Docsity
Docsity

Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes

Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity


Consigue puntos base para descargar
Consigue puntos base para descargar

Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium


Orientación Universidad
Orientación Universidad


gracia arcaica, Apuntes de Historia

Asignatura: Historia Antigua, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: US

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 22/05/2014

mventuraconde
mventuraconde 🇪🇸

3.9

(76)

28 documentos

1 / 56

Toggle sidebar

Esta página no es visible en la vista previa

¡No te pierdas las partes importantes!

bg1
MICENAS
La última etapa de la Edad del Bronce en el
Egeo, el Bronce Reciente, y de una manera
más específica en el continente, el Heládico
Reciente, es la que se conoce como época
micénica, la misma que aparece como tema
de los poemas homéricos. La época de los
palacios heroicos y, especialmente, el de
Agamenón en Micenas constituía el primer
período de la historia griega para los mismos
antiguos, aunque ya éstos se planteaban sus
dudas sobre el carácter histórico o mítico y
señalaban una diferencia importante entre el
tiempo de los hombres y el tiempo de los
héroes. La discusión sobre la validez histórica
de los poemas homéricos puede ser infinita,
sobre todo porque se plantea sobre posturas
excesivamente rígidas acerca de una
utilización mecánica de lo allí expuesto o de
la imposibilidad de dicha utilización a partir
del carácter mismo del género al que
pertenecen los poemas. Fue su lectura la que
abrió las puertas a los hallazgos
arqueológicos, cuando el comerciante H.
Schliemann, helenista aficionado, gracias al
éxito de sus operaciones mercantiles, pudo
dedicarse a visitar Itaca, el Peloponeso y
Troya acompañado y guiado por la lectura de
dichos poemas.
Las distintas capas halladas en Troya y las
diversas destrucciones detectadas, así como
los hallazgos micénicos escalonados a partir
de las primeras tumbas reales, fueron el
impulso para más profundos estudios que, si
bien sembrados en principio de errores y
rectificaciones, de identificaciones a veces
demasiado inmediatas, como suele ser el caso
del trabajo arqueológico tradicional, que sólo
se considera histórico cuando coincide con un
hecho, personaje o lugar conocido por las
fuentes de manera explícita, han permitido
penetrar cada vez más en realidades sociales
ypolíticas del mundo micénico. Palacios,
templos y enterramientos permiten describir
un tipo de sociedad jerarquizada, con una
realeza y un aparato estatal capaz de controlar
poblaciones colectivamente, aspecto este
último que avanza según los trabajos
arqueológicos se salen de los monumentos
palaciegos para atender a la distribución de
los territorios exteriores. Algunos aspectos de
la tradición reciben apoyo en ciertos
movimientos detectados también en la llegada
de caracteres conocidos por la arqueología,
aunque, al mismo tiempo, los desacuerdos
pueden llegar a aclarar el verdadero sentido
de las tradiciones, objeto de manipulación
con ánimos propagandísticos o deformadas
con intenciones directamente políticas. Sin
embargo, el proceso resulta cada vez más
claro en el estudio de los tipos de tumba y su
función en relación con el poder real
micénico.
Junto a ello, la arqueología resultó
verdaderamente gratificada con el hallazgo de
una serie de tablillas con escritura, que poco
a poco ha podido descifrarse gran parte. Las
primeras se hallaron en Cnosos y había
algunas en una escritura llamada lineal A,
todavía no bien conocida, que representa una
lengua al parecer de carácter prehelénico, y
otras en escritura lineal B, que luego se supo
coincidente con otros muchos yacimientos del
continente y que, descifrada laboriosamente
por Ventris y Chadwick, contiene textos en
lengua griega, apoyada en unos signos en
principio no muy adecuados para ella. Se ha
producido, pues, una adaptación forzada que
ha añadido un factor específico a las
dificultades propias de unos textos
conservados en tales condiciones:
inscripciones en barro que se han conservado
casualmente debido a los incendios de los
palacios, que cocieron las piezas. La escritura
es silábica y carece de algunos sonidos, por lo
que en el mismo signo coinciden fonemas
como l y r, no hay sílabas cerradas, por lo que
se usa una nueva sílaba para la consonante
encargada de cerrar la anterior, que también
puede quedar sin cerrar, y no se pueden
señalar todas las vocales, pues los signos
silábicos son limitados.
En cualquier caso, la investigación va
comprobando que la arqueología, la epigrafía
micénica y el análisis flexible de los poemas
pueden colaborar a la elaboración de una
imagen del mundo micénico y de su tradición
1
pf3
pf4
pf5
pf8
pf9
pfa
pfd
pfe
pff
pf12
pf13
pf14
pf15
pf16
pf17
pf18
pf19
pf1a
pf1b
pf1c
pf1d
pf1e
pf1f
pf20
pf21
pf22
pf23
pf24
pf25
pf26
pf27
pf28
pf29
pf2a
pf2b
pf2c
pf2d
pf2e
pf2f
pf30
pf31
pf32
pf33
pf34
pf35
pf36
pf37
pf38

Vista previa parcial del texto

¡Descarga gracia arcaica y más Apuntes en PDF de Historia solo en Docsity!

MICENAS

La última etapa de la Edad del Bronce en el Egeo, el Bronce Reciente, y de una manera más específica en el continente, el Heládico Reciente, es la que se conoce como época micénica, la misma que aparece como tema de los poemas homéricos. La época de los palacios heroicos y, especialmente, el de Agamenón en Micenas constituía el primer período de la historia griega para los mismos antiguos, aunque ya éstos se planteaban sus dudas sobre el carácter histórico o mítico y señalaban una diferencia importante entre el tiempo de los hombres y el tiempo de los héroes. La discusión sobre la validez histórica de los poemas homéricos puede ser infinita, sobre todo porque se plantea sobre posturas excesivamente rígidas acerca de una utilización mecánica de lo allí expuesto o de la imposibilidad de dicha utilización a partir del carácter mismo del género al que pertenecen los poemas. Fue su lectura la que abrió las puertas a los hallazgos arqueológicos, cuando el comerciante H. Schliemann, helenista aficionado, gracias al éxito de sus operaciones mercantiles, pudo dedicarse a visitar Itaca, el Peloponeso y Troya acompañado y guiado por la lectura de dichos poemas. Las distintas capas halladas en Troya y las diversas destrucciones detectadas, así como los hallazgos micénicos escalonados a partir de las primeras tumbas reales, fueron el impulso para más profundos estudios que, si bien sembrados en principio de errores y rectificaciones, de identificaciones a veces demasiado inmediatas, como suele ser el caso del trabajo arqueológico tradicional, que sólo se considera histórico cuando coincide con un hecho, personaje o lugar conocido por las fuentes de manera explícita, han permitido penetrar cada vez más en realidades sociales ypolíticas del mundo micénico. Palacios, templos y enterramientos permiten describir un tipo de sociedad jerarquizada, con una realeza y un aparato estatal capaz de controlar poblaciones colectivamente, aspecto este último que avanza según los trabajos

