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Asignatura: Historia Económica, Profesor: Maria Maria, Carrera: Finanzas y Contabilidad, Universidad: UC3M
Tipo: Apuntes
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¿Por qué unas naciones son ricas y otras pobres? La diferencia de la renta del relativamente pequeño número de naciones opulentas y la de la gran mayoría de naciones pobres no sólo se mantiene, sino que aumenta año tras año.
¿Por qué las pobres no adoptan la política y los métodos que han hecho ricas a las otras? El problema es mucho más complicado de lo que parece. Primero, no existe un acuerdo general respecto a cuál de los métodos y a qué política se deben las altas rentas de las naciones ricas. Segundo, no es nada seguro que métodos y política similares produjesen los mismos resultados en las distintas circunstancias geográficas, culturales e históricas de las actuales naciones de rentas bajas. Finalmente, ni los eruditos ni los científicos han presentado aún una teoría sobre el desarrollo económico que sea útil desde el punto de vista operativo y que se pueda aplicar de forma general.
El análisis histórico puede concentrarse en los orígenes de los desiguales niveles de desarrollo existentes en la actualidad. El enfoque histórico puede aislar los fundamentos del desarrollo económico, es un instrumento que facilita la objetividad y la claridad del pensamiento.
2. DESARROLLO Y SUBDESARROLLO.
Las estadísticas de la renta per cápita son, en el mejor de los casos, medidas brutas del nivel de desarrollo económico. En primer lugar, son tan sólo estimaciones o aproximaciones. Además, por una serie de razones técnicas, las comparaciones entre las rentas de unos y otros países son especialmente poco dignas de confianza. Pero hay otras medidas del desarrollo o subdesarrollo que, aunque menos globales, son más gráficas.
3. CRECIMIENTO, DESARROLLO Y PROGRESO.
El crecimiento económico es el incremento sostenido del producto (output) total de bienes y servicios que se producen en una sociedad dada. En las últimas décadas este producto total se ha medido atendiendo a la renta nacional o al PNB. El crecimiento en el producto total puede darse bien por un aumento en los factores de producción (input), bien porque se dé una utilización más eficaz de cantidades equivalentes de inputs. Por lo que se refiere a prosperidad, el crecimiento económico sólo es significativo cuando se mide en términos de producto per cápita. El desarrollo económico es el crecimiento económico acompañado por una variación sustancial en las estructuras o en la organización de la economía. El cambio estructural o de organización puede ser la causa del crecimiento, pero no tiene por qué serlo.
El crecimiento económico es un proceso reversible. Es decir, al crecimiento puede seguir la decadencia. El desarrollo económico es igualmente reversible. Es más frecuente que inmediatamente después de un periodo prolongado de decadencia económica se dé algún tipo de regresión económica, un retroceso a formas más simples de organización.
4. FACTORES DETERMINANTES DEL DESARROLLO ECONÓMICO.
La economía clásica desarrolló la clasificación tripartita de los factores de producción: tierra, trabajo y capital. Esta clasificación y las diversas fórmulas que de ella pueden derivarse son indispensables para el análisis económico moderno y sumamente útiles en el estudio de la historia económica. Sin embargo, como marco para el análisis del desarrollo económico, esta clasificación es excesivamente limitada. Presupone que los
gustos, la tecnología y las instituciones sociales nos vienen dados y son fijas, o que no tienen nada que ver con el proceso productivo. En la realidad histórica todos ellos están estrechamente relacionados con el proceso productivo y todos están sujetos a modificaciones. De hecho, los cambios tecnológicos e institucionales son la fuente de cambio más dinámica de toda la economía. Por lo tanto, para analizar el cambio económico en la historia, es necesario una clasificación más amplia de los factores determinantes del producto. En dicha clasificación, el producto total en un momento dado y la tasa de cambio del producto a través del tiempo se conciben como funciones de la mezcla de la población, los recursos, la tecnología y las instituciones sociales. Los recursos son lo que los economistas clásicos denominaban tierra. El término abarca no sólo la cantidad de tierra, la fertilidad del suelo y los recursos naturales convencionales, sino también el clima, la topografía, la disponibilidad de agua y otras características del medio, incluyendo la localización. En los últimos siglos, la fuente más dinámica de cambio económico y desarrollo ha sido la constituida por las innovaciones tecnológicas.
La relación entre población, recursos y tecnología dentro de la economía viene condicionada por las instituciones sociales, incluyendo entre éstas a los valores y modos de pensar. Normalmente, las instituciones que tienen mayor relevancia en las economías nacionales y otros conjuntos similares son la estructura social, la naturaleza del Estado o del régimen político, y las inclinaciones religiosas o ideológicas de los grupos o clases dominantes. Quizá debamos tener en cuenta un buen número de instituciones menores, como son las asociaciones voluntarias, el sistema educativo, e incluso la estructura familiar o cualquier otra vía de adquisición de valores morales. Una de las funciones de las instituciones consiste en proporcionar elementos de continuidad y estabilidad, sin los cuales las sociedades se desintegrarían; pero puede ocurrir que actúen como obstáculo para el desarrollo económico, poniendo trabas al trabajo humano, impidiendo la explotación racional de los recursos o inhibiendo la innovación y difusión de la tecnología. Sin embargo, es posible que se produzcan también innovaciones en las instituciones.
Los marxistas afirman haber descubierto la clave para la comprensión, no sólo de todo el proceso económico, sino también de la evolución de la humanidad. El elemento clave es el modo de producción; todo lo demás es la superestructura. La lucha entre las clases sociales para controlar los medios de producción proporciona el elemento dinámico.
5. PRODUCCIÓN Y PRODUCTIVIDAD.
Producción es el proceso mediante el cual los factores de producción se combinan entre sí para producir bienes y servicios. Puede medirse en unidades físicas o en términos de valor. La productividad es la relación entre lo obtenido tras un proceso productivo y los factores de producción utilizados. Puede medirse en unidades físicas o en términos de valor. Para medir la productividad del factor total es necesario utilizar términos de valor.
El capital humano es el resultado de la inversión en conocimientos, habilidad o capacitación. Tal inversión puede adoptar la forma de escolarización formal, de aprendizaje o de capacitación por la práctica.
6. ESTRUCTURA ECONÓMICA Y CAMBIO ESTRUCTURAL.
El concepto de estructura económica comprende la relación entre los diversos sectores de la economía, especialmente entre los tres sectores principales. En el sector primario se incluyen aquellas actividades cuyos productos se obtienen directamente de la naturaleza: agricultura, pesca, explotación forestal. En el secundario se incluyen las actividades que transforman o elaboran los productos de la naturaleza, como la industria y la construcción. El terciario o sector servicios no se ocupa de productos o bienes materiales, sino de servicios; estos cubren desde el servicio doméstico y personal hasta los servicios financieros y comerciales, profesionales y gubernamentales.
Desde las primeras civilizaciones hasta hace menos de un siglo, la principal ocupación de la gran mayoría era
emigración, la conquista y la anexión, los europeos establecieron su hegemonía política y económica en todo el mundo.
Finalmente, por el fenómeno de los rendimientos marginales decrecientes la sociedad se topa con un nuevo techo productivo y la población de nuevo se estanca (o decrece) hasta que una nueva innovación trascendental vuelve a provocar un aumento de la productividad y a dar a conocer nuevos recursos.
TEMA 2. EL DESARROLLO ECONÓMICO EN LA ANTIGÜEDAD.
