regia mansión la negra mancha de la sangre de mi padre, en tanto su asesino se muestra ante la ciudad toda, aun usando la carroza misma que mi padre usó. Empuña altivo el cetro que en viejos tiempos dominaba en Grecia. De Agamenón la tumba, sin honor, sin decoro, queda sin los rituales libaciones, y ni siquiera las ramas de mirto vienen a adornarla. La pira, igual, sin ornato, sin gloria. Y sumergido siempre en embriagueces, el marido de mi madre -¡el glorioso varón, como le dicen!- va a bailar en la tumba de mi padre y apedrea el monumento y grita a voz en cuello contra nosotros: -" ¿Donde está tu hijo Orestes? ¡Que bien sabe cuidar tu tumba!" Y así en tu ausencia, de ti se está mofando. ¡Oh extranjero, yo ruego que le lleves todas estas noticias! ¡Todo lo llama en mí y en estas palabras vaya el llamamiento! ¡Mis brazos, mi lengua, mi desolado corazón, mi cabeza raída y aquél por quien nací! ¡Vergüenza para un hijo, cuyo padre muerto fue por frigios cobardes, y él ni un hombre en venganza matar ha podido! ¡Y joven es y sangre noble tiene! CORIFEO: Lo vi allá. Es tu marido -lo llamaré así- que ya regresa. Terminó su tarea. Regresa el campesino, esposo de Electra. CAMPESINO:¡Ah!, ¿y esos quiénes son? Unos extraños que miro a mis puertas. ¿Qué motivo han tenido para venir a mi pobre cabaña? ¿Por mí vienen? ¡Y una mujer hablando con los hombres, y jóvenes por más señas, no es cosa conveniente! ELECTRA: Amado mío, no pienses mal de mí. Vas a saber qué asunto estamos tratando: porque estos extranjeros han oído de Orestes un mensaje para traerlo a mí. Vosotros, extranjeros, dispensad sus palabras. CAMPESINO: ¿Qué dicen? ¿Está vivo y goza aún la luz del día? ELECTRA: Según su palabra, que parece veraz, está con vida. CAMPESINO: ¿Y recuerda los infortunios de su padre y los tuyos? ELECTRA: Es de esperarse. Pero en el destierro un hombre suele desmayar. CAMPESINO: ¿Qué mensaje de Orestes han traído? ELECTRA: Les dio el cuidado de indagar mis males. CAMPESINO: Vaya, unos los ven; otros, se los dirán. ELECTRA: Lo saben ya. Nada quedó sin darles a conocer. CAMPESINO: ¡Qué tiempo que esta mi puerta debiera haberse abierto para éstos! Salve, señores: entrad bienvenidos a esta casa. A cambio de gratas nuevas tendréis cuanto ella pueda otorgaros. (a los que vienen con Orestes).- ¡Criados, acá el equipaje de los señores. Metedlo a casa. Y no hay más que hablar. Venís como amigos, en nombre de un amigo. Pobre nací, lo sé, pero no con un corazón mezquino y voy a demostrarlo. ORESTES.-¡Por los dioses...! y ¿ese es el marido que no consuma la boda para evitar a Orestes el bochorno? ELECTRA: Es el que mi desgracia hace llamar mi esposo. ORESTES.-¡Ay, ser un buen hombre no tiene marca fija, y el desconcierto rige la humana progenie! ¡Cuántas veces he visto a un hombre que engendró un noble padre, pero él se muestra como criatura vil! Y vi, también, nacidos de padres sin valor ni estimación, hijos que llegan a mostrar su nobleza. Mil veces vi prudencia y sabiduría muy grande en un miserable y pobre cuerpo. ¿Para juzgar a un hombre que base escogería uno? ¿La riqueza? ¡Es un pésimo juez! ¿La pobreza? Tampoco. Es falaz y fuente de necesidad que induce al hombre al mal. ¿Las armas son criterio? ¿Qué, basta ver a alguno con su lanza para afirmar que es

valiente? ¡En confusión tan grande, es preferible dejar a la ventura y a lo imprevisto el juicio! Veis a este hombre. No era un grande en Argos. No se gloriaba de una bella mansión y alta alcurnia, y entre tantos, se descubre que es todo un noble. No tenéis discreción los que a la turba engañáis con argucias y falacias. Debéis juzgar a un hombre por la noble rectitud de sus costumbres. Gentes así edifican las ciudades y los hogares. ¿Un robusto y gallardo cuerpo? ¡Cuántas veces está vacío de seso y no es sino una estatua en medio de la plaza Y para resistir a la lanza, es igual brazo fuerte que brazo débil, con tal que haya en el pecho un ánimo esforzado: todo lo hace la bien dispuesta mente y un natural bien constituido. Tu acogida es digna del príncipe, al mismo tiempo ausente y presente, del hijo de Agamenón estoy hablando, por cuyo mandato hemos venido. Recibo con agrado tu invitación. Fuerza es, domésticos, entrar a esta casa que nos brindan. Para mi quiero, antes que un