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Globalizacion Neoliberal, Apuntes de Humanidades y Ciencias Sociales

La primera, que la llamada globalización neoliberal generó una creciente asimetría de poder entre los Estados y profundas transformaciones en la estructura económica y social. La segunda, que esas transformaciones produjeron cambios que afectaron a la propia visión acerca de la política.

Tipo: Apuntes

2020/2021

Subido el 03/07/2021

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KAIROS. Revista de Temas Sociales.
ISSN 1514-9331. URL: http://www.revistakairos.org
Proyecto Culturas Juveniles Urbanas
Publicación de la Universidad Nacional de San Luis
Año 12. Nº 21. Junio de 2008
1
La globalización neoliberal:
Transformaciones y efectos de un discurso hegemónico
i
Hernán Fair
ii
Todo lo sólido se desvanece en el a ire
Marshall Berman
Un agradecimiento especial a la Dra. María de los Ángeles Yannuzzi
Resumen
En los últimos 30 años asistimos a un drástico proceso de cambio en las políticas de gobierno.
Este proceso, ligado a la hegemonización mundial del neoliberalismo, ha generado profundas
transformaciones en los diversos campos. Este artículo indaga en esas transformaciones. Para
ello, examina las características principales que definen a este paradigma, dando cuenta de la
apropiación que han hecho sus principales teóricos del concepto de globalización. En segundo
término, analiza los efectos que sus políticas han provocado en la política, la economía y la
sociedad. Se sostiene que el éxito de la “globalización neoliberal” reside en que ha logrado
despolitizar en gran medida a la sociedad. En este sentido, se coloca el eje en los efectos de
despolitización del modelo, en particular durante la década del noventa, momento de auge del
sistema. En el tramo final, se pregunta acerca de las alternativas surgidas en las nuevas
democracias latinoamericanas al modelo de globalización neoliberal.
Palabras clave: Globalización neoliberal, Hegemonía, Efectos de despolitización
Abstract
In the past 30 years we attend to a dramatic process of change in government policies. This
process, linked to the world hegemony of neo-liberalism, has generated profound
transformations in various fields. This article investigates these transformations. To this end,
examines the main characteristics that define this paradigm, giving account of the appropriation
that has made their main theorists of the concept of globalization. Secondly, analyses the
impact that their policies have resulted in politics, economy and society. It argues that the
success of the "neoliberal globalization" lies in that has achieved depoliticize largely to society.
In this sense, place the axis in the depoliticization effects from the model, in particular during the
1990s, time of boom of the system. In the final leg, wondered about the alternatives that arises
from model of neoliberal globalization in the new Latin American democracies.
Key words: Neoliberal globalization, Hegemony, Depoliticization effects
1. Introducción
Desde la década del ´60 del siglo pasado asistimos a un proceso que se ha
denominado corrientemente como globalización o mundialización. Este proceso, consolidado a
partir de la caída del Muro de Berlín y de la ex Unión Soviética, ha provocado múltiples
transformaciones en los diversos campos. El objetivo de este trabajo consiste en indagar en
esas transformaciones. Para ello, creemos que resulta indispensable analizar este fenómeno
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ISSN 1514-9331. URL: http://www.revistakairos.org Proyecto Culturas Juveniles Urbanas Publicación de la Universidad Nacional de San Luis Año 12. Nº 21. Junio de 2008

La globalización neoliberal:

Transformaciones y efectos de un discurso hegemónicoi

Hernán Fairii

Todo lo sólido se desvanece en el aire Marshall Berman

Un agradecimiento especial a la Dra. María de los Ángeles Yannuzzi

Resumen

En los últimos 30 años asistimos a un drástico proceso de cambio en las políticas de gobierno. Este proceso, ligado a la hegemonización mundial del neoliberalismo, ha generado profundas transformaciones en los diversos campos. Este artículo indaga en esas transformaciones. Para ello, examina las características principales que definen a este paradigma, dando cuenta de la apropiación que han hecho sus principales teóricos del concepto de globalización. En segundo término, analiza los efectos que sus políticas han provocado en la política, la economía y la sociedad. Se sostiene que el éxito de la “globalización neoliberal” reside en que ha logrado despolitizar en gran medida a la sociedad. En este sentido, se coloca el eje en los efectos de despolitización del modelo, en particular durante la década del noventa, momento de auge del sistema. En el tramo final, se pregunta acerca de las alternativas surgidas en las nuevas democracias latinoamericanas al modelo de globalización neoliberal.