arqueológicos se salen de los monumentos palaciegos para atender a la distribución de los territorios exteriores. Algunos aspectos de la tradición reciben apoyo en ciertos movimientos detectados también en la llegada de caracteres conocidos por la arqueología, aunque, al mismo tiempo, los desacuerdos pueden llegar a aclarar el verdadero sentido de las tradiciones, objeto de manipulación con ánimos propagandísticos o deformadas con intenciones directamente políticas. Sin embargo, el proceso resulta cada vez más claro en el estudio de los tipos de tumba y su función en relación con el poder real micénico. Junto a ello, la arqueología resultó verdaderamente gratificada con el hallazgo de una serie de tablillas con escritura, que poco a poco ha podido descifrarse gran parte. Las primeras se hallaron en Cnosos y había algunas en una escritura llamada lineal A, todavía no bien conocida, que representa una lengua al parecer de carácter prehelénico, y otras en escritura lineal B, que luego se supo coincidente con otros muchos yacimientos del continente y que, descifrada laboriosamente por Ventris y Chadwick, contiene textos en lengua griega, apoyada en unos signos en principio no muy adecuados para ella. Se ha producido, pues, una adaptación forzada que ha añadido un factor específico a las dificultades propias de unos textos conservados en tales condiciones: inscripciones en barro que se han conservado casualmente debido a los incendios de los palacios, que cocieron las piezas. La escritura es silábica y carece de algunos sonidos, por lo que en el mismo signo coinciden fonemas como l y r, no hay sílabas cerradas, por lo que se usa una nueva sílaba para la consonante encargada de cerrar la anterior, que también puede quedar sin cerrar, y no se pueden señalar todas las vocales, pues los signos silábicos son limitados. En cualquier caso, la investigación va comprobando que la arqueología, la epigrafía micénica y el análisis flexible de los poemas pueden colaborar a la elaboración de una imagen del mundo micénico y de su tradición

apta para ser analizada históricamente. Por otra parte, la lectura de las tablillas ha revelado la existencia de una forma de la lengua griega que los especialistas tienden a considerar la más antigua, capaz de explicar muchos de los rasgos de la lengua ulteriormente evolucionada.

Desde el primer momento, los descubrimientos arqueológicos presentaron un panorama parecido a los que son frecuentes en el mundo del Próximo Oriente, donde el paisaje aparece dominado por palacios, templos y tumbas regias o principescas. Micenas, lugar fortificado al que se accede por la monumental puerta de los leones, contenía viviendas palaciegas y templos, lo que da idea de la concentración de los medios de control políticos, militares e ideológicos. El mégaron, lugar de culto centralizado, posible transferencia del antiguo hogar común y precedente del templo griego en lo arquitectónico, parece proyectarse en la península desde el Bronce Medio. Lo mismo ocurre con las tumbas en fosa, que contienen en principio restos que se interpretan como de miembros de las familias reales, pero que, en algún caso al menos, resultan representativas de una clase principesca, con restos de reyes heroizados a los que se rinde culto, frente a la difusión de la tumba de tholos, circular y monumental, para los reyes. Seria el ejemplo más significativo el representado por el que se conoce como tesoro de Atreo. También del tipo tholos se hallan restos correspondientes al Heládico Medio y algún ejemplo, como el de Eleusis, revela que se trata de enterramientos de colectividades sin ninguna indicación que defina la posesión del poder. Los datos revelan así un panorama variado y posiblemente cambiante, a troves de todo el período, cada vez más amplio, al que pueden atribuirse los restos que constantemente siguen encontrándose. En cualquier caso, sí resulta dominante la idea del poder tendencialmente centralizado en un panorama aristocrático, donde los muertos ilustres se convierten en objeto de culto a través de sacrificios que dejan huella

en las cenizas conservadas. La centralización se nota en las grandes construcciones, efecto de un poder coercitivo y símbolo del mismo, para ejercerse en todos los terrenos. Esta fase, propiamente micénica, no necesita explicarse a través de la llegada de nuevos pueblos, pues muchos de sus elementos corresponden a transformaciones internas, donde también pueden haber influido movimientos étnicos no determinantes. Por otra parte, en las edificaciones palaciegas, destacan las dependencias aptas para almacenar productos, así como para la distribución del agua y de algunos otros bienes necesarios para la colectividad, que quedaban así centralizados. Las investigaciones, cada vez más frecuentes e intensas en el terreno de la arqueología espacial, sacan a la luz la existencia de asentamientos dispersos, reducidos, no económicamente ricos, correspondientes a unidades que pueden identificarse con la tribu o, por lo menos, con las aldeas, cuyos pobladores llevarían el peso de la producción controlada por el Estado. La lectura de las tablillas proporciona un panorama coherente con lo anterior. Los textos no resultan excesivamente explícitos, pues se trata de registros, de redacción escueta, dedicados al control fiscal, de lo que se ofrece a los poderes políticos y religiosos. Ello permite, desde luego, conocer los principales términos en el mundo de los aparatos estatales. El título que puede identificarse con el del rey, como figura que acumula todos los poderes y se asimila a la divinidad, es el de wa-na-ka-te, en transcripción silábica de cada uno de los signos de lineal B, fácilmente identificable con el término homérico wanax, que, en acusativo y con la consonante inicial que correspondería a la -w-, que en griego clásico ha desaparecido, sería wanakta, palabra usada en los poemas principalmente para referirse al rey de hombres Agamenón o a Zeus, padre de los dioses y de los hombres, es decir, al poder supremo en la tierra o en los cielos. Existe también un pa-si-re-wa que, con el mismo sistema de transcripción, habida cuenta de que el silabario micénico no

denominarse prehelénicos. Pelasgos, licios, carios, lidios, minoicos, léleges... dejan huellas significativas de que, en esos tiempos, seguían presentes en el territorio griego. La cultura revelada, en la mitología y en las tablillas, muestra caracteres que a veces se han considerado prehelénicos, aunque otras veces se definen como huellas de situaciones primitivas que no hay por qué identificar étnicamente. La caída de los palacios significaría una especie de renacimientos de tales aspectos primitivos, algunos de los cuales resultan ser los más duraderos, pues se habla de una pervivencia mitológica de lo micénico, a pesar de la desaparición de los aspectos políticos y militares. En Micenas se veneran las diosas-madre, en posición dominante en muchos de los cultos cuyas sedes se han conservado arqueológicamente, como en Eleusis. Aquí se conserva el culto de la madre Deméter y su higa Perséfone acompañadas de Triptólemo, en una trinidad característica de la adecuación de determinados cultos agrarios, en identificación clara con la tierra y los ciclos de la reproducción. Las tablillas hablan de la po-ti-ni-ya, que se ha identificado con potnia, epíteto que en el conjunto de la religión griega se atribuye a las grandes diosas y se especifica en Hera, que luego será esposa de Zeus, el dios padre que acumula el poder, posiblemente por lo menos desde los períodos originarios de la realeza patriarcal, aunque herede funciones propias de las tribus pastoriles de origen y tradición indoeuropeos. También se atribuyen a época micénica los mitos de los héroes capaces de civilizar el mundo mediterráneo, como Teseo y Heracles , o de Edipo, donde la realeza masculina se construye en conflicto con las tradiciones matriarcales, lo mismo que en el caso del ciclo micénico, el de Agamenón, asesinado por su esposa y vengado por su hijo, que es perseguido por las divinidades femeninas vengadoras de los delitos de sangre, pero protegido por el dios patriarcal Apolo, convertido en tal después de apoderarse de Delfos, aunque también pertenecía a una trinidad de raigambre femenina, con Leto y Ártemis. Tras la caída del mundo micénico se conservó toda esta serie de tradiciones. Pero, sobre todo, se conservó la que hacía referencia a la expedición a Troya, reflejo para muchos del dominio micénico del Mediterráneo, el cual deja huellas en Sicilia, Asia Menor, Chipre, Rodas, las Cícladas, Ugarit, el que aparece citado por los textos

