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FILOSOFIA CICLO BASICO33333333333
Tipo: Ejercicios
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La estructura económica de Santo Domingo) 1500 - 1795 Antonio Gutiérrez Escudero
COLONIZACIÓN Y EXPLOTACIÓN DEL TERRITORIO INSULAR, 1500-
Durante un corto pero intenso espacio de tiempo la isla Española fue el único centro de irradiación del descubrimiento, conquista y colonización de América y jugó un destacadísimo papel histórico. Sin embargo, diversos factores contribuyeron a que la colonia pasase de una situación inicial de privilegio a otra de declive, lo que con el paso de los años la llevarían a una posición secundaria o marginal dentro de los dominios de España en ultramar. Las razones estratégicas y espaciales parecen
Antillas, sino proyectándose sobre la plataforma continental. No obstante, la causa decisiva podría radicar en «la desaparición de los indios
tas consecuencias para estos últimos debido a las enfermedades contraídas, los tra-
consideremos que habitaban la isla en 1492 , parece que hacia 1550 sólo sobrevivían unos pocos cientos de nativos (Moya Pons, 1987: 181-189). Con la intención de dete- ner la corriente migratoria de colonos hacia otros lugares americanos hubo que recu- rrir, en consecuencia, tanto a la importación de mano de obra de indios caribes -úni- cos a los que estaba permitido esclavizar- procedentes de otros territorios comarcanos (Antillas menores, Cuba, Lucayas, Puerto Rico, Trinidad), como a la de
Península, como manifiesta Fernández de Oviedo:
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En el mismo año de 1533, en fin del mes de agosto, vinieron en una nao a esta ciu - dad y puerto de Santo Domingo de la isla Española, hasta sesenta labradores, y la mayor parte de ellos con sus mujeres e hijos yara poblar Monte Cristi y Puerto Real, a los cuales mandó Su Majestad ayudar para ello. Y después que algunos días estuvieron descansando en esta ciudad de Santo Domingo, se fueron a hacer su población, y trajeron ciertas capitulaciones y exenciones y gracias y libertades que sus majestades, por les hacer merced, les concedieron pari que mejor se poblase aquella villa o población que querían poblar (F. de Oviedo, 1959, libro V: cap. X).
Estas circunstancias condicionaron, durante el período colonial, el desarrollo eco- nómico de Santo Domingo que, a grandes rasgos, transitó por etapas muy concretas y definidas: primero una fugaz economía del oro, luego se pasó a la gran explotación azucarera, posteriormente al contrabando más desaforado, para finalizar con la dedi- cación a la ganadería extensiva y a la producción intensiva de tabaco y, todo ello, mediatizado por la presencia en el occidente de la isla, desde la segunda mitad del siglo XVII, de la próspera y opulenta colonia francesa de Saint Domingue.
El espejismo de la minería del oro
Durante gran parte de la primera mitad del siglo XVI el deseo general de los colo- nos instalados en América fue el hallazgo de metales preciosos que les facilitara un rápido enriquecimiento, nunca logrado con el trabajo en el campo. Por este motivo las labores extractivas recibieron un enorme impulso motivado tanto por dicho afán de ganancia entre conquistadores y pobladores, como por el interés de la Corona de
