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Guerras Púnicas, Apuntes de Historia

Asignatura: Historia Antiga Universal, Profesor: , Carrera: Historia, Universidad: USC

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 14/05/2013

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1. Introducción
1.1. Contexto: Antes de las Guerras Púnicas y 1ª Guerra Púnica
La muerte de Alejandro Magno, en el año 323, sin que este contase con un
sucesor claro en edad adulta, supuso la disolución de su vasto imperio. Con el tiempo
surgieron tres importantes dinastías: la de los Ptolomeos en Egipto, la de los seléucidas
en Siria y la mayor parte de Asia, y la del reino de los Antígono en Macedonia, que se
enfrentaron entre si y con varios reinos menores, con ciudades y con ligas de ciudades
que aparecieron en Grecia y Asia Menor.
Las comunidades griegas que ocuparon la mayor parte de Sicilia y del sur de
Italia (conocida como la Magna Grecia) y que se diseminaron por las costas de la
Península Ibérica y del sur de la Galia, en especial la gran ciudad de Massilia
(Marsella), formaban parte del mundo helénico, pero de un mundo políticamente
dividido.
La Península Ibérica fue ocupada en el sur por los iberos; los celtíberos
formados a partir de una mezcla de pueblos peninsulares y un contingente de galos se
hicieron con el norte, y los lusitanos con el oeste. Todos estos pueblos eran
esencialmente organizaciones tribales, aunque fluctuaba el nivel de unidad en la tribu, el
poder de sus líderes y la fuerza de las propias tribus tomadas de forma individual.
Algunos pueblos desarrollaron asentamientos que se parecían ya a las clásicas ciudades-
Estado.1
En el 289 a.C., después de la muerte de Agatocles, los mercenarios campanos y samnitas que
habían dependido de éste, se adueñaron de la ciudad de Mesina, matando a sus habitantes, dividiéndose
sus bienes y dándose el nombre de mamertinos, derivado del nombre osco del dios de la guerra Mamers,
equivalente al Marte de los romanos.
Durante las guerras de Pirro en Sicilia, los mamertinos habían colaborado estrechamente con los
cartagineses. Tras la retirada de Pirro, los mamertinos y los cartagineses quedaron en libertad de extender
su poder. Los mamertinos, más que someter, se dedicaron a saquear las ciudades griegas del área nordeste
de Sicilia. Pero en el 268 a.C. tomó el mando en Siracusa (la única de las ciudades griegas de cierta
importancia) un joven oficial llamado Hierón que dos años después se proclamaría rey. Éste logró
controlar a los mamertinos y obligarlos a replegarse.
En el 264, una parte de los mamertinos pidió ayuda a Cartago, que apostó una guarnición en la
fortaleza de Mesina. Pero otra legación de mamertinos solicitó la ayuda de Roma, ofreciendo a cambio de
ella su propia deditio, es decir, la entrega incondicional de su ciudad. Según Polibio, los romanos
permanecieron durante bastante tiempo sumidos en dudas e indecisiones respecto al asunto de los
mamertinos. No cabía duda de que resultaba absurdo ayudar a una banda de ladrones y asesinos como
eran los mamertinos.
El Senado sentía escrúpulos morales y decidió someter a los comicios la decisión a tomar. Pero
frente a la primera actitud también se configuró la expectativa de que la deditio de los mamertinos podía
significar posteriormente el sometimiento de Siracusa. No hay duda de que el enfrentamiento con Cartago
no se contemplaba.
El objetivo seria exclusivamente atenerse a la solicitud de los mamertinos y el enfrentamiento
con los siracusanos. Esta fue la decisión adoptada. No obstante, contra toda expectativa, esta guerra se
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1 Goldsworthy, Adrian, La caída de Cartago: las Guerras Púnicas, 265-146 a.C.,
Ariel, Barcelona, 2008, pag. 25.
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1. Introducción

1.1. Contexto: Antes de las Guerras Púnicas y 1ª Guerra Púnica

La muerte de Alejandro Magno, en el año 323, sin que este contase con un sucesor claro en edad adulta, supuso la disolución de su vasto imperio. Con el tiempo surgieron tres importantes dinastías: la de los Ptolomeos en Egipto, la de los seléucidas en Siria y la mayor parte de Asia, y la del reino de los Antígono en Macedonia, que se enfrentaron entre si y con varios reinos menores, con ciudades y con ligas de ciudades que aparecieron en Grecia y Asia Menor.

Las comunidades griegas que ocuparon la mayor parte de Sicilia y del sur de Italia (conocida como la Magna Grecia) y que se diseminaron por las costas de la Península Ibérica y del sur de la Galia, en especial la gran ciudad de Massilia (Marsella), formaban parte del mundo helénico, pero de un mundo políticamente dividido.

