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LAS CRUZADAS., Apuntes de Historia de la Edad Media

Asignatura: Historia medieval, Profesor: UNED UNED, Carrera: Historia, Universidad: UHU

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 22/10/2014

potomolo
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UNED HISTORIA MEDIEVAL UNIVERSAL
Tema XXIII: LAS CRUZADAS 1
TEMA 23.
LAS CRUZADAS.
DESARROLLO DE CONTENIDOS.
“Si me olvidáre de ti, Jerusalén, que mi lengua se pegue al paladar...”.
Este versículo que los judíos recitaban en su exilio de Babilonia, fue asumido por toda la cristiandad desde que en el año 636 la
ciudad cayó en manos de los musulmanes. Cuando en el Concilio de Clermont en 1095 el papa Urbano II (1088-1099) hizo un
llamamiento a la Cristiandad para recuperar los Santos Lugares, estaba anunciando la realización de un sueño que durante más de
350 años había estado en la mente de todos los cristianos: la conquista de Jerusalén.
Se han buscado todo tipo de explicaciones para comprender mejor su inicio. La presencia de los turcos selyuqíes, interrumpiendo
las comunicaciones terrestres y la petición de ayuda del emperador Alejo I Comneno, para detener su avance, fueron las causas
externas, más inmediatas y directas, que movieron el ánimo de Urbano II, cuando hizo su llamamiento. Sin embargo, hubo muchos
otros factores que coadyuvaron y prepararon el terreno para la realización de dicha empresa. Entre otros podemos señalar: La
afirmación del prestigio que el Pontificado estaba experimentando desde los días de Gregorio VII, y el reforzamiento que para el
mismo podía representar una empresa de esta naturaleza si se realizaba bajo su dirección. Las posibilidades que se abrían al poder
encauzar el aumento de población hacia empresas exteriores, que contribuyeran a dar salida a las energías acumuladas. La
respuesta favorable que había habido con empresas similares, aunque a escala menor, en el reino de Aragón, como la conquista de
Barbastro en 1064. Los intentos de tender nuevos puentes con los bizantinos, tras la ruptura religiosa de 1054, etc.
Que el ambiente para una empresa de este tipo estaba preparado, se comprueba por la rápida respuesta que tuvo el llamamiento.
Las llamadas cruzadas populares que, sin organización alguna, se adelantaron a la cruzada oficial presidida por el legado papal,
son buena prueba de ello. Las cruzadas populares, faltas de disciplina y carentes de organización, cometieron toda clase de
desmanes contra bienes y contra los judíos de las ciudades que encontraban a su paso. El emperador bizantino se apresuró a
facilitarles el paso del Bósforo, pues los consideraba una plaga para el Imperio.
Imbuidos de un gran espíritu religioso, pero faltos de toda táctica militar y de eficaces escoltas militares, se enfrentaron a los turcos
selyuqíes, provocando una masacre.
La primera cruzada oficial, estuvo compuesta por gentes de armas, al frente de las cuales se colocaron numerosos representantes de
grandes familias nobiliarias, que aportaron sus propios contingentes. Aunque sin duda alguna estaban llenos de aquel espíritu
religioso, que por todas partes había despertado Urbano II, era su propósito principal buscar en Oriente los espacios necesarios
donde labrar su futuro, a expensas de musulmanes y bizantinos. En este sentido, las recientes empresas que los normandos habían
realizado en el sur de Italia, fueron un ejemplo a imitar y estaban en consonancia con el espíritu guerrero de la época.
Los ejércitos que confluyeron en Constantinopla, alarmaron, más que confortaron, el ánimo del Emperador, tal como nos describe
su hija Ana Comneno en su Alexiada. El emperador bizantino, vio con claridad cual era la intención última de los cruzados, por lo
que intentó asegurarse su fidelidad y vasallaje por las tierras que conquistaran.
Los enfrentamientos con los turcos, fueron favorables para los cruzados que lograron conquistar, en 1098, Antioquía y Edesa, donde
establecieron sendos principados.
Jerusalén fue conquistada al asalto, el 14 de julio de 1099, tras una sangrienta venganza, sobre cuantós judíos y musulmanes
encontraron. El objetivo marcado, se había conseguido, aunque ni Urbano II ni el legado pontificio, Ademaro de Montreil,
fallecidos poco antes, pudieron ver realizados sus sueños.
Tal como estaba previsto, los grandes jefes de la cruzada se repartieron los territorios conquistados, creándose el reino de
Jerusalén y varios estados feudatarios del mismo.
Ahora había que consolidar las conquistas, que se habían realizado por el arrojo y el número de los cruzados, pero también por la
desunión de los musulmanes y por la debilidad del Califato Fatimí.
La labor realizada por los cruzados fue ingente, ya que se partía de cero. Se procedió al trasplante de las estructuras feudales
existentes en Europa; se fortificaron ciudades y líneas defensivas, los famosos kraks; se crearon las primeras Órdenes Militares,
base del ejército regular, que serían una de las principales aportaciones de las cruzadas; se aseguró un constante flujo de personas,
única forma de asegurar la viabilidad de las conquistas, gracias a la colaboración de los barcos mercantes de las repúblicas
italianas que, aunque en una primera etapa vieron peligrar su comercio comprendieron después que se abrían nuevas posibilidades
para el mismo, etc.
La reacción musulmana, aunque tarde, no se hizo esperar. Tal como vimos en el tema anterior, serán el atabek de Alepo, Zengi, y su
hijo Nur al-Din los encargados de iniciar el contraataque.
La caída de Edesa en 1144 alarmó a los cruzados, que solicitaron del Papa la convocatoria de una nueva cruzada. El espíritu de
exaltación religiosa, que de nuevo prendía en Europa con la segunda cruzada, contó esta vez con la excepcional figura de san
Bernardo de Claraval, que fue su principal impulsor. A su llamamiento respondieron los dos máximos exponentes del poder político
del momento: El Emperador Conrado III (1135-1152), y el rey de Francia Luis VII (1137-1180) que, al frente de sus ejércitos, se
dirigieron a Tierra Santa. Las disensiones entre ambos soberanos, precedente de lo que ocurrirá en posteriores cruzadas; la falta de
objetivos comunes, y el espíritu de unión que se manifestaba entre los musulmanes, dio al traste con esta cruzada que no pudo
reconquistar Edesa, ni Damasco, objetivos principales de la misma.
La caída de Jerusalén en 1187 y otras plazas en manos de Saladino, que había unificado Siria y Egipto, originó la tercera cruzada,
que solo pudo salvar algunas plazas costeras con San Juan de Acre como punto principal, y la creación del reino de Chipre, isla
conquistada a los bizantinos por Ricardo Corazón de León (1189-1199), que cedió a Guido de Lusignán (1192-1194), para
compensarle por la pérdida de Jerusalén.
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TEMA 23.

