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Asignatura: Organització i Administració d'Empreses I, Profesor: Josep Ma Sayrol, Carrera: Ciències Empresarials, Universidad: UPF
Tipo: Apuntes
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EMPRESA ACTIVA Argentina - Chile - Colombia - España Estados Unidos - México - VenezuelaTítulo original: Fish! Editor original: Hyperion, Nueva York Traducción: Mik Martínez Giner Agradecemos la autorización para reproducir el siguiente material sujeto a copyright: Simple Abundance: A Daybook of Comfort and Joy, copyright © 1995 by Sarah Ban Breathnach, publicado por Warner Books. Reproducido con autorización del autor; «Faith», de Where Many Ri-vers Meet: Poems, copyright © 1996 by David Whyte, publicado por Many Rivers Press. Reproducido con autorización del autor. Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. © 2000 by Stephen C. Lundin, Harry Paul y John Christensen © de la traducción: 2000 by Mila Martínez Giner © 2001 by Ediciones Urano, S. A. Aribau, 142, pral. - 08036 Barcelona www.empresaactiva.com ISBN: 84-7953-448- Depósito legal: B - 28.759 - 2001 Fotocomposición: Ediciones Urano, S. A. Impreso por Romanyá Valls, S. A. - Verdaguer, 1 - 08786 Capellades (Barcelona) Impreso en España - Printed in Spain
Hoy día está de moda creer que nadie debería conformarse con hacer nada salvo lo
que a uno realmente le gusta. Escribir poesía, recorrer el mundo en un barco de vela, pintar: haz lo que verdadera mente te gusta, y el dinero ya vendrá. Nos decimos que la
vida es demasiado breve para malgastarla dedicando horas a un trabajo que no sea el ideal, y continuamos buscando el lugar de trabajo perfecto. El peligro es que si ese anhelo
de alcanzar el trabajo ideal nos hace concentrarnos en el futuro, nos perderemos esa vida maravillosa que se nos brinda ahora, en este momento.
El hecho es que en el mundo real hay condiciones que nos impiden alcanzar ese trabajo ideal y perfecto. Muchos tenemos responsabilidades con la familia, o de otro tipo. Otros, todavía no hemos sentido la llamada de nuestra verdadera vocación. Algunos vivimos sometidos a tanta tensión que no disponemos, literalmente, de tiempo ni energía para buscar otro trabajo.
Fish! es una parábola, un relato inventado sobre la manera en que podemos descubrir la fuente profunda de energía, creatividad y pasión que existe dentro de todos nosotros cuando aprendemos a amar lo que hacemos, incluso si en ese momento no estamos haciendo exactamente lo que amamos.
ra un lunes húmedo, frío, oscuro y gris en Seattle, dentro y fuera. La mejor previsión del hombre del tiempo del Canal 4 mencionaba la posibilidad de que se abrieran algunos claros hacia el mediodía. En días así, Mary Jane Ramírez echaba de menos el sur de California.
«¡Cuántos cambios!», pensó mientras hacía repaso de los tres últimos años. Dan, su marido, había recibido una oferta interesante de Microrule, y ella había confiado en encontrar trabajo una vez instalados. En el plazo de cuatro semanas les habían notificado el traslado, habían hecho las maletas, cambiado de ciudad y encontrado una fantástica guardería para los niños. Su casa entró en el mercado inmobiliario de Los Ángeles en el momento adecuado y se vendió de inmediato. Tal y como esperaba, Mary Jane encontró rápidamente un puesto de supervisora en el área de servicios internos de First Guarantee Financial, una de las instituciones financieras más importantes de Seattle.
A Dan le encantaba su trabajo en Microrule. Por la noche, llegaba a casa pletórico de energía y con un montón de historias de la gran empresa para la que trabajaba y el trabajo avanzado que hacían. A menudo, Dan y Mary Jane acostaban a los niños y luego se quedaban charlando hasta bien entrada la noche. Aunque Dan estaba entusiasmado con su nueva empresa, se interesaba igualmente por el día que había tenido ella y quería saber cosas acerca de los compañeros de trabajo y los retos que surgían en la vida laboral de su esposa. Era obvio, a primera vista, que eran grandes amigos. El espíritu de cada uno brillaba en presencia del otro.
La cuidadosa planificación de su futuro había anticipado todos los problemas menos uno. Doce meses después de haberse instalado en Seattle, Dan fue ingresado urgentemente aquejado de la rotura de un aneurisma, una «rareza genética», según dijeron, y falleció de un derrame interno sin haber recuperado la conciencia. No hubo ni avisos ni tiempo para despedidas.
«Este mes ha hecho dos años. Ni siquiera llevábamos un año entero en Seattle.»
Frenando estos pensamientos, mientras empezaban a aflorar los recuerdos, sintió
cómo la invadía una ola de emoción. No continuó. «Este no es el momento de pensar en mi vida privada; todavía no he llegado a la mitad de la jornada, y estoy hasta arriba de
trabajo.»
