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Álvaro Artiga González1 Enfoques para el estudio de los sistemas de partidos Este artículo persigue difundir algunos de los enfoques teóricos que se utili- zan en la ciencia política contemporánea para el análisis de los sistemas de partidos. Incluyo, en primer lugar, una breve discusión en torno a la noción de sistema de partidos para mostrar que su estudio no equivale al que considera a los partidos políticos como unidades de análisis. Ambos campos de interés cons- tituyen ámbitos diferenciados en los estudios politológicos, No pretendo ser ex- haustivo en esta presentación sino más bien extensivo. Me interesa mostrar la diversidad de enfoques y objetos de interés en cada caso. 1, ¿Qué es un sistema de partidos? Según el politólogo. italiano Stefano Bartolini un sistema de partidos “es el resultado de las interacciones entre las unidades partidistas que lo componen; más concretamente es el resultado de las interacciones que resultan de la compe- tición político-electoral” (Bartolini, 1994, pp. 218-219). Interacciones, partidos y competición político-electoral son elementos clave en esta definición que goza de un amplio consenso en la comunidad politológica internacional. De esta defi- mición se desprenden varios puntos de análisis, puesto que pueden existir distin- tos modelos de interacción partidista que dan origen a distintos sistemas de partidos. A parte de los procesos de gestación y cristalización de los sistemas de partidos (Bartolini, 1994; Lipset y Rokkan, 1992), Mella (1997) señala como temas de estudio: las clasificaciones o elaboración de tipologías y el cambio en los sistemas de partidos. En términos más específicos se puede indagar sobre los elementos que caracterizan a los sistemas partidistas como el número de parti- dos, su fuerza electoral, la distancia ideológica, la forma de competencia electo- ral, su actitud frente al sistema político, etc. (Bendel, 1993a; Blondel, 1990; Nohlen, 1994; Sartori, 1992). Si bien la definición de Bartolini deja fuera el problema de los “sistemas” de partido único, permite considerar los sistemas de partidos en el contexto de regíme- 545 nes autoritarios que toleran algún tipo de competencia electoral, como los regí- menes prevalecientes en Centroamérica antes de 1979. El tránsito de un régimen semi-competitivo a otro competitivo puede resultar interesante para estudiar la transformación de los sistemas partidistas toda vez que éstos resultan de la competición político-electoral. Cuando ésta se encuentra determinada por el tipo de régimen político, la necesidad de considerar la relación régimen-sistema de partidos surge como una consecuencia lógica. Por otra parte, la adopción de esta definición posibilila adentrarse en el estu- dio de sistemas de partidos no estructurados, a los cuales haré referencia con el término “fluidos””, De hecho, Bartolini (1994, p. 233) señala lo que podrían ser indicadores de la fluidez de los sistemas de partidos (aunque él no los denomina así) cuando constata que: “Frente a sistemas partidistas increíblemente estables 'en el tiempo existen otros caracterizados por una notable inestabilidad de la fuerza electoral de sus unidades, es decir, por un elevado nivel de volatilidad electoral, por la presencia de partidos “flash”, por la frecuencia de partidos que resultan de la fusión de otros partidos o de su división y también de fenómenos de desapari- ción de determinados partidos”. En un similar sentido se ha pronunciado Cerdas (1995, p. 19) al estudiar los partidos políticos centroamericanos porque para él: “más allá de ciertos partidos que han logrado algún grado de permanencia y continuidad, las formaciones partidarias y las coaliciones políticas en toda la re- gión, tienden a caracterizarse por su fluidez y transitoriedad. La constante aparición de nuevas agrupaciones políticas, la formación de alianzas y su subsecuente desa- parición, para ser sustituidas por otras nuevas, forma parle de un proceso que se encuentra apenas en la etapa de gestación de un verdadero sistema de partidos”. He dicho que Cerdas se ha pronunciado en un similar sentido que Bartolini porque aunque ambos señalan el mismo problema en los partidos políticos, para el primero es un problema de “gestación de un verdadero* sistema de partidos” mientras que para el segundo es un problema que presentan algunos de los que ya son sistemas de partidos. Desde una concepción “etapista”, Sartori (1990) se ha referido a un estadio de consolidación estructural de los sistemas de partidos que para el caso euro- peo habría tenido lugar en la década de los años veinte, No niega entonces la realidad sistémica de los que no son sistemas estructuralmente consolidados pero introduce una distinción en el modo de considerarlos una vez que los siste- mas partidistas han superado el umbral de la estructuración. Para él, desde ese momento, los sistemas de partidos deben ser estudiados como variables indepen- dientes que se mantienen por su propia inercia y que es mejor indagar sobre sus efectos en el sistema político. 