LAS CRUZADAS.

DESARROLLO DE CONTENIDOS.

“Si me olvidáre de ti, Jerusalén, que mi lengua se pegue al paladar...”. Este versículo que los judíos recitaban en su exilio de Babilonia, fue asumido por toda la cristiandad desde que en el año 636 la ciudad cayó en manos de los musulmanes. Cuando en el Concilio de Clermont en 1095 el papa Urbano II (1088-1099) hizo un llamamiento a la Cristiandad para recuperar los Santos Lugares, estaba anunciando la realización de un sueño que durante más de 350 años había estado en la mente de todos los cristianos: la conquista de Jerusalén.

Se han buscado todo tipo de explicaciones para comprender mejor su inicio. La presencia de los turcos selyuqíes, interrumpiendo las comunicaciones terrestres y la petición de ayuda del emperador Alejo I Comneno, para detener su avance, fueron las causas externas, más inmediatas y directas, que movieron el ánimo de Urbano II, cuando hizo su llamamiento. Sin embargo, hubo muchos otros factores que coadyuvaron y prepararon el terreno para la realización de dicha empresa. Entre otros podemos señalar: La afirmación del prestigio que el Pontificado estaba experimentando desde los días de Gregorio VII, y el reforzamiento que para el mismo podía representar una empresa de esta naturaleza si se realizaba bajo su dirección. Las posibilidades que se abrían al poder encauzar el aumento de población hacia empresas exteriores, que contribuyeran a dar salida a las energías acumuladas. La respuesta favorable que había habido con empresas similares, aunque a escala menor, en el reino de Aragón, como la conquista de Barbastro en 1064. Los intentos de tender nuevos puentes con los bizantinos, tras la ruptura religiosa de 1054, etc.