El hombre apareció sobre la tierra hace quizá 2 millones de años. Hacia finales de la última glaciación (Würm), hace unos 20.000 o 30.000 años, los hombres del final del Paleolítico habían alcanzado un estado relativamente avanzado de desarrollo tecnológico, y probablemente también de desarrollo social. La unidad de organización social era la banda o tribu, que consistía en una media docena de familias. Eran necesariamente tribus migratorias en busca de caza, pero normalmente se mantenían dentro de un área geográfica dada y a veces regresaban periódicamente a un centro de ceremonias. Probablemente los contactos entre bandas fuesen raros, pero no tanto como para impedir la difusión de peculiaridades y técnicas sociales, y quizá primitivos intercambios comerciales en forma de trueque. Las pautas de matrimonio y parentesco habían evolucionado, y la prohibición del incesto era universal. Las creencias animistas anunciaban la religión, del mismo modo que un calendario primitivo auguraba ciencia. Las magníficas pinturas rupestres del norte de España y del sudoeste francés, realizadas hace 20.000 años, nos proporcionan alguna indicación del nivel de desarrollo cultural.
Por los restos humanos encontrados se ha calculado que la vida media era de unos 20 años, la mortalidad infantil era particularmente elevada y eran extremadamente raros los sujetos que sobrepasaban los 50 años.
Pese a los peligros, los hombres del Paleolítico se distribuyeron por toda la superficie del planeta. A finales del periodo, hace unos 10.000 o 12.000 años, habían ocupado virtualmente todas las zonas habitables de la Tierra, desde el O. Ártico a Sudáfrica, Australia y Tierra del Fuego, si bien dispersamente y de modo provisional. Voces autorizadas calculan, que a finales del Paleolítico, el Homo Sapiens poblaba la tierra en número no superior a 20 millones, siendo lo más probable que en realidad rondara los 10 millones.
La retirada de los últimos glaciares continentales, hace unos 10.000 o 12.000 años, fue el anuncio, sobre todo en el hemisferio norte, de un periodo de importantes cambios geográficos y climáticos. La mejoría del clima de Eurasia y América del Norte tuvo su contrapartida en la desaparición de muchos de los mamíferos que componían la dieta básica de los cazadores del final del Paleolítico. El norte de África y el Asia Central se volvieron zonas más áridas, lo que llevó a sus habitantes a emigrar o a adoptar nuevas formas de vida.
Directamente o no relacionados con los cambios climáticos, en el cuarto o quinto milenio que siguió a la retirada de los glaciares se produjeron también importantes cambios tecnológicos, especialmente en el Cercano Oriente y Oriente Medio. Había llegado el Neolítico, o Piedra Nueva. Sin embargo, los puntos de partida fundamentales de la nueva era fueron la invención de la agricultura y la domesticación de los animales. El proceso pudo empezar ya en el año 8.000 a.C., o incluso antes. Lo que es seguro es que en el 6.000 a.C., la agricultura sedentaria, que abarcaba el cultivo de trigo y cebada y el cuidado de ovejas, cabras, cerdos y posiblemente vacas, estaba totalmente asentada en el área que va del oeste de Irán al Mediterráneo y a través de las montañas de Anatolia hasta ambos lados del Mar Egeo. Desde toda esa zona se fue extendiendo gradualmente a Egipto, la India, China, Europa occidental y a otras partes del Viejo Mundo.
Estos acontecimientos fueron de vital importancia para la historia de la humanidad. Por primera vez el hombre
podía fundar asentamientos relativamente estables. Esto le abrió la posibilidad de acumular mayor cantidad de bienes materiales y de dedicar más tiempo a actividades no directamente relacionadas con la mera subsistencia, como el arte y la religión. El tener su suministro de víveres más asegurado introdujo un elemento de estabilidad psicológica, además de física, en sus relaciones personales y sociales.
Conforme se fueron dominando las técnicas agrícolas y la agricultura haciéndose más eficiente y productiva, disminuyó la importancia económica de la caza: la transición de cazador a guerrero y soberano se produjo de forma natural. Por lo que respecta a la motivación, los cambios se debieron simplemente a la necesidad de adaptarse a un medio hostil.
En el sexto milenio se inventó la cerámica, cuya elaboración requería menos esfuerzo que las vasijas de piedra; además podía emplearse con fines ornamentales y ceremoniales. Aunque no han llegado hasta nosotros restos arqueológicos que lo confirmen, parece probable que la alfarería haya sido posterior a los trabajos de mimbre. Sí es más seguro que precedió a la fabricación textil (técnicas de hilar y tejer), y poseemos pruebas de que a principios del quinto milenio se fabricaban tejidos de lino.
La vida sedentaria de los poblados agrícolas permitió una división del trabajo mejor que la que determinaban el sexo y la edad. Parece lógico, sin embargo, que los avances en un área estimulasen los avances en otras.
La metalurgia pudo originarse de forma análoga. Aunque se han encontrado objetos de oro y cobre que datan del sexto milenio, la producción regular de cobre no comenzó hasta el quinto, o quizá el cuarto milenio, y la de bronce es posterior todavía. Fuera cual fuese el modo de descubrirlo, la práctica de la fundición de cobre estaba ya ampliamente extendida en el Cercano y Medio Oriente a mediados del cuarto milenio, y las armas, utensilios y adornos de cobre y bronce se sumaron a los de piedra, arcilla y otros materiales.
La división del trabajo y la evolución de las nuevas artes, como la metalurgia y la alfarería, requerían alguna forma de intercambio o comercio. La naturaleza de tal intercambio variaba según la distancia a la que tenían que transportarse las mercancías. La costumbre establecía los términos del intercambio entre comunidades próximas, pero para bienes muy concretos localizados en áreas situadas a gran distancia se necesita alguna forma de intercambio organizado. Lo cierto es que el trueque venía practicándose desde la última parte del Paleolítico. Tras el surgimiento de las ciudades−estado y los imperios, se organizaron expediciones comerciales y de saqueo.
Una de las principales consecuencias de la invención de la agricultura fue el aumento de la capacidad de determinadas áreas de sustentar a su población. Por lo tanto, allí donde se difundió la agricultura neolítica la población aumentó. La agricultura llegó al valle del Nilo antes del año 4.000 a.C. y al valle del Indo en el milenio siguiente. Aproximadamente en el año 2.500 a.C. había penetrado ya en el valle del Danubio, el Mediterráneo occidental, el sur de Rusia y, posiblemente, China. A veces, al difundirse se producía alguna modificación, por la diferencia de climas y recursos. En las áridas estepas del sur de Rusia y el Asia Central las culturas de azada neolíticas no arraigaron, y sus habitantes se dedicaron al pastoreo.
La unidad básica de organización económica y social de las primeras comunidades agrícolas fue la aldea de labradores, que estaba constituida por un número de familias que oscilaba entre diez y cincuenta, y una población total de entre cincuenta y trescientas personas. Las condiciones de vida mejoraron ligeramente respecto a las de las comunidades cazadoras y recolectoras. Seguramente la vida media no sobrepasaba los veinticinco años.
Antiguamente se creía que, hasta la aparición de las ciudades−estado, a mediados del cuarto milenio, las aldeas agrícolas del Neolítico eran relativamente uniformes e indiferenciadas. Pero recientes descubrimientos arqueológicos han puesto de manifiesto la existencia de comunidades de estructura fundamentalmente distinta de la de las aldeas agrícolas y a las que se pueden denominar con toda propiedad ciudades. Tampoco se sabe la función exacta de estas protociudades ni la base de su existencia. Lo más probable es que sirviesen de
inventados o descubiertos antes del alba de la historia escrita. Aunque hubo pocos descubrimientos importantes, se hicieron muchas mejoras técnicas de carácter menor, sobre todo en la agricultura. La riqueza de las grandes civilizaciones fluviales se basaba en la agricultura de regadío, que requería un alto grado de organización y disciplina de la fuerza de trabajo. En otros lugares el regadío a veces complementaba otros métodos, pero su uso generalizado resultaba poco económico, cuando no imposible. En su lugar se desarrolló la técnica del cultivo en seco. Dados los suelos arenosos y poco profundos y los veranos largos y cálidos que caracterizan a casi toda esta área, la tierra laborable debía ararse poco, pero con frecuencia, para mantener y sacar fruto de la humedad que recoge durante la estación invernal de lluvias. La carencia de abonos artificiales y la escasez de estiércol motivaron que para mantener la fertilidad del suelo sólo se cultivaran los campos uno de cada dos años (rotación bianual con barbecho).
