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Orientación Universidad
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Hiroshima libro géneros periodísticos, Apuntes de Enfermería

Asignatura: Generos periodisticos, Profesor: Mercedes del Hoyo, Carrera: Enfermería, Universidad: Nebrija

Tipo: Apuntes

2012/2013

Subido el 13/12/2013

domin10
domin10 🇪🇸

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tr. de G. Belmont Hersey’s Hiroshima tr. de J. G. Vásquez tr. de A. T. Weyland
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Hiroshima by John Hersey
Penguin, London, 1986
I A Noiseless Flash
A EXACTLY fifteen minutes past
eight in the morning, on August 6,
1945, Japanese time, at the moment
when the atomic bomb flashed above
Hiroshima, Miss Toshiko Sasaki, a
clerk in the personnel department of
the East Asia Tin Works, had just sat
down at her place in the plant office
and was turning her head to speak to
the girl at the next desk. At that same
moment, Dr. Masakazu Fujii was set-
tling down cross-legged to read the
Osaka Asahi on the porch of his pri-
vate hospital, overhanging one of the
seven deltaic rivers which divide
Hiroshima; Mrs. Hatsuyo Nakamura,
a tailor’s widow, stood by the window
of her kitchen, watching a neighbor
tearing down his house because it lay
in the path of an air-raid-defense fire
lane; Father Wilhelm Kleinsorge, a
German priest of the Society of Jesus,
reclined in his underwear on a cot on
the top floor of his order’s three-story
ission [3] house, reading a Jesuit
magazine, Stimmen der Zeit; Dr.
Terufumi Sasaki, a young member of
the surgical staff of the city’s large,
modern Red Cross Hospital, walked
along one of the hospital corridors
with a blood specimen for a Wasser-
mann test in his hand; and the Rever-
end Mr. Kiyoshi Tanimoto, pastor of
the Hiroshima Methodist Church,
paused at the door of a rich man’s
house in Koi, the city’s western sub-
urb, and prepared to unload a handcart
full of things he had evacuated from
town in fear of the massive B-29 raid
which everyone expected Hiroshima to
suffer. A hundred thousand people
were killed by the atomic bomb, and these
six were among the survivors. They still
wonder why they lived when so many oth-
ers died. Each of them counts many small
items of chance or volition —a, step
taken in time, a decision to go indoors,
catching one streetcar instead of the
next—that spared him. And now each
knows that in the act of survival he lived
a dozen lives and saw more death than
he ever thought he would see. At the time,
none of them knew anything.
THE Reverend Mr. Tanimoto got
up at five o’clock that morning. He
was alone in the parsonage, because
for some time his wife had been com-
muting with their year-old baby to
HIROSHIMA de John Hersey
t
rad. de Juan Gabriel Vásquez
Turner, Madrid, 2002
I
UN RESPLANDOR SILENCIOSO
Exactamente a las ocho y quince mi-
nutos de la mañana, hora japonesa, el 6
de agosto de 1945, en el momento en que
la bomba atómica relampagueó sobre
Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki,
empleada del departamento de personal de
la Fábrica Oriental de Estaño, acababa de
ocupar su puesto en la oficina de planta y
estaba girando la cabeza para hablar con
la chica del escritorio vecino. En ese mis-
mo instante, el doctor Masakazu Fujii se
acomodaba con las piernas cruzadas para
leer el Asahi de Osaka en el porche de su
hospital privado, suspendido sobre uno
de los siete ríos del delta que divide
Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura,
viuda de un sastre, estaba de pie junto a la
ventana de su cocina observando a un ve-
cino derribar su casa porque obstruía el
carril cortafuego_____________________;
el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote
alemán de la Compañía de Jesús, estaba
recostado —en ropa interior y sobre un
catre, en el último piso de los tres que te-
nía la misión de su orden—, leyendo una
revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doc-
tor Terufumi Sasaki, un joven miembro
del personal quirúrgico del moderno hos-
pital de la Cruz Roja, caminaba por uno
de los corredores del hospital, llevando en
la mano una muestra de sangre para un
test de Wasserman; y el reverendo Kiyoshi
Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista
de Hiroshima, se había detenido frente a
la casa de un hombre rico en Koi, subur-
bio occidental de la ciudad, y se prepara-
ba para descargar una carretilla [9] llena
de cosas que había evacuado por miedo al
bombardeo de los B-29 que, según supo-
nían todos, pronto sufriría Hiroshima. La
bomba atómica mató a cien mil perso-
nas, y estas seis estuvieron entre los so-
brevivientes. Todavía se preguntan por
qué sobrevivieron si murieron tantos
otros. Cada uno enumera muchos peque-
ños factores de suerte o voluntad —un
paso dado a tiempo, la decisión de entrar,
haber tomado un tranvía en vez de otro—
que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe
que en el acto de sobrevivir vivió una do-
cena de vidas y vio más muertes de las que
nunca pensó que vería. En aquel momen-
to, ninguno sabía nada.
El reverendo Tanimoto se levantó a
las cinco en punto esa mañana. Estaba
solo en la parroquia porque hacía un
tiempo que su esposa, con su bebé re-
cién nacido, tomaba el tren después del
HIROSHIMA de John H.ersey
trad. de ANA TERESA WEYLAND
Los libros del mirasol, Argentina, 1962
Compañía General Fabril, Editora, S.A.
I.
EL RELÁMPAGO SILENCIOSO
Exactamente a las ocho y quince de la
mañana, el 6 de agosto de 1945, hora japo-
nesa, en el momento en que la bomba ató-
mica fue arrojada sobre Hiroshima, la se-
ñorita Toshiko Sasaki, empleada del depar-
tamento de personal de la Compañía
Hojalatera del Asia Oriental, acababa de
sentarse ante su escritorio de la oficina y
estaba volviendo la cabeza para hablar con
la muchacha del escritorio vecino. En el
mismo momento, el doctor Masakazu Fujii
cruzaba las piernas disponiéndose a leer
el Asahi de Osaka en el porche de su
clínica privada, a las márgenes de uno
de los siete ríos que dividen Hiroshima;
la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de
un sastre, estaba ante la ventana de su
cocina, observando cómo el vecino de-
molía su casa por estar situada en el
sendero del campo de defensa antiaérea; el pa-
dre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán
de la Compañía de Jesús, se recostaba, ves-
tido con ropa interior, en la parte superior
del edificio de tres pisos que ocupaba la
misión, para leer un periódico jesuita:
Stimmen der Zeit; el doctor Terufumi Sasaki,
joven miembro del cuerpo de cirujanos del
amplio y moderno Hospital de la Cruz Roja
de la ciudad, atravesaba uno de los corredo-
res del mismo con una muestra de sangre en
la mano para hacer una reacción de
Wassermann; y el reverendo Kiyoshi
Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de
Hiroshima, se detenía ante la puerta de un
rico vecino de Koi, el suburbio occidental
de la ciudad, para descargar una carretilla
llena de cosas que había evacuado de la ciu-
dad, por temor a las inmensas escuadrillas
de B-29 que todo el mundo esperaba ver lle-
gar sobre Hiroshima. Cien mil personas
murieron como consecuencia de la bomba
atómica, y estas seis quedaron entre los so-
bre [13] vivientes. Todavía se preguntan por
qué viven mientras tantos otros murieron.
Cada uno de ellos posee una pequeña justi-
ficación referida a la suerte o a la voluntad
— un paso dado a tiempo, una decisión de
entrar en un edificio, haber tomado un vehí-
culo en vez de otro — que lo salvó. Y ahora
cada uno sabe que en el acto de sobrevivir
vivió una docena de vidas y vio más muerte
de la que jamás pensó ver. Pero en el mo-
mento, ninguno sabía nada.
El reverendo Tanimoto se levantó a
las cinco de la mañana. Estaba solo en
la rectoría, porque desde hacía un tiem-
po su esposa y su hijito de un año se
alojaban por las noches en casa de unos
Hiroshima de John Hersey
trad. Georges Belmont
Robert Laffont, MCMXLVII
40e édition, Robert Lafont, Paris.
No 235.
UN ÉCLAIR SILENCIEUX
HUIT HEURES QUINZE exacte-
ment (heure japonaise), le 6 août
1945, à l’instant même où la bombe
atomique fulgura sur Hiroshima,
Mlle Toshiko Sasaki, secrétaire au
service du personnel de la East Asia
Tin Works, venait justement de prendre
place à son bureau et tournait la tête pour
dire quelques mots à sa voisine. Au même
moment, tenant à la main le journal Asahi,
d’Osaka, qu’il s’apprêtait à lire, le docteur
Masakazu Fujii allait s’asseoir, jambes croi-
sées sous lui, sur la [7] [8] terrasse de sa
clinique privée, surplombant l’un des
sept bras du delta. qui divise la ville;
Mme Hatsuyo Nakamgaira, la veuve
d’un tailleur, regardait de la fenêtre de sa
cuisine un voisin occupé à tirer bas sa bicoque
qui se trouvait dans le chemin d’une avenue
pare-feu, trace par la défense passive; le Père
Wilhelm Kleinsorge, Allemand et prêtre de la
Société de Jésus, reposait, en maillot de corps
et caleçon, sur un petit lit au troisième et der-
nier étage de la maison des missionnaires de
son ordre, absorbé dans la lecture d’une revue
jésuite, Stimmen der Zeit; le docteur Terufumi
Sasaki, l’un des jeunes membres du personnel
chirurgical du vaste et moderne hôpital muni-
cipal de la Croixrouge, parcourait un couloir de cet
établissement, entre les doigts une éprouvette con-
tenant un peu de sang d’un malade, en prévision
d’une réaction de Wassermann; et le Révérend
Kiyoshi Tanimoto, pasteur de l’église méthodiste
de Hiroshima, s’arrêtait au seuil d’une villa
luxueuse de Koï, faubourg occidental de la ville,
et se préparait à décharger une pleine charrette à
bras de meubles et d’effets évacués du centre de
la cité, dans la crainte du raid massif et dévasta-
teur de B-29 que tout [9] le monde, à Hiroshima,
tenait pour imminent. La bombe atomique devait
faire cent mille victimes et les six personnes en
question furent parmi les survivants. Elles en sont
encore à se demander, non sans stupeur, pourquoi
elles furent épargnées, quand tant d’autres périrent.
Chacune d’elles compte à son actif plus d’un menu
hasard, plus d’une infime volonté - démarche faite à
temps, décision de rentrer chez soi mise à exécution,
fait d’avoir pris un tram au lieu d’attendre le suivant -
auxquels elle dut d’être sauvé
e.
Et chacune d’elles aussi,
sait aujourd’hui que d’avoir échappé au désastre lui valut de vi-
vre, dans l’instant même de son salut, une douzaine de vies et de
voir la mort d’infiniment plus près qu’elle ne l’eût jamais cru. Sur
le moment, aucune d’elles n’eut conscience de quoi que ce fût.
Le Révérend Tanimoto s’était levé, ce
matin-là, à cinq heures. Il était seul dans
le presbytère ; depuis quelque temps, sa
femme, avec leur bébé d’un an, s’en al-
lait [10] tous les soirs passer la nuit chez
Xel sendero de la defensa de incursiones aéreas
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Hiroshima by John Hersey

Penguin, London, 1986

I A Noiseless Flash

A EXACTLY fifteen minutes past eight in the morning, on August 6, 1945, Japanese time, at the moment when the atomic bomb flashed above Hiroshima, Miss Toshiko Sasaki, a clerk in the personnel department of the East Asia Tin Works, had just sat down at her place in the plant office and was turning her head to speak to the girl at the next desk. At that same moment, Dr. Masakazu Fujii was set- tling down cross-legged to read the Osaka Asahi on the porch of his pri- vate hospital, overhanging one of the seven deltaic rivers which divide Hiroshima; Mrs. Hatsuyo Nakamura, a tailor’s widow, stood by the window of her kitchen, watching a neighbor tearing down his house because it lay in the path of an air-raid-defense fire lane; Father Wilhelm Kleinsorge, a German priest of the Society of Jesus, reclined in his underwear on a cot on the top floor of his order’s three-story ission [3] house, reading a Jesuit magazine, Stimmen der Zeit; Dr. Terufumi Sasaki, a young member of the surgical staff of the city’s large, modern Red Cross Hospital, walked along one of the hospital corridors with a blood specimen for a Wasser- mann test in his hand; and the Rever- end Mr. Kiyoshi Tanimoto, pastor of the Hiroshima Methodist Church, paused at the door of a rich man’s house in Koi, the city’s western sub- urb, and prepared to unload a handcart full of things he had evacuated from town in fear of the massive B-29 raid which everyone expected Hiroshima to suffer. A hundred thousand people were killed by the atomic bomb, and these six were among the survivors. They still wonder why they lived when so many oth- ers died. Each of them counts many small items of chance or volition —a, step taken in time, a decision to go indoors, catching one streetcar instead of the next— that spared him. And now each knows that in the act of survival he lived a dozen lives and saw more death than he ever thought he would see. At the time, none of them knew anything.

THE Reverend Mr. Tanimoto got up at five o’clock that morning. He was alone in the parsonage, because for some time his wife had been com- muting with their year-old baby to

HIROSHIMA de John Hersey t rad. de Juan Gabriel Vásquez

Turner, Madrid, 2002

I

UN RESPLANDOR SILENCIOSO

Exactamente a las ocho y quince mi- nutos de la mañana, hora japonesa, el 6 de agosto de 1945, en el momento en que la bomba atómica relampagueó sobre Hiroshima, la señorita Toshiko Sasaki, empleada del departamento de personal de la Fábrica Oriental de Estaño , acababa de ocupar su puesto en la oficina de planta y estaba girando la cabeza para hablar con la chica del escritorio vecino. En ese mis- mo instante, el doctor Masakazu Fujii se acomodaba con las piernas cruzadas para leer el Asahi de Osaka en el porche de su hospital privado, suspendido sobre uno de los siete ríos del delta que divide Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba de pie junto a la ventana de su cocina observando a un ve- cino derribar su casa porque obstruía el carril cortafuego_____________________; el padre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, estaba recostado —en ropa interior y sobre un catre, en el último piso de los tres que te- nía la misión de su orden—, leyendo una revista jesuita, Stimmen der Zeit; el doc- tor Terufumi Sasaki, un joven miembro del personal quirúrgico del moderno hos- pital de la Cruz Roja, caminaba por uno de los corredores del hospital, llevando en la mano una muestra de sangre para un test de Wasserman; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se había detenido frente a la casa de un hombre rico en Koi, subur- bio occidental de la ciudad, y se prepara- ba para descargar una carretilla [9] llena de cosas que había evacuado por miedo al bombardeo de los B-29 que, según supo- nían todos, pronto sufriría Hiroshima. La bomba atómica mató a cien mil perso- nas, y estas seis estuvieron entre los so- brevivientes. Todavía se preguntan por qué sobrevivieron si murieron tantos otros. Cada uno enumera muchos peque- ños factores de suerte o voluntad —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una do- cena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momen- to, ninguno sabía nada.

El reverendo Tanimoto se levantó a las cinco en punto esa mañana. Estaba solo en la parroquia porque hacía un tiempo que su esposa, con su bebé re- cién nacido, tomaba el tren después del

HIROSHIMA de John H.ersey

trad. de ANA TERESA WEYLAND Los libros del mirasol, Argentina, 1962 Compañía General Fabril, Editora, S.A.

I.

EL RELÁMPAGO SILENCIOSO

Exactamente a las ocho y quince de la mañana, el 6 de agosto de 1945, hora japo- nesa, en el momento en que la bomba ató- mica fue arrojada sobre Hiroshima, la se- ñorita Toshiko Sasaki, empleada del depar- tamento de personal de la Compañía Hojalatera del Asia Oriental, acababa de sentarse ante su escritorio de la oficina y estaba volviendo la cabeza para hablar con la muchacha del escritorio vecino. En el mismo momento, el doctor Masakazu Fujii cruzaba las piernas disponiéndose a leer el Asahi de Osaka en el porche de su clínica privada, a las márgenes de uno de los siete ríos que dividen Hiroshima; la señora Hatsuyo Nakamura, viuda de un sastre, estaba ante la ventana de su cocina, observando cómo el vecino de- molía su casa por estar situada en el sendero del campo de defensa antiaérea; el pa- dre Wilhelm Kleinsorge, sacerdote alemán de la Compañía de Jesús, se recostaba, ves- tido con ropa interior, en la parte superior del edificio de tres pisos que ocupaba la misión, para leer un periódico jesuita: Stimmen der Zeit ; el doctor Terufumi Sasaki, joven miembro del cuerpo de cirujanos del amplio y moderno Hospital de la Cruz Roja de la ciudad, atravesaba uno de los corredo- res del mismo con una muestra de sangre en la mano para hacer una reacción de Wassermann; y el reverendo Kiyoshi Tanimoto, pastor de la Iglesia Metodista de Hiroshima, se detenía ante la puerta de un rico vecino de Koi, el suburbio occidental de la ciudad, para descargar una carretilla llena de cosas que había evacuado de la ciu- dad, por temor a las inmensas escuadrillas de B-29 que todo el mundo esperaba ver lle- gar sobre Hiroshima. Cien mil personas murieron como consecuencia de la bomba atómica, y estas seis quedaron entre los so- bre [13] vivientes. Todavía se preguntan por qué viven mientras tantos otros murieron. Cada uno de ellos posee una pequeña justi- ficación referida a la suerte o a la voluntad — un paso dado a tiempo, una decisión de entrar en un edificio, haber tomado un vehí- culo en vez de otro — que lo salvó. Y ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muerte de la que jamás pensó ver. Pero en el mo- mento, ninguno sabía nada.

El reverendo Tanimoto se levantó a las cinco de la mañana. Estaba solo en la rectoría, porque desde hacía un tiem- po su esposa y su hijito de un año se alojaban por las noches en casa de unos

Hiroshima de John Hersey

trad. Georges Belmont Robert Laffont, MCMXLVII 40e édition, Robert Lafont, Paris. No 235.

UN ÉCLAIR SILENCIEUX

H U I T H E U R E S Q U I N Z E e x a c t e - m e n t ( h e u r e j a p o n a i s e ) , l e 6 a o û t 1 9 4 5 , à l ’ i n s t a n t m ê m e o ù l a b o m b e a t o m i q u e f u l g u r a s u r H i r o s h i m a , M l l e T o s h i k o S a s a k i , s e c r é t a i r e a u s e r v i c e d u p e r s o n n e l d e l a E a s t A s i a T i n Works, venait justement de prendre place à son bureau et tournait la tête pour dire quelques mots à sa voisine. Au même moment, tenant à la main le journal Asahi, d’Osaka, qu’il s’apprêtait à lire, le docteur Masakazu Fujii allait s’asseoir, jambes croi- sées sous lui, sur la [7] [8] terrasse de sa clinique privé e , s u r p l o m b a n t l ’ u n d e s s e p t b r a s d u d e l t a. q u i d i v i s e l a v i l l e ; M m e H a t s u y o N a k a m g a i r a , l a v e u v e d ’ u n t a i l l e ur, regardait de la fenêtre de sa cuisine un voisin occupé à tirer bas sa bicoque qui se trouvait dans le chemin d’une avenue pare-feu, trace par la défense passive; le Père Wilhelm Kleinsorge, Allemand et prêtre de la Société de Jésus, reposait, en maillot de corps et caleçon, sur un petit lit au troisième et der- nier étage de la maison des missionnaires de son ordre, absorbé dans la lecture d’une revue jésuite, Stimmen der Zeit; le docteur Terufumi Sasaki, l’un des jeunes membres du personnel chirurgical du vaste et moderne hôpital muni- cipal de la Croixrouge, parcourait un couloir de cet établissement, entre les doigts une éprouvette con- tenant un peu de sang d’un malade, en prévision d’une réaction de Wassermann; et le Révérend Kiyoshi Tanimoto, pasteur de l’église méthodiste de Hiroshima, s’arrêtait au seuil d’une villa luxueuse de Koï, faubourg occidental de la ville, et se préparait à décharger une pleine charrette à bras de meubles et d’effets évacués du centre de la cité, dans la crainte du raid massif et dévasta- teur de B-29 que tout [9] le monde, à Hiroshima, tenait pour imminent. La bombe atomique devait faire cent mille victimes et les six personnes en question furent parmi les survivants. Elles en sont encore à se demander, non sans stupeur, pourquoi elles furent épargnées, quand tant d’autres périrent. Chacune d’elles compte à son actif plus d’un menu hasard, plus d’une infime volonté - démarche faite à temps, décision de rentrer chez soi mise à exécution, fait d’avoir pris un tram au lieu d’attendre le suivant - auxquels elle dut d’être sauvée. Et chacune d’elles aussi, sait aujourd’hui que d’avoir échappé au désastre lui valut de vi- vre, dans l’instant même de son salut, une douzaine de vies et de voir la mort d’infiniment plus près qu’elle ne l’eût jamais cru. Sur le moment, aucune d’elles n’eut conscience de quoi que ce fût.

