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Este documento aborda el problema del reparto de responsabilidades en el seno de la comunidad educativa, incluyendo la atención a la diversidad y la enseñanza individualizada como factores que pueden transferir responsabilidades. Se discute la necesidad de que el alumno y sus padres asumen mayor responsabilidad en el proceso educativo, y se critica la visión demiúrgica de la izquierda sobre el papel del sistema educativo en una sociedad igualitaria.
Tipo: Apuntes
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l debate sobre los nuevos planes de es- tudio, la determinación de las mate- rias y qué conocimientos impartir, la revisión de los vigentes currícula en fa- vor de las asignaturas troncales, o la discusión –más bronca– sobre la nacionalidad de la histo- ria han relegado al silencio uno de los proble- mas más serios a que se enfrenta el sistema edu- cativo en nuestro país: el reparto de responsabi- lidades en el seno de la comunidad educativa (alumnos, padres y profesores). Una de las características más nota- bles de la reforma educativa –cuya pues- ta en marcha se inició ya hace cuatro años en algunas autonomías– es que ali- gera la responsabilidad de los propios alumnos y de sus padres, y comporta una sobrecarga de obligaciones para los enseñantes. La introducción del apren- dizaje significativo, la atención a la di- versidad y la enseñanza individualiza- da constituyen pautas de renovación de la tarea docente en los centros escola- res. Pero, al mismo tiempo, se convier- ten en un mecanismo de transferencia de responsabilidades en el seno de la co- munidad educativa. Posiblemente, es ahí donde se está produciendo el mayor desajuste y las mayores deficiencias en la educación de los jóvenes. La declara- ción de San Millán de la Cogolla mues- tra “un decidido apoyo al profesorado y a su dignidad profesional”. Pero el problema es que el apoyo y la dignificación de la tarea docen- te requieren, fundamentalmente, una mayor asunción de responsabilidades por parte del pro- pio alumno y por parte de sus padres. Si no ahora, pronto podremos preguntarnos qué parte del fracaso escolar corresponde a erro- res en el trabajo desarrollado en el centro y qué parte a la inhibición de los padres en la educa- ción de sus hijos; inhibición que, lógicamente, es contagiada con facilidad a estos. La transmi- sión de valores y pautas de comportamiento que favorezcan la autonomía personal y el trán- sito a la edad adulta no sólo rebasa el ámbito siempre estrecho del centro escolar, sino que de- pende fundamentalmente de los mensajes que el alumno recibe en su entorno familiar. Esa mezcla atroz de sobreprotección material y de- sistimiento afectivo que tantos alumnos disfru- tan y sufren a la vez en entornos familiares apa- rentemente integrados y estables se parece muy poco a los cuadros de marginación, al estereoti- po del hogar roto. Pero la prosperidad económi- ca, la carrera profesional que los padres no pue- den descuidar, la creencia de que el sistema edu- cativo constituye un servicio al que se le puede exigir un rendimiento sin que el sujeto del aprendizaje realice un esfuerzo especial, o la
conversión del hogar en el territorio de la inco- municación –cuando no de la banalidad– cons- tituyen un cuadro que de una forma u otra afec- ta a una mayoría de la población escolar. Durante décadas, la izquierda concibió el sis- tema de enseñanza como el mecanismo de re- producción de la desigualdad o la igualdad so- cial. En ocasiones, el debate educativo parecía convertirse en el último reducto donde las ideo- logías se enfrentaban descarnadamente; donde lo público se reducía a la titularidad de los cen-
tros y parecía imposible adjudicar semejan- te apelativo al servicio que prestaban los cole- gios de titularidad privada. La aprobación de la LODE superó en buena medida aquella discu- sión maniquea. Pero permaneció en la izquier- da una cierta visión demiúrgica sobre el papel del sistema educativo en un modelo igualitario de sociedad –idea de la que no se pudo librar la Logse–. Aún hoy, la izquierda no termina de ad- mitir que en materia educativa determinadas medidas supuestamente igualitarias pueden ge- nerar efectos injustos entre los escolares. El cam- bio político en España parece haber dejado atrás la discusión en torno a la igualdad para adentrarse en la búsqueda de una mayor cali- dad en la enseñanza, y de un sistema que repro-