La Península Ibérica fue ocupada en el sur por los iberos; los celtíberos formados a partir de una mezcla de pueblos peninsulares y un contingente de galos se hicieron con el norte, y los lusitanos con el oeste. Todos estos pueblos eran esencialmente organizaciones tribales, aunque fluctuaba el nivel de unidad en la tribu, el poder de sus líderes y la fuerza de las propias tribus tomadas de forma individual. Algunos pueblos desarrollaron asentamientos que se parecían ya a las clásicas ciudades- Estado.^1

En el 289 a.C., después de la muerte de Agatocles, los mercenarios campanos y samnitas que habían dependido de éste, se adueñaron de la ciudad de Mesina, matando a sus habitantes, dividiéndose sus bienes y dándose el nombre de mamertinos, derivado del nombre osco del dios de la guerra Mamers, equivalente al Marte de los romanos.

Durante las guerras de Pirro en Sicilia, los mamertinos habían colaborado estrechamente con los cartagineses. Tras la retirada de Pirro, los mamertinos y los cartagineses quedaron en libertad de extender su poder. Los mamertinos, más que someter, se dedicaron a saquear las ciudades griegas del área nordeste de Sicilia. Pero en el 268 a.C. tomó el mando en Siracusa (la única de las ciudades griegas de cierta importancia) un joven oficial llamado Hierón que dos años después se proclamaría rey. Éste logró controlar a los mamertinos y obligarlos a replegarse.

En el 264, una parte de los mamertinos pidió ayuda a Cartago, que apostó una guarnición en la fortaleza de Mesina. Pero otra legación de mamertinos solicitó la ayuda de Roma, ofreciendo a cambio de ella su propia deditio , es decir, la entrega incondicional de su ciudad. Según Polibio, los romanos permanecieron durante bastante tiempo sumidos en dudas e indecisiones respecto al asunto de los mamertinos. No cabía duda de que resultaba absurdo ayudar a una banda de ladrones y asesinos como eran los mamertinos.

El Senado sentía escrúpulos morales y decidió someter a los comicios la decisión a tomar. Pero frente a la primera actitud también se configuró la expectativa de que la deditio de los mamertinos podía significar posteriormente el sometimiento de Siracusa. No hay duda de que el enfrentamiento con Cartago no se contemplaba.

El objetivo seria exclusivamente atenerse a la solicitud de los mamertinos y el enfrentamiento con los siracusanos. Esta fue la decisión adoptada. No obstante, contra toda expectativa, esta guerra se

(^1) Goldsworthy, Adrian, La caída de Cartago: las Guerras Púnicas, 265-146 a.C., Ariel, Barcelona, 2008, pag. 25.

prolongó veinticuatro años. Una vez transportadas las tropas romanas desde Reggio a Mesina, la guarnición cartaginesa de la ciudad de Mesina se retiró.

Mientras tanto, se había producido la alianza entre Siracusa y Cartago y ambos ejércitos se dirigieron conjuntamente contra Mesina. La primera fase de las operaciones culminó con la derrota de los siracusanos. Hierón decidió abandonar a los cartagineses y firmó una alianza subordinada con Roma. De hecho se convirtió en un rey vasallo de Roma. Esta alianza duró cincuenta años. La guerra produjo enormes pérdidas en ambos bandos.

Durante la batalla decisiva de Lilibeo en el 241 a.C., unos 300.000 romanos e itálicos perecieron o se ahogaron en el mar. No obstante, Roma logró la victoria frente a Cartago y se vio dueña de la isla. La paz firmada en el 241 a.C. determinaba que Cartago abandonaría la isla comprometiéndose, además, al pago de una desorbitada indemnización bélica. Sicilia pasó a convertirse en provincia romana, gobernada inicialmente por uno de los cuatro quaestores classici creados en el 267 y que pasó a residir en Lilibeo.

A partir del 227 a.C., después de conquistar Cerdeña, fueron creados dos pretores para el gobierno de ambas islas. Cartago sufrió a consecuencia de su derrota una sublevación de los mercenarios mal pagados que el general Amílcar había trasladado de Sicilia a África. Éstos, apoyados por poblaciones tributarias de Cartago, llegaron a amenazar la propia existencia del Estado cartaginés. Sofocada la revuelta, el ejército cartaginés se dirigió a Cerdeña, donde también la guarnición cartaginesa se había sublevado, a fin de poner de nuevo orden en la isla.

La actitud de Roma fue sumamente cínica. Con el pretexto de que la expedición estaba dirigida contra ella misma, amenazó de nuevo con iniciar la guerra. Los cartagineses abandonaron la isla, además de verse obligados a pagar una indemnización de guerra aún más elevada. Esto ocurría en el 237 a.C. y Polibio considera que esta prepotencia de Roma y la humillación sufrida por Cartago, fueron la causa que verdaderamente decidió la Segunda Guerra Púnica. Lo que estaba claro es que primaba la ley del más fuerte y Roma, dado el estado de cosas, era incomparablemente más fuerte que Cartago.

La primera Guerra Púnica fue la primera guerra extra-itálica de Roma. Sin duda la avidez fue un factor decisivo a la hora de pronunciarse la asamblea a su favor.