Le Révérend Tanimoto s’était levé, ce matin-là, à cinq heures. Il était seul dans le presbytère ; depuis quelque temps, sa femme, avec leur bébé d’un an, s’en al- lait [10] tous les soirs passer la nuit chez

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spend nights with a friend in Ushida, a suburb to the north. Of all the im- portant cities of Japan, only two, Kyoto and Hiroshima, had not been visited in strength by B-san, or Mr. B, as the Japanese, with a mixture of respect and unhappy [4] familiarity, called the B-29; and Mr. Tanimoto, like all his neighbors and friends, was almost sick with anxiety. He had heard uncomfortably detailed ac- c o u n t s o f m a s s r a i d s o n K u r e , Iwakuni, Tokuyama, and other nearby towns; he was sure Hiroshima’s turn would come soon. He had slept badly the night before, because there had been several air-raid warnings. Hiroshima had been getting such warnings al- most every night for weeks, for at that time the B-29s were using Lake Biwa, northeast of Hiroshima, as a rendez- vous point, and no matter what city the Americans planned to hit, the Superfortresses streamed in over the coa s t n e a r H i r o s h i m a. T h e f r e - quency of the warnings and the con- tinued abstinence of Mr. B with re- spect to Hiroshima had made its citizens jittery ; a rumor was going around that the Americans were saving something special for the city.

Mr. Tanimoto was a small man, quick to talk, laugh, and cry. He wore his black hair parted in the middle and rather long; the promi- n e n c e o f t h e f r o n t a l b o n e s j u s t above his eyebrows and the small- ness of his mustache, mouth, and chin gave him a strange, old-young look, boyish and yet wise, weak and yet fiery. He moved nervously and fast, but with a restraint which sug- g e s t e d t h a t h e w a s a c a u t i o u s , thoughtful man. He showed, indeed, just those qualities in the uneasy days before the bomb fell. Besides having his wife spend the nights in Ushida, Mr. Tanimoto had been carrying all the portable things from his church, in the close-packed residential district called Nagaragawa, to a house that [3] belonged to a rayon manufacturer in Koi, two miles from the center of town. The rayon man, a Mr. Matsui, had opened his then unoccupied es- tate to a large number of his friends a n d a c q u a i n t a n c e s , s o t h a t t h e y m i g h t e v a c u a t e w h a t e v e r t h e y wished to a safe distance from the probable target area. Mr. Tanimoto h a d h a d n o d i f f i c u l t y i n m o v - i n g c h a irs, hymnals, Bibles, altar gear, and church records by pushcart hims e l f , b u t t h e o r g a n c o n s o l e a n d a n u p r i g h t p i a n o r e q u i r e d s o m e a i d. A f r i e n d o f h i s n a m e d M a t s u o h a d , t h e d a y b e f o r e , h e l p e d h i m g e t t h e p i a n o o u t t o

trabajo hacia Ushida, un suburbio del norte, para pasar la noche en casa de una amiga. De las ciudades importantes de Japón, Kyoto e Hiroshima eran las úni- cas que no habían sido visitadas por B- san —o Señor B, como llamaban los ja- poneses a los B-29, con una mezcla de res- peto y triste familiaridad—; y el señor Tanimoto, como todos sus vecinos y ami- gos, estaba casi enfermo de ansiedad. Ha- bía escuchado versiones incómodamente detalladas de bombardeos masivos a Kure, Iwakumi, Tokuyama y otras ciudades cercanas; estaba seguro de que el tur- no le llegaría pronto a Hiroshima. Ha- bía dormido mal la noche anterior a c a u s a d e l a s r e p e t i d a s a l a r m a s antiaéreas. Hiroshima había recibido esas alarmas casi cada noche y durante semanas enteras, porque en ese tiempo los B-2 habían comenzado a usar el lago Biwa, al noreste de Hiroshima, c o m o p u n t o de encuentro, y las superfortalezas llegaban en tropel a las cos- tas de Hiroshima sin importar qué ciudad fueran a bombardear los norteamericanos. La frecuencia [10] de las alarmas y la continuada abstinencia del Se- ñor B con respecto a Hiroshima habían puesto a la gente nerviosa. Corría el rumor de que los nor- teamericanos estaban reservando algo es- pecial para la ciudad.

El señor Tanimoto era un hombre pequeño, presto a hablar, reír, llorar. Llevaba el pelo negro peinado por la mitad y más bien largo; la prominen- cia de su hueso frontal, justo encima de sus cejas, y la pequeñez de su bigo- te, de su boca y de su mentón, le daban un aspecto extraño, entre viejo y mozo, juvenil y sin embargo sabio, débil y sin embargo feroz. Se movía rápida y ner- viosamente, pero con un dominio que sugería un hombre cuidadoso y reflexi- vo. De hecho, mostró esas cualidades en los agitados días previos a la bom- ba. Aparte de decidir que su esposa pa- sara las noches en Ushida, el señor Tanimoto había estado trasladando to- das las cosas portátiles de su iglesia, ubicada en el atestado distrito residencial de Nagaragawa, a una casa de propiedad de un fabricante de telas de rayón en Koi, a tres kilómetros del centro de la ciu- dad. El hombre de los rayones, un tal señor Matsui, había abierto su propie- dad, hasta entonces desocupada, para que varios amigos y conocidos pudie- ran evacuar lo que quisieran a una dis- tancia prudente de los probables blan- cos de los ataques. Al señor Tanimoto no le había resultado difícil empu- jar él mismo una carretilla para mu- dar sillas, himnarios, Biblias, objetos de culto y discos de la iglesia, pero la con- sola del órgano y un piano vertical le exigían ayuda. El día anterior, un ami- go del mencionado Matsuo lo había ayudado a sacar el piano hasta Koi; a

amigos en Ushida, suburbio al norte de Hiroshima. De todas las ciudades im- portantes del Japón, sólo dos, Kioto e Hiroshima, no habían sido visitadas con asiduidad por los B -san , o Señor B, como los japoneses, con una mezcla de respeto y desdichada familiaridad, lla- maban a los B-29; el señor Tanimoto, al igual que sus vecinos y amigos, es- taba medio enfermo de ansiedad. Ha- bía oído relatos detallados acerca de los b o m b a r d e o s e n m a s a s o b r e K u r e , Iwakuni, Tokuyama, y otras ciudades cercanas; estaba seguro de que pronto le llegaría el turno a Hiroshima. Había dormido muy mal la noche anterior, por- que hubo varias alarmas aéreas. Desde semanas atrás, Hiroshima recibía todas las noches tales alarmas porque por esa época los B-29 tomaban Lago Biwa, ha- cia el nordeste, como punto de reunión, y cualquiera fuese la ciudad que los nor- teamericanos planeasen atacar, las superfortalezas volaban por sobre la cos t a , c e r c a d e H i r o s h i m a. L a f r e - c u e n c i a d e l a s a l a r m a s y l a c o n t i - n u a d a a b s t i n e n c i a d e l o s S e ñ o r e s B c o n r e s p e c t o a H i r o s h i m a habían inqu ietado a los ciudadanos; corría el rumor [14] de que los norteamericanos reservaban algo especial para la ciudad.

El señor Tanimoto es un hombre bajo, rápido para hablar, reír y llorar. Lleva el cabello negro partido al medio y bas- tante largo; la prominencia de los huesos frontales justamente encima de las cejas, y la pequeñez de su bigote, de su boca y de su mentón, le confieren un aspecto extraño de niño viejo, juvenil y a la vez sabio, dé- bil y valiente al mismo tiempo. Sus movi- mientos son nerviosos y veloces, pero con una limitación que sugiere que se trata de un hombre cauto y reflexivo. En realidad son precisamente estas cualidades las que de- mostró en los días de desasosiego que pre- cedieron a la caída de la bomba. Además de enviar a su mujer a que pasara las noches en Ushida, el señor Tanimoto había llevado todas las cosas transportables desde su iglesia, situada en el abigarrado distrito residencial llamado Nagaragawa, hasta la casa de un fabricante de rayón, en Koi, a dos millas del centro de la ciudad. Este fabricante, el señor Matsui, ha- bía habilitado sus entonces desocupa- das posesiones para un gran número de amigos y conocidos, de modo que és- tos pudieran evacuarse a una distancia que estuviera a salvo de la probable área afectada. El señor Tanimoto no tuvo inconveniente en transportar él m i s m o , e n c a r r e t i l l a , s i l l a s , himnarios, Biblias, objetos del altar y registros de la iglesia, pero la consola del órgano y el piano vertical reque- rían alguna ayuda. Un amigo suyo lla- mado Matsuo le había ayudado el día anterior a llevar el piano hasta Koi; en

une amie, à Ushida, faubourg Nord. De toutes les grandes villes japonaises, deux seulement, Kyoto et Hiroshima, n’avaient pas reçu la visite en force de B-san (ou de « Monsieur B ») comme les Japonais, dans un mélange de respect et de fami- l i a r i t é d a n s l e m a l h e u r, a p p e l a i e n t l e s B-29 et M. Tanimoto, comme tous ses voi- sins et amis, était presque malade d’an- goisse. Il avait entendu, non sans malaise, raconter en détail les raids massifs sur Kuré, Iwanuki, Tokuyama, et autres cités proches; il était sûr que le tour de Hi- roshima ne saurait tarder. Il avait passé une mauvaise nuit, la veille : il y avait eu plusieurs alertes. Depuis des semaines, il ne se passait guère de nuit sans que les sirènes retentissent sur Hiroshima; car, à l ’ é p o q u e , l e s B - 2 9 s e s e r v a i e n t d u l a c Biwa, au Nord-Est de la ville, comme de lieu de rendez-vous aérien, et quelle que fût la cité que les Américains projetas- s e n t d e f r a p p e r , l e s v a g u e s d e superforteresses déferlaient et franchis- saient la côte non loin de Hiroshima. La fréquence des alertes et l’obstination que mettait «M. B... » à ne pas toucher à Hi- roshima, avaient porté à son comble la nervosité des habitants ; le [11] bruit cou- rait que les Américains réservaient à la ville une attention particulière.

M. Ta n i m o t o e s t u n h o m m e d e p e t i t e t a i l l e , é g a l e m e n t p r o m p t à d i s c o u r i r, à rire et à pleurer. Une raie partage par le milieu ses cheveux noirs et plutôt longs ; la saillie de l’os frontal, immédiatement au-dessus des sourcils, la brièveté de la moustache, la petitesse de la bouche et du menton lui donnent un air vieux-jeune, un air d’adolescent plein de sagesse, et d’ardente faiblesse. Ses mouvements sont nerveux et vifs, mais empreints d’une ré- serve qui suggère la prudence avisée. Et c’est un fait qu’il témoigna précisément d e c e s q u a l i t é s a u c o u r s d e s i n q u i è t e s journées qui précédèrent l’explosion de la bombe. Non seulement M. Tanimoto e n v o y a i t s a f e m m e p a s s e r l e s n u i t s à Ushida, mais il avait transporté tout ce qu’il avait pu, de sa chapelle, sise dans l e q u a r t i e r s u r p e u p l é d e N a g a r a g a w a , dans la demeure d’un fabricant de rayonne de Koï, à quelque trois kilomètres et demi du centre. Ce fabricant de rayonne, un M. Matsui, avait ouvert cette propriété, vaste et jusqu’alors inoccupée, à un grand nombre de ses amis et connaissances, pour leur per- mettre d’évacuer, à distance convenable de l’aire probable des bombardements, [12]les choses qu’ils désiraient mettre à l’abri. M. Tanimoto n’avait eu aucun mal à déména- ger chaises, hymnaires, Bibles, ornements sacrés et registres de paroisse, en s’atte- lant lui-même à la charrette à bras; mais le buffet d’or gue et le piano droit requé- raient u n e a i d e. U n d e s e s a m i s , d u n o m d e M a t s u o , l u i a v a i t p r ê t é l a m a i n , l a v e i l l e , p o u r c h a r r i e r l e p i a n o

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three-quarters of its population, which had been reduced by several evacuation programs from a war- t i m e p e a k o f 3 8 0 , 0 0 0 t o a b o u t 245,000. Factories and other [7] resi- dential districts, or suburbs, lay compactly around the edges of the city. To the south were the docks, an airport, and the island-studded Inland Sea. A rim * of mountains runs around the other three sides of the delta. Mr. Tanimoto and Mr. Matsuo took their way through the shopping center, already full of people, and across two of the rivers to the sloping streets of Koi, and up them to the outskirts and foothills. As they started up a valley away from the tight-ranked houses, the all-clear sounded. (The Japanese radar operators, detecting only three planes, supposed that they comprised a reconnaissance.) Pushing the handcart up to the rayon man’s house was tiring, and the men, after they had maneuvered their load into the driveway and to t h e f r o n t s t e p s , p a u s e d t o r e s t awhile. They stood with a wing of the house between them and the city. Like most homes in this part of Japan, the house consisted of a w o o d e n f r a m e a n d w o o d e n w a l l s s u p p o r t i n g a h e a v y t i l e r o o f. I t s f r o n t h a l l , p a c k e d w i t h rolls of bedding and cloth- ing, looked like a cool cave full of fat cushions. Opposite the house, t o t h e r i g h t o f t h e f r o n t d o o r , t h e r e w a s a l a r g e , f i n i c k y rock g a r d e n. T h e r e w a s n o s o u n d o f planes. The morning was still; the place was cool and pleasant.

Then a tremendous flash of light cut across the sky. Mr. Tanimoto has a dis- tinct recollection that it travelled from east to west, from the city toward the hills. It seemed a sheet of sun. Both he and Mr. Matsuo reacted in terror— and both had time to react (for they were 3,500 yards, or two miles, from the center [8] of the explosion). Mr. Matsuo dashed up the front steps into the house and dived among the bed- rolls and buried himself there. Mr. Tanimoto took four or five steps and threw himself between two big rocks in the garden. He bellied up very hard against one of them. As his face was against the stone, he did not see what happened. He felt a sudden pressure, and then splinters and pieces of board and fragments of tile fell on him, He heard no roar. (Almost no one in Hiroshima recalls hearing any noise of the bomb. But a fisherman in his sampan on the Inland Sea near T s u z u , t h e m a n w i t h w h o m M r. Tanimoto’s mother-in-law and

la ciudad, y albergaban a tres cuartas par- tes de su población: diversos programas de evacuación la habían reducido de 380.000, la cifra más alta de la época de guerra, a unos 245.000 habitantes. Las fá- bricas y otros barrios residenciales, o su- burbios, estaban ubicados alrededor de los límites de la ciudad. Al sur estaban los mue- lles, el aeropuerto y el mar interior, tacho- nado de islas. Una cadena de montañas recorre los otros tres lados del delta. El se- ñor Tanimoto y el señor Matsuo se abrieron camino a través del centro comercial, ya ates- tado de gente, y cruzaron dos de los ríos ha- cia las inclinadas calles de Koi, y las re- montaron hacia las afueras y las estribaciones. Subían por un valle, lejos ya de las apretadas filas de casas, cuando sonó la sirena de despeje, la que indicaba el final del peligro. (Habiendo detectado sólo tres aviones, los operadores de los radares japoneses supusieron que se trataba de una labor de reconocimiento.) Empujar el carrito hasta la casa del hombre de los rayones había sido agotador; tras ma- niobrar su carga sobre la entrada y las escaleras del frente, los hombres hicie- ron una pausa para descansar. Un ala de la casa se interponía entre ellos y la ciudad. Como la mayoría de los ho- gares en esta parte de Japón, la casa consistía de un techo de tejas pe- sadas soportado por paredes de ma- dera y un marco de madera. El za- guán , abarrotado de bultos de ropa de cama y prendas de vestir, parecía una cueva fresca llena de cojines gordos. Frente a la casa, hacia la derecha de la puerta principal, había un jardín amplio y recargado _________. No había ruido [13] de aviones. Era una mañana tran- quila; el lugar era fresco y agradable.

E ntonces cortó el cielo un res- plandor tremendo. El señor Tanimoto recuerda con precisión que viajaba de este a oeste, de la ciudad a las co- linas. Parecía una lámina de sol. Tanto él como el señor Matsuo reaccionaron con terror, y ambos tuvieron tiempo de reaccionar (pues estaban a 3.200 metros del centro de la explosión). El señor Matsuo subió corriendo las escaleras, entró en su casa y se lanzó de cabeza en- tre los bultos de sábanas. El señor Tanimoto dio cuatro o cinco pasos y se arrojó entre dos rocas grandes del jardín. Se dio un fuerte golpe en el estómago contra una de ellas. Como tenía la cara contra la piedra, no vio lo que sucedió después. Sintió una presión repentina, y entonces le cayeron encima astillas y tro- zos de tablas y fragmentos de teja. No escu- chó rugido alguno. (Casi nadie en Hiroshima recuerda haber oído nada cuando cayó la bomba. Pero un pescador que estaba en su sampán , muy cerca de Tsuzu en el mar Inte- rior, el hombre con quien vivían la sue- gra y la cuñada del señor Tanimoto,

albergaban a las tres cuartas partes de su población, que, a causa de varias evacuaciones, había sido reducida de la cifra tope de 380.000 almas a unas 245.000. Los demás distritos residenciales e industriales, o suburbios, se abrían en forma compacta alrededor de los extremos de la ciu- dad. Hacia el sur estaban los muelles, un aero- puerto, y el Mar Interior acribillado de islas. Una cadena de montañas corre por los otros tres lados del delta. El señor Tanimoto y el señor Matsuo siguieron su camino a través del centro comercial, ya lleno de gente, y cruzaron los dos ríos hacia las onduladas calles de Koi; luego ascendieron las fal- das de sus colinas. Mientras se adentraban en el valle alejándose de las abigarradas casas, sonó la sirena que indica- ba el cese de peligro. (Los operadores de ra- dar japoneses, al detectar solamente tres aviones, supusieron que cumplían un vuelo de reconocimiento.) El empujar la carretilla barranca arriba hasta la casa del fabricante de rayón era tarea agotadora, y los hombres, d espués de haber entrado su carga por el cami n o p a r a a u t o s h a s t a l a e s c a l i n a t a f r o n - t e r a , s e d e t u v i e r o n a d e s c a n s a r unos momentos. Tenían un ala de l a c a s a e n t r e e l l o s y l a c i u d a d. C o m o l a m a y o r í a d e l a s c a s a s e n esta parte del Japón, ésta consistía en un marco y paredes de madera que soportaban un pesado techo de tejas. El vestíbulo de entrada, lleno de ropa de cama y colchones hechos rollos , parecía una fresca cueva abarrotada de [17] cómo- dos cojines. En sentido opuesto a la casa, .ha- cia la derecha de la puerta de entrada, había un gran jardín, muy cuidado y lleno de rocas. No s e o í a r u m o r d e a v i o n e s. L a m a ñ a n a e r a c a l m a ; e l l u g a r , f r e s c o y a g r a d a b l e.