rico, un Pobre, que tenga un alma grande. Avaloro en extremo la acogida que este hombre nos hace en su hogar. ¡Cuánto quisiera yo que tu hermano, Va feliz un día, nos llevara a su feliz morada! ¡Puede eso suceder, que los oráculos de Loxias seguros son y yo me burlo de humanas, cavilaciones. Entran a la cabaña Orestes, Pílades y su séquito. CORIFEO: ¡Ahora conviene, Electra mejor que nunca regocijar y enardecer el alma con la alegría! ¿Quién sabe si depara para nosotros ya el destino una feliz etapa en nuestra vida? ELECTRA: ¡Ah, cómo puedes acoger a huéspedes tan altos en su alcurnia, cuando miras la escasez y miseria de tu hogar? CAMPESINO: Nobles dices que son y así se muestra. No importa la pequeñez y pobreza de nuestra casa: si nobles son, con ella han de ajustarse. ELECTRA: Pues siendo tan humilde como eres has errado así, ve luego a buscar al amigo de mi padre, al buen anciano que nutrió su infancia Lo podrás hallar en las cercanías del río Tanao, precisamente donde sirve de límite entre la tierra de Argos y la de Esparta. Allí apacienta sus ovejas desde el día en qué fue arrojado del palacio y aun de la ciudad. Ruégale que venga y que, de paso, de su hogar nos traiga algunos bastimentos para dar algo a nuestros huéspedes. Ha de sentirse feliz y ha de dar gracias a los dioses, cuando sepa que está vivo aquel niño que él mismo salvó un día. Del palacio de mi padre, en que mi madre reina, nada lograríamos. Amargo nos resultara llevar la noticia con que la desdichada supiera que aún está vivo Orestes. CAMPESINO: Pues si así te parece, iré al anciano y llevaré tu mensaje. Entra pronto a la casa y prepara lo que puedas. Muchas cosas hay que la mujer de improviso dispone cuando es urgente dar de comer. Por otra parte, bastante hay en casa para dar, aun saciando, a nuestros huéspedes el sustento de un día. Entra Electra. CAMPESINO: Cuando medito en casos como éste, caigo en la cuenta de lo que vale ser rico cuando hay que agasajar a un huésped, o cuando hay que atender a un enfermo. El pan de cada día bien poco cuesta: con igual parte queda saciado lo mismo el rico que el muy pobre. Se va el campesino. CORO ESTROFA 1.-¡Naves gloriosas que antaño subisteis a Troya, empujadas por innúmeros remos, y que ibais haciendo bailar a las Nereidas en la balanceada danza de las olas! ¡Fascinados los delfines al son de la flauta, giraban en torno de los grandes espolones de vuestras proas, sin fatigarse jamás!

Y... ¡qué veo en lo alto de la pira una oveja inmolada! ¡Su zalea era negra, aún fresca su sangre... y además, rubias crenchas! ¡Qué estático quedé! ¡Hija, qué hombre pudo del mundo entero venir a esta tumba? ¿Un vecino de Argos? ¡No! ¿Habrá regresado ya tu hermano acaso? Viene en secreto y él rinde homenaje al sepulcro del padre? Y ... ¡mira estos cabellos y compara con los que tu cabeza cubren! ¿No son iguales? ¿No tienen el mismo colorido? ¡Bien sabido es que los hijos nacidos de la misma madre tienen características iguales! ELECTRA: ¡Ay, anciano, razonas como un loco, si piensas que mi hermano hubiera recatado su presencia Para llegar a esta tierra por temor a Egisto! ¡Y tu, prueba. .. ah, tu prueba! ¿Crees que una cabellera que crece en los campos del deporte y se ejercita en viriles empresas, va a ser semejante a la que en el hogar, bajo el peine, se va suavizando? ¡No hay comparación! Y el color... oh, el color, mil veces lo encontramos semejante entre personas que ninguna liga de sangre tienen. ANCIANO: - ¡Vaya! Pon aquí el pie, marca tu paso y mira si la huella no es la misma que la de tu hermano. Tienen igual medida, hija mía. ELECTRA: ¡Ajajá! ¿Hallas tú huellas en un suelo de roca? Pero te lo concedo: ¿Crees tú que un hermano y una hermana puedan tener iguales huellas? ¡El pie del varón es más grande! ANCIANO: - ¿Y no reconocerías un manto que tu misma lanzadera tejió y él llevaba en su cuerpo el día en que yo pude escaparlo de la muerte? ELECTRA: ¿Pero tú sabes que era yo muy pequeña cuando a Orestes de esta tierra expulsaron? ¡Y una ropa de niño que para él tejí...! ¿La va a traer ahora? ¡Sólo que los vestidos crezcan con los cuerpos! Nada es pues de eso. Fue algún extranjero que se sintió movido de compasión e hizo esos honores a la tumba de mi padre... porque, él solo que estuviera en acuerdo con los espías... ANCIANO: - ¿Y dónde están ahora los extranjeros? Déjame hablarles, deja que les pregunte acerca de tu hermano. Se presentan Orestes y Pílades. ELECTRA: Aquí los tienes: con ligero paso salen de la cabaña. ANCIANO:-Nobles de raza, sí, pero no basta la apariencia. Cuántas veces un noble es un malvado. Pero no hay más. ¡Salud, señores míos! ORESTES.