hititas a nombre de Ahiyawa, traducción de Acaya, y que aparece igualmente entre los Pueblos del Mar como Akawas. La expansión máxima era ya para los antiguos el inicio de la decadencia. La leyenda decía que a la vuelta de Troya todos los héroes tuvieron que enfrentarse a la stasis, al conflicto interno dentro de la ciudad, a la lucha social que significaba el final del poderío de los reyes. La historia tiende a situar este final en el contexto de la crisis general del Mediterráneo oriental en el siglo XII, cuando también desapareció el imperio hitita y se configuró de nuevo la geografía política de la costa de Levante. En esa crisis, los aqueos pudieron desempeñar un papel activo y pasivo al mismo tiempo, pues aparecen con los pueblos en movimiento, pero también resultaron, en sus estructuras, víctimas del conjunto de la crisis. Permanece vivo el problema de si fueron los dorios, la última oleada de griegos, quienes causaron el final de los reinos micénicos y destruyeron sus palacios. Se ha llegado a negar la invasión de los dorios. Sin necesidad de llegar a eso, se tiende más bien a considerar que la presencia doria resultó una realidad determinante de ciertas estructuras políticas y culturales al configurarse la época siguiente, pero que el fenómeno no fue el resultado mecánico de una invasión exterior, cuyos efectos tienden asimismo a contemplarse más bien como algo extendido a lo largo del espacio cronológico de la época oscura. De hecho, en ésta, el mundo micénico ha desaparecido. ÉPOCA OSCURA

Tanto los datos resultantes de los estudios arqueológicos como la impresión que se saca del análisis de las tradiciones legendarias griegas, llevan a la conclusión de que, en torno al año 1200 a.C., se produjo una fuerte conmoción en el mundo de los reinos micénicos, coincidente con la que tuvo lugar en general en el Mediterráneo oriental, que se conoce por la presencia de un conjunto de pueblos de carácter no bien determinado, identificados por los documentos egipcios de la época como pueblos del mar. En realidad, se trata de las manifestaciones coyunturales de una profunda crisis que afectó, de una manera o de otra, a las estructuras de todos los grandes estados de la Edad del Bronce tanto en el Mediterráneo como en el Próximo

Oriente. En la península helénica, la crisis se manifestó en la destrucción de la civilización palacial, lo que se muestra materialmente en la desaparición de muchas de las grandes construcciones que la caracterizaron. Los datos revelan que el proceso destructivo no fue uniforme ni coincidió en el tiempo de modo absoluto. La teoría de un cataclismo natural o la existencia de factores externos representados por una nueva población cuya llegada provoca un gran trastorno, a partir del que se inicia una renovación racial que justificara la ulterior maravilla representada por el clasicismo griego, no encuentra fundamento en los resultados de la investigación. Sólo se apoyan en la falta de aceptación del hecho de que las sociedades cambian, incluso violentamente, por factores internos. El hecho de que los factores externos se identifiquen con una renovación racial procedente del norte contiene, además, otras implicaciones obvias. En realidad, en la situación de la época, lo interno y lo externo quedan absolutamente integrados en un proceso de cambio productor de transformaciones tales que obligan a las migraciones y a los desplazamientos violentos. Ahora bien, en esas convulsiones, externas e internas, no se detecta el triunfo de una nueva población, ni parece evidente que, a escala más amplia, los Pueblos del Mar sean los recién llegados triunfadores, sustitutos de poblaciones antiguas. Se trata de un movimiento amplio de grupos humanos, más o menos organizados, entre los que algunos de los mencionados en documentos egipcios u orientales pueden identificarse con aqueos o dánaos, los nombres que reciben los griegos de época micénica en los poemas homéricos. Puede deducirse, por tanto, que estas poblaciones no fueron sólo víctimas de los acontecimientos de la época, sino que también tomaron parte activa, impulsados por el mismo movimiento que llevó a la desaparición de sus propios asentamientos. En la crisis no hubo vencedores ni vencidos,

sino la manifestación de las condiciones que facilitaron el final de un mundo y que impulsaron a acciones violentas dentro del espacio que había sido ocupado por las civilizaciones del Bronce. Micenas y otros asentamientos sufrieron destrucciones que, sin duda, repercutieron en el proceso, pero que no significaron, por sí mismos, el final de la civilización, prolongada bajo nuevas condiciones en un proceso complejo, en que se interfieren factores de diferente orden, donde no cabe la identificación mecanicista entre destrucción y final del mundo micénico.

Otros asentamientos sufrieron destrucciones en torno a la misma época, desde antes de la fecha simbólica de 1200 a.C., en torno a la que se sitúa todo el proceso transformador que hizo desaparecer el sistema anterior. Los actores, cuya procedencia puede situarse dentro de cada ciudad, o bien en algunas de las otras ciudades, en cada caso, o incluso en movimientos ajenos, son, de cualquier manera, poblaciones que se hallan igualmente en crisis, víctimas y protagonistas de los procesos de cambio.

En líneas generales, el panorama que se desprende de las tradiciones legendarias coincide sustancialmente con el que ofrecen los estudios dialectológicos de la lengua griega. A partir de polémicas científicas todavía parcialmente vigentes, donde la formación de los diferentes dialectos se ha explicado por procedimientos variados, por oleadas o por separaciones internas ya dentro de la época oscura, al sumarse los datos de la arqueología y predominar los intentos totalizadores, se llega a una visión dinámica de la configuración del griego como lengua poseedora de ricas variedades dialectales. Sin duda, el gran movimiento diferenciador tuvo lugar en la edad oscura, como consecuencia del amplio proceso migratorio que llevó a la ocupación de Asia Menor y a la formación de los dialectos orientales. Sin embargo, el dialecto dorio posee características propias que llevan a los investigadores del pasado a colocarlo en una

Atenas, representan la continuidad de un centro de culto micénico, en otros parece establecerse en anteriores asentamientos de población, generalmente de carácter modesto, como podría ser el caso de lugares posteriormente tan importantes como Olimpia y Delfos. Los lugares micénicos, por el hecho de serlo, adquieren un nuevo prestigio que los hace utilizables para el culto de la religión tradicional, reconstituida a través de un proceso de utilización de mitos pasados y materiales revalorados ideológicamente. La nueva cultura se define en el uso del pasado. Lo mismo ocurre en la definición de los dorios como entidad cultural, donde se utiliza la tradición anterior referente a los Heráclidas descendientes del héroe aqueo, pero integrados en la nueva población a través de Eginio como padre adoptivo de Hilo, hijo de Heracles y Deyanira. Según Heródoto, V, 72, el rey Cleómenes de Esparta se declaró aqueo cuando quiso entrar en el templo de la diosa Atenea, en la Acrópolis de Atenas, y la sacerdotisa trató de impedírselo por ser dorio. Los reyes espartanos se consideraban descendientes directos de los Heráclidas, lo que servia de base, según Mazzarino, para alimentar la ambigüedad entre los dos aspectos que se hallaban mezclados en quienes habían adoptado ese nombre. El origen era doble y la definición llegaba a constituir un fenómeno eminentemente cultural, cuyas bases étnicas quedan integradas en un proceso histórico complejo. El agrupamiento en torno a las comunidades tribales resultaba así el factor más estable en el momento de definir las marcas de personalidad del grupo dorio. Sin embargo, si la identidad doria tiene sentido en este campo y en el lingüístico, en el aspecto religioso y cultural, así como en la renovación de formas de combate, ahora más móviles, y en las formaciones sociales y económicas, los rasgos comunes resultan predominantes para definir el momento histórico. El problema dorio se integra, por tanto, en un conjunto más amplio donde cobra un nuevo sentido al

adoptar una posición determinada en la totalidad.