Que el ambiente para una empresa de este tipo estaba preparado, se comprueba por la rápida respuesta que tuvo el llamamiento.

Las llamadas cruzadas populares que, sin organización alguna, se adelantaron a la cruzada oficial presidida por el legado papal, son buena prueba de ello. Las cruzadas populares, faltas de disciplina y carentes de organización, cometieron toda clase de desmanes contra bienes y contra los judíos de las ciudades que encontraban a su paso. El emperador bizantino se apresuró a facilitarles el paso del Bósforo, pues los consideraba una plaga para el Imperio. Imbuidos de un gran espíritu religioso, pero faltos de toda táctica militar y de eficaces escoltas militares, se enfrentaron a los turcos selyuqíes, provocando una masacre.

La primera cruzada oficial, estuvo compuesta por gentes de armas, al frente de las cuales se colocaron numerosos representantes de grandes familias nobiliarias, que aportaron sus propios contingentes. Aunque sin duda alguna estaban llenos de aquel espíritu religioso, que por todas partes había despertado Urbano II, era su propósito principal buscar en Oriente los espacios necesarios donde labrar su futuro, a expensas de musulmanes y bizantinos. En este sentido, las recientes empresas que los normandos habían realizado en el sur de Italia, fueron un ejemplo a imitar y estaban en consonancia con el espíritu guerrero de la época. Los ejércitos que confluyeron en Constantinopla, alarmaron, más que confortaron, el ánimo del Emperador, tal como nos describe su hija Ana Comneno en su Alexiada. El emperador bizantino, vio con claridad cual era la intención última de los cruzados, por lo que intentó asegurarse su fidelidad y vasallaje por las tierras que conquistaran. Los enfrentamientos con los turcos, fueron favorables para los cruzados que lograron conquistar, en 1098, Antioquía y Edesa, donde establecieron sendos principados. Jerusalén fue conquistada al asalto, el 14 de julio de 1099, tras una sangrienta venganza, sobre cuantós judíos y musulmanes encontraron. El objetivo marcado, se había conseguido, aunque ni Urbano II ni el legado pontificio, Ademaro de Montreil, fallecidos poco antes, pudieron ver realizados sus sueños. Tal como estaba previsto, los grandes jefes de la cruzada se repartieron los territorios conquistados, creándose el reino de Jerusalén y varios estados feudatarios del mismo. Ahora había que consolidar las conquistas, que se habían realizado por el arrojo y el número de los cruzados, pero también por la desunión de los musulmanes y por la debilidad del Califato Fatimí. La labor realizada por los cruzados fue ingente, ya que se partía de cero. Se procedió al trasplante de las estructuras feudales existentes en Europa; se fortificaron ciudades y líneas defensivas, los famosos kraks; se crearon las primeras Órdenes Militares, base del ejército regular, que serían una de las principales aportaciones de las cruzadas; se aseguró un constante flujo de personas, única forma de asegurar la viabilidad de las conquistas, gracias a la colaboración de los barcos mercantes de las repúblicas italianas que, aunque en una primera etapa vieron peligrar su comercio comprendieron después que se abrían nuevas posibilidades para el mismo, etc. La reacción musulmana, aunque tarde, no se hizo esperar. Tal como vimos en el tema anterior, serán el atabek de Alepo, Zengi, y su hijo Nur al-Din los encargados de iniciar el contraataque. La caída de Edesa en 1144 alarmó a los cruzados, que solicitaron del Papa la convocatoria de una nueva cruzada. El espíritu de exaltación religiosa, que de nuevo prendía en Europa con la segunda cruzada, contó esta vez con la excepcional figura de san Bernardo de Claraval, que fue su principal impulsor. A su llamamiento respondieron los dos máximos exponentes del poder político del momento: El Emperador Conrado III (1135-1152), y el rey de Francia Luis VII (1137-1180) que, al frente de sus ejércitos, se dirigieron a Tierra Santa. Las disensiones entre ambos soberanos, precedente de lo que ocurrirá en posteriores cruzadas; la falta de objetivos comunes, y el espíritu de unión que se manifestaba entre los musulmanes, dio al traste con esta cruzada que no pudo reconquistar Edesa, ni Damasco, objetivos principales de la misma. La caída de Jerusalén en 1187 y otras plazas en manos de Saladino, que había unificado Siria y Egipto, originó la tercera cruzada, que solo pudo salvar algunas plazas costeras con San Juan de Acre como punto principal, y la creación del reino de Chipre, isla conquistada a los bizantinos por Ricardo Corazón de León (1189-1199), que cedió a Guido de Lusignán (1192-1194), para compensarle por la pérdida de Jerusalén.