-Salud, anciano. Oye, Electra, ¿qué casta de amigo tienes en esta vieja reliquia de hombre? ELECTRA: Señor, es el que cuidaba a mi padre cuando era niño. ORESTES.-¿Qué? ¿Es el mismo que escapó a tu hermano de la muerte? ELECTRA: Y si vive, a él debe la vida. ORESTES.-¡Vamos...! y, ¿Qué me mira tanto? ¡Parece que está escudriñando las briznas de la plata! ¿Hay algo en mí que se parezca a otro? ELECTRA: ¡Quién sabe... y ahora al amigo de Orestes examina! ORESTES.-¡Su amigo sí...! Ya vuelve a verme a mí. ELECTRA: Señor, su conducta también me está alarmando. ANCIANO: - ¡Electra, niña, princesa mía... da gracia a los dioses! ELECTRA: ¿Por qué? ¿Qué bien les debo? ¡De ahora o de ayer? ANCIANO:-Por el amado tesoro que hoy te brindan los dioses. ELECTRA: ¡Vaya, invoco a los dioses...! Pero ahora, ¿qué estás diciendo, anciano? ANCIANO:-Velo ahora, hija mía: es el ser que más amas. ELECTRA: Estoy temiendo que has perdido el juicio. ANCIANO:-¿Perdí yo el juicio porque veo a tu hermano?

ELECTRA: ¡Anciano, qué palabras ...desvariadas las dices! ANCIANO:-¡Viendo a Orestes estoy, el hijo de Agamenón! ELECTRA: ¿Qué signo miras para que yo lo crea? ANCIANO:-Vele esa cicatriz que tiene junto a la ceja... es la herida que se hizo un día en la casa paterna cuando contigo iba corriendo tras un cervatillo. ELECTRA: ¡Qué dices, ah... sí, ya le veo la huella! ANCIANO:-¿Y aún así tardas en caer en sus brazos? ELECTRA: ¡Me convences, anciano... esta señal rinde mi alma...! Se echa a los brazos de Orestes. ELECTRA: ¡Ah, tras tanto tiempo al fin miro tu rostro... oh dicha sin igual! ORESTES.-¡Tras tanto tiempo mía! ELECTRA: ¡No, no lo creo! ORESTES.-Y ni yo lo esperaba. ELECTRA: ¿Eres hermano, eres tú? ORESTES.-¡Sí, lo único que te queda! (...laguna en el texto...) ORESTES.-Ya puedo retirar la red que había yo puesto. ELECTRA: ¡Lo creo ya! ¡Si la maldad de la justicia triunfa, habría que dejar de creer en los dioses! CORO: ¡Llegaste, llegaste al fin tanto tiempo anhelado día! ¡Luces y haces brillar, cual antorcha que se yergue sobre la ciudad, al salvador que retorna de su remoto destierro en que agotaba su vida, vagabundo y lejano de su hogar! ¡Un dios, sí, un dios es, amiga mía, quien nos trae la victoria! ¡Alza tus manos, alza tu voz! ¡Eleva tus plegarias a los dioses! ¡Con dicha con dicha viene tu hermano a la patria al fin! ORESTES.-¡Sea así! Estoy saboreando el deleite de tus dulces brazos y más tarde los gozaremos. Pero hay que obrar. Anciano, tú -pues has venido tan oportuno- dime qué debo hacer para castigar al que mató a mi padre y a mi misma madre, que al asesino se unió en nefando maridaje. ¿Tengo almas aún bien dispuestas en Argos, que muestren ser amigos? ¿O todo lo hemos perdido, como mi suerte arruiné? ¿Con quién puedo contar? ¿Iré de noche o de día? ¿Qué camino he de seguir para vengarme de mis enemigos? ANCIANO:-¡Hijo mío, ahora que estás en desgracia, no hay amigos para ti! ¡Qué raro es hallar a quien comparta con nosotros lo mismo la dicha que el infortunio! ¡Caído en la desventura tú, abismado en el dolor, a tus amigos de antaño se les fueron las esperanzas! Créeme: nada te queda, si no es tu brazo y tu suerte, si ansias recobrar tu casa y la ciudad que es tuya. ORESTES.-¿Cómo hacer para lograrlo? ANCIANO:-Matando al hijo de Tiestes y a tu madre. ORESTES.-¡Esa corona anhelo! ¿Pero cómo la alcanzo? ANCIANO:-No intentes acercarte a las murallas de la ciudad. ORESTES.-¿La escoltan acaso centinelas y lanceros? ANCIANO:-¡Lo entendiste! Y te temen y no duermen seguros. ORESTES.-Sea así. Tú anciano, propón un proyecto. ANCIANO: Óyeme ahora. Algo me viene a la mente. ORESTES.-Buen consejo formulas y yo me hago discreto. ANCIANO:-Cuando venía para acá pude ver a Egisto. ORESTES.-¡Precioso augurio! Y, ¿en qué lugares lo viste? ANCIANO:-Allá en aquellos campos, donde sus caballos pastan. ORESTES.-¿Qué hacía allí? ¡En mis desdichas voy viendo una luz!

