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S. V 476. Caída del Imperio romano de occidente. Agustín de Hipona (354- 430)
S. VI 569. Nacimiento de Mahoma.
S. VII 634 - 650 Los árabes conquistan Siria Egipto, Mesopotamia e Irán.
S. VIII 711-713 conquista de España por los árabes. 771-814 Carlomagno
SS. IX-XII Feudalismo
S. XII Filosofía árabe. Averroes (1126-1198)
S. XIII Recuperación urbana de la baja Edad Media. Las universidades. Reintroducción del aristotelismo en Europa. La escolástica.
Tomás de Aquino (1225-1274)
S. XIV Guillermo de Ockham (1295-1350)
S. XV 1453. Caída de Constantinopla
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(^1) Fragmento de: Gaarder, J. (1994) El mundo de Sofía , Madrid: Siruela.
No era nada difícil obtener permiso para dormir en casa de alguna amiga. Más bien al contrario. Sofía tenía de vez en cuando la sensación de que a su madre le gustaba tener la casa para ella sola. — ¿Vendrás a la hora de comer mañana, verdad? —fue el único comentario de su madre. —Si no vengo, sabes dónde estoy. ¿Por qué decía eso, si ése era precisamente el punto débil? La estancia en casa de su amiga empezó como todas las veces que se quedaba a dormir allí, charlando hasta bien entrada la noche, con la única diferencia de que Sofía puso el despertador a las tres, cuando, sobre la una, se dispusieron por fin a dormir. Jorunn apenas se despertó cuando Sofía paró el despertador dos horas más tarde. —Ten cuidado —dijo Jorunn. Sofía empezó a andar. Había varios kilómetros hasta la Iglesia de María, y aunque sólo había dormido un par de horas, se sentía totalmente despejada. Sobre las colinas, al este, flotaba una nube roja. Cuando por fin se encontró ante la vieja iglesia de piedra eran ya las cuatro. Sofía empujó la pesada puerta. ¡Estaba abierta! La iglesia estaba vacía y silenciosa. A través de las vidrieras flotaba una luz azulada que revelaba miles de minúsculas partículas de polvo en el aire. Era como si el polvo se reuniera en gruesas vigas que atravesaran la nave de la iglesia. Sofía se sentó en un banco en el medio. Allí se quedó sentada mirando al altar y a un viejo crucifijo pintado con colores opacos.
Pasaron unos minutos. De repente empezó a sonar el órgano. Sofía no se atrevió a darse la vuelta. Sonaba como un viejo salmo, quizás de la Edad Media también. Luego todo volvió a quedar en silencio, pero pronto oyó unos pasos que se acercaban por detrás de ella. ¿Debería volverse ya? Optó por clavar su mirada en el Jesús crucificado. Las pisadas la sobrepasaron y vio una figura acercarse. Llevaba un hábito marrón de monje. Sofía podría haber jurado que se trataba de un monje de la Edad Media. Tenía miedo pero no estaba aterrorizada. Cuando el monje llegó al presbiterio, dio un rodeo y subió al púlpito. Se inclinó sobre él, miró a Sofía y dijo algo en latín. — Gloria patri et filio et spiritu sancto. Sicut erat in principio et nunc et semper in saecola saecolorum. — ¡Habla noruego, tonto! -exclamó Sofía. Las palabras retumbaron en la vieja iglesia de piedra. Entendió que el monje tenía que ser Alberto Knox. Y sin embargo sé arrepintió de haberse expresado de un modo tan poco solemne en una vieja iglesia. Pero tenía miedo, y cuando se tiene miedo resulta una especie de consuelo romper con todas las reglas y tabúes. — ¡Chis...!
—Pero el cristianismo necesitó tiempo para penetrar en el pueblo. En el transcurso de la Edad Media se fueron desarrollando también las diferentes naciones, con ciudades y castillos, música y poesía populares. ¿Qué habría sido de los cuentos populares y las baladas sin la Edad Media? Bueno, ¿qué habría sido Europa sin la Edad Media, Sofía? ¿Una provincia romana? La resonancia que tienen nombres como Inglaterra, Alemania o Noruega se encuentra precisamente en esta inmensa profundidad que se llama Edad Media. En esta profundidad nadan muchos peces gordos, aunque no siempre los veamos. Snorri fue un hombre de la Edad Media, también lo fueron Olaf el Santo y Carlomagno. Por no decir Romeo y Julieta.
