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1.El problema no quisiéramos acumular más ejemplos en estos comenta- rios que son totalmente provisionales, pues ya estos pocos ejemplos muestran una Cosa: que ese «espíritu del trabajo» o del «progreso», O Como se lo quiera Jlamar, cuyo desper tar se tiende a atribuir al protestantismo, nO puede enten- derse [27] en sentido «ilustrado», como suele hacerse en la actualidad. El viejo protestantismo de Lutero, de Calvino, de Knox, de Voét, tenía poco que ver con eso que se llama hoy «progreso»; era un enemigo directo de aspectos ente- ros de la vida moderna, de los que actualmente ya no que- rría prescindir el confesional más radical. Así que si se pue- de encontrar una afinidad interna entre 128] el espiritu del protestantismo antiguo y la cultura capitalista moderna, te- nemos que intentar buscarla, de grado o por fuerza, no en ese (supuesto) «goce imundano», más O MENOS materialista o antiascético, sino en sus Fasgos puramente religiosos. Montesquieu dice de los ingleses (Esprit des lots, libro XX, cap. XX) que han «avanzado en tres cosas más que ningún otro pueblo del mundo: en la religiosidad, en el comercio y en la libertad». ¿Tendrá que ver su superioridad en el terre- no de la actividad productiva —y Su capacitación para las instituciones políticas libres, asunto este que tocareinos más adelante en otro contexto quizá con ese récord de re- ligiosidad que Montesquicu les atribuye? Si nos planteamos la pregunta en estos términos, se nos presentan en seguida un montón de relaciones posibles que no se perciben con claridad. El objetivo tendrá que ser, pre- cisamente, formular esto, que ahora se nos presenta de ma- al sistema de fábricas, Hay que distinguir claramente, como tendremos ue ver en muchas ocasiones, entre el il al que aspiraba una determá- oriente religiosa y lo que su influencia cn el modo de vida de sus seguidores produjo de hecho. 1251 30 Max Wever: La ¿he protestante y el espode SA caprdoligrro 2. El «espirittw» del capitalismo nera no clara, con la claridad que sea realmente posible dentro de csa inagotable variedad que se esconde en cada fenómeno histórico. Pero para poder hacer esto hay que abandonar necesariamente el terreno de estas ideas gcnera- les vagas, con las que se ha operado hasta ahora, y hay que intentar penetrar en las características y en las diferencias de esas grandes ideas religiosas, que nos han presentado históricamente las distintas formas de la religión cristiana. Pero, antes, son necesarias algunas observaciones; en pri- mer lugar, algunas observaciones sobre la peculiaridad del objeto de cuya explicación histórica se trata y, luego, sobre el sentido en el que sea posible realmente esa explicación en el marco de esta investigación. 2. [El «espíritu» del capitalismo] En el título de este estudio se ha utilizado el concepto «es- pritu del capitalismo», que suena algo pretencioso. ¿Qué hay que entender por él? [29] Si realmente se puede encontrar un objeto al gue tenga sentido aplicarle esa denominación, tiene que ser una «indi vidualidad histórica», es decir, un conjunto de factores dela realidad histórica relacionados entre sí, al que nosotros le damos conceptualmente una unidad atendiendo a su sigut Acación para la cultura Pero como semejante concepto histórico se refiere, des- de el punto de vista de su contenido, a un fenómeno que tiene significación en cuanto individualidad, no puede de- finirse según el esquema de «genus proximas, differentia specifica», sino que tiene que componerse con los elemen- tos individuales propios que se toman de la realidad his- 81 1.El problema tórica. La comprensión definitiva del concepto no puede estar al comienzo de la investigación, sino al final de la misma: con otras palabras, sólo a lo largo de la exposición y como resultado esencial de la misma, se tendrá que mostrar cómo haya de formularse lo que entendemos aquí por el «espíritw» del capitalismo de la mejor manera posible, es decir, de la forma más adecuada para el punto de vista que mos interesa a nosotros aquí, Este «punto de vista», del que todavía hablaremos, no €s, a Su Vez, el úni- co posible desde el que se pueden analizar los fenómenos históricos que nosotros estamos considerando. Su consi- deración desde otros puntos de vista daría como rasgos «esenciales» de esta cuestión Ofros rasgos, Como Ocurre con cualquier fenómeno histórico; de lo que se deriva, sin más, que por «espíritu» del capitalismo no se puede o no se debe entender necesariamente sólo lo que rosalros 205 representemos de él como lo «esencial» para nuestra ma- nera de enfocar los problemas. Esto se debe precisamen- te a la naturaleza de la «construcción de los conceptos históricos», la cual no pretende, para sus objetivos neto- dológicos, reducir la realidad histórica a conceptos genéri- cos abstractos, sino que pretende estructurarla bajo formas concretas [30] con una impronta inevitable e invariable- mente individual. Si, no obstante, hay que determinar el objeto de cuyo análisis y de cuya explicación histórica se trata —lo cual hay que hacer necesariamente, No se puede tratar, pot tanto, de una «definición» conceptual de lo que entendemos aquí por «espírit» del capitalismo, sino [31] solamente de una idea provisional. Ésta es, en realidad, imprescindible para poder entender el objeto de la investigación y, con este pro- pósito, nos ceñimos a un documento de ese «espíritu», el 32 2, El cespiricu» del capitais cual contiene con una nitidez casi clásica lo que aquí nos in- teresa [32]: Piensa que el tiempo es dinero: quien pudiendo ganar con su trabajo diez chelines al día se va a pasear medio día, o se queda en su habitación, no debe calcular, si sólo se gastara seis peniques en sus diversiones, que sólo se ha gastado eso, sino que tiene que calcular que se ha gastado otros cinco chelines más, o, mejor