ELECTRA: ...danos la victoria, si nuestra causa es justa. ANCIANO:-¡Sí lo es por cierto! Vengan la muerte de su padre. Se arrodillan los tres y golpean al unísono la tierra. ORESTES.-¡Padre, un crimen te llevó a los abismos de la muerte!... ELECTRA: A esta sagrada tierra que mis manos azotan... ANCIANO:-¡Ven, ven en auxilio de tus amados hijos! ORESTES.-¡Trae contigo a todos tus aliados muertos en la guerra! ELECTRA: Los que con sus lanzas a ti unidos avasallaron la Frigia. ANCIANO:-Y a todos cuantos ven con horror los crímenes nefandos... ORESTES.-¿Me oyes, oh padre, a quien mi madre atormentó? ANCIANO:-Te oye tu padre, sábelo, pero es tiempo de partir. ELECTRA: He de gritarlo ahora a voz en cuello: ¡Debe morir Egisto! Si caes tú en la batalla bajo mortal herida, muerta soy también yo, no pienses que yo viva. Con daga de dos filos traspasaré mi costado. Ahora, a mi casa entro y todo lo dispongo. Si la nueva me traen de tu victoria, prorrumpiré en gritos de alegría, pero si mueres, serán mis lamentos los que esta casa llenen. No digo más. ORESTES.-¡Todo lo sé muy bien! ELECTRA: ¡Para este hecho muestra que eres hombre! Se van Orestes y el anciano. Electra al Coro: ¡Mujeres, a vosotras os toca irme indicando los gritos del combate, y yo estaré en guardia con la daga en la mano. Si soy vencida, me sustraigo yo misma a la venganza de mis enemigos y no he de dar mi cuerpo a sus ultrajes! Se va Electra. CORO ESTROFA 1.-Una vieja leyenda rememora que por los montes de Argos iba bajando un día un corderuelo, a su amante madre arrebatado El dios Pan que protege los campos al son del caramillo vocinglero, modulaba un dulcísimo ritmo. Y a este canto conducía al cordero de vellocino de oro. Erguido en las gradas de piedra el pregonero proclamaba: "A la reunión, a la reunión de la plaza, hijo de Micenas! Venid a ver el presagio de felices reinados". Los coros en torno de la casa celebraban la grandeza de los Atridas. ANTISTROFA 1.-¡Con sus tapices de oro refulgían los santuarios: en todas la aras de la ciudad reverberaba el fuego! ¡Las flautas de loto, siervas de las Musas, soltaban a los vientos sus más bellas melodías! Cantaban los himnos al cordero de vellocino de oro y alardeaban de que era el don de Tiestes. El había seducido a la esposa de Atreo, a la que más amaba, y llevado a casa aquel precioso don. Y volvió a la asamblea y a proclamar se puso que el cornudo cordero tenía zalea de oro. ESTROFA 2.-¡Entonces, sí, entonces mudó Zeus los caminos de los astros y de la aurora de nevada frente! Caminaba al poniente la divina llama, Iban las nubes cayendo al rumbo de la Osa, y secas y lánguidas estaba las llanuras de Amón. ¡Ni gota de rocío, ni la bendita lluvia que manda Zeus! ANTISTROFA 2.-Dicen -poca fe le doy al dicho- que el sol de áureos rayos mudó su curso y causó al mundo una tremenda ruina, por la obra de un pobre ser humano. Estas leyendas son para el mortal tremendas, si de los dioses algún don espera. ¡No las sabías tú acaso pero al esposo matas, tú que eres la hermana de gloriosos hermanos! CORIFEO: ¡Ah, ah amigas...! ¿No oísteis un grito? ¿O acaso me domina la ilusión? ¡Parece el trueno con que Zeus estalla! Ahora el viento nos trae sones menos confusos. ¡Electra, mi señora: sal de tu casa! ELECTRA: Amigas, ¿qué hay? ¿Qué tenemos de la lucha?