Y un montón de apuestos príncipes y majestuosos reyes, valientes caballeros andantes y bellas doncellas, vidrieros anónimos y constructores geniales de órganos. Y aún no he mencionado ni a los frailes de los conventos, ni a los peregrinos, ni a las curanderas.
—Tampoco has mencionado a los sacerdotes. —Cierto. El cristianismo no llegó a Noruega hasta el año 1000, pero sería una exageración decir que toda Noruega se convirtió en país cristiano después de la batalla de Stiklestad. Antiguas ideas paganas seguían vivas bajo la superficie cristiana, y con los elementos cristianos se mezclaron muchos pre- cristianos. Por ejemplo en lo que se refiere a la celebración noruega de la Navidad había una mezcla entre costumbres cristianas y antiguas costumbres nórdicas que dura hasta nuestros días. ¿Conoces la frase que dice que los viejos cónyuges acaban por parecerse el uno al otro? Así sucede que la torta navi- deña, el cerdito navideño y la cerveza navideña se asocian a los Reyes de Oriente y al pesebre de Belén. No obstante debemos subrayar que el cristianismo poco a poco empezaba a dominar en lo que se refiere al concepto de la vida. Hablamos, por tanto, a menudo de la Edad Media como una «cultura cristiana unitaria».
— ¿Entonces no fue sólo oscura y triste? —Los primeros siglos después del año 400 fueron verdaderamente años de decadencia cultural. Los tiempos de los romanos habían sido una época de mucha cultura, con grandes ciudades que tenían sus sistemas públicos de cloacas, baños y bibliotecas; por no mencionar la grandiosa arquitectura. Toda esta cultura se desintegró en los primeros siglos de la Edad Media, también en lo que se refiere al comercio y a la economía monetaria. En la Edad Media se volvió a la economía en especie, a la economía del intercambio. A partir de ahora la economía se caracterizaría por lo que llamamos feudalismo, que quiere decir que algunos importantes señores feudales eran propietarios de la tierra que los campesinos tenían que trabajar para ganarse el sustento. También la población disminuyó fuertemente durante aquellos primeros siglos. Basta con mencionar que Roma era una ciudad que llegaba al millón de habitantes en la Antigüedad y que ya en el año 600 la población de la antigua metrópolis había descendido a 40.000. De modo que una modesta población andaba entre los restos de edificios majestuosos de los tiempos gloriosos de esta ciudad venida a menos. Cuando necesitaban material de construcción tenían ruinas de sobra de donde coger. Esto ha irritado enormemente a los arqueólogos de nuestros días, a los que les hubiera gustado que las gentes de la Edad Media no hubieran tocado los viejos monumentos.
—Eso es fácil de decir después. —La importancia política de Roma acabó ya hacia finales del siglo V. No obstante, el obispo de Roma pronto se convertiría en la cabeza de toda la Iglesia católica romana, y recibió el nombre de «Papa», o «Padre», y poco a poco fue considerado el vicario de Jesús en la Tierra. De esa manera Roma funcionó como capital cristiana durante casi toda la Edad Media. No había muchos que se atrevieran a hablar en contra de Roma, aunque poco a poco los reyes y príncipes de los nuevos Estados nacionales iban adquiriendo tanto poder que alguno de ellos se atrevió a oponerse al gran poder de la Iglesia.
Sofía miró al sabio monje. —Dijiste que la Iglesia cerró la Academia de Platón en Atenas. ¿Todos los filósofos griegos fueron olvidados?