El espíritu caballeresco que guiaba la actuación de la nobleza europea de la época, se manifestará en esta cruzada en su grado máximo. La trágica muerte del emperador Federico I mientras participaba en la misma, la actuación de Felipe II Augusto, y especialmente, el comportamiento de Ricardo Corazón de León y Saladino, fueron fuente de inspiración para los poetas de la época, y especialmente, para los escritores románticos del siglo XIX. Si el papa Urbano II había pensado que la cruzada contribuiría a acercar las dos Iglesias, sucedió todo lo contrario. Cada vez que los ejércitos cruzados entraban en tierras bizantinas, se producían desmanes y el emperador bizantino debía añadir a sus preocupaciones, el trato con los cruzados. Pero el hecho que marcó la ruptura entre Oriente y Occidente, fue la cuarta cruzada. Vimos en el tema 23 el decisivo papel que jugó Venecia en la misma y los efectos que la conquista de Constantinopla tuvo para las partes implicadas. Valga lo expuesto allí.

La sexta cruzada fue la última de las llevadas directamente contra Tierra Santa. En ella se puso de manifiesto que la acción diplomática, a veces, daba mejores resultados que la militar. El emperador Federico II logró la entrega de Jerusalén en 1228, cuyas murallas habían sido en gran parte derruidas, a cambio de permitir el culto musulmán. A la definitiva caída de Jerusalén en 1244, siguió el desplome del resto de posesiones cristianas, a excepción de San Juan de Acre.

Las cruzadas quinta, séptima y octava tuvieron como destino Túnez y Egipto, y no resolvieron nada.

Cuando en 1291 cayó la última plaza, San Juan de Acre, Europa permaneció impasible ante estos hechos y no hizo nada positivo por remediarlos. El espíritu que alentaba a los primeros cruzados, tanto en el campo material como espiritual, había desaparecido, tras dos siglos de luchas infructuosas.

Durante el siglo XIV la lucha contra los musulmanes siguió, pero a cargo de personajes concretos y en situaciones concretas, como la lucha contra los otomanos del Reino de Castilla. La cruzada, en todo caso, pasó a convertirse en una guerra de religión, de carácter defensivo, pero nunca más volvería a emprenderse con el firme propósito de recuperar la Tierra Santa.

Definitivamente, este tipo de cruzada, pertenecía al pasado.

2. LA PRIMERA CRUZADA.

La peregrinación predicada por Urbano II comprendía también el proyecto de rescatar Jerusalén de los musulmanes. El Papa está representado por su legado personal, Ademado de Monteil, y hace que la cruz roja en el hombro sea el emblema de los peregrinos. Esta cruz les servirá como protección en su viaje y les garantizará el respeto de las autoridades.

A la par que esta Cruzada de caballeros, se establece otra llamada Cruzada Popular, dirigida por Pedro el Ermitaño , que exacerbaba a las masas con prédicas sobre el fin de los tiempos y la necesidad de purificarse. El fanatismo de estas masas conlleva a veces violencia desmesurada y matanzas contra algunas comunidades judías. Su organización era inexistente y provocaron excesos crueles durante su viaje. Los turcos no tuvieron excesivo problema en vencerles. Cuando llegan a Constantinopla los grupos organizados bajo el mando de nobles, establecen un acuerdo con el emperador bizantino, Alejo I, que consigue un juramento de alguno de los jefes cruzados, prometiendo devolver al Imperio sus territorios a cambio de que los bizantinos organicen el paso hacia Asia Menor, les abastezcan y les guíen. Como los cruzados eran muy superiores en número a los turcos, les derrotan sin mayor problema en Nicéa, en 1097, volviendo toda la parte occidental de Asia Menor a manos de Bizancio, en cumplimiento de lo prometido.