Palabras clave: Globalización neoliberal, Hegemonía, Efectos de despolitización

Abstract

In the past 30 years we attend to a dramatic process of change in government policies. This process, linked to the world hegemony of neo-liberalism, has generated profound transformations in various fields. This article investigates these transformations. To this end, examines the main characteristics that define this paradigm, giving account of the appropriation that has made their main theorists of the concept of globalization. Secondly, analyses the impact that their policies have resulted in politics, economy and society. It argues that the success of the "neoliberal globalization" lies in that has achieved depoliticize largely to society. In this sense, place the axis in the depoliticization effects from the model, in particular during the 1990s, time of boom of the system. In the final leg, wondered about the alternatives that arises from model of neoliberal globalization in the new Latin American democracies.

Key words: Neoliberal globalization, Hegemony, Depoliticization effects

1. Introducción

Desde la década del ´60 del siglo pasado asistimos a un proceso que se ha denominado corrientemente como globalización o mundialización. Este proceso, consolidado a partir de la caída del Muro de Berlín y de la ex Unión Soviética, ha provocado múltiples transformaciones en los diversos campos. El objetivo de este trabajo consiste en indagar en esas transformaciones. Para ello, creemos que resulta indispensable analizar este fenómeno

ISSN 1514-9331. URL: http://www.revistakairos.org Proyecto Culturas Juveniles Urbanas Publicación de la Universidad Nacional de San Luis Año 12. Nº 21. Junio de 2008

en su íntima relación con la implantación del modelo neoliberal. En este sentido, examinaremos en primer lugar las características principales que definen a este paradigma surgido en la posguerra, dando cuenta de la apropiación que han hecho sus principales teóricos del concepto de globalización. En segundo término, investigaremos los efectos que sus políticas han provocado en los campos de la política, la economía y la sociedad. Dos hipótesis guían el trabajo. La primera, que la llamada globalización neoliberal generó una creciente asimetría de poder entre los Estados y profundas transformaciones en la estructura económica y social. La segunda, que esas transformaciones produjeron cambios que afectaron a la propia visión acerca de la política. Sin embargo, centrándonos en esta última cuestión, sostenemos que el efecto de despolitización social debe buscarse, más allá de las reformas estructurales, en el éxito de su discurso hegemonizante. En particular, destacaremos la importancia que tuvo su discurso mecanicista, su énfasis en la inevitabilidad y la ausencia de alternativas y su concepción mítica de la globalización como una “aldea global”. Para ello, seleccionaremos algunas declaraciones de políticos y técnicos que hayan defendido sus postulados. En el tramo final del trabajo, indagaremos acerca de las alternativas surgidas en las nuevas democracias latinoamericanas al modelo de globalización neoliberal intentando esbozar una respuesta a las siguientes cuestiones: ¿en qué medida puede hablarse de un cambio de paradigma?, ¿son los nuevos liderazgos una alternativa real al neoliberalismo, o sólo la continuidad disfrazada?

2. Las transformaciones de la modernidad en la nueva era global

A partir de la década del ´60 del siglo pasado la modernidadiii^ ingresó en una nueva etapa caracterizada por múltiples transformaciones. Comenzando por el campo político, se asiste a una disminución de las soberanías estatales, socavadas por el poder creciente que adquieren los organismos transnacionales, principalmente el FMI y el Banco Mundial, y las empresas multinacionales. Asimismo, se acrecienta la asimetría de poder entre los Estados y, desde el colapso del comunismo, se asiste a un orden mundial unipolar hegemonizado política, cultural, económica y militarmente por una única superpotencia imperial. En el campo económico, asistimos al fin del fordismo o keynesianismo y el surgimiento y expansión del neoliberalismo. Este cambio de paradigma significó el fin de una economía industrializada, ligada a la producción y el consumo masivo, y el desplazamiento hacia una economía postindustrial, ligada a los servicios y a la información. Este proceso se verifica en el desplazamiento desde un capitalismo estadocéntrico, o “capitalismo organizado”, donde el Estado era el principal actor, a un capitalismo “mercadocéntrico”, en el cual el mercado pasa a ocupar esa función (Cavarozzi, 1997). En esta nueva etapa se radicalizan, además, las “discontinuidades” que caracterizan a la modernidadiv^ (Giddens, 1993). Por un lado, el “ámbito de cambio” se amplía hasta generar una interdependencia comercial y financiera entre los Estados cada vez mayor. Los capitales dejan de estar inmovilizados en las fábricas y en los mercados locales de trabajo, como ocurría

