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Ética del Informador en Sociedad Compleja: Responsabilidad en Información (80 characters) , Ejercicios de Periodismo

Joaquín maría aguirre romero reflexiona sobre la importancia de la ética en el periodismo y la responsabilidad del informador en una sociedad cada vez más compleja. Basándose en las ideas de joseph pulitzer, el autor aborda los pilares de la ética informativa: la ética, la educación y la reputación. Este discurso, pronunciado en el aniversario de 40 años de la facultad de ciencias de la información de la universidad complutense de madrid, es una llamada a la reflexión sobre el papel social y personal de los profesionales de la información.

Tipo: Ejercicios

2017/2018

Subido el 25/05/2018

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ÉTICA TEMA 2: LA RESPONSABILIDAD DEL INFORMADOR EN UNA SOCIEDAD
COMPLEJA:
Cuarenta aniversario de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad
Complutense de Madrid
Joaquín María Aguirre Romero
Introducción
Señora Vicerrectora, Señora Decana, señores invitados, queridos compañeros, alumnos y
asistentes:
Quisiera, ante todo, dar las gracias a las personas que quisieron que estuviera hoy aquí. No hay
más explicación para ello que un exceso de generosidad o cariño, pues muchos de los que están
sentados en esta sala reúnen méritos más que suficientes para ocupar este lugar antes que yo.
Recuperado de la sorpresa que supuso para mí que algunos tuvieran el deseo o curiosidad de
escuchar lo que pudiera decir, sin una propuesta de tema específico, y en un acto de celebración
de un aniversario como éste, momento de alegría para todos los que estamos aquí, profesores,
alumnos y profesionales de todas las licenciaturas que esta Facultad agrupa, me pareció
adecuado hablar de temas que nos unieran como docentes y profesionales, más que con otro tipo
de planteamientos. Lo que nos une a profesionales, alumnos y docentes son estas aulas
universitarias y unas vocaciones comunes.
Trataré de cuestiones que nos afectan en lo que vivimos y en lo que enseñamos, pues creo que
no se deben disociar ambos aspectos en el proceso de transmisión de un conocimiento que debe
ser también el de una vocación, idea importante que solemos perder en medio de tecnicismos y
abstracciones.
Esta intervención no tiene más sentido que hacer algo que no hace mucho tiempo algunos
pedían críticamente al conjunto de la profesión: recordad lo que os llevó a las Facultades de
Ciencias de la Información. Y es lo que he tratado de hacer, recordar algunas cuestiones
referidas a las motivaciones que nos trajeron y traen a estas las aulas, entonces y ahora.
Por ello —se entenderá pronto —se entenderá pronto— he titulado esta intervención como “Un
sentimiento de clase”.
Un sentimiento de clase
Las personas que llegaron a esta Facultad por primera vez hace cuarenta años entendían por
“información” algo probablemente bastante distinto a lo que piensan los que llegan hoy. El
escenario era muy diferente como, quizá, también lo eran las motivaciones para llegar hasta
aquí. Términos como “ciberespacio”, “micromedios”, “redes sociales” y muchas otros hoy
habituales no habían hecho su aparición en la vida cotidiana ni en la profesional. El mundo de la
comunicación se había parado en la Televisión y ya se hablaba de “aldea global”, verdadera
aldea en comparación con la megalópolis global que estamos construyendo actualmente.
Llegábamos aquí al hilo de una “cultura pop” que se había impuesto en la década anterior, los
sesenta, y que había hecho de los medios de comunicación un nuevo vehículo y forma de
expresión. “Comunicación” e “incomunicación” eran los dos extremos del mundo, las nuevas
varas de medirlo todo. Comunicación e incomunicación generacional, política, matrimonial...
Casi todo oscilaba entre estos dos puntos.
Lo que había sido una profesión se convertía, además, en campo y objeto de estudio. La prensa,
el cine, la televisión, la radio y la publicidad adquirían un nuevo protagonismo y significado
para una generación que pudo contemplar la llegada a la Luna o la grabación de los Beatles a
través de Mundovisión como hitos comunicativos. Éramos una generación que vio caer al
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¡Descarga Ética del Informador en Sociedad Compleja: Responsabilidad en Información (80 characters) y más Ejercicios en PDF de Periodismo solo en Docsity!

