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Ética, Yo- Ello-Superyo, Apuntes de Publicidad y Promoción

Asignatura: Ética y Deontología de la Publicidad y Relaciones Públicas, Profesor: Dimitrina Semova, Carrera: Publicidad y Relaciones Públicas, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 12/10/2014

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II.
El yo y el ello
La investigación patológica ha dirigido nuestro interés
demasiado exclusivamente a lo reprimido. Desde que sabe-
mos que también el yo puede ser inconciente en el sentido
genuino, querríamos averiguar más acerca de él. Hasta aho-
ra, en el curso de nuestras investigaciones, el único punto
de apoyo que tuvimos fue el signo distintivo de la concien-
cia o la inconciencia; últimamente hemos visto cuan multí-
voco puede ser.
No obstante, todo nuestro saber está ligado siempre a la
conciencia. Aun de lo Ice sólo podemos tomar noticia hacién-
dolo conciente. Pero, un momento: ¿Cómo es posible eso?
¿Qué quiere decir «hacer conciente algo»? ¿Cómo puede
ocurrir?
Ya sabemos desde dónde hemos devanado la respuesta.
Tenemos dicho que la conciencia es la superficie del aparato
anímico, vale decir, la hemos adscrito, en calidad de fun-
ción, a un sistema que espacialmente es el primero con-
tando desde el mundo exterior. Y «espacialmente», por lo
demás, no sólo en el sentido de la función, sino esta vez
también en el de la disección anatómica.' También nuestro
investigador tendrá que tomar como punto de partida esta
superficie percipiente.
Por lo pronto, son ce todas las percepciones que nos vie-
nen de afuera (percepciones sensoriales); y, de adentro, lo
que llamamos sensaciones y sentimientos. Ahora bien, ¿qué
ocurre con aquellosjíotros procesos que acaso podemos re-
unirde modo tosco e inexacto bajo el título de «proce-
sos de pensamiento»? ¿Son ellos los que, consumándose en
algún lugar del interior del aparato como desplazamientos de
energía anímica en el camino hacia la acción, advienen a la
superficie que hace nacer la conciencia, o es la conciencia la
que va hacia
ellos?.]
Reparamos en que esta es una de las
dificultades que se presentan si uno quiere tomar en serio la
representación espacial, tópica, del acontecer anímico. Am-
' Véase, al respecto, Más tiüá del principio de placer (1920g) [AE,
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II. El yo y el ello

La investigación patológica ha dirigido nuestro interés demasiado exclusivamente a lo reprimido. Desde que sabe- mos que también el yo puede ser inconciente en el sentido genuino, querríamos averiguar más acerca de él. Hasta aho- ra, en el curso de nuestras investigaciones, el único punto de apoyo que tuvimos fue el signo distintivo de la concien- cia o la inconciencia; últimamente hemos visto cuan multí- voco puede ser. No obstante, todo nuestro saber está ligado siempre a la conciencia. Aun de lo Ice sólo podemos tomar noticia hacién- dolo conciente. Pero, un momento: ¿Cómo es posible eso? ¿Qué quiere decir «hacer conciente algo»? ¿Cómo puede ocurrir? Ya sabemos desde dónde hemos devanado la respuesta. Tenemos dicho que la conciencia es la superficie del aparato anímico, vale decir, la hemos adscrito, en calidad de fun- ción, a un sistema que espacialmente es el primero con- tando desde el mundo exterior. Y «espacialmente», por lo demás, no sólo en el sentido de la función, sino esta vez también en el de la disección anatómica.' También nuestro investigador tendrá que tomar como punto de partida esta superficie percipiente. Por lo pronto, son ce todas las percepciones que nos vie- nen de afuera (percepciones sensoriales); y, de adentro, lo que llamamos sensaciones y sentimientos. Ahora bien, ¿qué ocurre con aquellosjíotros procesos que acaso podemos re- unir —de modo tosco e inexacto— bajo el título de «proce- sos de pensamiento»? ¿Son ellos los que, consumándose en algún lugar del interior del aparato como desplazamientos de energía anímica en el camino hacia la acción, advienen a la superficie que hace nacer la conciencia, o es la conciencia la que va hacia ellos?.] Reparamos en que esta es una de las dificultades que se presentan si uno quiere tomar en serio la representación espacial, tópica, del acontecer anímico. Am- ' Véase, al respecto, Más tiüá del principio de placer (1920g) [AE, 18 , pág. 261.