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acompañada, al mismo tiempo, por una “firme voluntad internacionalista” que impulsó la expansión mundial del proyecto de capitalismo democrático en clave neoliberal (Ezcurra, 1998). El resultado fue el esparcimiento del modelo en los países de Latinoamérica y en los ex países comunistas del este hacia finales de la década del ´80 y comienzos de los ´90. En segundo término, la expansión mundial de la globalización neoliberal fue posible debido a que la crisis de la deuda, iniciada a comienzos de los ´80, obligó a los países latinoamericanos a pedir préstamos a los organismos internacionales de créditoviii. Los técnicos que formaban parte de esos organismos, principalmente del FMI, comenzaron a exigir la implementación de férreas políticas de estabilización macroeconómica, en especial en materia de presiones inflacionarias y de las cuentas fiscales y externas, y la realización de reformas de mercado. Estos ajustes y reformas estructurales, fuertemente alentados, como dijimos, por los sectores neoconservadores, apuntaban a una profunda reorganización del Estado y la sociedad orientada a través de políticas de privatización de empresas estatales, desregulación de los mercados internos, apertura radical de las economías al capital transnacional y contracción del gasto público social (Ezcurra, 1998). A partir de allí, los teóricos del neoliberalismo comenzaron a referirse a la existencia de un proceso inevitable que sería denominado corrientemente como globalización. Este fenómeno, que en realidad tiene antecedentes que se remontan a los orígenes del capitalismoix, exigía el cumplimiento de determinadas “reglas” para formar parte del mismo. De esa tarea se ocuparon los técnicos de los organismos multilaterales y las grandes potencias mundiales, quienes afirmaban que, si los países menos desarrollados aplicaban sus “recetas”, esto es, si privatizaban las empresas estatales, desregulaban totalmente los mercados, reducían el gasto público, equilibraban las cuentas fiscales y flexibilizaban el empleo, lograrían la llegada masiva de inversiones. Esto permitiría a sus países “insertarse en el mundo”, acceder al crecimiento de sus economías y, mediante un efecto “derrame” basado en la “mano invisible” del mercado, generar un “desarrollo sustentable” que se distribuiría a todos los habitantes del planeta. Esta imposición de “recetas”, también conocidas como “Consenso de Washington”, fue acompañada, además, por un discurso que aseguraba que la única respuesta posible ante la globalización era la sumisión pasiva como si se estuviera en presencia de un fenómeno inevitable como son las catástrofes naturales. Si se respetaba a las “fuerzas del mercado”, esta visión fundamentalista prometía que el crecimiento de la economía mundial sería más rápido y estable, y que los frutos del desarrollo se distribuirían entre todos los habitantes del planeta (Bauman, 2003). Como veremos a continuación, esta visión produjo importantes consecuencias políticas, económicas y sociales.

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4. Las consecuencias estructurales de la globalización neoliberal

La aplicación del neoliberalismo a escala global generó importantes transformaciones en los campos político, económico y social. Para entender esta cuestión debemos tener en cuenta, en primer lugar, el pronunciado cambio experimentado en el mapa sociopolítico y económico que se llevó a cabo a partir de la década del ´70 y principios de los ´80. Esta descomunal redefinición de poder, causada por la liberalización económica y la flexibilización laboral, se tradujo en posiciones de poder alcanzadas por tres actores, los cuales hicieron valer no sólo sus intereses, sino también sus cosmovisiones generales. Esos actores fueron los líderes políticos pro-reformas, los grupos empresariales vinculados a este tipo de políticas, y los organismos multilaterales de crédito (Repetto, 1999: 150). A estos sectores debemos agregar el inmenso poder político y económico, y la influencia que esto significaba, de los gobiernos neoconservadores de Reagan y Thatcher, los más importantes países que defendían e intentaban expandir el modelo neoliberal. Estos sectores, representados por un pequeño número de grandes empresas (las corporaciones transnacionales) y grandes países (el Grupo de los Ocho), se vieron enriquecidos en desmedro de una pauperización creciente de la mayoría de los países y la inmensa mayoría de las personas. En efecto, al tiempo que se beneficiaba a los sectores de mayor poder político y económico, el nuevo orden global debilitaba fuertemente a los sectores ligados a las industrias nacionales y a los sindicatos, principalmente a los obreros y, particularmente, a los obreros de los países subdesarrollados. En estos países, el incentivo a la privatización de las empresas públicas, la flexibilización laboral y la apertura irrestricta al capital transnacional de los productos fabricados en el Primer Mundo, generó un fuerte proceso de desindustrialización, acompañado por una reducción numérica, fragmentación y heterogeneidad de la clase obrerax^ (Svampa, 2005). Mientras que en el campo económico esto se tradujo en un incremento descomunal del desempleo, la precarización laboral, la desigualdad y la pobrezaxi^ (Sader, 2003), en el campo social se tradujo en una pérdida de identificación entre un “nosotros” y un “ellos” (Lash, 1997a). Al mismo tiempo, esta pérdida de “solidaridad orgánica” ocasionó un declive del poder político de los sectores populares, principalmente en el ámbito sindical. Si bien surgieron otras identidades más localizadas que fomentaron un mayor pluralismo en los sectores izquierdistas hacia minorías raciales, étnicas, de género y sexuales, la implantación de las políticas neoliberales produjo un declive que terminaría por despolitizarlos. Esta despolitización, sin embargo, no sólo afectará a los sectores obreros, sino que incluirá también a gran parte de la sociedad, expresándose en un notorio declive a nivel planetario en el apoyo a los partidos, sindicatos y a la actividad política en generalxii^ (Roberts, 2002). Para entender esta cuestión, más allá de los cambios estructurales producidos por el neoliberalismo, debemos tener en cuenta también una serie de elementos que analizaremos a continuación.