En ese instante un tremendo relám- pago de luz atravesó el cielo. El señor Tanimoto recuerda claramente que fue en sentido este-oeste, desde la ciudad hacia las colinas. Pareció una sábana de luz solar. El y el señor Matsuo reacciona- ron aterrorizados (ambos tuvieron tiempo de reaccionar porque estaban a unos 3. metros del centro de la explosión). El se- ñor Matsuo voló sobre la escalinata de la casa y se arrojó entre la ropa de cama y los colchones, bajo los cuales quedó enterrado. El señor Tanimoto dio cuatro o cinco pasos y aterrizó entre dos gran- des rocas del jardín. Se golpeó el vien- tre con bastante fuerza contra una de ellas. Con la cara contra las piedras, no vio nada de lo que sucedía. Sintió una presión repentina, y luego astillas de madera y trozos de tejas cayeron sobre él. No oyó explosión alguna. (Casi na- die en Hiroshima recuerda haber oído el ruido causado por la bomba. Pero un pescador en su sampán en el Mar Inte- rior, cerca de Tsuzu, el hombre con quien estaban viviendo la suegra y la

la cité, renfermaient les trois quarts de la population, que l’exécution de plusieurs plans d’évacuation avait réduite, de son chif fre maximum de temps de guerre - 3 8 0. 0 0 0 à q u e l q u e 2 4 5. 0 0 0. U s i n e s , autres quartiers résidentiels ou faubourgs traçaient une frange compacte autour de la ville. Au Sud, [15] couraient les docks, un aérodrome et la mer Intérieure, comme cloutée d’îles. Une crête de montagnes cerne les trois autres côtés du delta. M. Tanimoto et M. Matsuo, ayant traversé successivement le centre et ses rues com- m e r ç a n t e s , d é j à p l e i n d e m o n d e , p u i s deux bras du delta, gravissaient mainte- nant les rues en pente de Koï, en direc- tion des quartiers extérieurs et des collines naissantes. Au moment où ils attaquaient une côte, dans une vallée à l’écart de la zone de fort peuplement, la fin d’alerte sonna. (Les opérateurs japonais de radar, ne détectant que trois avions, supposèrent qu’il s’agissait d’une reconnaissance.) Pousser la charrette dans la côte, pour arriver à la maison du fa- bricant de rayonne, était chose fatigante, et les deux hommes, après s’être engagés avec leur chargement dans l’allée principale et avoir atteint le perron firent halte pour souf- fler un peu. Entre la ville et eux, se dres- sait une aile de la maison. Comme la plu- part des demeures, dans cette région du Ja- pon, la maison consistait en une charpente en bois et en murs de bois aussi, soutenant un lourd toit de tuiles. Le vestibule d’entrée , bourré de ballots de literie et de vêtements, avait l’air d’une grotte fraîche comblée [16] de coussins. En face de la maison, à droite de la porte d’entrée, il y avait un grand jardin en rocaille , fort prétentieux. P a s l e m o i n - d r e b r u i t d ’ a v i o n. L a m a t i n é e é t a i t p a i - s i b l e e t t r a n q u i l l e ; l e l i e u , p l e i n d ’ a g r é a b l e f r a î c h e u r.

P u i s u n e f o r m i d a b l e e t f u l g u r a n t e lueur déchira le ciel. M. Tanimoto se sou- vint distinctement qu’elle se traça d’Est en Ouest, de la ville vers les collines. On eût dit une nappe de soleil. M. Matsuo et lui eurent une réaction de terreur, et le temps de réagir (car ils se trouvaient à 3.300 mètres environ du centre de l’ex- plosion). M. Matsuo franchit d’un bond le perron et le seuil de la maison, pour plonger parmi l’amas de literie et s’y en- s e v e l i r l i t t é r a l e m e n t. M. Ta n i m o t o f i t quatre ou cinq pas et se jeta entre deux gros rocs du jardin. Il s’aplatit de toutes ses forces sur le ventre, contre l’un d’eux. Face à la pierre, il ne vit rien de ce qui arriva. Il sentit une soudaine pression, puis une pluie de menus éclats, de mor- ceaux de bois et de fragments de tuiles. I l n ’ e n t e n d i t n u l f r a c a s. ( P r e s q u e p e r - s o n n e , à H i r o s h i m a , n e s e s o u v i e n t d’avoir entendu un bruit de bombe. Seul, un pêcheur à bord de son sampan , sur la mer Intérieure à proximité de Tsuzu, et [17] chez qui vivaient la belle-mère et la bellesoeur de M. Tanimoto, vit la lueur

(^1) the tyre is fitted. 4 a boundary line ( a a raised edge or border. b a margin or verge, esp. of something circular. 2 the part of a pair of spectacles surrounding the lenses. 3 the outer edge of a wheel, on which the rim of the horizon ).

el fin de la alerta, el cese de alarma

cuidado

cortina

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champán 1. m. Embarcación grande, de fondo plano, que se emplea en China, el Japón y algunas partes de América del Sur para navegar por los ríos.

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sister-in-law were living, saw the flash and heard a tremendous explosion; he was nearly twenty miles from Hiroshima, but the thunder was greater than when the B - 2 9 s h i t I w a k u n i , o n l y f i v e m i l e s a w a y. )

When he dared , Mr. Tanimoto raised his head and saw that the rayon man’s house had collapsed. He thought a bomb had fallen directly on it. Such clouds of dust had risen that there was a sort of twilight around. In panic, not thinking for the moment of Mr. Matsuo under the ruins, he dashed out into the street. He noticed as he ran that the concrete wall of the estate had fallen over-toward the house rather than away from it. In the street, the first thing he saw was a squad of soldiers who had been burrowing into the hillside oppo- site, making one of the thousands of dugouts in which the Japanese appar- ently intended to resist invasion, hill by hill, life for life; the soldiers were com- ing out of the hole, where they should have been safe, [9] and blood was run- ning from their heads, chests, and backs. They were silent and dazed.

U n d e r w h a t s e e m e d t o b e a l o c a l d u s t c l o u d , t h e d a y g r e w d a r k e r a n d d a r k e r.

AT NEARLY midnight, the night before the bomb was dropped, an an- nouncer on the city’s radio station said that about two hundred B-29s were ap- proaching southern Honshu and ad- vised the population of Hiroshima to evacuate to their designated “safe ar- eas.” Mrs. Hatsuyo Nakamura, the tailor’s widow, who lived in the sec- tion called Nobori-cho and who had long had a habit of doing as she was told, got her three children—a tenyear-old boy, Toshio, an eight-year-old girl, Yaeko, and a five-year-old girl, Myeko—out of bed and dressed them and walked with them to the military area known as the East Parade Ground, on the northeast edge of the city. There she unrolled s o m e m a t s a n d t h e c h i l d r e n l a y d o w n o n t h e m. T h e y s l e p t u n t i l about two, when they were awak- ened by the roar of the planes go- ing over Hiroshima.

As soon as the planes had passed, Mrs. Nakamura started back with her children. They reached home a little after two-thirty and she imme- diately turned on the radio, which, t o h e r d i s t r e s s , w a s j u s t t h e n b r o a d c a s t i n g a f r e s h w a r n i n g. Wh en she looked at the children and saw how tired they were, and when she thought of the number of trips they had made in past weeks,

vio el resplandor y oyó una explo- sión tremenda. Estaba a treinta y dos kilómetros de Hiroshima, pero el es- truendo fue mayor que cuando los B-29 atacaron Iwakuni, a no más de ocho kilómetros de allí.)

Cuando finalmente se atrevió , el se- ñor Tanimoto levantó la cabeza y vio que la casa del hombre de los rayones se ha- bía derrumbado. Pensó que una bomba había caído directamente sobre ella. Se había levantado una nube de polvo tal que había una especie de crepúsculo alrede- dor. Aterrorizado, incapaz de pensar por el momento que el señor Matsuo estaba bajo las ruinas, corrió hacia la calle. Se dio cuenta mientras corría de que la pared de la propiedad se había desplomado ha- cia el interior de la casa y no a la inversa. Lo primero que vio en la calle fue un es- cuadrón [14] de soldados que habían es- tado escarbando en la ladera opuesta, ha- ciendo uno de los mil refugios en los cua- les los japoneses se proponían resistir la invasión, colina a colina, vida a vida; los soldados salían del hoyo, y la sangre bro- taba de sus cabezas, de sus pechos, de sus espaldas. Estaban callados y aturdidos.

Bajo lo que parecía ser una nube de polvo del lugar, el día se hizo más y más oscuro.

La noche antes de que cayera la bomba, casi a las doce, un anunciador de la estación de radio de la ciudad dijo que cerca de doscientos B-29 se acercaban al sur de Honshu, y acon- sejó a la población de Hiroshima que evacuara hacia las «áreas de refugio» d e s i g n a d a s. L a s e ñ o r a H a t s u y o Nakamura, la viuda del sastre, que vivía en la sección llamada Nobori- cho y que se había acostumbrado de tiempo atrás a hacer lo que se le de- cía, sacó de la cama a sus tres niños —Toshio, de diez años, Yaeko, de ocho, y una niña de cinco, Myeko— , los vistió y los llevó caminando a la zona militar conocida como Plaza de Armas del Oriente, al n o r e s t e ______ d e l a c i u d a d. A l l í d e s e n - r o l l ó u n a s e s t e r a s p a r a q u e l o s n i - ñ o s s e a c o s t a r a n. D u r m i e r o n h a s - t a c a s i l a s d o s , c u a n d o l o s d e s - p e r t ó e l rugido d e l o s a v i o n e s s o - b r e H i r o s h i m a.

Tan pronto como hubieron pasado los aviones, la señora Nakamura emprendió el camino de vuelta con sus niños. Llega- ron a casa poco después de las dos y me- dia y de inmediato la señora Nakamura en- cendió la radio, la cual, para su gran disgus- to, ya anunciaba una nueva alarma. Cuan- do miró a los niños y vio lo cansados que estaban, y al pensar en la cantidad de viajes —todos inútiles— que había hecho a la Plaza

cuñada del señor Tanimoto, vio el relám- pago y oyó una tremenda explosión; es- taba a casi veinte millas de Hiroahima, pero el estruendo fue mayor que cuando los B-29 atacaron Iwakuni, que sólo que- da a cinco millas.)

Cuando se atrevió a levantar la cabeza, el señor Tanimoto vio que la casa del fabrican- te de rayón estaba derrumbada. Pensó que al- guna bomba habría caído directamente sobre ella. Se habían elevado tales nubes de polvo que todo parecía envuelto en una especie de crepúsculo. Lleno de pánico, sin acordarse por el momento del señor Matsuo, que [18] estaría bajo las ruinas, se lanzó a la calle. Mientras corría notó que la tapia de concreto de la propiedad había caído, pero hacia aden- tro más bien que hacia la calle. En la calle, lo primero que vio fue un escuadrón de solda- dos que habían estado cavando túneles hacia la colina de enfrente, haciendo uno de los miles de agujeros en los que aparentemente los japoneses pensaban resistir la invasión, colina por colina, vida por vida; los soldados emergían del agujero que debería haberles servido de seguro refugio; la sangre les co- rría por las cabezas, los torsos y las espaldas. Estaban silenciosos y desconcertados.

B a j o l o q u e p a r e c í a s e r u n a n u b e d e p o l v o c o m ú n , o s c u r e c í a c a d a v e z m á s.

Cerca de medianoche, el día ante- rior al de la bomba, un anunciador de la estación radial de la ciudad dijo que unos doscientos B-29 se acerca- ban a Honshu del sur, y aconsejó a la población de Hiroshima que eva- cuase hacia las «áreas de seguridad» in- dicada s. L a s e ñ o r a H a t s u y o Nakamura, viuda de sastre, que vivía en la sección llamada Nobori-chico, y que tenía desde muchísimo tiempo atrás el hábito de hacer lo que le man- daban, tomó a sus tres hijos — Toshio, un varón de diez años, Yaeko, una niña de ocho, y Myeko, otra niña de cinco — , los sacó de la cama y se dirigió con ellos hacia el área militar conocida como Campo de Desfile del Este, en el extremo noroeste de la ciudad. Allí des- enrolló unas esteras y los niños se acos- taron sobre ellas. Durmieron hasta las dos, hora en que fueron despertados por el rugido de los aviones que volaban sobre Hiroshima.

Una vez que los aviones pasaron, la señora Nakamura emprendió el ca- mino de regreso con sus hijos. Llega- ron a su casa unos minutos después de las dos y media. Inmediatamente la mujer [19] encendió la radio y oyó, desolada, una nueva a d v e r t e n c i a. Cuando miró a sus hijos, vio cuán can- sados estaban y pensó en la cantidad de veces que habían hecho el trayecto en

et entendit une formidable explosion ; il était à près de trente-trois kilomètres de Hiroshima, mais le tonnerre fut. plus fort que lors du bombardement d’Iwakuni par les B-29, et Iwakuni n’était qu’à cinq ki- lomètres de là.)

Quand il osa lever la tête, M. Tanimoto vit que la maison du fabricant de rayonne s’était effondrée. Il crut qu’une bombe était tombée droit dessus. De tels nuages de pous- sière flottaient dans l’air qu’un crépuscule semblait être descendu sur le quartier. Cé- dant à la panique, et oubliant sur le moment M. Matsuo enseveli sous les ruines, M. Tanimoto se précipita dans la rue. Il remar- qua, tout en courant, que le mur en béton de la propriété s’était écroulé vers la maison plutôt que vers le dehors. Dans la rue, la première chose qui le frappa, ce fut une es- couade de soldats employés à creuser une ga- lerie à flanc de colline, en face (un de ces milliers d’abris secrets où les Japonais, ap- paremment, avaient l’intention de se retran- cher pour résister à (invasion, colline par colline, vie pour vie) de ce terrier, où ils auraient dû être en sécurité, les soldats sor- taient, tête, poitrine, [18] dos en sang ; muets, abrutis et titubants.

Sous l’effet de ce que l’on eût dit être un phé- nomène local - un nuage de poussière en suspens

  • le jour s’assombrit de plus en plus.

Peu avant minuit, la veille du jour où fut lançée la bombe, un speaker de la ra- d i o d e H i r o s h i m a a n n o n ç a q u e d e u x cents B-29 environ approchaient par le sud de Honshu, et conseilla à la popula- tion d’évacuer les maisons et de gagner les « zones de sécurité » qui lui étaient désignées. Mme Hatsuyo Nakamura, la veuve du tailleur, qui habitait le quar- tier dit de Nobori-cho et qui était rom- pue depuis longtemps à la discipline de l’obéissance, fit lever ses trois enfants

  • Toshio, garçonnet de dix ans, Yaeko, fillette de huit ans et leur petite sueur, Myeko, cinq ans les habilla et se rendit à pied avec eux dans le secteur militaire c o n n u s o u s l e n o m d e Te r r a i n d e M a - noeuvre de l’Est en lisière du nord-est de la ville. Parvenue là, [19] elle déplia quelques nattes qu’elle avait emportées, où se recouchèrent les enfants. Ils dor- mirent jusqu’aux environs de deux heu- res du matin, où le fracas des avions sur- volant Hiroshima les réveilla.

Dès que les avions se furent éloignés, Mine Nakamura se mit en devoir de prendre avec ses enfants le chemin du retour. Il était un peu plus de deux heures trente lorsqu’ils se retrouvèrent chez eux. Elle tourna aussitôt le bouton de son poste de T.S.F., pour, à sa grande détresse, en- tendre diffuser un nouvel avertissement. Elle regarda ses enfants, vit toute leur fatigue, songea au nombre de fois qu’il avait fallu faire ce trajet depuis des semaines pour

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from or of him for a long time, until, on March 5, 1942, she received a seven-word telegram: “Isawa died an honorable death at Singapore.” She learned later that he had died on Feb- ruary 15th, the day Singapore fell, and that he had been a corporal. Isawa had been a not particularly prosperous tai- lor, and his only capital was a Sankoku sewing machine. After his death, when his allotments stopped coming, Mrs. Nakamura got out the machine and began to take in piecework herself, and since then had supported the chil- dren, but poorly, by sewing.

A s M r s. N a k a m u r a s t o o d w a t c h i n g h e r n e i g h b o r , e v - e r y t h i n g f l a s h e d w h i t e r t h a n a n y w h i t e s h e h a d e v e r s e e n. She did not notice what happened to the man next door; the reflex of a mother set her in motion toward her children. She had taken a single step (the house was 1,350 yards, or three-quarters of a mile, from [12] the center of the explo- sion) when something picked her up and she seemed to fly into the next room over the raised sleeping platform, pursued by parts of her house.

Ti m b e r s f e l l a r o u n d h e r a s s h e l a n d e d , a n d a s h o w e r o f t i l e s pommelled her; everything became dark, for she was buried. The debris did not cover her deeply. She rose up and freed herself. She heard a child cry, “Mother, help me!,” and saw her youngest—Myeko, the five-year-old— buried up to her breast and usable to move. As Mrs. Nakamura started fran- tically to claw her way toward the baby, she could see or hear nothing of her other children.

IN THE DAYS right before the bombing, Dr. Masakazu Fujii, being prosperous, hedonistic, and at the time not too busy, had been allowing himself the luxury of sleeping until nine or nine-thirty, but fortunately he had to get up early the morning the bomb was dropped to see a house guest off on a train. He rose at six, and half an hour later walked with his friend to the station, not far away, across two of the rivers. He was back home by seven, just as the siren sounded its sustained warning. He ate breakfast and then, because the morning was al- ready hot, undressed down to his underwear and went out on the porch to read the paper. This porch —in fact, the whole building—was curiously con- structed. Dr. Fujii was the proprietor of a peculiarly Japanese institution: a private, single-doctor hospital. This building, perched beside and over the water of the Kyo River, and next to the

no había tenido noticias suyas hasta el 5 de marzo de 1942, día en que recibió un telegrama de siete palabras: «Isawa tuvo una muerte honorable en Singapur». Supo después que había muerto el 15 de febrero, día de la caída de Singapur, y que era cabo. Isawa no había sido un sas- tre particularmente exitoso, y su único capital era una máquina de coser Sankoku. Después de su muerte, cuando su pensión dejó de llegar, la señora Nakamura sacó la máquina y empezó a aceptar trabajos a destajo , y desde en- tonces mantenía a los niños —pobremen- te, eso sí— mediante la costura.

L a s e ñ o r a N a k a m u r a e s t a b a d e p i e , m i r a n d o a s u v e c i n o , c u a n d o t o d o b r i l l ó c o n e l b l a n c o m á s b l a n c o q u e j a m á s h u b i e r a v i s t o. N o s e d i o c u e n t a d e l o o c u r r i d o a s u v e c i n o ; l o s r e f l e j o s d e m a d r e e m p e z a r o n a e m p u j a r l a h a c i a s u s h i j o s. H a b í a d a d o u n p a s o ( l a c a s a e s t a b a a 1. 2 3 4 m e t r o s d e l c e n t r o de la explosión) cuando algo la le- v a n t ó y l a m a n d ó c o m o v o l a n d o a l c u a r t o v e c i n o , s o b r e l a p l a t a f o r - m a d e d o r m i r , s e g u i d a d e p a r t e s d e s u c a s a.

Trozos de madera le llovieron encima cuando cayó al piso, y una lluvia de tejas la aporreó ; todo se volvió oscuro, porque ha- bía quedado sepultada. Los escombros no la enterraron profundamente. Se levantó y logró liberarse. Escuchó a un niño que gri- taba: «¡Mamá, ayúdame!», y vio a Myeko, la menor —tenía cinco años— enterrada hasta el pecho e incapaz de moverse. Al avanzar hacia ella, abriéndose paso a ma- notazos frenéticos, la [17] señora Nakamura se dio cuenta de que no veía ni escuchaba a sus otros niños.

Durante los últimos días antes de la bom- ba, el doctor Masakazu Fujii, un hombre próspero y hedonista que en ese momento no tenía demasiadas ocupaciones, se había dado el lujo de dormir hasta las nueve o nue- ve y media, pero la mañana de la bomba ha- bía tenido que levantarse temprano para des- pedir a un huésped que se iba en tren. Se levantó a las seis, y media hora después par- tió con su amigo hacia la estación, que no estaba lejos de su casa, pues sólo había que atravesar dos ríos. Para cuando dieron las siete, ya estaba de vuelta en casa: justo cuan- do la sirena sonó su alarma continua. De- sayunó; entonces, puesto que el día co- menzaba a calentarse, se desvistió y salió a su porche a leer el diario en calzonci- llos. Este porche —todo el edificio, en realidad— estaba curiosamente construi- do. El doctor Fujii era propietario de una institución peculiarmente japonesa: un hospital privado, un hospital de un solo doctor. La construcción, encaramada so- bre la corriente vecina del río Kyo, y jus-

de él por mucho tiempo, hasta que el 5 de marzo de 1942 recibió un lacónico te- legrama: «Isawa murió honorablemente en Singapur.» Más tarde se enteró de que había muerto el 15 de febrero, día de la caída de Singapur, ostentando el grado de cabo. Isawa no había sido un sastre particularmente próspero y su único ca- pital era una máquina de coser marca Sankoku. Después de su muerte, cuan- do cesaron sus pagas, la señora Nakamura sacó la máquina y comenzó a tomar ella misma trabajo de costurera ; desde entonces mantuvo a sus hijos po- bremente, con su trabajo.