En los tres años que llevaba en First Guarantee Financial, Mary Jane se había ganado
una gran fama de supervisora competente. No era la primera en llegar ni la última en marcharse, pero su ética del trabajo le impedía que se le acumularan los encargos. De
hecho, su manera seria y responsable de trabajar le acarreaba algún problemita en la empresa, ya que mucha gente intentaba asegurarse de que fuera ella quien lo resolviera
todo personalmente. Sabían que el trabajo quedaría terminado a tiempo y sería de óptima calidad.
También era buena jefa. Escuchaba con atención las preocupaciones y las ideas de sus empleados y, a cambio, era apreciada y respetada. No era raro encontrarla haciendo el trabajo de alguien con un hijo enfermo o con una cita importante. Y, como jefa en funciones, hizo que su departamento fuera uno de los que más rendían. Actuaba siempre de una manera relajada, que rara vez generaba tensiones, salvo las que implica hacer bien el trabajo. Los colaboradores y los empleados disfrutaban trabajando con ella. El pequeño grupo de Mary Jane se ganó la fama de ser un equipo con el que se podía contar.
En agudo contraste, había otro departamento más grande en la tercera planta que era a menudo motivo de conversación por la razón opuesta. Expresiones como «no responden», «son insoportables», «están en el limbo», «qué desagradables», «qué lentos», «qué pérdida de tiempo», «aquí todo es negativo» se utilizaban con frecuencia para describirlos. Eran el blanco de todos los odios. Por desgracia para la empresa, casi todos los departamentos tenían que tener contacto con la tercera planta porque allí se procesaba la mayoría de las transacciones del First Guarantee, y todo el mundo temía cualquier contacto con este departamento.
Los jefes se intercambiaban historias sobre el último fiasco con la tercera planta. Y los que la visitaban, la describían como un lugar tan muerto que te chupaba la vida. Mary Jane aún recordaba la carcajada general que estalló cuando uno de los jefes dijo que se merecía el Premio Nóbel. Al preguntarle qué quería decir con eso, contestó: «Porque creo que he descubierto vida en la tercera planta». La gente se desternilló de la risa.
Algunas semanas después, Mary Jane aceptó, no sin cierta reticencia, un ascenso a jefa del departamento de procesamiento de datos de la tercera planta del First Guarantee. Aunque la empresa había puesto grandes esperanzas en ella, Mary Jane tenía muchas dudas sobre la conveniencia de aceptar o no el puesto. Se sentía muy a gusto en su trabajo actual, y sus ganas de correr riesgos habían disminuido después de la muerte de Dan. El departamento que había liderado había estado con ella durante los años duros que siguieron a la muerte de su marido y sentía que tenía un fuerte vínculo con ellos. Era duro abandonar a una gente con la que había compartido tantas cosas y en una época tan mala.
Mary Jane era muy consciente de la terrible reputación de la tercera planta. De hecho, si no hubiera sido por todos los gastos imprevistos de la hospitalización de Dan, seguramente habría rechazado el ascenso y el aumento de sueldo. Pero allí estaba ahora,
organización, y ni aparecería en la pantalla de radar de la empresa si no fuera por lo malo que es. Y la verdad es que es malo. No es el amor al trabajo lo que nos motiva a ninguno de los que formamos el departamento. No soy la única persona que tiene problemas económicos en la planta. Muchas mujeres y uno de los hombres viven solos con sus hijos. Jack acaba de llevarse a su padre enfermo a vivir con él. Bonnie y su marido tienen ahora dos nietos que viven con ellos. Todos estamos aquí por tres cosas: el sueldo, la seguridad y las ventajas.
Mary Jane sopesó la última frase que había escrito en su diario. Desde siempre, los puestos del departamento de procesamiento de datos eran para toda la vida. El sueldo no estaba mal y el trabajo era seguro. Mirando las mesas separadas por mamparas que se alineaban fuera de su despacho, se hizo varias preguntas: «¿Saben que esa seguridad con la que sueñan podría ser un espejismo? ¿Se dan cuenta de hasta qué punto las fuerzas del mercado están cambiando esta industria? ¿Comprenden que todos tendremos que cambiar para competir en un mercado de servicios financieros q (^) U e se consolida a gran
velocidad? ¿Son conscientes de que, si no cambian, algún día tendrán que buscarse otro empleo?».
Conocía las respuestas. No, no, no, no. Los miembros de su departamento seguían actuando como siempre. Los habían dejado solos y apartados demasiado tiempo. Cumplían con su trabajo y confiaban en que llegara la jubilación antes que los cambios. ¿Y ella? ¿Tenía una visión diferente?
El teléfono sonó devolviéndola al presente. Los sesenta minutos que siguieron fueron una lucha incesante. Primero se enteró de que había desaparecido el expediente de un cliente importante y que se rumoreaba que había sido visto por última vez en la tercera planta. A continuación, un empleado de otro departamento, harto de que lo tuvieran horas esperando al teléfono, había acudido personalmente a la tercera planta y montado una escena desagradable. Al menos, había algo de energía con la que enfrentarse. Luego, alguien del departamento jurídico se quejó de que le habían colgado el teléfono tres veces. Y uno de los muchos empleados del departamento que estaba de baja, no había entregado un proyecto importante que tenía que estar listo hoy. Una vez que Mary Jane logró sortear la última andanada, cogió su almuerzo y se encaminó a la puerta.