ÉTICA TEMA 2: LA RESPONSABILIDAD DEL INFORMADOR EN UNA SOCIEDAD

COMPLEJA:

Cuarenta aniversario de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid

Joaquín María Aguirre Romero

Introducción

Señora Vicerrectora, Señora Decana, señores invitados, queridos compañeros, alumnos y asistentes:

Quisiera, ante todo, dar las gracias a las personas que quisieron que estuviera hoy aquí. No hay más explicación para ello que un exceso de generosidad o cariño, pues muchos de los que están sentados en esta sala reúnen méritos más que suficientes para ocupar este lugar antes que yo.

Recuperado de la sorpresa que supuso para mí que algunos tuvieran el deseo o curiosidad de escuchar lo que pudiera decir, sin una propuesta de tema específico, y en un acto de celebración de un aniversario como éste, momento de alegría para todos los que estamos aquí, profesores, alumnos y profesionales de todas las licenciaturas que esta Facultad agrupa, me pareció adecuado hablar de temas que nos unieran como docentes y profesionales, más que con otro tipo de planteamientos. Lo que nos une a profesionales, alumnos y docentes son estas aulas universitarias y unas vocaciones comunes.

Trataré de cuestiones que nos afectan en lo que vivimos y en lo que enseñamos, pues creo que no se deben disociar ambos aspectos en el proceso de transmisión de un conocimiento que debe ser también el de una vocación, idea importante que solemos perder en medio de tecnicismos y abstracciones.

Esta intervención no tiene más sentido que hacer algo que no hace mucho tiempo algunos pedían críticamente al conjunto de la profesión: recordad lo que os llevó a las Facultades de Ciencias de la Información. Y es lo que he tratado de hacer, recordar algunas cuestiones referidas a las motivaciones que nos trajeron y traen a estas las aulas, entonces y ahora.

Por ello —se entenderá pronto —se entenderá pronto— he titulado esta intervención como “Un sentimiento de clase”.

Un sentimiento de clase

Las personas que llegaron a esta Facultad por primera vez hace cuarenta años entendían por “información” algo probablemente bastante distinto a lo que piensan los que llegan hoy. El escenario era muy diferente como, quizá, también lo eran las motivaciones para llegar hasta aquí. Términos como “ciberespacio”, “micromedios”, “redes sociales” y muchas otros hoy habituales no habían hecho su aparición en la vida cotidiana ni en la profesional. El mundo de la comunicación se había parado en la Televisión y ya se hablaba de “aldea global”, verdadera aldea en comparación con la megalópolis global que estamos construyendo actualmente. Llegábamos aquí al hilo de una “cultura pop” que se había impuesto en la década anterior, los sesenta, y que había hecho de los medios de comunicación un nuevo vehículo y forma de expresión. “Comunicación” e “incomunicación” eran los dos extremos del mundo, las nuevas varas de medirlo todo. Comunicación e incomunicación generacional, política, matrimonial... Casi todo oscilaba entre estos dos puntos.

Lo que había sido una profesión se convertía, además, en campo y objeto de estudio. La prensa, el cine, la televisión, la radio y la publicidad adquirían un nuevo protagonismo y significado para una generación que pudo contemplar la llegada a la Luna o la grabación de los Beatles a través de Mundovisión como hitos comunicativos. Éramos una generación que vio caer al

presidente de la democracia más poderosa del planeta por el escándalo desatado por un periódico. Y esas y muchas cosas más nos trajeron hasta aquí.

Esta Facultad era parte del sueño de la integración de la comunicación en el mundo universitario, algo que Joseph Pulitzer había reclamado a principios del siglo XX, en 1904, y acabó consolidándose como proyecto en la Universidad de Columbia. Cuando leemos hoy las ideas que llevaron a Pulitzer a realizar la propuesta siguen sorprendiendo por su actualidad y, especialmente, por su necesidad, por la vigencia que sigue teniendo su modelo basado en tres pilares. Cuando replicaba a aquellos que consideraban que la conversión en educación universitaria iba a establecer una distinción clasista entre los profesionales formados en el día a día de las redacciones y los que hubieran pasado por las aulas universitarias, escribió lo siguiente:

(«)Los periodistas necesitamos un sentimiento de clase: uno basado no en el dinero, sino en la ética, la educación y la reputación(»). (Pulitzer 40)

Son estos tres pilares —ética, educación y reputación— los que continúan siendo absolutamente necesarios para definir una profesión, la de informadores. Sobre ellos me gustaría construir esta pequeña exposición. Su vigencia e importancia constituyen, como escribió Joseph Pulitzer, lo que da ese sentido de clase necesario para avanzar y enfrentarse a nuevos retos.

Para entender esos tres pilares debemos comprender el importante papel social que él otorgaba a la Prensa, que juega un papel esencial en las sociedades democráticas a través de la idea de una “opinión pública” configurada por los medios. Pulitzer señaló: «… seguro que las mejores mentes de la nación se dan cuenta de lo indisolublemente unida que está una república pura con una prensa honesta» (Pulitzer 48).

