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trata de la moda y antes de renacentismo
Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones
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Un viaje bibliográfico por la historia del vestido
Comisaria: Mª Isabel Montoya Ramírez Catálogo: Eulalia Valverde Pérez Reproducciones digitales: Antonio Ruíz Martínez
Con la colaboración del personal de la Biblioteca del Hospital Real
Universidad de Granada. Biblioteca Universitaria 2022
a exposición Estamos de Moda tiene como objetivo dar a conocer los fondos que sobre ese tema posee la Biblioteca del Hospital Real de la Universidad de Granada y, por consiguiente, poner de manifiesto la importancia de los cambios indumentarios, los cuales en buena medida atañen e implican a distintas disciplinas e investigaciones universitarias, habida cuenta que la Moda es un hecho y un producto social que se nutre de los avances tecnológicos y científicos de cada momento, impulsando nuevos cambios y variaciones, ya sea en el ámbito socioeconómico, artístico, industrial o en el humanístico. De ahí la frase acuñada a lo largo de los siglos: los cambios sociales generan siempre cambios vestimentarios y, por tanto, cambios lingüísticos.
Está comúnmente aceptado que las diferencias y variaciones en la indumentaria aparecen al mismo tiempo que la organización de los primeros grupos sociales y que, al igual que éstos, se establecen sobre dos ejes fundamentales: el sexual (hombre/ mujer) y el de estratos (clases o niveles). Esta realidad se manifiesta en todas las comunidades a lo largo de la historia, como puede comprobarse en los testimonios escritos y pictóricos que han llegado hasta nuestros días, aunque, si bien durante siglos e incluso en las culturas griegas y latinas el traje no sufrió grandes modificaciones (peplos, mantos, togas, etc.). Sin embargo, la llegada y asentamiento de los pueblos del Norte –los considerados bárbaros- trajo consigo la introducción del arte de coser (a ellos se debe una prenda tan cómoda y útil como es el pantalón: BRAGA) y la posterior aparición e implantación en todos los lugares de talleres de sastrería, regidos por hombres. Por ello, desde la Alta Edad Media los cambios son más evidentes, sin olvidar que la innovación del traje diferenciado en función del sexo ya estaba extendida por toda Europa occidental entre 1340-1350, suponiendo un gran desarrollo en la confección vestimentaria. El Codex Granatensis (principios del siglo XV) da buena prueba de eso, ya que, en todas las ilustraciones en las que aparecen figuras humanas, los trajes presentan evidentes oposiciones de sexos (se acorta la ropa masculina y se alarga la femenina) y de clases (lujosas y coloridas telas en los de los señores y rústicas monocolor en las de los sirvientes y campesinos).
La aparición de la máquina de coser, los posteriores desarrollos industrial y de los medios de comunicación favorecieron en el siglo XIX, no solo la creación constante de trajes y complementos de moda, sino su copia por parte de las costureras o modistas, pues con el abaratamiento de los costes, se conseguían tejidos más caros por el mismo dinero. En cierto modo esta es la respuesta lógica al crecimiento de las necesidades de la población femenina (el aumento de una clientela de su mismo sexo), lo que será determinante en el afianzamiento corporativo (aparición de talleres con “maestras”, “oficialas” y “modistillas”) y en la transformación, tal vez más aparente que real, de las relaciones sociales. Será entonces cuando la mujer pase a ocupar el primer plano de la Moda, porque las creaciones y novedades en la indumentaria nacen por y para la mujer, y el diseñador o modista ya será considerado un “artista”, aunque de un “arte menor”, por crear obras efímeras. Por todo ello, a principios del siglo XX se aceleran las variaciones en el sector de la Moda, y más aún tras la Primera Guerra Mundial, pues el gran cambio social y político que genera el resultado bélico conlleva evidentes cambios en la vestimenta. Así, en los prósperos “locos años 20”, las innovaciones en la indumentaria se alejan de todo lo que durante siglos había “oprimido” a la mujer, y no solo de forma metafórica, sino real, y el talento de Coco Chanel será determinante en la creación de una nueva imagen femenina, ya que el pelo “a lo garçon”, el traje de chaqueta de tres piezas (falda bajo la rodilla, blusa y chaqueta), largos collares de perlas y la famosa camelia, serán la seña de identidad de una mujer moderna que rompe moldes, libera su cuerpo y crea un estilo propio de suma elegancia, es decir, todo lo contrario a los corsés y polisones anteriores.