duzca señas de identidad nacionales. Sin embar- go, también en esta ocasión la irrupción de lo político en el debate educativo amenaza con re- legar a un plano secundario problemas que tie- nen que ver con el comportamiento social, y que a menudo resultan inaprehensibles para la iniciativa legislativa o la actuación de la Admi- nistración. Basta repasar las materias que un breve documento de partido como fue la decla- ración de San Millán de la Cogolla consigna co- mo básicas en la educación secundaria y el ba- chillerato para percatarse de que la bús- queda de una enseñanza de calidad po- dría llevarnos al absurdo de imaginar un sistema convertido en una compleja maquinaria que inculque conocimien- tos. Y ello sobre dos supuestos erró- neos: que la aptitud personal, la capaci- dad de aprendizaje, las horas lectivas o el calendario escolar conforman una realidad prácticamente ilimitada, y que es posible revisar la programación y los resultados de todos y cada uno de los centros a través de una intervención normativa o presupuestaria. La política no lo puede todo, afortu- nadamente. Pero es de temer que el sis- tema educativo vuelva a ser contempla- do desde una óptica excesivamente polí- tica, alentando así, de hecho, el des- igual reparto de las responsabilidades en el seno de la comunidad educativa. La enseñanza de la historia nunca puede ser concebida para fomentar sentimientos de perte- nencia. Pero, además, los programas académi- cos de poco servirán si la memoria colectiva en- mudece en la transmisión entre padres e hijos. Este siglo que termina ofrece para los europeos y para los españoles tantos episodios que podría muy bien sintetizar cuanta maldad y bondad ha desplegado el ser humano a lo largo de su exis- tencia. Hemos vivido buena parte de ese tramo histórico; o lo han vivido nuestros padres o abuelos. Sin embargo, ¿cuántos de los jóvenes que hoy están estudiando el bachillerato han oí- do algún relato –poco importa que fuese del to- do veraz– sobre historias de las que fueron testi- gos directos sus propios allegados? Ese pronun- ciado corte en la tradición oral tiene mucho que ver con el afán permisivo con que, quienes hoy somos padres, hemos tratado de educar a nues- tros hijos. Temerosos de aplicar la misma autori- dad con que fuimos educados, en muchos casos no hemos hallado una forma más tolerante de transmitir valores que el silencio absoluto. Nuestros hijos no saben nada de lo que vieron y vivieron sus abuelos. Dudo que sepan, por ejem- plo, que a su edad a nosotros nunca se nos daba la razón; que para nuestros padres la razón siem- pre la tenía el maestro.c
JOAN CASAS
ANTONI CAPARRÓS
on muchos los casi morbo- samente adictos al gran tea- tro mediático. Como si la atracción sentida por la vi- da social se les convirtiera en com- pulsión a la observación del escena- rio en el que se despliega: los me- dia. Atractiva profesión la periodís- tica. Y para quienes como universi- tarios nos movemos en el ámbito de la teoría del conocimiento o de la psicología cognitiva, también in- teresante. E inquietante. Pero, por mi parte, los comportamientos pe- riodísticos apenas han pasado de ser objeto de un mero ejercicio dile- tante y lúdico de mis conocimien- tos sobre la mente humana. Hasta ahora. Porque el reciente trata- miento mediático de algunos suce- sos universitarios ha agudizado mi mirada y marcado un cambio en mi actitud. Sin dejar el juego dile- tante se ha hecho también análisis crítico y teórico. Desde esta actitud analítica mi atención se sorprende ante la gra-
tuita incuestionabilidad de algu- nas proposiciones en que parece ba- sarse la práctica periodística. Ahí van unos ejemplos: la distinción en- tre hechos e información, por una parte, y opiniones e interpretacio- nes, por otra; el principio de que los hechos son sagrados y las opi- niones libres; la autoimagen del pe- riodista como notario de la reali- dad. Más allá de la pretensión de que principios así puedan funda- mentar una deontología periodísti- ca consistente, lo grave es que aque- llos y otros enunciados similares chocan y entran en contradicción con lo más elemental que sabemos sobre el funcionamiento de la men- te humana. Nuestros procesos de conoci- miento no se limitan a recoger o re- cibir de forma pasiva las informa- ciones del medio físico y social, si- no que de forma activa las seleccio- nan y extraen, las elaboran signifi- cativamente y las organizan según esquemas y estrategias cognitivas que guían nuestros comportamien- tos. Así, los llamados hechos no son datos o informaciones, sino productos mentales construidos a partir de datos informacionales pe- ro también de componentes cogni-
tivos de quien conoce y percibe. Al periodista las fuentes no le escri- ben las palabras con que enuncia los hechos. Él las produce, organiza y da sentido desde un orden men- tal propio y previo, que se ubica tanto en su ámbito personal, el de sus intenciones, deseos y creencias, como en otro que es tan suyo pero
que se le escapa y le es inaccesible. Lenguaje éste el de la ciencia cog- nitiva enrevesado y algo endemo- niado, pero que apela a la elabora- ción de una crítica de la razón “pu- ra”, es decir, al establecimiento de los fundamentos, el alcance y los lí- mites del conocimiento y el lengua- je periodísticos. Lanzar una apela- ción, sin embargo, no basta para que alguien se sienta interpelado.