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circunstancias de consumo hedónico desenfrenado y “modernización”, no resulta difícil entender el efecto de legitimación “pasiva” de la sociedad hacia las políticas neoliberales.

5.2. La ideología “mecanicista” Para entender la apatía e inacción social durante la década “infame” de los ´90, debemos tener en cuenta, en segundo lugar, la importancia que tuvo la vigencia de una visión que podemos llamar “mecanicista” de la globalización. Esta visión entendía a la globalización como un fenómeno “natural” como es la lluvia, y creía, en ese sentido, que si nos atrevíamos a actuar, esto es, a modificar sus postulados, sobrevendría el “caos” (Coraggio, 1999; Aronskind, 2001). Vimos anteriormente que una de las características de la economía actual consiste en que los capitales circulan constantemente Al hacerlo, pueden desestabilizar lo que podían parecer economías sólidas, como ocurrió en Asia (1997), y otras no tan sólidas, como las crisis en México (1994) y Brasil (1999). El sentimiento de constante riesgo se debe a que, desde la década del ´90, asistimos a una economía basada en la especulación. Estos capitales son sumamente volátiles y veloces para desplazarse de un mercado a otro, con el consiguiente trastorno que ocasionan en las economías de los diferentes países afectados (Minsburg, 1999). El punto es que esta característica del orden mundial les sirvió a los teóricos de la globalización neoliberal como pretexto para afirmar que los Estados nacionales tenían que cumplir las “reglas” que imponía la globalización, es decir, tenían que implementar las políticas de ajuste y reforma estructural “recomendadas” por los organismos de crédito, ya que, si no lo hacían, se produciría una huída masiva de los capitales invertidos en el país que generaría un “caos” en la economía, con consecuencias catastróficas (Pucciarelli, 2002: 105). En este sentido, se aducía que toda acción que se propusiera imponer un orden diferente al existente, sólo entorpecía el accionar, fluido y sabio, de la “mano invisible” y debía ser considerado una tarea peligrosa, condenada a arruinar y desarticular mucho más que a reparar o mejorar. Como ejemplo de esta lógica, podemos citar las declaraciones del presidente del Banco Mundial, quien señalaba que los ajustes “son inevitables, aunque sean dolorosos. Los países que han rehusado el ajuste sólo han logrado caer en situaciones aún peores”. En igual sentido, el titular del BID afirmaba que “no hay otra alternativa que hacer las cosas bien” (Clarín, 07/04/95, p. 21). Inscripto en esta misma lógica de la inevitabilidad, el presidente Menem afirmaba que “Nuestros países, individualmente, no pueden modificar ni un ápice de la realidad política económica-mundial, aunque esta nos afecta profundamente” (Discurso del 05/07/90). De esta manera, se reforzaba la idea de que nada podía hacerse para cambiar el estado de cosas y que, si se intentase cambiarlas, las consecuencias serían catastróficas. Como señala Bauman (2003), esta “ideología imposibilista”xiii, con su disyuntiva “esto o el caos” resultaba muy efectiva, ya que las personas que se sienten inseguras sobre lo que puede deparar el futuro, no son verdaderamente libres para enfrentar los riesgos que exige una acción colectivaxiv.