Mary Jane había empezado a salir a comer fuera de la empresa desde hacía cinco
semanas. Sabía que los que comían en la cafetería harían lo que hacían siempre, airear los pecados de la empresa y quejarse de la tercera planta, cosa que para ella se había convertido en algo demasiado personal. Le deprimía escuchar sus quejas, y necesitaba un poco de aire fresco.
Por lo general bajaba la colina y comía en el muelle. Allí, mientras saboreaba un panecillo, contemplaba el agua o veía entrar y salir de las tiendas a los turistas. Era una zona tranquila, y en Puget Sound podía mantener algo de contacto con la naturaleza.
Aquel día, aún no había dado ni dos pasos en dirección a la puerta cuando escuchó el inconfundible sonido de su teléfono sonando. «A lo mejor es la guardería. Stacey moqueaba esta mañana.»
—Mary Jane Ramírez —dijo jadeando.
—Mary Jane, soy Bill. «¡Vaya! ¿Qué querrá?», se preguntó mientras escuchaba la voz de su jefe. Bill era otra de las razones por las que se lo pensó dos veces antes de aceptar el trabajo en la tercera
planta. Tenía fama de ser un auténtico cabrón. Y, de momento, hacía honor a su reputación. Era de los que daban órdenes, interrumpían a mitad de la frase, y tenía la
enojosa costumbre de preguntar sobre el estado de los proyectos con paternalismo. «Mary Jane, ¿tienes bajo control el proyecto Stanton?», como si ella no tuviera ni idea. Mary Jane
era la tercera persona que ocupaba el puesto de jefe del departamento en dos años y por lo que empezaba a ver, los problemas no eran solamente del personal, sino también de Bill.
—Acabo de salir de una reunión que ha durado toda la mañana, con los jefes, y quiero que nos veamos esta tarde.
—Claro, Bill. ¿Hay algún problema? —La dirección está convencida de que se acercan tiempos duros y que, para sobrevivir, todos tendremos que esforzarnos. O hay una mayor productividad de los empleados o tendremos que empezar a hacer cambios. Hemos hablado del efecto corrosivo de algunos departamentos donde la energía y la moral son tan bajas que acaban por contagiar a cualquiera.
Una sensación de terror se apoderó de Mary Jane. —El gran jefe ha ido a una de esas conferencias sobre actitudes y entorno laboral y ha vuelto entusiasmado. A mí no me parece justo echar todas las culpas a la tercera planta, pero él parece estar convencido de que la tercera planta es el gran problema.
— ¿Ha mencionado explícitamente la tercera planta? —No sólo ha mencionado la tercera planta sino que le ha dado un nombre. La ha llamado un «vertedero de energía tóxica». No quiero que uno de mis departamentos se llame «vertedero de energía tóxica». ¡Es inaceptable! ¡Enojoso!
— ¿Un vertedero de energía tóxica? —Sí. Y me ha interrogado sobre lo que voy a hacer. Le he dicho que compartía su preocupación y que te había traído a ti para resolver el problema. Me ha dicho que quiere estar informado de los progresos. ¿Qué? ¿Ya está resuelto?
¿Qué si ya está resuelto? ¡Sólo llevo cinco semanas en el puesto! —Todavía no —contestó. —Bueno, tendrás que darte prisa, Mary Jane. Y si no puedes, necesito saberlo para hacer los cambios oportunos. El jefe está absolutamente convencido de que lo que necesitamos es más energía, pasión y espíritu en el trabajo. Yo no acabo de entender porqué. Lo que se hace allí no es componer música. Personalmente nunca he esperado mucho de un montón de oficinistas. Supongo que hace tanto tiempo que la tercera planta es el blanco de todas las bromas que piensa que si lo cambia, resolveremos el problema. ¿A qué hora podríamos quedar?
— ¿Qué tal a las dos, Bill? — ¿Mejor a las dos y media? — ¡Claro! Bill debió de notar la frustración en su voz. —«No te deprimas, Mary Jane. Es cuestión de ponerte a trabajar. —Es bastante insoportable—, pensó mientras colgaba el teléfono. ¡No te deprimas! Es mi jefe y el
su curiosidad y en su aire serio que le animó a acercársele.
— ¿Qué pasa? ¿No tienes yogur? Ella le miró y vio a un hombre joven y atractivo de pelo negro, largo y rizado. La miraba
fijamente, con una gran sonrisa en la cara.
—Tengo un yogur en el bolso —tartamudeó señalando su bolso marrón—, pero no sé
muy bien qué tengo que hacer.