. atesorar metales preciosos que subvencionaran los elevados gastos estatales y la polí- tica exterior. En Hispanoamérica hubo explotaciones de cobre, depósitos de esme- raldas y pesquerías de perlas, pero ninguna alcanzó la importancia de la minería del oro y la plata, a cuyo alrededor giraría la economía indiana, siguiendo la máxima de Cristóbal Colón cuando afirma que «el oro es excelentísimo, del oro se hace tesoro. y con él, quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo , y llega a que echa las áni- mas al paraíso». En este mismo sentido deben entenderse los argumentos esgrimi- dos por el Almirante para justificar el abandono de los hombres del fuerte Navidad, pues era su «deseo de saber dónde se encontraba la mina de la cual extraían el oro los indígenas, tanto para servir a vuestras altezas como para complacerme». En efec- to, la Corona participaba del mismo anhelo y, tras el descubrimiento, su principal preocupación fue indagar sobre la existencia de piedras y metales preciosos en los nu evos territorios. Esta inquietud de los Reyes Católicos se superpone a otras
Historia de la República Dominicana
En ocasiones se procedió al desvío del curso del río mediante una «corta» o a la contención de las aguas por medio de diques. El terreno que así quedaba al descu- bierto era trabajado hasta alcanzar la capa sedimentaria aurífera. Si existían dificul- tades para poner en práctica cualquiera de los pro,¡¡;edimientos anteriores el minero podía recurrir a zambullidas, batea en mano, en cada una de las cuales recogía una porción de arena. Para evitar golpes imprevistos de la corriente fue normal sumer- girse con una pesada piedra atada a la cintura, un método se~ejante al empleado por los buscadores de perlas. Con el tiempo, las técnicas se fueron perfeccionando dando paso al sistema de «canalón» o lavado de la tierra de las terrazas fluviales mediante canales que precipitaban el agua sobre estas zonas hasta conseguir que la erosión decantara el mineral deseado. La construcción de caños, muros y conducto- res de agua (a veces sobre el nivel del río) precisaba de buenos dominios tecnológi- cos para evitar derrumbamientos y desgracias. Lo mismo podríamos añadir respec- to de la excavación, en las llanuras de aluvión, de pozos cercanos al cauce y cuya profundidad llegaba a cotas situadas por debajo del lecho donde estaba la arena aurí- fera, pues las filtraciones eran continuas y el drenaje y el achique imprescindibles, además del necesario recubrimiento de las paredes con troncos para evitar desmo- ronamientos peligrosos (Bargalló, 1955). El interés de la Corona por recibir oro desde América queda patente en distin- tas actitudes, tales como el mantenimiento del sistema de rescate que siguió permi- tiéndose con otras islas antillanas y fue el principal motivo impulsor de una serie de viajes descubridores en los que los monarcas se aseguraban un porcentaje variable sobre los tesoros obtenidos. Las empresas no obtuvieron el éxito esperado en la parte económica (salvo la expedición de Rodrigo de Bastidas que logró el equivalente a 150.000 pesos), si bien los periplos de Alonso de Ojeda, Pedro Alonso Niño, Vicen- te Yañez Pinzón y Diego de Lepe ampliaron el campo geográfico conocido, hecho que demuestra la función de apertura de horizontes atribuida a la búsqueda de oro. Del mismo modo, la exploración, conquista y colonización de Cuba y Puerto Rico hizo que el rey Fernando requiriera de Nicolás de Ovando (1504), Sebastián de Ocampo (1509) y Diego Colón (1509) la averiguación inmediata de la riqueza aurífe- ra de las islas y que vehementemente comunicara en 1511 a los Oficiales Reales de la Española que:
la necesidad de acá es muy grande y que por esto es necesario que venga el más oro que pudiere venir, y cuando no hubiere cumplimiento de navíos para lo repartir
hasta aquí solíades poner.