M i e n t r a s l a s e ñ o r a N a k a m u r a m i r a b a a s u v e c i n o , t o d o r e l a m - p a g u e ó c o n l a l u z m á s b l a n c a q u e h u b i e r a v i s t o n u n c a. N o s u p o q u é p a s ó c o n e l h o m b r e : s u i n s t i n t o m a t e r n o l a l l e v ó h a c i a l o s n i ñ o s. H a b í a d a d o u n s o l o p a s o ( l a c a s a e s t a b a a 1. 3 0 0 m e - t r o s d e l c e n t r o d e l a e x p l o s i ó n ) , c u a n d o a l g o l a l e v a n t ó y l a e n - v i ó v o l a n d o a l a o t r a h a b i t a c i ó n , p o r [ 2 1 ] s o b r e l a p l a t a f o r m a p a r a d o r m i r , s e g u i d a d e p e d a z o s d e l a e d i f i c a c i ó n.

Trozos de madera cayeron a su al- rededor mientras aterrizaba, y una llu- via de tejas la ametralló ; todo se puso oscuro, porque estaba bajo los escom- bros. Estos no la habían cubierto por completo. Se liberó de ellos y se le- v a n t ó. O y ó q u e u n n i ñ o g r i t a b a : «¡Mamá, ayúdame», y vio a la más pequeña — Myeko —, enterrada hasta el pecho y sin poder moverse. Mien- tras se abría paso frenéticamente ha- cia la niña, la señora Nakamura no vio ni oyó a sus otros hijos.

Los días precedentes al bombardeo, el doctor Masakazu Fujii, próspero, hedonis- ta, y por el momento no muy ocupado, se había permitido el lujo de dormir hasta las nueve o nueve y media, pero afortunada- mente la mañana en que cayó la bomba se había levantado temprano para acompa- ñar a un invitado suyo hasta el tren. Dur- mió hasta las seis, y media hora después se encaminó con su amigo hacia la esta- ción, que no quedaba lejos, atravesando dos dé los ríos. Estuvo de vuelta alrede- dor de las siete, exactamente cuando la alarma dejaba oír su persistente adverten- cia. Tomó el desayuno, y luego, como la mañana ya era bastante calurosa, se quedó en paños menores y salió al porche a leer el periódico. Este porche —y en realidad el edificio todo— estaba curiosamente cons- truido. El doctor Fujii era propietario de una peculiar institución japonesa: una clí- nica privada, atendida por un solo médi- co. Este edificio, elevado al lado y sobre las aguas del río Kyo, y próximo al puente

plus entendu parler de lui pendant longtemps, jusqu’au jour où - le 5 mars 1942 -elle avait reçu un télégramme de cinq mots : « Isawa mort champ d’honneur Singapour. » Plus tard, elle avait appris qu’il était mort le 15 février, le jour de la chute de Singapour, et qu’il était alors [22] caporal. Isawa n’avait jamais été un tailleur bien prospère ; son capital se limi- tait à une machine à coudre Sankoku. Après sa mort, les délégations de solde avaient cessé de venir; Mme Nakamura avait sorti la machine et s’était mise elle-même à tra- vailler comme apiéceuse ; depuis, elle avait gagné le pain de ses enfants, très pauvre- ment, avec ses travaux de couture.

Mme Nakamura, à sa fenêtre, regardait donc faire son voisin, quand tout s’illumina soudain d’une blancheur fulgurante comme elle n’en avait jamais vu. Elle ne remarqua pas ce qu’il advint du voisin d’à côté ; le réflexe maternel la fit se précipiter vers ses enfants. Elle avait eu tout juste le temps de faire un pas (sa mai- son se trouvait à 1.350 mètres du centre de l’ex- plosion), lorsqu’elle se sentit soulevée par une force et eut l’impression d’être portée par des ailes jusque dans la chambre voisine, par-dessus la plate-forme surélevée où dormaient les en- fants, et comme si la suivait, sur ses talons, une partie de la maison.

Une averse de bois de construction retomba autour d’elle en même temps qu’elle touchait le sol, et une grêle de tuiles la martela et la meurtrit ; tout sombra dans le noir, car elle était ensevelie. Les débris [23] ne formaient pas une couche très épaisse. Elle se mit debout, se libéra. Elle entendit un des enfants crier: « Maman, au secours!» et vit la plus jeune des fillettes - Myeko, cinq ans - le buste seul émergeant, incapable de bouger. Ce- pendant que Mme Nakamura grattait des ongles et se frayait frénétiquement un chemin vers sa ca- dette; pas un cri, pas un signe, ne lui vinent de ses autres enfants.

Durant les journées qui précédèrent immé- diatement le bombardement de la ville, le doc- teur Masakazu Fujii, riche, de tempérament épi- curien et, à l’époque, nullement pressé par son travail, s’était offert le luxe de dormir jusqu’à neuf heures, neuf heures et demie; mais par bonheur, il avait dû se lever tôt, le matin où la bombe fut lancée, pour accompagner à la gare un invité. S’étant donc levé à six heures, il quittait sa mai- son en compagnie de cet ami, une demi-heure plus tard, pour se rendre à pied à la gare, assez proche de chez lui l’affaire de deux bras [24] de rivière à traverser). Il était de retour à sept heures environ, au moment précis où la sirène lança son appel continu. Il prit son petit déjeuner,. puis, la matinée étant déjà chaude, se déshabilla, ne gardant sur lui que ses sous-vêtements et sortit sur la terrasse pour lire le journal. Cette terrasse - comme, en fait, l’ensemble du bâtiment - était curieusement construite. Le docteur Fujii était propriétaire d’un établissement typiquement ja- ponais : une clinique privée, ne comptant qu’un seul médecin. Le bâtiment, à cheval sur la rive et les eaux mêmes de la rivière Kyo, et voisin

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bridge of the same [13] name, con- tained thirty rooms for thirty patients and their kinfolk—for, according to Japanese custom, when a person falls sick and goes to a hospital, one or more members of his family go and live there with him, to cook for him, bathe, massage, and read to him, and to offer incessant familial sympathy, without which a Japanese patient would be miserable indeed. Dr. Fujii had no beds—only straw mats—for his pa- tients. He did, however, have all sorts of modern equipment: an Xray ma- chine, diathermy apparatus, and a fine tiled laboratory. The structure rested two-thirds on the land, one-third on piles over the tidal waters of the Kyo. This overhang, the part of the build- ing where Dr. Fujii lived, was queer-looking, but it was cool in sum- mer and from the porch, which faced away from the center of the city, the prospect of the river, with pleasure boats drifting up and down it, was al- ways refreshing. Dr. Fujii had occa- sionally had anxious moments when the Ota and its mouth branches rose to flood, but the piling was apparently firm enough and the house had always held.

Dr. Fujii had been relatively idle for about a month because in July, as the number of untouched cities in Ja- p a n d w i n d l e d a n d a s H i r o s h i m a seemed more and more inevitably a target, he began turning patients away, on the ground that in case of a fire raid he would not be able to evacuate them. Now lie had only two patients left— a woman from Yano, injured in the shoulder, and a young man of twenty-five recovering from burns he had suffered when the steel factory near [14] Hiroshima in which he worked had been hit. Dr. Fujii had six nurses to tend his patients. His wife and children were safe; his wife and one son were living outside Osaka, and another son and two daughters were in the country on Kyushu. A niece was living with him, and a maid and a manservant. He had little to do and did not mind, for he had saved some money. At fifty, he was healthy, convivial, and calm, and he was pleased to pass the evenings drinking whiskey with friends, always sensibly and for the sake of conver- sation. Before the war, he had af- fected brands imported from Scotland and America; now he was perfectly satisfied with the best Japanese brand, Suntory.

Dr. Fujii sat down cross-legged in his underwear on the spotless matting of the porch, put on his glasses, and

to al lado del puente del mismo nombre, contenía treinta habitaciones para treinta pacientes y sus familiares —ya que, de acuerdo a la tradición japonesa, cuando una persona se enferma y es recluida en un hospital, uno o más miembros de su familia deben ir a vivir con ella, para ba- ñarla, cocinar para ella, darle masajes y leerle, y para ofrecerle la infinita simpa- tía familiar sin la cual un paciente japo- nés se sentiría profundamente desgracia- do—. El doctor Fujii no tenía camas para sus pacientes, sólo esteras de paja. Sin embargo, tenía todo tipo de equipos mo- dernos: una máquina de rayos X, aparatos de diatermia y un elegante laboratorio en baldosín. Dos tercios de la estructura des- cansaban sobre la tierra y un tercio [18] sobre pilares, encima de las fuertes co- rrientes del Kyo. Este alero (la parte en la cual vivía el doctor Fujii) tenía un aspec- to extraño; pero era fresco en verano, y desde el porche, que le daba la espalda a la ciudad, la imagen de los botes de turis- mo llevadas por la corriente del río resul- taba siempre refrescante. El doctor Fujii había pasado momentos ocasionales de preocupación cuando el Ota y sus rama- les se desbordaban, pero los pilotes eran lo bastante fuertes, al parecer, y la casa siempre había resistido.

Durante cerca de un mes el doctor Fujii se había mantenido relativamente ocioso, puesto que en julio, mientras el número de ciudades japonesas que permanecían intactas era cada vez menor y cada vez más Hiroshima parecía un objetivo pro- bable, había comenzado a rechazar pacien- tes, alegando que no sería capaz de eva- cuarlos en caso de un ataque aéreo. Aho- ra le quedaban sólo dos: una mujer de Yano, lesionada en un hombro, y un jo- ven de veinticinco años que se recupera- ba de quemaduras sufridas cuando la me- talúrgica en la que trabajaba, cerca de Hiroshima, fue alcanzada por una bomba. El doctor Fujii contaba con seis enferme- ras para atender a sus pacientes. Su espo- sa y sus niños se encontraban a salvo: ella y uno de sus hijos vivían en las afueras de Osaka; su otro hijo y sus dos hijas vivían en el campo, en Kyushu. Una sobrina vi- vía con él, igual que una mucama y un mayordomo. Tenía poco trabajo y no le importaba, porque había ahorrado algún dinero. A sus cincuenta años, era un hom- bre sano, cordial y calmado, y le agrada- ba pasar las tardes con sus amigos, bebien- do whisky —siempre con prudencia—, por el gusto de la conversación. Antes de la guerra había hecho ostentación de mar- cas importadas de Escocia y los Estados Unidos; ahora lo satisfacía plenamente la mejor marca japonesa, Suntory.

El doctor Fujii se sentó sobre la estera inmaculada del porche, en calzoncillos y con las piernas cruzadas, se puso los len-

del mismo nombre, se componía de trein- ta habitaciones para treinta pacientes y sus acompañantes... porque, de acuerdo con la tradición japonesa, cuando alguien se enferma y debe ir al hospital, una o dos personas de su familia van a vivir con él para guisarle la comida, asearlo, [22] darle masaje, leerle y ofrecerle constan- te cariño familiar, sin lo cual el paciente japonés se siente indudablemente mise- rable. El doctor Fujii no tenía camas para sus enfermos: sólo esterillas de junco. No obstante, poseía toda suerte de equipos modernos: un aparato para rayos X, otro para diatermia y un laboratorio magnífi- camente instalado. La estructura descan- saba en sus dos terceras partes sobre tie- rra, y el otro tercio en pilares sobre las aguas sujetas a mareas del Kyo. Este sa- liente, la parte del edificio en que vivía el doctor Fujii, tenía un aspecto bastante extraño, pero en verano era fresco y des- de el porche, que miraba en sentido opuesto al centro de la ciudad, el panora- ma del río con las barcas de paseo que bogaban era siempre refrescante. De vez en cuando el doctor Fujii se sentía intran- quilo cuando el Ota y sus afluentes cre- cían, pero los pilares eran aparentemente lo bastante fuertes y la casa se mantenía siempre en su lugar.

Desde hacía más o menos un mes, el doctor había estado relativamente des- ocupado porque en julio, como el núme- ro de ciudades indemnes en el Japón dis- minuía e Hiroshima parecía cada vez más inevitablemente el blanco seguro, comenzó a dar de alta a sus pacientes, pues durante un bombardeo aéreo no podría evacuarlos. Ahora tenía solamen- te dos: una mujer de Yano, herida en el hombro, y un joven de veinticinco años que se recobraba de las quemaduras su- fridas al ser bombardeado el taller me- talúrgico cercano a Hiroshima en que trabajaba. El doctor Fujii tenía seis en- fermeras para atender a los pacientes. Su esposa y sus hijos estaban a salvo; ella y uno de los niños vivían en las afueras de Osaka, y otro hijo y dos niñas esta- ban en Kyushu. Con él vivían una so- brina, una mucama y un sirviente. Te- nía poco quehacer, y eso no le preocu- paba ya que había ahorrado [23] algún dinero. A la edad de cincuenta años era un hombre sano, sociable y tranquilo, y le placía pasar las veladas bebiendo whisky con sus amigos, por cierto que moderadamente y acompañando buena conversación. Antes de la guerra se ha- cia llevar excelentes bebidas de Escocia y los Estados Unidos; ahora se conten- taba perfectamente con el mejor whisky japonés, marca Suntory.

El doctor Fujii se sentó en paños meno- res, con las piernas cruzadas, en el porche pulcramente esterillado, se puso los anteojos

du pont du même nom, comprenait une trentaine de chambres à l’usage d’un nombre égal de pa- tients, non compris les parents - car, conformé- ment à la coutume japonaise, lorsqu’une per- sonne tombe malade et entre à l’hôpital, un ou plusieurs membres de la famille y vont vivre avec elle, pour lui faire sa cuisine, la baigner, la masser, lui faire la lecture et lui apporter l’in- cessante sympathie familiale sans laquelle tout patient japonais serait en vérité le plus malheu- reux des humains. Le docteur Fujii n’avait pas de lits pour ses malades - rien que des nattes de paille. Mais son équipement de toute espèce était moderne: rayons X, diathermie, magnifique laboratoire à carrelage. L’édifice reposait pour deux tiers sur le sol ferme ; pour un tiers, sur pilotis, dominant les eaux de la Kyo, où la marée se faisait sentir. Ce sur- plomb, qui était la partie de la maison où vivait le docteur Fujii, était d’aspect cu- rieux, mais il y faisait bon en été, et de la terrasse, qui tournait le dos au centre de la ville, la vue de la rivière, où se croi- saient les bateaux de plaisance, était tou- j o u r s r a f r a î c h i s s a n t e. L e d o c t e u r F u j i i avait eu, à l’occasion, ses heures d’an- x i é t é , l o r s q u e l ’ O t a e t l e s b r a s d e s o n delta se gonflaient outre mesure et débor- d a i e n t ; m a i s l e s p i l o t i s , a p p a r e m m e n t , étaient solides et la maison avait toujours résisté.

Depuis un mois environ, le docteur Fujii était relativement peu occupé depuis qu’en juillet, le nombre des villes épargnées par les raids diminuant sans cesse et Hiroshima voyant s’accroître d’autant ses chances de servir inévitablement de cible, il s’était mis à renvoyer ses malades sous prétexte que, en cas de raid incendiaire, il lui serait im- possible de procéder â leur évacuation. Il ne lui restait plus, à l’heure actuelle, que deux patients [26] une femme de Yano, blessée à l’épaule et un jeune homme de vingt-cinq ans, qui achevait de se remettre des brûlu- res qu’il avait eues lors du bombardement des aciéries proches de Hiroshima où il tra- vaillait. Le docteur Fujii avait six infirmiè- res pour soigner ses malades. Sa femme et ses enfants étaient en sécurité; un de ses fils vivait avec sa mère en dehors d’Osaka ; son second fils et ses deux filles étaient à la cam- pagne, dans l’île de Kyushu. Une de ses niè- ces, une femme de chambre et un domesti- q u e h a b i t a i e n t a v e c l u i. I l n ’ a v a i t p a s grand’chose à faire, et s’en souciait peu, ayant économisé une petite fortune. Il avait cinquante ans, se portait bien, était bon vi- vant, calme, et aimait à passer ses soirées à boire du whisky en compagnie d’amis, mo- dérément toujours et pour le plaisir de con- verser. Avant la guerre, il affectionnait le scotch et l’américain; maintenant, il se con- tentait parfaitement de la meilleure marque japonaise, le suntory.

Le docteur Fujii, jambes croisées, vêtu de ses seuls sous-vêtements, s’assit donc sur les nattes immaculées de sa terrasse, mit ses lu-

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Japanese matted floor, facing an al- tar graced with splendid silks, brass, silver, and heavy embroideries. This morning, a Monday, the only wor- shippers were Mr. Takemoto, a theo- logical student living in the mission house; Mr. Fukai, the secretary of the diocese; Mrs. Murata, the mission’s devoutly Christian housekeeper; and his fellow-priests. After Mass, while Father Kleinsorge was reading the Prayers of Thanksgiving, the siren sounded. He stopped the service and the missionaries retired across the compound to the bigger building. There, in his room on the ground floor, to the right of the front door, Father Kleinsorge changed into a military uniform which he had ac- quired when he was teaching at the Rokko Middle School in Kobe and which he wore during air-raid alerts.

After an alarm, Father Kleinsorge always went out and scanned the sky, and in this instance, when he stepped outside, he was glad to see only the single weather plane that flew over Hiroshima each day about this time. Satisfied that nothing would happen, he went in and breakfasted with the other Fathers on substitute coffee and ration bread, which, under the circumstances, was especially repug- nant to him. The Fathers sat and talked awhile, until, at eight, they heard the all-clear. They went then to various parts of the building. Fa- ther Schiffer retired to his room to do some writing. Father Cieslik sat in his room in a straight chair with a pillow over his stomach to ease his pain, and read. Father Superior LaSalle stood at the window of [17] his room, think- ing. Father Kleinsorge went up to a room on the third floor, took off all his clothes except his underwear, and stretched out on his right side o n a c o t a n d b e g a n r e a d i n g h i s Stimmen der Zeit.

After the terrible flash—which, Father Kleinsorge later realized, reminded him of something he had read as a boy about a large meteor colliding with the earth —he had t i m e ( s i n c e h e w a s 1 , 4 0 0 y a r d s from the center) for one thought: A bomb has fallen directly on us. Then, for a few seconds or min- utes, he went out of his mind.

Father Kleinsorge never knew how he got out of the house. The next things he was conscious of were that he was wandering around in the mission’s vegetable garden in his un- derwear, bleeding slightly from small cuts along his left flank; that all the

sas, de cara a un altar adornado con se- das espléndidas, bronce, plata, bordados finos. Esta mañana, lunes, los únicos fe- ligreses eran el señor Takemoto, un es- tudiante de teología que vivía en la casa de la misión; el señor Fukai, secretario de la diócesis; la señora Murata, ama de llaves de la misión y devotamente cris- tiana; y sus colegas sacerdotes. Después de la misa, mientras el padre Kleinsorge leía las oraciones de Acción de Gracias, sonó la sirena. Suspendió el servicio y los misioneros se retiraron cruzando el complejo de la misión hacia el edificio más grande. Allí, en su habitación de la planta baja, a la derecha de la puerta prin- cipal, el padre Kleinsorge se cambió a un uniforme militar que había adquirido cuando fue profesor de la escuela inter- media Rokko, en Kobe, un uniforme que le gustaba llevar puesto durante las alar- mas de bombardeo.

