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Este documento ofrece una introducción a la inteligencia emocional, una capacidad fundamental que nos permite reconocer nuestros propios sentimientos y los de los demás, y manejarlas eficazmente. Aprenda qué son las emociones, su fisiología, su clasificación y la diferencia entre ellas y los sentimientos.
Tipo: Guías, Proyectos, Investigaciones
Subido el 21/09/2020
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Miedo e ira: Ambas difieren en la temperatura de los dedos y las secreciones hormonales, también difieren en la activación cerebral. Miedo y alegría: Estimulan músculos faciales diferentes. Emociones negativas (asco, depresión): provocan una mayor actividad en la corteza pre frontal derecha. Emociones positivas (alegría, optimismo): provocan una mayor activación en la corteza pre frontal izquierda.
John Marshall Reeve es uno de los autores que más ha contribuido en las últimas décadas al estudio y conocimiento de la motivación y la emoción. Considera que las principales funciones de las emociones son tres: adaptativa, social y motivacional. Función adaptativa: Funciones más importantes de la emoción sea la de preparar al organismo para que ejecute eficazmente la conducta exigida por las condiciones ambientales, movilizando la energía necesaria. Función Social: Facilita la aparición de las conductas apropiadas, la expresión de las emociones permite a los demás predecir el comportamiento. Al comunicar a través de nuestro rostro, postura corporal, voz y tono de voz (lenguaje no verbal y verbal), nuestro estado emocional y poder nosotros también conocer el estado emocional de los demás para poder prevenir sus reacciones y sobrevivir. Función motivacional: Si percibimos una situación interpretada como “de peligro”, nuestra percepción del peligro activa una respuesta cardíaca, respiratoria, endocrina, circulatoria y muscular que nos hace huir. Es la dimensión motivacional de las emociones, que nos preparan para la acción o respuesta.
Las emociones se han clasificado siguiendo numerosos y variados criterios de la siguiente manera: Emociones negativas: Son desagradables, que se experimentan cuando se bloquea una meta, se produce una amenaza o sucede una pérdida; requieren la movilización de importantes recursos cognitivos y comportamentales, para la creación y elaboración de planes que resuelvan o alivien la situación, como ser la ira, miedo, ansiedad, tristeza, vergüenza y aversión. Emociones positivas: Son agradables, que se experimentan cuando se alcanza una meta; de tal manera que en ellas es menos probable que se necesite la revisión de planes y otras operaciones cognitivas, por esta razón se podría esperar que las emociones negativas sean más prolongadas en el tiempo que las positivas. Entre ellas están la alegría, el humor, el amor y la felicidad. Emociones ambiguas: Se conocen también como emociones neutras, puesto que no provocan ni emociones negativas ni positivas, ni saludables ni no saludables. Sorpresa, Esperanza, Compasión. Emociones estéticas: Las producidas por las manifestaciones artísticas (literatura, pintura, escultura, música…).
Ahora que tenemos conocimiento acerca de qué son las emociones, sus procesos fisiológicos, su funcionalidad, clasificación y diferenciación de lo que son nuestros sentimientos, podremos adentrarnos en el tema central de este trabajo, la inteligencia emocional. Charles Darwin fue el primero que empezó a utilizar el concepto de inteligencia emocional, señalando en sus trabajos la importancia de la expresión emocional para la supervivencia y la adaptación. Thorndike, en 1920, hace uso del término inteligencia social, para describir la habilidad de comprender y motivar a otras personas. Veinte años más tarde, David Wechsler, describe la influencia de factores no intelectivos sobre el comportamiento inteligente, y sostiene que nuestros modelos de inteligencia no serán completos hasta que no puedan describir adecuadamente estos factores. Posteriormente, en 1983, Howard Gardner, introduce la idea de incluir tanto la inteligencia interpersonal (la capacidad para comprender las intenciones, motivaciones y deseos de otras personas) y la inteligencia intrapersonal (la capacidad para comprenderse uno mismo, apreciar los sentimientos, temores y motivaciones propios).
Pero no fue hasta la publicación del célebre libro de Daniel Goleman sobre Inteligencia Emocional en 1995, cuando surgieron numerosas publicaciones que lo hicieron muy popular. Fue uno de los pioneros en nombrar otro tipo de inteligencia más allá de la educación escolar. Su antecesor Howard Gardner ya en su teoría de inteligencias múltiples nombró la inteligencia interpersonal y la intrapersonal como una capacidad que por lo tanto se puede desarrollar.