aún, que los ha derrochado. Piensa que el crédito es dinero, Si alguien me deja tener su dinero después de que yo hubiera tenido ya que devolvérse- lo, me está regalando los intereses o lo que yo pueda hacer con ese dinero durante ese tiempo. Esto puede llegar a una suma considerable si un hombre goza de buen crédito y hace uso de él. Piensa que el dinero es de naturaleza [értil y con capacidad de reproducción. El dinero puede generar dinero y el nuevo dinero puede generar més dinero y así sucesivamente. Cinco chelines invertidos son seís, invertidos de nuevo son siete che- lines y tres peniques, erc.... hasta llegar a cien libras esterlinas. Cuanto más dinero hay, tanto más produce al invertirlo, de modo que la utilidad crece más rápidamente y cada vez más rápidamente. Quien mata a una cerda destruye toda su des- cendencía haste el número mil. Quien mata una moneda de cinco chelines mata todo aquello que podría haber producido con ellos, columnas enteras de libras esterlinas. Piensa que, según el refrán, un buen pagador es dueño de la bolsa de cualquiera. Quien sea conocido porque paga puntualmente en el tiempo prometido, ése siempre puede tomar prestado todo el dinero que sus amigos no necesiten, A veces esto es de gran utilidad. Junto a la diligencia y la moderación, nada contribuye tanto a que un joven progrese 83 1El problema Cuando Jakob Fugger califica de «pusilánime» la posi- ción de un colega de negocios que se había retirado y que le aconsejaba a él hacer lo mismo —porque ya había «ganado bastante durante mucho tiempo» y debía dejar a otros que también ganaran— y le responde que «él [Fugger] te- nía otra idea totalmente distinta y que quería ganar cuanto pudiera»*, el «espíritu» de esta afirmación se distingue cla- tamente del de Franklin: lo que en Fugger es manifestación de una disposición al riesgo comercial, indiferente desde el punto de vista moral [37], adquiere en este último el carác- ter de una máxima de conducta de índole ética. En este sen- tido concreto utilizamos nosotros aquí el concepto de «espíri- ta del capitalismo»? Pero todas las máximas morales de Franklin se utilizan en sentido utilitarista: la honradez es 4té] porque proporciona crédito; también lo proporcionan la puntualidad, la dili- gencia y la moderación y sólo por ello son virtudes: de aquí se derivaría, entre otras cosas, que bastaría la apariencia de honradez, por ejemplo, cuando cumpliera el mismo servi- cio, y un exceso innecesario de esta virrud debería parecer 21. Sombart pone esta cita de un memorándurn de los Fugger como lema del capítulo sobre la «génesis del capitalismo» (Der moderne Kapitalismus, vol Í, p. 193; cfr. también ob, cit., p. 390). 22. Aquí reside muestro planteamiento del problema, gue es distimo al de Sombart. Más adelante se destacará la gran significación práctica de esta diferencia. Hay que decir, sin embargo, que Sombart no deja este aspecto de la empresa capitalista totalmente fuera de su consideración; lo que ocurre es que en su pensamiento aparece como producido por el capitalismo, mientras que nosotros, para nuestros objetivos, tenemos que traer aquí la hipótesis consraría como instramento heurístico. Sólo al final dela investigación podremos tornar una posición definitiva. Sobre el plan- teamiento de Sombart, cfr ob. cit, , pp. 357, 380, etc, Sus razonamientos enlazan en este punto con las brillames imágenes de la Filosofía del dinero de Simmel (capítulo último) [38]. En este momento no entramos en una discusión detallada, 86 2. El «espitituvo del capitalismo reprobable ante los ojos de Franklin como un derroche im- productivo, Y, en realidad, quien lea en su Autobiografía la narración de su «conversión» a esas virtudes” o los comen- tarios sobre la utilidad que reporta una estricta conserva- ción de la apariencia de modestia y poner intencionadamen- te en segundo lugar los méritos propios para conseguir un reconocimiento general”, tiene necesariamente que llegar a la conclusión de que, para Franklin, esas virtudes, como to- das las demás, sólo son virtudes en cuanto son «útiles» al individuo y que el sucedáneo de la mera apariencia es sufi- ciente cuando presta el mismo servicio -una consecuencia realmente inevitable para el utilitarismo estricto—, Aquí se capta dn fraganti lo que los alemanes suelen percibir como «hipocresía» en las virtudes del espíritu americano, Pero las 23. Enla traducción alemana: «Me convencí finalmente de que la verdad, da honradez y le sinceridad en el trata entre los hombres 500 de la máxima importancia para nuestra felicidad en la vida y, desde ese momento, me de- cidí a practicarlas durante toda mi vida, y escribí me decisión en pol diario La Revelación, sin embargo, no tuvo realmente, coma tal, niagún peso sobre mí, pues yo era de la opinión de que, aunque ciertas acciones no son malas sólo porque la doctrina rovelada las prohíba ni buenas porque las ordene, pero, no obstante, tomando en cuenta todas las circunstancias, les acciones que nos son prohibidas lo son probablemente porgue son malas por su naturaleza y las acciones que nos son ordenadas lo son porgue son buenas», 24. «Yo me quité todo lo que pude de la vista y lo presenté [la creación de una biblioteca, que él había sugerido] por una iniciativa de un “grupo de amigos” que me habían pedido proponérselo a gentes que ellos consi- deraban amigos de la ecrura. De esta manera, el asunto marchó muy bien y yo empleé esto procedimiento después en ocasiones semejantes, y puedo tecomendarlo sinceramente después de mis frecuentes éxitos. El pequeño y momentáneo sacrificio del amor propio que esto comporta queda com- pensado después suficientemente, Si durante un cierto tiempo no se sube a quién se le debe propiamente el mérito, alguien que sea más vanidoso que el afectado se animará a reclamar el mérito, pero Juego la propia envidia tenderá u hacer