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Una introducción a la filosofía analítica, con enfoque en la contribución de filósofos como george moore, bertrand russell y ludwig wittgenstein. Se abordan temas como el papel del lenguaje en la filosofía, el atomismo lógico y el nominalismo, así como las diferentes etapas en el pensamiento de wittgenstein. El texto es parte de un curso de grado en geografía e historia en el año 2013-14.
Tipo: Apuntes
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- La filosofía analítica
La filosofía analítica surge en Inglaterra a principios del XX, e inclina la reflexión filosófica hacia cuestiones lógicas y epistemológicas. En sus comienzos, el movimiento analítico intentó superar los problemas del primer empirismo de Hume o Berkeley. Este movimiento se caracteriza por su preocupación por el lenguaje, de hecho se le conoce como ‘filosofía lingüística’. No se trata de desechar la validez del lenguaje ordinario, sino de aclarar su significado. Antes de plantear cuestiones filosóficas, habrá que analizar el significado y uso del lenguaje que vamos a utilizar. El primer impulsor de ese intento de clarificar el lenguaje ordinario es el filósofo británico George Moore (1873-1958). Le interesa aclarar qué quieren decir los filósofos al decir lo que dicen, y descubrir si lo que quisieron decir era verdadero o falso. La tarea de la filosofía analítica se centra en aclarar el significado (meaning) del lenguaje usado por filósofos, y descubrir las razones (reasons) capaces de probar la verdad o falsedad de los enunciados filosóficos. En lo teórico, Moore asume que la tarea de la filosofía es establecer verdades generales acerca del mundo. En lo práctico, se interesa por la clarificación y por el lenguaje más que por los hechos. Para Moore, el concepto es objetividad pura, independiente de la realidad y de la mente: es eterno e inmutable, como las ideas platónicas. Consecuentemente, la verdad no depende de la correspondencia de una proposición con la realidad existente, sino que reside en el modo correcto de relacionar los conceptos puros en la proposición. Una proposición es la expresión de una relación entre conceptos. La verdad no se define por su referencia a la existencia, sino que la existencia queda subordinada lógicamente a la verdad. El mundo está formado de conceptos, y éstos son los únicos objetos del conocimiento científico. Moore plantea que es posible que la filosofía alcance un conocimiento objetivo; para ello propone el análisis del lenguaje y de las proposiciones formadas por conceptos puros, independientes de los hechos mentales. Considera que es posible definir las cosas por lo que son en sí mismas, en su ser real. Para él, la verdadera realidad es la realidad plural que expresa el lenguaje ordinario, y su forma de conocerla es descubrir en ella los conceptos y objetividades lógicas liberadas de todo lastre subjetivista. Moore aplica su análisis a la ética, para que pueda constituirse como ciencia. Le parece fundamental distinguir entre aspectos teóricos: qué es el bien; y prácticos: qué es lo
bueno. Una ética científica debe abarcar ambos aspectos, pero ha de comenzar por el primero: definir qué significa ‘lo bueno’. Definir es distinguir, en un compuesto, los elementos de que se compone. Lo bueno es un elemento último y simple, y por tanto indefinible. En consecuencia, no hay modo de saber cuál de las respuestas es verdadera con respecto a lo bueno. La bondad no es una realidad natural dada, ni se deduce de una realidad superior, sino que es una propiedad no natural y objetiva (en el sentido de independiente de un sujeto). Si lo bueno no puede definirse ni deducirse, no hay posibilidad de razonamiento moral ni ciencia ética. Moore plantea que lo bueno puede definirse únicamente en relación con la conducta, en la praxis. Así las cosas, los enunciados éticos no son verdaderos ni falsos sino que generan un conocimiento probable, son un medio útil para algo. Las teorías analíticas de la ética posteriores a Moore intentan romper con la dicotomía teórico/práctico y rescatar la validez de sus enunciados.
Otro de los representantes importantes de la filosofía analítica es Bertrand Russell (1872-1970). Este pensador británico se propone construir un lenguaje formal, artificial, al modo matemático. Considera que la filosofía es la doctrina lógica que proporcionará los medios para un análisis científico del lenguaje. Russell plantea que la realidad se compone de elementos últimos e indivisibles, y define su teoría como ‘metafísica del atomismo lógico’. En The Principles of Mathematics , Russell quiere explicar cómo funciona el conocimiento matemático que resulta verdadero independientemente de la experiencia. Para él, este tipo de conocimiento puede explicarse a partir de la lógica. Las proposiciones matemáticas son proposiciones compuestas, y su verdad o falsedad depende de la verdad de las proposiciones simples que las componen. Pero Russell recurre a una cierta metafísica al afirmar que todo lo que puede ser pensado ha de tener ser, y que no puede ser producto del propio pensamiento. Dice que comparte la creencia en la realidad platónica de los números, que constituyen la estructura real del universo y la sustancia de las cosas. Aplica luego sus ideas al conocimiento no matemático: todo nuestro conocimiento no matemático se deriva de la experiencia, pero su explicación científica ha de realizarse en un lenguaje formal perfecto, construido a semejanza del matemático. En ese lenguaje solo habrá una única palabra para cada objeto simple, y cada cosa que no sea simple se expresará por una combinación de palabras. Un lenguaje así mostrará de modo claro la estructura lógica de los hechos afirmados o negados. Lo que se necesita, por tanto, es un
y como queda reflejado en Los cuadernos azul y marrón y en las Investigaciones filosóficas , ambas obras publicadas tras la muerte del autor. En el pensamiento de este autor hay, por tanto, dos etapas bien delimitadas, la del Tractatus y la de las Investigaciones filosóficas.