— ¿Has venido alguna vez por aquí? —No. Suelo comer en el muelle. —Te entiendo; se está muy tranquilo al lado del agua. Es todo lo contrario de este lugar, eso es seguro. ¿Y por qué has venido hoy?
A su derecha, uno de los pescaderos gritaba con aire perdido: «¿Quién quiere comprar pescado?». Otro bromeaba con una mujer joven. Un cangrejo pasó volando por encima de la cabeza de Mary Jane.
—Seis cangrejos volando rumbo a Montana —gritó alguien. —Seis cangrejos volando rumbo a Montana —corearon todos. Otro empleado, que llevaba un gorro de lana, bailaba detrás de la caja. Mary Jane se sentía rodeada de una euforia controlada, como la de las atracciones de la feria, pero mejor. Sin embargo, el pescadero que había hablado con ella no parecía en absoluto distraído. Aguardaba tranquilo y pacientemente su respuesta. «Caramba —pensó—, parece que de verdad le interesa mi respuesta. Pero no voy a contarle a un desconocido mis problemas en el trabajo.» Sin embargo, eso fue precisamente lo que hizo.
Se llamaba Lonnie y escuchó con atención la descripción de la tercera planta. No reaccionó cuando uno de los pescados golpeó contra una cuerda y cayó al suelo junto a ellos. Escuchó atentamente la descripción que Mary Jane le hacía de los numerosos problemas que había identificado en los empleados. Cuando acabó de contarle la historia, miró a Lonnie y le preguntó:
— ¿Qué opinas de mi vertedero de energía tóxica? —Menuda historia. Yo también he trabajado en lugares horrorosos. De hecho, este lugar era bastante lúgubre. ¿Qué notas en el mercado ahora?
—Ruido, acción, energía —contestó Mary Jane sin dudarlo ni un momento. — ¿Y qué opinas de toda esta energía? —Me gusta —contestó—. Me gusta mucho. —A mí también. Me ha malcriado para toda la vida. Creo que no podría trabajar en un mercado típico después de haber probado esto. Como te decía, al principio no era así. Durante mucho tiempo fue también un vertedero de energía. Luego decidimos cambiar las cosas y este es el resultado. ¿Crees que con esta energía habría algún cambio en tu departamento?
—Desde luego que sí. Es lo que necesitamos en el vertedero —dijo sonriendo. —Me gustaría explicarte qué es lo que hace, en mi opinión, que este mercado sea diferente. ¡Quién sabe! A lo mejor te doy ideas.
—Pero, nosotros no podemos arrojarnos nada los unos a los otros. El trabajo es aburrido. La mayoría...
—No corras. No tenéis que lanzaros nada. Por supuesto que tu trabajo es diferente y parece que tienes un reto muy serio por delante. Me gustaría ayudarte. ¿Y si encuentras la
manera de aplicar algunas de las lecciones que has aprendido en tu primera visita al mundialmente famoso mercado de pescado de Pike Place? ¿La posibilidad de tener un departamento pletórico no es razón suficiente para que aprendas las lecciones? — ¡Sí! ¡Por supuesto! Pero ¿por qué quieres ayudarme? —Formar parte de esta pequeña comunidad de pescaderos y vivir lo que has vivido hoy aquí cambió mi vida. Te ahorraré los detalles, pero mi vida era un desastre cuando acepté este trabajo. Trabajar aquí me salvó literalmente la vida. Aunque suene un poco ingenuo, creo que tengo la obligación de buscar maneras de demostrar mi gratitud por la vida que disfruto. Tú me lo has puesto fácil contándome tu problema. Creo sinceramente que podrás encontrar algunas respuestas aquí. Hemos creado mucha energía. Mientras decía la palabra energía, un cangrejo pasó volando y alguien gritó con acento tejano: —Cinco cangrejos volando con destino a Wisconsin. El coro repitió: —Cinco cangrejos volando con destino a Wisconsin. —De acuerdo —dijo ella, riendo en voz alta—. Si este mercado tiene algo, ese algo es energía. ¡Trato hecho! —Miró el reloj y calculó que tendría que volver deprisa para no llegar tarde. No tenía dudas de que sus salidas y entradas eran cronometradas por los empleados. Lonnie captó el gesto y dijo: —Oye, ¿por qué no vuelves mañana a la hora de comer, y te traes dos yogures? —Se giró e inmediatamente empezó a explicarle a un joven, vestido con una chaqueta vikinga, las diferencias entre un salmón de río y un salmón de vivero.
El martes, a la hora de comer, Mary Jane se apresuró por la calle Primera, camino del mercado. Lonnie estaba esperándola; apareció inmediatamente entre la multitud y la condujo a través de una rampa, más allá de la franquicia de la tienda de camisetas.
—Hay unas mesas al final del pasillo —dijo, guiándola hasta una pequeña habitación acristalada con una magnífica vista del puerto y de Puget Sound. Lonnie se comió un panecillo y el yogur que le había traído Mary Jane, mientras ella se comía el suyo y se interesaba por el funcionamiento de la pescadería. Ser pescadero no sonaba muy atractivo después que Lonnie le explicara cómo era un día típico; eso hizo que la actitud de los empleados de Pike Place aún le resultara más impresionante.