justicia al primero, arrancando las plumas usurpadas y devolviéndoselas a su legítimo dueño,» 87 LEl problema cosas no son en absoluto tan sencillas; que aquí hay algo distinto a envolver simplemente unas máximas egocéntricas To muestran no sólo el propio carácter de Benjamin Franklin, tal como se pone de manifiesto en la honradez de su Áxto- biografía, sino la circunstancia de que el hecho mismo que le revela la «utilidad» de la virtud lo remite él a una revela- ción de Dios, quien ha querido por esa vía conducirle hacia la virtud; pero lo muestra, sobre todo, el «sumen bonum» de esta «ética», ganar dinero y cada vez más dinero, evi- tando austeramente todo disfrute despreocupado, un ga- nar dinero despojado por completo de cualquier aspecto eudemonista o hedonista, pensado como un puro fir en sí mismo, de modo que se presenta, en cualquier caso, como algo totalmente trascendente y realmente irracional [39] respecto a la «utilidad» o la «felicidad» del individuo con- creto. El hombre queda referido a ese ganar dinero como al objetivo de su vida, no es la ganancia la que queda re- ferida al hombre como un medio para la satisfacción de sus necesidades materiales. Esta inversión de lo que lla- maríamos la situación «natural», inversión realmente sin sentido para el sentir natural, es con toda claridad, abso- Jutamente, un lezé peotív del capitalismo, de la misma ma- nera que les resulta extraña a los hombres no alcanzados por el hálito del capitalismo. Pero esta inversión contiene al mismo tiempo una serie de percepciones, que están en estrecho contacto con ciertas ideas religiosas. Si se pre- gunta, por ejemplo, por qué hay que «hacer del hombre dinero», Franklin contesta en su Autobiografía con la si- guiente frase de la Biblia, aunque él era confesionalmente un deísta sin color, frase que, según dice, se la había in- culcado en su juventud su padre, un rígido calvinista: «si yes a un hombre solícito en su profesión, ése puede pre- 83 2. El «espírits del capitalismo sentarse ante los reyes»”, Ganar dinero en el sistema eco- nómico moderno es, cuando se hace de manera legal, el re- sultado y la expresión de la habilidad en la profesión, y esta habilidad es -como no es difícil reconocer ahora— el autén- tico alfa y el omega de la moral de Franklin, tal como se 105 presenta en el pasaje citado y en todos sus escritos sin ex- cepción. [40] En efecto, esa idea peculiar del deber del trabajo —que es tan corriente hoy, pero que en verdad es tan poco eviden- te—, esa idea de una obligación que el individuo siente y tiene que sentir respecto al contenido de su actividad «la- boral», con independencia de en qué consista ésta, con independencia especialmente de que se la perciba como utilización de la fuerza de trabaja o de la propiedad de bie- nes (como «capiral»), esta idea es la que es característica de la «tica social» de la cultura capitalista; más aún, tiene para ella, en cierto sentido, una significación constitutiva. Pero no en el sentido de que sólo hubiese crecido sobre el suelo del capitalismo -pues más adelante trataremos de perse- guirla hasta el pasado=; y mucho menos se puede afirmar que la apropiación subjetiva de esta máxima ética por los sujetos individuales de las empresas capitalistas modernas —los empresarios o los obreros- sea una condición para que el capitalismo «cta! siga existiendo. El sistema capitalista actual es un cosmos terrible en el que el individuo nace y que es para él, al menos como individuo, como un capara- zón prácticamente irreformable, dentro del que tiene que vivir. El le impone al individuo, en cuanto que éste está in- 25. Prov 22,29, Lutero traduce in seimem Geschofi (en su negocio”); las traducciones inglesas de la Biblia más antiguas ponen business. Véase, so- bre este punto, más abajo. 89 i LEI problema to: la codicia de los mandarines chinos, de los aristócratas de la antigua Roma, de los larifundistas modernos más atra- sados aguanta cualquier comparación. Y la «aurí sacra Ha mes» del cochero o del barcajuolo napolitano o la de los re- presentantes asiáticos de oficios similares, pero también la del artesano delos países del sur de Europa o de Asia, es in- cluso muchísimo más penetrante y sin escrúpulos que la de un inglés, por ejemplo, en el mismo caso como cualquiera puede comprobar- [43]. La absoluta falta de escrúpulos para hacer valer los propios intereses es precisamente una característica muy específica de los países cuyo desarrollo [44] capitalista-burgués se ha quedado «atrasado». Como sabe cualquier fabricante, la escasa «concienziositó» de los obreros” de esos países, como, por ejemplo, en Iralia a di- ferencia de Alemania, ha sido uno de los obstáculos prinei- pales para su desarrollo capitalista y, en cierta medida, lo si- gue siendo. El capitalismo no puede utilizar como obrero a un representante del «liberum arbitriuams indisciplinado, dela misma manera que tampoco puede utilizar a un hom- 21. Cír las observaciones de Sombart, acertadas desde todo punto de vis- 1a, Die deutsche Volkswirtschaf! fm mescebnten Jabrundert, p. 123. Aun- que los estudios siguientes se basan, en [45] sus puntos de vista, en traba- jos míos muy amerióres, no necesito insistz, en especial, en cuánto deben Ústos [46] al hecho de que existan los grandes trabajos de Sombart, con sus agudas formulaciones, también en los puntos en donde siguen orros caminos distintos, y precisamente ahí, También quien se siente estimulado por las formulaciones de Sombart a contradecirle dela manera más radical y rechaza directamente algunas de sus tesis tiene el deber de ser consciente Je eso. De delevrable hay que calificar la crítica a estos crabajos por par: te de los economistas alemanes. El primero y, durante mucho tiempo, el único que ha acometido una discusión objesiva en profundidad con ciertas resis históricas de Sombart ha sido un historiador (Von Below, en la Histo- mische Zeitscbrif, 1903). Y a la orítica que se ha «cealizado» respecto e las partes propiamente económicas de los trabajos de Sombart sería incluso demasiado amable calificarla de «zaÑa». 