LA ESTRUCTURA ECONÓMI CA DE SANTO D OMINGO, 1500-
El Rey no dudó en criticar la labor de las a~toridades indianas por la disminu- ción de las remesas de metales preciosos, ordenar que en los yacimientos «se meta a trabajar a toda la gente que se pueda» (1508 y 1509), insistir se «aumente al máxi- mo la producción de oro sin reparar en,.medios» (1510) o recomendar el levanta- miento de poblados de indígenas «cerca de las minas donde se haIla el oro para así coger más». El descenso de la población autóctona de la Española obligó a la cap- tura de los nativos de otras islas y su traslado a ella p!lra los trabajos mineros. Las excusas esgrimidas a fin de justificar esta acción giraron en torno al canibalismo de los nativos, su consustancial ociosidad y la imposibilidad de cristianizados. De 1508 a 1515 se introdujeron en Santo Domingo más de 40.000 aborígenes pro- cedentes de Cuba, Puerto Rico, las Lucayas y otras islas de las Antillas menores, la mayor parte de los cuales perecerían al poco tiempo agravando el problema de la falta de mano de obra que solo podría subsanarse con la llegada de esclavos negros. La situación de los indígenas, muy mermados ya numéricamente, tuvo cierta bonan- za durante la etapa de gobierno de los Padres Jerónimos. Si bien el trabajo en los yacimientos no fue abolido, mediante una mínima regulación se trató de hacerlo más llevadero con el establecimiento, entre otras reglas, de turnos restringidos y rotati- vos, topes de edad fuera de los cuales estaba prohibida toda actividad, cuadrillas a cargo de los nitaínos o nobleza taína que sustituían a los mineros castellanos, etc. Hacia 1525, dentro del período conocido como «primer ciclo del oro» según la terminología establecida por Chaunu, puede considerarse finalizada la fase aurífera de la isla sin que aparecieran las míticas, ricas e inagotables minas, ni el trabajo en los placeres proporcionase las elevadas cantidades de metal precioso ambicionadas, ni tampoco se alcanzasen en la Española las expectativas económicas anheladas (Sán- chez Mantero y Chaunu, 1983 : 74). No es extraño, pues, que los propios emigrantes peninsulares abandonasen la isla hacia otros lugares americanos con mayores pers- pectivas de enriquecimiento rápido, motivo principal que les había impulsado a emprender la aventura transatlántica. Por estas fechas , y con razón, en Santo Domin- go «no se hablaba sobre otra cosa que no fuera la despoblación y el abandono en que habían caído los pueblos de la misma [isla] debido a la falta de oro y de indios» (Moya Pons, 1987: 171). El fracaso minero dio paso a las explotaciones agropecua- rias y, especialmente, al auge de la producción azucarera.
El sistema de factoría establecido durante los primeros años de colonización his- pana en el Nuevo Mundo y la confianza en que, desde la Península, se remitirían los
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LA ESTRUCTURA ECONÓMICA DE SANTO DOMINGO, 1500-
(seis mil pesos de oro en 1520 en la Española) y que incluso se llegara a legislar en distintos momentos la prohibición de «hacer ejecución [de deudas] en ingenios de azúcar», ni en los esclavos, herramientas y otros útiles necesarios para el trabajo (Rodríguez Morel, 2004: 85-114). Los ingenios o trapiches solían pertenecer a comer- ciantes, a la poderosa oligarquía criolla, al alto funcionariado indiano, a familias acau- daladas, e incluso a las órdenes religiflsas, ya que en general todos ellos disponían
maba en 1546 que «en la verdad, el que es señor de un ingenio libre y bien aviado, está muy bien y ricamente heredado, y son grandísima utilidad y riqueza para los señores de los tales ingenios» (Fernández de Oviedo, 1959: libro IV, cap. VIII). El trabajo en las plantaciones azucareras destacaba por su especial dureza. Una vez realizada la zafra había que efectuar el transporte de la caña a lomos de anima- les o en carretas hasta los molinos, aunque tampoco fue infrecuente que indígenas y negros hicieran las veces de bestias de carga. En términos generales, una hacien- da azucarera era llamada «trapiche» cuando la trituración se realizaba por medio de caballerías que movían la muela y cuando se empleaba energía hidráulica recibía el nombre de «ingenio»; si bien, también sería posible considerar que el segundo fue una evolución natural del primero a medida que la empresa fue creciendo en dimensiones, se incorporaron nuevas técnicas, un más