546 binado con frecuencia entre sí, dando lugar a configuraciones de alianzas entre grupos sociales muy diferentes las unas de las otras, y a la pluralidad y diversi- dad de los sistemas partidistas europeos (Bartolini,1994, pp. 221). En este senti- do, además de la identificación de líneas de conflicto es importante considerar la TRADUCCIÓN POLÍTICA de esas líneas de ruptura ya que alguñas emergen y otras no en la configuración del sistema de partidos, y unas emergen con más O menos fuerza y profundidad que otras. Lógicamente, como lo sostiene Bartolini (1994, p. 223), según fa complejidad (número y tipo) de las estructuras de las líneas de ruptura, los sistemas de partidos pueden ser: (a) homogéneos: cuando el sistema. se estructura sobre la base de una línea de ruptura predominante, y (6) complejos: cuando reflejan una superposición e intersección de numerosas líneas de ruptura. Otra consecuencia que se deriva de esta perspectiva tiene que ver con el llamado CONGELAMIENTO de los sistemas de partidos en Europa, expresado sobre todo por la estabilidad de los lineamientos electorales entre 1920 y 1970. En la medida en que los sislemas de partidos, y los partidos mismos, han refor- zado la naturaleza e identidad de las fracturas históricas, en esa medida han perma- necido congelados”. Dicho de otra manera, “en países con tna ya larga trayectoria político partidista y de elecciones libres y competitivas se ha podido sostener y probar que los fuctores de alineamiento de los públicos votantes son relativa- mente constantes y alcanzan cierta fijeza, la cual termina por ser característica de los respectivos sistemas políticos partidarios” (Bustamante, 1991, p. 27). Ahora bien, la permanencia o predominio de ciertos clivajes no garantiza la permanencia o predominio de los partidos y sistemas “montados” sobre esos clivajes. Es necesaria una traducción política de esos clivajes en forma de alianzas entre los grupos involucrados. En la medida en que estas alianzas varíen, los sistemas de partidos pueden sufrir transformaciones. La mayor frecuencia con que dichas alianzas varíen puede generar un estado de continuas modificaciones del sistema partidista. De esta forma, en lugar de tener un CONGELAMIENTO del sistema, podemos estar ante un caso de FLUIDEZ del mismo. Siguiendo este razona- miento es posible pensar que, aún cuando los grupos involucrados en las alian- zas cambien, el tipo de alianza puede continuar siendo el mismo, en la medida en que la línea de división que sirve de base mantiene su importancia, Es posible sostener teóricamente que un sistema de partidos presente fluidez a pesar de la persistencia de las líneas de ruptura predominantes. La fluidez puede encontrar su explicación en el paso o traducción de una línea de ruptura a partido político. Incluso puede sostenerse la posibilidad de que distintos partidos políticos compitan sobre las mismas líneas de ruptura, es decir, que distintos partidos políticos expresen un mismo, o una misma alianza de clivajes. Lo cen- tral para explicar la fluidez de los sistemas de partidos estaría pues en el por qué aparecen y desaparecen partidos sobre una misma estructura de clivajes, 548 2,2, Desarrollo político y partidos Uno de los enfoques que más ha impregnado a las ciencias sociales desde la década de los años cincuenta ha sido la teoría del desarrollo o de la moderniza- ción. Una corriente importante de la ciencia política se ha apoyado en ésta para explicar el surgimiento o la estabilidad de los regímenes democráticos. Es harto conocida y debatida, en el ámbito académico, la correlación entre desarrollo socio- económico y democracia*, Sin abandonar este enfoque, autores como Huntington no comparten la explicación socioeconómica de lo político y adoptan explicacio- nes políticas de lo político”. Huntington, en concreto, trata de desligar la moder- nización (socio-económica) del