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identidad social PDF, Apuntes de Psicología Social

Asignatura: psicologia social I, Profesor: Jaume Masip, Carrera: Psicología, Universidad: USAL

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 03/05/2014

ronaldinho10
ronaldinho10 🇪🇸

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La teoría de la identidad social
La teoría de la identidad social de Tajfel (por ej., Tajfel y Turner, 1979) constituye el
tercer desarrollo “típicamente europeo” de la psicología social. Como en los casos
anteriores, su seña de identidad también es la dimensión social. Así, Tajfel propone una
aproximación a los estereotipos y los prejuicios que va más allá del plano intraindividual, y
afirma que la propia identidad se deriva de la pertenencia grupal.
Tajfel cuestiona que sea necesario un conflicto realista de intereses (Sherif, 1966)
para que aparezcan conductas competitivas y discriminativas entre los grupos. De hecho, la
investigación ha mostrado que éstas se dan incluso en condiciones explícitamente no-
competitivas y claramente cooperativas (por ej., Ferguson y Kelley, 1964; Rabbie y DeBrey,
1971). De forma que Tajfel et al. (1971) crean el llamado paradigma del grupo mínimo para
demostrar que las condiciones mínimas que pueden dar lugar a un comportamiento
discriminativo son la mera categorización. Es decir, el mero hecho de dividir a las personas en
dos grupos dará lugar a tales conductas.
Los participantes son estudiantes británicos de secundaria. Deben distribuir una
serie de puntos entre personas de su propio grupo y de un grupo ajeno. Al final del
experimento, los puntos se canjearán por dinero. El tipo de respuesta tiene por lo tanto
importancia para los sujetos, pues consiste en distribuir dinero. Con el fin de asegurar que
la única variable relevante sea la pertenencia grupal, se toman una serie de precauciones.
Así: (a) la asignación a un grupo u otro se hace sobre la base de criterios poco relevantes
(preferencia de la persona por pinturas de Klee o de Kandinsky); (b) no hay ninguna
interacción entre los participantes; (c) existe el más absoluto anonimato: nadie sabe quién
está en su grupo o en el grupo ajeno, ni a qué persona concreta conciernen sus decisiones
(sólo saben a qué grupo pertenece esa persona desconocida); y (d) la persona no puede
otorgarse puntos a sí misma, con lo que se excluye el interés propio.
Las distribuciones se hacen cumplimentando unos cuadernos. En cada página de
ellos hay una serie de 13 casillas que especifican dos cifras: la cantidad de puntos que
recibirá otro miembro del mismo grupo que el sujeto y la que recibirá un miembro del otro
grupo. Cada participante debe escoger una de las diversas casillas. Éstas están construidas
de tal manera que se puede examinar hacia qué estrategia de respuesta tiende cada
participante. Las posibles estrategias son: (a) justicia: distribución de la misma cantidad de
puntos para miembros del propio grupo y para miembros del grupo ajeno; (b) máximo
beneficio conjunto: maximización del número de puntos recibidos por todas las personas
conjuntamente, con independencia de su grupo de pertenencia; (c) máximo beneficio
intragrupal: maximización del número de puntos recibido por el propio grupo; y (d) diferencia
máxima: maximización de la diferencia entre los puntos recibidos por el endogrupo (más) y
los recibidos por el exogrupo (menos).
Los resultados del experimento mostraron que los participantes tendían a hacer
decisiones justas, pero con marcadas desviaciones a favor de su grupo, es decir, hacia las
estrategias de máximo beneficio intragrupal y diferencia máxima. De hecho, la estrategia de
diferencia máxima era preferible a la máxima ganancia endogrupal, con lo que parece que
no era tan importante que el propio grupo obtuviera el máximo como que obtuviera más
que el otro. Ante la crítica de que las personas pudieron haber hecho sus asignaciones
sobre la base de la similitud que puede suponer el compartir gustos pictóricos, Billig y
Tajfel (1973) replicaron los hallazgos cruzando las variables categorización y similitud,
demostrando que esta última no es necesaria para que se produzca la conducta
discriminatoria. Los resultados han sido confirmados en diversos países con personas de
ambos sexos y distintas edades (véanse Brewer y Kramer, 1985; Tajfel, 1982). Y también –y
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La teoría de la identidad social

