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LA PERSONA. La pregunta, Esquemas y mapas conceptuales de Religión

La pregunta moral por el obrar humano es siempre la pregunta por un sujeto agente. Cuando el hombre se plantea cuál es la conducta buena o cómo debe ser su conducta para ser buena, o cómo debe actuar para ser bueno u obrar bien, está siempre presuponiendo una realidad subyacente que es la persona que actúa: bien el propio yo, si se cuestiona su propio actuar, bien el de otros, si uno reflexiona sobre la conducta de los demás.

Tipo: Esquemas y mapas conceptuales

2019/2020

Subido el 07/11/2025

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angeles-rosella-kumagae-mango 🇦🇷

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Alumna: Angeles Kumagae
LA PERSONA
La pregunta moral por el obrar humano es siempre la pregunta por un
sujeto agente. Cuando el hombre se plantea cuál es la conducta
buena o cómo debe ser su conducta para ser buena, o cómo debe
actuar para ser bueno u obrar bien, está siempre presuponiendo una
realidad subyacente que es la persona que actúa: bien el propio yo, si
se cuestiona su propio actuar, bien el de otros, si uno reflexiona sobre
la conducta de los demás.
Para responder a la cuestión sobre la moralidad del obrar, es
imprescindible tener claro desde el principio cómo se entiende el
sujeto que actúa: es necesario conocer quién obra. Ese quién es el
sujeto moral. Y el sujeto moral, en el caso de los hombres, es la
persona humana.
Existen dos vías relacionadas entre para acceder al conocimiento
de la verdad de la persona: La Revelación, de la que se ocupa la
Teología, y la de la razón humana, de la que tratan los saberes o
ciencias del hombre.
Existen a su vez desde la razón humana dos grandes perspectivas
desde la cual abordamos la noción de persona:
La tradicional, llamada también ontológica o metafísica, se acerca al
concepto de persona desde su mismo ser, desde su naturaleza. Es la
que más se hace presente en los manuales clásicos de antropología y
de moral. La otra es la que llamamos fenomenológica, y que se
acerca a la noción de persona desde el análisis atento de su
comportamiento.
1-Persona en la noción ontológica: La ontología considera como
rasgos constitutivos de la persona humana los siguientes: la
naturaleza corpóreo-espiritual y la unidad sustancial de cuerpo y
espíritu.
Es un dato de experiencia que el hombre es capaz de realizar
operaciones cuya naturaleza exige un principio no material
(reflexionar, amar) ese principio no material e interior es lo que
tradicionalmente se ha llamado alma, es un principio espiritual y que
diferencia al hombre como tal por ello es algo específico de él. Alma
es aquí lo que hace al hombre ser capaz de trascender las realidades
sensibles, realizar operaciones no materiales, ser dueño de sí mismo.
En virtud de tal principio el cuerpo humano es humano y no solo
materia organizada y la actividad espiritual es posible y se manifiesta
a través del cuerpo, de allí que el hombre es al mismo tiempo un ser
corporal y espiritual.
Se debe advertir que el hecho de que el cuerpo del hombre sea
humano se debe al principio espiritual que lo anima, no es una
máquina en poder de un dueño. Cada alma espiritual es directamente
creada por Dios, no producida por los padres, y que es inmortal no
perece cuando se separa del cuerpo en la muerte y se unirá al cuerpo
en la resurrección final.
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Alumna: Angeles Kumagae LA PERSONA La pregunta moral por el obrar humano es siempre la pregunta por un sujeto agente. Cuando el hombre se plantea cuál es la conducta buena o cómo debe ser su conducta para ser buena, o cómo debe actuar para ser bueno u obrar bien, está siempre presuponiendo una realidad subyacente que es la persona que actúa: bien el propio yo, si se cuestiona su propio actuar, bien el de otros, si uno reflexiona sobre la conducta de los demás. Para responder a la cuestión sobre la moralidad del obrar, es imprescindible tener claro desde el principio cómo se entiende el sujeto que actúa: es necesario conocer quién obra. Ese quién es el sujeto moral. Y el sujeto moral, en el caso de los hombres, es la persona humana. Existen dos vías relacionadas entre sí para acceder al conocimiento de la verdad de la persona: La Revelación, de la que se ocupa la Teología, y la de la razón humana, de la que tratan los saberes o ciencias del hombre. Existen a su vez desde la razón humana dos grandes perspectivas desde la cual abordamos la noción de persona: La tradicional, llamada también ontológica o metafísica, se acerca al concepto de persona desde su mismo ser, desde su naturaleza. Es la que más se hace presente en los manuales clásicos de antropología y de moral. La otra es la que llamamos fenomenológica, y que se acerca a la noción de persona desde el análisis atento de su comportamiento. 1-Persona en la noción ontológica: La ontología considera como rasgos constitutivos de la persona humana los siguientes: la naturaleza corpóreo-espiritual y la unidad sustancial de cuerpo y espíritu. Es un dato de experiencia que el hombre es capaz de realizar operaciones cuya naturaleza exige un principio no material (reflexionar, amar) ese principio no material e interior es lo que tradicionalmente se ha llamado alma, es un principio espiritual y que diferencia al hombre como tal por ello es algo específico de él. Alma es aquí lo que hace al hombre ser capaz de trascender las realidades sensibles, realizar operaciones no materiales, ser dueño de sí mismo. En virtud de tal principio el cuerpo humano es humano y no solo materia organizada y la actividad espiritual es posible y se manifiesta a través del cuerpo, de allí que el hombre es al mismo tiempo un ser corporal y espiritual. Se debe advertir que el hecho de que el cuerpo del hombre sea humano se debe al principio espiritual que lo anima, no es una máquina en poder de un dueño. Cada alma espiritual es directamente creada por Dios, no producida por los padres, y que es inmortal no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte y se unirá al cuerpo en la resurrección final.