Es importante mencionar que la Inteligencia Emocional se puede alimentar, desarrollar y crecer. No se trata de una cualidad que se tiene o no se tiene, no es que se nace siendo inteligente emocionalmente, sino que es una capacidad que aumenta a medida que aprendemos y ejercitamos las capacidades de que ésta se compone, tales como la percepción reflexiva, el control emocional y la propia motivación. El beneficio que proporciona el tener o desarrollar un alto coeficiente emocional es que se puede percibir con mayor facilidad y rapidez conflictos en gestación, los puntos vulnerables de circunstancias a los que hay que prestar atención, las distancias que se deben salvar o los vacíos que se deben llenar, las conexiones ocultas que significan oportunidad, y las interacciones para mejorar nuestras relaciones. La Inteligencia Emocional requiere no sólo tener emociones, sino que además se pueda aprender a reconocerlas y valorarlas en nosotros mismos y en los demás, que respondamos adecuadamente a ellas, aplicando eficazmente la información y la energía de las mismas en nuestra vida diaria. Ser inteligente emocionalmente significa manejar nuestros sentimientos de tal modo que exista una expresión efectiva, permitiendo el trabajo en conjunto, sin roces, en busca de una meta común. Las personas que logran desarrollar sus habilidades emocionales tienen más probabilidad de sentirse satisfechas y ser eficaces en su vida, y de dominar hábitos mentales que favorezcan su propia productividad.
Es un servicio de vigilancia para prever al organismo ante cualquier señal de alarma. Ej. En el caso del miedo, envía mensajes al cerebro disparando la secreción de hormonas, estimulando el sistema cardiovascular, los músculos y las vísceras. Encargada de activar la secreción de dosis masivas de noradrenalina, hormona que aumenta la reactividad de ciertas regiones cerebrales, entre las que destacan aquellas que estimulan los sentidos y ponen el cerebro en estado de alerta. Se encarga de que el tallo encefálico inmovilice el rostro en una expresión de miedo, aumentando la frecuencia cardiaca, tensión sanguínea y respiración. Dirige la atención hacia la fuente del miedo y predisponen a los músculos para reaccionar en consecuencia. La amígdala permite, durante una crisis emocional, reclutar y dirigir una gran parte del cerebro, incluida la mente racional.
La inteligencia emocional está en la base de muchos procesos físicos. Podemos decir que existe un vínculo directo entre las emociones y el sistema inmunológico que pone de manifiesto su relevancia clínica. Existen emociones negativas y positivas que perturban de un modo u otro la salud. Si bien unas conducen a la elevación de la tensión sanguínea, la ansiedad o la disminución de las defensas, en el caso contrario de las emociones positivas desempeñan un conjunto de variables, que llegan a ser tonificantes para el propio cuerpo. Cada vez son más los médicos que reconocen la importancia de las emociones en el desarrollo de enfermedades. Ej. El pánico y la ansiedad aumentan la tensión arterial y las venas se dilatan y sangran más complicándose cualquier intervención quirúrgica. Para mostrar que las emociones negativas son un factor de riesgo para el desarrollo de la enfermedad podemos simplemente hablar del estrés, que provoca una elevación de la
de variables, que llegan a ser tonificantes para el propio cuerpo. Cada vez son más los médicos que reconocen la importancia de las emociones en el desarrollo de enfermedades. Ej. El pánico y la ansiedad aumentan la tensión arterial y las venas se dilatan y sangran más complicándose cualquier intervención quirúrgica. Para mostrar que las emociones negativas son un factor de riesgo para el desarrollo de la enfermedad podemos simplemente hablar del estrés, que provoca una elevación de la tensión sanguínea, que constituye un grave factor de riesgo para las enfermedades cardíacas. En el caso de las enfermedades infecciosas como la gripe o el resfriado y el herpes. Nuestro sistema inmunológico suele mantenerlos a raya excepto en aquellos momentos en los que el estrés emocional disminuye nuestras defensas. Por el contrario los sentimientos positivos albergan beneficios clínicos. Con ello no hace referencia a que las emociones positivas sean curativas e inviertan el curso de una enfermedad pero sí pueden desempeñar un importante papel en el conjunto de variables que afectan al curso de una enfermedad. La mejor manera de aprovechar la inteligencia emocional no implica estar siempre contento, sino mantener el equilibrio, sabiendo atravesar los malos momentos y salir airoso de las situaciones sin dañarse ni dañar a los demás. Asimismo, el pesimismo tiene su precio mientras el optimismo supone considerables ventajas. La esperanza constituye un factor curativo que nos permite superar los retos que nos presenta la vida.
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