No obstante, los logros económicos de los imperios de la antigüedad fueron considerables. Las expediciones que organizaron con fines comerciales o de conquista difundieron los elementos tecnológicos y aportaron nuevos recursos. La formulación explícita de las leyes civiles, aun cuando se dictaban en interés del soberano o de la clase dirigente, contribuyó a suavizar el funcionamiento de la economía y la sociedad. Pero lo más importante de todo, posiblemente, fue que al establecer la ley y el orden en áreas cada vez mayores, se facilitó el crecimiento del comercio y, con ello, la especialización regional y la división del trabajo.
En el milenio que se extiende entre el año 800 a.C y el 200 a.C la civilización clásica del Mediterráneo alcanzó un nivel de desarrollo económico que no se superó, por lo menos en Europa, hasta el siglo XII o XIII. Teniendo en cuenta la ausencia de progreso tecnológico en esa era, la explicación de tal logro debería buscarse en la amplia división del trabajo que una red comercial y de mercados altamente desarrollada hizo posible. Pero si consideramos el alto coste del transporte por tierra, dicho comercio se limitaba a mercancías de un valor muy alto en relación con su tamaño, como eran el oro, la plata y las piedras preciosas, las telas lujosas, las especias y perfumes, y objetos artísticos y religiosos.
La navegación en el Mediterráneo fue un asunto muy diferente. Los fenicios fueron el primer pueblo especializado en el comercio y la navegación; de acuerdo con sus propias tradiciones, llegaron al Mediterráneo provenientes bien del Golfo Pérsico, bien del Mar Rojo, lo que plantea la posibilidad de que fuesen ellos los antiguos intermediarios entre Sumer y el Alto Egipto a través del Índico. En cualquier caso, monopolizaron durante mucho tiempo el comercio con Egipto, sirviendo en cierto modo de agentes de los faraones o de mercaderes contratados. Los fenicios desarrollaron también una serie de procesos industriales directamente relacionados con su comercio, como fue su famoso tinte púrpura. Los fenicios se organizaron políticamente en ciudades−estado autónomas (Tiro, Sidón). Dependientes en gran medida de la tolerancia o buena voluntad de sus poderosos vecinos, su suerte sufrió diversos altibajos, pero durante casi tres milenios, hasta que sus ciudades fueron destruidas por los ejércitos de Alejandro Magno, se contaron entre los más importantes pueblos mercaderes de la antigüedad. Su actividad comercial les llevó a desarrollar el alfabeto, que sustituyó eficazmente a los jeroglíficos y a la escritura cuneiforme, y que, junto a algunas técnicas comerciales más fue adoptado por griegos y romanos. Para fomentar el comercio, y también para aliviar la presión demográfica en su reducida tierra natal, establecieron colonias a lo largo de la costa del norte de África y en el Mediterráneo Occidental, en Sicilia, Cerdeña, Baleares y la costa española. Una de las colonias fenicias, Cartago, fundaría con posterioridad su propio imperio y lucharía con Roma por la hegemonía del Mediterráneo Occidental. Osados navegantes además de hábiles comerciantes, los fenicios se adentraron en el Atlántico buscando el estaño de Cornualles y posiblemente circunnavegaron el continente africano.
El otro pueblo que practicó el comercio marítimo a gran escala fue el griego. A diferencia de los fenicios, los griegos eran originalmente agricultores, pero la abrupta constitución rocosa de su tierra adoptiva (llegaron del norte) les llevó al mar para así poder complementar su pobre producción agrícola. Sus excelentes puertos naturales y las numerosas islas del contiguo Mar Egeo alentaron este nuevo rumbo. Ya en el periodo micénico (del siglo XIV al XII a.C) podían encontrarse mercaderes griegod en todo el Egeo y en el Mediterráneo
Oriental hasta Sicilia. Después de una edad oscura ocasionada por una nueva ola de invasiones desde el norte, a principios del siglo VIII a.C se restablecieron el comercio y la civilización griega. Para entonces el Egeo era ya un lago griego, con asentamientos en la costa de Asia Menor además de en las islas. La presión demográfica sobre recursos limitados fue la responsable, al menos parcialmente, de tales asentamientos, pero ni siquiera esas medidas aliviaron el problema. A mediados del siglo VIII los griegos se aventuraron a emprender la fundación masiva de colonias en el Mar Negro y a lo largo de todo el Mediterráneo, llegando hasta lo que hoy es Marsella. La concentración de ciudades griegas al sur de Italia y en Sicilia fue tan grande que el área pasó a conocerse como la Magna Grecia. El movimiento colonizador desempeñó una función económica, además de servir para aliviar la presión demográfica. Muchas de las nuevas ciudades se situaron en regiones fértiles, pudiendo así abastecer de cereales y otros productos agrícolas a la ciudad madre. También servían de mercados o centros comerciales de los artículos manufacturados de aquélla, abriendo así, mediante el sistema de mercado, la puerta de la civilización a las poblaciones indígenas de las cercanías, en su mayoría agricultores neolíticos. Las ciudades fundadoras renunciaron generalmente a mantener un control político sobre sus colonias, pero gracias a los lazos de sangre y a las relaciones comerciales se mantuvieron íntimamente unidas. Tales circunstancias hicieron que las ciudades de la Grecia continental se especializasen comercial e industrialmente. Los cereales dejaron paso a las uvas y las aceitunas, que se adaptaban mejor al suelo y clima griegos, y cuyos productos finales tenían un valor por unidad de peso muy superior. Los artesanos griegos, especialmente los alfareros y los trabajadores del metal, trabajaban con tal habilidad que sus artículos se apreciaban sobremanera en toda el área de la civilización clásica. Los mercaderes y marinos griegos actuaron también de mensajeros de otros pueblos no navegantes, como los egipcios. En ciudades como Atenas se concentraban funciones comerciales y financieras. La banca, los seguros, las sociedades de capital y otra serie de instituciones económicas que asociamos a épocas posteriores existían ya en embrión en la Grecia clásica, hundiéndose sus raíces de hecho en la antigua Babilonia. Estos progresos comerciales y financieros fueron facilitados por una innovación menor en cuanto a su significación técnica, pero de trascendental importancia económica: el dinero en moneda. Como ocurre con la mayoría de inventos de la antigüedad, la historia desconoce quién fue el inventor de la moneda. Las monedas más antiguas que poseemos, del siglo VII a.C, proceden de Asia Menor. En cualquier caso, pronto los gobiernos se dieron cuenta de que con la moneda había posibilidad de obtener beneficio y prestigio, y los estados se arrogaron el derecho de acuñar moneda de forma monopólica. La efigie de un soberano o el símbolo de una ciudad grabados en una moneda certificaban no sólo la pureza del metal con que estaba hecha, sino también la gloria de su emisor.
Las ciudades griegas se agotaron en guerras entre sí que resultaron enormemente destructivas, pero las conquistas de Alejandro Magno difundieron la cultura griega por todo el Cercano y Medio Oriente. A pesar de que el Imperio de Alejandro se desintegró tras su muerte, la unidad cultural y económica siguió en pie. La lengua griega se hablaba desde la Magna Grecia hasta el río Indo. Los griegos ocupaban los cargos civiles de los distintos estados que sucedieron al Imperio, y en todas las ciudades importantes podían encontrarse barrios de mercaderes griegos. Alejandría era, para los efectos, una ciudad griega, y el mayor emporio de su época. Por sus mercados pasaban no sólo las exportaciones egipcias tradicionales, sino también cientos de artículos y productos exóticos de todas partes del mundo.