Después de una alarma, el padre Kleinsorge solía salir y escudriñar el cie- lo, y al salir esta vez se alegró de no ver más que el solitario avión meteorológico que sobrevolaba Hiroshima todos los días a esta misma hora. Seguro de que nada iba a pasar, regresó adentro y junto a los otros padres desayunó con un suc e d á n e o d e c a f é y s u r a c i ó n d e p a n , l a c u a l l e r e s u l t ó e s p e c i a l - m e n t e [ 2 1 ] r e p u g n a n t e b a j o l a s c i r c u n s t a n c i a s. L o s p a d r e s _________ c o n v e r s a r o n d u r a n t e u n r a t o , h a s t a c u a n d o e s c u c h a - r o n , a l a s o c h o , l a s i r e n a d e d e s p e j e. E n t o n c e s s e d i r i g i e - r o n a d i v e r s a s p a r t e s d e l e d i - f i c i o. E l p a d r e s u p e r i o r L a S a l l e s e q u e d ó d e p i e j u n t o a l a v e n t a n a d e s u h a b i t a c i ó n , p e n s a n d o. E l p a d r e K l e i n s o r g e s u b i ó a u n a h a b i t a c i ó n d e l t e r - c e r p i s o , s e q u i t ó t o d a l a r o p a , e x c e p t o s u s i n t e r i o r e s , s e a c o s t ó e n s u c a t r e s o b r e s u c o s t a d o d e r e c h o y c o m e n z ó a l e e r s u S t i m m e n d e r Z e i t.

Después del terrible relámpago —el pa- dre Kleinsorge se percató más tarde de que el resplandor le había recordado algo leído en su infancia acerca de un meteorito que se estrellaba contra la tierra— tuvo apenas tiempo (puesto que se encontraba a 1. metros del centro) para un pensamiento: una bomba nos ha caído encima. Enton- ces, durante algunos segundos o quizás mi- nutos, perdió la conciencia.

El padre Kleinsorge nunca supo cómo salió de la casa. Cuando volvió en sí, se encontraba vagabundeando en ropa inte- rior por los jardines de hortalizas de la mi- sión, sangrando levemente por pequeños cortes a lo largo de su flanco izquierdo; se dio cuenta de que todos los edificios de

suelo, mirando hacia un altar ornado con espléndidas sedas, bronce, plata y espesos bordados. Esa mañana, lu- nes, los úninicos fieles asistentes eran el señor Takemoto, estudiante de teo- logía que vivía en la misión; el señor Fukai, secretario de la diócesis; la señora Murata, ama de llaves de la mi- sión y cristiana ferviente, y sus cole- gas los otros sacerdotes. Después de la misa, mientras el padre Kleinsorge leía las plegarias de Acción de Gra- cias, sonó la alarma. Interrumpió el servicio y los misioneros se retiraron hacia el edificio mayor. Allí, en la habitación de [25] la planta baja, a la derecha de la puerta principal, el pa- dre Kleinsorge se puso el uniforme militar adquirido mientras enseñaba en la Escuela Secundaria Rokko, de Kobe, y que usaba durante las alar- mas antiaéreas.

Después de cada alarma, el padre Kleinsorge salía siempre a inspeccionar el cielo, y esta vez se alegró al ver nada más que el solitario avión meteorológico que volaba sobre Hiroshima todos los días aproximadamente a esa misma hora. Satisfecho de que nada malo sucediese, entró y tomó el desayuno con los otros sacerdotes, consistente en sucedáneo de café y pan, lo cual en las presentes cir- cunstancias le resultaba especialmente repugnante. Los sacerdotes se sentaron y conversaron un rato, hasta que, a las ocho, oyeron la sirena de cese de peligro. En- tonces se dirigieron a diferentes partes del edificio. El padre Schiffer se retiró a su habitación para escribir. El padre Cieslik se sentó en su cuarto en una silla de res- paldo recto con una almohada sobre el estómago para aliviar el dolor, y se dis- puso a leer. El superior LaSalle se paró ante la ventana de su cuarto, pensativo. El padre Kleinsorge se retiró a su habita- ción del tercer piso, se quitó toda la ropa excepto la interior, se estiró en un catre sobre el costado derecho, y comenzó a leer Stimmen der Zeit.

Después del terrible relámpago —que, como recapacitó más tarde el padre Kleinsorge, le recordó algo leído de mu- chacho acerca de un enorme meteoro que chocó con la tierra—, tuvo tiempo (puesto que se encontraba a 1.400 metros del cen- tro) para un solo pensamiento: Una bom- ba ha caído justamente encima de noso- tros. Entonces, por algunos minutos, o segundos, perdió conciencia.

El padre Kleinsorge no supo nun- ca cómo salió de la casa. Se encontró vagando por la huerta de la misión en paños menores sangrando levemente [26] por algunos pequeños cortes del costado izquierdo; vio que todos los edificios cercanos habían caído, ex-

l ’ u s a g e , f a c e à u n a u t e l g r a t i f i é d e s o i e s s p l e n d i d e s , d e c u i v r e s , d ’ a r g e n t s e t d e l o u r d e s b r o d e r i e s. C e m a t i n - l à , q u i é t a i t u n l u n d i , l e s s e u l s f i d è l e s é t a i e n t M. Ta k e m o t o , é t u d i a n t e n t h é o l o g i e q u i v i - v a i t a v e c l a m i s s i o n , M. F u k a i , s e c r é - t a i r e d u d i o c è s e , M m e M u r a t a , f e m m e d e c h a r g e d e l a m i s s i o n e t d é v o t e c h r é - tienne, ainsi que les trois autres prêtres. A p r è s l a m e s s e , e t a l o r s q u e l e P è r e K l e i n s o r g e l i s a i t l e s a c t i o n s d e g r â c e s , l a s i r è n e r e t e n t i t. I l i n t e r r o m p i t l ’ o f f i c e e t l e s m i s s i o n n a i r e s s e r e t i r è r e n t , à l ’ a u t r e b o u t d e l e u r p e t i t [ 3 0 ] d o m a i n e , d a n s l e p l u s g r a n d d e s d e u x b â t i m e n t s. L à , d a n s s a c h a m b r e , a u r e z - d e - c h a u s s é e , à d r o i t e d e l a p o r t e d ’ e n t r é e , l e P è r e K l e i n s o r g e s e c h a n g e a e t r e v ê t i t u n u n i f o r m e m i l i t a i r e q u ’ i l s ’ é t a i t p r o c u r é a l o r s q u ’ i l e n s e i g n a i t à l ’ E c o l e M o y e n n e R o k k o , d e K o b é , e t q u ’ i l p o r t a i t d u r a n t l e s a l e r t e s.

Chaque fois que retentissait la sirène, le Père Kleinsorge sortait regarder le ciel. Cette fois, lorsqu’il sortit, il fut heureux de constater que, seul, tournoyait dans le ciel l’avion de reconnaissance météorologique qui survolait régulièrement tous les jours, vers cette heure-là, Hiroshima. Convaincu que rien ne se passerait, il rentra prendre son petit dé- jeuner avec les autres religieux, ersatz de café et pain de rationnement qui, dans les c i r c o n s t a n c e s p r é s e n t e s , l u i r é p u g n a spécialement. Tous demeurèrent assis, à bavarder quelque temps, jusqu’à ce qu’à huit heures sonnât la fin d’alerte. Ils se ren- dirent alors en divers lieux de la maison. Le Père Schiffer se retira dans sa chambre pour écrire. Le Père Cieslik alla dans la sienne où il s’assit sur une chaise droite, un oreiller sur le ventre pour soulager la souffrance, et prit un livre. Le Père supé- rieur La Salle resta [31] debout à sa fenê- tre, songeant. Le Père Kleinsorge monta dans sa chambre, au troisième étage, ôta tous ses vêtements, à l’exception de ceux de dessous, et s’étendit sur le côté droit sur un petit lit; puis se plongea dans la lecture de son Stimmen der Zeit.

Après la terrible lueur - qui, lorsqu’il pensa lucidement à la chose par la suite, rappela au Père Kleinsorge une vague his- toire qu’il avait lue, enfant, sur la collision d’un énorme météore avec la terre - il eut le temps (il se trouvait à 1.400 mètres du centre) de se dire : Une bombe nous est tombée en plein dessus. Puis, pour quelques secondes (ou quelques minutes), il perdit complètement la tête.

Le Père Kleinsorge n’a jamais su comment il se retrouva dehors. Quand la conscience de ses actes lui revint, il se rendit compte qu’il errait au hasard, en sous-vêtements, dans le potager de la mission, ayant au flanc gauche quelques légères coupures qui saignaient un peu; que toutes les maisons à l’entour

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buildings round about had fallen down except the Jesuits’ mission house, which had long before been braced and doublebraced by a priest named Cropper, who was terrified of earthquakes; that the day had turned dark; and that Murata- san , the house- keeper, was nearby, crying over and over, “ Shu Jesusu, awaremi tamai! Our Lord Jesus, have pity on us!”

ON THE TRAIN on the way into Hiroshima from the country, where he lived with his mother, Dr. Terufumi Sasaki, the Red Cross Hospital sur- geon, thought over an unpleasant nightmare he had had the night before. His mother’s home was in Mukaihara, thirty miles from the city, and it took him two hours by train [18] and tram to reach the hospital. He had slept un- easily all night and had wakened an hour earlier than usual, and, feeling sluggish and slightly feverish, had de- bated whether to go to the hospital at all; his sense of duty finally forced him to go, and he had started out on an ear- lier train than he took most mornings. The dream had particularly frightened him because it was so closely associ- ated, on the surface at least, with a dis- turbing actuality. He was only twenty-five years old and had just completed his training at the Eastern Medical University, in Tsingtao, China. He was something of an ideal- ist and was much distressed by the in- adequacy of medical facilities in the country town where his mother lived. Quite on his own, and without a per- mit, he had begun visiting a few sick people out there in the evenings, after his eight hours at the hospital and four hours’ commuting. He had recently learned that the penalty for practicing without a permit was severe; a fellow-doctor whom he had asked about it had given him a serious scold- ing. Nevertheless, he had continued to practice. In his dream, he had been at the bedside of a country patient when the police and the doctor he had con- sulted burst into the room, seized him, dragged him outside, and beat him up cruelly. On the train, he just about de- cided to give up the work in Mukaihara, since he felt it would be impossible to get a permit, because the authorities would hold that it would conflict with his duties at the Red Cross Hospital.

At the terminus, he caught a street- car at once. (He [19] later calculated that if he had taken his customary train that morning, and if he had had to wait a few minutes for the streetcar, as of- ten happened, he would have been close to the center at the time of the

los alrededores se habían caído, excepto la misión de los jesuitas, que tiempo atrás había sido apuntalada y vuelta a apunta- lar por un sacerdote llamado Gropper que le tenía pavor a los terremotos; se dio cuenta de que el día se había oscurecido; y de que Murata-san, el ama de llaves, se encontraba cerca, gritando: «Shu Jesusu, awaremi tamai! ¡Jesús, señor nuestro, ten piedad de nosotros!».

En el tren que llegaba a Hiroshima desde el campo (donde vivía con su ma- dre), el doctor Terufumi Sasaki, ciru- jano del hospital de la Cruz Roja, iba recordando una desagradable pesadilla que [22] había tenido la noche anterior. L a c a s a d e s u m a d r e e s t a b a e n Mukaihara, a cincuenta kilómetros de la ciudad, y llegar al hospital le tomó dos horas en tren y tranvía. Había dor- mido mal toda la noche y se había des- pertado una hora antes de lo acostum- brado; se sentía lento y levemente afiebrado, y alcanzó a pensar en no ir al hospital. Pero su sentido del deber lo obligó finalmente, así que tomó un tren anterior al que tomaba casi todas las mañanas. El sueño lo había asusta- do particularmente porque estaba rela- cionado, por lo menos de manera su- perficial, con cierta actualidad moles- ta. El doctor tenía apenas veinticinco años y acababa de completar su entre- namiento en la Universidad Médica de Oriente, en Tsingtao, China. Tenía su lado idealista, y lo preocupaba la insu- ficiencia de instalaciones médicas de la región en que vivía su madre. Por su propia iniciativa y sin permiso oficial alguno había comenzado a visitar en- fermos de la zona durante las tardes, después de sus ocho horas en el hospi- tal y cuatro de trayecto. Recientemen- te se había enterado de que la multa por ejercer sin permiso era severa; un co- lega al cual había consultado al respec- to le había dado una seria reprimenda. Él, sin embargo, había seguido hacién- dolo. En su sueño estaba junto a la cama de un paciente, en el campo, cuando irrumpieron en la habitación la policía y el colega al que había consultado, lo agarraron, lo arrastraron afuera y lo golpearon con saña. En el tren se había casi decidido a abandonar el trabajo en Mukaihara, convencido de que sería imposible obtener un permiso: las au- toridades sostendrían que ese trabajo entraba en conflicto con sus labores en el hospital de la Cruz Roja.

Pudo conseguir un tranvía tan pron- to como llegó a la terminal. (Después calcularía que si hubiera tomado el tren de siempre esa mañana, y si hu- biera debido esperar algunos minutos a que pasara el tranvía, habría estado mucho más cerca del centro al momen-

cepto la Misión de los jesuitas, que hace mucho tiempo había sido refor- zada y vuelta a reforzar por un sacer- dote llamado Gropper, al que le ate- rrorizaban los terremotos; que el día había oscurecido; y que Murata-san, el ama de llaves, estaba cerca, repi- tiendo una y otra vez: Shu Jesusu, awaremi tamai! «¡Nuestro Señor Je- sucristo, ten piedad de nosotros!»

En el tren que lo llevaba a Hiroshima desde el campo, donde vivía con su ma- dre, el doctor Terufumi Sasaki, ciruja- no del Hospital de la Cruz Roja, recor- dó una desagradable pesadilla que ha- bía tenido la noche anterior. La casa de su madre estaba en Mukaihara, a trein- ta millas de la ciudad, y el trayecto has- ta el hospital por tren y tranvía le de- mandaba dos horas. Había dormido mal toda la noche y se despertó una hora más temprano que de costumbre; sin- tiéndose pesado y .algo febril, se pre- guntó si iría o no al hospital; finalmen- te su sentido del deber lo obligó a ir, y emprendió la marcha en un tren ante- rior al que tomaba todos los días. El sueño lo había asustado particular- mente porque estaba muy asociado, aparentemente al menos, con la in- quietante realidad. Tenía solamente veinticinco años y acababa de termi- nar su práctica en la Universidad Mé- dica Oriental, de Tsingtao, China. Era un poco idealista y lo afligía mucho la falta de transportes médi- cos en la zona donde vivía su madre. Por su cuenta, y sin permiso, había comenzado a visitar por las noches, a algunas personas enfermas, después de las ocho horas de hospital y las cuatro de viaje. Hacía poco se había enterado de que la pena para los que practicaban sin permiso era severa; un colega al que le consultó sobre el particular le dio una seria adverten- cia. A [27] pesar de ello, continuaba practicando. En su sueño, estaba a la cabecera de un paciente de esa zona, cuando la policía y el médico al cual él había hecho la consulta entraron en la habitación, lo aferraron, lo lle- v a r o n a f u e r a y l o g o l p e a r o n c o n crueldad. En el tren, ya casi había d e c i d i d o d e j a r e l t r a b a j o e n Mukaihara, puesto que sería imposi- ble conseguir un permiso, debido a que las autoridades considerarían que eso iba a interferir en su trabajo en el Hospital de la Cruz Roja.

En la estación terminal tomó inmedia- tamente el tranvía. (Más tarde calculó que si esa mañana hubiera tomado el tren de costumbre, y si hubiera tenido que espe- rar al tranvía unos minutos, como le su- cedía a_menudo, habría estado mucho más cerca del centro en el momento de

s’étaient écroulées, à l’exception du bâtiment de la mission qu’un jésuite du nom de Gropper avait, depuis bien longtemps déjà, consolidée et renforcée, dans la terreur des tremblements de terre ; que [32] le jour s’était brusquement changé en nuit; et que Murata-san, la femme de charge, non loin de lui, pleurait, criant et. criant sans fin : « Shu Jesusu, aswaremi tamai! Seigneur Jésus, ayez pitié de nous! »

Dans le train qui, de la campagne où il vivait avec sa mère, le conduisait à Hi- roshima, le docteur Terufumi Sasaki, chi- rurgien à l’hôpital de la Croix-rouge, ru- minait un cauchemar déplaisant qu’il avait fait durant la nuit. La maison de sa mère était à Mukaihara, à quelque quarante ki- lomètres de la ville et il lui fallait compter deux heures de train et de tram pour arri- ver à (hôpital. Toute la nuit, il avait dormi d’un sommeil agité et s’était éveillé une heure plus tôt qu’à l’ordinaire. Se sentant tout alourdi et mou et légèrement fiévreux, il avait presque décidé de ne pas se rendre à l’hôpital; mais le sentiment du devoir l’avait en définitive emporté, et il avait pris un train plus tôt que d’habitude. Ce rêve qu’il avait [33] fait (avait singulièrement effrayé, par le lien étroit qu’il présentait, du moins en apparence, avec des faits d’une troublante actualité. Le docteur Sasaki n’avait que vingt-cinq ans et venait juste de terminer son stage pratique à l’Univer- sité Orientale de Médecine de Tsingtao, en Chine. Quelque peu idéaliste, il ne laissait pas d’éprouver une certaine détresse devant l’insuffisance des moyens médicaux de la petite ville où demeurait sa mère. Il avait pris sur lui, sans autorisation légale, de vi- siter à domicile quelques malades, le soir, après ses huit heures d’hôpital et ses qua- tre heures de trajet. On lui avait appris ré- cemment que l’exercice illégal de la méde- cine était frappé de peines sévères ; un col- lègue, qu’il avait entretenu de la question, (avait vigoureusement semoncé. Il n’en avait pas moins poursuivi ses visites. Dans son rêve, il était au chevet d’un malade, dans la petite ville, quand la police et le médecin, dont il avait pris l’avis, surgis- s a i e n t s o u d a i n d a n s l a p i è c e , l ’ e m p o i - gnaient, le traînaient dehors et le rossaient cruellement. Dans le train, il décida prati- q u e m e n t d e r e n o n c e r à t r a v a i l l e r à Mukaihara, dans le sentiment qu’il lui se- rait impossible d’en obtenir l’autorisation car, officiellement, [34] on ne manquerait pas de prétendre que cette activité était in- conciliable avec ses fonctions à l’hôpital de la Croix-rouge.

Au terminus, il sauta aussitôt dans un tram. (Plus tard, il calcula que, s’il avait pris le train qu’il prenait d’habitude et s’il avait dû attendre le tram quelques minutes, comme il arrivait souvent, il eût é t é t o u t p r è s d u c e n t r e a u m o m e n t d e (explosion et y eût certainement trouvé

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bomb fell. There was extra housework to do. Her eleven-month-old brother, Akio, had come down the day before with a serious stomach upset; her mother had taken him to the Tamura Pediatric Hospital and was staying there with him. Miss Sasaki, who was about twenty, had to cook breakfast for her father, a brother, a sister, and her- self, and—since the hospital, because of the war, was unable to provide food—to prepare a whole day’s meals for her [21] mother and the baby, in time for her father, who worked in a factory making rubber earplugs for ar- tillery crews, to take the food by on his way to the plant. When she had fin- ished and had cleaned and put away the cooking things, it was nearly seven. The family lived in Koi, and she had a forty-five-minute trip to the tin works, in the section of town called Kannonmachi. She was in charge of the personnel records in the factory. She left Koi at seven, and as soon as she reached the plant, she went with some of the other girls from the per- sonnel department to the factory au- ditorium. A prominent local Navy man, a former employee, had commit- ted suicide the day before by throw- ing himself under a train—a death con- sidered honorable enough to warrant a memorial service, which was to be held at the tin works at ten o’clock that morning. In the large hall, Miss Sasaki and the others made suitable prepara- tions for the meeting. This work took about twenty minutes.

Miss Sasaki went back to her office and sat down at her desk. She was quite far from the windows, which were off to her left, and behind her were a couple of tall bookcases containing all the books of the factory library, which the personnel department had orga- nized. She settled herself at her desk, put some things in a drawer, and shifted papers. She thought that before she began to make entries in her lists of new employees, discharges, and de- partures for the Army, she would chat for a moment with the girl at her right. Just as she turned her head away from the windows, [22] the room was filled with a blinding light. She was para- lyzed by fear, fixed still in her chair for a long moment (the plant was 1,6oo yards from the center).