La acción fue característica y se repetirá durante mucho tiempo: la aristocracia romana no pudo resistir jamás la tentación de intervenir si había oportunidad para ello.^2

1.2. Factores de la 2ª Guerra Púnica

Después de la Primera Guerra Púnica hubo momentos cargados de fuerte tensión, pero las relaciones entre Roma y Cartago no eran del todo hostiles. Se reemprendieron los contactos comerciales, y los mercaderes púnicos constituían una imagen tan familiar en Roma como parece ser que lo eran los latinos en Cartago. Debe haber sido durante estos años cuando se crearon lazos de hospitalidad, aquella característica tan común en las relaciones en el mundo antiguo, uniendo con estrechos vínculos familias aristocráticas romanas y púnicas, o quizás lo que sucedió es que se restablecieron los que habían existido con anterioridad al 265.

La paz firmada en el 241 duro veintitrés años y finalizo cuando Aníbal Barca, el comandante cartaginés de la Península Ibérica, ataco la ciudad de Saguntum, que se hallaba bajo protección romana. Ninguna de las partes puso demasiadas objeciones en ir a la guerra, a pesar del recuerdo de la dureza y los costos que había supuesto la primera contienda.

Probablemente en el 226, Asdrúbal había aceptado las exigencias de los enviados romanos y se mostró de acuerdo en que los cartagineses no cruzarían el río

(^2) Mira Guardiola, Miguel A., Cartago contra Roma: las guerras púnicas, Alderabán, D.L., Madrid, 2008, pags. 41-121.

que regreso a los cuarteles de invierno después de la caída de Sagunto. Es asimismo muy posible que los Comitia centuriata hubieran votado ya a favor de la guerra si los embajadores no conseguían una respuesta satisfactoria de Cartago.

Polibio presento las causas adyacentes al reinicio de las hostilidades y concluyo que existieron tres factores principales. El primero era el rencor o la cólera de Amílcar Barca a finales de la Primera Guerra cuando se vio obligado a rendirse a pesar de no haber sido derrotado en Sicilia. El segundo factor, y mucho mas importante, fue la toma de Cerdeña, en 238, por Roma que actúo sin ninguna clase de escrúpulos, mientras Cartago se tambaleaba aun en medio de la agitación provocada por la revuelta de los mercenarios. Esta humillación no solamente incremento el resentimiento de Amílcar, sino que hizo aumentar el odio hacia Roma de toda la población púnica. Amílcar marcho a la Península Ibérica con el claro objetivo de sentar las bases de un poder que seria utilizado contra Roma, poniendo todo su corazón en la aplicación de un programa expansionista. Los éxitos de su familia en la Península Ibérica constituyeron la tercera causa, puesto que el incremento del poderío cartaginés les animo a creer que ahora eran lo suficientemente fuertes como para derrotar a su viejo rival.

De fundamental importancia es plantearse que esperaban conseguir en la Península Ibérica los cartagineses dirigidos por la familia Bárcida. Se ha creído a menudo que la perdida de los ricos territorios de Sicilia y Cerdeña obligaron a Cartago a buscar recursos en cualquier otra parte, y en este contexto aparecen frecuentemente citadas las minas de plata españolas. En efecto, Amílcar puso algunas de ellas bajo control púnico, y aunque llevo varios años comenzar una explotación efectiva, le permitió a su familia acuñar varias series de monedas con un contenido elevado de plata.

La respuesta de Amílcar a la pregunta de la embajada romana de por qué estaba llevando a cabo tantas guerras de conquista fue la de que necesitaba anexionar tierras para conseguir beneficios, y poder, de esa manera, pagar la deuda generada por la guerra púnica que se debía satisfacer a Roma. Una buena parte de los beneficios procedentes de aquellas exitosas campañas sirvieron para pagar y aumentar el ejército que operaba en la Península Ibérica.

La Península Ibérica entregó a los Bárcidas y, dependiendo de la opinión que se tenga de la independencia del poder de esa familia, también a Cartago, una fuerza militar formidable y la riqueza para mantenerla. Aunque fuera esta fuente la que permitiría a Aníbal seguir la guerra de una manera tan efectiva, eso no significa necesariamente que constituyera la razón de su creación. La empresa ibérica pudo perfectamente haber sido solo un intento de reafirmar de nuevo su independencia. Aunque, para mantener esa opinión, seria necesario creer que el ataque de Aníbal a Sagunto era simplemente una reafirmación del renacimiento del poder púnico, y no iría en ningún caso encaminado a provocar la guerra con Roma.

La Segunda Guerra fue claramente una herencia de la Primera, que había finalizado de pronto con ambas partes extenuadas casi por igual. Los romanos esperaban que sus guerras terminasen después de haber conseguido una victoria absoluta, con el enemigo sin opciones de suponer ya ninguna clase de amenaza y absorbido, por lo general, como aliado subordinado. Cualquiera que fuese la autonomía interna conservada por este, no se le permitía aplicar una política exterior independiente, y aun menos una que entrase en colisión con los intereses de Roma.