bas posibilidades son inimaginables por igual; una tercera tendría que ser la correcta.- Ya en otro lugar'' adopté el supuesto de que la diferencia efectiva entre una representación (un pensamiento) ice y una prce consiste en que la primera se consuma en algún material que permanece no conocido, mientras que en el caso de la segunda (la prcc) se añade la conexión con re- presentaciones-palahra. He ahí el primer intento de indicar, para los dos sistemas Free e lee, signos distintivos diversos que la referencia a la conciencia. Por tanto, la pregunta «¿Cómo algo deviene conciente?» se formularía más ade- cuadamente así: «¿Cómo algo deviene preconciente?». Y la respuesta sería: «Por conexión con las correspondientes re- presentaciones-palabra», j Estas representaciones-palabra son restos mnémicos; una vez fueron percepciones y, como todos los restos mnémicos, pueden devenir de nuevo concientes. Antes de adentrarnos en el tratamiento de su naturaleza, nos parece vislumbrar una nueva intelección:fsólo puede devenir conciente lo que ya una vez fue percepción ce; y, exceptuados los sentimien- tos, lo que desde adentro quiere devenir conciente tiene que intentar trasponerse en percepciones exteriores. Esto se vuelve posible por medio de las huellas mnémicas! Concebimos los restos mnémicos como contenidos en sis- temas inmediatamente contiguos al sistema P-Cc, por lo cual sus investiduras fácilmente pueden trasmitirse hacia ade- lante, viniendo desde adentro, a los elementos de este último sistema.' En el acto nos vienen a la memoria aquí la alu- cinación y el hecho de que el recuerdo, aun el más vivido, se diferencia siempre de la alucinación, así como ak la percep- ción externa.''' Sólo que con igual rapidez caemos en la cuenta de que en caso de reanimación de un recuerdo la investidura se conserva en el sistema mnémico, mientras que la alucinación (que no es diferenciable de la percep- ción) quizá nace cuando la investidura no sólo desborda desde la huella mnémica sobre el elemento P, sino que se traspasa enteramente a este. Los restos de palabra provienen, en lo esencial, de per- cepciones acústicas," a través de lo cual es dado un parti-

  • [Un examen más extenso de esto se halla en «Lo inconciente* (1915e), AE, 14 , págs. 169-71.] ••' «Lü inconciente» itbid., págs. 198 y sigs.].
  • [CÁ. La tnltrpretación de los sueños ( I 9 0 0 Í ; ) , AE, 5 , pág. 531.] '' [Opinión ya expresada por Breuer en su coníribució.i teórica a Estudios sobre la hisieria (Breuer y Freud, 1895), AE, 2 , pág. 200.]
    • [Freud había llegado a esta conclusión en su monografía sobre las afasias (1891í>) basándose en hallazgos clínicos; cf. Estudios sobre

digma a los de la serie placer-displacer. Son más originarios, más elementales, que los provenientes de afuera, y pueden salir a la luz aun en estados de conciencia turbada. En otro lugar" me he pronunciado acerca de su mayor valencia {hedeutung; su «pre-valencia»} económica, y del fundamen- to metapsicológico de esto último. Estas sensaciones son multiloculares {de lugar múltiple}, como las percepciones externas; pueden venir simultáneamente de diversos lugares y, por eso, tener cualidades diferentes y hasta contrapuestas. Las sensaciones de carácter placentero no tienen en sí nada esforzante, a diferencia de las sensaciones de displacer, que son esforzantes en alto grado: esfuerzan a la alteración, a la descarga, y por eso referimos el displacer a una eleva- ción, y el placer a una disminución, de la investidura ener- gética." Si a lo que deviene conciente como placer y displacer lo llamamos un otro cuantitativo-cualitativo en el decurso anímico, nos surge esta pregunta: ¿Un otro de esta índole puede devenir conciente en su sitio y lugar, o tiene que ser conducido hacia adelante, hasta el sistema P? La experiencia clínica zanja la cuestión en favor de lo segundo. Muestra que eso otro se comporta como una mo- ción reprimida. Puede desplegar fuerzas pulsionantes sin que el yo note la compulsión. Sólo una resistencia a la compulsión, un retardo de la reacción de descarga, hace con- ciente enseguida a eso otro. Así como las tensiones provo- cadas por la_ urgencia de la necesidad, también puede perma- necer inconciente el dolor, esa cosa intermedia entre una percepción externa y una interna, que se comporta como una percepción interior aun cuando provenga del mundo ex- terior. Por lo tanto, seguimos teniendo justificación para afirmar que también sensaciones y sentimientos sólo devie- 'nen concientes si alcanzan al sistema P; si les es bloqueada su conducción hacia adelante, no afloran como sensaciones, a pesar de que permanece idéntico eso otrp que les corres- ponde en el decurso de la excitación. Así pues, de manera abreviada, no del todo correcta, hablamos de sensaciones in- concientes: mantenemos de ese modo la analogía, no del todo justificada, con «representaciones inconcientes». La di- ferencia es, en efecto, que para traer a la Ce la representación ice es preciso procurarle eslabones de conexión, lo cual no tiene lugar para las sensaciones, que se trasmiten directa- mente hacia adelante. Con otras palabras: La diferer^ia entre Ce y Prcc carece de sentido para las sensaciones; aquí falta '^ {Más allá dd principio de placer (1920g), AE, 18 , págs. 28-9.] " Ubid., págs. 7-8.]