Aunque nos pueda parecer un exceso de idealismo, tanto la pureza política como la honestidad informativa son horizontes, aspiraciones a las que no se puede renunciar por más que podamos tener ejemplos de lo contrario. Si se renuncia a esos caminos, el mundo se nos vuelve más oscuro porque es la ilusión —entendida como impulso y no como fantasía— lo que hace mejorar una Facultad, una profesión o una ciudadanía.

Deberíamos ir apartando cierto discurso cínico y pesimista que se ha ido apoderando de muchas zonas de nuestra vida y recuperar esa aspiración de Pulitzer como profesionales y universitarios. La simple enseñanza —y esto también lo señaló— si no está acompañada de una moral no sirve de mucho: («)Si un redactor no tiene carácter moral, no tiene nada(») (Pulitzer 29), escribió.

Me centraré en el texto de Pulitzer porque me parece muy adecuado para una ocasión como ésta, la celebración de cuatro décadas de la Facultad de Ciencias de la Información, una Facultad en la que se encuadraron el Periodismo, el mundo Audiovisual y el de la Publicidad para entrar a formar parte del mundo universitario.

Creo que en un momento en el que abundan el relativismo y el cálculo, es importante reivindicar los orígenes o, al menos, los deseos y sueños que los alimentaron en aquel lejano 1904 cuando Joseph Pulitzer se planteó la justificación del Periodismo en la Universidad. Puede que nuestro mundo de optimizaciones y excelencia no sea el más adecuado para introducir en sus índices, baremos y protocolos las ilusiones y los principios, pero no por ello —o precisamente por ello— se debe renunciar a plasmarlo como ideal y elemento orientador de nuestras actividades profesionales y docentes.

Ética

El primero de los principios reclamados por Pulitzer como pilares de la conducta del profesional es la “ética”. La ética informativa es una especie de “contrato social”, va más allá de lo individual y se adentra en el centro de la vida social y su articulación.

Informar es más que escribir un texto o realizar una pieza audiovisual o un anuncio. Es cambiar el estado de los que reciben esas informaciones. Si la información les es necesaria, contribuye a la mejora general. La noticia no es sólo lo que ocurre; es lo que ocurre y debe saberse porque de no saberse no tomaremos las decisiones adecuadas y el mundo irá a peor.

La información, en última instancia, es importante porque el mundo se ha hecho más complejo y necesitamos, como decía Luhmann, reducir su complejidad para hacerlo manejable en nuestras elecciones. Al recibir mejor información comprendemos mejor nuestra posición y comprendemos lo que nos afecta.

El principal obstáculo para poder cumplir ese compromiso ético es el cambio de orientación del sentido del interés, dejar de ver al otro como ese alter complementario. Cuando la orientación no se dirige hacia los intereses de los ciudadanos, la información pasa a cumplir unas funciones distintas. En muchas ocasiones es posible integrar y equilibrar otras funciones a través de los medios, pero los problemas surgen en una forma de economía en donde la información pasa a ser un bien en sí mismo, se mercantiliza cambiando su sentido.

La profesora Eva Illouz, de la Universidad de Tel-Aviv, ha dedicado parte de su trabajo a investigar la configuración de esta nueva forma de sociedad vertebrada alrededor de los medios y la información. Escribió: («)El término “tecnocapitalismo” se ha acuñado para dar cuenta de la importancia que tienen la información, el conocimiento especializado y los medios de comunicación en la nueva economía. Han surgido nuevas fuentes de ganancias que ocupan el espacio central de la escena del “tecnocapitalismo”, donde las empresas luchan por el control. En principio, estas fuentes son tres: los sistemas de información a gran escala, diseminados mediante las tecnologías de reproducción; la esfera privada del ocio, estructurada hoy en día por el consumo y los medios masivos; y la “industria cultural”, compuesta por la publicidad, los medios masivos, la educación, etc. (») (Illouz 2009 33)

Corremos el riesgo de que sea precisamente la presencia vertebradora de los medios lo que determine su pérdida de identidad tras su cambio de función al servicio de otros intereses distintos. Cuando los lectores perciben que no son sus intereses los que se tienen en cuenta sino que la información no es más que lo que, parafraseando a Freud, podríamos llamar la “prima de atracción” para dirigir sus conductas hacia otro tipo de intereses ajenos, se produce la ruptura del contrato informativo, aquel por el que el profesional asume los intereses del otro como propios y hace los ajenos suyos. Una ética informativa no puede prescindir de lo que ese compromiso de confianza supone. Hacerlo es sembrar el recelo en un campo en el que la credibilidad lo es todo.