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Así, durante la década del noventa se transformó en una realidad evidente de sentido común la creencia de que los individuos y los Estados eran impotentes frente a un poder que tomaba las decisiones fuera del ámbito de su control. Se decía, por entonces, que los Estados eran incapaces de regular la velocidad de movimiento de los capitales y de evitar las trágicas consecuencias que generaba el orden global. La consecuencia de esta visión será un incremento de la apatía y el desinterés hacia todo aquello que sea político, “naturalizando” la inexorabilidad y ausencia de alternativas al fenómeno.

5.3. “No hay alternativas” En tercer lugar, resulta importante tener en cuenta la importancia ejercida por el “pensamiento único” que consideraba que “no hay alternativas” al modelo neoliberal. Debemos recordar que en 1989 sería derrumbado el Muro de Berlín y, dos años más tarde, se produciría la disolución definitiva del sistema socialista en la ex Unión Soviética (Página 12, 22/12/91). De este modo, la alternativa que durante tantos años había competido con el capitalismo mostraba su fracaso. En ese contexto, durante la década del ´90 se decía que este no era sólo el mejor de los mundos posibles sino que era el único que hay. De ahí, la famosa frase de Francis Fukuyama de que habíamos llegado al “fin de la historia”. Esto significaba que, como se habían agotado las interpretaciones alternativas a la “democracia liberal”, se habría terminado con la lucha política-ideológica. En palabras de Fukuyama: “En la última generación, tanto los regímenes de izquierda como los de derecha han fracasado. Este derrumbe empezó en Europa con España, Portugal y Grecia. Luego, durante los años ochenta, se acabaron los regímenes militares de derecha latinoamericanos y, al final de la década, tuvimos la caída del comunismo. Todo esto parece indicar que hay un principio de legitimidad mundialmente reconocido en este momento, que es la democracia liberal” (Entrevista a Francis Fukuyama, en Diario Página 12, Suplemento “Primer Plano”, 08/09/91, pp. 2-3). En sintonía con este “Pensamiento Único”, el Secretario del Tesoro de Estados Unidos expresaba que, frente al fracaso del Estado intervencionista, “no hay alternativa viable” a las reformas de mercado (Clarín, 28/09/93, p. 20). De un modo similar, pero refiriéndose ahora al caso argentino, el presidente Menem resaltará en varias oportunidades el “fracaso” del marxismo. En sus palabras, este sistema era “una pieza de museo” y ya “no tiene cabida en el mundo actual” (Página 12, 11/09/91, p. 4), ya que se trata de “doctrinas e ideologías ya superadas”xv^ (Discurso del 16/07/92, p. 66). En ese contexto de fracaso tanto del comunismo como del Estado Benefactor, el discurso menemista planteaba una disyuntiva: por un lado, estaba la “modernización”, el “crecimiento” y el “progreso” construidos a partir del mito neoliberal de la bondad reguladora del mercado. Por el otro, el rechazo de esta opción y el regreso nuevamente al “atraso”, la “decadencia”, la “involución” y la “frustración” de épocas anteriores (Fair, 2007). Así, por ejemplo, afirmará que “Hay una Argentina vieja, la del atraso, la de la involución, que se va, y una Argentina nueva, la del progreso, la del crecimiento, con una