Unidad Sustancial de cuerpo y espíritu: Es este el otro rasgo esencial de la persona humana que subraya la perspectiva ontológica. Se evitan así los dualismos o los monismos exagerados, se afirma la realidad de los dos co-principios de la persona humana, sin caer en la visión platónica de la persona como la suma de un espíritu y un cuerpo. Y por otra se rechaza también una unidad exagerada que haría imposible la subsistencia de uno de los principios sin el otro. El cuerpo no puede subsistir sin el alma, pero sí el alma sin el cuerpo, el cuerpo es el que vive por el alma y no al revés. Desde Santo Tomás de Aquino, y en la tradición doctrinal y teológica de la Iglesia, esa unidad sin confusión de los dos principios humanos se ha caracterizado afirmando que el alma es la forma sustancial del cuerpo, de allí que todas las acciones del hombre proceden de una única identidad, no son del cuerpo o del alma, sino del hombre, del sujeto concreto que actúa, de la persona. La unidad de alma y cuerpo hace que el hombre no sea la yuxtaposición de las dos sustancias separadas.

  1. Persona en la noción fenomenológica: El concepto y la realidad de la persona humana que descubre y manifiesta la fenomenología podemos, con cuidado, sintetizar en tres rasgos: la interioridad o intimidad, la apertura y comunicación con los demás o intersubjetividad y la libertad. a-Interioridad: En el concepto de interioridad se recoge la experiencia constatada de la existencia de un mundo interior de la persona del que sólo ella es dueña, es lo que hace que la persona se sienta radicalmente ella misma, distinta de cualquier otra y de cualquier ser, idéntica a sí misma y con su propio mundo interior a lo largo y a través de las vicisitudes de toda su vida. Este rasgo permite que cada hombre pueda hablar, como normalmente lo hace, de su propio yo, ese yo del lenguaje común refleja la intimidad y la singularidad características de la persona. La experiencia del yo surge del encuentro de la persona con otras personas que no son ella misma, ese encuentro permite que la persona tome conciencia de sí: frente a ellas, se experimenta como yo, por su interacción con el mundo externo percibe que conoce, que ama y que es ella misma quien conoce y quien ama (conciencia del propio yo). La persona se percibe como alguien , una realidad singular, no reductible a los demás. “Las personas no son intercambiables, nadie cambia su personalidad con nadie, es consciente de sí mismo, es un absoluto, es decir único, irreductible a cualquier otra cosa”. La singularidad e irreductibilidad da lugar a que la persona se vea a sí misma como no susceptible de manipulación, instrumentalización o

abuso. De aquí brota lo que llamamos DIGNIDAD INVIOLABLE DE LA

PERSONA HUMANA, que no puede ser vista jamás como un medio

sino como un fin, ha de ser conocida, tratada y amada por ella misma, no por ningún otro motivo y razón. Merece respeto y amor. b-Intersubjetividad:

POR EL ESPÍRITU SANTO

El hombre ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza bajo la acción del Espíritu Santo y fue constituido en santidad, destinado a la comunión de vida con Dios. Por el pecado se revela y rechaza su condición de imagen de Dios. Por la redención de Cristo es recreado como nueva criatura. Es este hombre nuevo, el sujeto moral, el hombre pecador y redimido el que vive, llamado a ser hijo de Dios en Cristo, donde su norma de obrar, su ley es Cristo , ya que Cristo se une en él por la acción del Espíritu Santo. El hecho de proceder de Dios, por creación, lleva consigo como en