92 2 El «espírino» del capitalismo bre de negocios sin escrúpulos en su comportamiento ex- terno. La diferencia no está, por tanto, en el distinto desa- trollo de ese «instinto» por el dinero. La «auri sacra fames» es tan vieja como la historia conocida de la humanidad, pero veremos que quienes se entregaron a ella sin reservas como un instinto como aquel capitán holandés que Apo ganar dinero estaba dispuesto a navegar por los infiernos, aunque se le quemasen las velas», no representaban en ab- soluto esa mentalidad de la que surgió el «espíritw» del ca- pitalismo [47] como un fenómeno de masas, y de esto es de lo que se trata [48], El enemigo, más bien, con el que tuvo que luchar, ante todo, el «espíritu» del capitalismo es esa especie de sensibi- lidad y de conducta, que se suele denominar «tradicionalis- mo» [49]. Tampoco en este punto vamos a dar una «defini- ción» definitiva, sólo aclararemos de manera totalmente provisional con algunos casos concretos lo que entendemos por él, empezando por «abajo», por los obreros. Uno de los medios técnicos que suele emplear el empre- sario moderno para conseguir de «sus» obreros el máximo rendimiento laboral posible, para incrementar la «intensi- dad» del trabajo, es el salario a destajo. En la agricultura, por ejemplo, la recogida de la cosecha es un caso que exige el máximo nivel de intensidad en el trabajo, porque de la mayor rapidez posible en ella dependen, al menos con un tiempo inestable, grandes posibilidades de ganancias o de pérdidas. Por eso se suele utilizar aquí el sistema de salarios a destajo. Y como con el incremento de los rendimientos y dela intensidad de trabajo en la empresa suele aumentar en general el interés del empresario en que la cosecha se acele- re, se ha intentado siempre, mediante una elevación del des- tajo, que los obreros, a los que se ofrecía esta posibilidad de 93 1 El problema conseguir una ganancia extraordinariamente alta en poco tiempo, tuvieran interés en aumentar su rendimiento. Pero aquí se presentaron algunas dificultades curiosas: el alza de los destajos no produjo, extrañamente, un mayor rendi- miento laboral en el mismo período de tiempo, sino un ren- dimiento menor, porque los obreros no respondieron al alza de los destajos con un autento del rendimiento diario, sino con una reducción del mismo. Por ejemplo, un hombre que antes había segado dos fanegas y media al día, a un marco por fanega, y había ganado dos marcos y medio al día, después de subir el destajo 25 peniques por fanega, no segó, como se había esperado, por la perspectiva de una ga- nancía mayor, 3 fanegas, por ejemplo, para ganar tres mar- cos con setenta y cinco peniques -como hubiera sido posi- ble realmente—, sino que segó solamente dos fanegas al día, porque así ganaba los dos marcos y medio que estaba ga- nando hasta entonces y le «era suficientes, según la frase bi- blica, Una ganancia mayor le estimulaba menos que ún trar bajo menor; él no se preguntaba: ¿cuánto puedo ganar al día haciendo el máximo de trabajo?, sino que se pregunta- ba: ¿cuánto tengo que trabajar para ganar la cantidad que venía ganando -dos marcos y medio- y que cubre mis nece- sidades iradicionales? Ésta es la conducta que, en relación con el uso lingúísrico habitual, se puede denominar «tradi- cionalismo»: el hombre no quiere, «por naturaleza», ganar dinero y más dinero, sino que quiere simplemente vivir, vi- vit como ha estado acostumbrado a vivir y ganar lo necesa» rio para ello. Allí donde el capitalismo [50] comenzó con el aumento de la «productividad» del trabajo humano a tra- vés del incremento de su intensidad, siempre chocó con la tenaz resistencia de este lest smatív del trabajo precapitalista y sigue chocando hoy en día tanto más cuanto más «atrasa- 94 2. El «espíritu» del capiralismo dos» (desde el punto de vista capitalista) sean los obretos, de los que se ve necesitado, Como fracasó la llamada a este «sentido de la ganancia» mediante salarios más altos por volver nuevamente a nuestro ejemplo—, pareció lógico que se intentara precisamente con los medios opuestos: obligar al obrero mediante la reducción del salario a que, para man- tener su ganancia anterior, tuviera que producir z2ás. Pare- ció entonces, y lo sigue pareciendo hoy a una observación imparcial, que existe una correlación entre salarios bajos y beneficios elevados; que todo lo que se paga de raés en el salario tenía que significar una disminución correspondien- te en el beneficio, Ese camino lo ha seguido el capitalismo desde el comienzo una y otra vez, y durante siglos se ha considerado como un artículo de fe que los salarios bajos son «rentables» —es decir, que incrementan el rendimiento laboral, que el pueblo sólo trabaja porque y en tanto que es pobre, como dijo Pieter de la Cour, pensando en este punto de acuerdo con el espíritu del antiguo calvinismo, como Veremos. Pero la eficacia de este medio, aparentemente ran demos- trada, tiene sus límites”, Es cierto que el capitalismo re- 28. Naturalmente no entramos aquí en la cuestión de dónde están estos límites ni tampoco tomamos posición respecto a la teoría dela relación en- tre salarios altos y rendimiento alto, planteada por vez primera por Brasscy y formulada teóricamente por Brentano y por Schulze-Gávemitz desde un punto de vista histórico y constructivista a la vez. La discusión ha sido de nuevo suscitada por los penetrantes estudios de Hasbach (Scbrrallers Jabrbuch, 1903, pp. 385-391 y 417 y s) [51]. A nosotros nos basta ahora el hecho, que nadie pone en duda y del que no se puede dudar, de que, en todo caso, zo cotreíden bajos salarios y altos beneficios, ni bajos salarios y oportunidades favorables para el desarrollo industrial, y de que no todas las operaciones de dinero generan una «educación» para la cultura capi- ralista y, consiguientemente. la posibilidad de una economía capitalista. Todos los ejemplos elegidos son puramente ¿Jnstrativos. 