—Sólo en parte. Se conocían algunos escritos de Aristóteles y otros de Platón. Pero el antiguo Imperio Romano se iba dividiendo en tres zonas culturales. En Europa Occidental tuvimos la cultura cristiana de lengua latina, con Roma como capital. En Europa Oriental surgió una cultura cristiana de lengua griega y con Constantinopla como capital. Más adelante la ciudad adquirió el nombre griego de Bizancio. Por lo tanto, hablamos a menudo de una Edad Media bizantina, a diferencia de la Edad Media católica romana. No obstante, también el norte de África y el Oriente Medio habían pertenecido al Imperio Romano. Esta región desarrolló una cultura musulmana de lengua árabe. Tras la muerte de Mahoma en el año 632, el Oriente Medio y el norte de África fueron conquistados por el Islam. Pronto
también España fue incorporada a la región cultural musulmana. El Islam tuvo sus lugares sagrados, tales como La Meca, Medina, Jerusalén y Bagdad. Los árabes también se quedaron con la antigua ciudad helénica de Alejandría. De esa forma, gran parte de la ciencia griega fue heredada por los árabes. Durante toda la Edad Media los árabes fueron los más importantes en ciencias tales como matemáticas, química, astronomía o medicina. Incluso hoy en día seguimos utilizando los números arábigos. Así pues, en varios campos la cultura árabe era superior a la griega. —Pregunté que qué le pasó a la filosofía griega. — ¿Te imaginas un ancho río que durante algún tiempo se divide en tres ríos distintos, para volver a juntarse luego otra vez en un gran río? —Sí, me lo imagino. —Entonces también te imaginarás cómo la cultura grecorromana se perpetuó en parte en la cultura católica romana en el Oeste, en parte a través de la cultura romana oriental en el este, y en parte a través de la cultura árabe en el sur. Platón en el este y Aristóteles con los árabes en el sur. Pero también había algo de todo en los tres ríos. Lo importante es que a finales de la Edad Media los tres ríos se vuelven a unir en el norte de Italia. La influencia árabe llegó a través de España, la griega de Grecia y Bizancio. Ahora empieza el Renacimiento; ahora empieza el «renacimiento» de la cultura antigua. De alguna manera esto quiere decir que la cultura de la Antigüedad había sobrevivido a la larga Edad Media. —Entiendo. —Pero no hay que anticipar los hechos. Primero charlaremos un poco sobre la filosofía de la Edad Media, hija mía. Y ya no te hablaré desde el púlpito. Voy a bajar.
Sofía notaba en los ojos que sólo había dormido unas horas. Ver descender del púlpito de la Iglesia de Maria al extraño monje fue como vivir un sueño. Alberto se acercó hasta el presbiterio. Primero miró hacia el altar donde estaba el viejo crucifijo. Luego se volvió hacia Sofía y se acercó con pasos lentos para sentarse junto a ella en el banco. Resultaba extraño estar tan cerca de él. Debajo de la capucha Sofía vio dos ojos negros. Pertenecían a un hombre de mediana edad con perilla. ¿Quién eres?, pensó. ¿Por qué has aparecido en mi vida? —Nos iremos conociendo mejor -dijo él, como si hubiese leído sus pensamientos... Mientras estaban así sentados, haciéndose cada vez más intensa la luz que entraba por las vidrieras, Alberto Knox empezó a hablar de la filosofía de la Edad Media. —Los filósofos de la Edad Media dieron más o menos por sentado que el cristianismo era lo verdadero— empezó a decir —La cuestión era si había que creer en los milagros cristianos o si también
mal es la «ausencia de Dios». El mal no tiene una existencia propia, es algo que no es. Porque la Creación de Dios es en realidad sólo buena. El mal se debe a la desobediencia de los hombres, pensaba San Agustín. O, para decirlo con sus propias palabras: «La buena voluntad es obra de Dios, la mala voluntad es desviarse de la obra de Dios».
— ¿También opinaba que los seres humanos tienen un alma divina? —Si y no. San Agustín dice que hay un abismo infranqueable entre Dios y el mundo. En este punto se apoya firmemente sobre cimientos bíblicos, y rechaza la idea de Plotino de que todo es Uno. Pero también subraya que el ser humano es un ser espiritual. Tiene un cuerpo material, que pertenece al mundo físico donde la polilla y el óxido corroen, pero también tiene un alma que puede reconocer a Dios.
— ¿Qué sucede con el alma humana cuando morimos? —Según San Agustín toda la humanidad entró en perdición después del pecado original. Y sin embargo, Dios ha determinado que algunos seres humanos serán salvados de la perdición eterna.
—Entonces opino que igual podría haber decidido que nadie fuera a la perdición —objetó Sofía. —Pero en este punto San Agustín rechaza cualquier derecho del hombre a criticar a Dios. En este contexto se remite a algo que escribió San Pablo en su Carta a los romanos:
¿Pero quién eres tú, hombre, que protestas contra Dios? ¿Puede lo que está formado decir al que lo formó: «¿Por qué me hiciste así?». ¿No es el alfarero el señor de la arcilla para que del mismo material pueda hacer una vasija fina y una vasija barata?
— ¿Entonces quiere decir que Dios está sentado en el cielo jugando con los seres humanos? —La idea de San Agustín es que ningún ser humano se merece la salvación de Dios. Y sin embargo Dios ha elegido a algunos que se salvarán de la perdición. Para Él, por lo tanto, no existe ningún secreto sobre quién se salva y quién se pierde, ya que está decidido de antemano. Somos arcilla en la mano de Dios. Dependemos totalmente de su misericordia.