Desde la perspectiva cartaginesa, no existía ninguna razón para tener que comportarse como un aliado subordinado a Roma. Su cultura militar era diferente a la de Roma y no esperaba que los resultados de las guerras fueran tan concluyentes. Además de eso, su poder real no se había visto debilitado de una manera tan seria por la derrota en 241 como podría hacer pensar la actitud tomada por los romanos, especialmente una vez que tuvo tiempo de recuperarse del coste de la guerra y de los disturbios provocados por la revuelta de los mercenarios. Cartago era un estado grande y rico, con extensos territorios en África y con un creciente dominio en la Península Ibérica. Ambos estados poseían abundantes recursos para poder hacer la guerra y estaban mutuamente recelosos. En esas circunstancias, la reanudación de las hostilidades parece menos sorprendente.

El deseo cartaginés de reafirmarse de nuevo como potencia independiente era para ellos tan natural como el hecho de que a los romanos les pudiera parecer amenazador. Algunas personalidades debieron desear y planificar la guerra de manera consciente. Aníbal era un joven noble colocado a la cabeza de un poderoso ejército y ya consciente de contar con capacidad para mandarlo. Los autores antiguos explican continuamente que las principales guerras se llevaron a cabo por el vehemente deseo de gloria de reyes, emperadores y príncipes, y seria imprudente ignorar este punto de vista en toda su amplitud.

Es posible que Aníbal hubiera buscado una guerra, y es cierto que la acepto con rapidez y la persiguió con un entusiasmo considerable. También debió haber algunos en Cartago que se opusieron al joven general y que esperaran alcanzar la paz, pero, ciertamente, había una mayoría entre al elite que no encontraba ninguna razón para que el renovado Estado púnico se sometiera a las pretenciosas demandas romanas. Es imposible contestar por el momento si habían estado de acuerdo o no con las actividades de Aníbal, o si incluso las habían ordenado.^3

2. 2ª Guerra Púnica

En este apartado trataremos lo que fue en sí la II Guerra Púnica, pero centrándonos únicamente en aquellos aspectos que afectaron directamente a la Península Ibérica.

Como cuestiones generales y que ya sabemos, cabe recordar que es un conflicto que va desde el 218 a. C hasta el 201 a. C, fecha en la que los cartagineses se rinden, perdiendo como consecuencia todas sus posesiones en la Península Ibérica. Siendo la causa de este conflicto, la toma de Sagunto por parte de los cartagineses.

Debemos destacar que para esta II Guerra Púnica, tanto cartagineses como romanos, tenían la intención de extender el área de conflicto, ya que en la anterior guerra, toda la lucha se había dado prácticamente en Sicilia y sus alrededores, a excepción de la invasión de África, llevada a cabo por Régulo.

España era la base desde la que Aníbal había desencadenado su invasión de Italia, y el miedo a que se repitiese esa expedición fue la causante de la insistencia romana por mantener allí una larga lucha, teniendo como resultado una serie de importantes batallas y acontecimientos que procederemos a exponer.

(^3) Goldsworthy, Adrian, La caída de Cartago: las Guerras Púnicas, 265-146 a.C., Ariel, Barcelona, 2008, pags. 169-177.

hermanos, tomaron la ofensiva y se decidieron a cruzar el Ebro en dirección a Sagunto, la cual conquistaron gracias a la traición a los cartagineses llevada a cabo por Abilyx, el cual creyó que en ese momento la mejor opción era unirse a Roma.

A finales de 216 o principios de 215, Asdrúbal tras recibir refuerzos, se decidió a unirse a su hermano en Italia, algo que los romanos no podían permitir, a pesar de que las fuerzas estaban igualadas, tras una serie de problemas internos en el bando cartaginés, los romanos consiguieron una nueva victoria, arrasando y saqueando posteriormente el campamento enemigo, terminado así con la amenaza de una segunda invasión de Italia, con el consiguiente convencimiento de las tribus de la península de la fortaleza de Roma, buscando su alianza. Como consecuencia, el reforzamiento de tropas cartaginesas, se tuvo que hacer a costa de tropas que estaban destinadas a Italia, y a pesar de contar con un gran número de soldados, tuvieron que hacer frente a numerosas rebeliones, ya no solo en el territorio español^6 , sino que también en África, donde tuvieron que reprimir un levantamiento del rey númida, Syphax^7. Por todos estos motivos, el avance romano fue muy rápido durante los años siguientes, teniendo su principal área de influencia se situaba en el norte. En el 211, comenzaron a cambiar las cosas para los cartagineses, ya que consiguieron vencer a Cneo y a Publio, pero por separado. Dos ejércitos púnicos, mandados por Magón Barca y Asdrúbal Gisgo, habían conseguido reunirse, mientras que Asdrúbal Barca se encontraba más próximo a los romanos.

Los hermanos romanos con la ayuda de veinte mil aliados celtíberos o mercenarios, se vieron lo suficientemente fuertes para derrotar a los tres grupos cartagineses a la vez, pero, Publio tomó una decisión, a la postre, fatídica. Decidió mandar a dos tercios del ejército a enfrentarse a Magón y Gisgo, y con el tercio restante, más los celtíberos, iría su hermano contra Asdrúbal Barca. Éste sobornó a los celtíberos para que regresaran a sus tierras, como así hicieron, abandonando a los romanos, teniendo Cneo que retirarse lo más rápido posible. Para entonces su hermano ya había sufrido un verdadero desastre, yendo todo de mal en peor, obligado a hacer incursiones nocturnas para evitar la llegada de refuerzos cartagineses, pero finalmente murió en batalla y una vez que se extendió el mensaje de su muerte, el ejército romano se descompuso por completo, facilitando el trabajo a los cartagineses. En su escapada Cneo, también se fue encontrando un problema tras otro, sufriendo una serie de ataques en los movimientos de repliegue, hasta que fueron interceptados y arrollados.