Las nuevas propuestas estéticas (pantalones, trajes de chaqueta, zapatos) fueron aceptadas de inmediato por las glamurosas estrellas del celuloide, cantantes y aristocracia económica, quienes sirvieron de difusoras y de escaparate a través de las revistas, dado que, paralelamente a la creación de las nuevas apariencias, los medios de comunicación irían adquiriendo importancia y parte de ellos se especializarían en los temas que supuestamente interesan a la mujer: la vida social de “las grandes divas” y la Moda. Sin embargo, una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, el papel y la imagen social de la mujer serán menos innovadores, ya que, una vez finalizada la contienda, la mano de obra masculina volvió a ocupar su sitio y las féminas volvieron al hogar a cumplir la misión que de nuevo les demandaba la sociedad: ser una abnegada madre y esposa hasta que la economía volviera a ser próspera, o sea, hasta finales de los años 50-60 en América del Norte y Europa y casi en los 80 en España. Según Laura Shooling, en esas décadas las representantes e “iconos de la vieja guardia” serían Jacqueline Kennedy (con sus famosos “casquetes” y los trajes sencillos de color pastel), Doris Day y Grace de Mónaco. En cuanto a nuestro país, la Moda dará nombres de máxima relevancia como Cristóbal Balenciaga (gran conocedor de la historia del vestido y de los movimientos artísticos), uno de los modistas “más destacados e influyentes de su tiempo”, y Manuel Pertegaz una de las figuras más prestigiosas y respetadas de la alta costura española, entre otros.
En contraste con lo anterior, hasta la llegada del prêt-à –porter, con la publicación de patrones actualizados y la aparición de numerosos sistemas de corte y confección, las mujeres, las amas de casa e hijas, podían confeccionar, además de la “ropa blanca” de toda la familia, sus nuevos y elegantes vestidos. Por ello, Carmen Aguirre, en su dedicatoria “A las alumnas”, justifica la aparición de su “método” porque quiere poner “al alcance de la mujer el modo sencillo de confeccionar toda clase de prendas de vestir en su propia casa” y guiarla a la consecución de sus aspiraciones, “o sea, el vestir bien, ya que todo deseo de la mujer es la Elegancia… y el ahorro consiguiente del tener que recurrir a una segunda”, además, “en el caso de ser casada, tendría como salida la confección de las prendas blancas de su marido y la mayoría de las utilizadas por sus niños”.
Los cambios políticos y sociales de los años 60 del pasado siglo originaron otros en los modos de vestir de la sociedad occidental en particular y posteriormente, por la globalización, del resto del mundo. En los últimos años, la búsqueda constante de nuevas propuestas se ha magnificado, por cuanto la Moda ha pasado a ser un elemento importantísimo dentro del actual sistema socioeconómico que rige la sociedad de consumo y del que ningún estado es ajeno. Los cambios vestimentarios se han acelerado debido al aumento de la riqueza con la consiguiente aparición de nuevos centros creadores y difusores de moda (Roma, Londres, Madrid, Nueva York. Tokio), por una parte, y la fabricación en serie en algunos países emergentes, generalmente asiáticos, por otra, fruto sin duda de las innovaciones en la industria textil (cada vez es más frecuente la investigación y el uso de materias ecológicas y sostenibles) y gracias también al esfuerzo conjunto de diseñadores, modistas, fabricantes, distribuidores y medios de comunicación que posibilitan la divulgación de las nuevas creaciones inmediatamente después de su realización. Actualmente, hay grandes empresas no solo españolas cuyas “marcas” son conocidas internacionalmente por su garantía de calidad o de actualidad.
Ante ello, y dada la importancia social y económica del “fenómeno de la Moda”, a mitad del siglo pasado comienzan a aparecer estudios sobre el tema, con análisis desde todas las perspectivas y disciplinas, ya sea de forma general o monográfica, individual o colectiva, porque el cambio en la indumentaria, la Moda, es el espejo en el que se refleja e identifica la sociedad de un momento o de una época histórica; es un arte que, aunque efímero (frecuentemente se nutre de las corrientes artísticas de épocas anteriores y también de la cultura de otros pueblos), ni es frívolo ni exclusivo de las conversaciones de las mujeres, ya que el hecho de vestirse el ser humano es un signo social y temporal.
Desde los orígenes de la humanidad, la indumentaria ha funcionado teniendo en cuenta dos ejes: el sexual (hombre/mujer) y el de clase (niveles sociales). Este hecho, consustancial a las sociedades aristocráticas y por ende no democráticas, se manifiesta en todas las comunidades a los largo de la historia, como puede comprobarse en los testimonios escritos y pictóricos que han llegado hasta nuestros días.
Moda del siglo XIX en detalle / Lucy Johnston ; en colaboración con Marion Kite y Helen Persson ; fotografías de Richard Davis ; dibujos de Leonie Davis Barcelona : Gustavo Gili, 2006 224 p. : il. ; 30 cm
Kite, Marion Persson, Helen Davis, Richard Davis, Leonie
Colección particular
Histoire des tissus en France / texte Alexandra Fau Rennes : Ouest-France, 2006 127 p. : il. col. ; 26 cm
Colección particular