—Entonces volvió en cierto modo a la vieja fe en el destino. —Algo así. Pero San Agustín no les quita a los hombres la responsabilidad de sus propias vidas. Nos aconsejó que viviésemos de manera que por nuestro ciclo vital pudiéramos darnos cuenta de que pertenecemos a los elegidos. Porque no niega que tengamos un libre albedrío. Pero Dios «ha visto de antemano» cómo vamos a vivir.
— ¿No es eso un poco injusto? —preguntó Sofía—. Sócrates opinaba que todos los seres humanos tenían las mismas posibilidades porque todos tenían la misma capacidad de razonar. Pero San Agustín dividió la humanidad en dos grupos. Uno de los dos grupos se salvará, el otro se perderá.
—Sí, con la teología de San Agustín nos hemos alejado ya un poco del humanismo de Atenas. Pero no fue San Agustín el que dividió la humanidad en dos grupos. Se apoya en la doctrina de la Biblia sobre la salvación y la perdición. En una gran obra llamada La ciudad de Dios, profundiza sobre este pensa- miento.
— ¡Cuenta! —La expresión «Ciudad de Dios» o «Reino de Dios» procede de la Biblia y de la predicación de Jesús. San Agustín piensa que la Historia trata de la lucha que se libra entre la «Ciudad de Dios» y la «Ciudad terrena». Las dos «ciudades» no son ciudades políticas fuertemente separadas entre ellas. Luchan por el poder en cada persona. No obstante, la Ciudad de Dios está presente de un modo más o menos claro en la Iglesia, y la Ciudad terrena está presente en los Estados políticos, por ejemplo en el Imperio Romano, que se desintegró precisamente en la época de San Agustín. Esta idea se iba haciendo cada vez más clara conforme la Iglesia y el Estado luchaban por el poder a lo largo de la Edad Media. «No existe ninguna salvación fuera de la Iglesia», se había dicho ya. La Ciudad de Dios de San Agustín se identificó por tanto, finalmente, con la Iglesia como organización. Hasta la Reforma, en el siglo XVI, no se protestaría contra la idea de que el hombre tuviera que pasar por la Iglesia para recibir la gracia de Dios.
—Entonces ya era hora. —También debemos fijarnos en el hecho de que San Agustín fuera el primer filósofo, de los que hemos estudiado, que introdujo la propia Historia en su filosofía. La lucha entre el bien y el mal no era en absoluto algo nuevo. Lo nuevo es que esta lucha se libra dentro de la Historia. En este sentido no hay
mucho platonismo en San Agustín, sino que se encuentra firmemente plantado en la visión lineal de la Historia, tal como la encontramos en el Antiguo Testamento. La idea es que Dios necesita la Historia para realizar su «Ciudad de Dios». La Historia es necesaria para educar a los hombres y destruir el mal. O, como dice San Agustín: «La providencia divina conduce la Historia de la humanidad desde Adán hasta el final de la Historia, como si se tratara de la historia de un sólo individuo que se desarrolla gradualmente desde la infancia hasta la vejez». Sofía miró su reloj. —Son las ocho —dijo—. Pronto tendré que irme. —Pero primero voy a hablarte del otro gran filósofo medieval. ¿Nos sentamos fuera? Alberto se levantó del banco, juntó las palmas de las manos y comenzó a salir lentamente de la iglesia. Parecía como si estuviese rezando a Dios o como si meditara algunas verdades espirituales. Sofía le siguió; le pareció que no tenía elección.
Fuera había todavía una fina capa de neblina sobre el suelo. El sol había salido hacía mucho, pero aún no había penetrado del todo en la neblina matutina. La Iglesia de María se encontraba en las afueras de un viejo barrio de la ciudad. Alberto se sentó en un banco delante de la iglesia. Sofía pensaba en lo que podría ocurrir si alguien pasaba por allí. Ya era bastante insólito estar sentado en un banco a las ocho de la mañana, pero aún más insólito era estar sentada junto a un monje medieval. —Son las 8 —empezó Alberto—. Han pasado unos cuatrocientos años desde San Agustín. Ahora comienza la larga jornada escolar. Hasta las 10 los colegios de los conventos son los únicos que se
— ¿Entonces igual podemos apoyarnos en Aristóteles que en la Biblia? —No, no. Aristóteles sólo llega hasta un punto en el camino porque no llegó a conocer la revelación cristiana. Pero recorrer una parte del camino no significa equivocarse de camino. Por ejemplo, no es incorrecto decir que Atenas está en Europa. Pero tampoco es muy preciso. Si un libro sólo te dice que Atenas es una ciudad europea, quizás sea también conveniente consultar un libro de geografía en el que se te proporcione toda la verdad: Atenas es la capital de Grecia, que a su vez es un pequeño país en la parte sureste de Europa. Si tienes suerte, a lo mejor también te cuenta algo de la Acrópolis; por no decir de Sócrates, Platón y Aristóteles.