95 1.El problema productiva suele encontrar en ellas una incomprensión to- tal; la subida de los destajos se estrella sin ningún efecto contra el muro de la costumbre, Otra cosa distinta suele su- ceder con muchachas educadas en una religión determina- da, concretamente con muchachas provenientes del pietis- mo, lo cual no es un punto sín importancia para muestras consideraciones. Se puede oír con frecuencia, y esto me lo confirmó para la industria textil hace poco un familiar mío, [52] que las oportunidades más favorables para una educa- ción económica se dan en este grupo. La capacidad de con- centración y la capacidad, absolutamente fundamental, de sentirse obligadas con el trabajo suelen ir unidas en ellas a un sentido económico estricto, que cuenta realmente con la ganancia y con una cantidad de ésta, y con una moderación y un sobrio autocontrol, que aumenta extraordinariamente la capacidad de rendimiento, Aquí existe el suelo más ade- cuado para la concepción del trabajo como un fin en sí mis- mo, como profesión como exige el capitalismo aquí se dan las mayores posibilidades para superar la rutina tradi- cionalista como consecuencia de una educación religiosa. Esta consideración hecha desde el presente del capiralis- mo% nos muestra nuevantente que, en todo caso, merece la 30. Las observaciones precedentes podrían ser malinterpretadas. Los fe- nómenos de que se está hablando uquí no tienen nada que ver con cosas como la tendencia que tiene un tipo de negociantes recientes, sobrada: Tnente conocido, a sacarle rendimiento, a su smenero, a la fx350 «hay que conservar la religión al pueblo» ni con la especial propensión [53] de “amplios circulos del clero luterano, por su simpatía general hacia lo xau- toritario», a ponerse a disposición del capitalismo como «policía negra», lo que significa condenar la huelga como pecado y u los sindicatos como promotores de la «codicia», etc... En lo mencionado en el texto no se tr4- ta de hechos aislados, sino de hechos uy frecuentes y que se repiten de modo típico, como veremos. 98 2. El «espiriru» del capitalismo pena preguntar cómo se habrá formado en los años de su ju- ventud esta relación interna entre la capacidad de adapta- ción al capitalismo y el factor religioso, pues se puede llegar a la conclusión, partiendo de muchos fenómenos concre- tos, de que esa relación sí existió en aquel momento en una forma similar. El desprecio y la persecución que encontra- ban, por ejemplo, los obreros metodistas en el siglo XVIL por parte de sus camaradas de trabajo no guardaban rela- ción en absoluto con sus excentricidades religiosas, o no de forma predominante (Inglaterra había conocido muchas y más llamativas excentricidades), sino que guardaban rela- ción con su particular «disposición para el trabajo», como se diría hoy, como muestra el hecho de la destrucción con- tínua de sus útiles de trabajo, recogido en las informes. Pero dirijámonos de nuevo al presente, y ahora a los em- presarios, para clarificar también en este ámbito la significa- ción del «tradicionalismo». Sombart ha distinguido en su exposición sobre la génesis del capitalismo”! entre «satisfacción de las necesidades» y «lucro» como los dos grandes dedt mottus entre los que se ha movido la historia, atendiendo a que el tipo de actividad económica y su orientación estuvieran determinados por las necesidades personales o por un afán de lucro inde- pendiente de los límites de esas necesidades y por la po- sibilidad de obtenerlo. Lo que él denomina «sistema eco- nómico de satisfacción de las necesidades» (System der Bedarfsdeckungswirtschaft) parece, a primera vista, que equivale a lo que hemos descrito aquí como «rradicionalis- mo económico». Esto es, en realidad, lo que ocurre si equi- paramos el concepto de «necesidades» con «necesidades 31. Dermoderne Kapitalisnmas, vol, L, p. 62. 99 1.El problema tradicionales». Pero si equiparamos ambos conceptos, Mu- merosas economías, que atendiendo a la forma de su orga- nización pueden considerarse como «capitalistas» en el sentido de la definición que da Sombart de «capital» en otro lugar de su obra”, caen fuera del campo de las econo- mías «de lucro» y pertenecen al de las «economías de satis- facción de las necesidades». Incluso economías dirigidas por empresarios privados hacia un fin de lucro, con inver- sión del capital (= dinero o bienes con valor pecuniario), comprando medios de producción y vendiendo productos, pueden tener un carácter tradicionalista, y esto ha sido lo que ha ocurrido alo largo de la historia económica reciente, no con carácter excepcional, sino por regla general (siempre con interrupciones por la irrupción cada vez más fuerte del «espíritu capitalista»). La forma «capitalista» de una eco- nomía y el espíritu con el que se la dirige están entre sí, por lo general, en una relación de adecuación, pero no en una relación de «ley de» dependencia; y, si a pesar de ello, utili- zamos aquí la expresión «espíritu del capitalismo» [55] [561 para esa mentalidad que aspira profesional y sistemática- mente al lucro por el lucro mismo [54], en la forma en que se expuso con el ejemplo de Benjamin Franklin, lo hacemos por un motivo histórica, porque esa mentalidad encontró su forma más adecuada en la empresa capitalista [57] y por- que, por otro Jado, la empresa capitalista encontró en ella el ¿impulso mental más adecuado. Pero ambos pueden estar, de por sí, separados. Benjamin Franklin rebosaba «espíritu capitalista» en una Época en la que su imprenta no se distinguía en hada, en cuanto a su forma, de cualquier empresa artesanal. Y veremos más ade- 32. Ob. cit.,p. 195. 