—Parece que tu trabajo y el mío tienen más cosas en común de lo que me imaginaba al principio —dijo ella, después de que Lonnie le describiera las aburridas tareas que tenía que realizar cada día.
Lonnie la miró. —¿En serio? —Sí. La mayor parte del trabajo que hacen mis empleados es, como mínimo, carente de interés y repetitivo. No obstante, es un trabajo importante. No vemos nunca al cliente, pero si cometemos un error, éste se enfada y se nos critica mucho. Si hacemos bien nuestro trabajo, nadie repara en él. En general, el trabajo es aburrido. Vosotros habéis cogido un trabajo aburrido y habéis encontrado la manera de hacerlo interesante. Eso lo
mostrarnos antipáticos e irritarnos con los compañeros y con los clientes. O traer una actitud alegre y desenfadada y pasar un día fantástico. Podemos elegir la clase de día que queremos pasar. Estuvimos mucho tiempo hablando de ello y nos dimos cuenta de que, ya que teníamos que trabajar, lo mejor era pasarlo lo mejor posible. ¿Le ves sentido? —Mucho. —De hecho, nos entusiasmamos tanto con lo de elegir, que de paso decidimos hacernos mundialmente famosos. Pasar un día siendo «mundialmente famoso» es mucho más agradable que pasar un día siendo vulgar. ¿Ves lo que quiero decir? Trabajar en una pescadería no es fácil; hace frío, hay humedad, huele mal y te puedes resbalar. Pero podemos elegir qué actitud vamos a adoptar mientras hacemos el trabajo. —Sí, me parece que lo entiendo. Tú eliges cada día la actitud que vas a tener en el trabajo. Esa elección determina tu comportamiento. Ya que estás aquí, ¿por qué no elegir ser una pescadería mundialmente famosa, en vez de ser una más? Parece tan sencillo. —Es fácil de entender, pero no tan fácil de hacer. No creamos este lugar de la noche a la mañana; tardamos casi un año. Yo era un caso difícil. Digamos que era un resentido. Mi vida personal estaba completamente descontrolada. Tampoco le daba muchas vueltas, pensaba que sabía muy bien lo que hacía. La vida era dura y yo respondía de la misma manera, siendo duro. Entonces, cuando decidimos crear un puesto de pescado diferente, me resistí a aceptar que yo podía elegir cómo vivir cada día. Había invertido demasiado en ser una víctima. Uno de los compañeros, mayor que yo, que también había pasado una mala racha, me llevó aparte y me lo explicó, de pescadero a pescadero. Pensé mucho en lo que me dijo y decidí probar. Ahora soy un «creyente». Cada persona puede escoger su actitud. Lo sé porque yo escojo la mía. Mary Jane estaba impresionada por lo que estaba oyendo y también con la persona de quien lo estaba oyendo. Al levantar los ojos se encontró a Lonnie mirándola con curiosidad y se dio cuenta de que llevaba un rato soñando despierta. —Lo siento. Lo probaré. ¿Qué otras cosas explican vuestro éxito? —Hay cuatro ingredientes, pero este es el principal. Sin escoger la actitud, los otros son una pérdida de tiempo. Así que vamos a pararnos aquí y dejar el resto para después. Toma el primer ingrediente y mira qué puedes hacer con él en la tercera planta. Llámame cuando estés lista para hablar de los otros. ¿Tienes nuestro número? —Está escrito por todas partes. —Claro. No somos precisamente tímidos, ¿verdad? Hasta pronto y gracias por el yogur.
Las exigencias de su puesto tuvieron a Mary Jane ocupada en actividades rutinarias los dos días siguientes. O, al menos, esa era su excusa. Pero sus pensamientos volaban a menudo a la conversación que había mantenido con Lonnie y la idea de escoger la actitud que tienes en el trabajo. Se daba cuenta de que, aunque estaba de acuerdo con la
filosofía del puesto de pescado, había algo que le impedía dar el paso. «En caso de duda, reúne más información», pensó.
El viernes decidió preguntar a Bill sobre la conferencia a la que había acudido su jefe, la que trataba de la influencia de las actitudes en el entorno laboral. Quería saber más sobre aquella experiencia. Aquella tarde le llamó.
—Bill, ¿cómo puedo documentarme sobre la conferencia acerca del entorno laboral a
la que acudió el gran jefe?
— ¿Para qué quieres documentarte? Era una de esas charlas inspiradas en la Nueva
Era. Seguro que pasan la mayor parte del tiempo dándose baños calientes. ¿Qué sentido tiene perder el tiempo con eso?
Mary Jane notó que se estaba enfadando. Respiró hondo. —Escucha, Bill, cuando acepté este trabajo, los dos sabíamos que había mucho que
hacer. Ahora las expectativas son mayores y el tiempo se ha reducido. Los dos estamos metidos en esto hasta el fondo. ¿Me vas a ayudar o me lo vas a poner más difícil?