Esto supuso un gran cambio, y todos aquellos que eran aliados de Roma, pasaron a aliarse con los cartagineses 8. En menos de un mes los cartagineses habían aplastado a los ejércitos romanos, que consiguieron salvar algunos territorios al norte del Ebro, gracias a la acción de Lucio Marcio, que reunió los restos de los ejércitos de ambos hermanos, pero no debemos olvidarnos, de que otro factor importante fue que los cartagineses se dispersaron para volver a tomar el control sobre el resto de la península.

Como acabamos de comprobar, Lucio Marcio, fue el líder elegido por los soldados y éste se nombró a sí mismo, “propetor”. Escribió al Senado, solicitando suministros de alimentos y ropa, además de informar de sus actividades, pero el hecho de haber adoptado un título de magistrado había constituido una ofensa considerable, así que a finales de 211, enviaron a Cayo Claudio Nerón, junto a doce mil hombres de a

(^6) Provocados por Roma mediante sobornos. (^7) Que había negociado con Cneo y Publio. (^8) Vemos el cambio continuo de alianzas de las tribus españolas.

pie. Al año siguiente fue sustituido por Publio Cornelio Escipión^9 , consiguiendo al final de su mandato que los cartagineses fueran completamente expulsados de la provincia.

2.2. 210-205: Llegada de Escipión El Africano y Victoria Final

Romana

Escipión Africano fue una de las figuras más carismáticas con que contaron los romanes durante las Guerras Púnicas, “en muchos aspectos se ajustaba al ideal del joven genio militar que ha hecho mucho por dar forma a la idea de heroísmo desde Alejandro Magno”^10. Éste se llevó consigo a España un refuerzo mayor, formado por diez mil hombres de infantería y probablemente algo de caballería, aumentando el ejército romano en la península a veintiocho mil soldados a pie y tres mil jinetes, sin embargo el total suponía apenas el número de hombres con que contaba cualquiera de los tres ejércitos que mantenían los cartagineses.

Desembarcó en España, concretamente en Ampurias en el 210, concentrando sus fuerzas en Tarraco, pasando allí el invierno y negociando con los caudillos españoles, además de recaudar la información necesaria para preparar con detenimiento su plan de ataque.

A pesar de la dispersión de los ejércitos cartagineses; Asdrúbal en Toledo, Magón en Gibraltar y Asdrúbal Gisgo con los lusitanos, Escipión no tenía la seguridad de poder enfrentarse a uno de ellos con la suficiente rapidez para evitar la llegada de refuerzos cartagineses. De este modo y gracias a la información suministrada por los comerciantes pescadores de Tarraco, se decidió a atacar la ciudad de Cartago Nova.

Los preparativos de Escipión fueron cuidadosos y completos, pero tanto esto como su éxito final no deberían ocultar la gran audacia y elevados riesgos de la operación. Manteniendo en secreto su destino, dirigió a veinticinco mil hombres de a pie y a dos mil quinientos jinetes en campaña a la primavera siguiente, mientras que su amigo Gayo Lelio, condujo la flota siguiendo la costa hacia Cartago Nova. Escipión levantó un campamento pero no hizo ningún intento por rodear la ciudad mediante un muro de circunvalación, posteriormente reunió a las tropas y explicó los motivos de la toma de la ciudad y prometió enormes recompensas en caso de éxito.

A pesar de tener todo bastante planeado, los primeros ataques fueron infructuosos, ya que ni el ataque marítimo a la muralla había tenido mucha eficacia, ni el grupo situado en la puerta principal consiguió avanzar mucho* (ocupando una posición más retrasada de lo normal por orden de Escipión). Por lo que los romanos se retiraron, pero lejos de esperar unos días, lo normal para dejar descansar las tropas, reanudaron sus ataques al poco tiempo^11 y aprovecharon la información de los comerciantes de Tarraco para colocar en un lateral de la ciudad, un destacamento de quinientos hombres, que atacarían la muralla al descender el nivel de agua de la laguna

(^9) Conocido como El Africano. (^10) Goldsworthy, A., Las guerras púnicas, Ed. Ariel, Barcelona, 2002. (^11) Para evitar la llegada del ejército púnico.

El primer ataque lo llevó a cabo el bando cartaginés en un intento de coger desprevenido, pero aquí comprobamos una vez más que Escipión era un gran estratega, dado que esto ya lo suponía y acabó con facilidad con dicho ataque, levantando la moral del ejército romano, un ejército que contaba con cuarenta y cinco mil hombres de infantería y tres mil jinetes.