Sin alguna conciencia autocrítica nadie se siente interpelado. ¿Acom- paña esta conciencia a la razón pe- riodística? Esta crítica que propugno es una opción a favor de las libertades de información y opinión. O sea, de su uso racional y profesionalmente responsable. Quizá la carencia de ella sea el reverso de la llamativa ausencia de actitud autocrítica que preside la práctica periodística y que tan poco creíble hace su procla- mada libertad en el ejercicio de su misión como forjadora de opinión pública. Es también una opción a favor de los esfuerzos de muchos periodistas por el logro de un códi- go deontológico. Pero, respetuosa- mente, de un código que no se que- de en moralina. Para la razón periodística tam- bién vale que solamente tras una seria crítica pura se pueden afron- tar los problemas éticos mediante una crítica práctica. Más en tiem- pos de globalización, donde todo es borroso. En el magma de poder, merca- do, media y cultura, vertebrar una ética periodística exige una fun- damentación “pura” seria y consis- tente.c
ANTONI CAPARRÓS I BENEDICTO, rector de la Universitat de Barcelona
BALTASAR PORCEL
ada gran avance provoca igual reacción a la contra: la medida áurea sería, pues, lo existente ahora, que al coincidir con nuestro tramo vital confundimos con lo eterno o natural. Pero esto no ha sido nunca, sino que se trató siempre de la suce- siva anilla de una cadena evolutiva. El reaccionario no es quien piense así o asá, sino quien ante lo dinámi- co reacciona echándose atrás. Ve- mos cómo la confección por hoy completa –lógicamente para maña- na sólo en ciernes– del planisferio del genoma humano motiva las con- sabidas reacciones de alarma ante una supuesta manipulación de la fa- mosa naturaleza humana. Por ejemplo, que, conociendo las células que provocan el envejeci- miento, al tratarlas podría alargarse la vida individual originando un planeta de viejos, supongamos de 120 años. O sea, 40 más que el ac- tual promedio en Occidente. Edad ésta que era la del ser humano aquí hace equis siglos, en que a los 30 años ya se era un anciano, y que es ahora la de muchas regiones de Asia y África. Por lo que en la mentali- dad europea de entonces o en la pre- sente del Tercer Mundo ya estamos en el planeta de los viejos, con ade- más una superpoblación enorme, debido a que la alimentación y los fármacos han modificado la “natu- raleza” tenida por modélica al elimi- nar un montón de enfermedades y plagas que se sufrían como designio incluso divino. Ahora algunas sectas se niegan a aceptar transfusiones de sangre, mientras la cirugía cardiaca sustitu- ye corazones humanos por otros de cerdo. Pero nos hemos indignado al saber hace unas semanas que los creadores de la oveja “Dolly”, que están en Estrasburgo, hace 15 años ya tomaron sangre de una mujer ho- landesa con la que modificaron un gen de 10.000 ovejas neozelande- sas, gracias a lo cual esos bichos se han evitado unos microbios morta- les y pacen por ahí tan panchas. ¿Y son los animales actuales o somos nosotros mismos impuros, frutos de un pecado de lesa genética, por- que descendemos de los pájaros o de los monos? Se me objetará que tal evolución es natural, pero no, se debió a accidentes comparables a la administración de fórmulas correc- toras: la caída de meteoritos, los pe- riodos glaciales, el descubrimiento del fuego, la Biblia en pasta. Existe la idea de que todo gran avance modifica la naturaleza. Más reaccionarismo. En verdad sigue descubriendo más leyes internas del enorme conglomerado tan incóg- nito que rige la creación, la existen- cia, de este planeta y hasta cósmica: así los egipcios calcularon ya distan- cias planetarias, Fleming halló la pe- nicilina o Einstein descubrió la rela- tividad.c