toda obra ad extra de la Trinidad, que el hombre procede de la entera

Trinidad, esto es proceder por vía de semejanza de un ser que con naturaleza única es trino en Personas, si en la única y perfectísima esencia divina se da una perfecta comunión de personas, en el hombre, reconocido por Dios como semejanza suya, ha de haber también un reflejo de esa realidad que lo causa. El hombre es personal, como Dios, y hay en él una tendencia intrínseca a la comunión con otras personas. El hombre es personal y social porque es imagen de un Dios Trino en Personas y Uno en esencia. La Revelación nos enseña que hemos sido creados por el Padre por amor a imagen del Verbo, participamos del ser personal de Dios, participando del ser del Verbo Eterno del Padre, por ello el misterio del hombre, como enseña el Concilio Vaticano II, sólo se puede esclarecer en el misterio del Verbo encarnado, sólo Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación. La acción de Dios da origen a una criatura que es a la vez material y espiritual, la imagen divina que es el hombre se da y se manifiesta en su cuerpo y en su espíritu. En el hombre, Dios une el mundo material y el espiritual, por ello que el hombre es sujeto de responsabilidad moral en su relación con el mundo, con las realidades creadas, con los demás y con Dios. El hombre es creado en dualidad de sexos, uno y otro y los dos son imagen de Dios, personas ordenadas por su misma naturaleza a la comunión personal, ambos gozan de la misma dignidad originaria y llamados a ser un reflejo de la comunión de amor de las Personas Divinas en la Trinidad. Dios quería crear al ser humano en dos seres distintos, para así crear una sana relación de dependencia, anhelo y entrega mutua. El ser humano no está destinado a estar solo, ya que no tendría a quien darse, no tendría con quien crecer, ni nada por lo cual esforzarse. En los textos que hablan de la creación, en el libro de Génesis, la forma en que Dios separa al hombre y la mujer nos da una idea acerca de la diferencia entre los dos géneros, el masculino y el femenino.

El hombre y la mujer son totalmente iguales, pero diferentes y esa diferencia es positiva. Con sus talentos y naturalezas especiales pueden dar el uno al otro y ayudarse mutuamente a lo largo del camino de la vida.

Al respecto comenta el Talmud: “ La mujer salió de la costilla del

hombre, no de los pies para ser pisoteada, ni de la cabeza para ser

superior, sino del costado del hombre para ser su igual, debajo del

brazo para ser protegida y al lado del corazón para ser amada”.

El sentido de nuestra vida es responder, con la acción del Espíritu Santo, al designio creador y redentor de Dios y llegar así a ser hijo e hijas de Dios, para que como personas nos podamos realizar como tales. La percepción del bien es lo que mueve la acción de la persona. Son muchos los bienes que la persona desea y que le atrae pero no todos se muestran con la misma densidad, los tenemos verdaderos y aparentes. La persona por su propia naturaleza está inclinada a la búsqueda del bien en general, y también del Bien Supremo, pero la realización de la persona tiene lugar a través del compromiso de su libertad con los bienes propios que corresponden a las inclinaciones esenciales de la naturaleza humana y que deben ser integrados en el bien de la persona. La persona, una realidad única y compleja, está orientada a Dios como Bien y es capaz de elegir los bienes particulares necesarios para la consecución de ese Bien. Los bienes particulares son señalados por las inclinaciones o tendencias naturales. Junto a su inclinación al Bien, la persona está también inclinada por su naturaleza a la conservación de la existencia, salvaguardar su vida y evitar la muerte, a la unión del hombre y la mujer y a la educación de los hijos, a la vida en sociedad y al conocimiento de la verdad. Para conocer que bienes debe querer la persona para alcanzar la perfección cuenta con la luz natural de la razón por la que es capaz de discernir qué es lo que conviene a su naturaleza racional y qué no. Distingue entre los bienes verdaderos y los aparentes. Puede por el uso de su razón no quedarse atrapada por los bienes útiles o placenteros y dirigirse a los honestos. La persona descubre que bienes le llevan a la perfección y a la felicidad y se siente inclinado a ellos, pero las inclinaciones naturales no están orientadas por sí mismas al bien de la persona en su totalidad, es necesario que sean ordenadas por la razón. “La persona debe alimentarse para conservar la vida pero no de cualquier manera. La unión del hombre y la mujer es una inclinación natural, es un bien, pero no es un bien que lo realice fuera del matrimonio o cerrada a la vida. Sólo la razón enseña cómo han de realizarse esos bienes para que se conviertan en bienes para la persona, para su perfección, las inclinaciones naturales ofrecen la materia que ha de ser después ordenada por la razón práctica”. La persona por ende experimenta que debe buscar el bien de la vida, de la sexualidad, de la convivencia social, de la verdad, no de cualquier manera sino de acuerdo con la justicia, la fortaleza, la

contra la vida humana inocente o como participación en la intención inmoral del agente principal.  Esta cooperación nunca puede justificarse invocando el respeto de la libertad de los demás, ni apoyarse en el hecho de que la ley civil la prevea y exija. En efecto, los actos que cada uno realiza personalmente tienen una responsabilidad moral, a la que nadie puede nunca substraerse y sobre la cual cada uno será juzgado por Dios mismo.  El rechazo a participar en la ejecución de una injusticia no sólo es un deber moral, sino también un derecho humano fundamental. Si no fuera así, se obligaría a la persona humana a realizar una acción intrínsecamente incompatible con su dignidad y, de este modo, su misma libertad, cuyo sentido y fin auténticos residen en su orientación a la verdad y al bien, quedaría radicalmente comprometida. Se trata, por tanto, de un derecho esencial que, como tal, debería estar previsto y protegido por la misma ley civil.  Pero un Estado que legitimase una petición de este tipo y autorizase a llevarla a cabo (el aborto y la eutanasia), estaría legalizando un caso de suicidio-homicidio, contra los principios fundamentales de que no se puede disponer de la vida y de la tutela de toda vida inocente.