2, El «espíriras del capiralismo lante que, en los albores de la Edad Moderna, los represen- tantes de esa mentalidad, que nosotros hemos denominado «espíritu del capitalismo», no fueron en absoluto, mi predo- minantemente, los empresarios «capitalistas» del patricia- do comercial, sino las capas ascendentes de la clase media (Mitielstand)”. En el siglo XIX tampoco fueron sus repre- sentantes clásicos los elegantes gentlemen de Liverpool o de Hamburgo con sus patrimonios comerciales heredados, sino que lo fueron los parvenus de Manchester o de Re- nania- Westfalia provenientes de situaciones sociales fre- cuentemente muy modestas. [60] Seguramente la actividad empresarial de un banco, de un comercio de exportación al por mayor o incluso de un ne- gocio al por menor grande, o, por último, de un gran co- merciante de mercancías producidas en la industria do- méstica, sólo es posible bajo la forma de una empresa capitalista. Pero, sin embargo, todas ellas pueden estar dis gidas con un espíritu estrictamente tradicional: los negocios de los grandes bancos emisores no deber ser dirigidos de otra manera; el comercio ultramarino de épocas enteras tuvo un carácter estrictamente tradicional sobre la base de menopolios y reglamentos; en el negocio al por menor -y 33. Hay que señalar que no se está ofreciendo, en absoluto a prior la suposición de que la técnica de la empresa copitalista y el espíritu del «tra» bajo profesional» -que suele prestar al capitalismo su energía expansi va- tengan su humus originario en las mismas capas sociales. Lo mismo ecurre con la conciencia religiosa en relación con los grupos sociales, El calvinismo es históricamente uno de los agentes indudables de la exuca- ción en sespíritu capitalista». Peso los grandes propietarios de capital no eran predorainantemente seguidores del calvinisono en su observancia más estricta, sino arminianos -en Holanda, por ejemplo, y por razones que se comentarán más adelante-, La pegucña burguesía ascendente (58) fue aquí y en otras partes el representante «típico» de la ética capitalista y de la Iglesia calvinista (59). LE problema tias de comerciantes/empresarios de la industria doméstica se fue de la ciudad al campo, seleccionó cuidadosamente a los tejedores que necesitaba, acentuó su dependencia y con- troles -convirtiendo así a los campesinos en obreros- y, por otra parte, tomó en sus propias manos las ventas llegando directamente a los últimos compradores —el negocio al por menor, consiguió personalmente los clientes, los visitaba regularmente cada año y, sobre todo, supo adaptar la cali- dad de los productos exclusivamente a sus necesidades y deseos, acomodándose a sus gustos, y comenzó simultánea- mente a practicar el principio de «precios baratos, grandes ventas». Entonces comenzó a producirse repetidamente lo que es la consecuencia siempre y en todo lugar— de este proceso de «racionalización»: quien no sube, baja. Se rom- pió el idilio al iniciarse una competencia feroz; se formaron patrimonios considerables que no se ponían a producir in- tereses, sino que se invertían de nuevo en el negocio; el an- tígno modo de vida cómodo cedió ante esa dura sobriedad en quienes participaban y ascendían, porque no querías gastar sino ahorrar, y en quienes continuaron con las viejas maneras, porque tuvieron que limitarse a sí mismos [62]. Y en estos casos mo fue, por lo general, la afluencia de dinero nuevo la que provocó esta transformación, sino que fue el nuevo espíritu que se había introducida, el «espíritu del ca- pitalismo [63]», y esto es lo importante aquí (he conocido algunos casos en los que con un capital de pocos miles, prestado por parientes, se puso en movimiento todo este «proceso revolucionario). La cuestión sobre las fuerzas im- pulsoras del desarrollo del capitalismo [64] no es básic mente una cuestión sobre el origen de las reservas de dine- to utilizables de forma capitalista, sino [65] una cuestión sobre el desarrollo del espíritu capitalista. Donde éste sopla 104 2.El vespírino» del capitalismo y se deja sentir, él se area sus reservas de dinero como instru- mento para su actuación, y no al revés [66]. Pero su introduc- ción no suele ser pacífica. Un innovador se encuentra por lo general con una avalancha de desconfianza, a veces de odio, y sobre todo de indignación moral; con frecuencia se forma una leyenda sobre alguna sombra secreta de su vida anterior. No es fácil hacerle notar a alguien que no sea suficientemente imparcial que a ese empresario de «nuevo estilo» sólo un ca- rácter extraordinariamente fuerte puede preservarle de la quiebra moral y económica y de la pérdida de su autocontrol y que, además de una visión clara y una energía para la ac- ción, son sobre todo determinadas cualidades «éticas» muy asentadas las que le dan, en esas innovaciones, la imprescin- dible confianza de los clientes y de los obreros y las que le conservan su fuerza para la superación de las innumerables resistencias con que se encuentra; y las que, sobre todo, le han posibilitado realmente esa grandísima capacidad de tra- bajo que se exige ya a un empresario y que es incompatible con el cómodo disfrute de la vida: son precisamente cualida- des éticas de un tipo específicamente distinto a las cualidades adecuadas al tradicionalismo del pasado. [67] Alguien podrá estar tentado de decir, por supuesto, que, en sí, estas cualidades morales personales no tienen que ver lo más mínimo con ninguna máxima ética ni menos aún con ningún pensamiento religioso y que, en esa dirección, el fundamento adecuado de ese modo de vida consiste esen- cialmente en una negación, en la capacidad para Eberarse de la tradición recibida, es decir, en una ¿Zustración liberal al máximo. Y, en realidad, es lo que suele ocurrir hoy. Por re- gla general, el modo de vida no sólo no guarda ninguna re- ferencia