Tras días sin acontecer nada anómalo, Escipión volvió a jugar sus bazas de estratega y ordenó a su ejército que comieran más pronto de lo normal y salieran al amanecer al día siguiente sorprendiendo al rival.

Pero además cambió la disposición de sus tropas y realizó una variante del método normal romano del despliegue de un ejército, pero nunca antes había sido ejecutada tan cerca de un enemigo ya formado. Sin embargo, Asdrúbal Gisgo, no podía hacer nada, ya que hiciera lo que hiciera, parte de su ejército quedaría al descubierto.

A lo largo del día se iba notando la falta de fuerzas en el bando cartaginés debido al hambre, por lo que poco a poco fueron retrocediendo, pero aún haciendo frente al enemigo, entonces aumentó la presión romana y cuando los romanos se lanzaron definitivamente hacia delante, los adversarios se hundieron y huyeron. Después de pasar una noche desastrosa bajo la lluvia, Asdrúbal se encontró al día siguiente que los contingentes españoles le estaban abandonando y al advertir que no contaba con ninguna posibilidad de continuar la lucha, ordenó la retirada. Abandonado por sus líderes, el ejército púnico en España se disolvió, al tiempo que las tribus españolas se reunieron a fin de comprometerse a una alianza con Escipión.

Más o menos por esta época, Escipión cayó enfermo de gravedad y rápidamente se extendió el rumor de su muerte entre las tribus. Indíbil, poderoso caudillo de los ilergetes, vio aquí una oportunidad para la rebelión y lanzó un llamamiento y reunió a numerosos guerreros íberos y celtíberos, dirigiéndolos en ataques sorpresa contra los aliados de Roma. De manera simultánea, se amotinó una fuerza de ocho mil soldados romanos que estaban de guarnición en la ciudad de Sucro, quejándose de que les debían la paga desde bastante tiempo atrás y que deseaban volver a hacer campaña con la promesa de botín o regresar a casa y que les licenciaran. No obstante, la mayoría de los amotinamientos militares que se han dado a lo largo de la historia han ocurrido cuando las tropas estaban inactivas, en este caso, los cabecillas fueron ejecutados y al tiempo que a los demás se les satisfacía la paga, se les sujetaba de nuevo a una férrea disciplina y se les obligaba a renovar su juramento ante un comandante que en ese momento se hallaba ya recuperado de su enfermedad.

Entonces, Escipión dirigió el grueso de su ejército a luchar contra Indíbil, derrotándole en un encuentro en el que las tropas romanas mostraron gran capacidad de maniobra y el comandante su habilidad para dictar cómo debía librarse la batalla, sin embargo Indíbil huyó, aunque lo mataron cuando volvió a rebelarse una vez más después de que Escipión hubiera dejado finalmente la provincia.

Finalmente con la marcha de Magón a Italia, abandonó a su suerte Gades, rindiéndose poco después de su partida, dándose fin así a varios cientos de años de presencia cartaginesa en España. Escipión regresó a Italia para presentar su informe, siendo saludado por el Senado que le recibió reunido a las afueras de Roma, aunque, como nunca había obtenido una magistratura se le denegó el triunfo.

Poco después de marchar Escipión comenzaron a aparecer revueltas en España, demostrando una vez más la particular naturaleza de la lealtad de los caudillos y las tribus; pero éste tenía ya la vista puesta mucho más allá.

Después de esto, no hay grandes acontecimientos en España, finalmente hay que recordar que en el 201, Asdrúbal se rindió aceptando las condiciones que propuso Roma, acabando así la II Guerra Púnica.

3. Consecuencias

3.1. Resultado de las Guerras Púnicas

Podemos establecer que la culminación de la Segunda Guerra Púnica en el 201 a.C. vendría dada por la primera y última derrota de Aníbal frente a Escipión en la batalla de Zama (202 a.C.). Las condiciones de paz eran desmesuradas: Cartago debe ceder cien rehenes elegidos por los romanos; todos los prisioneros romanos, desertores y esclavos fugados, todas las tierras conquistadas, todas las naves de guerra menos diez, todos los elefantes de guerra, doscientos talentos de plata cada año, que se pagarán a Roma durante los próximos cincuenta años, todo el control sobre los pueblos vecinos de África y Cartago nunca podrá hacer la guerra sin permiso de Roma, y deberá ayudar a Roma siempre que ésta lo requiera. Si mantienen esas condiciones, la gente de Cartago podrá vivir libremente bajo sus propias leyes.

Como vemos este tratado es muy abusivo y coartador sobre los cartagineses. Lo que más choca es que Cartago tuvo que prometer que nunca volvería a levantar un ejército o una marina y que siempre obedecería las órdenes de Roma. Lo que se viene a decir es que Cartago nunca podría ser fuerte, ni siquiera buscar aliados, a menos que Roma le diese permiso para ello.