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comprendido que el nuevo orden internacional en gestación, tanto en lo político, como en lo económico, tecnológico y comercial, ya no puede funcionar basado en categorías perimidas. Dichas categorías, en definitiva, constituyen otra expresión más de un enfoque autoritario e impositivo. Observamos con satisfacción que la consulta y la cooperación, la búsqueda constante de áreas comunes de intereses en el ámbito internacional, se va convirtiendo gradualmente en el criterio rector. Esa es la vértebra en torno a la cual se construye el nuevo mundo plural, participativo, donde todos podamos recibir al siglo XXI con un espacio asegurado bajo el sol” (Discurso del 28/06/91, p. 208). Se trataba, en definitiva, de la presencia de una “aldea global”. En sus términos: “Ya no existen fronteras, como tampoco las hay en otras partes del mundo, ni tan siquiera en Europa, desgarrada por grandes conflictos bélicos. Poco a poco van desapareciendo las fronteras. Estamos, desde esta transformación de la República Argentina, asistiendo a la transformación del mundo: la aldea global ya está aquí” (Discurso del 07/07/93, p. 46). En ese contexto, es importante destacar que, a diferencia de lo que algunos trabajos plantean, la globalización (en su versión neoliberal) no implicaba la inserción de la Argentina al Primer Mundoxvi, ya que en el discurso de Menem no hay conflictos y divisiones en el nuevo orden global. En efecto, desde la caída del comunismo, sólo existe un mundo. Valga, sino, estos ejemplos: “Asistimos a un mundo distinto, inimaginable tiempo atrás. La entonces llamada política de bloques es algo definitivamente del pasado (...). Del clima de la amenazadora Guerra Fría y de aquellos inflexibles bloques de dominación, hemos pasado a una incipiente distensión en el plano político (...). Nosotros entendemos al mundo como una unidad (...). Nuestra lucha común es pura, y no solamente por la sobrevivencia del mundo actual, sino por el ingreso a una vía clara de progreso social, económico y cultural (...). Queremos ser parte de un nuevo mundo. De un nuevo mundo, más justo, más libre, más soberano. Vale la pena recordarlo una vez más: existe tan sólo un mundo, no tres” (Discurso del 04/09/89, pp. 57-58 y 63). O también: “Es que el mundo es uno solo, si somos creación de Dios no podemos hacer diferencias ni de razas, ni de idiomas, ni del hombre como el principio y fin de todas las cosas en nuestro planeta (...). Gracias a Dios, como muy bien se dijo aquí, se acabó la Guerra Fría, se terminó esta división de bloques en el mundo para entender que hay un solo mundo (...)” (Discurso del 29/09/91, p. 234). De este modo, ya no podía hablarse de la existencia de un supuesto “Primer Mundo”, del mismo modo que tampoco podía hablarse sobre un supuesto “Tercer Mundo” contrapuesto a aquel. En palabras de Menem: “Pregunto, ¿Qué es el Tercer Mundo? Alguien que me explique. Es una entelequia, no es nada (...). Por favor, terminemos con esas pavadas. Aquí hay un solo mundo, y en ese mundo está la República Argentina y estará siempre” (Discurso del 15/09/92, p. 236). Si bien nos hemos extendido un poco en este último punto, lo creímos necesario a los fines de nuestra tesis. En efecto, tal como acabamos de ver, y como lo hemos analizado en otro lugar (Fair, 2007), el discurso hegemónico de la globalización neoliberal no entendía al orden global en su división Primer Mundo-Tercer Mundo. Por el contrario, lo veía como un todo

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orgánico. Se trataba, en ese sentido, de realizar el “fantasma del Uno” (Lacan, 2006). En otras palabras, de sustituir el deseo de unidad con el otro, de “formalizar el lazo social” (Álvarez, 2006), mediante la fantasía de que, tras el fin de la Guerra Fría, se asistía a un solo mundo integrado, un mundo Uno en el que desaparecían los antagonismos y los límites al goce del consumo. El resultado de esta visión utópica, como no podrá ser de otra manera, será el reforzamiento del “pensamiento único”, transformado ahora en sentido común, lo que impedirá ver las consecuencias políticas, económicas y sociales que producía este nuevo orden, al tiempo que promoverá la apatía política y el conformismo (Borón, 1999).

6. A modo de conclusión

La llamada Teoría de la Modernización Reflexiva sostiene que en las últimas décadas asistimos al fin de las “ideologías del fatalismo” y a la consecuente “reinvención de lo político”, lo que se relaciona con la presencia creciente de un “riesgo manufacturado”xvii. Sin embargo, tal como hemos visto en este trabajo, durante la década del ´90 más que una Modernización Reflexiva, predominó una “Modernización irreflexiva”, basada en ideas mecanicistas y deterministas que negaban, de esta manera, la contingencia de todo orden político. Esta teoría, actualmente en boga en el campo de la sociología, suele afirmar también que estamos en presencia de un mundo que está “más allá de la izquierda y la derecha” (Giddens, 1996) y en donde la autonomización del Estado Benefactor genera un “proceso de individuación” (Beck, 1996). De este modo, y en consonancia con la visión de la globalización como una “aldea global”, considera que las cuestiones de los derechos sociales son reemplazadas por cuestiones “predominantemente culturales” (Lash, 1997b: 165). No obstante, como señala Laclau (1993 y 2005), todo orden social está constituido mediante un antagonismo que le es inherente. En este sentido, podemos decir que, con la excusa de una “liberación” de las estructuras del modelo industrialista, la teoría de la Modernización Reflexiva termina defendiendo un esquema individualista en el que los antagonismos constitutivos, es decir, lo propiamente político, son reducidos a la “pura administración” de cuestiones culturales (Mouffe, 1999 y 2005). La consecuencia de ello no puede ser otra que la despolitización social y el refugio en el ámbito privado.