—Pero también era verdad el primer dato sobre Atenas. — ¡Exactamente! Lo que quiso mostrar Tomás es que sólo existe una verdad. Cuando Aristóteles señala algo que nuestra razón reconoce como verdad, entonces tampoco contradice la doctrina cristiana. Podemos acercarnos plenamente a una parte de la verdad mediante nuestra razón y nuestras observaciones hechas con los sentidos; son precisamente esas verdades las que menciona Aristóteles cuando describe el reino animal y el reino vegetal. Otra parte de la verdad nos la ha revelado Dios a través de la Biblia. Pero las dos partes de la verdad se superponen la una a la otra en muchos puntos importantes. También hay algunas cuestiones sobre las que la Biblia y la razón nos dicen exactamente lo mismo.
— ¿Por ejemplo que existe un Dios? —Exactamente. También la filosofía de Aristóteles suponía que había un Dios, o una causa primera, que pone en marcha todos los procesos de la naturaleza. Pero no nos proporciona ninguna descripción más detallada de Dios. En este punto tenemos que apoyarnos exclusivamente en la Biblia y en la palabra de Cristo.
— ¿Es tan seguro que realmente existe un Dios? —Naturalmente es algo que se puede discutir. Pero incluso hoy en día la mayor parte de la gente está de acuerdo en que al menos la razón del ser humano no puede probar que no haya un Dios. Tomás fue más allá. Pensaba que basándose en la filosofía de Aristóteles se podía probar la existencia de Dios.
—No está mal. —También con la razón podemos reconocer que todo lo que hay a nuestro alrededor tiene que tener una «causa original», decía. Dios se ha revelado ante los hombres tanto a través de la Biblia como a través de la razón. De esta manera, existe una «teología revelada» y una «teología natural». Lo mismo ocurre con la moral. En la Biblia podemos leer cómo quiere Dios que vivamos. Pero a la vez Dios nos ha provisto de una conciencia que nos capacita para distinguir entre el bien y el mal, sobre una base natural. Hay pues «dos caminos» también para la vida moral. Podemos saber que está mal herir a otras personas, aunque no hayamos leído en la Biblia: «Haz con tu prójimo lo que quieres que tu prójimo haga contigo». Pero también en este punto lo más seguro es seguir los mandamientos de la Biblia.
—Creo que lo entiendo —dijo Sofía—. Es más o menos como que podemos saber que hay tormenta tanto viendo los relámpagos como oyendo los truenos.
—Correcto. Aunque seamos ciegos podemos oír que truena. Y aunque seamos sordos podemos ver los relámpagos. Lo mejor es, claro está, ver y oír. Pero no hay ninguna «contradicción» entre lo que vemos y lo que oímos. Al contrario, las dos impresiones se complementan.
—Entiendo. —Déjame añadir otra imagen. Si lees una novela, por ejemplo Victoria de Knut Hamsun... —De hecho la he leído... — ¿Conoces algo sobre el autor leyendo simplemente la novela que ha escrito? —Al menos puedo saber que existe un autor que la ha escrito. — ¿Puedes saber algo más de él? —Tiene una visión bastante romántica del amor. —Cuando lees esta novela, que es creación de Hamsun, obtienes una impresión de la naturaleza de Hamsun. Pero no puedes contar con encontrar datos personales sobre el autor. Por ejemplo, ¿puedes saber mediante la lectura de Victoria la edad que tenía el autor al escribir la novela, dónde vivía o
cuántos hijos tenía? —Claro que no. —Ese tipo de datos los podrás encontrar en una biografía sobre Knut Hamsun. Solamente en una biografía, o autobiografía, sabrás más acerca del autor como «persona». —Sí, así es. —Más o menos así es la relación entre la obra de creación de Dios y la Biblia. Sólo mediante la observación de la naturaleza podemos reconocer que hay un Dios. No resulta difícil ver que ama las flores y los animales, si no, no los hubiera creado. Pero sólo en la Biblia encontramos información sobre la persona de Dios, es decir, en su «autobiografía».