Los romanos seguían algo nerviosos porque Aníbal todavía seguía con vida y se comenzaba a convertirse en un hombre importante dentro del gobierno cartaginés. En el 195 a.C. los romanos enviaron unos mensajeros para que arrestaran a Aníbal y lo llevaran a Roma. Aníbal huyó y decidió envenenarse. Catón seguía queriendo venganza, y cuando hablaba en el Senado, cualquiera que fuese el tema que se discutía, siempre terminaba con tres palabras “ Delenda est Carthago” (Cartago debe ser destruida). El odio de los romanos por Cartago no podía desvanecerse. Más de cincuenta años después de la Segunda Guerra Púnica, Roma inició un nuevo conflicto. Cartago intentó complacer a Roma cediendo en todos los puntos, pero los romanos ponían más y más exigencias hasta que los cartagineses no tuvieron más remedio que luchar. Todo esto desembocó en la Tercera Guerra Púnica que culminaría con la toma y destrucción de Cartago.

Tras vencer a los cartagineses en las Guerras Púnicas, Roma inició su hegemonía en los territorios peninsulares, que recibieron el nombre de Hispania. El proceso de romanización de las nuevas provincias fue fundamental en la configuración del Imperio romano. Además de sus formas políticas, sociales, institucionales, religiosas y culturales, Roma dotó a sus dependencias territoriales de construcciones de todo tipo, entre las que destacaban las referidas a obras públicas.^13

3.3. El Gran Enigma: ¿Por qué Aníbal no pudo acabar con

Roma?

(^13) Cairns, Trevor, Los Romanos y su Imperio, Madrid, Akal, 1990.

Después de derrotar a Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal, en la desembocadura del Ebro en el 216 a.C., los ejércitos romanos se adentran hacia el levante conquistando Sagunto, aunque son derrotados en el año 212 a.C. por los cartagineses. A esta región del valle del Ebro tardarán varios años en llegar. Publio Cornelio Escipión es enviado a España en el año 210 a.C. estableciendo alianzas con varios pueblos indígenas, entre ellos los ilergetes. Cartago Nova la capital cartaginesa caía en poder de los romanos en el año 209 a.C., un año después, Asdrúbal Barca era derrotado a la entrada de Andalucía. Asdrúbal se trasladó a Italia en auxilio de su hermano Aníbal, circunstancia que aprovecharon los romanos para comenzar la conquista de Andalucía. Publio Cornelio fundó en el año 206 a.C. la ciudad de Itálica, tomando este mismo año Gadir, último bastión cartaginés, con lo que puso fin al dominio púnico en la península.

Vencido el enemigo más fuerte, comenzó la conquista de toda Hispania por los romanos. En unos años el resto de pueblos indígenas, incluidos los que he citado ampliamente al hablar de las diversas culturas de esta región media del Ebro, fueron cayendo paulatinamente bajo el dominio romano,156 aunque alguno de ellos presentó gran resistencia. En el año 197 a.C. España fue dividida en dos provincias: la Citerior que comprendía las tierras del valle del Ebro desde las orillas del río Aragón hasta las costas mediterráneas orientales, y la Ulterior, en la que se incluían las tierras béticas y el valle del Guadalquivir.^15

3.4. Situación de la Península Ibérica tras la Segunda Guerra

Púnica

La Segunda Guerra Púnica termina con la victoria de Roma sobre los Cartagineses, pero en la Península, ya desde el año 206 a.C. estos habían perdido su control del territorio y comenzó la era del dominio romano sobre la denominada Hispania. Las duras condiciones impuestas por roma a Cartago marcaron el fin de una época y el comienzo de la siguiente.

La primera se trataba de la renuncia por parte de Cartago a todas las posesiones ubicadas fuera del continente africano. La segunda fue que Roma impuso la prohibición de declarar nuevas guerras sin su permiso y la obligación de entregar toda la flota militar. Además Cartago tuvo que reconocer a Masinissa como rey de Numidia y aceptar las fronteras entre Numidia y Cartago que este determinase, el pago de 10. talentos de plata a roma, y no impedir el mantenimiento de las tropas romanas de ocupación en África durante tres meses.

3.2.1. La Pérdida de la Autonomía de los Pueblos Hispanos: La

Dependencia de Roma

Métodos de Control y de Aplicación de la Conquista

Desde el fin de la II Guerra Púnica, Roma siguió enviando dos legiones con sus correspondientes tropas auxiliares a la Península.

La primera mitad del siglo II a.C. estuvo marcada por dos líneas de actuación: por una parte, el ejército romano se empleó a fondo para terminar de sofocar cualquier

(^15) Cairns, Trevor, Los Romanos y su Imperio, Madrid, Akal, 1990.

intento de autonomía de las poblaciones recientemente conquistadas, operación que fue acompañada del sometimiento de nuevos pueblos mediante campañas militares fuertemente abusivas.

La Administración de los Territorios Conquistados: Las Nuevas Provincias

Con el término provincia se aludía a la esfera de competencias de un magistrado romano, elegido en la asamblea del pueblo para un mandato anual junto con, al menos, otro magistrado de igual título y rango para responder a los otros principios de la necesaria colegialidad y del derecho al veto que cada magistrado tenía sobre las decisiones de su colega.