5. LOGROS Y LÍMITES ECONÓMICOS DE LA CIVILIZACIÓN ANTIGUA.
El apogeo de la civilización clásica, al menos en lo que se refiere a su aspecto económico, tuvo lugar durante los dos primeros siglos de la era cristiana, bajo el dominio de Roma. Roma había absorbido ya la cultura helenística antes de dominar el Mediterráneo, y con éste heredó asimismo los logros e instituciones económicas helenísticas. En su origen, los romanos eran un pueblo agricultor; la mayoría cultivaban pequeñas haciendas y respetaban profundamente el derecho de propiedad. A medida que fueron extendiéndose sus dominios, fue aumentando su interés por los asuntos militares y administrativos, pero su tradicional apego a la tierra no desapareció. En su escala de valores, el comercio no gozaba de gran consideración. Sin embargo, el derecho romano, inicialmente adaptado a una sociedad agraria, pero modificado gradualmente con la incorporación de elementos griegos, permitía una considerable libertad de empresa y no penalizaba las
rango en poco se distinguía del de aquéllos. Aun cuando hubieran tenido oportunidad de mejorar la tecnología, habrían obtenido poco beneficio, por no decir ninguno, en términos de ingresos más altos o menos trabajo. Los miembros que componían las reducidas clases dirigentes se dedicaban a guerrear, gobernar, cultivar las bellas artes y las ciencias, y consumir de forma aparatosa. Carecían tanto de experiencia como de afición para hacer experimentos con los medios de producción, pues el trabajo era algo deshonroso, el estigma del sirviente. Una sociedad basada en la esclavitud puede producir grandes obras de arte y literatura, pero no un crecimiento económico continuado.
Hasta el advenimiento de la era industrial en el siglo XIX, la agricultura constituyó en todas partes el sector más importante de la actividad económica, tanto en términos del valor y el volumen del producto, como en la proporción de mano de obra en ella ocupada. No obstante, la orientación agraria de la Europa medieval fue única en comparación con la de otras civilizaciones desarrolladas.
El reino de los francos, establecido en el centro estratégico de la Europa medieval, entre el Loira y el Rhin, se mantuvo más tiempo que los otros, pero, sin un sistema fiscal regular y sin una burocracia permanente, también él dependía para el mantenimiento del orden y la unidad de la dudosa lealtad de los grandes nobles y los que de ellos dependían.
A partir del siglo VIII, y durante dos siglos, los francos y otros pueblos europeos se vieron amenazados por nuevas hordas de invasores. En el 711 el reino visigodo de España fue invadido y rápidamente derrotado por musulmanes provenientes del norte de África. En el 732 habían llegado hasta el corazón de Francia, de donde serían expulsados. Aunque los francos hicieron retroceder a los musulmanes al otro lado de los Pirineos, éstos conquistaron Córcega, Cerdeña y Sicilia, convirtiendo el Mediterráneo prácticamente en un lago musulmán. Entrado el siglo, los vikingos salieron en masa de Escandinavia, lograron poner a las islas Británicas bajo su dominio, conquistaron Normandía, asaltaron localidades situadas en las costas y en las riberas de los ríos, llegando por vía fluvial hasta París, e incluso se adentraron en el Mediterráneo. En el siglo IX componentes de las feroces tribus magiares se encaminaron al centro de Europa a través de los Cárpatos, y atacaron y saquearon el norte de Italia, el sur de Alemania y el este de Francia, imponiendo tributos a sus habitantes, antes de elegir como tierra en el siglo siguiente la llanura húngara e instalarse allí.
Para hacer frente a estas amenazas, los reyes francos idearon un sistema de relaciones políticas y militares, posteriormente denominado feudalismo, que injertaron en el sistema económico en desarrollo. Se otorgó a los guerreros, a cambio de sus servicios militares, las rentas de las grandes haciendas, muchas de ellas confiscadas a la Iglesia; estos guerreros (señores y caballeros) quedaron asimismo encargados de mantener el orden y administrar justicia en sus tierras. Los grandes nobles poseían gran cantidad de tierras que abarcaban muchas aldeas, y concedieron algunas de éstas a señores o caballeros de inferior categoría, sus vasallos, a cambio de un juramento de homenaje y fidelidad similar al que el rey recibía de ellos; a este procedimiento se le llamó subinfeduación.
Sustentando el sistema feudal estaba la forma de organización económica y social basada en el manor. Esta empezó a tomar forma en los últimos tiempos del imperio romano, cuando las grandes fincas de la aristocracia romana se transformaron en haciendas autosuficientes y los campesinos quedaron ligados a la tierra bien por ley, bien por presiones económicas y sociales más directas e inmediatas. Las invasiones bárbaras modificaron el sistema, y recibió su sello definitivo durante las invasiones vikingas, sarracenas y magiares de los siglos VIII y IX, cuando el manor se convirtió en la base económica del sistema feudal. No existía lo que podríamos llamar manor típico, ya que se dieron numerosísimas variaciones tanto cronológicas como geográficas. Como unidad administrativa y de organización, el manor consistía en tierra, edificios y la gente que cultivaba aquélla y habitaba éstos. Desde un punto de vista funcional, la tierra se dividía en tierra de cultivo, tierra de pasto,
prados, monte, bosque y tierra baldía; desde el punto de vista legal, en el demesne (dominio) del señor, las tierras de los campesinos y la tierra común. El demesne del señor, que a veces, pero no necesariamente, estaba cercado o separado de la tierra de los campesinos, representaba aproximadamente el 25 o 30% de la tierra cultivable del manor; incluía la manor house, los graneros, los establos, la forja, los jardines y acaso los huertos y viñedos. La tierra que los campesinos labraban para sí estaba situada en vastos campos abiertos que rodeaban la manor house y el pueblo; la tierra se dividía en franjas o parcelas pequeñas, y cada colono tenía derecho posiblemente a dos docenas o más de parcelas diseminadas por los campos del manor. Los prados, pastos, bosques y montes se tenían en común, si bien el señor vigilaba su utilización y se reservaba privilegios especiales en los bosques. La manor house, con frecuencia fortificada, servía de residencia al señor o a su representante. Catedrales y monasterios tenían también sus propios manors, que podían cederse a vasallos, ser administrados directamente por los clérigos, o confiarse a administradores o mayordomos laicos. Los campesinos vivían en pueblos apretados a los pies de las murallas de la manor house o en sus cercanías. Sus casas constaban simplemente de una o dos estancias, a veces con un granero que servía de lugar para dormir. La construcción podía ser de manera o piedra, si bien lo más frecuente es que fuera de barro y juncos, con suelo de tierra, sin ventanas y con tejado de paja con un agujero que hacía las veces de chimenea. Los pueblos normalmente estaban situados en las inmediaciones de un arroyo que proporcionaba agua, movía el molino y, en ocasiones, el fuelle del herrero. A menos que la manor house tuviera capilla, una pequeña iglesia completaba el panorama del pueblo. El manorialismo nunca fue esa institución estática que a veces se representa, sino que estuvo siempre en estado de evolución constante, normalmente de forma gradual, casi imperceptible, pero ineludible.