lo Prcc, las sensaciones son o bien concientes o bien incon- cientes. Y aun cuando se liguen a representaciones-palabra, no deben a estas su de venir-concien tes, sino que devienen tales de manera directa. •'" El papel de las representaciones-palabra se vuelve ahora enteramente claro. Por su mediación, los procesos internos de pensamiento son convertidos en percepciones. Es como si hubiera quedado evidenciada la proposición: «Todo saber proviene de la percepción externa». A raíz de una sobre- investidura del pensar, los pensamientos devienen percibidos real y efectivamente {lohklich) —como de afuera—, y por eso se los tiene por verdaderos.'" Tras esta aclaración de los vínculos entre percepción ex- terna e interna, por un lado, y el sistema-superficie P-Cc, podemos pasar a edificar nuestra representación del yo. Lo vemos partir del sistema P, como de su núcleo, y abrazar primero al Prcc, que se apuntsla en los restos mnémicos. Empero, como lo tenemos averiguado, el yo es, además, inconciente. Ahora, creo, nos deparará una gran ventaja seguir la suge- rencia de un autor, quien, por motivos personales, en vano protesta que no tiene nada que ver con la ciencia estricta, la ciencia elevada. Me refiero a Georg Groddeck, quien insiste, una y otra vez, en que lo que llamamos nuestro «yo» se comporta en la vida de manera esencialmente pasiva, y —se- gún su expresión— somos «vividos» por poderes ignotos {unbekannt}, ingobernables.-"^ Todos hemos recibido {en- gendrado} esas mismas impresiones, aunque no nos hayan avasallado hasta el punto de excluir todas las otras, y no nos arredrará indicarle a la intelección de Groddeck su lugar en la ensambladura de la ciencia. Propongo dar razón de -ella llamando «yo» a la esencia que parte del sistema P y que es primero prcc, y «ello»,^" en cambio, según el uso de Groddeck, a lo otro psíquico en que aquel se continúa y que se comporta como ice. Enseguida veremos si esta concepción nos procurará bene- ficios en la descripción y la comprensión. Un in-dividuo [Individutim] es ahora para nosotros un ello psíquico, no conocido (no discernido} e inconciente, sobre el cual, como '" [Cf. «Lo inconciente» (BlSe), AE, 14 , págs. 173-4.]

  • {Juego de significaciones entre «wahrnehmen», «percibir», y «/«> wahr hallen-», «tener por verdadero o por cierto».} 11 Groddeck (1923). 1 ^ [Cf. mi «Introducción», supra, págs. 7-8.] — El propio Grod- deck sigue sin duda el ejemplo de Nietzsche, quien usa habitualmente esta expresión gramatical para lo que es impersonal y responde, por así decir, a una necesidad de la naturaleza, de nuestro ser. 2 í