CORIFEO: No sé más. Oigo el lamento de un muerto. ELECTRA: Lo oí también. De lejos, pero el mismo. CORIFEO: La voz era lejana, pero era muy precisa. ELECTRA: ¿Un hijo de Argos, o uno de los míos? CORIFEO: ¡Nadie sabe: en este hecho es pura confusión de voces! ELECTRA: ¿Debo morir yo entonces? ¿Qué estoy esperando? CORIFEO: ¡Espera, espera... sabremos tu suerte! ELECTRA: ¡No fue así. ..! ¡Me vencieron! ¡No hay un mensajero! CORIFEO: Vendrá más tarde. ¿Crees que es fácil matar a un rey? Llega un mensajero fatigado. MENSAJERO: ¡Victoria, victoria, vírgenes de Micenas! ¡ Orestes vencedor! ¡A todos sus amigos lo pregono! El verdugo de Agamenón, el vil Egisto, yace en tierra allí. ¡Gracias dad a los dioses! ELECTRA: ¿Pero quién eres? ¿Es tu anuncio fiel? MENSAJERO: ¡Y no lo adviertes tú... soy criado de tu hermano! ELECTRA: Espanto me domina, amigo mío, ni tu faz pude ver. Ahora sí te conozco... ¿Qué nos dices? ¿Ha muerto el asesino de mi padre? MENSAJERO: ¡Murió! Es esta la palabra que deseabas. ELECTRA: ¡Dioses, oh dioses, y tú Justicia, que con tu mirada abarcas todo...! ¡Llegaste por fin! Dime, en qué forma, con qué ardides mató Orestes al hijo de Tiestes. Ardo en deseos de saberlo. MENSAJERO: Cuando dejamos tu casa, fuimos subiendo por la ruta que da grandes sonidos, y llegamos al lugar donde estaba el rey de Micenas. En sus jardines que aguas vivas refrescan, andaba cortando mirtos para formar la guirnalda que iba a poner en su frente. Apenas nos vio, nos dijo: -Hola, señores, ¿de dónde? ¡Quiénes? ¿De qué parte llegáis y a qué? ¿De qué tierra sois? Orestes les respondió: De Tesalia somos. Vamos a las riberas del Alfeo para hacer sacrificios a Zeus, el dominador del Olimpo. Cuando oyó estas palabras respondió Egisto: -Hoy tenéis que quedaros y tener parte en mi convite. Toca la suerte que estoy matando un toro a honor de las Ninfas. Mañana, al comenzar el día, levantaos de la cama y ganaréis el tiempo que parece perdido ahora. Vamos, dentro de casa. Y, conforme hablaba, nos tomaba de la mano y nos iba introduciendo. ¿Habría quien se rehusara? Ya dentro nosotros, dio un grito: ¡Pronto, baños para los huéspedes, para que vengan ante el altar después de recibir sus rituales lustraciones! Orestes dijo a esto: -Limpios estamos. Acabamos de bañarnos en las límpidas aguas del río. Pero si los extraños pueden tomar parte en la ritual ofrenda ante el altar, estamos a tu orden, señor Egisto: nada rehusamos. Y así acabó aquella discusión. Los criados dejaron sus armas, y se pusieron a agasajar a los huéspedes recién llegados. Traían unos lebrillos, en que iba a caer la sangre de los sacrificios. Otros alzaban las cestillas. Otros encendían el fuego, y alrededor del hogar se guarnecían de calderos. ¡Qué rebumbio en esa casa! Tomó granos de cebada el amante de tu madre y los arrojó sobre el altar mientras decía: -¡Oh Ninfas del roquedal, que muchas veces ofrendar podamos yo y la señora de mi casa, hija de Tíndaro, sacrificios de toros en vuestras aras, vivos y felices, como lo somos hoy, en tanto el infortunio hiere a nuestros enemigos! ¡Claro es que allí pensaba en Orestes y en ti! Mi amo, en lugar de repetir esa plegaría, pedía recobrar el palacio de sus mayores.