El amor a la profesión implica la defensa de la conciencia y la defensa de la conciencia implica la defensa de la profesión. En la novela corta de John Steinbeck, En la jungla de la noche, uno de los personajes recrimina a otro diciéndole: «No sientes un respeto infinito por tus instrumentos y tu profesión… ¡Profesión! Lo has convertido en un oficio» (Steinbeck 29). El respeto es lo que impide que la “profesión”, concepto que implica un componente afectivo y de creencia profunda en lo que se hace, no se transforme en mero “oficio”, ocupación o habilidad, en un simple saber hacer. El informador no puede ser un tecnócrata ni un esteta. Nada hay más absurdo que considerar estéticamente la actividad periodística. El periodismo bien escrito se complementa con el problema bien descrito. Escribir bien es hacer comprender bien, hacer llegar el estado de la sociedad a los que viven en ella.

Reafirmemos constantemente el valor ético de la profesión periodística, lo que tiene de compromiso social y personal, y reivindiquemos su necesidad e importancia en un mundo como el de hoy, construido a golpe de informaciones.

Educación

Creo que Joseph Pulitzer acertó al querer llevar el Periodismo a la universidad. He dicho el “periodismo” y no “los periodistas” porque ese fue uno de sus principales objetivos y una diferencia importante.

No son sólo los periodistas los que deben estar en el campus, sino el Periodismo. Puede que se discrepe y haya mucho que discutir sobre cómo debe enseñarse y qué debe atenderse, pero la distinción de Pulitzer es esencial y creo que sigue teniendo valor. No se trata de que haya universitarios en las redacciones, se trata de configurar planes de estudios para completar la formación de personas que han de cumplir eficazmente el compromiso ético de informar a los demás lo mejor posible.

Pulitzer pensaba, en efecto, en términos de excelencia. No era una simple cuestión de dar una formación universitaria, de dar un barniz culto o prestigio social, sino de establecer la configuración de un campo multidisciplinar y complejo, como lo es el mundo que trata de reflejar.

No creo que haya campo más complejo para traducir a planes de estudios y conocimientos necesarios que los estudios de comunicación. Frente a la tendencia a la especialización, Pulitzer abogaba por una formación que permitiera comprender el mundo para tratar de reflejarlo posteriormente. No se trata de otra cosa sino de eso, de la traducibilidad del mundo, de convertir su complejidad y oscuridad en claridad cuando es expuesto a través del lenguaje y se convierte en texto. Ese proceso va mucho más allá de la pericia técnica de la escritura, del oficio, como decían los personajes de Steinbeck antes citados.

Cualquier proceso que quiera hacer el mundo inteligible pasa por su comprensión previa, por el esfuerzo de aprehensión necesario para poder plasmarlo en unas páginas. El artículo, el reportaje, etc. no son el trabajo; son el resultado del trabajo, la concreción semiótica de toda una serie de procesos previos que nos llevan a percibir el sentido del mundo y a tratar de reflejarlo. Por muy descriptivo que sea un texto periodístico implica una precomprensión valorativa, un juicio del que conoce y sabe, una elección previa.

Cualquier formación periodística parte de la doble necesidad de perfeccionar las herramientas comunicativas —el dominio retórico y técnico de los lenguajes para conseguir los fines de expresión— y la necesidad previa de comprensión del mundo; entenderlo primero y ser capaz de expresarlo después. La formación del periodista es compleja y amplia. Esto no significa que no se deba especializar, sino que su formación no puede prescindir de herramientas intelectuales que le impidan tener esa conciencia global de la cultura entendida como nuestro universo de actuaciones.

El compromiso formativo no es menor que el ético y lo complementa. Nos formamos para poder cumplir mejor nuestro compromiso social. Pulitzer escribió: «La educación es desarrollo, no creación» (Pulitzer 50). Ese desarrollo lo que muestra es precisamente su carácter de continuidad permanente, de adaptación a los cambios del mundo a través de la formación.

El compromiso de formación es un compromiso, en primer lugar, con uno mismo, con la necesidad de mejorar nuestra capacidad de comprensión para hacer que otros puedan comprender mejor. Desde la perspectiva de la educación, las Facultades de Comunicación tienen que ser capaces de dar formación técnica, del manejo de herramientas, pero ante todo han de dar las herramientas de comprensión del mundo. Necesitamos recibir lo mejor que podamos ofrecer para enmarcar en su justa medida lo que acontece. Tenemos la creencia que contar es un proceso automático que no requiere más que un control de herramientas expositivas. Sin embargo, no es así. Salir del tópico no es sencillo y requiere una capacidad de penetración para ir más allá de lo se nos muestra ingenuamente como evidente. Nada más peligroso que lo obvio.