Desde el fin de la II Guerra Púnica en Hispania hasta el año 197 a.C., Roma actuó como si los nuevos territorios constituyeran dos provincias y siguió enviando dos legiones al mando de consulares. A partir del 197 a.C., esa política de facto tomó forma constitucional, pues los responsables de esas legiones recibieron el título de pretores y el territorio conquistado se dividió en dos provincias.

Terror, Abuso y Sometimiento de la Población Indígena

Roma desde el principio preparó su administración y sus recursos para poder dar una rápida respuesta militar a cualquier problema que surgiera en sus recién adquiridos territorios. Disponía principalmente de dos mecanismos; ampliar los contingentes de tropas de cada legión, o bien enviar a uno de sus dos cónsules, además de a los dos proetores ya que los cónsules tenían mando sobre dos legiones. Este mecanismo fue puesto en marcha en el año 195 a.C. cuando el Senado romano se propuso pacificar definitivamente a los territorios recién conquistados. Se nombrados nuevos pretores ese año y M. Porcio Catón obtuvo el poder consular.

La campaña de Catón está poblada de intervenciones contra comunidades indígenas rebeladas, que vieron cómo sus ciudades eran destruidas y sus poblaciones masacradas o vendidas en los mercados de esclavos. Como por ejemplo; después de una dura represión contra los bergistanos, Catón mandó que todos fueran vendidos en subasta, según Livio (34, 17).

En sólo un año, Catón eliminó toda la resistencia de los pueblos situados entre el Ebro y los Pirineos, sofocó las revueltas de los pueblos turdetanos e hizo una primera incursión a lo largo de todos los pueblos que limitaban por el interior con los dominios romanos.

La arrogancia de Catón queda reflejada en el ultimátum enviado a los celtíberos cuando éstos ayudaban militarmente a los turdetanos; podían tomar tres opciones: luchar junto a los romanos por el doble de sueldo, volver a sus casas sin ser molestados y, si querían la guerra, que indicaran día y lugar.

Según Livio (Livio. 34, 17:34, 19) Catón sometió a 400 ciudades al norte del Guadalquivir, entendiendo por ciudad los caseríos, aldeas, castros y cualquier otro núcleo de población.

Catón simboliza el imperialismo militar romano, sin embargo sus contemporáneos enviados desde roma “pacificaban” los territorios con métodos similares; la península fue objeto de saqueo sistemático.

«Mientras estas cosas ocurrían en Italia, Cn. Cornelio Escipión, enviado a Hispania con una escuadra y un ejército, zarpó de las bocas del Ródano y doblando los montes Pirineos abordó en Ampurias. Desembarcó allí el ejército, y empezando por los lacetanos, sometió a Roma toda la costa hasta el Ebro, unas veces renovando alianzas, otras estableciéndolas.» (Tito Livio, Ab urbe condita, XXI. 60, 1-3.).

Sagunto

Esta ciudad ibero-edetana era conocida como Arse, pero con el tiempo daría lugar a la ciudad hispanorromana Saguntum. La ciudad ibero-edetana fue asediada por el general Aníbal en el año 219 a. C. debido a su situación estratégica iniciándose a raíz de esa situación la Segunda Guerra Púnica entre Cartago y la república de Roma. Sagunto luchó contra Anival y pidió ayuda a Roma.

Ampurias y Sabunto fueron dos puntos importantes para la guerra, y ambos apoyaron a Roma, por ello, ambas fueron declaradas ciudades independientes y aliadas de la república, en reconocimiento a su alianza. Con el tiempo terminarán pasando a formar parte del imperio igualmente.

Ciudades Federadas

Hubo un grupo de ciudades que colaboraron abiertamente con Roma, como Malaca (Málaga). Sin embargo en la mayoría de los casos fue un apoyo tardío, o incluso apoyaron a roma tras ser sobornadas, o simplemente para librarse del poder cartaginés. Roma no les dio el estatus de ciudad libres, sin embargo tendrían cierto trato de favor. Recibían la categoría de ciudades federadas en un régimen de aparente igualdad con Roma, aunque también obligadas a contribuciones con hombres y con dinero siempre que lo necesitase el Estado romano.

Ciudades Estilo Romano: Itálica

Hasta el momento, en la Península, Roma conquistaba ciudades y las convertía en romanas. Sin embargo hubo una nueva iniciativa, la fundación de ciudades de corte romano. Más adelante esta práctica se extenderá, pero Itálica, situada al sur de la península es un ejemplo de los inicios de esta costumbre. En su origen tenían función militar, y por ello su planta original era de tipo campamental (hipodámico).

4. Bibliografía

  • Goldsworthy, Adrian, La caída de Cartago: las Guerras Púnicas, 265-146 a.C. , Ariel, Barcelona, 2008.
  • Goldsworthy, Adrian, Las Guerras púnicas , Ariel, Barcelona, 2002.
  • Mira Guardiola, Miguel A., Cartago contra Roma: las guerras púnicas , Alderabán, D.L., Madrid, 2008.
  • Bagnall, Nigel, The Punic Wars: Rome, Carthage and the struggle for the Mediterranean , Pimlico, Londres, 1999.
  • Cairns, Trevor, Los Romanos y su Imperio , Madrid, Akal, 1990.