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Este texto reflexiona sobre el peligro que representa la producción infinita del discurso y las formas en que se controla, selecciona y redistribuye en sociedades. El autor analiza cómo el discurso es el objeto y el deseo, y cómo la locura y la voluntad de verdad son formas de exclusión del discurso. El texto aborda la historia del discurso y su relación con el poder y el deseo.
Tipo: Apuntes
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de que la gente hable y de que sus discursos pro- liferen indefinidamente? ¿En dónde está por tan- to el peligro?
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He aquí la hipótesis que querría proponer, esta tarde, con el fin de establecer el lugar -o quizás el muy provisional teatro- del trabajo que estoy realizando: supongo que en toda socie- dad la producción del discurso está a la vez con- trolada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por fun- ción conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad. En una sociedad como la nuestra son bien
más evidente, y el más familiar también, es lo
cido todo, que no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar de cualquier cosa. Tabú del objeto, ritual de la circunstancia, derecho exclu- sivo o privilegiado del sujeto que habla: he ahí el juego de tres tipos de prohibiciones que se
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cruzan, se refuerzan o se compensan, formando una compleja malla que no cesa de modificarse. Resaltaré únicamente que en nuestros días, las regiones en las que la malla está más apretada, allí donde se multiplican las casillas negras, son las regiones de la sexualidad y la política: como si el discurso, lejos de ser ese elemento transpa- rente o neutro en el que la sexualidad se desar- ma y lª política se pacifica, fuese más bien uno de esos lugares en que se ejercen, de manera pri- vilegiada, algunos de sus más temibles poderes. Por más que en apariencia el discurso sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él reve- lan muy pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada de extraño, pues el discurso -el psicoanálisis nos lo ha mostrado- no es simplemente lo que mani- fiesta (o encubre) el deseo; es también el objeto del deseo; pues -la historia no deja de enseñár- noslo- el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de domi- nación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse. Existe en nuestra sociedad otro principio de exclusión: no se trata ya de una prohibición sino de una separación y un rechazo. Pienso en o""^ ,.-^ 'L v,.<:' 'Yc; "~:2~. 15 (J"^ ó(. •.. Fa~u.ltad ~!!)S')::-J^ de^ {¡~
la oposición entre razón y locura. Desde la más alejada Edad Media, el loco es aquel cuyo dis- curso no puede circular como el de los otros: llega a suceder que su palabra es considerada nula y sin valor, que no contiene ni verdad ni importancia, que no puede testimoniar ante la justicia, no puede autentificar una partida o un contrato, o ni siquiera, en el sacrificio de la misa, permite la transubstanciación y hacer del pan un cuerpo; en cambio suele ocurrir también que se le confiere, opuestamente a cualquier otra per- sona, extraños poderes como el de enunciar una verdad oculta, el de predecir el porvenir, el de ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de los otros no puede percibir. Resulta curioso constatar que en Europa, durante siglos, la pala- bra del loco no era escuchada o si lo era, recibía la acogida de una palabra portadora de verdad. O bien caía en el olvido -rechazada tan pronto como era proferida- o era descifrada como una razón ingenua o astuta, una razón más razo- nable que la de la gente razonable. De todas for- mas, excluida o secretamente investida por la razón, en un sentido estricto, no existía. A tra- vés de sus palabras se reconocía la locura del loco; ellas eran el lugar en que se ejercía la sepa- ración, pero nunca eran recogidas o escuchadas.
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Nunca, antes de finales del siglo XVIII, se le ha- bía ocurrido a un médico la idea de querer saber lo que decía (cómo lo decía, por qué lo decía) en estas palabras que, sin embargo, originaban la diferencia. Todo ese inmenso discurso del loco regresaba al ruido; y no se le concedía la pa- labra más que simbólicamente, en el teatro en que se le exponía, desarmado y reconciliado, puesto que en él desempeñaba el papel de ver- dad enmascarada. Se me puede objetar que todo esto actual- mente ya está acabado o está acabándose; que la palabra del loco ya no está del otro lado de la línea de separación; que ya no es considerada algo nulo y sin valor; que más bien al contrario, nos pone en disposición vigilante; que busca- mos en ella un sentido, o el esbozo o las ruinas de una obra; y que hemos llegado a sorprender esta palabra del loco incluso en lo que noso- tros mismos articulamos, en ese minúsculo des- garrón por donde se nos escapa lo que decimos. Pero tantas consideraciones no prueban que la antigua separación ya no actúe; basta con pen- sar en todo el armazón de saber, a través del cual desciframos esta palabra; basta con pensar en toda la red de instituciones que permite al que sea =médico, psicoanalista- escuchar esa pa-
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Pues esta voluntad de verdad, como los otros sistemas de exclusión, se apoya en una base institucional: está a la vez reforzada y acompa- ñada por una densa serie de prácticas como la pedagogía, el sistema de libros, la edición, las bibliotecas, las sociedades de sabios de antaño, los laboratorios actuales. Pero es acompañada también, más profundamente sin duda, por la forma que tiene el saber de ponerse en práctica en una sociedad, en la que es valorado, distri- buido, repartido y en cierta forma atribuido. Recordemos, y a título simbólico únicamen- te, el viejo principio griego: que la aritmética puede muy bien ser objeto de las sociedades de- mocráticas, pues enseña las relaciones de igual- dad, pero que la geometría sólo debe ser ense- ñada en las oligarquías ya que demuestra las proporciones en la desigualdad. Finalmente, creo que esta voluntad de ver- dad apoyada en una base y una distribución institucional, tiende a ejercer sobre los otros dis- cursos -hablo siempre de nuestra sociedad- una especie de presión y de poder de coacción. Pienso en cómo la literatura occidental ha de- bido buscar apoyo desde hace siglos sobre lo natural, lo verosímil, sobre la sinceridad, y tam- bién sobre la ciencia -en resumen, sobre el
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discurso verdadero-o Pienso igualmente de qué manera las prácticas económicas, codificadas como preceptos o recetas, eventualmente como moral, han pretendido desde el siglo XVI fun- darse, racionalizarse y justificarse sobre una teoría de las riquezas y de la producción; pien- so además en cómo un conjunto tan prescriptivo como el sistema penal ha buscado sus cimien- tos o su justificación, primero naturalmente, en una teoría del derecho, después, a partir del siglo XIX, en un saber sociológico, psicológi- co, médico, psiquiátrico: como si la palabra mis- ma de la ley no pudiese estar autorizada en nuestra sociedad más que por el discurso de la verdad. De los tres grandes sistemas de exclusión que afectan al discurso, la palabra prohibida, la se- paración de la locura y la voluntad de verdad, es del tercero del que he hablado más exten- samente. Y el motivo es que; desde hace siglos, los primeros no han cesado de derivar hacia él. y porque cada vez más él intenta tomarlos a su cargo, para modificarlos y a la vez fundamen- tarlos. Y porque los dos primeros no dejan de hacerse cada vez más frágiles, más inciertos en la medida en que, al encontrarse ahora atravesa- dos por la voluntad de saber, ésta por el contra-
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