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Libro de la divina Comedia apuntes
Tipo: Apuntes
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A mitad del camino de la vida, en una selva oscura me encontraba porque mi ruta había extraviado. ¡Cuán dura cosa es decir cuál era esta salvaje selva, áspera y fuerte que me vuelve el temor al pensamiento! Es tan amarga casi cual la muerte; mas por tratar del bien que allí encontré, de otras cosas diré que me ocurrieron. Yo no sé repetir cómo entré en ella pues tan dormido me hallaba en el punto que abandoné la senda verdadera. Mas cuando hube llegado al pie de un monte, allí donde aquel valle terminaba que el corazón habíame aterrado, hacia lo alto miré, y vi que su cima ya vestían los rayos del planeta que lleva recto por cualquier camino. Entonces se calmó aquel miedo un poco, que en el lago del alma había entrado la noche que pasé con tanta angustia. Y como quien con aliento anhelante, ya salido del piélago a la orilla, se vuelve y mira al agua peligrosa, tal mi ánimo, huyendo todavía,
y llega luego un tiempo en que se arruina, y en todo pensamiento sufre y llora: tal la bestia me hacía sin dar tregua, pues, viniendo hacia mí muy lentamente, me empujaba hacia allí donde el sol calla. Mientras que yo bajaba por la cuesta, se me mostró delante de los ojos alguien que, en su silencio, creí mudo. Cuando vi a aquel en ese gran desierto «Apiádate de mi yo le grité, seas quien seas, sombra a hombre vivo.» Me dijo: «Hombre no soy, mas hombre fui, y a mis padres dio cuna Lombardía pues Mantua fue la patria de los dos. Nací sub julio César, aunque tarde, y viví en Roma bajo el buen Augusto: tiempos de falsos dioses mentirosos. Poeta fui, y canté de aquel justo hijo de Anquises que vino de Troya, cuando Ilión la soberbia fue abrasada. ¿Por qué retornas a tan grande pena, y no subes al monte deleitoso que es principio y razón de toda dicha?» « ¿Eres Virgilio, pues, y aquella fuente de quien mana tal río de elocuencia? respondí yo con frente avergonzada. Oh luz y honor de todos los poetas, válgame el gran amor y el gran trabajo que me han hecho estudiar tu gran volumen. Eres tú mi modelo y mi maestro;
el único eres tú de quien tomé el bello estilo que me ha dado honra. Mira la bestia por la cual me he vuelto: sabio famoso, de ella ponme a salvo, pues hace que me tiemblen pulso y venas.» «Es menester que sigas otra ruta me repuso después que vio mi llanto , si quieres irte del lugar salvaje; pues esta bestia, que gritar te hace, no deja a nadie andar por su camino, mas tanto se lo impide que los mata; y es su instinto tan cruel y tan malvado, que nunca sacia su ansia codiciosa y después de comer más hambre aún tiene. Con muchos animales se amanceba, y serán muchos más hasta que venga el Lebrel que la hará morir con duelo. Éste no comerá tierra ni peltre, sino virtud, amor, sabiduría, y su cuna estará entre Fieltro y Fieltro. Ha de salvar a aquella humilde Italia por quien murió Camila, la doncella, Turno, Euríalo y Niso con heridas. Éste la arrojará de pueblo en pueblo, hasta que dé con ella en el abismo, del que la hizo salir el Envidioso. Por lo que, por tu bien, pienso y decido que vengas tras de mí, y seré tu guía, y he de llevarte por lugar eterno, donde oirás el aullar desesperado,
¡Oh musas! ¡Oh alto ingenio, sostenedme! ¡Memoria que escribiste lo que vi, aquí se advertirá tu gran nobleza! Yo comencé: «Poeta que me guías, mira si mi virtud es suficiente antes de comenzar tan ardua empresa. Tú nos contaste que el padre de Silvio, sin estar aún corrupto, al inmortal reino llegó, y lo hizo en cuerpo y alma. Pero si el adversario del pecado le hizo el favor, pensando el gran efecto que de aquello saldría, el qué y el cuál, no le parece indigno al hombre sabio; pues fue de la alma Roma y de su imperio escogido por padre en el Empíreo. La cual y el cual, a decir la verdad, como el lugar sagrado fue elegida, que habita el sucesor del mayor Pedro. En el viaje por el cual le alabas escuchó cosas que fueron motivo de su triunfo y del manto de los papas. Alli fue luego el Vaso de Elección, para llevar conforto a aquella fe que de la salvación es el principio. Mas yo, ¿por qué he de ir? ¿quién me lo otorga? Yo no soy Pablo ni tampoco Eneas: y ni yo ni los otros me creen digno. Pues temo, si me entrego a ese viaje, que ese camino sea una locura; eres sabio; ya entiendes lo que callo.»