Al final de la Edad Oscura, entre los siglos VIII y VII, se llevó a cabo la redacción de los poemas que la tradición atribuye al poeta Homero. Ya en el siglo XVIII se planteó la duda de que un solo poeta, en los albores de la creación literaria de la humanidad, fuera capaz de realizar una obra de tal envergadura. Al mismo tiempo, una cierta crítica literaria, que ya había funcionado entre los eruditos de la Biblioteca de Alejandría, en los momentos finales de la historia independiente de Grecia, tendía a considerar impropio de la personalidad de Homero el hecho de que en los poemas se advirtieran contradicciones o repeticiones. El resultado fue el nacimiento de la querella homérica, en torno a la unidad de los poemas, en la que algunos defienden que se trata de dos obras únicas, compuestas por un individuo genial, donde es inevitable la apreciación de determinados fallos, y otros que se trata de un conglomerado de obras sueltas irregularmente compuestas y enlazadas, hasta que, a través de la comparación con la época viva de algunos pueblos eslavos, Parry planteó la hipótesis de la oralidad. Los poemas habrían tenido, antes de su redacción escrita, una larga prehistoria, que se revela en algunas de sus específicas características formales, sobre todo en la llamada fórmula o expresión hecha a que recurre el poeta como método memorístico, adecuada para cubrir de modo recurrente determinados esquemas métricos en circunstancias a veces adecuadas y a veces no, pues se puede hablar del casco brillante de Héctor, aunque se halle rodando por el suelo con su dueño herido y caído tras el ataque de Aquiles. Con una gran cantidad de matices y de variaciones, tiende a generalizarse la opinión de que los poemas conocidos por haberse sometido a la forma escrita representan el punto culminante de una larga tradición, aunque el hecho mismo de haberse escrito, en un momento cultural determinado, con

características propias, ha dado un nuevo tono a las obras, sometidas ahora a las nuevas necesidades de la sociedad que se configura con los inicios de la época arcaica. Como en otros aspectos culturales, la poesía que se desarrolla en la época oscura es nueva y va renovándose de acuerdo con los cambios producidos a lo largo de varios siglos, pero se apoya en una tradición de la que se sirve y a la que manipula en consonancia con las nuevas formaciones sociales que buscan un nuevo modo de controlar la cultura, en el que parece desempeñar un importante papel el uso del pasado.

Los poemas son el producto vivo del final de la Edad Oscura. Sin embargo, también se detectan los rasgos de una estructura monárquica de tipo palaciego, en la figura del ánax, equiparable al wa-ne-ka-te de las tablillas, señor de poder soberano cuyo título se aplica igualmente al señor de dioses y de hombres, a Zeus, sublimación del poder monárquico, aunque a veces su casa se parezca a la hacienda de un noble de los inicios de la época arcaica. Las tablillas tratan de un ra-wa-ke-ta, que se interpreta como conductor del laós, del pueblo en armas, ayudante del rey que, aunque carece de correspondencia léxica en los poemas, puede identificarse con el papel de Héctor, jefe guerrero junto al rey Príamo, retirado del combate. El basileus homérico, especie de rey subordinado al ánax, puede tener su equivalencia en el pa-si-re-wa. Todo ello, sobre la base de que en la escritura lineal de base silábica, cada una de las sílabas expresada en transcripción entre guiones, refleja imperfectamente la fonética griega y no distingue, por ejemplo, entre -r- y -l-. La ke-ru-si-ya micénica equivale sin duda a la gerousía, reunión de gérontes, que de ancianos han pasado a identificarse con la nobleza de los héroes guerreros. Con todo, el análisis preciso de las realidades que subyacen a esos términos, así como el estudio del conjunto histórico, llevan a autores como Finley a considerar mucho más significativas las diferencias que las

similitudes. La época ha cambiado sustancialmente. La realidad micénica aparece, por tanto, como pura arqueología y lo que se revela en los poemas es la preocupación de los habitantes de la Grecia del siglo VIII o VII por dar un nuevo valor a su propio pasado. Esta preocupación despierta un espíritu anticuario que hace recuperar recuerdos lejanos, a veces en una confusión donde los anacronismos resultan el elemento más significativo.

La historia de la elaboración de los poemas homéricos a lo largo de la época oscura es, al mismo tiempo, la historia del pueblo griego y de su formación como tal. Desde el punto de vista geográfico, entonces se produce el gran movimiento migratorio que los llevó a ocupar las islas del Egeo y la costa de Asia Menor en su parte occidental. Fue ya en esa nueva disposición donde los poemas se pusieron por escrito y este mismo hecho significó una cierta toma de conciencia de la unidad de los griegos, basada precisamente en la constitución de tradiciones comunes, entre las que la más eficaz fue la referente a la expedición a Asia Menor para emprender la guerra de Troya. En ella habían participado tropas y naves procedentes de toda Grecia, de norte a sur, y de las islas, incluida Creta, es decir, de todos los emplazamientos que se consideraban vinculados, directa o indirectamente, a los recuerdos de la civilización palacial. Los catálogos del libro II de "La Ilíada" sirven para dar nuevo prestigio a la Grecia en su conjunto, así como para justificar su presencia en las fundaciones de Asia Menor. El pasado se usa, se manipula e incluso se inventa, a pesar de que arqueológicamente se apoya en bases constatables, lo que da un nuevo valor histórico a los poemas como visión del pasado desde el pasado, para comprender un nuevo aspecto de la realidad micénica: el de la imagen que era capaz de transmitir y hacer perdurar a lo largo de los siglos oscuros. A través de las transformaciones sociales y políticas, a través de las migraciones, el sistema social se considera modelo de prestigio para la aristocracia que entonces se constituye y su realidad de conjunto sirve de apoyo para un nuevo panhelenismo, el que se forja como fundamento de la sociedad aristocrática que muestra su solidaridad de clase al participar en prácticas religiosas que

los seres excesivos. La monarquía impone la unidad, pero es ya el modelo del nuevo basileus, noble aristócrata cuyo poder se ejerce a escala local. Este aristócrata es quien se erige con unos poderes que afectan profundamente al campesino, en el momento en que, a consecuencia del proceso de asentamiento, se define la propiedad. El campesino puede verse desprovisto de su tierra si no trabaja. Por ello, Hesíodo aconseja a su hermano que se afane, no vaya a ser que alguien acapare su tierra. El problema está en esos reyes, devoradores de regalos: dorophagoi. Los campesinos libres corren el riesgo de convertirse en dependientes por este procedimiento. Zeus, el rey monárquico, modelo de los reyes, representa también la unidad perdida, donde los campesinos depositan su confianza en la esperanza de que triunfe Dike, la Justicia. Los actuales reyes emiten sentencias torcidas y Hesíodo aconseja la sumisión, aunque en algún momento se deja arrastrar por la ira y expresa el deseo de no ser tan justo, porque obtiene más justicia el que se comporta más injustamente. Sin embargo, termina triunfando la postura partidaria de la sumisión a ese Zeus, contrapuesto e identificado al mismo tiempo con el poder aristocrático.