desarrollo político. Éste consiste en la institucionalización de organizaciones y procedimientos políticos (Huntington, 1992, p. 176)". Éstos pueden, o no, ser democráticos y su nivel de instituciona- lización puede ser medido por su adaptabilidad, complejidad, autonomía y coheren- cia. Cuanto mayores niveles de estas características presenten las organizaciones y procedimientos políticos, mayor es su nivel de institucionalización y, por tan- to, su desarrollo, Menores niveles de aquellas características pueden llevar a una situación de deterioro y decadencia política. Este enfoque puede resultar también de gran utilidad cuando el problema de la estructuración/fluidez de los sistemas de partidos se ve como un problema de institucionalización. Desde esta perspectiva, se puede ubicar a los sistemas obje- to de estudio a lo largo de un “continuum” de desarrollo político y, midiendo los niveles en que se presentan las características mencionadas en el párrafo ante- rior, podría compararse los distintos casos. De hecho, algo semejante es lo que hacen Mainwaring y Scully (1995) cuando estudian la institucionalización de los sistemas de partidos para algunos casos latinoamericanos" . Para ellos, un sistema de partidos institucionalizado implica estabilidad en la competencia entre partidos, la existencia de partidos con raíces más o menos estables en la sociedad, la aceptación de los partidos y de las elecciones como instituciones legítimas que deciden quién gobierna y, finalmente, organizaciones partidistas con normas y estructuras razonablemente estables (Mainwaring y Scully, 1995, p. 1). Estudiando estos cuatro aspectos, los autores mencionados distinguen dos tipos de sistemas partidistas según sea su grado de institucionalización: (a) sistema de partidos institucionalizado, (b) sistema de partidos menos institucionalizado (“inchoate party system”). A estos dos tipos agregan una categoría residual que llaman sistema de parti- do hegemónico en transición'?, Dado que están más interesados en las conse- cuencias que para la consolidación democrática tiene la institucionalización de los sistemas de partidos, los autores no entran en el problema del cómo institucionalizarlos, o dicho de otra forma, aj problema de qué es lo que mantie- ne a algunos sistemas partidistas en estado “incipiente”. Si uno no quiere que- 549 (c) proclividad poliárquica: donde “la política, sesgada por el déficit históri- eo institucional, adquiere caracteres personalistas que, sin embargo, se ve contrabalanceada por el sistema de partidos que desempeña un rol bastan- te activo en el nuevo régimen democrático”. (d) dificultad poliárquica: caracterizada por la “escasa capacidad de un tradi- cionalmente débil sistema de partidos para neutralizar los liderazgos caudillistas que alcanzan ciertas colas de institucionalización y de apoyo social”. Alcántara aplica su esquema a los casos centroamericanos, En este sentido, además de los cuatro puntos señalados considera necesario tomar en cuenta el contexto internacional porque, para él, “las fuerzas políticas presentes a partir de 1980 adoptaron en su marco de referencia, tanto ideológico como práctico, cuál era su posición frente a los socios externos, gravitando decisivamente esta toma de postura en la estrategia del partido a seguir” (Alcántara, 1996, p. 40). Los socios externos que él identifica eran: Estados Unidos, Cuba y las “familias partidistas internacionales europeas”. 2.4. Élites y sistemas de partidos Al estudiar la génesis del sistema de partidos español, Gunther, Sani y Shabad (1986) parten de la premisa de que el sistema partidista que emerge de la transi- ción fue consecuencia de decisiones conscientes tomadas por las élites políticas. Decisiones condicionadas por el contexto social, político e histórico en medio del cual, las élites harían cálculos y adoptarían determinadas estrategias sobre los grupos sociales a movilizar y los problemas a enfatizar. Las características concre- tas del sistema de partidos no estaban definidas de antemano y las alternativas elegidas en varias coyunturas cruciales condicionaban tas decisiones en etapas posteriores. Sobre la base de potenciales conflictos políticos (de clasc, religión o región), las élites debían tomar también decisiones sobre la imagen de los res- pectivos partidos, sobre la mejor estructura organizativa para penetrar en la so- ciedad y sobre el establecimiento de lazos con organizaciones secundarias. Para Gunther, Sani y Shabad, la importancia