con un punto de partida religioso, sino que, cuan- do esa referencia existe, suele ser de tipo negativo, al menos 1o5 1.El problema en Alemania. Esas naturalezas imbuidas de «espíritu capi- talista» suelen ser hoy, si no enemigos de la Iglesia, indife- rentes al menos. La idea del paraíso como «aburrimiento piadoso» tiene poco atractivo para estos seres pragmáricos; la religión se les presenta como un medio con el que dis- traer a los hombres de trabajar en esta tierta. Si se les pre- guntara por el sentido de este afán sin descanso, que nunca está contento con lo que se posee y que, por lo tanto, ten- dría que parecer tan carente de sentido en una interpreta- ción puramente terrenal dela vida, en caso de que realmen- te tuvieran alguna respuesta contestarían algunas veces que su sentido es «el cuidado de los hijos y de los nietos», pero, como ese motivo no es realmente un motivo específico de ellos, sino que también funciona en el «hombre tradiciona- lista», dirían con mayor frecuencia simplemente que el ne- gocio con su trabajo continuo se ha convertido para ellos en algo «imprescindible para la vida». Ésta es, en realidad, la única motivación acertada y la que expresa lo irracional [68] de este modo de vida, en el que el hombre está para su negocio y no al revés. Evidentemente juega aquí un papel la sensibilidad para el poder y el prestigio que da el mero he- cho de la propiedad: allí donde la fantasía de todo un pue- blo está dirigida a lo cuantitativo, como en los Estados Unú- dos, este romanticismo de las cifras actúa con una magia irresistible sobre los «postas» de los comerciantes; pero, si no, no son en general los empresarios líderes ni concreta- mente los que tienen éxitos duraderos los que se dejan cau- tivar por esta actitud; y el desembarco en los fideicomisos y en los títulos nobiliarios otorgados con hijos que intentan hacer olvidar su origen con su comportamiento en la uni- versidad o en el cuerpo de oficiales como es habítualmen- te el curriculum vitae de las familias de los nuevos ricos ca- 106 2.El «espíritu» del capítalisma pitalistas alemanes- representa un fenómeno de decadencia epigónica. El «tipo ideal» de empresario capitalista”, que también se da entre nosotros con algunos ejemplos sobresa- lientes aislados, no guarda ninguna afinidad con esos alardes roás bastos o más finos; aquél aborrece la ostentación y el de- rroche innecesario y el disfrute consciente de su poder y la aceptación más bien incómoda de los signos externos del aprecio social de que disfruta. Su modo de vida lleva, en mi opinión, ciertos rasgos ascéticos, como se pone de manifiesto en el «sermón» de Franklin citado antes; y habrá que abordar la significación histórica de este fenómeno, no sin importan- cía para nosotros. No es nada raro, sino muy frecuente, en- contrar en él un cierto grado de fría modestia, que es esen- cialmente más sincera que aquellas reservas que Benjamin Franklin sabe recomendar tan inteligentemente; no «tiene nada» de su tiqueza para su persona, excepto ese sentimiento irracional del «cumplimiento de la profesión», Pero precisamente esto es lo que al hombre precapitalista le parecetan inconcebible y misterioso, tan sucio y despreciable. Que alguien pueda convertir en Án exclusivo de su vida labo- ral la idea de bajar a la tumba, en su momento, cargado de mucho dinero y de bienes sólo le parece explicable como re- sultado de instintos perversos, de la «amri sacra fames». En la actualidad, con nuestras instituciones políticas, ci- viles y comerciales, con las formas de empresa y con la es- 35. Esto quiere decir el vipo de empresario que nosotros hacemos objeto de muestra consideración, no el empresario de la media empírica (sobre el concepto de «tipo ideal», véase mi artículo en esta revista [69], vol. XIX, fascículo 1). a 36. Que este rasgo ssscético» no esa algo periférico para el desarrollo del capitalismo, sino algo de una significación extraordinaria, lo enseñará el resto dela exposición, Sólo ésta podrá demostrar realmente que xo setrata de rasgos tomados arbitrariamente, 107 1.El probleros fiesto precisamente lo extramoral e incluso lo [78] ¿rmoral, que, según la propia concepción de los interesados, carac» terizaba su conducta. ¿Cómo ha surgido de esta conducta, moralmente tolerada en el mejor de los casos, una «profe- sión» en el sentido de Benjamin Franklin? ¿Cómo se puede explicar históricamente que, en el centro del desarrollo «capitalista» del mundo de entonces, la Florencia de los si- glos x1v y XV, mercado financiero de todas las grandes po- tencias políticas, se considerara con reservas morales [79] lo que en la remota Pensilvania pequeño-burguesa del si- glo xvin -donde la economía, por pura falta de dinero, amenazaba con caer en el trueque, donde apenas se podían observas huellas de grandes empresas industriales y donde los bancos estaban en sus comienzos antediluvianos- se consideraba como un modo de vida moralmente digno de ser alabado, más aún, como un modo de vida conveniente? Querer hablar aquí de un «reflejo» de la siruación «mate- rial» en la «superestructura ideal» sería realmente un puro sinsentido. ¿De qué pensamiento procede incluir una acti- vidad, que exteriormente sólo está orientada a la ganancia, en la categoría de «profesión», respecto a la cual el indivi- duo se siente obligado? Pues esta idea es realmente la que suministra aquí la base y el respaldo ético al modo de vida del empresario de «nuevo estilo». dono, merito o guiderdono, ovvero interese per anno presente e secon- do chre altra volta fatta fue». Es desir, una especie de indulgencia por parte del gremio para sus miembros por vía oficial y por concurso. Son también 'muy típicas del carácter extramoral del lucro las otras indicaciones poste- riores y, por ejemplo, el precepto inmediatamente anterior (cap. 63) de contabilizar todos los intereses y