A veces, da la impresión de que el Zeus de los poemas homéricos, igual que los reyes de "La Ilíada" y "La Odisea", es realmente el señor de un oikos, es decir, el jefe y organizador de una unidad económica compuesta por sus familiares y grupos de personas que se encuentran con respecto a él en diversos grados de dependencia. La basileia que se define a lo largo de la época oscura, al configurarse una propiedad acumulativa definida en ese oikos, viene a ser una forma de aristocracia, que recibe el mismo nombre que los señores que, en época micénica, tenían un poder militar que les permita ir a la guerra con sus huestes, su laós, pero que dependían, al menos en momentos de guerra, del señor supremo que se identifica con el ánax.

También el nuevo basileus es jefe militar y puede emprender campañas para conquistar tierras y fundar ciudades, sobre todo en la época de las migraciones, en que se consolida su poder y capitaliza en su favor la organización gentilicia. Ésta se convierte en el vehículo por el que se transmiten las dependencias y favorece el predominio de los mejores que se convierten en eugeneis, pertenecientes a los buenos gene, los que se pueden conocer, gnorismoi, coincidentes con aquellos que son capaces de realizar hazañas excelentes, aristeiai, por lo que ellos mismos sobresalen por su virtud, areté, y se erigen en áristoi, en los mejores. El sistema aristocrático favorece la existencia de la basilea, representada por los miembros de las familias sobresalientes y que en algunos casos pueden convertirse en auténticos reyes, en el sentido de monopolizar el poder sobre una comunidad incluso después de que ésta se haya instalado como comunidad ciudadana, como politeia, circunstancia en que, normalmente, la comunidad afirma su organización tribal para convertirla en vehículo de participación colectiva, controlada por los aristócratas de modo colegiado. Lo normal es que esa realeza quede relegada, salvo en casos como el espartano, a una funcionalidad religiosa, ejercida indistintamente por diferentes miembros de la aristocracia.

Las primitivas comunidades vivían en demos, asentamientos donde se explota la tierra repartida, dasmós, que entran en relaciones complejas con los señores, en el proceso acumulativo que se refleja en el poema hesiódico de "Los trabajos y los días". Su capacidad de supervivencia como demos libre resultó variable a lo largo del espacio geográfico griego. En algunos lugares se convirtieron en comunidades dependientes, en otras forzaron los agrupamientos en comunidades urbanas donde asentaron su identidad como comunidad, con funciones militares y capacidad para disfrutar de parcelas de tierra, siempre en relaciones conflictivas con los poderosos y de resultado

variable. Al margen de las comunidades, los acontecimientos de la edad oscura permitieron la aparición de personas o grupos marginales, carentes de identidad como grupo, sólo capaces de subsistir cuando se alquilaban como mano de obra a cambio de la manutención o de un salario, misthós. Son los thetes, los que carecen de arraigo en la comunidad y con la tierra, que se encuentran en las condiciones adecuadas para caer en formas de dependencia individual que se orientan hacia la esclavitud, fenómeno que poco a poco se ve favorecido por el desarrollo de los viajes con intenciones comerciales y de las expediciones bélicas que tendían, no ya a controlar las tierras vecinas, sino a la captura de hombres para someter a los incipientes mercados de esclavos.

Los padres de la religión griega son, en cierto modo, Homero y Hesíodo. La realidad, vista desde otro ángulo, consiste en que las formas de estructuración social que se llevan a cabo a lo largo de la Edad Oscura vienen a plasmarse ideológicamente en sus obras, como resultado cultural del mismo proceso que lleva al final de la edad oscura. En ellos aparece la nueva situación sin dejar de estar presente el entramado complejo de relaciones conflictivas que vino a desembocar en el nuevo mundo. El panteón recientemente estructurado revela la complejidad de sus orígenes. Por una parte, la realeza divina de Zeus se impone sobre el Caos y sus secuelas, a través de la victoria sobre los Gigantes y la sustitución de su propio padre, Crono, que devoraba a sus hijos tras haber derrotado a su progenitor, Urano. De la fuerza celestial, representada por este último, hasta el nuevo rey, igualmente celestial, carácter revelado por la etimología del nombre y la comparación con otras lenguas indoeuropeas, el resultado ha sido el establecimiento de un poder organizado, comparable al Estado, más allá de la anarquía de los poderes monstruosos anteriores. Sin embargo, ciertas tradiciones revelan que, al menos, una parte

de la población verá en la época de Crono una edad de oro.

Según una tradición, la época de Zeus habría traído consigo el trabajo. En cierta medida, representaba el final de la edad de oro, pero también, para el campesino, la época en que a través de su hija Dike, la Justicia, era posible la concordia entre nobles y campesinos. Su carácter de divinidad estable y estática, junto a su realidad históricamente condicionada, produce la ambigüedad que permite una mayor eficacia, porque el Zeus de los poemas homéricos, junto a las posibles referencias a la realeza auténticamente micénica y a la realeza idealizada de la época antigua donde había justicia, también representa al jefe de un oikos, con una familia compleja a su alrededor, dependiente en diferentes grados, profundamente patriarcal, a pesar de que algunos rasgos de los dioses de sus familias puedan resultar chocantes, sólo lo suficiente para revelar la pervivencia de funcionalidades primitivas, relacionadas con la producción y la reproducción. Las diosas pasan a convertirse en sus esposas o sus hijas y, a pesar de los celos de Hera, se le permite la poligamia productora de nuevos dioses o héroes, en lo que también revela los rasgos propios de sociedades primitivas, perdurables por su vigencia como punto de referencia para crear una nueva cohesión actual. En su casa se representa el triunfo del patriarcado dinámicamente, resultado de la concentración del poder, de la victoria sobre seres primitivos y de la integración de las divinidades femeninas. Así, Zeus representa al jefe del oikos, sublimado en sus referencias a la realeza antigua.