Y cual quien ya no quiere lo que quiso cambiando el parecer por otro nuevo, y deja a un lado aquello que ha empezado, así hice yo en aquella cuesta oscura: porque, al pensarlo, abandoné la empresa que tan aprisa había comenzado. «Si he comprendido bien lo que me has dicho respondió del magnánimo la sombra la cobardía te ha atacado el alma; la cual estorba al hombre muchas veces, y de empresas honradas le desvía, cual reses que ven cosas en la sombra. A fin de que te libres de este miedo, te diré por qué vine y qué entendí desde el punto en que lástima te tuve. Me hallaba entre las almas suspendidas y me llamó una dama santa y bella, de forma que a sus órdenes me puse. Brillaban sus pupilas más que estrellas; y a hablarme comenzó, clara y suave, angélica voz, en este modo: “Alma cortés de Mantua, de la cual aún en el mundo dura la memoria, y ha de durar a lo largo del tiempo: mi amigo, pero no de la ventura, tal obstáculo encuentra en su camino por la montaña, que asustado vuelve: y temo que se encuentre tan perdido que tarde me haya dispuesto al socorro, según lo que escuché de él en el cielo.
Ésta llamó a Lucía a su presencia; y dijo: «necesita tu devoto ahora de ti, y yo a ti te lo encomiendo». Lucía, que aborrece el sufrimiento, se alzó y vino hasta el sitio en que yo estaba, sentada al par de la antigua Raquel. Dijo: “Beatriz, de Dios vera alabanza, cómo no ayudas a quien te amó tanto, y por ti se apartó de los vulgares? ¿Es que no escuchas su llanto doliente? ¿no ves la muerte que ahora le amenaza en el torrente al que el mar no supera?” No hubo en el mundo nadie tan ligero, buscando el bien o huyendo del peligro, como yo al escuchar esas palabras. “Acá bajé desde mi dulce escaño, confiando en tu discurso virtuoso que te honra a ti y aquellos que lo oyeron.” Después de que dijera estas palabras volvió llorando los lucientes ojos, haciéndome venir aún más aprisa; y vine a ti como ella lo quería; te aparté de delante de la fiera, que alcanzar te impedía el monte bello. ¿Qué pasa pues?, ¿por qué, por qué vacilas? ¿por qué tal cobardía hay en tu pecho? ¿por qué no tienes audacia ni arrojo? Si en la corte del cielo te apadrinan tres mujeres tan bienaventuradas, y mis palabras tanto bien prometen.»
Cual florecillas, que el nocturno hielo abate y cierra, luego se levantan, y se abren cuando el sol las ilumina, así hice yo con mi valor cansado; y tanto se encendió mi corazón, que comencé como alguien valeroso: «!Ah, cuán piadosa aquella que me ayuda! y tú, cortés, que pronto obedeciste a quien dijo palabras verdaderas. El corazón me has puesto tan ansioso de echar a andar con eso que me has dicho que he vuelto ya al propósito primero. Vamos, que mi deseo es como el tuyo. Sé mi guía, mi jefe, y mi maestro.» Asi le dije, y luego que echó a andar, entré por el camino arduo y silvestre.