Orestes, oh mi Orestes, orne tus dorados rizos esta cinta. No llegas acá tras haber corrido la carrera de seiscientos pasos en contienda vana: ¡vienes tras la muerte dada a nuestro enemigo, el que asesinó a tu padre y mío! Y tú, Pílades, muestra de educación que aquel hombre daba, el más piadoso de los hombres, mi padre, recibe esta corona de mi mano, como que tú igual parte que mi hermano tuviste en esta lucha. ¡Que siempre seáis felices y que a mi vista estéis! ORESTES.-Antes que todo, hermana, piensa en que los dioses son la fuente y el poder de mi feliz fortuna. No me des otra alabanza que la de haber sido un servidor de los designios de los dioses y de la suerte. Vengo ahora no con palabras, sino con hechos: maté a Egisto: para que sea evidente, aquí tienes su cadáver que te traigo. Si te place, arrójalo a las fieras para que lo devoren, o atado a un palo, ponlo como presa a los buitres, hijos de los aires: hoy es tu esclavo quien fue tu tirano. ELECTRA: Me da vergüenza, y sin embargo, he de decirlo... ORESTES.-¿Qué es? Di. De temores estás libre. ELECTRA: Hacer ultraje a un muerto me acarrearía ignominia. ORESTES.-Nadie habría que tu acción vituperara. ELECTRA: La ciudad toda está mal dispuesta y es amante de habladurías. ORESTES.-Di lo que te parezca, hermana mía, pero entre nosotros y ese hombre hay una guerra sin cuartel y sin tregua. ELECTRA: ¡Será así! ¿Con qué injurias, oh infame, baldonarte? ¡Con qué comienzo, con qué acabo y qué pongo en medio? Cada día meditaba con qué dicterios habría de herir tu rostro en el día en que yo estuviera libre de temores para hacerlo. ¡Y ahora libre estoy de esa atadura, y tengo que decirte lo que te hubiera dicho, si hubiera podido, cuando tú vivías. ¡Mi ruina fuiste tú y dejaste privados de su padre a mi hermano y a mí! ¿Qué mal que te habíamos hecho? Y después te enlazaste con mi madre en vergonzosa unión. Y mataste al comandante en jefe del ejército de la Hélade toda cuando fue a Frigia: ¡allá donde no fuiste capaz de ir tú, por cobarde! Y en tu locura sin medida aún pensabas que mi madre era mujer sin tacha, cuando tú habías maculado el lecho santo de mi padre. Necio es el hombre que un hogar invade y con mujer ajena se entrelaza, si está pensando que le será fiel. Si con ella más tarde se casa, ha de tener en cuenta que la misma fidelidad que le guardó al marido ha de guardarle a él. Miserable eras tú, pues lo ignorabas. Nadie engañarse pudo: tú sabías que tu mujer había sido una pérfida que maculó las leyes del matrimonio augusto: ella sabía que tú eras el asesino impío de su marido. Ambos estabais ya tan pervertidos que encubrían mañosos, tú tu injusticia a ella, y ella a ti, su infamia. Todos los de Argos así lo entendían. Nadie dijo jamás sino el marido de Clitemnestra, y nadie chistó nunca la mujer de Egisto. Y es vergonzoso, en suma, que la mujer rija los destinos de una casa real y el hombre no. Y me vuelvo loca de indignación yo cuando oigo que a los niños los llaman los hijos de la madre, y no del padre que los ha engendrado. ¡Pobre hombre, si se casa con mujer de alta alcurnia: el marido es nada; todo lo es la mujer! Fuiste tonto, y por eso hacías alarde de ser alguien en Argos. Como eras rico. Pero la riqueza es bien muy pasajero: por brevísimo tiempo la tenemos. Lo que vale es una índole que dura: no la riqueza. Esa alma grande a todo mal resiste perpetuamente y lo vence. Pero el caudal, y más cuando es injusto, y el poder del malvado, juntamente, vuela de casa y luce un tiempo breve.

Virgen soy yo. No quiero hablar de tu conducta con las mujeres, que no es propio eso de mi condición. Callo entonces, pero en veladas frases algo debo decir. Nada en respeto tú tener pudiste. Como eras el regente en el palacio, como eras, según tú, de bello porte, te sentías muy pagado de ti mismo. ¡No, el marido que quiero, no ha de ser un varón con cara de niña, ha de ser hombre en todos los aspectos! Los hijos de ese padre serán ardientes para la guerra, y los del buen mozo, solamente servirán para adornar los coros en las danzas. ¡Maldito... sí, maldito! ¡Se descubrió tu inepcia, caíste al fin al lazo y pagaste la justa pena! ¡No haya nunca un malvado que, por haber vivido la mitad del curso de su vida en uso de dominio y villanía, ya se juzgue seguro y vencedor de la Justicia. Hay que esperar que llegue aquel crítico punto en que la vida se divide de la muerte! CORIFEO: ¡Tremendas cosas obraste! ¡Terrible fue tu venganza! Pagados estáis los dos. ¡Tiene gran fuerza la Justicia! ORESTES.-Vamos, esclavos, el cuerpo adentro. Y bien puesto en la .oscuridad. ¡No debe verlo mi madre, ahora que viene acá, antes de que se le dé el golpe! Meten el cuerpo de Egisto a la casa y se oye que llega el carro de Clitemnestra. ELECTRA: Alto. Otra cosa hay que ver ORESTES.-¿Qué es? ¡Veo venir algún auxilio de Micenas?. ELECTRA: ¡No! Es la que me dio a luz, es la que me crió. ORESTES. - ¡Ah, qué bella carroza, qué ropas tan ricas! ELECTRA: Bien hace en eso. Bella y engalanada para que mejor la atrape. ORESTES.-¿Qué hacemos? ¡Es mi madre! ¿Y tenemos que matarla? ELECTRA: ¡Ya te domina la compasión cuando la miras! ORESTES.