En los poemas homéricos, junto a los cultos y a las divinidades que remontan su tradición a época micénica, están igualmente presentes otros que responden a los cambios que han tenido lugar a lo largo de los siglos oscuros. Más que a las migraciones relacionadas con la nueva implantación doria en la península, las innovaciones resultan como consecuencia de la integración de las poblaciones

los conflictos. De este modo, resulta especialmente significativa la institución de la xenia, hospitalidad, para que cada uno se sienta seguro en otras tierras, sin riesgos de verse sometido a ningún tipo de dependencia. Entre ellos, los aristócratas fortalecían sus lazos con el intercambio de regalos, de modo que cuando se encontraban, incluso en el combate homérico, no sólo no combatían entra ellos, sino que reproducían la tradición, como Glauco hijo de Hipóloco y Diomedes hijo de Tideo, en el canto VI de "La Iliada". Ahora se intercambian los escudos en lugar de combatir aunque, según el poeta, eran de diferente valor. El guerrero homérico es un aristócrata del siglo VIII y, al mismo tiempo, un guerrero de época heroica, lo que hace de este último modelo el espejo vivo donde fortalecer las propias tradiciones y divulgarlas en la nueva sociedad renaciente, en que se consolida la cultura, la escritura y la navegación. Por ello también toman como modelo a Odiseo, que soportó muchas aventuras, pero mantuvo su carácter aristocrático, a pesar de que se vio obligado a pasar por lugares difíciles, a enfrentarse a pueblos primitivos y a tener contacto con mercaderes, símbolo de los nuevos tiempos. Al final, Odiseo reposa y recupera su oikos, gracias al carácter ejemplar de su esposa, que mantuvo a raya a los pretendientes que trataban de hacerse con la fortuna de Odiseo. Pero los pretendientes, a pesar de todo, son igualmente áristoi, que se mueven en el mismo ambiente competitivo de la clase de Odiseo e intentan vencerlo por todas las armas, de las que tampoco prescinde el astuto héroe de Itaca. Lo que importa es la gloria que se traduce ya en la época de redacción de los poemas en el arma más sutil del control social. De hecho, lo importante es vencer, apoderarse de las vacas del vecino o vengarse por ello, conquistar una nueva esclava o impedírselo a otro. El ethos es exclusivamente el del prestigio, la victoria y la gloria.

Del mismo modo que al final de la Edad Oscura se recuperan las tradiciones sobre los héroes que habitaron en época micénica, adaptadas a las nuevas necesidades, también la nueva aristocracia trata de forjarse las señas de identidad a través de los lugares de culto que considera vinculados a ese mismo pasado. Algunos antiguos santuarios comienzan a recuperarse a partir del siglo X, como ocurre en Olimpia, en el Peloponeso; otras veces el lugar parece haber conservado su función cultural, aunque a través de una etapa muy pobre, como Eleusis, cerca de Atenas, y, finalmente, en ocasiones, parece transformarse en centro de culto lo que no era más que el resto material de cualquier asentamiento abandonado, que por su vetustez ha adquirido prestigio y ha comenzado a recibir ofrendas a lo largo del período oscuro. De este modo, al tiempo que se configura un panteón y se recuperan los héroes del pasado en la literatura oral o escrita, del mismo modo se recupera el espacio para dar forma a nuevos fenómenos religiosos propios de los tiempos que se viven, pero asentados en un pasado real que se convierte en factor para el desarrollo del mundo imaginario.

La tradición que atribuía a la llegada de los Heráclidas el final del mundo micénico, relacionada con la invasión doria, se completaba al situarse dentro de un movimiento más amplio que afectaba a todos los territorios del continente, de las islas y de las costas de Asia Menor. Tanto los protagonistas como los efectos de sus movimientos superan las delimitaciones propias del pueblo griego. El fenómeno, de consecuencias sociales y culturales, afecta a griegos y prehelénicos y a las relaciones entre ambos, así como al carácter de la nueva civilización que surgirá como consecuencia del final de la edad oscura. Movimientos de pueblos y contactos entre civilizaciones sirvieron de motor para el desarrollo de un mundo nuevo donde, en todos los aspectos, se dejan notar las huellas de unos y de otros no de modo preponderante, sino como factores

coadyuvantes para la aparición de una realidad distinta. Todas las nuevas señas de identidad de la civilización griega aparecen como efecto de los contactos, tanto en el aspecto religioso, donde no es posible hallar los elementos puros de los dioses, producto también del proceso de asimilación al estilo del que llevó al Apolo de los licios a formar parte del panteón griego, como en el aspecto literario, donde la tradición micénica, en la nueva épica en formación, se ve impregnada de tradiciones y leyendas microasiáticas, donde elementos lidios, frigios o carios se entremezclan, aportando aspectos exóticos, caracterizadores, a pesar de todo, del renacimiento cultural. Los nuevos santuarios buscan sus raíces en el pasado de la Edad del Bronce, pero incorporan las divinidades ahora triunfantes, del mismo modo que en la poesía épica se incorporan las preocupaciones de los pueblos recientes configurados como nueva cultura. El nuevo particularismo en el que se articula la vida económica favorece la nueva colonia de divinidades primitivas con las que se había asimilado en el mundo estatal de los despotismos del Bronce. El panorama ahora se caracteriza por su carácter variado y heterogéneo, en la supervivencia de divinidades atávicas, de cultos particulares, preexistentes a la presencia griega, con la religiosidad griega de pueblos en movimiento y de pueblos largamente asentados, que han logrado reavivar sus tradiciones antiguas como elemento sostenedor de la realidad nueva, adaptados a las nuevas necesidades de la reproducción de la comunidad.

El proceso migratorio de la edad oscura constituye el fundamento territorial para la formación de los dialectos griegos conocidos históricamente. En el nuevo mapa, la lengua griega queda dividida en cinco grupos principales, producto de procesos históricos que, en sus líneas más importantes, responden a las vicisitudes de la Edad Oscura, sobre una previa distribución, mucho más difícil de determinar, generada en la Edad del Bronce.

En la larga duración, el proceso resulta, en los estudios dialectológicos, extremadamente complejo, pues la diversificación se alterna constantemente con procesos de homogeneización y en combinaciones y mutuas influencias que colaboran a crear un escenario de límites no totalmente bien definidos. En líneas generales, sin embargo, a través de un cierto mecanismo de abstracción, se puede admitir la existencia de un grupo que reúne al arcadio con el chipriota, en una distribución geográfica, en el centro del Peloponeso y en la cuenca extrema del Mediterráneo oriental, que plantea problemas acerca de la explicación histórica del proceso que pudo llevar a ella. Parecería responder a una época de difusión griega desde el Peloponeso hacia el Oriente, que sólo podía situarse en época micénica, pero sus arcaísmos no coinciden con los de la lengua micénica de las tablillas de la Edad del Bronce. Ello da pistas sobre la falta de unidad lingüística de esa época. Por otra parte, el eolio, que suele dividirse en tres subdialectos, lesbio, tesalio y beocio, responde a la distribución de la época de las migraciones, pues el lesbio, conocido principalmente a través de la poesía lírica de Alceo y Safo, se convierte en modelo de toda la región norte de la costa asiática, habitada por emigrantes de las zonas ocupadas en el continente por beocios y tesalios. La lengua eolia, en su conjunto, se ha revelado como producto de una formación postmicénica. La diferencia del eolio con respecto al resto y la que se produce en su interior resultan dinámicamente complejas y no en la línea de diferenciación propia de los árboles genealógicos. De otra parte, en su origen, no aparece como totalmente diferenciado del jonicoático, lo que explica muchos rasgos confusos de las primeras expresiones lingüísticas literarias. El jonicoático, extendido desde Ática y Eubea hasta la zona central de la costa de Asia Menor, ofrece, por su parte, rasgos que hacen pensar a Adrados en la existencia independiente en época micénica de grupos paramicénicos más vitales que el micénico

Lo mas característico del estilo geométrico ateniense en la decoración de las cráteras es precisamente la temática recurrente de los héroes de la edad de oro del mundo micénico , con lo que se muestra cómo en este aspecto también las preocupaciones ideológicas se dirigen a la búsqueda de un pasado prestigioso en el que asentar la nueva situación. Escenas fúnebres, comparables a los funerales de Patroclo, o guerreros armados en carros constituyen el fondo decorativo acompañado del geométrico repetitivo, modo de expresar las necesidades de un mundo estable, ahora en formación después del período crítico.