CANTO III
POR MÍ SE VA HASTA LA CIUDAD DOLIENTE, POR MÍ SE VA AL ETERNO SUFRIMIENTO, POR MÍ SE VA A LA GENTE CONDENADA. LA JUSTICIA MOVIÓ A MI ALTO ARQUITECTO. HÍZOME LA DIVINA POTESTAD, EL SABER SUMO Y EL AMOR PRIMERO. ANTES DE MÍ NO FUE COSA CREADA SINO LO ETERNO Y DURO ETERNAMENTE. DEJAD, LOS QUE AQUÍ ENTRÁIS, TODA ESPERANZA. Estas palabras de color oscuro vi escritas en lo alto de una puerta;
pues podrían dar gloria a los caídos.» Y yo: «Maestro, ¿qué les pesa tanto y provoca lamentos tan amargos?» Respondió: «Brevemente he de decirlo. No tienen éstos de muerte esperanza, y su vida obcecada es tan rastrera, que envidiosos están de cualquier suerte. Ya no tiene memoria el mundo de ellos, compasión y justicia les desdeña; de ellos no hablemos, sino mira y pasa.» Y entonces pude ver un estandarte, que corría girando tan ligero, que parecía indigno de reposo. Y venía detrás tan larga fila de gente, que creído nunca hubiera que hubiese a tantos la muerte deshecho. Y tras haber reconocido a alguno, vi y conocí la sombra del que hizo por cobardía aquella gran renuncia. Al punto comprendí, y estuve cierto, que ésta era la secta de los reos a Dios y a sus contrarios displacientes. Los desgraciados, que nunca vivieron, iban desnudos y azuzados siempre de moscones y avispas que allí había. Éstos de sangre el rostro les bañaban, que, mezclada con llanto, repugnantes gusanos a sus pies la recogían. Y luego que a mirar me puse a otros, vi gentes en la orilla de un gran río
y yo dije: «Maestro, te suplico que me digas quién son, y qué designio les hace tan ansiosos de cruzar como discierno entre la luz escasa.» Y él repuso: «La cosa he de contarte cuando hayamos parado nuestros pasos en la triste ribera de Aqueronte.» Con los ojos ya bajos de vergüenza, temiendo molestarle con preguntas dejé de hablar hasta llegar al río. Y he aquí que viene en bote hacia nosotros un viejo cano de cabello antiguo, gritando: «¡Ay de vosotras, almas pravas! No esperéis nunca contemplar el cielo; vengo a llevaros hasta la otra orilla, a la eterna tiniebla, al hielo, al fuego. Y tú que aquí te encuentras, alma viva, aparta de éstos otros ya difuntos.» Pero viendo que yo no me marchaba, dijo: «Por otra via y otros puertos a la playa has de ir, no por aquí; más leve leño tendrá que llevarte». Y el guía a él: «Caronte, no te irrites: así se quiere allí donde se puede lo que se quiere, y más no me preguntes.» Las peludas mejillas del barquero del lívido pantano, cuyos ojos rodeaban las llamas, se calmaron. Mas las almas desnudas y contritas, cambiaron el color y rechinaban,
la frente de sudor aún se me baña. La tierra lagrimosa lanzó un viento que hizo brillar un relámpago rojo y, venciéndome todos los sentidos, me caí como el hombre que se duerme.
CANTO IV
Rompió el profundo sueño de mi mente un gran trueno, de modo que cual hombre que a la fuerza despierta, me repuse; la vista recobrada volví en torno ya puesto en pie, mirando fijamente, pues quería saber en dónde estaba. En verdad que me hallaba justo al borde del valle del abismo doloroso, que atronaba con ayes infinitos. Oscuro y hondo era y nebuloso, de modo que, aun mirando fijo al fondo, no distinguía allí cosa ninguna. «Descendamos ahora al ciego mundo dijo el poeta todo amortecido : yo iré primero y tú vendrás detrás.» Y al darme cuenta yo de su color, dije: « ¿Cómo he de ir si tú te asustas, y tú a mis dudas sueles dar consuelo?» Y me dijo: «La angustia de las gentes que están aquí en el rostro me ha pintado la lástima que tú piensas que es miedo. Vamos, que larga ruta nos espera.»