-¡Ay. ay! ¿Como matarla? ¡Si ella me dio la vida, si ella me crió en sus brazos! ELECTRA: Y ella arrancó la vida a tu padre, que es mío. ORESTES.-¡Febo, oh Febo... qué loco oráculo el tuyo! ELECTRA: ¿Yerra Apolo?... ¿Dónde hay saber, entonces? ORESTES.-¡él me mandó la muerte de mi madre...! Algo sin igual! ELECTRA: Para vengar a tu padre. ¿Qué malo hay en ello? ORESTES.-¡Era yo puro: hoy seré matricida! ELECTRA: ¡No vengues a tu padre: serás sacrílego! ORESTES.-Mi madre ha de pedir venganza de su muerte y me impondrá , explicación, ELECTRA: Y, no vengado mi padre, ¿no serás castigado? ORESTES.-¿No sería un numen funesto el que me habló en el nombre del dios? ELECTRA: Y en el trípode sacro... ¿quién ha de creerlo? ORESTES.-Pues digo yo que el oráculo yerra. ELECTRA: No abatas locamente tu valor, Orestes. Anda, la misma red que mi madre puso a mi padre, pónsela tú. Así mató a su esposo ayudada de Egisto. ORESTES.-Voy dentro. Es tremendo el hecho y más tremendo obrarlo. ¡Así lo quisieren los dioses, sea así! ¡Qué amargura y qué repugnante una lucha así! Se meten a la casa Orestes y Pílades. Llega Clitemnestra acompañada de sus lacayos de Argos y muy hermosamente ataviada. CORO: ¡Noble reina de los argivos hija de Tíndaro, hermana de los dos hijos de Zeus, entronizados ahora en medio de los brillantes astros en el éter inundado de llamas y que dan a los mortales afligidos en los mares la señal de salvación! ¡Te venero, te celebro, por tu poder, por tu riqueza, ya que eres semejante a los dioses de eterna dicha! Es el momento, oh reina, de defenderse de la suerte! ¡Vivas, oh reina, vivas! Baja de su carroza Clitemnestra.

héroes de Grecia, y aún tienes la desfachatez de decir que lo haces por vengar a tu hija. ¿Habrá quien te conozca más que yo? No había sido planeada la muerte de Ifigenia; aún no acababa de dejar la mansión regia tu marido, cuando tú corrías al espejo para arreglar los rizos de tu áurea cabellera... ¡Una mujer que, al partir el esposo, ya está ataviando y acicalando su hermosura, no es mujer honesta! ¿Para qué hermosear su faz y su persona, si no tiene en la mente malos fines? Y yo, yo soy la única en saberlo entre todas las mujeres de la Grecia. Cuando se referían triunfos troyanos, tú eras la única que te regocijabas. Y cuando se decía que iban triunfando los griegos, tu vista se nublaba, te ponías triste. ¡Es que ansiabas que Agamenón jamás regresara de Troya! Di cuanto quieras, razona cuanto quieras... ¡Tú tenías un marido que vale mil veces más que Egisto! ¿No ves que Grecia entera lo puso al frente de sus ejércitos? ¡Las malas obras de tu hermana Helena grande gloria te estaban anunciando: es que el mal que se obra es como un contraste necesario para ser virtuoso. Pero ya lo concedo. Mi padre mató a su hija. Es lo que alegas. Y yo y mi hermano, ¿qué males te habíamos hecho? A su padre les matas y, ¿qué razón hubo para que no les dieras su casa, su morada, que era de ellos? ¡La diste a tu amante, para comprar la dicha falsa que él te prometía: ese fue el precio del nefando crimen! Y ese tu esposo nuevo jamás pasó al destierro para pagar el destierro de tu hijo. Y no paga mi muerte, esta mi muerte, dos veces más dura que la de mi hermana Ifigenia. Ella murió y a mí, muerta me tienes viva. ¡Muerte por muerte pide la Justicia: matándote a ti mi hermano y yo, vengar podemos la muerte de nuestro padre! ¡Justa es aquella muerte -tú lo has dicho- también justa es esta! Y quien atiende al oro y a la altura para casarse, es loco. ¡Nada hay tan bello como un hogar modesto que atesora una esposa leal! CORIFEO: Tomar mujer la vida, como quien juega dados, es la ruina del hombre: unos logran la suerte, y otros la desgracia. CLITEMNESTRA: Tu amor hacia tu padre es siempre ardiente. Nada más natural. Unos hijos son amantes de su padre, y otros aman más a la madre. Te lo perdono, hija, que no puedo gloriarme de mis hechos, ¡Ah, pero cuan sin baños, cuan sin ropa te estoy mirando y casi sin tener en qué dormir! ¡Pobre de ti!, ¿cuál fue mi pensamiento que, por odio a tu padre, te he tratado tan mal, llevando a estos extremos mi a enojo! ELECTRA: ¡Muy tarde lo deploras cuando es ya irremediable! Murió mi padre, pues... ¿Pero a mi hermano, ha tanto tiempo desterrado, por qué no haces que al hogar regrese? CLITEMNESTRA: Tengo miedo. Cuido de mi misma más que de él. Dicen que está airado por la muerte de su padre. ELECTRA: Y, ¿cómo no, si tienes un marido que es nuestro adversario? CLITEMNESTRA: Esa es su índole. También tú me aborreces. ELECTRA: Es que padezco. Mas cesará mi enojo CLITEMNESTRA: También Egisto para ti será menos duro ELECTRA: ¡Piensa muy alto! ¡Como que detenta mi propio hogar! CLITEMNESTRA: ¿Lo ves? Tú misma resucitas rencores. ELECTRA: Guardo silencio. Creo que tan justo es como yo lo soy. CLITEMNESTRA: Deja ya esas palabras. Y, ¿a qué me llamaste? ELECTRA: Lo sabes ya, según creo: que he dado a luz ha poco... ¿No quieres tú ofrecer el sacrificio purificatorio del décimo día por este niño? Tú sabes que lo ignoro, como que nunca había tenido hijos. CLITEMNESTRA: Ese rito le toca a la partera.