7. Post scriptum

En los últimos años, la aplicación del neoliberalismo ha provocado un fuerte costo económico-social. Niveles de desempleos históricos, una pobreza alarmante, una desigualdad de riquezas y una precarización vergonzantes, han hecho emerger en los sectores más castigados de América Latina, e incluso en algunos de los países más avanzados, importantes sectores que se animan a cuestionar el discurso oficial ortodoxo. Así, desde el propio sistema excluyente han emergido “síntomas”, como los zapatistas en México y los piqueteros en

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NOTAS

i (^) Este trabajo es una reformulación de una ponencia presentada en las VII Jornadas por los 50 años de la Carrera de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, bajo el título “¿Modernidad Reflexiva o Modernidad Irreflexiva. Un análisis centrado en la década del ´90”, el 5 al 9 de Noviembre. ISBN N° 978-950-29-1013-0. ii (^) Magíster en Ciencias Sociales (FLACSO). Email: [email protected]

iii (^) Por modernidad entendemos los modos de vida u organización social que surgieron en Europa, principalmente Francia e Inglaterra, entre el siglo XVI (Berman, 1988; Lash, 1997a) y comienzos del siglo XVII (Giddens, 1993). Según Berman, podemos separar a la modernidad en tres fases. En una primera fase, que se extiende aproximadamente desde comienzos del siglo XVI hasta finales del XVIII, las personas comienzan a experimentar la vida moderna, aunque no se sienten parte de una nueva era. Con la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII, comienza una segunda fase. En esta fase el público comparte la sensación de estar viviendo una época revolucionaria que afecta todas las dimensiones de la vida personal, política y social. Ello se expresa en la proliferación de máquinas de vapor, fábricas automáticas, vías férreas, vastas zonas industriales, un mayor crecimiento urbano y una ampliación de los medios de comunicación de masas (telegramas, telégrafos, teléfonos). Asimismo, se expanden los Estados, los movimientos sociales, la acumulación de capital de las empresas multinacionales y los mercados mundiales. En el siglo XX se origina una tercera fase. En esta fase el proceso de modernización se expande hasta abarcar prácticamente todo el planeta. Sin embargo, al mismo tiempo, la idea de modernidad pierde su capacidad de dar un significado a la vida de las personas (Berman, 1988: 1-3). iv (^) Según Giddens, la modernidad se caracteriza por una serie de “discontinuidades” en relación a períodos anteriores: 1) Un creciente “ritmo de cambio”. Este se observa en los continuos descubrimientos tecnológicos y en los bruscos cambios en los últimos tres o cuatro siglos en la mayoría de las condiciones que existían previamente.2) Discontinuidad en el “ámbito del cambio”: Las transformaciones sociales se extienden territorialmente hasta abarcar la totalidad mundial. 3) La “naturaleza intrínseca” de las instituciones modernas. En primer lugar, la vigencia de los Estados-Nación. En segundo lugar, la dependencia de la producción de fuentes inanimadas de energía. Por último, la mercantilización de los productos y del trabajo asalariado (véase Giddens, 1993: 17-19 y ss.). v (^) Los cambios de origen tecnológico y económico tienen como punto de referencia la crisis del dólar en 1971 y la del petróleo en 1973. Esta última volvió prioritario utilizar materiales sintéticos para reemplazar a las materias primas estratégicas y buscar formas de producción que insumieran menos energía. El nuevo paradigma tecnológico se conformó en torno a la microelectrónica y posibilitó el abaratamiento de la información. El resultado fue que las nuevas formas de producción requerían más información y menos contenido de energía, materiales y mano de obra (cfr. García Delgado, 1998: 25). vi (^) Esto no impidió, sin embargo, que no lo hiciera sin contradicciones, producto del veto del sector militar. En efecto, los militares no veían con agrado la reducción del papel interventor del Estado ni las consecuencias, principalmente en relación a la desocupación, aunque también a nivel desindustrialización, que ese modelo traía aparejado. Al respecto, véanse, entre otros, Canitrot (1981) y Schvarzer (1986). vii (^) Este cambio de visión fue originado tras el triunfo antisomocista en Nicaragua. A partir de ese momento se comenzó a considerar que los autoritarismos deslegitimaban a los gobiernos y el respaldo popular y beneficiaban a la “subversión”, que podía construir amplias coaliciones en