«No puedo creer que le haya hablado así pensó—. ¡Pero qué bien me ha sentado!» Bill respondió bien; era como si se sintiera más cómodo ante un enfrentamiento más directo.
—Vale, vale, será mejor que no nos pongamos nerviosos. Tengo una cinta en mi mesa que se supone que tenía que escuchar, pero no he tenido tiempo. Escúchala y cuéntame después lo que dice.
—Por supuesto, Bill. Pasaré a recogerla.
En el viaje de vuelta a Bellevue desde el trabajo hubo varios atascos, pero Mary Jane ni se enteró. No dejaba de darle vueltas a su situación. «¿Cuándo perdí mi confianza? — se preguntó—. Decirle a Bill lo que pensaba ha sido la primera cosa valiente que he hecho en mucho tiempo. Dos años para ser exactos», calculó, y las piezas empezaron a encajar en el umbral de la conciencia. «Demasiadas cosas en las que pensar.» Sintiéndose abrumada, introdujo la cinta de Bill en el radiocasete.
Desde los altavoces estéreo del coche le llegó una voz profunda y resonante que hipnotizaba. La cinta contenía la grabación de un verso de un poeta que llevó su poesía a su puesto de trabajo, convencido de que el lenguaje poético los ayudaría a solucionar mejor los temas del día. El poeta era David Whyte. Hablaba un poco y luego recitaba el poema. Sus poemas y sus historias le traspasaron. Aquellas frases le asaltaron.
Las necesidades de la organización y nuestras propias necesidades como trabajadores son las mismas: creatividad, pasión, flexibilidad, entusiasmo.
«Sí», pensó. En verano, cuando aparcamos el coche delante del trabajo, dejamos la ventillas un poco abiertas, no para proteger la tapicería del excesivo calor, sino porque sólo el 60% de nuestro ser entra en las oficinas y el resto se queda en el coche todo el día y tiene que poder respirar ahí dentro. ¿Qué pasaría si llevásemos todo nuestro ser al trabajo?
«¿Quién es este hombre?» Entonces, sin previo aviso, se notó que se emocionaba cuando escuchó a David Whyte recitar su poema Fe. Lo presentó ante el público diciendo que lo había escrito en una época en la que tenía muy poca fe en sí mismo:
de David Whyte
La vida es demasiado preciosa para desaprovechar el tiempo, no digamos ya la mitad de las horas que pasamos despiertos, en un vertedero de energía tóxica. No quiero vivir así, y estoy segura de que mis colegas pensarán igual una vez que tengan una alternativa clara.
La filosofía de mi departamento es así desde hace mucho tiempo. Para cambiarla, tendré que correr riesgos personales sin ninguna certeza de alcanzar el éxito. Quizá sea una bendición. Sucesos recientes me han hecho perder la fe en mí misma, y correr los riesgos necesarios quizá me ayude a recuperarla. El hecho es que el riesgo de no hacer nada seguramente es mayor que el riesgo de actuar.
Entre mis notas, en alguna parte, hay material con un mensaje que podría serme útil. Tengo que encontrar ese mensaje porque necesito toda la ayuda que pueda conseguir.
Pensando en eso, se bajó del coche y fue a recoger a su hija. —Mamá, mamá, tienes los ojos húmedos. ¿Has llorado? ¿Pasa algo, mamá? —Sí, cariño, he llorado, pero eran lágrimas buenas. ¿Qué tal has pasado el día? —He hecho un dibujo de nosotros. ¿Quieres verlo? —Claro que sí. —Bajó la vista y miró las cuatro figuras que su hija había dibujado. Luego, volvió la vista hacia ella. — ¡Muy bien! —suspiró—. Otra prueba más de fe. »Recoge tus cosas, cariño; tenemos que ir a buscar a Brad.
El domingo por la tarde Mary Jane se reservaba un poco de tiempo para ella. Había
contratado una canguro para que los domingos estuviera con los niños como mínimo dos horas. Era una pequeña recompensa que se daba, algo que siempre la dejaba fresca y
lista para hacer frente a los retos familiares y laborales. Empleaba el tiempo en leer material que le sirviera de inspiración, una nueva novela, dar un paseo en bicicleta o
saborear un café y relajarse. Seattle estaba lleno de cafés, y había uno estupendo a tan sólo tres manzanas de su casa. Cogió algunos libros y se fue a la calle. Su mesa favorita,
en un rincón tranquilo del café, la estaba esperando.
—Un café con leche desnatada y en taza grande, por favor. —Se sentó con su café y decidió empezar con una lectura que la inspirara.
Cogió una copia gastada de El encanto de las cosas simples ( Publicado por Ediciones B. (N. del E.)), de Sarah Ban Breathnach, un libro con una lectura para cada día del año, y buscó el 8 de febrero. Unas palabras clave parecieron saltar de la página:
La mayoría de nosotros nos sentimos incómodos si nos vemos como artistas, y sin embargo cada uno de nosotros lo es. Cada día, con cada elección, creamos una obra de arte única. Algo que sólo uno puede hacer... La razón por la que naciste fue para dejar tu
marca indeleble en el mundo. Esa es tu autenticidad... Respeta tus urgencias creativas... apuesta por la fe... descubrirás que tus elecciones son tan auténticas como lo eres tú. Es
más, descubrirás que tu vida es todo lo que se supone que debe ser: un alegre soneto de acción de gracias.