El último período de la época oscura, a partir de las grandes migraciones en que los griegos cruzaron el mar Egeo, los puso en contacto en Asia con los pueblos del interior, que a su vez se hallaban en contacto con las culturas del Próximo Oriente. Por eso, "La Iliada", fraguada definitivamente en la península de Anatolia, punto final de una tradición que recoge de una parte la herencia micénica, constituye de otra el resultado de ese encuentro de culturas. La aparición de griegos y de asiáticos en el famoso catálogo del canto II revela cómo el inicio del panhelenismo es más bien la aparición de la conciencia de una identidad cultural que poco a poco comenzará a disolverse, precisamente a partir de ese momento. Mazzarino identificaba esa conciencia con la generalización del uso del término jonios. La cultura jónica, como término que encuadra culturalmente a los griegos de Asia Menor, se forma paralelamente a la recuperación de los pueblos que se identifican como consecuencia de las alteraciones de la crisis del siglo XII. Tras la desaparición del imperio hitita, parecen cobrar nueva vida poblaciones anteriormente sometidas, identificadas con los luvitas que, para algunos, pueden considerarse idénticas a los pueblos que combatían en "La Ilíada" del bando troyano. Por otro lado, las tradiciones revelan desde muy pronto la presencia frigia, como pueblo que llegó a configurar un reino basado en el

control de los metales, que se presenta como heredero de tradiciones hititas y hurritas. La leyenda del rey Midas, que sufrió como castigo las consecuencias de haber obtenido que se cumpliera su máxima aspiración, que todo lo que tocara se transformara en oro, se convirtió para los griegos de la edad arcaica en paradigma de los peligros que podía traer consigo la obtención de riquezas al estilo de los orientales. Así llegaron a ser a la larga las relaciones entre unos y otros, atractivas, pero con diferencias marcadas en el plano de la ideología y de los principios regidores del comportamiento. Los frigios sirvieron de enlace con el posterior reino de los lidios, que entraran en relaciones conflictivas con los griegos asiáticos de la época arcaica. Las tradiciones griegas hacían de Midas, por otra parte, un rey filohelénico, casado con una griega, el primer extranjero que envió una ofrenda al santuario de Delfos. Todos estos contactos, junto con los realizados a través de los mercaderes fenicios , son los que explican la presencia de un impulso oriental en el renacimiento con que acabó, en el siglo VIII, la edad oscura de los griegos. Aquí se produce una cultura original, pero en ella están presentes elementos aglutinantes y estimulantes, al tiempo que aspectos formales, que proceden del rico mundo cultural del Próximo Oriente, continuación y renovación de una civilización ya milenaria.

En los poemas atribuidos a Homero y a Hesíodo se encuentra presente la esclavitud, a través de términos que aluden a la captura o a los servicios domésticos. La situación del sistema de explotación parece bastante diferente a la de las formas de dependencia del mundo micénico tanto como a la de la esclavitud clásica. El crecimiento de los cambios y del comercio fenicio favorece el papel intermediario desempeñado por éste en el tráfico humano que permite el desarrollo de la esclavitud como objeto de la actividad mercantil, pero la base productiva parece centrarse en la presión sobre los campesinos libres, que empiezan a mostrar sus

resistencias a través de las formas mentales que aparecen en Hesíodo. Los principales servicios aparecen prestados por mujeres y, en todo caso, pertenecen al ámbito del oikos, lo que sin duda se revela en el hecho de que la terminología dominante sea la relacionada con esta palabra. Sin embargo, en los mismos poemas Garlan observa un proceso de cambio entre "La Ilíada" y "La Odisea", en el sentido de un aumento del número de varones en la segunda realizando funciones serviles en las casas de los reyes y de la sumisión obtenido a través de la rapiña, de acciones de piratas, cada vez más frecuentes a costa de la acción de los héroes guerreros. El mundo de los cambios y de la navegación se impone en la realidad social, del mismo modo que "La Odisea" refleja más el mundo de los navegantes y del oikos que el del campo de batalla. El elemento diferenciador continúa situándose, por tanto, no en los medios de obtención, sino más bien en el sistema de explotación que permite colocar el mundo homérico en el plano de la esclavitud patriarcal, resultado del proceso de configuración del oikos desarrollado a lo largo de los siglos oscuros.

El final de la Edad Oscura se conoce justamente como Renacimiento griego, pero no se trata de un milagro, sino del resultado de un largo proceso en que van fraguando características de una nueva sociedad y de nuevas formas culturales. Movimientos de pueblos, contactos con otros pueblos, procesos de integración y de rechazo, disolución de los antiguos mecanismos de control en otros nuevos, sobre la base del manejo de los metales, adaptación de las tradiciones a los cambios, todo ello se conjuga para explicar la aparición de un nuevo mundo, que no nace de la nada, pero pretende igualarse al pasado remoto y prestigioso más que al inmediato pretérito oscuro y poco lucido. En el nuevo uso de los restos materiales y en la adaptación de las formas conocidas por la memoria, elaboradas al tiempo que se da

solidez a las tradiciones, va creándose una cultura que tendrá el rasgo propio de adaptarse al proceso de creación de la polis sin perder su identidad aristocrática. Pues, de hecho, las formas culturales fraguan en centros palaciegos, donde el basileus, aristócrata destacado, capaz de crear clientelas a su alrededor, se hace heredero del pasado micénico para dar el paso hacia lo nuevo con capacidad para dominar los aspectos más destacados del mundo imaginario. Una vez que se ha apropiado del pasado, la transferencia crítica hacia la polis queda ideológicamente en sus manos, hasta el punto de que para toda la historia de Grecia permanecen marcadas las señales de identidad cultural, para ser utilizadas por cualquiera de las formaciones sociales que, al mismo tiempo, resultan de este modo condicionadas por sus rasgos principales. Las nuevas sociedades de la Grecia arcaica adoptan como arma ideológica las tradiciones creadas cuando las aristocracias regias de la época oscura consolidan su poder en el mundo del oikos, en el que se apoyaron las civilizaciones urbanas de la época arcaica. A las puertas del arcaísmo, la sociedad homérica representa un modo específico de organización cuyo rasgo más duradero ha sido el de la creación de una imagen perdurable, patrimonio cultural de la humanidad. Su capacidad para expresar la vinculación con el pasado de las sociedades en formación es precisamente parte del secreto que permite seguir disfrutando de sus logros como de un bien eterno, productor de emociones y de sensaciones relacionadas con la creencia en la solidaridad humana no porque enmascare, sino más bien porque revela de modo ejemplar el sentido de los conflictos entre los hombres, entre las clases, entre los pueblos, entre las generaciones. Ése es el primer momento favorable a que la humanidad se piense críticamente a sí misma. El renacimiento constituye un fenómeno que realmente se forma en el proceso del palacio a la polis.