Everything fell, and Miss Sasaki lost consciousness. The ceiling dropped suddenly and the wooden floor above collapsed in splinters and the people up there came down and the roof above them gave way; but princi- pally and first of all, the bookcases right behind her swooped forward and

a las tres de la mañana. Tenía más que- haceres que de costumbre. Su hermano Akio, de once años, había llegado el día anterior aquejado de serias molestias es- tomacales; su madre lo había llevado al hospital pediátrico de Tamura y se había quedado a acompañarlo. La señorita Sasaki, de poco más de veinte años, tuvo que preparar desayuno para su padre, un hermano, una hermana y para ella mis- ma; y —puesto que, debido a la guerra, al hospital no le era posible dar comi- das— tuvo que preparar las de un día entero para su madre y su hermano me- nor, y todo eso a tiempo para que su pa- dre, que trabajaba en una fábrica hacien- do tapones plásticos para los oídos de los artilleros, le llevara la comida de cami- no a la planta. Cuando hubo terminado, limpiado y guardado los utensilios de co- cina, eran casi las siete. La familia vivía en Koi, y a la señorita Sasaki la esperaba un trayecto de cuarenta y cinco minutos hasta la fábrica de estaño, ubicada en una parte de la ciudad llamada Kannonmachi (ella estaba a cargo de los registros de personal en la fábrica). Salió de Koi a las siete; tan pronto como llegó a la planta, fue con otras chicas al auditorio. Un no- table marino local, antiguo empleado, se había suicidado el día anterior arrojándo- se a las vías del tren —una muerte consi- derada lo suficientemente honorable [25] como para merecer un servicio funerario que tendría lugar a las diez de la mañana en la fábrica de estaño—. En el amplio za- guán, la señorita Sasaki y las otras arregla- ban los preparativos para la reunión. Esta labor les llevó unos veinte minutos.

La señorita Sasaki regresó a su ofi- cina y tomó asiento frente a su escri- torio. Estaba bastante lejos de las ven- tanas a su izquierda; detrás de ella ha- bía un par de altas estanterías que con- tenían todos los libros de la biblioteca de la fábrica: el personal del departa- mento las había organizado. Ella se acomodó, metió algunas cosas en un cajón y movió unos papeles. Pensó que antes de comenzar a hacer entradas en sus listas de contratos, despidos y re- clutamientos en el ejército, conversa- ría un rato con la chica de su derecha. Justo al girar la cabeza y dar la espal- da a la ventana, el salón se llenó de una luz cegadora. Quedó paralizada de miedo, clavada en su silla durante un largo momento (la planta estaba a 1.462 metros del centro).

7 Todo se desplomó, y la señorita Sasaki perdió la conciencia. El cielo raso se de- rrumbó de repente y el piso de madera se desplomó y cayó la gente de arriba y el techo cedió; pero lo principal y lo más importante fue que las estanterías que es- taban justo detrás de ella fueron barridas hacia delante, los libros la derribaron y

la mañana el día que cayó la bomba. Tenía trabajo extra en la casa. Su her- manito Akio, de once meses, se había descompuesto seriamente del estómago el día anterior; la madre lo había lleva- do al Hospital Pediátrico Tamura, y se quedaba acompañándolo. La señorita Sasaki, que tenía unos [29] veinte años de edad, debió preparar el desayuno para su padre, su hermana, su otro hermano, y para ella misma, y —puesto que el hospital, a causa de la guerra, no podía proveer la comida— preparar los ali- mentos de todo un día para su madre y el bebé, con tiempo para que el padre, que trabajaba en una fábrica de obturadores de goma para piezas de ar- tillería, pudiese llevarlos de paso para el trabajo. Cuando terminó y limpió y ordenó la vajilla, eran casi las siete. La familia vivía en Koi y la joven debía hacer un viaje de cuarenta y cinco mi- nutos hasta su empleo en la sección de la ciudad llamada Kannonmachi. Ella tenía a su cargo el registro de personal de la fábrica. Salió de Koi a las siete, y, tan pronto como llegó a la fábrica, fue junto con otras compañeras al salón au- ditorio. Un marino importante, ex em- pleado de la compañía, se había suici- dado el día anterior arrojándose bajo un tren..., muerte considerada lo suficien- temente honorable para concederle de- recho a un funeral que tendría lugar en la fábrica, a las diez de la mañana. En el amplio salón, la señorita Sasaki y las otras hicieron los preparativos para el acto. Este trabajo demandó unos veinte minutos.

La señorita Sasaki volvió a su oficina y se sentó ante el escritorio. Estaba bas- tante alejada de las ventanas, que se en- contraban a la izquierda, y detrás de ella había un par de estantes grandes que con- tenían todos los libros con que contaba la biblioteca de la fábrica, organizada por el personal. Se acomodó en su puesto, puso algunas cosas en un cajón y prepa- ró los papeles. Pensó que antes de comen- zar a registrar en su lista a los empleados nuevos, empleados despedidos y alista- dos en el ejército, conversaría un momen- to con la muchacha de su derecha. Justa- mente cuando volvió la cabeza hacia el lado opuesto a las ventanas, el salón se inundó de una luz cegadora. El miedo la paralizó y la [30] clavó a su silla durante largo rato (la fábrica estaba a 1.600 me- tros del centro).

Todo cayó, y la señorita Sasaki per- dió el sentido. El cielo raso se vino aba- jo repentinamente y el piso de madera de arriba se derrumbó en pedazos, y por la brecha abierta cayó la gente del piso superior; pero principalmente, y antes que nada, los estantes con libros que es- taban exactamente detrás suyo se incli-

lâchée la bombe. Il y avait un supplément de ménage à faire ce jour-là. La [37] veille, son petit frère, Akio, âgé de onze mois, avait eu de sérieux troubles digestifs ; sa mère l’avait conduit à l’hôpital pédiatrique Tamura, où elle était restée avec lui. Mlle Sasaki,. âgée d’une vingtaine d’années, devait préparer le petit déjeuner de son père, de son frère, de sa sueur, en plus du sien; en outre - l’hôpital, par suite de la guerre, ne fournissant plus de repas - il lui fallait cuire les repas de la journée pour sa mère et pour le bébé, à temps pour que son père, qui travaillait dans une fabrique de protège-oreilles en caoutchouc pour l’artil- lerie, pût déposer les plats ainsi préparés, en se rendant à son travail. Lorsqu’elle en eut terminé avec ces occupations, qu’elle eut lavé, nettoyé et rangé les ustensiles, il était près de sept heures. La famille vivait à K o ï ; l a j e u n e f i l l e d e v a i t c o m p t e r quarante-cinq minutes pour arriver à son bureau, dans le quartier de la ville connu sous le nom de Kannon-machi. Elle avait la charge du fichier du personnel de l’en- treprise. Elle partit de Koï à sept heures et, sitôt arrivée, se rendit, avec quelques autres jeunes employées de son service, dans la salle des fêtes de l’usine. Un éminent offi- cier de marine, précédemment [38] employé par l’entreprise, s’était suicidé la veille en se jetant sous un train - suicide estimé as- sez honorable pour autoriser un service en mémoire du défunt ; service qui devait avoir lieu à l’usine, à dix heures ce matin-là. Dans la grande salle, Mile Sasaki et ses compagnes procédèrent aux préparatifs appropriés. Ce qui loir prit quelque vingt minutes.

Mlle Sasaki revint ensuite dans son bu- reau et s’assit devant sa table. Elle était à bonne distance des fenêtres qui se tenaient assez loin, sur sa gauche ; derrière elle, se dressaient deux hautes armoires à livres, contenant tous les volumes de la bibliothè- que de l’usine, organisée par les soins du service du personnel. Elle s’installa donc devant sa table, rangea certaines choses dans un tiroir, remua des papiers. Elle se dit que, avant de se mettre à la liste des membres du personnel nouvellement engagés, renvoyés ou mobilisés, elle bavarderait quelques se- condes avec sa voisine de droite. Elle ve- nait juste de détourner la tête, cessant de ce fait de regarder dans la direction des fenê- tres, quand la pièce s’emplit d’une lueur aveuglante. Paralysée par la peur, elle resta clouée sur sa chaise un bon moment [39] (l’usine était à 1.600 mètres du centre).

Tout s’effondra et Mile Sasaki perdit con- naissance. Le plafond s’écroula brusque- ment ; le plancher en bois de l’étage supé- rieur vola en éclats, dégringola avec les gens qu’il supportait, cependant que le toit, au-dessus, cédait, mais surtout et en tout premier, les armoires qui se dressaient der- r i è r e l a j e u n e f i l l e , f u r e n t b a l a y é e s e n

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the contents threw her down, with her left leg horribly twisted and breaking underneath her. There, in the tin fac- tory, in the first moment of the atomic age, a human being was crushed by books. [23]

II The Fire

IMMEDIATELY after the explo- sion, the Reverend Mr. Kiyoshi Tanimoto, having run wildly out of the Matsui estate and having looked in wonderment at the bloody soldiers at the mouth of the dugout they had been digging, attached himself sympatheti- cally to an old lady who was walking along in a daze , holding her head with her left hand, supporting a small boy of three or four on her back with her right, and crying, “I’m hurt! I’m hurt! I’m hurt!” Mr. Tanimoto transferred the child to his own back and led the woman by the hand down the street, which was darkened by what seemed to be a local column of dust. He took the woman to a grammar school not far away that had previously been des- ignated for use as a temporary hospi- tal in case of emergency. By this so- licitous behavior, Mr. Tanimoto at once got rid of his terror. At the school, [24] he was much surprised to see glass all over the floor and fifty or sixty injured people already waiting to be treated. He reflected that, al- though the all-clear had sounded and he had heard no planes, several bombs must have been dropped. He thought of a hillock in the rayon man’s gar- den from which he could get a view of the whole of Koi—of the whole of Hiroshima, for that matter—and he ran back up to the estate.

From the mound, Mr. Tanimoto saw an astonishing panorama. Not just a patch of Koi, as he had ex- pected, but as much of Hiroshima as he could see through the clouded air was giving off a thick, dreadful miasma. Clumps of smoke, near and far, had begun to push up through the general dust. He wondered how such exten- sive damage could have been dealt out of a silent sky; even a few planes, far up, would have been audible. Houses nearby were burning, and when huge drops of water the size of marbles be- gan to fall, he half thought that they must be coming from the hoses of firemen fighting the blazes. (They were actually drops of condensed moisture falling from the turbulent tower of dust, heat, and fission frag-

ella quedó con su pierna izquierda horri- blemente retorcida, partiéndose bajo su propio peso. Allí, en la fábrica de esta- ño, en el primer momento de la era ató- mica, un ser humano fue aplastado por libros. [26]

II

EL FUEGO

I n m e d i a t a m e n t e d e s p u é s d e l a e x p l o s i ó n , t r a s e s c a p a r c o r r i e n - d o d e l a p r o p i e d a d d e M a t s u i y d e h a b e r v i s t o c o n a s o m b r o l o s s o l d a d o s s a n g r a n d o e n l a b o c a d e l r e f u g i o , e l r e v e r e n d o K i y o s h i T a n i m o t o s e u n i ó a u n a a n c i a n a q u e c a m i n a b a , s o l a y a t u r d i d a , s osteniéndose la cabeza con la mano izquierda, llevando so- bre su espalda a un niño de tres o cua- tro años y gritando: «¡Estoy herida! ¡Estoy herida! ¡Estoy herida!». El se- ñor Tanimoto cargó al niño, tomó de la mano a la mujer y la condujo a tra- vés de una calle oscurecida por lo que parecía ser una columna de polvo del lugar. Llevó a la mujer a una escuela de gramática no lejos de allí, previa- mente designada para servir como hospital en caso de emergencia. Me- diante esta acción servicial, el señor Tanimoto se liberó del miedo. En la escuela lo sorprendió encontrar vi- drios en el suelo y cincuenta o sesen- ta personas esperando ya para ser atendidas. Pensó que, aunque la sire- na de despeje había sonado y no se h a b í a n e s c u c h a d o a v i o n e s , v a r i a s bombas debieron de ser arrojadas. Re- cordó un pequeño montículo en el jar- dín del hombre de los rayones desde el cual se podía ver todo Koi —de he- cho, toda Hiroshima— y corrió de vuelta a la propiedad.

Desde el montículo, el señor Tanimoto vio un panorama que lo dejó estupefacto. No sólo una zona de Koi, como había creí- do, sino también la parte entera de Hiroshima que podía ver a través del aire turbio despedían un miasma denso y es- pantoso. [27] Aquí y allá, macizos de humo habían comenzado a abrirse paso a través del polvo. Se preguntó cómo daños semejantes podían haber salido de un cie- lo silencioso; incluso unos pocos aviones volando alto hubieran sido detectados. Las casas vecinas se quemaban; cuando co- menzaron a caer gotas de agua del tama- ño de una canica, el señor Tanimoto cre- yó que venían de las mangueras de los bomberos que luchaban contra el incen- dio. (En realidad, eran gotas de humedad condensada que caían de la turbulenta to- rre de polvo, aire caliente y fragmentos

naron hacia adelante y la arrojaron al suelo, con la pierna izquierda horrible- mente retorcida y quebrada. Allí, en la fábrica de hojalata, en el primer instan- te de la era atómica, un ser humano fue aplastado por los libros. [31]

EL INCENDIO

Inmediatamente después de la explo- sión, el reverendo Kiyoshi Tanimoto, una vez que salió corriendo a ciegas de la propiedad de Matsui, y que miró con sorpresa a los sangrantes soldados en la boca del agujero que habían estado cavando, se acercó compasivo a una an- ciana que caminaba al azar, sostenién- dose la cabeza con la manó izquierda, y llevando sobre la espalda a un niño de tres o cuatro años, al que sujetaba con la derecha,— mientras gritaba: «¡Estoy herida! ¡Estoy herida! ¡Estoy herida!» El señor Tanimoto cargó el chico en su propia espalda y condujo por la mano a la mujer hasta la calle, oscurecida por lo que parecía ser una columna de polvo común. La llevó has- ta una escuela primaria cercana, previa- m e n t e d e s i g n a d a c o m o h o s p i t a l temporario para casos de emergencia. Por medio de esta conducta solícita, el señor Tanimoto se libró en el acto de su terror. En la escuela se sorprendió muchísimo al ver el suelo cubierto de trozos de vidrio y cincuenta o sesenta personas heridas que esperaban ser tra- tadas. Reflexionó que, aunque había sonado la sirena de cese de peligro y no había oído aviones, debieron arro- jarse varias bombas. Recordó que en el jardín del industrial había una loma desde la cual podría echar un vistazo a todo Koi —y a toda Hiroshima, en rea- lidad— y corrió a la propiedad.

Desde la colina, el señor Tanimoto vio un panorama desolador. No solamente un sector de Koi, como él había esperado, sino todo lo que le era posible ver de Hiroshima en medio de ese aire neblino- so, emanaba un miasma espeso y pavoro- so. Manchones de humo, cerca y lejos, comenzaban a surgir de la polvareda ge- neral. Se preguntó cómo podía haber re- sultado un daño tan extenso de un [35] cie- lo silencioso, aun unos pocos aviones, por alto que volasen, hubiesen sido audibles. Las casas cercanas estaban ardiendo, y cuando comenzaron a caer enormes gotas de agua del tamaño de bolitas, pensó a medias que provendrían de las mangueras de bomberos que luchaban contra las lla- mas. (En realidad eran gotas de humedad condensada que caían del turbulento hon- go de polvo, calor y fragmentos de áto-

avant, tandis que leur contenu la précipi- tait à terre, la jambe gauche horriblement tordue et se brisant sous elle. Ainsi, dans une usine d’étain, aux premières secondes de l’âge atomique, un être humain gisait-il, écrasé par des livres.

[41] L’INCENDIE

Aussitot après l’explosion, le Révérend Kiyoshi Tanimoto, que nous avons laissé se précipitant comme un fou hors de la pro- priété de M. Matsui et regardant avec stu- peur des soldats couverts de sang déboucher de la galerie souterraine qu’ils étaient oc- cupés à creuser, donna tous ses soins api- toyés à une vieille dame qui marchait droit devant elle, hébétée , se tenant la tête de la main gauche et, de la droite, soutenant un pe- tit garçon de trois ou quatre ans qu’elle por- tait sur son dos, [42] tout en criant : « Je suis blessée i Je suis blessée! Je suis blessée! » M. Tanimoto transféra l’enfant du dos de la femme sur le sien, puis, la prenant par la main, la conduisit jusqu’au bas de la rue qu’obscurcissait ce que l’on eût dit être une colonne de poussière bien localisée. Ils arri- vèrent à une école primaire, non loin de là, désignée auparavant pour servir d’hôpital temporaire en cas. de nécessité. D’attention pleine de sollicitude qu’il avait portée à la vieille femme aida M. Tanimoto à se débar- rasser sur-le-champ de sa terreur. Parvenu à l’école, il fut grandement surpris de s’aper- cevoir que le sol était couvert de débris de verre et que cinquante à soixante blessés at- tendaient déjà d’être pansés. Il se dit que, bien que la fin d’alerte eût sonné et qu’il n’eût pas entendu d’avions, plusieurs bombes avaient dû tomber. Il se souvint d’un monticule, dans le jardin du fabricant de rayonne, d’où l’on avait vue sur l’ensemble d e K o ï - e t d e H i r o s h i m a , p o u r a u t a n t - e t. i l r e v i n t e n c o u r a n t à l a p r o p r i é t é.

De ce monticule, M. Tanimoto découvrit un panorama stupéfiant. Ce n’était pas seulement d’un petit coin de Koï, comme il s’y était attendu - c’était de tout ce [43] qu’il apercevait de Hiroshima, à travers le nuage dont l’air était obscurci, que montait une épaisse et épou- vantable colonne d’atmosphère empoisonnée. De massives gerbes de fumée, proches ou lointai- nes, s’élevaient déjà, trouant la nappe immense de poussière. Il se demanda comment tant de dégâts, sur une telle surface, avaient pu naître d’un ciel silencieux; ne se fût-il agi que de quel- ques avions, volant à haute altitude, on n’eût pas manqué de les entendre. Non loin, des maisons brûlaient et lorsque d’énormes gouttes d’eau, grosses comme des billes, se mirent à tomber, il eut comme une idée qu’elles devaient provenir des lances des pompiers luttant coutre le feu. (En fait, c’étaient des gouttes résultant de la condensation de l’atmosphère, tombant de la tumultueuse co- lonne de fumée, d’air chaud et de matière désinté-

daze 1 stupefy, bewilder. 2 a state of confusion or bewilderment ( in a daze ).

miasma = putrid mist, tufo, hedor, efluvio

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out into the street. They had nothing on but underpants, and although the day was very hot, she worried rather confusedly about their being cold, so she went back into the wreckage and burrowed underneath and found a bundle of clothes she had packed for an emergency, and she dressed them in pants, blouses, shoes, paddedcotton air-raid helmets called bokuzuki, and even, irrationally, overcoats. The chil- dren were silent, except for the five-year-old, Myeko, who kept ask- ing questions: “Why is it night al- ready? Why did our house fall down? What happened?” Mrs. Nakamura, who did not know what had happened (had not the all-clear sounded?), looked around and saw through the darkness that all the houses in her neighborhood had collapsed. The house next door, which its owner had been tearing down to make way for a fire lane, was now very thoroughly, if crudely, torn down; its owner, who had been sacrificing his home for the community’s safety, lay dead. Mrs. Nakamoto, wife of the head of the lo- cal air-raid-defense Neighborhood As- sociation, came across the street with her head all bloody, and said that her baby was badly cut; did Mrs. Nakamura [27] have any bandage? Mrs. Nakamura did not, but she crawled into the remains of her house again and pulled out some white cloth that she had been using in her work as a seamstress, ripped it into strips, and gave it to Mrs. Nakamoto. While fetching the cloth, she noticed her sewing machine; she went back in for it and dragged it out. Obviously, she could not carry it with her, so she unthinkingly plunged her symbol of livelihood into the receptacle which for weeks had been her symbol of safety—the cement tank of water in front of her house, of the type every household had been ordered to construct against a pos- sible fire raid.