El historiador John Luckas ha escrito: («)En el principio fue el verbo; y luego la carta; y luego la literatura. ¿Consiste la historia en hechos? Ciertamente, hay “hechos”. Las llamas prendieron

Existe una reputación individual y existe otra colectiva, la que nos afecta a todos en cuanto somos integrantes de una clase común, la profesión. La individual es la que el profesional se va labrando día a día con su quehacer. La reputación es una obra laboriosa, una demostración constante de confianza. Probablemente, en una profesión que requiere que los demás den un paso hacia nosotros, que dedican unos minutos de su vida a leernos o escucharnos, la reputación lo sea casi todo.

La reputación no es la imagen, concepto ambiguo. No es un representar, sino un ser ante los demás. El periodista no es un líder, no quiere que le sigan; quiere que le crean porque en su credibilidad se cimenta lo que nos transmite del mundo. Su influencia no es manipuladora—no debe tener un interés propio—, sino transformadora de la opinión. Pulitzer señaló: («)El poder de influencia no puede existir sin la confianza del lector. Y esa confianza debe tener una base humana. Debe descansar en la personalidad del periodista. El director, el verdadero (“)periodista (”) del futuro, debe ser un hombre del que se conozca su integridad para no escribir en contra de sus convicciones. Debe ser reconocido como un hombre que dimitiría antes que renunciar a sus principios por intereses económicos.(») (Pulitzer 62)

Integridad y principios son las garantías sobre las que se construye la reputación, que da paso a la credibilidad. El periodista no busca que le voten ni vender nada. No trata de beneficiarse de que le creamos; somos nosotros los beneficiados, porque confiar en él nos ha permitido mejorar, comprender mejor el mundo.

En un mundo cada vez más centrado en la apariencia interesada, la Prensa debe mantener integridad y principios como base de su confianza. No es fácil porque, como señaló la novelista Nathalie Sarraute, hace sesenta años, nos hemos adentrado en la era del recelo. Se refería la autora a la complicada situación que se creaba en la obra literaria una vez que se había producido, entre autor y lector, la ruptura de la creencia sobre la inocencia del texto. Sarratute habló, para referirse a la época, de «un estado de ánimo espiritual especialmente enrarecido». Y citaba a Stendhal: «"El genio del recelo ha bajado a la tierra". Hemos entrado en la era del recelo» (Sarraute 49-50).

Quizá el recelo sea una reacción compensatoria a la presencia constante de los medios en nuestras vidas, a la sobreabundancia de información. La influencia no es el poder de la presión, sino el de la credibilidad, nos dice Pulitzer, y ésta se desprende del poder de los principios, del respeto de la conciencia propia y de la ajena, de la del profesional y la de los públicos.

Hoy muchos piensan que la credibilidad es cuestión de campañas de imagen y la influencia, cuestión de inversión. No es de eso de lo que hablamos, sino de esa “base humana” que parte de los compromisos y de la ejemplaridad. Los profesionales y los medios viven de su reputación, de la construcción ejemplar de sus trayectorias, de la demostración de que el compromiso es con sus lectores.

La profesión periodística es muchas veces ejemplar, lo son sus integrantes. Podríamos citar aquí las decenas de personas que dan su vida cada año en muchos escenarios de todo el mundo por su compromiso de informar a sus públicos. Es una profesión generosa, que se gana su reputación con sangre y la pierde con servidumbre.

Sus servidumbres son precisamente las que la arrancan del compromiso con sus lectores y la ponen al servicio de cualquier otra causa. Sus servidumbres son las del miedo, las de la autocensura, las de la claudicación informativa, las del partidismo. Todo aquello que se antepone al compromiso con su conciencia debilitará o hará perder la reputación.

Me vienen ahora al recuerdo las imágenes de los periodistas protegidos por los manifestantes durante los primeros días de la revolución egipcia. Los manifestantes cogidos de la mano haciendo un cerco para evitar que los informadores fueran agredidos o desaparecieran. Me parece una imagen reveladora de esa confluencia de intereses, de ese respeto y protección social

a la función informativa que necesita del amparo de todos para cumplir su tarea. Desgraciadamente, esa imagen no es la más frecuente.