los beneficios como «regalo». Similar a las actuales Jistas negras de la bolsa contra quienes interponen la objeción de diferencia exa entonces el descrédito de quienes acudían al csibunal eclesiástico con la exceptio usurariae pravisatis 110 | l | 1 2, El «espíritu» del capitalismo Se ha señalado el «racionalismo económico» como el ele- mento fundamental de la economía moderna; así lo ha he cho Sombart con explicaciones muy felices y efectivas; y con toda la razón, si por racionalismo económico se entien- de ese crecimiento de la productividad del trabajo que eli- mina la vinculación del proceso de producción a los límites «orgánicos», naturales, de la persona humana, y lo organiza desde puntos de vista científicos. Este proceso de racionali- zación en el terreno de la técnica y de la economía condicio- na, sin duda, una parte importante de los «ideales de vida» de la sociedad burguesa moderna: a los representantes del «espíritu capitalista» siempre les ha parecido indudable que trabajar para una organización racional del suministro de bienes materiales de la humanidad era uno de los fines que guiaban su vida. Sólo hay que leer, por ejemplo, la des- cripción de B, Franldin sobre sus esfuerzos por las ¿mprote- sments municipales de Filadelía para ver esta verdad evi- dente. La alegría y el orgullo de «haber dado trabajo» a muchos hombres, de haber cooperado al «florecimiento» económico de su ciudad en el sentido que el capitalismo asocia a esta palabra —Horecimiento de la población y lore- cimiento comercial-, tado esto pertenece, evidentemente, a la alegría de vivir específica del empresariado moderno, en- tendida, sin duda, desde un punto de vista «idealista». Y es, naturalmente, una de las características fundamentales de la economía capitalista racionalizada sobre la base de un es- tricto cálculo contable organización «calculable», dice Som- bart-, orientada de manera planificada y austera al ansiado éxito económico, a diferencia del vivir al día del campesino y de la rutina privilegiada del artesano gremial [801. : Parece, por tanto, que el desarrollo del «espíritu capita- lista» se podría entender sencillamente como un fenómeno 11 LE problema parcial dentro del desarrollo global del racionalismo y que debería deducirse de la posición de los principios raciona- listas respecto a los problemas últimos de la vida. En ese sentido, por consiguiente, el protestantismo sólo entraría en consideración en la medida en que hubiera desempeña- do el papel de «primicia» de una concepción racional de la vida. Pero tan pronto como se hace este intento en serio, se ve que no es aceptable porque la historia del racionalismo no muestra en absoluto una evolución progresiva paralela en los distintos campos de la vida. Por ejemplo, la raciona- lización del derecho privado -entendiéndola como la orga- nización y simplificación conceptual del material jurídico alcanza su forma más elevada en el derecho romano del final de la Edad Antigua, y está muy atrasada en algunos de los países más racionalizados económicamente, concreta- mente en Inglaterra, donde el renacimiento del derecho ro- mano fracasó en su momento por el poder de los grandes gremios de juristas, mientras que siempre ha dominado en los países católicos del sur de Europa. La filosofía pura- mente racional no tuvo, en el siglo XVII, sus centros sólo, o preferentemente, en los países más desarrollados desde el punto de vista capitalista. El volterianismo es todavía hoy patrimonio común de amplias capas superiores precisa- mente en los países católico-romanos y, lo que es más im- portante, prácticamente de las capas medias. Si por «racio- nalismo» práctico se entiende el modo de vida que refiere expresamente el mundo a los intereses del propio yo y lo juzga desde éste, ese estilo de vida era «típico», y lo es hoy, sobre todo de los pueblos del «liberar: arbítrium», tal como lo llevan en la sangre italianos y franceses; y ya podríamos estar convencidos de que éste no es el suelo sobre el que crece preferentemente esa relación con la «profesión» como 112 3. El concepto de profesión de Lutero. Objeto de la investigación un fin, que el capitalismo necesita. Está claro que se puede «racionalizar» la vida desde puntos de vista muy diversos y según orientaciones muy diversas [81]; el «racionalismo» es un concepto histórico que contiene en sí mismo un mundo de contradicciones, y nosotros tenemos que investigar pre- cisamente de qué espíritu era hijo esa forma concreta de pensamiento y de vida «racionales», de la que ha surgido esa idea de «profesión» y esa entrega al trabajo «profesional», que es uno de los elementos característicos de muestra cultu- ra capitalista y lo sigue siendo (entrega tan irracional desde el punto de vista de los intereses propios puramente eudemo- nistas, como ya hemos visto). A masotros nos interesa aquí, precisamente, el origen de este elemento irracional que exis- te en esa entrega y en ese concepto de «profesión», 3. [El concepto de profesión de Lutero. Objero de la investigación] j Es innegable que tanto en la palabra alemana «profesión» (Beruf) como, con mayor claridad aún, en la inglesa «ca» lling» resuena al menos una idea «religiosa» —una tarea Puesta por Dios=, y cuanto más acentuemos la palabra en el caso concreto, más perceptible es. Si hacemos un segui- miento histórico de esta palabra a través de las lenguas cul- tas, se ve, en primer lugar, que los pueblos latino-católicos [82] no tienen, como tampoco la tiene la Antigiiedad clási- ca, ninguna expresión similar para lo que nosotros llama- 38. [83] En griego falta por complex ói En gr pleso una denominación que correspon: ds al matiz ético de la palabra alemana. Cuando Lutero traduce a El lesiástico 11, 20 y 21, apermanece en tu profesión» en un sentido que se corresponde al uso del lenguaje actual (véase más adelante), los Setenta 113