A nervous neighbor, Mrs. Hataya, called to Mrs. Nakamura to run away with her to the woods in Asano Park—an estate, by the Kyo River not far off, belonging to the wealthy Asano family, who once owned the Toyo Kisen Kaisha steamship line. The park had been designated as an evacuation area for their neighbor- hood. Seeing fire breaking out in a nearby ruin (except at the very cen- ter, where the bomb itself ignited some fires, most of Hiroshima’s citywide conflagration was caused by inflammable wreckage falling on cookstoves and live wires), Mrs. Nakamura suggested going over to fight it. Mrs. Hataya said, “Don’t be

s a c ó a l a c a l l e. No tenían nada puesto, salvo sus interiores, y, aunque el día era cálido, confusamente se pre- ocupó de que fueran a pasar frío, así que regresó a los destrozos y hurgó en ellos buscando un atado de ropas que había empacado para una emergencia, y vistió a los niños con pantalones, ca- misas, zapatos, cascos de algodón para bombardeos llamados bokuzuki e inclu- so, absurdamente, con abrigos. Los niños estaban callados, salvo Myeko, la de cin- co años, que no paraba de hacer preguntas: «¿Por qué se ha hecho de noche tan tempra- no? ¿Por qué se ha caído nuestra casa? ¿Qué ha pasado?». La señora Nakamura, que ig- noraba qué había pasado (¿acaso no había sonado la sirena de despeje ?), miró a su alrededor y a [29] través de la oscuri- dad vio que todas las casas de su ba- rrio se habían derrumbado. La casa ve- cina, la que estaba siendo demolida por s u d u e ñ o p a r a a b r i r u n c a r r i l cortafuegos, había sido completamente demolida (si bien de forma algo rudi- mentaria); el dueño, que había querido sacrificar su hogar por la comunidad, ya- cía muerto. La señora Nakamoto, espo- sa del jefe de la Asociación de Vecinos local, cruzó la calle hacia ella con la ca- beza cubierta de sangre, y dijo que su niño tenía cortes graves; atenía la seño- ra Nakamura algún tipo de vendas? La señora Nakamura no tenía vendas, pero volvió a los restos de su casa y sacó de entre los escombros una tela blanca que había utilizado en su tra- bajo como costurera, la cortó en tiras y se la dio a la señora Nakamoto. Al buscar la tela, vio por casualidad su máquina de coser; regresó por ella y la arrastró afuera. Pero, como era evi- dente, no pudo llevarla consigo, así que arrojó el símbolo de su sustento en el recipiente que durante semanas había sido el símbolo de su seguridad: un tan- que de agua enfrente de su casa, el tipo de tanque que se le había ordenado construir a todas las familias en pre- visión de un probable ataque aéreo.

La señora Hataya, una vecina ner- viosa, le propuso a la señora Nakamura escapar hacia los bosques del parque Asano, una propiedad junto al río Kyo perteneciente a la familia Asano, los adinerados dueños de la línea de vapo- res Kisen Kaisha. El parque había sido señalado como zona de evacuación para su vecindario. Pero la señora Nakamura había visto un incendio en una ruina cercana (excepto en el cen- tro, donde la bomba había causado al- gunos incendios, casi todas las confla- graciones en Hiroshima fueron causa- das por destrozos inflamables que caían sobre estufas y cables eléctricos), y su- girió acudir a apagarlo. La señora Hataya dijo: «No seas tonta. ¿Y si vie-

cos a la calle. Sólo llevaban puestos los calzones, y aunque el día era muy caluroso, la madre pensó confusamen- te que tendrían frío, de modo que vol- vió a meterse entre las ruinas, revol- vió y encontró un atado de ropa pre- parado de antemano para alguna emer- gencia; los vistió con pantalones, blu- sas, zapatos, unos sombreros de algo- dón acolchado llamados bokuzuki, y hasta abrigos. Los niños estaban en silencio, salvo Myeko, la menor, que no cesaba de hacer preguntas: —¿Por qué ya es de noche? ¿Por qué se cayó nuestra casa? ¿Qué pasó? La señora Nakamura, que no sabía lo que había pasado (¿acaso no sonó la si- rena de cese de peligro?), miró alre- dedor y vio, por entre la penumbra, que todas las casas de la vecindad habían caído. La de al lado, cuyo dueño había estado derribándola [37] para dar lugar al campo de defensa contra el fuego, estaba ahora destrui- da del todo; su dueño, el que sacrifi- caba su hogar a la seguridad común, estaba muerto. La señora Nakamoto, esposa del presidente de la Asocia- c i ó n Ve c i n a l l o c a l p a r a d e f e n s a antiaérea, cruzó la calle con la cabe- za sangrando, y dijo que su hijito es- taba gravemente herido; ¿tenía la se- ñora Nakamura algunas vendas? La señora Nakamura no las tenía, pero volvió a abrirse paso entre las ruinas de su casa, y sacó un paño blanco que había estado usando para su tarea de costurera, lo desgarró en jirones, y se lo dio a la señora Nakamoto. Mientras busca- ba este paño vio su máquina de coser; vol- vió a entrar y la arrastró hasta afuera. Era obvio que no podría llevarla consigo, de modo que, inconscientemente, sumergió el símbolo de la economía de su vida en el receptáculo que durante semanas había sido el símbolo de su seguridad: el tanque de cemento para agua que había enfrente de su casa, que era igual a los que se había ordenado construir a todo el mundo contra un posible incendio de la ciudad.

Una vecina nerviosa, la señora Hataya, le dijo a la señora Nakamura que huyese con ella a los bosques del parque Asano, propiedad no muy alejada junto al río Kyo y perteneciente a la adinerada familia Asano, en una época dueña de la línea de navegación Toyo Kisen Kaisha. El parque había sido designado zona de evacuación para la comunidad. Al ver que en una rui- na de las inmediaciones comenzaba un incendio (salvo en el centro, donde la bom- ba misma provocó algunos incendios, la mayor parte de los siniestros de Hiroshima fue causada por los escombros inflamables al caer sobre hornillos de cocina o cables eléctricos), la señora Nakamura sugirió ir a combatirlo. La señora Hataya dijo: [38] —No sea tonta. ¿ Y si vienen los avio-

Ils n’avaient sur eux que leurs petites culot- tes de dessous, et bien que la ,journée fût très chaude, dans la crainte plutôt déconcertante qu’ils n’eussent froid, elle retourna parmi les décombres, fouilla dans des monceaux de cho- ses et finit par dénicher un baluchon [petate] de vêtements qu’elle avait préparé en cas de né- cessité ; elle en habilla les enfants - culottes, blouses, chaussures, casques rembourrés de coton (qu’on appelait bokuzuki) et même, illogiquement, pardessus. Les petits se tai- saient, sauf la fillette de cinq ans, Myeko, qui ne cessait de poser des questions : « Pour- quoi est-ce qu’il fait déjà nuit? Pourquoi est-ce que notre .maison est tombée? Qu’est-ce qui est arrivé? » Mme Nakamura, qui ne savait pas ce qui était arrivé (la fin d’alerte n’avait-elle pas sonné?) regarda autour d’elle et vit à travers l’obscurité que de toutes les maisons du voisinage, plus une seule n’était debout. La maison d’à côté - celle que son propriétaire s’était employé [47] à démo- lir pour faire place à l’avenue pare-feu -était maintenant bel et bien jetée bas, si le travail était fait sans délicatesse ; et le propriétaire, qui avait entrepris de sacrifier son foyer à la sécurité de la collectivité, gisait, mort. Mme Nakamoto, femme du chef de l’Association de Quartier de défense passive, traversa la rue, la tête en sang et raconta que son bébé souffrait de coupures graves; est-ce que Mme Na_ kamura avait de quoi le panser? Non, Mme Nakamura n’avait rien de la sorte, mais elle retourna une fois de plus en rampant dans sa demeure écroulée, réussit à tirer des dé- combres un morceau d’étoffe blanche dont elle s’était servie dans ses travaux de cou- ture, le déchira de façon à en faire des ban- des qu’elle donna à Mme Nakamoto. En cher- chant l’étoffe, elle avait remarqué sa machine à coudre ; elle revint aux ruines, la dégagea du fouillis et la tira dehors. De toute évidence, elle ne pouvait songer à la charrier avec elle, et, sans penser plus avant, elle poussa ce sym- bole de son gagne-pain dans le réceptacle qui, depuis des semaines, était pour elle le sym- bole de toute sécurité : le réservoir d’eau en ciment que tout propriétaire de maison avait reçu l’ordre de construire [48] devant son foyer, en prévision de raids incendiaires.

Une voisine, les nerfs en panique, Mme Hataya, cria à Mme Nakamura de fuir et de se réfugier avec elle dans les bois du parc Asano, domaine situé non loin de là, au bord de la rivière Kyo, et appartenant à la famille des riches Asano, anciens propriétaires de la compagnie de navigation Tokyo Kisen Kaisha. On avait assigné ce parc comme zone d’évacuation à leur quartier. Voyant le feu s’allumer parmi des ruines proches (à l’exception du centre même, où la bombe alluma de son propre chef des foyers d’in- cendie, la plupart de l’énorme conflagration qui dévora Hiroshima fut le résultat de ma- tériaux inflammables précipités sur des ré- chauds, des poêles ou des fils dénudés) Mme Nakamura proposa d’aller le combattre. Mme Hataya protesta : « Ne faites pas la

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foolish. What if planes come and drop more bombs?” So Mrs. Nakamura started out for Asano Park with her children and Mrs. Hataya, and she carried her rucksack of emergency clothing, a blanket, an umbrella, and a suitcase of things she had cached in her air-raid shelter. Under many ru- ins, as they hurried along, they heard [28] muffled screams for help. The only building they saw standing on their way to Asano Park was the Je- suit mission house, alongside the Catholic kindergarten to which Mrs. Nakamura had sent Myeko for a time. As they passed it, she saw Father Kleinsorge, in bloody underwear, run- ning out of the house with a small suitcase in his hand.

RIGHT AFTER the explosion, while Father Wilhelm Kleinsorge, S.J., was wandering around in his un- derwear in the vegetable garden , Fa- ther Superior LaSalle came around the corner of the building in the darkness. His body, especially his back, was bloody; the flash had made him twist away from his window, and tiny pieces of glass had flown at him. Father Kleinsorge, still bewildered, managed to ask, “Where are the rest?” Just then, the two other priests living in the mis- sion house appeared—Father Cieslik, unhurt, supporting Father Schiffer, who was covered with blood that spurted from a cut above his left ear and who was very pale. Father Cieslik was rather pleased with himself, for after the flash he had dived into a doorway, which he had previously reckoned to be the safest place inside the building, and when the blast came, he was not injured. Father LaSalle told Father Cieslik to take Father Schiffer to a doctor before he bled to d e a t h , a n d s u g g e s t e d e i t h e r D r. Kanda, who lived on the next corner, or Dr. Fujii, about six blocks away. The two men went out of the com- pound and up the street.

The daughter of Mr. Hoshijima, the mission catechist, [29] ran up to Fa- ther Kleinsorge and said that her mother and sister were buried under the ruins of their house, which was at the back of the Jesuit compound, and at the same time the priests noticed t h a t t h e h o u s e o f t h e Catholic-kindergarten teacher at the front of the compound had collapsed on her. While Father LaSalle and Mrs. Murata, the mission housekeeper, dug the teacher out, Father Kleinsorge went to the catechist’s fallen house and began lifting things off the top of the pile. There was not a sound un- derneath; he was sure the Hoshijima

nen más aviones y arrojan más bombas?». Así que la señora Nakamura se diri- gió al [30] parque con sus hijos y la señora Hataya, llevando su atado de ropa de emergencia, una sábana, un paraguas y una maleta de cosas que h a b í a e s c o n d i d o e n s u r e f u g i o antiaéreo. Al pasar junto a varias de las ruinas alcanzaron a escuchar gri- tos ahogados de auxilio. El ú nico edificio que estaba aún de pie era la casa de la misión jesuita, que que- daba junto al jardín infantil católico al cual la señora Nakamura había en- viado a Myeko durante largo tiempo. Al pasar junto al edificio vio al padre Kleinsorge salir corriendo, en calzon- cillos cubiertos de sangre y con una maleta pequeña en la mano.

J u s t o d e s p u é s d e l a e x p l o s i ó n , m i e n t r a s e l p a d r e W i l h e l m Kleinsorge, S J., deambulaba por el jardín en ropa interior, el padre superior La Salle apareció desde una esquina del edificio a oscuras. Su cuerpo, y en parti- cular su espalda, sangraban; el resplan- dor lo había hecho darse la vuelta, y tro- zos de cristal de su ventana salieron dis- parados sobre él. El padre Kleinsorge, to- davía perplejo, alcanzó a preguntar: «¿Dónde están todos?». Entonces apare- cieron los otros dos sacerdotes que vi- vían en la misión —el padre Cieslik, ile- so, sostenía al padre Schiffer, muy páli- do y cubierto por la sangre que manaba de un corte en su oreja izquierda—. El padre Cieslik estaba bastante orgulloso de sí mismo: después del resplandor se había protegido bajo el marco de una puerta —el lugar que, según había pen- sado previamente, sería el más seguro del edificio—, y la explosión no le causó he- ridas. El padre La Salle le dijo al padre Cieslik que llevara al padre Schiffer a un doctor antes de que muriera desangrado, y sugirió dos posibilidades: el doctor Kanda, que vivía en la esquina, o el doc- tor Fujii, a seis calles de allí. Los dos hombres salieron del complejo y cami- naron calle arriba. [31]

La hija del señor Hoshijima, cate- quista de la misión, corrió a buscar al padre Kleinsorge y le dijo que su madre y su hermana estaban enterradas bajo las ruinas de su casa, detrás del complejo jesuita, y al mismo tiempo los sacerdo- tes se percataron de que la casa de la profesora del jardín infantil, al frente del complejo, le había caído encima a su propietaria. Mientras el padre La Salle y la señora Murata, el ama de llaves de la misión, sacaban a la profesora de en- tre los escombros, el padre Kleinsorge se dirigió a la casa del catequista y em- pezó a quitar cosas de la parte superior de la pila. No salía sonido alguno de debajo; estaba seguro de que las

nes y arrojan más bombas? De modo que la señora Nakamura em- prendió camino hacia el parque Asano con sus hijos y la señora Hataya, llevando su atado de ropa para emergencias, una fraza- da, un paraguas, y una maleta con cosas que había escondido en su refugio antiaéreo. A medida que avanzaban, oye- ron gritos ahogados —en demanda de auxi- lio bajo las ruinas. El único edificio que vieron en pie mientras caminaban hacia el parque Asano, fue la Misión jesuita, al lado del jardín de infantes católico—al que la señora Nakamura había enviado a Myeko por algún tiempo. Mientras pasaban por el frente, vio al padre Kleinsorge, con la ropa interior manchada de sangre, que corría fuera de la casa llevando en la mano una pequeña maleta.

Inmediatamente después de la explo- sión, mientras el padre Wilhelm Kleinsorge, C. J., vagaba en calzoncillos por la huerta , el padre superior LaSalle dobló la esquina del edificio en la oscuri- dad. El cuerpo, en especial la espalda, le sangraba; el relámpago lo había hecho ale- jarse de la ventana y fragmentos de vidrio lo acribillaron. El padre Kleinsorge, aún afligido, alcanzó a preguntar: —¿Dónde están los demás? En ese instante, aparecieron los otros dos sacerdotes que vivían en la misión: el padre Cieslik, ileso, sostenía al padre Schiffer, quien bañado por la sangre que le brotaba de un tajo encima de la oreja izquierda, aparecía muy pálido. El padre Cieslik estaba más bien complacido con- sigo mismo, porque después del relámpa- go se plantó en el umbral de una puerta, que, como lo había comprobado previa- mente, era el lugar más seguro del edifi- cio, y cuando llegó la explosión resultó sin una herida. El padre LaSalle le dijo al padre Cieslik [39] que llevase al padre Schiffer a un médico antes de que murie- ra desangrado, y sugirió los nombres del doctor Kanda, que vivía en la otra esqui- na, y del doctor Fujii, a unas seis cuadras de distancia. Los dos hombres salieron de la Misión y comenzaron a caminar.

La hija del señor Hoshijima, catequis- ta de la Misión, corrió hacia el padre Kleinsorge y le dijo que su madre y su her- mana estaban enterradas bajo las ruinas de su casa, situada en los fondos del terre- no de la misión. Al mismo tiempo, los sa- cerdotes notaron que la casa de la maestra del jardín de infantes católico situada al fren- te del terreno de la Misión, se había derrum- bado sobre ella. Mientras el padre LaSalle y la señora Murata, el ama de llaves, libe- raban a la maestra, el padre Kleinsorge fue a la casa derruida del catequista y co- menzó a sacar los escombros, que for- maban una inmensa pila. No se oía un solo sonido debajo: estaba seguro de q u e l a s m u j e r e s d e l a f a m i l i a

bête! Et si des avions venaient et lâchaient d’autres bombes a » En sorte que Mme Nakamura se mit en route pour le parc Asano avec ses enfants et Mme Hataya, chargée de son sac de tourisme bourré de vêtements de rechange, d’une couverture, d’un parapluie et d’une valise d’objets qu’elle avait mise au secret dans l’abri de [49] défense passive de sa maison. De plus, d’un monceau de rui- nes, tandis que leur groupe se hâtait, les deux femmes entendirent monter des appels étouf- fés. Le seul édifice qu’elles virent debout, en chemin, fut la maison de la mission jé- suite, adjacente au jardin d’enfants catholi- que, où Mme Nakamura avait envoyé Myeko quelque temps. En passant devant le bâti- ment, elles virent le Père Kleinsorge, en sous-vêtements tachés de sang, sortir en cou- rant de la maison, une mallette à la main. le moyen autres? » prêtres q maison d Cieslik,????? Immédiatement après l’explosion, alors que le Père Wilhelm Kleinsorge S. J., er- rait au hasard, en sous-vêtements, parmi le potager , le Père supérieur La Salle débou- cha à l’angle de la maison, en pleine obscu- rité. Il avait le corps, et notamment le dos, cou- vert de sang ; la fulguration de la bombe l’avait fait se détourner violemment de sa fenêtre et de minuscules éclats de verre, projetés dans sa direction, l’avaient profondément coupé. Le Père [50] Kleinsorge, encore tout abasourdi, trouva de lui demander : « Où sont les Au même moment, les deux ui vivaient avec eux dans la la mission surgirent, le Père intact, s o u t e n a n t l e P è r e S c h i f i e r, c e d e r n i e r inondé du sang qui ruisselait d’une cou- p u r e a u - d e s s u s d e l ’ o r e i l l e g a u c h e , e t très pâle. Le Père Cieslik était assez con- tent de lui : après la lueur de l’explosion, il avait plongé dans un renfoncement de porte qu’il avait toujours tenu pour l’abri le plus sûr à l’intérieur du bâtiment et, lorsque le souffle était venu, il avait pu s’en tirer in- demne. Le Père La Salle dit au Père Cieslik de mener le Père Schiffer chez un médecin sans lui laisser le temps de saigner à blanc et suggéra le docteur Kanda, qui demeurait à l’angle de la rue, avec le docteur Fujii, à quelque six pâtés de maisons plus loin. Les deux hommes, sortant de l’enceinte de la mission, remontèrent la rue.

La fille de M. Hoshijima, le catéchiste de la mission, vint en courant trouver le Père Kleinsorge pour lui dire que sa mère et sa sueur étaient ensevelies sous les ruines de leur maison, derrière l’enceinte de la mis- sion; en même temps, le prêtre [51] s’aper- çut que la demeure de l’institutrice du jar- din d’enfants catholique, au pied de l’en- ceinte, s’était effondrée sur sa locataire. Tandis que le Père La Salle et Mme Murata, la femme de charge de la mission, s’em- ployaient à dégager l’institutrice, le Père Kleinsorge se rendit sur les ruines de la mai- son du catéchiste et entreprit de soulever et de déblayer les premiers décombres. Pas un son ne montait de l’amas ; il avait la certi- tude que les Hoshijima, mère et fille, avaient

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the pile of timbers and, finding a long one that slanted up to the riverbank, he painfully shinnied up it.

Dr. Fujii, who was in his under- wear, was now soaking [31] and dirty. His undershirt was torn, and blood ran down it from bad cuts on his chin and back. In this disarray, he walked out onto Kyo Bridge, beside which his hospital had stood. The bridge had not collapsed. He could see only fuzzily without his glasses, but he could see enough to be amazed at the number of houses that were down all around. On the bridge, he encountered a friend, a doctor named Machii, and asked in be- wilderment, “What do you think it was?”

Dr. Machii said, “It must have been a Molotoffano hanakago ”—a Molotov flower basket, the delicate Japanese name for the “bread bas- ket,” or self-scattering cluster of bombs.