En un mundo en el que se multiplican los medios y las fuentes de información, en un mundo de redes sociales, blogs, etc., la reputación, es decir, la confianza, pasa a serlo casi todo, porque las opciones se multiplican. Todos están ahí, a un click de distancia. Y lo que nos hace elegir a unos u otros es la credibilidad por la calidad de la información. La una sin la otra significa poco.

La reputación en un mundo informativo globalizado significa un compromiso mayor, una vigilancia permanente sobre el interés social, algo muy distinto al gusto. La reputación no se mide sólo por las audiencias. Pulitzer lo señalaba: se trata de influencia social, de reconocimiento. Puede haber medios muy leídos que tengan poca influencia porque su reputación no es la mejor.

Estos tres elementos que hemos revisado —ética, educación y prestigio— hacen de la profesión de informar algo especial, con una función importante en el desarrollo de una sociedad democrática. Su visión idealizada de lo que debería ser la profesión, tras su entrada en el ámbito universitario, implican el profundo respeto que Pulitzer tenía por ambos, por el Periodismo y por la Universidad misma. Pensaba que ambas instituciones se podrían beneficiar la una de la otra y creo que así ha sido.

Periodismo y Universidad se enfrentan hoy a retos importantes con el cambio de modelo de sociedad, mercantilista y utilitarista. La supervivencia de las dos pasa por el reconocimiento de su propia importancia social y de centrarse en los principios, en hacer de la responsabilidad el eje de su ejercicio profesional. Tanto el Periodismo como la Universidad pueden perderse desde el momento en que se convierten en instituciones que sólo se fijan en sí mismas. Las dos son importantes, esenciales para los países en los que se encuentren, pero importantes por lo que hacen y puedan hacer por sus sociedades. Su influencia se basa en el respeto que son capaces de transmitir a los demás, en su capacidad para que se identifiquen con ellas. Cuanto más sean respetadas, más influencia tendrán. Y serán respetadas en la medida en que se respeten a sí mismas.

El orgullo de ser universitario se basa en la capacidad que la propia universidad tiene de producir respeto. Nuestro valor es el que nos reconocen. Igual ocurre con la Prensa. Su valor proviene de su capacidad de compromiso con la sociedad a la que informa.

Han transcurrido cuarenta años desde que esta Facultad de Ciencias de la Información se creó. Por sus aulas —o por otras similares repartidas por nuestro país— han pasado miles de estudiantes que son ahora muchos de ellos profesionales que se encuentran en los medios. Es un buen momento para celebrarlo. También —y más importante— para reconocer y rectificar errores. Haríamos un flaco favor a la memoria y, sobre todo, al futuro si nos consideráramos satisfechos con lo que tenemos o hemos hecho. Se han logrado muchas cosas y hay muchas otras pendientes para alcanzar el grado de satisfacción aceptable.

Como Facultad tenemos que avanzar en tres sentidos: 1) consolidar la posición de las Ciencias de la Información en el ámbito universitario y científico, ganando el prestigio a través de la calidad de nuestras investigaciones y la capacidad de explicar el mundo desde nuestra perspectiva teórica; 2) tenemos que dar unos mejores profesionales a la sociedad mediante la formación de los estudiantes que pasan por nuestras aulas, que es la forma de cumplir nuestra función social para la mejora de todos; y 3) tenemos que transmitir a nuestros alumnos la importancia de su misión social, más allá del oficio o del negocio, y su responsabilidad derivada. Hay que lograr que amen sus profesiones.

La idealidad de esa clase profesional no basada en el dinero, sino en el esfuerzo constante por servir a una sociedad imperfecta en la que la información contribuya a hacerla un poco mejor y no a embrutecerla o a esclavizarla. Podemos ser mejores o peores en muchas cosas, pero creo

a la no ficción periodística con gran facilidad. España está a años luz de las dos tradiciones aunque cuenta con excepciones extraordinarias, como Manuel Chaves Nogales, Josep Pla y un selecto etcétera.

La información debe ser un recurso contra la impunidad, ya sea en la corrupción como en la pobreza. Es una de las conclusiones del seminario. Hay una desigualdad inicial en las mismas historias que se cuentan. La mayoría pertenece a una élite periodística que informa de los problemas de la élite que solo interesan a la élite. También existe una desigualdad de voces. Nosotros contamos los problemas de los inmigrantes que tratan de llegar a Europa, pero no permitimos que sean los propios inmigrantes los que escriban su relato. Son personas sin derecho a su propia historia, sin derecho a una voz.