El siguiente paso es el asedio de Antioquía, llevado a cabo por Bohemundo de Tarento , bajo la dependencia nominal del Imperio. Balduino, hermano de Godofredo de Bouillon, se hace con el dominio de Edesa, y tanto él como Bohemundo cuentan con el apoyo de la población Armenia y cristiana. En junio de 1099 se toma Jerusalén y se produce una masacre. La organización de la conquista la lleva Godofredo de Bouillon , que es nombrado “Defensor del Santo Sepulcro”. Se pasa a organizar la Iglesia latina en la ciudad, lo cual crea problemas con los cristianos ortodoxos. La consolidación europea en Tierra Santa se hace frente a los turcos y los fatimíes. La hostilidad con los musulmanes nunca cesó, pero los nobles y reyes que ocuparon Tierra Santa tenían buenas posibilidades de hacerles frente mientras no se unieran sirios y egipcios. La afluencia continua de peregrinos armados y el apoyo de la flota de las ciudades italianas les permitía cierta tranquilidad. El peligro aumentó cuando Zengui y su hijo unifican Siria y conquistan Damasco en 1154. La primera consecuencia es la caída de Edesa en manos de los musulmanes. Se pide ayuda a Roma por parte de Balduino de Jerusalén y Raimundo de Puatiers, príncipe de Antioquía. Aquí es donde empieza la Segunda Cruzada.

3. SEGUNDA CRUZADA. SALADINO Y EL FINAL DE JERUSALÉN. LA TERCERA CRUZADA. LA

ORGANIZACIÓN DE COLONOS Y MERCADERES.

Gracias a la división de los estados musulmanes, los estados latinos (o francos, como eran conocidos por los árabes), consiguieron establecerse y sobrevivir. Los dos primeros reyes de Jerusalén, Balduino I y Balduino II fueron gobernantes capaces que extendieron el reino a toda la tierra entre el Mediterráneo y el Jordán, e incluso más allá. Rápidamente se integraron en el cambiante sistema de alianzas locales y así pudieron verse enfrentamientos entre la alianza de un estado cristiano con uno musulmán contra la alianza de otro estado cristiano con otro estado musulmán. Sin embargo, a medida que el espíritu de cruzada iba decayendo entre los francos, cada vez más cómodos en su nuevo estilo de vida orientalizante, entre los musulmanes iba creciendo el espíritu de jihad o Guerra Santa, principalmente entre la población, movilizada por los predicadores contra sus impíos gobernantes, capaces de tolerar la presencia cristiana en Jerusalén. e incluso de aliarse con sus reyes. Este sentimiento fue explotado por una serie de caudillos que consiguieron unificar los distintos estados musulmanes y lanzarse a la conquista de los reinos cristianos.

El primero de estos fue Zengi, gobernador de Mosul y de Alepo, que en 1144 conquistó Edesa, liquidando el primero de los estados francos. Como respuesta a esta conquista, que puso de manifiesto la debilidad de los estados cruzados, el Papa Eugenio III, a través de Bernardo , abad de Claraval (famoso predicador, autor asimismo de la regla de los templarios) predicó en diciembre de 1145 la Segunda Cruzada. A diferencia de la primera, en esta participaron reyes de la cristiandad, encabezados por Luis VII de Francia (acompañado de su esposa, Leonor de Aquitania) y por el emperador germánico Conrado III. Los desacuerdos entre franceses y alemanes, así como con los bizantinos, fueron constantes en toda la expedición. Cuando ambos reyes llegaron a Tierra Santa (por separado) decidieron que Edesa era un objetivo poco importante y marcharon hacia Jerusalén. Desde allí, para desesperación del rey Balduino III, en lugar de enfrentarse a Nur al-Din (hijo y sucesor de Zengi), eligieron atacar Damasco, estado independiente y aliado del rey de Jerusalén. La expedición fue un fracaso, ya que tras solo una semana de asedio infructuoso, los ejércitos cruzados se retiraron y volvieron a sus patrias. Con este ataque inútil consiguieron que Damasco cayera en manos de Nur al-Din, que progresivamente iba cercando los estados francos. Más tarde, el ataque por parte de Balduino II a Egipto, iba a provocar la intervención de Nur al-Din en la frontera sur del reino de Jerusalén, preparando el camino para el fin del reino y la convocatoria de la Tercera Cruzada. Amalarico I, el sucesor de Balduino III, intenta impedir la caída del califato fatimí de Egipto, para evitar el triunfo de Saladino. Pero éste conquista el país y lo une a Siria, convirtiéndose en sultán de un poderoso territorio. Balduino IV, el rey leproso, dedica todo su reinado a combatirlo, sin ayuda exterior e intentando coordinar e imponerse a las Órdenes Militares. Tras su muerte Guido de Lusigñán, coronado rey de Jerusalén, busca la confrontación directa con el ejército de Saladino, quien tras aniquilar el ejército cristiano, conquista Jerusalén en 1187 y otras plazas importantes como Beirut, Acre, y Jaffa. La reacción de los poderes europeos fue rápida en gestos, pero no en acciones. Tras la convocatoria de la nueva Cruzada por parte del Papa Gregorio VIII, el primero en ponerse en marcha es Federico I Barbaroja, pero tras su muerte en Asia Menor, se reduce la aportación alemana. Se preparan expediciones francesas e inglesas, mientras que Guido de Lusigñán sitia Acre, iniciando una guerra de desgaste a la que pone fin la llegada de Ricardo Corazón de León, y Felipe Augusto de Francia. Además de recuperarse Acre, el rey de Inglaterra conquista Chipre a los bizantinos, y cede la isla a Guido de Lusigñán.