At first, Dr. Fujii could see only two fires, one across the river from his hospital site and one quite far to the south. But at the same time, he and his friend observed something that puzzled them, and which, as doc- tors, they discussed: although there were as yet very few fires, wounded people were hurrying across the bridge in an endless parade of misery , and many of them exhibited terrible b u r n s o n t h e i r f a c e s a n d a r m s. “ W h y d o y o u s u p p o s e i t i s? ” D r. F u j i i a s k e d. E v e n a t h e o r y w a s c o m f o r t i n g t h a t d a y, a n d D r. M a c h i i s t u c k t o h i s. “ P e r h a p s b e c a u s e i t w a s a M o l o t o v f l o w e r b a s k e t , ” h e s a id.

There had been no breeze earlier in the morning when Dr. Fujii had walked to the railway station to see his friend off, but now brisk winds were blowing every which way; here on the bridge the wind was easterly. New fires were leaping up , and they spread quickly, [32] and in a very short time terrible blasts of hot air and showers of cinders made it im- possible to stand on the bridge any more. Dr. Machii ran to the far side o f t h e r i v e r a n d a l o n g a s t i l l unkindled street. Dr. Fujii went down into the water under the bridge, where a score of people had already taken refuge, among them his ser- vants, who had extricated themselves from the wreckage. From there, Dr. Fujii saw a nurse hanging in the tim- bers of his hospital by her legs, and then another painfully pinned across the breast. He enlisted the help of

de maderos y, al encontrar uno que se inclinaba hacia la orilla, trepó, adolo- rido, sobre él.

El doctor Fujii estaba en ropa interior, y ahora se encontraba sucio y empapado. Su camiseta interior estaba rota, y había sangre resbalando desde heridas graves en el mentón y en la espalda. Confundido, salió al puente Kyo, junto al cual había estado su hospital. El puente no se había caído. Sin sus lentes, el doctor [33] logra- ba ver poco más que borrones, pero veía lo suficiente como para sorprenderse de la cantidad de casas caídas que había al- rededor. Sobre el puente se encontró con un amigo, un doctor llamado Machii, y le preguntó desconcertado: «¿Qué crees que fue?».

El doctor Machii dijo: «Debió de ser un Molotoffano hanakago», una canasta de flores Molotov, delicado nomb r e j a p o n é s p a r a l a « c a n a s t a d e p a n » o bomba de dispersión au- t o m á t i c a.

Al principio el doctor Fujii podía ver dos incendios, uno cruzando el río des- de el terreno de su hospital y el otro bastante lejos hacia el sur. Pero al mis- mo tiempo, el doctor y su amigo ob- servaron algo que los dejó perplejos y que, en tanto que médicos, discutieron: aunque todavía hubiera pocos incen- dios, gente herida atravesaba el puente en un interminable desfile de miseria , y muchos de ellos presentaban quema- duras terribles en la cara y en las manos. «¿A qué crees que se deba?», pregun- tó el doctor Fujii. Incluso una hipó- tesis era suficiente ese día para recon- fortarlos, y el doctor Machii se ape- gó a ello. «Quizá fue una canasta Molotov», dijo.

No había soplado la brisa esa ma- drugada (cuando el doctor Fujii había llegado a la estación a despedir a su amigo) pero ahora soplaban vientos rá- pidos en todas las direcciones; aquí, en el puente, el viento soplaba del este. Brotaban nuevos fuegos y se propa- gaban con velocidad, y en poco tiem- po ráfagas terribles de aire caliente y lluvias de ceniza hicieron que perma- necer sobre el puente fuera imposible. El doctor Machii corrió hacia el lado opuesto del río y por una calle que aún no se había encendido. El doctor Fujii descendió al río y se refugió en el agua bajo el puente, donde una veintena de personas —entre ellas sus sirvientes, que habían escapado de los destro- zos— ya se habían refugiado. Desde allí, el doctor Fujii vio a una enferme- ra colgando por las piernas de los ma- d e r o s d e s u h o s p i t a l , y o t r a inmovilizada [34]dolorosamente por

de maderas y, encontrando [41] una bien lar- ga que se inclinaba hacia la margen del río, se encaramó sobre ella dolorosamente.

El doctor Fujii estaba en paños meno- res, empapado y sucio. La camiseta esta- ba destrozada y manchada por la sangre que corría de los tajos del mentón y la es- palda. En este estado, atravesó el puente Kyo, al lado del cual antes se levantaba su hospital. El puente no se había destruido. La vista del doctor era muy defectuosa sin los anteojos, pero lo bastante clara como para sentirse horrorizado ante el número de casas derrumbadas en las inmediacio- nes. En el puente se encontró con un ami- go, un médico llamado Machii, y le pre- guntó, lleno de aflicción —¿Qué cree usted que fue?

El doctor Machii dijo: —Debe de haber sido un Molotoffano hanakago — en alusión al «coctel Molotov», o bombas incendiarias, que los japoneses llaman delicadamente «canastilla de flo- res Molotov».

Al principio, el doctor Fujii vio sola- mente dos incendios: uno al otro lado del lugar en que se encontraba su hospi- tal, y el otro hacia el sur, bastantante lejos. Pero al mismo tiempo, él y su amigo observaron algo que los intrigó y que, como médicos, discutieron: aunque aún se veían muy pocos incendios, a tra- vés del puente corría la gente herida en un interminable desfile de miseria , y muchos de ellos exhibían horribles que- maduras en la cara y en los brazos. —¿Qué supone usted que es eso? —pre- guntó el doctor Fujii. Aun una teoría resulta- ba confortante en un día como aquél, y el doctor Machii permaneció fiel a la suya: —Quizá fue provocado por la canas- tilla de flores Molotov —contestó.

En la mañana temprano no corría bri- sa alguna [42] cuando el doctor Fujii fue a la estación a despedir a su amigo, pero ahora soplaban por todos lados violentas ráfagas de viento; en ese mo- mento, en el puente provenían del este. Nuevos focos de incendio estallaban y se extendían con rapidez; en poco tiempo, terribles bocanadas de aire caliente y lluvias de ceniza impidieron continuar en el puente. El doctor Machii corrió hacia el extremo del río y luego se internó por una calle toda- vía no incendiada. El doctor Fujii vol- vió a sumergirse en el agua bajo el puente, donde una veintena de perso- nas habíase ya refugiado, entre ellas sus sirvientes, que lograron salir de los escombros. Desde allí, el doctor Fujii vio a una de sus enfermeras colgando de las piernas en el maderamen del hospital, y a otra dolorosamente atra- pada por el pecho. Con la ayuda de al-

poutres et découvrant un madrier jeté comme un pont jusqu’à la rive, le gravit péniblement à cali- fourchon et parvint à la terre ferme.

L’eau ruisselait de ses sous-vêtements ; il était sale. Son gilet de dessous était dé- chiré et dégouttait de sang, il avait de fortes entailles au menton et dans le dos. Dans ce désarroi, il alla jusqu’au pont de Kyo, à côté duquel s’élevait naguère sa clinique. Le pont était toujours debout. Le docteur Fujii, sans ses lunettes, ne voyait qu’un monde vague et confus; mais il voyait pourtant assez clair pour se sentir pris de stupeur, au spectacle des maisons écroulées à l’entour. Sur le pont, il fit la rencontre d’un ami, un docteur, du nom de Machii, à qui il demanda, dans son étonnement : «Qu’est-ce qui a pu faire cela, selon vous? >

« P r o b a b l e m e n t u n M o l o t o f f a n o h a n a k ago, une corbeille de fleurs Mo- lotov», nom délicatement donné par les J a p o n a i s à l a « c o r b e i l l e à p a i n » o u g r a p p e d e b o m b e s q u i s ’ é p a r p i l l e n t d’elles-mêmes.

Le docteur Fujii n’avait commencé par dis- cerner que deux foyers d’incendie l’un sur l’autre rive, en face de l’endroit [55] où se dres- sait naguère sa clinique, l’autre, loin en direction du sud. Mais dans le même temps, son ami et lui remarquèrent quelque chose qui les intrigua également et que, en tant que docteurs, ils se mirent à discuter : bien qu’il n’y eût encore que très peu d’incendies, les blessés se pressaient sur le pont en un défilé interminable de souffrances et nombre d’entre eux montraient de terribles brûlures à la face et aux bras. « A quoi cela tient-il, d’après vous? » demanda le docteur Fujii. Le simple fait d’émettre une théorie était d’un certain réconfort en un tel jour et le docteur Machii s’en tint à la sienne. u Peut-être est-ce dû, précisément, à la corbeille de fleurs Molotov », dit-il.

La matinée avait débuté sans un souffle d’air, à l’heure où le docteur Fujii avait accompagné son ami jusqu’à la gare du chemin de fer ; mais à présent, des vents vifs et légers souillaient dans toutes les directions ; sur le pont, c’était un vent d’est. De nouveaux foyers d’incendie se décla- raient, les flammes bondissaient et s’étendaient rapidement ; en très peu de temps, de terribles et violentes bouffées d’air brûlant et des averses tor- rentielles de cendres interdirent de rester sur le pont. [56] Le docteur Machii rejoignit en cou- rant le bord le plus lointain de la rivière et là s’en- gagea dans une rue encore épargnée par les flam- mes. Quant au docteur Fujii, il entra dans l’eau et vint s’abriter sous le pont où une vingtaine de personnes avaient déjà cherché refuge, en- tre autres ses domestiques, qui avaient pu se ti- rer des décombres. De là, le docteur Fujii aper- çut une de ses infirmières, pendue par les jam- bes parmi l’enchevêtrement des poutres de la clinique, puis une autre, douloureusement clouée parmi les ruines par un madrier qui lui écrasait la poitrine. Il fit appel à l’aide de

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some of the others under the bridge and freed both of them. He thought he heard the voice of his niece for a moment, but he could not find her; he never saw her again. Four of his nurses and the two patients in the hospital died, too. Dr. Fujii went back into the water of the river and waited for the fire to subside.

THE LOT Of Drs. Fuji,, Kanda, and Machii right after the explosion—and, as these three were typical, that of the majority of the physicians and sur- geons of Hiroshima—with their offices and hospitals destroyed, their equip- ment scattered, their own bodies inca- pacitated in varying degrees, explained why so many citizens who were hurt went untended and why so many who might have lived died. Of a hundred and fifty doctors in the city, sixty-five were already dead and most of the rest were wounded. Of 1,780 nurses, 1, were dead or too badly hurt to work. In the biggest hospital, that of the Red Cross, only six doctors out of thirty were able to function, and only ten nurses out of more than two [33] hun- dred. The sole uninjured doctor on the Red Cross Hospital staff was Dr. Sasaki. After the explosion, he hurried to a storeroom to fetch bandages. This room, like everything he had seen as he ran through the hospital, was chaotic-bottles of medicines thrown off shelves and broken, salves spat- tered on the walls, instruments strewn everywhere. He grabbed up some ban- dages and an unbroken bottle of Mercurochrome, hurried back to the chief surgeon, and bandaged his cuts. Then he went out into the corridor and began patching up the wounded pa- tients and the doctors and nurses there. He blundered so without his glasses that he took a pair off the face of a wounded nurse, and although they only approximately compensated for the errors of his vision, they were bet- ter than nothing. (He was to depend on them for more than a month.)

Dr. Sasaki worked without method, taking those who were nearest him first, and he noticed soon that the cor- ridor seemed to be getting more and more crowded. Mixed in with the abra- sions and lacerations which most people in the hospital had suffered, he began to find dreadful burns. He real- ized then that casualties were pouring in from outdoors. There were so many that he began to pass up the lightly wounded; he decided that all he could hope to do was to stop people from bleeding to death. Before long, pa- tients lay and crouched on the floors of the wards and the laboratories and

un madero que había sobre su pecho. Reclutó a varios ayudantes y liberó a ambas. Por un momento creyó escu- char la voz de su sobrina, pero no pudo encontrarla; nunca volvió a verla. Cua- tro de sus enfermeras y dos de sus pa- cientes también murieron. El doctor regresó al agua y esperó a que el fue- go cediera.

La suerte que corrieron los doctores Fujii, Kanda y Machii —y, puesto que sus casos son típicos, la que corrió la mayoría de los médicos y cirujanos de Hiroshima—, con sus oficinas y hospi- tales destruidos, sus equipos dispersos, sus cuerpos incapacitados en grados di- versos, explicó las razones de que des- pués de la explosión se haya dejado de atender a tantos heridos que hubiesen podido sobrevivir, pero murieron. De ciento cincuenta doctores en la ciudad, sesenta y cinco murieron, y los demás estaban heridos. De 1.78o enfermeras, 1.654 murieron o estaban demasiado heridas para trabajar. En el hospital más grande, el de la Cruz Roja, sólo seis doctores de treinta eran capaces de tra- bajar, lo mismo que sólo diez enferme- ras entre más de doscientas. El único médico ileso del personal de la Cruz Roja era el doctor Sasaki. Tras la ex- plosión, se apresuró a la despensa para buscar vendajes. Como todas las que había visto mientras corría por el hos- pital, esta habitación estaba en total caos: botellas de medicina despedidas desde las estanterías y rotas, ungüentos salpicados sobre las paredes, instrumen- tos desparramados por todas partes. Co- gió varios vendajes y una botella de mercurocromo que no estaba rota, vol- vió a la sala de cirugía y vendó sus heri- das. Entonces salió al corredor y comen- zó a parchar a los pacientes heridos, a las enfermeras y a los doctores. Pero co- metía tantos errores que tomó un par de lentes de la cara de una enfermera heri- da, y, aunque sólo [35] compensaban parcialmente los defectos de su visión, eran mejor que nada. (Habría de depen- der de ellos durante más de un mes.)

El doctor Sasaki trabajaba sin méto- do, atendiendo primero a aquellos que tuviera más cerca, y pronto notó que el corredor parecía llenarse más y más. Mezcladas con las excoriaciones y las laceraciones que la mayoría de pacien- tes había sufrido, el doctor empezó a en- contrar quemaduras espantosas. Se per- cató entonces de que empezaban a llegar del exterior avalanchas de víctimas. Eran tantas que el doctor comenzó a postergar a los heridos más leves; decidió que lo único que podía hacer era evitar que la gente muriera desangrada. Poco después había pacientes acuclillados sobre el sue- lo de la sala, en los laboratorios y en to-

gunas de las personas que estaban bajo el puente las liberó a las dos. Creyó oír la voz de su sobrina por un momen- to, pero no pudo encontrarla; nunca más la volvió a ver. Cuatro de las en- fermeras y los dos pacientes del hos- pital murieron también. El doctor Fujii volvió al agua, y esperó a que el in- cendio se extinguiese.

La suerte de los doctores Fujii, Kanda y Machii, inmediatamente después de la explosión — y, como estos tres, la mayo- ría de los médicos y cirujanas de Hiroshima—, con sus consultorios y hos- pitales destruidos, sus equipos dispersos, sus propios cuerpos incapacitados en gra- dos diferentes, explicaron por qué tantos ciudadanos heridos quedaron sin asisten- cia, y por qué murieron tantos que debían haber vivido. De los ciento cincuenta mé- dicos de la ciudad, sesenta y cinco ya ha- bían muerto, y la mayor parte de los res- tantes estaban heridos. De 1.780 enferme- ras, 1.654 estaban muertas o demasiado gravemente heridas como para poder tra- bajar. En el hospital más grande, el de la [43] Cruz Roja, sólo seis médicos de los treinta estaban en condiciones de traba- jar, y sólo diez enfermeras, de más de dos- cientas. El único médico ileso del perso- nal del Hospital de la Cruz Roja fue el doc- tor Sasaki. Después de la explosión, co- rrió hacia el cuarto de suministros a bus- car vendas. Este cuarto, como todo lo que había visto al recorrer el hospital, era algo caótico: los frascos de medicamentos ca- yeron de los estantes y se rompieron; los ungüentos ensuciaron las paredes; los ins- trumentos se diseminaron por todas par- tes. Tomó algunas vendas y una botella intacta de mercurocromo, corrió hacia el cirujano jefe y le vendó las heridas. Lue- go salió al corredor y comenzó a atender a los pacientes heridos y a los médicos y enfermeras que se encontraban ahí. Vaci- laba tanto sin sus anteojos, que le quitó los suyos a una enfermera herida, y aun- que compensaban sólo aproximadamente los defectos de su visión, eran mejor que nada. (Iba a depender de ellos durante más de un mes.)

El doctor Sasaki trabajó sin método, atendiendo primero a los que estaban más cerca, y pronto se dio cuenta de que el corredor parecía estar cada vez más con- currido. Mezcladas con las abrasiones y laceraciones sufridas por la mayor parte de la gente en el hospital, comenzó a en- contrar horribles quemaduras. Notó que llegaban víctimas de fuera del hospital. Había tantas que comenzó a pasar por alto a los apenas lastimados; decidió que todo lo que podía hacer era impedir que la gente muriera desangrada. Antes de mu- cho, los pacientes yacían acostados o acuclillados en el suelo de las guardias, en los laboratorios y en todas las otras

quelques-unes des personnes qui étaient avec lui sous le pont, et ensemble, ils dégagèrent les deux femmes. Il crut un instant entendre la voix de sa nièce, mais ne réussit pas à la retrouver ; il ne devait jamais la revoir. Quatre de ses infir- mières et les deux patients de la clinique furent également tués. Le docteur Fujii retourna sous le pont, dans l’eau de la rivière, pour attendre que le feu se retirât. [57]

Le sort qui fut réservé aux docteurs Fujii, Kanda et Machii, aussitôt après l’explosion - et ce ne sont là que trois exemples typiques de ce qui arriva à la majorité des médecins et chirurgiens de Hiroshima - le fait que leurs bureaux de con- sultation, leurs cliniques, furent détruits, leur ma- tériel médical dispersé, leur personne physique même frappée d’incapacité à divers degrés, expli- que pourquoi tant d’habitants de la ville errèrent sans que l’on prît soin de leurs blessures et pour- quoi tant d’êtres qui auraient pu survivre périrent. Sur les cent cinquante médecins que comptait .la cité, soixantecinq étaient déjà morts et pres- que tous les autres blessés. Sur mille sept cent quatre-vingts infirmières, mille six cent cinquante-quatre étaient mortes ou trop dure- ment touchées pour s’employer activement. Au plus grand hôpital de la ville, celui de la Croix-rouge, six docteurs seulement, sur trente, pouvaient assumer leur fonction et dix infirmières, sur plus de deux cents. Le seul docteur qui n’eût rien, dans ce même hôpital, était le docteur Sasaki. Après l’explosion, celui-ci courut à l’une des réserves chercher des pansements. [58] Cette pièce, comme tout ce qu’il avait vu dans sa course à travers l’hô- pital, offrait un invraisemblable désordre fio- les jetées bas des étagères et brisées, onguents écrasés comme des crachats sur les murs, ins- truments épars. Il se saisit de quelques panse- ments et d’une fiole intacte de mercurochrome, revint en courant au bureau du chirurgien chef et banda les coupures de ce dernier. Puis il sortit dans le corridor et entreprit de rafistoler tant bien que mal les malades, médecins et in- firmières blessés, qui se trouvaient là. Il se sen- tait si gauche sans ses lunettes, qu’il s’empara d’une paire que portait une infirmière blessée, et bien qu’elle ne corrigeât que très approxi- mativement les erreurs de sa vue, c’était là mieux que rien. (Il lui fallut s’en contenter durant plus d’un mois.)

Le docteur Sasaki travaillait sans méthode, se bornant à prendre tout d’abord les person- nes les plus proches. Bientôt, il remarqua que le corridor semblait s’emplir d’une foule sans cesse croissante. Se mêlant aux abrasions et déchirures de tissus dont souffraient la plupart des gens, à l’intérieur de l’hôpital, d’horribles brûlures commençaient à se montrer. Il se ren- dit compte [59] alors que les blessés affluaient de l’extérieur. Il y en avait tant, qu’il com- mença à ne plus s’occuper des plaies sans gra- vité ; il décida que tout ce qu’il pouvait faire, c’était d’empêcher les gens de saigner à blanc. Avant qu’il fût longtemps, la foule des patients s’allongea ; il y en eut partout, gisants ou ac- croupis : sur les planchers des salles de mala-