Las guerras de Bosnia-Herzegovina, Sierra Leona o Liberia, por rescatar solo tres ejemplos, provocaron una gran intervención militar, política y económica que no logró cambiar nada. Las razones que llevaron a la guerra siguen ahí, dormidas. No hemos sido capaces de cambiar las estructuras del odio. Ni la memoria de ese mismo odio. Sucede lo mismo con la desigualdad. Una futura salida de la crisis ayudará a maquillar las cifras, a cambiar tendencias en los gráficos, pero se olvidará de las personas. Solo las intervenciones radicales sobre la estructura pueden palian la injusticia.

Hay actuaciones, nada revolucionarias , que pueden ayudar a modificar la desigualdad entre países ricos y países pobres. Un ejemplo sencillo es la llamada tasa Robin Hood. ¿Que pasaría en 10 años si se aplicara hoy?

Los cambios son posibles, solo es necesario tener la voluntad política y esta a su vez necesita de la presión periodística y de la sociedad.


SALVADOS: LA MÁQUINA DEL FANGO (video)


JORDI ÉVOLE DEMOCRACIA Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN (video)


“EL GRAN MAL DE NUESTRA CIVILIZACIÓN ES QUE NO NOS HACEMOS PREGUNTAS”

Rosa Maria Calaf (Barcelona, 1945), multipremiada periodista y corresponsal de TVE entre 1970 y 2008 en los más diversos países, es una apasionada de su profesión. Ahora trata de hacer llegar su experiencia en foros como el que esta semana ha celebrado en Sevilla la asociación Madre Coraje en una jornada de 'Comunicación Solidaria'. Es una privilegiada, reconoce, por poder ofrecer su visión de las cosas con la libertad que le da haber vivido de todo. Quizás por eso le exaspera que, en su opinión, no todo se está haciendo bien en el mundo de la información. La conversación en su hotel, poco antes de dejar la ciudad hispalense, salta de un tema a otro sin solución de continuidad: la función social del periodismo, los atentados de París, la sociedad de consumo, la tecnología...

Desde la barrera, ¿cómo ve actualmente la salud del periodismo?

El periodismo debe reconducir el camino hacia el que es su verdadero objetivo, porque cada vez está más deteriorado hasta el punto der ser irreconocible. La ciudadanía debe ser consciente de que estar bien informado es absolutamente esencial si quiere ser capaz de defender sus derechos y sus libertades. Está el riesgo tremendo de que se hace creer que se está informado pero en realidad lo que se está es entretenido, que es muy diferente.

¿A quien le echamos la culpa de eso?

La empresa periodística actual ha perdido gran parte de su vocación informativa y se ha concentrado más, en el mejor de los casos, en la mercantilista, y en el peor, alineándose con intereses de grupo que no son necesariamente los de la mayoría. Esa desviación del objetivo de servicio que tiene la prensa es muy grave y la ciudadanía no parece darse cuenta. Nota que algo pasa, que algo no está funcionando bien. El periodismo ha supeditado los contenidos a la tecnología en lugar de hacer al revés. La tecnología debe ser una herramienta de acceso, de abolir distancias, pero en lugar de eso se hace deprisa y mal.

Y eso es un mal de la sociedad en general o es particular del periodismo?

Los parámetros con lo que medimos todo tienen que ver con el bienestar material, con poseer cosas, sin pensar cómo se consiguen. Es terrible esa disociación a la hora de construir una sociedad responsable. El periodismo siempre ha sido muy difícil pero lo que tiene que hacer es ir hacia donde está lo invisible, el silencio. Porque lo que no se deja ver y se calla, normalmente es porque hay algo que se quiere ocultar, y eso es lo que tiene que descubrir el periodismo, no repetir lo obvio ni contar aquello que se quiere que se cuente.

¿Cree que los periodistas no están comunicando bien lo que pasa?

Comunicar es una cosa e informar es otra. Comunicar es que yo te cuento aquello que quiero que sepas. Pero informar es que yo te cuento aquello que tienes que saber. Es muy distinto. Hay muchos periodistas convertidos en lectores de comunicados, porque no hay tiempo, ni formación, ni voluntad. Periodismo de investigación, cero. Hablo en líneas generales. El resultado es una peor calidad de la información y un ciudadano peor informado. Pero lo más grave es que no se da cuenta y al final se consigue lo que decía Napoléon de que el pueblo no tiene que ser libre sino que tiene que creer que lo es.

Ha venido usted a una jornada de comunicación solidaria, ¿es ahí donde está la solución?