perfeccionado utillaje, etc. Del mismo modo, la palabra ingenio refiere al conjunto de los elementos necesarios para la fabricación de azúcar (cañaverales, esclavos, animales de tiro y carga, edifi- cios para la transformación del producto y maquinarias) más que a las instalaciones fabriles con exclusividad. Si se deseaba obtener una alta rentabilidad y una cantidad importante de azúcar para su exportación transatlántica, las explotaciones de caña precisaban de una nota- ble mano de obra empleada en todos los trabajos de siembra, cosecha y transforma- ción final del fruto. Por estos motivos cada vez fue más acuciante la necesidad de disponer, para dichos menesteres, de un gran número de negros esclavos, cuyo pre- cio alcanzó hasta 300 pesos e incluso 450-500 pesos si contaban con experiencia en la fabricación de azúcar. En 1760 se calculaba que por cada esclavo se obtenían 100 arrobas de azúcar, al tiempo que el rendimiento en azúcar de la caña molida con el mejor equipo se situaba entre el 2 Y el 3 por ciento. Con toda razón Leví Marrero destaca las palabras de José Antonio Saco cuando éste afirma que «ingenios de azú- car y negros esclavos podían tomarse por sinónimos en las Antillas desde el siglo XVI» (Marrero, 1972-1992, II: 305). Además del trabajo de los africanos, un ingenio necesitaba también de una nota- ble extensión de terreno dedicada a cañaverales, cultivos para la alimentación de los esclavos y bohíos para su alojamiento, un cuantioso desembolso en instalaciones,
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utensilios y otros componentes (molinos, prensas trituradoras, bueyes, mulas, carre- tas, almacenes, etc.). Normalmente en un ingenio existían, además del personal experto en las labores propias de la industria (maestro de azúcar, maestro de tem- plar, tacheros, caldereros, purgadores, prenseros, moledores, etc.), tres instalaciones fundamentales: la casa de molienda, la casa de calderas en la que se cocía el jugo de la caña en pailas de cobres y la casa de purga donde se separaba el azúcar cristaliza- do de las mieles mediante su vertido en hormas de barro. La necesidad de disponer del cobre preciso para las calderas representó en más de una ocasión un verdadero problema, pues si no se contaba con minas del metal o éstas no estaban en explotación había incluso que importarlo de las colonias extranje- ras en América. Otro tanto sucedió con las hormas o formas de barro para la cons- titución de los panes de azúcar -gozando de fama las portuguesas durante mucho tiempo- hasta que los alfareros hallaron en los ingenios una ocasión clara de obte- ner pingües ingresos gracias a sus habilidades. No podemos olvidar tampoco que toda industria azucarera precisaba del indispensable combustible para su funciona- miento. Se ha dicho que los ingenios eran «verdaderamente bocas tragadoras de bos- ques» y, en efecto, fue así hasta el punto de que, con frecuencia, los cabildos hubie- ron de regular la tala de árboles -con no mucho éxito, por cierto-, a fin de evitar la perjudicial deforestación de sus territorios y un desastre ecológico de consecuencias imprevisibles (Marrero, 1972-1992, IV: 20). Según es tradición, la caña de azúcar llegaría a las Antillas en el segundo viaje colombino y parece que los vástagos transportados eran originarios de Madeira o de las islas Canarias, de donde también procedían los primeros expertos en el proceso de elaboración del producto. La difusión de la caña fue espectacular en todo el ámbi- to caribeño dadas las óptimas condiciones climáticas y edafológicas. Ya Pedro Már- tir de Anglería recogía el testimonio de que los primeros ejemplares sembrados en La Isabela «a los quince días eran de a codo los retoños» (Anglería, 1944: década cuarta, libro X) y el licenciado Alonso de Zuazo, oidor de la Audiencia de Santo Domingo, afirmaba en 1518 que «hay cañaverales de azúcar de grandísima admira- ción; la caña tan gruesa como muñeca de hombre y tan larga como dos estados de mediana estatura» (AGI, Patronato 174, ramo 8). En la Española la industria del azúcar sustituyó a la llamada «economía del oro» tras el agotamiento de los placeres auríferos y la práctica extinción de la población indígena, como ya se ha dicho. Y si hemos de creer a Bartolomé de Las Casas, fue en la villa de La Vega donde un vecino apellidado Aguilar por vez primera «hizo azú- car en esta isla con cierto instrumento de madera con que exprimió el zumo de las cañas y aunque no muy bien hecho, por no tener muy buen aparejo, pero tenía verdadera y casi buen azúcar» (Casas, 1957: libro I1I, cap. CXXIX). Con el ánimo de