Así me dijo, y así me hizo entrar al primer cerco que el abismo ciñe. Allí, según lo que escuchar yo pude, llanto no había, mas suspiros sólo, que al aire eterno le hacían temblar. Lo causaba la pena sin tormento que sufría una grande muchedumbre de mujeres, de niños y de hombres. El buen Maestro a mí: «¿No me preguntas qué espíritus son estos que estás viendo? Quiero que sepas, antes de seguir, que no pecaron: y aunque tengan méritos, no basta, pues están sin el bautismo, donde la fe en que crees principio tiene. Al cristianismo fueron anteriores, y a Dios debidamente no adoraron: a éstos tales yo mismo pertenezco. Por tal defecto, no por otra culpa, perdidos somos, y es nuestra condena vivir sin esperanza en el deseo.» Sentí en el corazón una gran pena, puesto que gentes de mucho valor vi que en el limbo estaba suspendidos. «Dime, maestro, dime, mi señor yo comencé por querer estar cierto de aquella fe que vence la ignorancia : ¿salió alguno de aquí, que por sus méritos o los de otro, se hiciera luego santo?» Y éste, que comprendió mi hablar cubierto, respondió: «Yo era nuevo en este estado,
vi cuatro grandes sombras que venían: ni triste, ni feliz era su rostro. El buen maestro comenzó a decirme: «Fíjate en ése con la espada en mano, que como el jefe va delante de ellos: Es Homero, el mayor de los poetas; el satírico Horacio luego viene; tercero, Ovidio; y último, Lucano. Y aunque a todos igual que a mí les cuadra el nombre que sonó en aquella voz, me hacen honor, y con esto hacen bien.» Así reunida vi a la escuela bella de aquel señor del altísimo canto, que sobre el resto cual águila vuela. Después de haber hablado un rato entre ellos, con gesto favorable me miraron: y mi maestro, en tanto, sonreía. Y todavía aún más honor me hicieron porque me condujeron en su hilera, siendo yo el sexto entre tan grandes sabios. Así anduvimos hasta aquella luz, hablando cosas que callar es bueno, tal como era el hablarlas allí mismo. Al pie llegamos de un castillo noble, siete veces cercado de altos muros, guardado entorno por un bello arroyo. Lo cruzamos igual que tierra firme; crucé por siete puertas con los sabios: hasta llegar a un prado fresco y verde. Gente había con ojos graves, lentos,
con gran autoridad en su semblante: hablaban poco, con voces suaves. Nos apartamos a uno de los lados, en un claro lugar alto y abierto, tal que ver se podían todos ellos. Erguido allí sobre el esmalte verde, las magnas sombras fuéronme mostradas, que de placer me colma haberlas visto. A Electra vi con muchos compañeros, y entre ellos conocí a Héctor y a Eneas, y armado a César, con ojos grifaños. Vi a Pantasilea y a Camila, y al rey Latino vi por la otra parte, que se sentaba con su hija Lavinia. Vi a Bruto, aquel que destronó a Tarquino, a Cornelia, a Lucrecia, a Julia, a Marcia; y a Saladino vi, que estaba solo; y al levantar un poco más la vista, vi al maestro de todos los que saben, sentado en filosófica familia. Todos le miran, todos le dan honra: y a Sócrates, que al lado de Platón, están más cerca de él que los restantes; Demócrito, que el mundo pone en duda, Anaxágoras, Tales y Diógenes, Empédocles, Heráclito y Zenón; y al que las plantas observó con tino, Dioscórides, digo; y via Orfeo, Tulio, Livio y al moralista Séneca; al geómetra Euclides, Tolomeo,