Cuando ahora hablas de valores, de ética, te miran y te dicen "pero esta friki de dónde ha salido". Y sin conciencia. Los españoles son solidarios a golpe de impacto pero no es duradero. Porque la gente cree que es solidaria porque le basta con conmoverse ante un hecho puntual que sucede pero eso no es vivir solidariamente, pensando en que lo que todos hacemos tiene que ver con lo que le sucede a todos los demás. Igual que la información se ha podido deteriorar, la educación también. Un ingeniero puede ser muy buen ingeniero pero es que además tiene que ser buena persona. Todo eso hace una sociedad menos justa pero tiene que haber una conciencia de que aquí estamos todos y que esto es de todos.

¿Quiere decir que la mayoría de las personas recibe mucha información pero no tiene conciencia de asimilarla?

¿Por qué no nos hacemos preguntas? El gran mal de nuestra civilización es que no nos hacemos preguntas. Se nos ha hecho creer que ya todo está contestado, que las cosas son de una manera y no pueden ser de otra, y eso no es verdad. Hay que cuestionar absolutamente todo. Si tienes una educación cada vez más endeble y una información cada vez más superficial, tienes un ciudadano cada vez menos capaz de entender lo que pasa y de intervenir en lo que pasa en favor del bien común, del suyo y del de la mayoría, pero pensando que sí lo está haciendo.

¿Tiene que ver con eso que el móvil se haya convertido en un apéndice para las personas?

La tecnología ha metido esa especie de pensamiento único en una ciudadanía muy dócil. Un cuchillo puede cortar la carne y tal pero también te puede matar. Con un cincel puedes hacer el David de Miguel Ángel o un monumento asqueroso que no tenga ningun valor. La herramienta hay que utilizarla al máximo pero bien. La red es esencial y es el futuro, porque en los medios convencionales dudo mucho que haya una vuelta atrás y recuperen los valores y los objetivos de servicio. Pero la red hay que usarla, no caer en ella, no ser atrapado por la red. Se hace creer que

tremendamente. Que se vayan todos los jefes de gobierno a reunirse a París cuando lo de Charlie Hebdo, muy bien, pero que se vayan a Lagos cuando lo de las 200 niñas.

¿A qué obedece ese doble rasero al que alude?

La pregunta es: ¿por qué nos preocupa más el terrorismo que el hambre? Muere mucha más gente. El hambre tendría que estar en el telediario todos los días, igual que el terrorismo. La cooperación internacional es muy importante y no está en los informativos. Con las alertas sanitarias ocurre lo mismo. Se monta el jaleo padre cuando son blanquitos los que son afectados pero es que se llevaban muriendo negros la tira de tiempo. El periodista debe señalar ese doble rasero para que la ciudadanía se dé cuenta. Ser una buena persona es estar preocupándose de eso. Esa información equilibrada de los grandes problemas que tienen que ver con hacer un mundo mejor deberían estar siempre en la agenda mediática todos los días.

¿Demasiadas ruedas de prensa? ¿Demasiada atención a las declaraciones de los políticos?

Claro, y no hay tiempo para contrastar otras informaciones, etc. Ahora se hace una política de declaraciones, no de argumentos, ni de propuestas, ni de acciones. Yo quiero que hablen menos y hagan más, que hagan lo que hay que hacer, que no todo sea con visión electoralista. Hay que informar todos los días de todas esas cosas pero luego debe haber un plano de construcción social que debe estar en la agenda para ver qué sociedad estamos construyendo.

¿Hacia dónde cree que camina el periodismo?

Al periodismo lo que le pasa o lo que le ha pasado es que ha sufrido las consecuencias de la crisis de esta sociedad pasarela, de banalidad y de pasar por encima de los grandes temas, y olvidar realmente su objetivo de servicio. Pero, al mismo tiempo, al estar enviando mensajes, está contribuyendo a ello. Está en el origen y en la consecuencia de la creación de los modelos sociales. Es un momento interesante e importante porque se va a ver hacia dónde deriva todo esto, porque es todo muy incierto.

¿Algún mensaje a los periodistas del presente y del futuro?

Hay que ponerse las pilas en cuanto a decidir que hay que tomar decisiones para remediar lo que pasa. La información es esencial para hacer una sociedad sana y justa, capaz de defender sus derechos. Hay que recuperar una cosa tan obvia como hacer una información veraz, honesta, rigurosa... Hay que decidir si el periodismo es una pata importante de esa construcción social. Esta profesión no es un trabajo, es un compromiso y es una responsabilidad. Hay que decidir sabiendo que es díficil y que los medios convencionales están perdidos, y ahora se debe defender la calidad en la información y educar a la ciudadanía, y exigir en los colegios alfabetización mediática.


LA CRISIS DEL PERIODISMO EN ESPAÑA (video)