del rol de las élites varía según se trate de sistemas de partidos institucionalizados y sistemas de partidos en gestación. En el primer caso, el electorado sería menos maleable puesto que ha- brían vínculos partidistas a nivel de masas. En el segundo caso, las cosas son diferentes. Gunther, Sani y Shabad (1986, p. 443-444) postulan que “en el pro- ceso de creación de un nuevo sistema de partidos, especialmente cuando el mismo está acompañado de un cambio de régimen, los valores políticos y preferencias de la población sólo sirven para establecer parámetros generales. Dentro de és- tos, el balance de fuerzas viene determinado de un modo más directo por las élites políticas”. 551 Por otra parte, la polarización y la inestabilidad no sólo de los sistemas de partidos sino incluso del sistema político en general, también puede explicarse a partir del comportamiento de las élites. La probabilidad de que se de un sistema agudamente polarizado y potencialmente inestable, dicen Gunther, Sani y Shabad (1986, p. 9-10) es alta cuando las élites perciben la competición como una activi- dad llena de riesgos inaceptables, cuando ven en el compromiso algo pernicioso y degradante, o entienden la política como un juego suma-cero, Si tas élites de los partidos conciben la política como una cuestión de vida o muerte, es muy proba- ble que con su influencia sobre el electorado refuercen el nivel de polarización a nivel de masas. Por el contrario, si las éfites partidistas buscan y practican con- sensos y compromisos, la moderación se abre camino. Dos condicionamientos políticos (institucionales) ante los que se enfrentan las élites partidistas son: el SISTEMA ELECTORAL adoptado y la FINANCIA- CIÓN de los partidos. En relación al primero, Gunther, Sani y Sbabad (1986, p. 46-47) dicen que “en un sistema de partidos en fase de formación, la “subrepre- sentación” o “sobrerepresentación” de los partidos tiene especial trascendencia y afecta notablemente a su capacidad para sobrevivir hasta la siguiente confronta- ción electoral”. En otras palabras, los efectos reductores y desproporcionales de los sistemas electorales pueden determinar la suerte de algunos partidos y, en general, coadyuvar a la configuración concreta del sistema partidista, En contex- tos de polarización podría hipotetizarse que al castigar a los partidos menores y premiar a los grandes partidos, los sistemas electorales pueden reforzar la polari- zación que generan precisamente los grandes partidos. En cuanto a la financiación, los autores citados dicen que: “si, como en el caso español, las actividades de los partidos son parcialmente financiadas con cargo al presupuesto del Estado, la fórmula mediante la cual esos fondos son asignados puede resultar decisiva para que un partido vaya a la bancarrota o, por el contrario, sobreviva para competir en otra ocasión” (Gunther, Sani y Shabad, 1986, p. 47). La financiación de los partidos es de mucha importancia indepen- dientemente de dónde procedan los fondos. Puede ser causa de la debilidad de algunos partidos y de la volatilidad, por el “lado de la oferta” (Schedler, 1995) de los respectivos sistemas. Hay que notar que Gunther, Sani y Shabad contaron con un caso “modélico” para su trabajo: una transición exitosa, que culmina pronto con una democracia consolidada, que incluye un sistema de partidos que se institu- cionaliza pronto, con pautas de moderación, al menos a nivel nacional'*. ¿Su énfasis en el papel de las élites proviene de la importancia que éstas tuvieron en la transición? 2.5. Consolidación de régimen y sistemas de partidos Así como la gestación de un sistema de parlidos puede darse como resultado de un proceso de transición, o cambio de régimen, la estabilización e institucio- 552 nalización para referirse a la estabilidad de los patrones de interacción tanto en lo referido al formato como al modo de competencia, En la medida en que un sistema de partidos está institucionalizado, los comportamientos políticos de los actores relevantes son predecibles y ello favorece la estabilidad del sistema. El trabajo de Mainwaring y Scully es clasificatorio y no analiza el problema de la estructuración de la oferta partidista que es una dimensión todavía más básica que la institucionalización del sistema de partidos (que incluye la estructuración de la oferta partidista y la estructuración del comportamiento de los electores). 