La teoría de la identidad social de Tajfel (por ej., Tajfel y Turner, 1979) constituye el tercer desarrollo “típicamente europeo” de la psicología social. Como en los casos anteriores, su seña de identidad también es la dimensión social. Así, Tajfel propone una aproximación a los estereotipos y los prejuicios que va más allá del plano intraindividual, y afirma que la propia identidad se deriva de la pertenencia grupal. Tajfel cuestiona que sea necesario un conflicto realista de intereses (Sherif, 1966) para que aparezcan conductas competitivas y discriminativas entre los grupos. De hecho, la investigación ha mostrado que éstas se dan incluso en condiciones explícitamente no- competitivas y claramente cooperativas (por ej., Ferguson y Kelley, 1964; Rabbie y DeBrey, 1971). De forma que Tajfel et al. (1971) crean el llamado paradigma del grupo mínimo para demostrar que las condiciones mínimas que pueden dar lugar a un comportamiento discriminativo son la mera categorización. Es decir, el mero hecho de dividir a las personas en dos grupos dará lugar a tales conductas. Los participantes son estudiantes británicos de secundaria. Deben distribuir una serie de puntos entre personas de su propio grupo y de un grupo ajeno. Al final del experimento, los puntos se canjearán por dinero. El tipo de respuesta tiene por lo tanto importancia para los sujetos, pues consiste en distribuir dinero. Con el fin de asegurar que la única variable relevante sea la pertenencia grupal, se toman una serie de precauciones. Así: (a) la asignación a un grupo u otro se hace sobre la base de criterios poco relevantes (preferencia de la persona por pinturas de Klee o de Kandinsky); (b) no hay ninguna interacción entre los participantes; (c) existe el más absoluto anonimato: nadie sabe quién está en su grupo o en el grupo ajeno, ni a qué persona concreta conciernen sus decisiones (sólo saben a qué grupo pertenece esa persona desconocida); y (d) la persona no puede otorgarse puntos a sí misma, con lo que se excluye el interés propio. Las distribuciones se hacen cumplimentando unos cuadernos. En cada página de ellos hay una serie de 13 casillas que especifican dos cifras: la cantidad de puntos que recibirá otro miembro del mismo grupo que el sujeto y la que recibirá un miembro del otro grupo. Cada participante debe escoger una de las diversas casillas. Éstas están construidas de tal manera que se puede examinar hacia qué estrategia de respuesta tiende cada participante. Las posibles estrategias son: (a) justicia: distribución de la misma cantidad de puntos para miembros del propio grupo y para miembros del grupo ajeno; (b) máximo beneficio conjunto: maximización del número de puntos recibidos por todas las personas conjuntamente, con independencia de su grupo de pertenencia; (c) máximo beneficio intragrupal: maximización del número de puntos recibido por el propio grupo; y (d) diferencia máxima: maximización de la diferencia entre los puntos recibidos por el endogrupo (más) y los recibidos por el exogrupo (menos). Los resultados del experimento mostraron que los participantes tendían a hacer decisiones justas, pero con marcadas desviaciones a favor de su grupo, es decir, hacia las estrategias de máximo beneficio intragrupal y diferencia máxima. De hecho, la estrategia de diferencia máxima era preferible a la máxima ganancia endogrupal, con lo que parece que no era tan importante que el propio grupo obtuviera el máximo como que obtuviera más que el otro. Ante la crítica de que las personas pudieron haber hecho sus asignaciones sobre la base de la similitud que puede suponer el compartir gustos pictóricos, Billig y Tajfel (1973) replicaron los hallazgos cruzando las variables categorización y similitud, demostrando que esta última no es necesaria para que se produzca la conducta discriminatoria. Los resultados han sido confirmados en diversos países con personas de ambos sexos y distintas edades (véanse Brewer y Kramer, 1985; Tajfel, 1982). Y también –y

esto es importante– en trabajos de campo en situaciones reales (por ej., Brown, 1978). En definitiva: parece que la mera asignación a los grupos basta para generar una conducta discriminativa. El proceso que parece subyacer a estos hallazgos es la categorización. Ya Tajfel y Wilkes (1963) habían encontrado que la diferencia percibida entre tres líneas más cortas y otras tres más largas era mayor cuando se habían etiquetado las tres líneas más cortas como “A” y las tres más largas como “B” que cuando las etiquetas no guardaban relación con la longitud o que cuando las líneas no se habían etiquetado. Tajfel, Sheikh y Gardner (1964) habían extendido la investigación a la percepción de estímulos sociales, demostrando que los miembros de un grupo étnico se perciben como más parecidos entre sí en aquellas características propias de su estereotipo que en otras características. En suma, la diferenciación categorial da lugar a la acentuación de las semejanzas dentro de cada grupo en las características propias de su estereotipo, así como a la sobreestimación de las diferencias respecto a otras categorías. La categorización es un mecanismo fundamental que nos permite desenvolvernos en nuestro medio, y que consiste en clasificar la realidad en categorías muy diferentes entre sí cuyos componentes básicos se perciben como homogéneos. Respecto al estudio de Tajfel et al. (1971), Brown (1993) nos dice que:

La situación que afrontan los sujetos experimentales está, para ellos, lo bastante mal definida como para centrarse en las categorías previas no significativas (Klee y Kandinsky) y usarlas para darle sentido. Una vez que una clasificación particular (y sólo una) ha sido adoptada, ocurre la inevitable diferenciación categorial, y ocurre en la única forma posible aquí, es decir, distribuyendo cantidades diferentes a los receptores del endogrupo y del exogrupo (p. 384).

Ahora bien, la categorización permite explicar la diferenciación entre los grupos, pero no el hecho de que la conducta favorezca a un grupo particular (el propio) y no al otro. Para explicar este hecho hay que acudir al concepto de identidad social, desarrollado en Bristol por Tajfel, Turner y sus colaboradores (por ej., Tajfel y Turner, 1979). Los autores (por ej., Turner, 1982) diferencian entre la identidad personal, que sería la parte del autoconcepto que se basa en la propia personalidad y en las relaciones personales que uno tiene con los demás, y la identidad social, es decir, la parte del autoconcepto que proviene de la pertenencia grupal. En otras palabras, nuestro autoconcepto se deriva de nuestra forma de ser, pero también de nuestra pertenencia grupal. De hecho, a menudo nos definimos a nosotros mismos en términos de pertenencia a determinados grupos: “soy del Madrid”, “soy socio de la EAESP”, “soy hombre” o “soy español”. Como existe la necesidad de tener un autoconcepto positivo y parte de nuestro autoconcepto se deriva de la pertenencia grupal, nos afiliaremos a grupos que valoremos positivamente, tenderemos a valorar positivamente a aquellos grupos a los que pertenezcamos y, como en los experimentos de grupo mínimo, favoreceremos a nuestro grupo para que se diferencie positivamente de los demás (véase Tajfel, 1978; Tajfel y Turner, 1979). De hecho, Tajfel y Turner (1979) extienden la teoría de la comparación social de Festinger (1954) al ámbito grupal: las personas evalúan el propio grupo comparándolo con los demás, y el resultado de tales evaluaciones incide sobre la propia autoestima (véase Oakes y Turner, 1980). La conducta a favor del endogrupo y contra el exogrupo será más acentuada en aquellas condiciones en las cuales la diferenciación entre los grupos sea importante, como periodos de conflicto intergrupal o en personas de baja autoestima o para las cuales la pertenencia al grupo es especialmente importante. Hogg y Vaughan (1995) resaltan la dimensión genuinamente social de esta teoría:

similitud con el prototipo. Esto sucede incluso cuando uno se clasifica a sí mismo como miembro de un grupo. En tales circunstancias, uno se ve a sí mismo en términos del prototipo de su grupo, y se comporta en consecuencia (por ej., siguiendo las normas grupales). Esto se relaciona con la despersonalización, que se produce, según Turner, en determinadas situaciones en las cuales la persona acude a categorizaciones del nivel intermedio. En estos casos la identidad social predominará sobre la identidad personal, es decir, la persona percibirá una identidad entre el yo y los otros miembros del endogrupo en aquellas dimensiones que definen la pertenencia intergrupal (Turner y Oakes, 1986). Así, durante un partido de fútbol, la persona actuará como uno de los seguidores del equipo y su individualidad se verá difuminada, siendo sólo un seguidor más, como cualquier otro. La categorización de la persona da lugar a la autoestereotipación y a la conformidad con las normas endogrupales. Para Turner, lo que posibilita la conducta grupal es la despersonalización. Es evidente que Turner “cognitiviza” en buena medida la teoría de Tajfel. Esto puede dar lugar a un desplazamiento del eje de la misma del polo social al polo individual o intrapsíquico (por ej., Álvaro, 1995). Como señala Ibáñez (1990), “si bien es cierto que Turner consigue formular una explicación más ‘cognitiva’ que la de Tajfel, ya no está tan claro que se trate también de una formulación más ‘social’” (p. 199).

Jaume Masip Universidad de Salamanca