Había planeado pensar en el trabajo, y las palabras sobre la elección y la fe la
transportaron al puesto de pescado. «Esos hombres son artistas —pensó—, y han elegido crear cada día.» Y a ella también se le ocurrió un pensamiento asombroso: «Yo también puedo ser una artista». Entonces cogió una carpeta de un seminario sobre liderazgo al que había asistido. Allí había escuchado por primera vez la palabra cárcel utilizada como metáfora para el trabajo. Dentro había una fotocopia descolorida de un discurso escrito por John Gardner. Recordó que Gardner animó a la gente a fotocopiar sus papeles, «un gesto generoso», pensó. «Debió de decir algo importante, si aún me acuerdo de él después de tanto tiempo.» Repasó el discurso página por página.
El pasaje empieza: No se sabe por qué algunos hombres y mujeres se marchitan mientras que otros permanecen vitales hasta el final de sus días. Es posible que marchitarse no sea la palabra adecuada. Quizá debería decir que mucha gente, en algún punto del camino, deja de aprender y de crecer.
Mary Jane levantó la vista mientras pensaba: «Eso encaja con mi grupo; y también con mi viejo yo». Sonrió ante la decisión que implica decir «mi viejo yo». Volvió al pasaje.
Debemos ser comprensivos al juzgar las razones. Quizá la vida les ha presentado problemas más duros de los que podían resolver. Quizás algo ha herido profundamente su confianza en sí mismos o su autoestima. O quizá han corrido tan duramente y durante tanto tiempo que han olvidado por qué corrían.
Estoy hablando de personas que, por muy ocupadas que parezcan estar, han dejado de aprender y de crecer. No me burlo. La vida es dura. A veces, concentrarnos en seguir adelante es un acto de coraje...
Tenemos que afrontar el hecho de que la mayoría de los hombres y las mujeres que se encuentran en el mundo laboral tienen menos inventiva y están más cansados de lo que creen, de lo que saben, y más aburridos de lo que se atreverían a admitir.
Un famoso escritor francés dijo: «Hay personas cuyo reloj se detiene en un momento determinado de su vida». He observado cómo se mueve mucha gente por la vida. Como dice Yogui Berra: «Al mirar se ven muchas cosas». Estoy convencido de que la mayoría de la gente disfruta aprendiendo y creciendo, sea cual sea el punto de la vida en el que se encuentren. Si somos conscientes del peligro de marchitarnos, podemos tomar medidas para evitarlo. Si tu reloj se ha parado, puedes volver a darle cuerda.
Hay algo que yo sé de ti que quizá tú no sepas de ti mismo. Dentro de ti tienes más recursos de energía de los que nunca has utilizado, más talento del que nunca has aprovechado, más fuerza de la que nunca has puesto a prueba, y más que dar de lo que nunca has dado.
«No me extraña que me acuerde de John Gardner. Tengo muchos relojes a los que dar cuerda, pero al primero que necesito dar cuerda es al mío», pensó.
La hora siguiente, Mary Jane se la pasó escribiendo en su diario y se alegró al comprobar que se sentía más tranquila. Mientras se preparaba para volver a casa, miró lo que había escrito y marcó con un círculo la sección que la guiaría el lunes por la mañana.
—Hoy hablaremos de un tema importante. Hace dos semanas, el vicepresidente de la empresa asistió a una conferencia y volvió convencido de que First Guarantee necesita una inyección de energía y entusiasmo. Volvió convencido de que la energía y el entusiasmo son las claves para mejorar la productividad, reclutar personal con éxito, conservarlo a largo plazo prestar un buen servicio al cliente y desarrollar muchas cualidades más que se necesitan para competir en un negocio en continua transformación. Convocó una reunión de jefes de departamento y en esa reunión se refirió a la tercera planta como «Un vertedero de energía tóxica». Habéis oído bien. Dijo que nuestra planta era un vertedero de energía tóxica, y dijo que había que depurarlo.
Mary Jane miró las expresiones de sobresalto. El primer comentario vino de Adam, un empleado que llevaba mucho tiempo trabajando.
—Me gustaría ver cómo lo harían ellos. Es el trabajo más aburrido de la Tierra. Luego intervino uno de los empleados con menos energía: — ¿Qué importa la energía? El trabajo se hace, ¿no? Nadie impugnó la acusación de que la energía era tóxica. Mary Jane prosiguió. —Quiero que sepáis que este asunto no quedará así. El vicepresidente del grupo puede que pierda interés, es posible que Bill lo olvide con el tiempo, pero yo no. Porque estoy completamente de acuerdo. Somos un vertedero de energía tóxica. Otros departamentos de la empresa detestan tener tratos con nosotros. También nos llaman el hoyo. Hacen bromas sobre nosotros durante la comida. Se ríen de nosotros en los pasillos. Y tienen razón. ¡Caramba! A muchos de ellos les fastidia venir aquí, y hasta nosotros lo llamamos el pozo. Creo que podemos y debemos cambiar. Y quiero que sepan el porqué.