Es fácil inteligir que el yo es la parte del ello alterada por la influencia directa del mundo exterior, con mediación de P-Cc: por así decir, es una continuación de la diferen- ciación de superficies. Además, se empeña en hacer valer sobre el ello el influjo del mundo exterior, así como sus propósitos propios; se afana por remplazar el principio de placer, que rige irrestrictamente en el ello, por el principio de realidad. Para el yo, la percepción cumple el papel que en el ello corresponde a la pulsión. El yo es el representante [reprásentieren] de lo que puede llamarse razón y pruden- cia, por oposición al ello, que contiene las pasiones. Todo esto coincide con notorios distingos populares, pero sólo se lo ha de entender como algo aproximativa o idealmente correcto. La importancia funcional del yo se expresa en el hecho de que normalmente le es asignado el gobierno sobre los accesos a la motilidad. Así, con relación al ello, se parece al jinete que debe enfrenar la fuerza superior del caballo, con la diferencia de que el jinete lo intenta con sus propias fuer- zas, mientras que el yo lo hace con fuerzas prestadas. Este símil se extiende un poco más. Así como al jinete, si quiere permanecer sobre el caballo, a menudo no le queda otro remedio que conducirlo adonde este quiere ir, también el yo suele trasponer en acción la voluntad del ello como si fuera la suya propia.^' Además del influjo del sistema P, otro factor parece ejer- cer una acción eficaz sobre la génesis del yo y su separación del ello. El cuerpo propio y sobre todo su superficie es un sitio del que pueden partir simultáneamente percepciones internas y externas. Es visto como un objeto otro, pero pro- porciona al tacto dos clases de sensaciones, una de las cuales puede equivaler a una percepción interna. La psicofi.siología ha dilucidado suficientemente la manera en que el cuerpo propio cobra perfil y resalto desde el mundo de la percep- ción. También el dolor parece desempeñar un papel en esto, y el modo en que a raíz de enfermedades dolorosas uno adquiere nueva noticia de sus órganos es quizás arquetípicó del modo en que uno llega en general a la representación de su cuerpo propio. El yo es sobre todo una esencia-cuerpo; no es sólo una esencia-superficie, sino, él mismo, la proyección de una su- perficie.'" -Si uno le busca una analogía anatómica, lo mejor '•'• [En La inlerprelución de los sueños (1900Í/), AE, 4 , pág. 243 , Freud mencionó este símil entre sus asociaciones libres relacionadas con uno de sus sueños.] 10 [O sea que el yo deriva en última instancia de sensaciones cor-

es identificarlo con el «homúnculo del encéfalo» de los ana- tomistas, que está cabeza abajo en la corteza cerebral, ex- tiende hacia arriba los talones, mira hacia atrás y, según es bien sabido, tiene a la izquierda la zona del lenguaje. El nexo del yo con la conciencia ha sido examinado repe- tidas veces, no obstante lo cual es preciso describir aquí de nuevo algunos hechos importantes. Habituados como esta- mos a aplicar por doquier el punto de vista de una valoración social o ética, no nos sorprende escuchar que el pulsionar de las pasiones inferiores tiene curso en lo inconciente, pero esperamos que las funciones anímicas encuentren un acceso tanto más seguro y fácil a la conciencia cuanto más alto sfc sitúen dentro de esa escala de valoración. Ahora bien, la experiencia psicoanalítica nos desengaña en este punto. Por una parte, tenemos pruebas de que hasta un trabajo inte- lectual sutil y difícil, como el que suele exigir una empeñosa reflexión, puede realizarse también preconcientemente, sin alcanzar la conciencia. Estos casos son indubitables; se pro- ducen, por ejemplo, en el estado del dormir, y se exterio- rizan en el hecho de que una persona, inmediatamente tras el despertar, sabe la solución de un difícil problemíi matemá- tico o de otra índole que en vano se afanaba por resolver el día anterior. ^^ Más sorprendente, empero, es otra experiencia. Aprende- mos en nuestros análisis que hay personas en quienes la autocrítica y la conciencia moral, vale decir, operaciones anímicas situadas en lo más alto de aquella escala de valo- ración, son inconcientes y, como tales, exteriorizan los efec- tos más-importantes; por lo tanto, el permanecer-inconcientes las resistencias en el análisis no es, en modo alguno, la única situación de esta clase. Ahora bien, la experiencia nueva que nos fuerza, pese a nuestra mejor intelección crítica, a hablar de un sentimiento inconciente de culpa, ^* nos despista perales, principalmente las que parten de la superficie del cuerpo. Cabe considerarlo, entonces, como la proyección psíquica de la super- ficie del cuerpo, además de representar, como se ha visto antes, la superficie del aparato psíquico. — Esta nota al pie apareció por primera vez en la traducción inglesa de 1927 (Londres: The Hogarth Press, trad, por Joan Riviere), donde se afirmaba que Freud había aprobado su inclusión. No figura en las ediciones alemanas poste- riores, ni se ha conservado el manuscrito original.] 1 ^ Hace poco se me comunicó un caso así, y por cierto como crí- tica a mi descripción del «trabajo del sueño». [Cf. La interpretación de tos sueños (1900fl), AE, 4 , pág. 88 , y 5 , pág. 556.] 1 * [La frase había aparecido en «Acciones obsesivas y prácticas religiosas» (1907¿), AE, 9 , pág. 106 , aunque la idea ya había sido prefigurada mucho antes, en el primer trabajo sobre las ncuropsicosis de defensa (1894^), AE, 3 , pág. 56.]