2. LA SOCIEDAD RURAL.
Dentro de la población rural había diversas categorías o grados según el nivel social. La teoría del feudalismo plenamente desarrollada dividía la sociedad en tres órdenes y asignaba un deber a cada uno de ellos. Los señores proporcionaban protección y mantenían el orden, los clérigos cuidaban del bienestar espiritual de la sociedad y los campesinos trabajaban para mantener a los dos órdenes superiores. La clase dirigente, que sumaba probablemente menos del 5% de la población total, formaba en principio una pirámide social que iba desde el rey en la cúspide, pasando por los grandes nobles, hasta los caballeros de categoría inferior en la base. El orden clerical tenía también sus diversas categorías sociales. En primer lugar, podía distinguirse entre el clero regular, es decir, las órdenes monásticas que dejaban el mundo retirándose a comunidades aisladas, y el clero secular (obispos y sacerdotes), que participaba de la vida de la comunidad de un modo más directo. En la primera parte de la Edad Media el clero regular gozó de mayor prestigio, pero a partir del siglo X la categoría social del clero secular aumentó con el alza económica y el resurgimiento de las ciudades, al desempeñar obispos y arzobispos un importante papel tanto en la vida religiosa como laica. Existían diferentes categorías sociales incluso entre la población campesina. En términos generales, había dos: hombres libres y siervos. Pero no siempre eran categorías diferentes, y dentro de ellas se daban distintos grados de libertad y servidumbre. La esclavitud, tal como existía en el imperio romano, fue desapareciendo gradualmente hasta que en el siglo IX los únicos esclavos que quedaban eran los esclavos domésticos de los grandes nobles. Por otra parte, la condición de aquellos hombres que formaban la clase de hombres libres del imperio romano, campesinos, propietarios y arrendatarios, se vio reducida a la de siervos. Al mismo tiempo, el poder de los señores no era ilimitado. Los siervos no eran propiedad de sus amos, sino adscripti glebae, es decir, estaban ligados a la tierra. Dos tendencias pueden percibirse a lo largo de toda la Edad Media y al principio de la época moderna respecto a la condición social del campesinado, tendencias íntimamente unidas a la evolución del manor. Desde la última fase del imperio romano hasta aproximadamente los siglos X−XI, los derechos y obligaciones de los hombres libres y los esclavos se asemejaron cada vez más. Luego, desde aproximadamente el siglo XII hasta la Revolución Francesa, fue produciéndose una disminución gradual de las restricciones a que estaban sometidos los siervos, que tuvo como resultado el deterioro definitivo de la institución de la servidumbre en ciertas áreas de la Europa Occidental.
3. FORMAS DE ESTABILIDAD.
sobre todo si se variaban las cosechas. La rotación de tres hojas tenía diversas ventajas. La fundamental era el aumento de la productividad del suelo. La rotación de tres hojas, con sus siembras en primavera y otoño, extendía las labores agrarias más uniformemente a lo largo del año; reducía, asimismo, el riesgo de hambre en caso de perderse la cosecha, pues, de ser necesario, podía plantarse trigo o centeno en primavera. Por último, al haber más tierra de cultivo disponible, se podía introducir mayor variedad de plantas, con el consiguiente efecto favorable sobre la nutrición. Por su superioridad, la rotación de tres hojas, se extendió allí donde le eran favorables el suelo y el clima; en el siglo XI era ya práctica generalizada en el norte de Francia, los Países Bajos, oeste de Alemania y el sur de Inglaterra. En el área mediterránea, en cambio, su práctica fue excepcional; la rotación bianual clásica siguió siendo el uso generalizado hasta el siglo XIX, si bien, con el crecimiento de la demanda urbana, muchas de las tierras próximas a las ciudades, sobre todo en el norte de Italia, se cultivaron de forma intensiva y constante con fines comerciales, utilizando con generosidad desechos orgánicos urbanos. Poco antes del siglo X se introdujo en Europa Occidental, con casi toda seguridad desde Asia, la collera, que descansaba en la espalda del caballo, y no tardó en adquirirse la costumbre de herrarlos para proteger sus pezuñas, más delicadas que las de los bueyes. A partir de entonces se difundió su uso como animal de tiro para el arado y los carros, pero sin llegar a sustituir, ni mucho menos, al buey. La cría de caballos se redujo al norte de Francia, Flandes, Inglaterra y algunas zonas de Alemania, pero ni siquiera en esas áreas llegó a sustituir al buey.
Aparte de estas innovaciones fundamentales, la agricultura medieval experimentó un sinnúmero de mejoras e innovaciones menores. Como resultado de nuevas fuentes de abastecimiento y de mejoras en la metalurgia, el hierro era más abundante y barato; además de usarse en armas y armaduras, se utilizó cada vez más en herramientas agrícolas. El valor del estiércol como fertilizante del suelo se conocía también desde hacía mucho, pero pasaron a intensificarse los esfuerzos para recogerlo y conservarlo. Por otra parte, la práctica de abonar con marga el terreno aumentó la fertilidad de ciertos suelos, al igual que añadir turba a otros. En el siglo XIII, en regiones de agricultura intensiva, para mantener o aumentar la fertilidad, se ideó la técnica del abono verde (arar bajo trébol, guisantes y otras plantas nitrogenadas). Tales técnicas, junto con el uso de algarrobas, nabos y trébol como forraje para la ganadería intensiva y la consecuente abundancia de estiércol, hicieron posible introducir la rotación de cuatro hojas e incluso algunas más complicadas en regiones de agricultura intensiva.
También puede hablarse de innovaciones en el campo del crecimiento de cultivos y animales. A lo largo de la Edad Media se introdujeron en Europa una serie de plantas que tuvieron amplia difusión y en cuyo cultivo se especializaron algunas zonas. Una de estas plantas fue el centeno, que se convirtió en Europa septentrional y oriental en el principal cereal para hacer pan. Los guisantes, las judías y las lentejas, ya conocidas se difundieron y se hicieron más corrientes, al haber más oportunidad de cultivarlas; gracias a ello las dietas se volvieron más variadas y equilibradas. Muchas frutas y hortalizas del Mediterráneo, e incluso de África y Asia, fueron aclimatadas al norte de Europa. El injerto, técnica inventada probablemente por los árabes o los moros, permitió obtener mejores variedades de frutas y frutos secos. Los musulmanes de España y del sur de Italia dieron a conocer a los europeos el algodón, la caña de azúcar, los cítricos y el arroz. Las moreras y la crianza de gusanos de seda llegaron también al norte de Italia a través de las civilizaciones bizantina o islámica. Los europeos del norte, carentes de vino y aceitunas, aprendieron a cultivar colza y lúpulo para hacer con ellos aceite y cerveza respectivamente. El crecimiento de la industria textil hizo aumentar la demanda de glasto, rubia, azafrán y otros tintes naturales.
No podemos afirmar que la agricultura medieval se caracterizase por su individualismo; pero en la práctica fueron los individuos quienes, solos o en grupos cooperativos, introdujeron o adoptaron innovaciones de las que generalmente sacaron provecho. Este incentivo para la innovación es lo que diferencia las agriculturas de la Edad Media y la antigüedad. Del mismo modo, la introducción de nuevos cultivos o la especialización en la producción de otros refleja tanto la existencia de incentivos, como la capacidad de los agricultores de responder a éstos. Se produjeran para su consumo directo, para su venta a los consumidores urbanos o como materia prima para las industrias en crecimiento, esos productos indican rentas en aumento y canales de producción y distribución más diversificados, es decir, desarrollo económico. La prueba más evidente de
desarrollo fue el crecimiento demográfico y sus consecuencias: el ascenso de las ciudades y la expansión física de la civilización europea.