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Palacio dt: los Capitant:s Generales. Santo Domingo
Palacio del Virrey Diego Colón. Samo Domingo
Catedral de Santo Domingo
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Primeros territorios ocupados por los franceses (1656-1680)
Repoblación española de la colonia (1664-1764)
. 1606- 1664-
LA ESTRUCTURA ECONÓMICA DE SANTO DOMINGO, 1500-
contribuir al progreso de la isla los propios Pádres Jerónimos autorizaron la conce- sión de un préstamo de 500 pesos de oro a los vecinos que decidiesen instalar un ingenio y de igual forma se mostraron abiertamente partidarios de permitir la libre entrada de negros con destino a dicha actividad. Hacia 1550 podrían estar en pleno f~ncionamiento no menos de veinte ingenios y cuatro trapiches «de caballos». Algunas de estas instalaciones azucareras eran una clara muestra de la riqueza disponible o acumulada por la oligarquía criolla y el alto funcionariado indiano, como la de Melchor de Castro que pudo albergar hasta 900 esclavos (Moya Pons, 2008: 41). De igual modo, yen palabras de Fernández de Ovie- do, el ya citado Alonso de Zuazo había logrado ser el propietario de
uno de los mejores [ingenios] de toda la isla y... con los negros y ganados y pertre- chos y tierras y todo lo a él anexo, vale al presente sobre cincuenta mil ducados de oro, porque está muy bien aviado. Y oí decir... que cada un año tenía de renta con el dicho ingenio seis mil ducados de oro o más, y aún pensaba que le había de ren- tar mucho más adelante (Fernández de Oviedo, 1959: libro IV, cap. VIII).
La producción de azúcar se mantuvo en constante aumento hasta, al menos, el último cuarto del siglo XVI, con exportaciones totales próximas a las 90.000 arrobas de azúcar enviadas al puerto de Sevilla. Pero a esta cantidad habría que añadir la destinada al consumo local, a su comercialización en el mercado interamericano u otros destinos europeos, la que se expedía a través del tráfico de contrabando -como notifica la Casa de Contratación al Rey en 1571-, la frecuentemente incautada por los corsarios franceses en sus depredaciones marítimas, etc., de manera que podría tratarse de una producción total superior a las 200.000 arrobas (Cassá, 2003: 174). Gracias a este nuevo rumbo económico emprendido, la isla volvió a disfrutar de otro periodo de gran actividad una vez superada la decepción de la «quimera del oro». Fernández de Oviedo lo pone de manifiesto cuando afirma que
es de notar que hasta que hubo azúcares en ella [en la isla], las naos tornaban vací- as a España, y ahora van cargadas de ella y con mayores fletes de los que para acá traen, y con más ganancia ... y continuamente las naos que vienen de España vuel- ven a ella cargadas de azúcares muy buenos, y las espumas y mieles de ellos que en esta isla se pierden y se dan de gracia, harían rica a otra gran provincia.
Curiosamente, el propio cronista se atribuye parte del éxito de esta iniciativa en un gesto, quizás, de precursora «criollización» al añadir:
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resultado por lo que la isla siempre dependió de otras colonias españolas yextran- jeras en América para la provisión del cereal (Gutiérrez Escudero, 1998a: 199-206),
pan cazabe o «pan de palo», como era conocido en la Española por su peculiar sabor para el paladar europeo y al que finalmente acabaron acostumbrándose los españo- les según refiere Las Casas. El problema de la falta de trigo, y también de vino, no sólo repercutía en la carencia de alitñentos esenciales de la dieta hispana sino que incluso podía condicionar la «celebración del Santo Sacrificio de la misa en tiempo que tanto se necesita como el presente, pues estamos a la entrada de la Santa Cua- resma» (AGI, Santo Domingo, 258). El inapropiado ambiente climático impidió también la óptima propagación de la vid pese a los intentos llevados a cabo entre 1493 y 1519. Fernández de Oviedo nos dice que había «muchas parras de las de Castilla, y llevan buenas uvas, y es de creer que se harán en grande abundancia si se dieren a ellas ... y allende de las de la ciudad [Santo Domingo] hay muchas parras de las mismas en los heredamientos y pobla- ciones de esta isla traídas, como he