ELECTRA: Es que yo sin su ayuda tuve al niño. CLITEMNESTRA: ¿No hay amigas cercanas a tu casa? ELECTRA: De quien es pobre, nadie quiere ser amigo. CLITEMNESTRA: Iré pues. Entro ya. Yo ofreceré ese sacrificio que se manda hacer por un niño al cumplirse los días. Iré después al campo de las Ninfas a unirme a mi marido que les hace también un sacrificio. Llevad, criados, la carroza a casa. Deteneos allí y cuando sea tiempo, regresaréis por mí, que yo tengo que ir con mi esposo. Se van los criados con la carroza. ELECTRA: Entra a esta pobre casa y ten cuidado de que el hollín no manche tus vestidos. Vas a rendir a los dioses la ofrenda que ellos piden. Entra Clitemnestra a la casa. ELECTRA: Preparada está la cesta y bien filosa la daga. La cuchilla que inmole al toro ha de inmolarte a ti. ¡Aun en la mansión del Hades estarán unida a ese esposo con quien compartiste el lecho aquí en la región de la luz! Ese es el favor que te concedo en tanto que tú me dejaste privada de mi padre. Entra Electra. CORO: ¡Vicisitudes del infortunio! ¡Mudaron su curso los vientos que azotaban esta mansión! ¡Fue antaño mi rey, mi rey amado el que caía herido en el baño! ¡Un grito resonó en las bóvedas de aquel palacio! Ah, desdichada, mujer, ¿me vas a matar? ¿Hoy que tras largos diez años he regresado al hogar? ANTISTROFA-¡Ahora la Justicia hace venir a la mujer que quebrantó su vínculo conyugal! ¡Ay, cuando su esposo llegaba en retorno, tras una larga ausencia a ese bello palacio, a esos muros que los Cíclopes mismos edificaron hasta la altura de los vientos! ¡Con una hacha de doble filo, la miserable, a su esposo asesinó! Con su mano tomó el hacha, con su propia mano de esposa. ¡Su esposo era: no importa la injuria que le hubiera hecho! ¡Como leona carnicera que merodea por los montes, así ella perpetró su crimen! CLITEMNESTRA: (dentro).-¡Hijos, por los dioses, no matéis a vuestra madre! CORIFEO: ¿Habéis oído el clamor? CLITEMNESTRA: ¡Ay, ay de mí! CORIFEO: ¡Gimo yo también: sus hijos la han vencido! CORO: ¡Cierto es: Un dios hace justicia cuando lo marca el destino! ¡Qué lamentable es tu suerte! Pero, ¡qué horrible tu crimen! ¡Miserable que mataste a tu esposo! Orestes y Pílades entran de nuevo. Una máquina de artificio saca los dos cadáveres: Clitemnestra y Egisto. CORIFEO: ¡Vedlos allí: son los dos matricidas empapados en sangre! Salen de casa ahora y traen como un trofeo abominable muestras de su fiereza. ¿Donde se vio una cosa con más cruel destino que la casa de Tántalo? ¡Va la suerte funesta dominando a su prole! ESTROFA 1. ORESTES.-¡Tierra, Zeus inmortal que veis cuanto hacen los hombres: ved estos ensangrentados despojos... ¡yacen al fin en tierra estos aborrecidos y a mi mano cayeron para expiar sus crímenes y las desdichas que yo he soportado! (Laguna en el texto) ELECTRA: ¡Lágrimas infinitas hay que llorar ahora, hermano, hermano mío... que la causa yo fui! ¡El fuego del encono quemaba mis entrañas, ay de mí, infeliz, contra aquella que me dio la vida!