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Fisica, Trabajos sin resolver, Ejercicios de Física

No esta resuelto es para poder trabajar en casa

Tipo: Ejercicios

2019/2020

Subido el 28/04/2020

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La Electrocución: Historia de la Silla Eléctrica

Hace poco más de cien años la palabra electrocución no existía. Se puede deducir que la palabra nació con la electricidad, pero no es tan así pues electrocución es la combinación de dos términos: electro y ejecución. ¿Cómo se llegaron a unir la electricidad y la pena capital? Una fuerte disputa comercial, dos inventores que se ganaron un lugar en la historia del progreso humano, millones y millones de dólares en juego, un pobre obrero que se quedó pegado a un generador eléctrico, un dentista sorprendido por la terrible escena y un saltimbanqui que andaba quemando patos, vacas, caballos y orangutanes por todos los Estados Unidos hace más de 100 años, tienen la respuesta. Son estas las circunstancias y estos los protagonistas del nacimiento de la silla eléctrica. Hubo quien pensó que haría un aporte a la Humanidad propiciando un tipo de eliminación física del ser humano que causase menos suplicio que los que se conocían hasta ese momento, como la decapitación o la horca. Pero la silla no fue un mandato del corazón misericordioso sino del bolsillo. Thomas Alva Edison bien pudo conformarse con el invento del fonógrafo y también, en 1879, con el de la primitiva lamparita eléctrica con filamento de carbono, que mantuvo encendida durante dos días en Nueva York. El también inventor, ingeniero e industrial George Westinghouse pudo haberse contentado con el freno de aire comprimido para los ferrocarriles que le había dado una fortuna en 1869, o con su

¿Quién querría que un elemento de semejante poder destructivo fuese de uso urbano y doméstico? Obviamente, la electricidad que debía llegar a las casas de los estadounidenses era la suya, segura, confiable. Quienes se oponían a Edison decían que los dispositivos DC (corriente continua) eran caros y no funcionan a una gran distancia de la fuente de corriente, los generadores. La corriente continua podía tener otras aplicaciones, pero no dar electricidad a los hogares. Edison redobló la apuesta. Era la hora del show. Un charlatán Un tal Harold P. Brown, inventor, electricista, ingeniero y hay quien dice que, mucho más que eso, un gran charlatán, preparó un aparato singular, en forma de pequeña silla y hasta lo patentó. Algunos decían que Edison conoció a Brown de casualidad, al leer en el New York Post una carta de Brown en la que describía la muerte de un chico que había tocado cables eléctricos con corriente alterna. Otros dicen lo contrario: que Brown trabajaba en el equipo de A.E. Kenelly, jefe de investigadores del laboratorio que Edison tenía en Menlo Park, Nueva Jersey. El asunto es que Brown, igual que los pintorescos y embaucadores ambulantes que vendían todo tipo de brebajes que hacían de un viejo un joven, de un pusilánime un valiente y de un tímido debilucho un amante apasionado (además de hacerle crecer el pelo si faltaba), fue de ciudad en ciudad, armando un pequeño escenario en la calle principal del pueblo o en la avenida central de la ciudad y hacía la siguiente demostración: amarraba a esa pequeña silla a un gato y le aplicaba la corriente alterna de Westinghouse. Este tipo de demostraciones fue en aumento. Brown frió perros, liebres, caballos, vacas, ponies y hasta un orangután, éste último en la ciudad de Albany. Edison avaló esos experimentos y se atrevió a hacer personalmente algunos otros. Sus conclusiones fueron claras: la corriente de Westinghouse mataba, la de él, a lo sumo, golpeaba un poco pero era inofensiva. La prensa estaba encantada con esta pelea y se hacía un festival, sobre todo con las demostraciones de Edison y de Brown. En 1888 el gobernador de Nueva York firmó el decreto que establecía la silla eléctrica como método legal de ejecución de criminales. Y se eligió la corriente alterna. Esto indignó a Westinghouse, quien se negó a prestar sus aparatos para matar delincuentes. No quería que su sistema quedara asociado con la muerte.

Pero en marzo de 1889, el inventor Brown mantuvo una reunión con Austin Lathorpo, superintendente de cárceles de Nueva York para arreglar la instalación de generadores Westinghouse AC (corriente alterna) para las sillas. Como el industrial no quería vendérselos a las prisiones, Edison y Brown, mediante intermediarios, compraron tres, a 8.000 dólares. ¿Qué podía hacer Westinghouse? Comenzó a dar discursos donde apelaba a la conciencia de los ciudadanos para a terminar “con esta ejecución inhumana y antinatural, equivalente a quemar vivo”. Pero no pudo hacer nada. La primera ejecución en la silla fue la de un tal Ernest Chapeleau, un francés nacionalizado estadounidense, en la prisión de Sing Sing en Nueva York. Lo que ocurrió no se sabe a ciencia cierta pero lo seguro es que una falla de alguna naturaleza hizo que Chapeleau saliera de la sala con quemaduras de tercer grado pero vivo. Como su sentencia era ser ejecutado en la silla eléctrica, no insistieron pues no decía “ejecutado hasta morir”. William Kemmler fue el segundo. Era un verdulero de origen alemán de unos 40 años, sentenciado por matar a hachazos a su amante-novia, la pobre Matilda Tille Ziegler, por celos. Inapelable Kemmler apeló alegando que la electrocución en la silla era inconstitucional por tratarse de un método cruel e inusual, casualmente el mismo argumento utilizado en 1972 por la Corte de los Estados Unidos para abolir la pena de muerte, al menos por un tiempo. El propio Westinghouse presentó los argumentos de Kemmler, pero Edison y su lazarillo Brown quisieron ser testigos del Estado para desmentir que se tratase de una pena cruel. En 1890 la Corte quería estar a la altura de los avances tecnológicos y rechazó la apelación. A Kemmler se le informó que sería ejecutado a las 6 del 6 de agosto de

  1. Aunque parecía nervioso, no perdió el control. Al despertar se vistió con un traje que habían escogido para él. Caminó resueltamente hacia la cámara de la muerte. Le preguntaron si tenía algo que decir. Dijo: “Bien, caballeros, les deseo a toda buena suerte en este mundo. Y pienso que voy a un buen lugar y los papeles han estado diciendo muchas cosas que no han sido”. El mismo Kemmler se desabrochó el traje y se sometió a la preparación de la que se encargó el ayudante del verdugo. Este, un tal Durston, cortó el pantalón a la altura de la rodillas y fijó un electrodo sobre la pierna. Las manos del guardia se sacudieron abrochando las correas que asegurarían a Kemmler a la silla. Un electrodo, con la forma de una tapa de metal conteniendo una esponja, fue conectado a la cabeza. Otro fue conectado a su espina dorsal, para proporcionar un sendero claro por el cuerpo para la corriente. Los electrodos se humedecieron con una solución salina.