2.6. Cambio electoral y sistema de partidos Aunque no constituyan un enfoque teórico específico para estudiar los siste- mas de partidos, hay una serie de analistas que preocupados por la erosión de los víaculos partidistas en Europa occidental aportan hipótesis que también pueden resultar pertinentes para el estudio de los sistemas de partidos. Algunas de estas hipótesis parten de, o comparten, algunas premisas o perspectivas esbozadas en páginas anteriores. Unos autores se fijan en los clivajes; otros, en las funciones de los partidos; otros más, en la estructura organizativa, ete. Un primer elemento a considerar tiene que ver con el desarrollo de identida- des políticas. En la medida en que los partidos políticos se encargan de crear y reproducir dichas identidades se estaría asegurando la estabilidad de las prefe- rencias electorales y, con ella, cierta estabilidad del sistema de partidos. Los vínculos entre partido y electorado son claves en este sentido!”. Mair (1990) plantea que en la medida en que estos vínculos se pierdan y que los partidos sean más remotos de la vida diaria de los ciudadanos, las PRECONDICIONES ORGANIZACIONALES de la estabilidad de las preferencias electorales y del siste= ma serán erosionadas*. Atendiendo al tipo de partido, en función de su estructu- ra organizacional y los vínculos entre bases y élites, es posible plantear que el “descongelamiento” de los electorados europeos tiene que ver con el surgimien- to de los llamados “catch-all parties” (Kirchheimer, 1990). Concretamente, Mair (1990, p. 11) afirma que se da un vínculo entre el cambio en el tipo de partidos y el paso de la estabilización de los sistemas de partidos a la subsecuente deses- tabilización”. Wolinetz (1990) también cree que si los votantes no tienen vínculos con los partidos, la probabilidad de cambios en el alineamiento electoral es alta y, por esta vía, la inestabilidad del sisterna de partidos se abre paso”, Por su parte, Flanagan y Dalton (1990) plantean que un “modelo funciona)” interpretaría la inestabilidad de las preferencias electorales como un producto de la pérdida de funciones por parte de los partidos, como una declinación del valor funcional que para los ciudadanos tienen los partidos. Incluso podría llegarse al reemplazo de los partidos por otras organizaciones que vinculen de manera más efectiva 4 la ciudadanía con su gobierno. Aunque Flanagan y Dalton hacen referencia aquí 554 al delineamiento observado en algunos casos europeos, este planteamiento “funcionalista” podría explicar, en parte, los problemas de abstencionismo ele- vado en Guatemala y El Salvador”. Es decir, probablemente las poblaciones electorales de estos países no confían ni creen en los partidos. No les son funcio- nales?, Desde otra perspectiva, Franklin (1992) trata de explicar el “cambio electo- ral” aduciendo a un “cambio generacional” y a un cambio en la importancia de los clivajes. En la mayoría de países, dice él, los votantes mayores se muestran más reacios al cambio, y el período de declinación de las propiedades estructura- doras de los clivajes sociales está marcado por la entrada al electorado de una nueva generación de votantes cuya independencia de las lealtades grupales es más marcada. En este contexto, la suerte de los partidos resulta más incierta y pasa a depender en mayor medida de las habilidades del liderazgo y otras con- tingencias (Franklin, 1992, p. 403)3. De la importancia del “cambio generacional” ya había hablado Inglehart (1977 y 1991) al postular la tesis del “cambio cultural” y referirse al paso del predomi- nio de valores materialistas a valores posmaterialistas. Sin embargo aquí interesa Tesaltar el tratamiento metodológico que emplea para detectar ese cambio cultu- ral. Su referente empírico está constituido por cobortes. Un análisis de las mis- mas en Guatemala, El Salvador y Nicaragua podría llevarnos a identificar la existencia o no de una COHORTE POLARIZADA. Si ésta domina la escena político-electoral, es probable que haya allí polarización para buen rato. Referencias bibliográficas Alcántara Sáez, Manuel. “Un esquema de análisis para el estudio de los partidos políti- cos en procesos de transición: fundación frente a tradición”. 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Para mi, el sistema es el conjunto de interacciones entre sus unidades que “resultan”, sí, de la competición política electoral, pero también de sus relacio- nes con el entorno del sistema. 