Entre 1249 y 1261 se decidirá el destino de aquellos enclaves.

Caballeros de la quinta cruzada llegan al fuerte de Damietta

El impulso de Cruzada se desvincula de Tierra Santa para ejercerse en otros escenarios donde también se lucha contra los infieles. A finales del siglo XII, cuando caen en manos musulmanas las últimas posesiones europeas, sólo el reino de Chipre y los enclaves hospitalarios, genoveses y venecianos mantendrán el recuerdo de un ideal de Cruzada propiamente dicho. Los últimos años del siglo XII fueron tranquilos en el reino de Chipre y de Jerusalén, con capital éste último en San Juan de Acre. La muerte de Saladino es en parte la explicación a tanta calma. En el sur de Anatolia se forma el reino de la Pequeña Armenia o Cilicia, que consigue el dominio de Antioquía en 1216. En Europa se estaba predicando una nueva Cruzada a partir del año 1200, bajo la inspiración de Inocencio III, para atacar el Delta del Nilo y romper el eje Siria- Egipto. Pero la expedición cambia su rumbo obedeciendo a intereses venecianos y conduce a la conquista de Zara, en el litoral adriático, y luego a la de Constantinopla, porque habían acudido a la petición de ayuda de Alejo Comneno. Para Venecia era la apertura al Mar Negro y el dominio en el Egeo. Para los jefes cruzados fue un medio de hacerse con territorios dirigidos al modo feudal, aunque sin modificar las bases de población. Balduino de Flandes es nombrado emperador de Romania y otros nobles reciben el reino de Tesalónica, los ducados de Atenas y Tebas y el principado de Morea. Bizancio desaparece como factor político en el Mediterráneo. La continuación de la paz y el desinterés de Occidente son los rasgos dominantes a pesar del empeño del Papado en reanudar las expediciones. Cuando en 1217, acaba la tregua con los musulmanes, hay una expedición encabezada por Andrés II de Hungría y el duque Leopoldo de Austria que ataca y toma Damieta. Federico II también envía tropas con el proyecto de alcanzar El Cairo, pero es derrotado y se pierde también Damieta. A finales de 1228 Federico concertó con los ayubíes de Egipto una tregua de diez años, la entrega de Jerusalén salvo la zona del Templo y la Cúpula de la Roca, así como las ciudades de Nazaret y Belén, con un corredor de seguridad hasta Jaffa. Era la garantía, en suma, de que las peregrinaciones se podrían efectuar sin problemas. Federico se autoproclama rey de Jerusalén en la Iglesia del Santo Sepulcro, alegando tener derecho por su matrimonio con la fallecida Yolanda, hija del rey anterior. Contento con lo conseguido, regresa a su reino de Sicilia. Cuando concluyen las treguas con los musulmanes, llegan nuevos contingentes europeos al mando de Teobaldo IV, duque de Champagne, y luego otra expedición al mando de Ricardo de Cornualles, que alcanzan buenos acuerdos de paz, aunque efímeros, porque los nobles cristianos de Tierra Santa, al apoyar a los señores de Damasco en sus luchas con Egipto, pierden también Jerusalén en 1244.