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torno a reivindicaciones democráticas. De allí se derivó que las dictaduras constituían un “boomerang” (cfr. Ezcurra, 1998: 46-47). viii (^) Muchos de estos países se habían endeudado a partir de la década del ´70, situación producida por el fácil acceso a los créditos blandos que inundaron el mercado interno de la mano de los llamados “petrodólares” (García Delgado, 1998: 25). ix (^) La cuestión acerca de los orígenes de este fenómeno es un tema fuertemente controvertido. Sintéticamente, podemos diferenciar dos posturas generales. Por un lado, están aquellos que dicen que la globalización ya existía en períodos anteriores. Según esta corriente, ya hace 150 años, Marx y Engels, habrían predicho el fenómeno (cfr. Gambina, 1999: 77; Borón, 1999: 220; Forte, 2003: 34). Esta corriente habría sido continuada por el líder comunista Lenin, para quien la expansión mundial toma el nombre de Imperialismo. Para aquel, lo que conocemos como globalización existió desde el nacimiento del capitalismo debido a que el capital históricamente buscó expandirse hacia otros mercados (Gambina, 1999: 77). Desde una perspectiva de origen marxista, Immanuel Wallerstein elaboró hace unas tres décadas una nueva teoría. Según él, la “economía mundial”, esto es, las “conexiones económicas extensivas geográficamente”, existieron anteriormente al capitalismo, sólo que eran diferentes a las de los tiempos modernos. Las anteriores economías mundiales estaban basadas en relaciones comerciales que sólo se limitaban a algunas regiones de los Estados imperiales grandes. Pero, con la llegada del capitalismo, se alcanza, por primera vez, un orden “auténticamente” mundial en su alcance (citado en Giddens, 1993: 71). Siguiendo esta tesis, algunos autores actuales sitúan el comienzo de la globalización a partir del descubrimiento y colonización de América y concuerdan que la expansión mundial es inherente al capitalismo (Minsburg, 1999: 19). Estos autores coinciden con sus antecesores marxistas en que el capital busca expandir sus mercados para acumular ganancias. Pero, adaptando la teoría a los tiempos actuales, consideran que la globalización consiste en una ideología propagada por los sectores neoliberales con el objeto de desmantelar los Estados de Bienestar. En este sentido, a diferencia de Marx y Lenin, no abogan por destruir el capitalismo, sino por reconstruir el Estado. Por otro lado, están aquellos que creen que el fenómeno actual no tiene precedentes en la historia. Estos pensadores analizan los efectos de la globalización y afirman que los Estados están perdiendo, de una manera inevitable, gran parte de su soberanía y su capacidad de influir en los acontecimientos mundiales. Además, dan cuenta de un período de expansión comercial como nunca antes (Giddens, 2000: 21). Esta línea de pensamiento, que se origina en el campo de las relaciones internacionales, afirma que, en su nacimiento, los Estados soberanos ejercían el control administrativo de sus fronteras. Pero que, a medida que el sistema de Estados fue madurando, las pautas de interdependencia entre los Estados fueron desarrollándose hasta ser cada vez más interdependientes entre sí y con las organizaciones intergubernamentales. Además, asegura que los Estados están perdiendo progresivamente su soberanía y, en algunos casos extremos, llega incluso a afirmar que nos dirigimos hacia un “Estado mundial” (la llamada “Aldea global”) (cfr. Giddens, 1993: 69). x (^) Para un análisis de los cambios producidos en la estratificación social en nuestro país, véanse, entre otros, Torrado (1994) y Villarreal (1996). xi (^) Para un análisis de las transformaciones en la estructura económica en nuestro país durante la década del ´90, véanse, entre otros, Thwaites Rey (2002) y Basualdo (2006). xii (^) Varias encuestas revelan el fuerte disconformismo con las instituciones y con la propia política en amplios sectores de la población. Así, una encuesta realizada por Gallup y la BBC entre 50.000 personas de 68 países, devela que, a escala mundial, sólo el 13% de la gente confía en los políticos. Ese porcentaje cae a un mínimo de 4% en América Latina (Diario Clarín, 17/09/05). Este fenómeno, que algunos han denominado la crisis de representación política, ha sido particularmente fuerte en nuestro país. Para un análisis cualitativo de este proceso de desafección política centrado el caso argentino, véase Cheresky y Blanquer (2003).

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