dicho, de España», que el propio almirante Diego Colón cuidaba una viña «que a espuertas o canastas se traían las uvas» y que inclu- so racimos procedentes del ingenio de Diego Caballero en Nigua eran vendidos en las calles de la capital (Fernández de Oviedo, 1959: libro VIII, cap. 1). No parece, sin embargo, que el esfuerzo puesto en este trabajo tuviera éxito, pues bien pronto se abandonó el cultivo y durante todo el período colonial se dependió de los caldos canarios y peninsulares importados tanto desde los propios lugares de origen como de otros puertos americanos hispanos y extranjeros. No podemos negar falta de iniciativa a los distintos sectores empresariales de la isla, pues mucho antes de que los envíos de azúcar a la Península comenzaran su des- censo supieron compatibilizar las grandes plantaciones cañeras con la fundación de centenares de unidades agrícolas, conocidas con el nombre de estancias, de tamaño más reducido y que requerían un menor número de esclavos. Conseguían así dispo- ner de una variada gama de géneros para la exportación que mantendría vivo el comercio entre los puertos de la Española y Sevilla. En estas estancias se cultivó, por ejemplo, la cañafístula, un fruto de gran demanda para usos terapéuticos. Lo mismo podría decirse del jengibre que, sembrado en numerosas haciendas desde 1565, tuvo tan espectacular desarrollo que veinte años más tarde se enviaban a la metrópoli 22.000 quintales y consiguió mantener una media anual de 11.000 quintales durante los primeros años del siglo XVII. Hacia 1638 había dejado de ser un artículo de exportación, porque según testímonio de la época «nadie lo quiere llevar a España» (Moya Pons, 2008: 122).
Historia de la República Dominicana
No se alcanzó el volumen de negocio pretendido con las remesas de palo brasil, aunque el interés por colorear los paños europeos propició la búsqueda de cual- quier variedad de especie tintórea americana y pese a que, desde 1503, se prohibió la entrada en Sevilla de palo que no procedierá de las colonias ultramarinas. Sin embargo, los cultivos de este colorante se extendían por las Antillas, Nueva Espa- ña, Centroamérica, Nueva Granada y Venezuela con lo que, a la hora de su venta en la Península, siempre existió una fuer:te competencia tanto por la cantidad de producto procedente de los diversos lugares americanos como por la utilización de otras variantes o tipos de tintes de origen vegetal (añil y bija), animal (grana cochi- nilla) y mineral (alumbre y caparrosa).
Mundo. Por problemas de venta, ya en la temprana fecha de 1511, el artículo se acu- mulaba en los almacenes de la Casa de Contratación con el grave inconveniente de que «perdía peso a medida que se secaba y deterioraba» (Ladero, 2002: 44). Y no menos importante fue la aparición de serios competidores en este negocio, tal como sucedió con la también región periférica de Yucatán, principal productora y expor- tadora del llamado palo de Campeche durante la segunda mitad de la centuria. Estos hechos son patentes en un escrito de 1565 donde la propia Casa informa al rey que ha procedido a la venta en subasta pública de 95 cajas de azúcar, 3.100 cue-
con el mayor aprovechamiento que fue posible. Y según el precio que los oficiales de Santo Domingo nos escriben que costó allá todo , parece que fue acertado el empleo especialmente en los cueros. Y el palo brasil que los oficiales nos enviaron por hacienda de Vuestra Majestad no se ha vendido, aunque se ha puesto cuatro días en almoneda haciendo los pregones y diligencia necesarias, porque el más subido precio que por él se ha dado ha sido a ocho reales por quintal [de cuatro arrobas y cien libras]. Y teniendo respeto a lo que los oficiales escriben que costó y el flete y las costas que tiene, parece que se vienen a perder dieciséis reales poco más o menos en cada quintal. Y pareciéndonos que la diferencia es mucha y que Vuestra Majestad en la compra de esta mercadería pierde mucho, no la hemos que- rido rematar sin dar cuenta de ello a Vuestra Majestad para que mande en ello lo que fuere servido (AGI, Indiferente 2.002).
En cuanto al sector pecuario sabemos que la reproducción del ganado mayor (vacuno y caballar) y menor (porcino, ovino y caprino) exportado desde España fue espectacular en determinadas regiones americanas dados los grandes espacios abier- tos, los inmensos pastizales, etc. Es más, las condiciones de trabajo de los indígenas