Se ha calculado que alrededor del año 1.000 la población de la Europa Occidental (norte de Italia, Francia, Benelux, la República Federal Alemana, Suiza, Gran Bretaña, Irlanda y Dinamarca) era de 12 a 15 millones de personas. La población de la Europa cristiana (Noruega, Suecia, la mayor parte de la Europa Oriental y la población cristiana de la Península Ibérica) probablemente era de 18 a 20 millones de habitantes. A principios del siglo XIV la población de Europa Occidental estaba probablemente entre los 45 y 50 millones, y la de todo el continente entre 60 y 70 millones. En Europa Occidental este incremento puede atribuirse casi enteramente al crecimiento natural; en el resto de Europa, a las migraciones provenientes del oeste y a la conquista o conversión de pueblos no cristianos. La condición matemática para una población total estable es la equivalencia entre las tasas brutas de natalidad y mortalidad. Si aumenta la tasa de natalidad o disminuye la de mortalidad, crece la población. El aumento de la productividad agrícola gracias al sistema de rotación de tres hojas y a otras mejoras en la tecnología agrícola puede explicar fácilmente un ligero descenso de la tasa de mortalidad media que, de mantenerse muchos años, había traído aparejado un aumento significativo de la población. Además, y pese a que no tengamos pruebas claras de ello, es posible que la tasa de natalidad media experimentara también un ligero aumento. Quizá hubo otros factores que favorecieron el crecimiento demográfico, pero probarlo resulta más difícil. Al ser la guerra y el pillaje menos corrientes y destructivos, la seguridad habría aumentado directa e indirectamente, con los correspondientes efectos en la producción. De la práctica de la medicina y de los hábitos sanitarios sabemos demasiado poco como para sacar conclusiones sobre sus efectos, pero la fabricación y el uso del jabón aumentaron de forma importante cuando menos en el siglo XIII, posiblemente un factor secundario en la reducción de la tasa de mortalidad. Cabe también la posibilidad de que el clima del norte de Europa mejorara levemente entre los siglos X y XIV; en tal caso, la influencia de este cambio se habría dejado sentir ante todo en una mayor productividad de la agricultura. Es a esta última a la que hay que atribuir el mérito de haber hecho posible el crecimiento demográfico siendo a su vez las mejoras en la tecnología las principales responsables de ese aumento de la productividad.
Aumentó la densidad media de los asentamientos existentes. Se desbrozaron nuevos terrenos junto a los que ya estaban cultivados y, al menos en el siglo XIII y sobre todo en la primera mitad del XIV, se redujo el tamaño medio de las parcelas para hacer sitio en los saturados asentamientos a los nuevos habitantes. Se empezaron a cultivar terrenos que hasta entonces eran yermos y despoblados. A principios del siglo X los pueblos del noroeste de Europa estaban muy diseminados, con grandes extensiones de bosques o páramos entre ellos. Se necesitó desbrozar y roturar esas tierras con gran esfuerzo para que pasaran a ser aptas para el cultivo. Similar esfuerzo se emprendió para ganar tierra al mar en Flandes, Zelanda y Holanda. La mayoría de estos trabajos de recuperación se llevaron a cabo a instancias, o al menos con el permiso, de los grandes señores bajo cuya administración estaban las tierras; pero para atraer colonos al arduo trabajo de desbroce y roturación los señores se veían obligados a renunciar a la posesión de la tierra del demesne y a los servicios en trabajo de los colonos. De este modo, éstos se convirtieron en granjeros con obligaciones de pago, pero por lo demás independientes económicamente. Finalmente, para dar cabida a su mayor número de habitantes, la civilización europea se expandió geográficamente. Pese a que en el siglo VIII los francos hicieron retroceder a los musulmanes al sur de los Pirineos y unos minúsculos reinos cristianos resistieron en las regiones montañosas del norte, los estados y civilización islámicos dominaron la mayor parte de la Península Ibérica durante más de 400 años. La población musulmana dominaba la agricultura y especialmente, la horticultura; resucitaron y extendieron el sistema romano de riego e hicieron del sur de España una de las áreas más prósperas de Europa. La reconquista cristiana de la península empezó seriamente en el siglo X, coincidiendo con el crecimiento demográfico europeo, y en el siglo XIII nueve décimas partes de la península estaban ya en manos cristianas. La reconquista adquirió carácter de cruzada y muchos de los guerreros que tomaron parte de ella llegaron del norte de los Pirineos. Quizá la prueba más llamativa de la vitalidad económica de la Europa medieval fuera la expansión alemana en lo que ahora son Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Lituania. Antes del siglo X la escasa población que ocupaba tal área estaba constituida
Europa, sino que además eran las zonas más densamente pobladas. La agricultura de ambas era la más avanzada e intensiva y las dos tenían los centros comerciales e industriales más importantes.
El comercio más lucrativo y prestigioso lo constituyó, sin duda, el que estimuló el renacer comercial entre Italia y el este. Antes de que los italianos la hicieran suya, los mercaderes orientales habían utilizado ya esa ruta para llevar a las cortes occidentales productos de lujo. Cuando aquéllos pasaron a hacerse cargo del comercio, aún predominaban en el movimiento de este a oeste los bienes de lujo, pero a ellos habían venido a sumarse materias más voluminosas. En dirección contraria iban telas corrientes de lana y lino, pieles procedentes del norte de Europa, utensilios metálicos de Lombardía y Europa central, y cristal de Venecia. Los venecianos habían comerciado con el imperio bizantino desde el principio de su historia, pero a finales del siglo XI se aseguraron un lugar de privilegio a cambio de su ayuda contra los turcos selyúcidas: obtuvieron libre acceso a todos los puertos del imperio sin pagar derechos de aduana ni impuesto alguno, prerrogativa de que ni los propios mercaderes del imperio gozaban. Mientras, Génova y Pisa, tras expulsar de Córcega y Cerdeña a los musulmanes, cayeron sobre sus fortalezas del norte de África, saquearon sus ciudades y obtuvieron de ellos condiciones especialmente favorables para sus barcos y comerciantes. Posteriormente Génova derrotó a Pisa en la lucha por el dominio indiscutible del Mediterráneo occidental y desafió a Venecia por el control del oriental. Las ciudades italianas, de mutuo acuerdo o rivalizando entre sí, intensificaron su penetración en el levante durante las Cruzadas; establecieron colonias y enclaves privilegiados desde Alejandría a lo largo de las costas de Siria y Palestina, en Asia Menor, en Grecia, en los alrededores de Constantinopla y en las costas que circundan el Mar Negro, desde Crimea hasta Trebisonda. Los genoveses llegaron a surcar incluso el Mar Caspio y el Golfo Pérsico a bordo de barcos construidos allí mismo. La caída del reino de Jerusalén y el fracaso de las Cruzadas apenas afectó a las posiciones italianas en Oriente: firmaron tratados con los árabes y los turcos y continuaron sus