En 1249, el rey de Francia Luis IX ataca Damieta y piensa en una posibilidad de alianza con los mongoles para contar con su apoyo a espaldas del Islam sirio, aunque el proyecto no se realiza. La expedición de San Luis es la última de las grandes cruzadas. Cuando muere el emperador Conrado, que había sucedido a su padre Federico como rey de Jerusalén, permite unir esta corona a la de Chipre en las manos de Hugo II de Lusigñán. Había esperanzas de que el avance de los mongoles sirviese de freno al Islam, pero la victoria de los mamelucos sobre los mongoles en Ain Yalut aleja esta posibilidad. En 1261 Miguel VIII Paleólogo recuperaba la independencia del imperio bizantino con la ayuda genovesa. Los mamelucos eran los dueños de Damasco y Alepo y atacan todas las plazas cristianas. En 1269 llegan tropas catalanas enviadas por Jaime I y se preveía una expedición francesa que no se llega a recibir, pues son derrotados en Túnez. Al año siguiente llega a Acre una expedición inglesa al mando del heredero Eduardo, y los mamelucos tienen que negociar una tregua. En el II Concilio de Lyon se perdió la última oportunidad de organizar una ayuda importante y coordinada para Jerusalén. Su rey pasa a residir en Chipre, y los mamelucos, tras la tregua, resultan los grandes vencedores, pues han rechazado el ataque mongol y el de los occidentales. Tras la desaparición del reino de Jerusalén, desde 1308, Chipre y Rodas, en manos de la Orden militar de San Juan, serían los últimos enclaves militares latinos en Levante.

Caballero templario en combate defendiendo Jerusalén (arriba). Observe a la derecha del círculo de la ciudad de Jerusalén el barrio de los templarios con el Templo de Salomón y también la vestimenta del caballero, con su cota, su estribo y la silla elevada para ofrecer más seguridad durante la correría. En : Miniatures - Nort-western France (Monastery St. Bertin? ), c. 1200 ( Added text : c. 1290-

5. BALANCE Y APORTACIONES DE LAS CRUZADAS.

Son consideradas como uno de los grandes movimientos migratorios de la época medieval, pero no tienen la importancia de la expansión islámica de los siglos anteriores, ni alcanzan la grandeza e influencia de hechos como la formación de la España cristiana o la colonización alemana del Báltico. Sin embargo, sí son un buen punto de vista para estudiar el cambio de las relaciones entre las tres civilizaciones occidentales. Las consecuencias de las Cruzadas no pueden considerarse positivas, ya que las verdaderamente positivas como la introducción de nuevas técnicas, extensión de diferentes productos agrarios y otros bienes orientales, tuvieron lugar por el intercambio mercantil y no como efecto de las Cruzadas. Los caballeros y colonos de Tierra Santa adquirieron modos de vida y costumbres orientales, pero nunca hubo una verdadera fusión de culturas. Los europeos siempre fueron un grupo aparte y un cuerpo extraño en aquellas tierras. Por eso, culturalmente, las Cruzadas influyeron tan poco en Europa.

En el plano religioso, tuvo la consecuencia negativa de que la fiscalidad de la Iglesia fue todavía más gravosa en Europa, y con la práctica de las indulgencias, crecen los abusos y se manejan fínes políticos ajenos a su origen. La sociedad de Ultramar, compuesta por soldados y mercaderes, no estaba en condiciones de crear un nivel intelectual elevado, con lo cual las aportaciones culturales que tienen lugar entre el Islam y la cristiandad, ocurridas en España y Sicilia, no se dan en las Cruzadas. Las transferencias más notables se dan en el plano de la arquitectura, sobre todo en el siglo XII, cuando comenzaron a utilizarse elementos bizantinos en los templos, y se emplean técnicas islámicas en la construcción de fortalezas. En el siglo XIII, en cambio, se generaliza el gótico francés en las construcciones eclesiásticas de Acre.