3, Dado que los autores que han trabajado el tema de los sistemas de partidos se refieren normalmente a las democracias consolidadas, poca o marginal atención han prestado a los sistemas de partidos “fluidos”, Véase, por ejemplo, el espacio que a este punto dedican Mair (1990) y-Sartori (1992). Mainwaring y Scully (1995) se han aproximado a este tipo de sistemas al estudiar algunos casos latinoamericanos para los cuales utilizan la categoría “inchoale party systems”. 4. El subrayado es mío. 5. Von Beyme (1986, p. 19) llama a cste tipo de enfoque: Teorías sobre situaciones históricas de crisis, y Ramos Jiménez (1994) la denomina perspectiva histórico- conflictual, 6. Esta relación no es directa ni mecánica, Puede haber clivajes que no encuentran expresión en partido alguno, así como puedo haber partidos que tampoco expresen ningún clivaje. Aquí pueden estar mediando, entre otras, consideraciones de estrate- gía organizativa y electoral (Lipsel y Rokkan, 1992, p. 258). 7. Siguiendo este razonamiento, la literatura politológica reciente, que quiere dar cuen- ta del “cambio clectoral” operado en Europa desde los años sesenta, recurre a hipótesis 557 11. 12, 13. 14. 16. 17. 558 sobre la aparición de nuevos clivajes, la pérdida de importancia de otros, o la revitalización de líneas de ruptura tradicionales. Hay otros autores que prefieren expli- car cl cambio a partir de los partidos mismos, ya sea desde sus funciones o desde su organización. Para formarse wna idea del actual debate puede vorse: Flanagan y Dalton (1990); Franklin, Mackic, Valen et al (1992) Inglehart (1991); Maguire (1983) y Rites (1989). . Una revisión reciente de las tesis principales de la teoría de la modernización puede verse en Przcworski y Limongi (1997). . Esto no quiere decir que sociedad, economía y política no estén interrelacionadas y que la modernización socio-económica no tenga consecuencias en el ámbito político. En lo que han insistido estos autores es en la autonomía do cada ámbito, distinguien- do entre modernización y desarrollo político. Véase, Bill y Hardgrave (1992). . Por “institucionalización” entiende el proceso mediante el cual organizaciones y pro- cedimientos adquieren valor y:eslabilidad (Huntington, 1992, p. 177). Estos autores reconocen compartir la noción de Huntington sobre institucionalización aunque enfatizan su interés restringido al ámbito:de los sisternas democráticos, Véa- se Mainwaring y Scully (1995: nota 11 de su introducción). Los casos que estudian son: Venezuela, Costa Rica, Chile, Uruguay y Colombia (para el primer tipo); Perú, Bolivia, Brasil y Ecuador (para el segundo tipo) y, Méxi- co y Paraguay (en el tercer tipo). En realidad, centrarse en la relación régimen político-sistema de partidos no es ajena a la tradición politológica moderna. ¿Acaso los sistemas electorales no son parte del régimen político? ¿No abunda la literatura sobre las consecuencias políticas de las leyes electorales? Creo que hay que explotar más aquella relación mediante la consí- deración de otros componentes del régimen y de los efectos del cambio de régimen sobre el sistema de partidos. Para éste, la institucionalización política, en el sentido de autonomía, significa el desarrollo de organizaciones y procedimientos políticos que no son simples expre- siones de los intereses de determinados grupos sociales. En cuanto a los partidos, Huntington explícitamente dice; “un partido político, por ejemplo, que expresa los intereses de un solo grupo de la sociedad -ya sean obreros, patronos o agricullores- es menos autónomo que uno que expresa y aglutina los intercscs de varios grupos sociales” (Huntington, 1992, p. 186). . Metodológicamente, el trabajo de Gunther, Sani y Shabad también se vio favorecido por el tipo de información que utilizan, Encuestas, entrevistas y registros electorales disponibles les sirvieron de base. Una de las variables que utiliza Morlino es el “control” que ejercen los partidos sobre la sociedad civil. Así, mientras en Mtalia de la posguerra, la consolidación habría sido hecha por los partidos, en España la consolidación habría sido realizada por las élites. Véase Morlino (1992, p. 71). “La ausencia de nuevos partidos importantes, bien en lérminos numéricos o en cuan- to a su posición en el sistema de partidos, junto con la persistencia en cl tiempo de un mismo sistema de partidos, son otros dos indicadores de la mencionada y buscada estabilización de las relaciones entre las instituciones y la sociedad civil” (Morlino, 1992, p. 43-44). Nótese, sin embargo, la dirección de la relación: partidos (0 sistema de partidos) régimen.