a) La primera etapa: el Tractatus
La tesis de partida es que sólo los enunciados formales de la matemática y la lógica, y los enunciados de las ciencias empíricas, pueden tener pleno sentido. Todos los demás enunciados carecen de sentido, son absurdos. Esto se debe a que sólo los enunciados científicos pueden demostrarse empíricamente, y esto es para Wittgenstein el único criterio de sentido. Lo que queda fuera de esa esfera es lo místico, lo inconstatable. La filosofía debe limitarse a la clarificación mediante el análisis de la estructura lógica del lenguaje. En el Tractatus , Wittgenstein lleva el atomismo lógico hasta sus últimas consecuencias. Sostiene que la unidad de significado es la proposición, que define como una representación de un estado de hechos o situaciones. Las proposiciones más sencillas (atómicas) adquieren valor de verdad o falsedad a partir de su correspondencia con hechos atómicos. La proposición es capaz de representar hechos no verbales, y por ello el lenguaje puede referirse al mundo; para ello, el lenguaje debe componerse de signos denotativos simples (los nombres) y referir a objetos particulares de la realidad. Hay proposiciones atómicas y otras proposiciones complejas, veritativo-funcionales, que se componen de proposiciones atómicas. La relación entre lenguaje y realidad es una relación del lenguaje con los hechos, y esa relación no puede expresarse en el lenguaje. No puede salvarse el abismo entre el mundo de la experiencia y el mundo supraempírico: la verdad de las proposiciones fácticas es contingente (empirismo). Wittgenstein distingue entre lo dicho y lo mostrado: la relación del lenguaje con los hechos puede demostrarse, pero no decirse. Al plantear esto, incurre en una cierta inconsistencia en su positivismo, y abre el espacio de lo ‘indecible’ para dar cabida a la metafísica y la ética.
b) La segunda etapa: Investigaciones filosóficas
En este segundo periodo Wittgenstein abandona la noción de significado y plantea que el objeto de la filosofía analítica es describir cómo funcionan los juegos del lenguaje, cómo lo usamos en la práctica. Define el pensamiento como uso monológico del lenguaje, que es originalmente público, dialógico y social. El pensamiento no es anterior ni diferente del lenguaje, sino que se deriva de él y lo presupone. Wittgenstein plantea aquí que no hay un lenguaje ideal que refleje de modo único los hechos existentes, sino múltiples lenguajes independientes entre sí que no remiten a un lenguaje superior. Todo juego de lenguaje es una forma de vida: el lenguaje es algo empírico y cambiante, forma parte de la historia natural y cultural de los seres humanos. Los juegos del lenguaje cambian, desaparecen… sólo las reglas de uso le dan una cierta estabilidad. Además, renuncia al modelo referencial: el significado de las proposiciones depende de su uso. No hay definiciones unívocas de las palabras, únicamente pueden darse ejemplos de su uso. No se trata de estudiar el lenguaje para hacerlo científico, sino de verlo tal cual es y descubrir la función de los lenguajes que empleamos en cada situación. En lugar de pensar en un lenguaje ideal, hay que explicar el lenguaje en contexto. No hay que preguntar por el significado sino por el uso, y describir en lugar de explicar. Establece una relación muy estrecha entre juegos del lenguaje, formas de vida y aprendizaje de los términos de uso. El sentido de un lenguaje viene dado por la conexión sistemática de sus elementos sobre la base de ciertas reglas cuyo uso resulta eficaz en la práctica. El sentido de un término se deriva de su posición funcional en un juego del lenguaje. Además, ese sentido se construye colectivamente; cada juego del lenguaje es común y debe atenerse a ciertas reglas. Así se pone de relieve el carácter de pura convencionalidad que tienen los lenguajes. El análisis filosófico de un juego del lenguaje debe consistir en describir ese juego en su funcionalidad práctica y describir el tipo de terapia que puede resultar útil en ese juego. La filosofía tiene un papel meramente descriptivo, no puede afectar al lenguaje que analiza ni producir nuevas experiencias. Su función es mostrar; solo puede referirse al lenguaje que está en acción. Más allá de ese límite está lo místico, que aparece como horizonte de sentido práctico y al que Wittgenstein le atribuye valor en tanto que tendencia humana.