Las expresiones de sobresalto fueron reemplazadas por expresiones de asombro. El silencio era absoluto.
—Ya conocéis mi historia. Que Dan y yo vinimos a esta ciudad con esperanzas, sueños y dos niños pequeños. Que la muerte repentina de Dan me dejó sola. Que el seguro de Dan no cubría muchos de los grandes gastos. Que me encontré en una situación económica difícil.
»Lo que quizá no sepáis es cómo me ha afectado todo eso. Algunos de vosotros sois padres separados y sabéis de lo que estoy hablando. Necesitaba este trabajo y perdí la confianza en mí. Me dejé llevar, sin hacer nunca nada que pudiera amenazar mi seguridad. Tiene gracia que ahora mi seguridad se vea de nuevo amenazada, y esta vez por seguir la corriente. Pues bien, eso se acabó.
»La cuestión es muy simple. Sigo necesitando este trabajo, pero no quiero pasar lo que me queda de vida laboral trabajando en un vertedero de energía tóxica. Dan me enseñó una lección que había olvidado: la vida es demasiado valiosa para desperdiciarla hasta la jubilación. Sencillamente, pasamos demasiadas horas en el trabajo para malgastarlas de esta manera. Yo creo que podemos hacer de este lugar un sitio mejor para trabajar.
»Y ahora, una buena noticia. Conozco un asesor que trabaja para un negocio mundialmente famoso y que es un experto en energía. Ya le conoceréis. Hoy pondré en
práctica su primer consejo: elegimos nuestra actitud.
Mary Jane siguió explicando en qué consistía el concepto de elegir la propia actitud. Después preguntó si habían dudas.
Steve levantó la mano. Mary Jane le hizo un gesto y Steve empezó a hablar. —Imaginemos que estoy al volante de mi coche y un idiota se me cruza de repente.
Eso hace que me enfade y que toque el claxon o le haga un gesto, ya saben a qué me refiero. ¿Dónde está la elección ahí? Es culpa suya, no tengo elección.
—Permíteme que te haga una pregunta, Steve. Si estuvieras en un barrio peligroso de la ciudad, ¿harías el gesto?
Steve sonrió. —Ni hablar. Serían ganas de buscarme problemas. — ¿Quieres decir que puedes elegir tu actitud en un barrio peligroso pero no tienes elección en un barrio residencial?
—Comprendido, Mary Jane. Me ha quedado claro. —No podías haber escogido una pregunta mejor, Steve. No podemos controlar cómo conducen los demás, pero sí podemos elegir cómo vamos a responder nosotros. Aquí, en First Guarantee, no podemos hacer mucho para seleccionar el trabajo que nos dan, pero sí podemos elegir nuestra actitud hacia el trabajo. Quiero que todos penséis en ejemplos en los que esto pueda aplicarse y veáis si podéis identificar cosas que podemos hacer para acordarnos de nuestras elecciones. Buena suerte. Nuestra vida laboral depende de ello.
La segunda reunión con los empleados fue muy parecida a la primera. Como nadie hizo ninguna pregunta, Mary Jane utilizó la pregunta que había hecho Steve en el primer grupo. Eran las 10:30 de un lunes por la mañana. Estaba agotada después de las reuniones, pero se dio cuenta de que había tenido la primera oportunidad de escoger una actitud y lo había hecho.
La semana pasó deprisa. Decidió pasear por la oficina todos los días y hablar con la gente de la idea de elegir la actitud. Cuando vio a Steve, éste le dijo:
— ¡Caray! Me crucificaste en la reunión. —Espero no haberte puesto en una situación embarazosa. —Mary Jane, me hiciste un gran favor. Últimamente, mi vida ha sido un continuo reaccionar. Me has recordado que tengo unas importantes decisiones que tomar y que puedo hacerlo con un poco de autocontrol y coraje.
— ¿Coraje? —Mi relación de pareja no funciona y no sé qué hacer. Ahora veo que reaccionar y sentirme como una víctima no resolverá el problema. Tengo que enfrentarme a él. Perdona que no sea más claro, pero se trata de algo muy personal.
—Buena suerte, Steve, y gracias por confiar en mí. —Todos confiamos en ti, Mary Jane. Lo que sucede es que este trabajo es muy aburrido y lo único que recibimos son quejas. Nos parece que siempre nos atacan. Sigue adelante. Y cuenta conmigo para todo.
Estaba gratamente sorprendida por tantas palabras de agradecimiento. Aunque los empleados no estaban seguros de los detalles, a la mayoría le gustaba la idea de crear un ambiente de trabajo más satisfactorio.