renacimiento, paralelamente al desarrollo cultural, provoca al mismo tiempo, sin embargo, el inicio de conflictos que afectan a las relaciones del oikos al agudizarse las formas de explotación junto con el crecimiento de los bienes de consumo que incitan a aumentar el excedente. Asentamiento del poder y acumulación de tierras, coincidentes con la consolidación de una colectividad asentada, tendente a la autoconciencia como comunidad, se convierten en foco de conflictos. Los gérmenes ya aparecen en "Los trabajos y los días" del poeta beocio Hesíodo, pero sus efectos se revelan en la búsqueda de nuevas solidaridades entre los miembros de la clase dominante. Da la impresión de que los diferentes oikoi tienden a juntarse bajo el rey sólo con motivo de acciones bélicas, de defensa o conquista. La capacidad de cohesión y de reparto, en sus tensiones, se reflejan en "La Ilíada". Aquiles puede apartarse del grupo como reacción al comportamiento de Agamenón, que actúa de modo despótico en el reparto del botín. La cohesión definitiva se produce cuando el conflicto procede de los antagonismos sociales. Ante la presión campesina, los oikoi se juntan en el sinecismo, syn-oik-ismós, unión de oikoi, para crear nuevos organismos de gobierno, de solidaridad aristocrática, para repartirse la arché. El basileus queda integrado en el sistema como archon-basileus, uno más de los arcontes, el encargado de los aspectos religiosos de la actividad común. Los phylobasilei pueden conservar su función militar a la cabeza de la tribu, phylé, pero el poder objetivo se reparte entre los arcontes, símbolo de la solidaridad aristocrática que acumula el poder al tiempo que impide que nadie lo monopolice. Tal es al menos lo que ocurre en muchas ciudades conocidas, aunque en otras, como Corinto, la aristocracia siguió significando el gobierno de una sola familia, los Baquíadas.

Al final de la Edad Oscura ha tenido lugar ya el nacimiento de la civilización griega como cultura capaz de expresarse, aunque sea muy

parcialmente, por escrito. Entre las condiciones necesarias para ello se encuentra tanto la posibilidad objetiva de los griegos de cobrar en contacto con los fenicios como la subjetiva de asimilar y adaptar el correspondiente préstamo exterior. Así, da la impresión de que las diferentes variedades de escritura que se difunden en Grecia al principio de la edad arcaica se derivan de una sola, resultante de los contactos de los griegos asentados en Siria antes del final del siglo VIII. Éstos fueron capaces de difundirla entre varias ciudades de Grecia gracias a sus viajes y al desarrollo de las formas de cambio que también favorecían la difusión del instrumento representado por la escritura, que facilitaba el registro y los cálculos. La tradición que atribuye al legendario Cadmo la introducción del alfabeto sirve de testimonio, tanto para reconocer entre los griegos la conciencia del origen fenicio del mismo como para determinar algunos de los puntos por los que se extendió en primer lugar, Creta, Rodas y las Cícladas, presentes en el recorrido legendario del héroe. Los materiales escritos más antiguos conservados son lógicamente los duros, en que hay huellas de actividades económicas y expresiones de propiedad sobre objetos de uso y prestigio. Ahora bien, también comenzaron a utilizarse materiales blandos, como las pieles, que permitían una mayor agilidad para la redacción, favorecida por el nuevo tipo de escritura, de signos sencillos y de valor multiplicativo, gracias a las posibilidades combinatorias, con valores fonéticos abstractos adaptables a las sílabas. Ahora bien, esto sólo era posible gracias a las modificaciones introducidas en el sistema a través de las vocales y de los sonidos que no existían en la lengua semitica. Por ello, el alfabeto griego fue, a pesar de todo, una creación original, la única que permitió que la tradición oral de ricos matices se plasmara en creaciones literarias duraderas y modélicas, para constituir la base canónica de los instrumentos ideológicos donde se asentaba la nueva sociedad, la que igualmente se ha confinado a lo largo de los siglos oscuros.

La nueva civilización, en su aspecto panhelénico, se manifestaba principalmente a través de los poemas escritos y de los festivales donde, entre otras actividades, se realizaban concursos de aedos que los recitaban, al tiempo que se iban estableciendo los cánones característicos de una cultura atenta a modelos específicos. Según la tradición, el año 776 se inauguraron las Olimpiadas, una vez que se habían reglamentado las formas espontáneas correspondientes a pruebas de iniciación y competiciones por el acceso a distintas formas de realeza. Ahora ya se han establecido calendarios rigurosos y se han reglamentado las pruebas para la participación de individuos de diversa procedencia. Pruebas atléticas y concursos literarios y artísticos se conjugan para llevar a cabo una grandiosa demostración de los aspectos mas significativos de la cultura griega en su renacimiento. Las pruebas se realizan primeramente para celebrar los funerales de los héroes, como Patroclo, en los que, según "La Ilíada", se hacían sacrificios en su honor, incluidos los de prisioneros, al tiempo que los jóvenes participaban en juegos, índice de heroización que beneficiaba a los aristócratas o basilei. El propio Hesíodo asiste en Eubea a los juegos en honor de Anfidamante, para competir con un himno que le dio la victoria y que consagró a las musas del Helicón. Luego, los festivales quedaban consagrados a los dioses, a los que ofrecían sus habilidades los miembros de la comunidad helénica, representados por los miembros de la aristocracia que, para conservar su capacidad de control, se habían integrado en las comunidades concretas en que se fragua la polis. Allí se exhibían realmente los áristoi para consolidar su poder como representantes de una clase privilegiada, heredera de las virtudes de los héroes homéricos y de los basilei de la Edad Oscura.

En la imagen que Grecia ha transmitido de sí misma, es muy difícil prescindir del mito como algo que sirve de punto de referencia

para cualquier aproximación. Literatura y artes plásticas se sirven de la mitología griega para expresar ideas estéticas o para reflejar una determinada concepción del mundo. Que ello sea así encuentra sus fundamentos en los mismos orígenes de la civilización griega, pues sus primeras expresiones tuvieron que ver en gran medida con ese mito. Todo el bagaje cultural recopilado oralmente desde la época en que la actividad predominante era la caza va acumulándose a lo largo de los siglos en un proceso de conservación, cambio y adaptación que lo convierten en un material riquísimo, al tiempo que provisto de una gran complejidad y dificultad de interpretación. Cada cambio deja su huella en un producto vivo de la memoria colectiva, seguramente por su carácter eminentemente oral. Sin embargo, cuando llega el momento de la plasmación por escrito, el mito continúa vivo y el que existan versiones canónicas no impide que los artistas lo usen de manera libre para expresar nuevas preocupaciones relacionadas con nuevos cambios en la marcha del proceso histórico. No obstante, igual que para la épica y para la estructuración del panteón, el momento crítico para la estabilización del mito es la época arcaica en sus orígenes, cuando el final de los siglos oscuros permite arrojar nueva luz sobre el pasado, adaptarlo a las necesidades presentes y encuadrarlo en un conjunto que ofrece los instrumentos para apoyar ideológicamente tanto el panhelenismo como el particularismo de cada una de las entidades que tienden a transformarse en una polis. El período oral, del Paleolítico a la escritura alfabética, se sintetiza en un sistema complejo y polisémico, suficientemente ágil para conservar su vitalidad como instrumento del pensamiento y de las mentalidades los períodos arcaico y clásico de la cultura griega.

La evolución histórica que puede identificarse con el período de la edad oscura significó también en el plano religioso la sistematización de los cultos, en el tránsito de