negocios de costumbre. El comercio llevado a cabo con China floreció desde mediados del siglo XIII hasta mediados del XIV. Una vez más fueron los italianos quienes dominaron el comercio. Las guías de mercaderes describían con todo lujo de detalles los itinerarios, y daban útiles sugerencias respecto a las mercancías que tendrían demanda. En el otro extremo del Mediterráneo el comercio era más prosaico. Pese a la relativa lentitud de las comunicaciones, mercaderes despiertos y mercados activos procuraron satisfacer la demanda efectiva. Aunque también este comercio estaba dominado por los grandes puertos italianos, lo compartieron, de mejor o peor grado, con comerciantes catalanes, castellanos, provenzales, narboneses e incluso musulmanes. Durante la Edad Media la importancia de los mares del norte de Europa, si bien menos activos que el Mediterráneo, experimentó un aumento continuo. A principios de la época medieval eran los frisones los principales agentes del reducido volumen de comercio existente a lo largo de las costas del Mar del Norte y en los grandes ríos. A medida que el Báltico fue cobrando importancia, los escandinavos fueron ocupando su lugar, pero en los últimos años de la Edad Media el comercio en el Báltico y en el Mar del Norte estuvo dominado por las grandes ciudades comerciales alemanas organizadas en la Hansa. Ya en el siglo XII la producción especializada por regiones se estaba convirtiendo en una característica de mercado de la economía medieval. Desde finales del siglo XIII y a lo largo del XIV se realizaron grandes progresos en diseño naval y técnicas de navegación, progresos que tendrían en el siglo XV un efecto revolucionario; pero antes de que se produjeran tales adelantos la ruta entre el Mediterráneo y el Mar del Norte era peligrosa y poco rentable. Por esa razón, los grandes pasos alpinos, pese a sus obstáculos y peligros, eran más transitados que el estrecho de Gibraltar. Los señores feudales dueños de las tierras por donde pasaban las rutas acabaron con el bandidaje y mejoraron los caminos, por lo que cobraban peaje, pero éste no era alto por la competencia de rutas alternativas. Las ferias de Champagne, surgidas en el siglo XII, eran el más importante lugar de reunión de mercaderes, tanto del norte como del sur de Europa. Situadas aproximadamente a medio camino entre las dos regiones de Europa más desarrolladas, el norte de Italia y los Países Bajos, servían de lugar de encuentro y comercio para los mercaderes de ambas zonas, pero también desempeñaban un importante papel en el comercio del norte de Alemania con el sur de Francia y la Península Ibérica. Las prácticas y técnicas comerciales que se desarrollaron en esas ciudades ejercieron una influencia más amplia y duradera que las propias ferias. Después de su ocaso como centros de compra−venta de productos, todavía sirvieron de centros financieros durante muchos años. En las últimas
décadas del siglo XIII los viajes al Mar del Norte desde el Mediterráneo fueron haciéndose más frecuentes; en la segunda década del siglo XIV, Génova y Venecia organizaban ya anualmente convoyes regulares, las famosas flotas de Flandes. Estas caravanas marítimas llevaban las mercancías directamente de los puertos mediterráneos al gran mercado permanente de Brujas. Pese a no cesar enteramente el comercio por tierra, estaba claro que se había inaugurado una nueva etapa en las relaciones económicas entre el norte y el sur de Europa, etapa que entrañó no sólo nuevas rutas y nuevos medios de transporte, sino también un cambio en la escala del comercio y en los mecanismos de la organización comercial. Las grandes empresas comerciales y sucursales en toda Europa, se convirtieron en los principales agentes del comercio, sustituyendo a los mercaderes individuales. Este acontecimiento, al que a veces se ha llamado revolución comercial, fue fundamental en la segunda época de expansión de Europa, que empezó en el siglo XV.
En la época carolingia los mercaderes eran normalmente extranjeros: sirios y judíos. Con el restablecimiento del comercio en el siglo X, los mercaderes europeos cobraron más importancia, pero hasta bien entrado el siglo XIII el mercader siguió siendo un viajero ambulante. En los casos más sencillos los mercaderes trabajaban por cuenta propia; todo su capital consistía en los bienes que llevaba. Pero pronto entró en vigor una forma de sociedad, la commenda: un mercader, quizá ya demasiado viejo para soportar la dureza del viaje, aportaba el capital y otro realizaba el trayecto. Las ganancias se dividían: normalmente tres cuartas partes para el socio sedentario y una cuarta parte para el socio activo. Ya en el siglo XII muchos individuos que no se dedicaban realmente al comercio activo invirtieron de esa forma en él en Génova y otras ciudades italianas. El aumento del volumen de comercio y la normalización de las prácticas comerciales, trajeron consigo el nacimiento de una nueva forma de organización comercial (la vera società) que rivalizó, y a veces suplantó, a la commenda. Constaba de varios socios y solía operar en muchas ciudades de toda Europa. Los italianos fueron, con diferencia, los más sobresalientes en este tipo de organización. Con frecuencia se ocupaban de operaciones bancarias además de mercantiles. Los mercaderes más modestos que no podían disponer de barcos propios idearon otros modos de diversificar los riesgos del comercio a larga distancia. Varios mercaderes que comerciaran por separado podían unirse para alquilar un barco. O bien un único empresario alquilaba todo un barco y arrendaba parte del espacio de éste a otros mercaderes. Se inventaron varios tipos de créditos marítimos para que los inversores no comerciantes participasen de los beneficios sin hacerlos socios de la empresa ni violar las leyes contra la usura. A finales del siglo XIII ya era normal el seguro marítimo. La banca y los créditos fueron estrechamente unidos al comercio medieval. Ya en el siglo XII se establecieron en Génova y Venecia primitivos bancos de depósito. Aunque por ley tenían prohibido prestar dinero sobre reservas fraccionadas, los bancos permitían el descubierto bancario a clientes preferentes, con lo que creaban nuevos medios de pago. Bancos así sólo podían encontrarse en los centros comerciales más importantes. Otra razón que justificaba la confianza generalizada en el crédito era la confusión y diversidad de monedas. La mayoría de las regiones de la Europa occidental usaban el sistema monetario carolingio de libras, chelines y peniques, pero esa unidad aparente escondía una desconcertante desigualdad monetaria. Las monedas más corrientes en los siglos XI y XII eran los peniques; pero éstos no sólo resultaban incómodos para pagos elevados, sino que además eran de diferente tamaño, peso y contenido en plata según quienes los acuñasen (reyes, duques, condes). No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XIII que Europa obtuvo por fin una moneda realmente estable, el famoso florín de oro que puso Florencia en circulación por vez primera en 1252. El florín se acomodaba perfectamente a las necesidades mercantiles, pero, para cuando apareció, el crédito ya era parte indispensable de la actividad comercial.
Aunque muy inferior a la agricultura en términos numéricos, la industria no fue un sector insignificante de la economía medieval. La industria más importante y omnipresente era sin duda la textil. En el siglo XI algunas áreas de Europa habían empezado ya a especializarse definitivamente en el proceso. De éstas, la más importante fue Flandes y la zona circundante. Otros centros de importancia fueron el norte de Italia y Toscana, el sur y el este de Inglaterra, y el sur de Francia. La materia prima más importante era sin ninguna duda la lana, y el producto, a su vez, el paño. Las diferencias de tipo y calidad del paño producido en las distintas regiones explican la extensión del comercio dentro de Europa. Además de la lana, en muchas áreas se
dos terceras partes. La epidemia, además, se hizo endémica, surgiendo nuevos brotes cada diez o quince años durante el resto del siglo. Aparte de la miseria que engendró la peste, en los siglos XIV y XV una serie de guerras, tanto civiles como entre naciones, alcanzaron gran intensidad y violencia. La Peste Negra constituyó el episodio más decisivo de la crisis de la economía medieval, pero no fue ni el origen ni la causa de tal crisis. A finales del siglo XIII el aumento demográfico de los dos o tres siglos anteriores había concluido. En la primera mitad del siglo XIV se hicieron cada vez más frecuentes las pérdidas de las cosechas y más severas las hambrunas. Aunque no está probado, es probable que la población empezara a descender antes del 1348. Hay pruebas de que en el siglo XIV se produjo un deterioro climatológico. Pero, a pesar de su gravedad, estos problemas no explican por sí solos la decadencia y estancamiento de toda la economía. Una explicación más global sería que la población era excesiva para los recursos y tecnología de que se disponía. Al no haber más tierra disponible, los pastos, prados y páramos se convirtieron en campos de cultivo. Esto supuso menos ganado y, como consecuencia, menos proteínas en la dieta y menos abono. La escasez de fertilizante había sido uno de los problemas constantes en la economía feudal, y la disminución del ganado lo agravó. Las cosechas disminuyeron en la misma proporción en que aumentaban las tierras de cultivo. Los esfuerzos para aumentar la productividad, tales como la introducción de la rotación de cuatro hojas, rotaciones más complicadas y el uso de abono verde, produjeron un cierto efecto en algunas regiones, pero los esfuerzos no se llevaron a cabo con rapidez suficiente y sus resultados no fueron lo bastante sustanciales como para compensar los rendimientos decrecientes de las agotadas tierras marginales. Mientras continuó el crecimiento urbano y demográfico, los precios de la mayoría de productos agrícolas subieron al mismo tiempo que bajaban los salarios. La constante caída de los salarios hizo que a los señores les resultara rentable cultivar sus tierras con asalariados. Podían contratar incluso a campesinos acomodados, quienes de este modo aumentaban su riqueza; pero la gran masa de población campesina se encontró en una situación cada vez más apurada. En parte por esta razón, y también por el aumento de los impuestos que recaudaban reyes y señores locales, se produjo un incremento de las tensiones sociales, con brotes ocasionales de violencia e insurrección. La Peste Negra intensificó enormemente las tensiones y conflictos sociales. La relación precio−salario se invirtió bruscamente; con la fuerte caída de la población y la demanda urbana, cayó también rápidamente el precio de los cereales y otros productos alimentarios, mientras aumentaban los salarios por la escasez de mano de obra. La primera reacción de las autoridades fue establecer un control de salarios; pero con ello sólo lograron exacerbar la hostilidad de los campesinos y trabajadores. En la segunda mitad del siglo XIV en toda Europa se produjeron insurrecciones, sublevaciones y guerras civiles. Si bien no todas estaban motivadas por el control salarial, todas estaban, de un modo u otro, relacionadas con el súbito cambio en las condiciones económicas que el hambre, la guerra y la peste habían traído consigo. Aunque las sublevaciones raramente consiguieron sus objetivos, el cambio en las condiciones económicas supuso para los campesinos de Europa occidental la libertad de las ataduras feudales. Pese a su fuerza política y militar, las clases gobernantes no pudieron ni imponer los servicios en trabajo, ni controlar los salarios durante mucho tiempo, dado que los propios terratenientes rivalizaban en atraer campesinos a sus tierras, bien para que las trabajasen por un salario, bien arrendándoselas. La Gran Peste y las calamidades del siglo XIV a ella asociadas, si bien espantosas, vinieron a ser un fuerte purgante que abrió camino a un periodo de crecimiento y desarrollo renovados que se inició en el siglo XV.
En el este de Europa la evolución siguió un curso bien diferente. Después de la Gran Peste, la vida urbana prácticamente se marchitó, los mercados decayeron y la economía retrocedió a un nivel de subsistencia. En esas condiciones, la única alternativa del campesino a la autoridad del señor era la huida a tierras inexploradas y sin ocupar, con los peligros que ello conllevaba. En consecuencia, los señores libres del control de una autoridad superior, llevaron al campesinado por la fuerza a una situación de servidumbre que había desaparecido en Europa occidental ya en el siglo IX.
Aunque la Peste tuvo en jaque a las ciudades del oeste de Europa, estas sobrevivieron y finalmente se recuperaron. Las organizaciones gremiales, como reacción a la brusca caída de la demanda, endurecieron sus reglamentos para controlar con mayor efectividad la oferta en términos monopolísticos. Los comerciantes, con el fin de reorganizar sus operaciones de forma racional, inventaron o adoptaron la contabilidad de doble entrada y otros métodos de control. Los industriales, enfrentados a unos costos laborales en alza, buscaron
nuevos métodos de producción que ahorrasen mano de obra o emigraron para escapar de las reglas restrictivas de los gremios. También se dieron cambios regionales en la producción y el comercio, como resultado del aumento de la competencia. Ciudades como Florencia y Venecia no dudaron en usar la fuerza de las armas para someter a sus rivales y extender su dominio a sus vecinos. El conjunto de las ciudades italianas mantenía su superioridad comercial, pero el norte de Europa iba ganando terreno, anunciando así cambios más drásticos que tendrían lugar en los siglos XVI y XVII.
TEMA 4. LAS ECONOMÍAS NO OCCIDENTALES EN VÍSPERAS DE LA EXPANSIÓN OCCIDENTAL
1. EL MUNDO ÁRABE.
El Islam tuvo su origen en Arabia en el siglo VII. Su fundador, Mahoma, había sido mercader antes de convertirse en líder político y religioso. En el año 632, fecha de su muerte, toda la Península Arábiga estaba unida bajo su autoridad. Sus seguidores, en cien años, habían conquistado un enorme imperio que se extendía desde Asia Central hasta España, a través de Oriente Medio y el norte de África. Tras unos siglos de relativa quietud y después de la fragmentación del Califato los musulmanes volvieron a expandirse a partir del siglo XII, difundiendo su religión y costumbres por Asia Central, India, Ceilán, Indonesia, Anatolia y el África subsahariana. Los árabes originarios eran principalmente nómadas, aunque algunos practicaban agricultura de oasis y tenían unos pocos centros urbanos (La Meca, Medina). Las tierras que conquistaron eran, en conjunto, casi tan áridas como Arabia, pero en ellas estaban las dos grandes cunas de la civilización: los valles del Nilo y del Tigris y el Eufrates. Los musulmanes practicaron una agricultura de regadío que alcanzó un alto nivel de productividad y sofisticación en algunas zonas. Aunque el potencial agrícola de su territorio era limitado, su localización geográfica le confería grandes posibilidades comerciales. Su centro político estaba situado entre el Golfo Pérsico y el Mar Mediterráneo y estaba abierto, además, al Océano Índico. En él se encontraban todas las grandes rutas de caravanas entre el Mediterráneo y China. Pese a tener prohibida la usura, los mercaderes musulmanes idearon complicados instrumentos de crédito que facilitaron su comercio. Durante cientos de años los árabes y sus correligionarios fueron los principales intermediarios en el comercio entre Europa y Asia. Los comerciantes cristianos aprendieron las prácticas y técnicas comerciales de los musulmanes.
2. EL IMPERIO OTOMANO.
Los conquistadores turcos que lograron más prosperidad fueron los otomanos, cuyos orígenes se remontaban al sultán Osmán (1259−1326). Gradualmente los otomanos extendieron su dominio sobre la totalidad de Anatolia y, en 1354, lograron asentarse precariamente en Europa, al oeste de Constantinopla, que fue conquistada por fin en 1453. Durante el siglo XVI continuaron su expansión, apoderándose de territorios en el Cercano y Medio Oriente que previamente los árabes habían arrebatado al imperio bizantino, además de otros en el norte de África; en Europa conquistaron Grecia y los Balcanes, y en 1683 llegaron a las puertas de Viena, siendo allí rechazados hasta Hungría. El vasto imperio que los turcos controlaban no constituía una economía unificada o un mercado común. Aunque sus muchas regiones contaban con diversidad de recursos y climas, el alto coste del transporte impedía una auténtica integración económica. La agricultura era la ocupación principal de la gran mayoría de los súbditos del sultán. El imperio perduró porque, a diferencia de casi todos los anteriores, los turcos establecieron un sistema impositivo relativamente justo que proporcionaba amplios ingresos para financiar la burocracia y el ejército del gobierno central.
3. ASIA ORIENTAL.
La civilización china, que data de principios del segundo milenio antes de Cristo, presenta uno de los desarrollos más autónomos que han existido. La cuna de la civilización china estaba situada en el curso medio del valle del Río Amarillo, donde el fértil suelo de los loes que depositan los vientos procedentes de Asia Central permitía fácilmente el cultivo. El alimento básico era el mijo, cereal originario de esa región que con