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Asignatura: historia medieval, Profesor: Jose Luís del Pino García, Carrera: Historia, Universidad: UCO
Tipo: Apuntes
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Esas campañas se extenderían hasta el siglo XIII y caracterizadas por la bendición de la iglesia a los cruzados. El término de “cruzada” se trata de un concepto ambiguo. A finales del siglo XI la Cristiandad se puso en marcha con objeto de reconquistar los Santos Lugares, ocupados por los infieles. Sin duda, el fenómeno de las Cruzadas constituye una más de las manifestaciones de la expansión de Europa a partir del siglo XI. Con el tiempo el término se usaría a cualquier guerra de la Iglesia. Originariamente la idea es recuperar las tierras que desde el siglo VII están en manos musulmanas, pero luego la lucha se justificó según unos intereses y circunstancias y el término de cruzadas se extendería. Luego hay otras razones de carácter económico como las que fundamenta la acción italiana. Este fenómeno tiene diversas causas. Tradicionalmente se ha dicho que una de las causas fue la llegada de los turcos selyúcidas a Oriente procedentes de Asia Central que rompieron el equilibrio de la región, los turcos quitaron a los califas abasíes y derrotaron a los bizantinos, conquistaron Siria, Jerusalén y Antioquia, fundaron un gran imperio a mediados del siglo XI, los bizantinos, temerosos del incontenible avance turco, pidieron ayuda a la Cristiandad occidental a finales de dicho siglo. No obstante, esta sencilla explicación tropieza con muchos inconvenientes, ya que, por ejemplo, el Imperio selyúcida en vísperas de las Cruzadas, se hallaba bastante debilitado, pues se habían proclamado algunos estados independientes como el Sultanato de Rüm, y cuando se convocó la primera cruzada se usó este pretexto. Otro factor a tener en cuenta era la política papal con relación al Imperio bizantino, puesto que a partir de Gregorio VII el pontificado trabajó ilusionado en la búsqueda de una unificación eclesiástica de Roma y Constantinopla. De todas maneras, la ocasión propicia se presentó en el pontificado de Urbano II cuando recibe una petición de ayuda militar de Alejo I Comneno. Esta llamada ofrecía muchas salidas para la Cristiandad porque la guerra contra los infieles pondría fin a las disputas de los príncipes cristianos y serviría para encauzar las fuerzas en un frente común. Además, las Cruzadas podían servir también para aumentar el prestigio del Papa y consolidar su suprema dirección moral del Occidente europeo. Hay que señalar que la presencia turca reanimaría el espíritu de Occidente, de la lucha entre cristianos y los musulmanes andalusíes, 1064, política del papado con Bizancio, a partir de Gregorio VII el papado buscó una unificación de las dos iglesias. La Cruzada fue predicada por el pontífice Urbano II en el Concilio de Clermont a fines del año 1095, cuando el Papa pronunció un célebre discurso en defensa de la Cruzada, utilizando argumentos (algunos exagerados) como la solidaridad religiosa con los cristianos castigados en sus peregrinaciones a Jerusalén o la profanación de iglesias. Urbano II hizo el llamamiento a los caballeros, concretamente a los francos, a partir de entonces el papa comenzó a alcanzar un notable prestigio conseguiría movilizar
aproximadamente unas 100.000 de Francia, Gran Bretaña, Frisia, Dinamarca, Noruega e Italia, el éxito de la peregrinación confluye fundamentos religiosos, la alternativa de peregrinar y obtener indulgencias, se aseguró que se aseguran sus bienes y se protegerían en su ausencia a sus familias y gracias especiales se encuadra dentro del auge de las peregrinaciones, pero hablar de Jerusalén, desconocida para muchos occidentales era la imagen de la Jerusalén celestial, la nueva tierra que surgiría tras la segunda venida de Cristo. La circunstancia política ayudó al éxito de esta empresa. El papa en su predicaciones evadió de varios argumentos no siempre acordes a la realidad que captaron la atención a un gran número de fieles, el primero fue el hecho de prohibir la entrada de cristianos a Tierra Santa por parte de los musulmanes, las violaciones de las iglesias y los santos lugares algunos profanados, incluso el papa menciono los atentados de los musulmanes contra el santo sepulcro. El objetivo sería liberar Jerusalén y liberar a los cristianos sometidos a los infieles. Este mensaje despertó en Europa occidental un entusiasmo indescriptible, mayor de lo esperado. Muchos caballeros acudieron a la llamada, bajo el lema de Deus vult (“Dios lo quiere”), creándose un clima en el que se mezcló lo religioso con lo económico y maravilloso. Sus motivos podían radicar en huir de la miseria, la fidelidad a un señor, o el afán religioso o aventurero. Estos caballeros tomaron como símbolo la cruz y el voto de ir a Jerusalén, fijando el 15 de agosto de 1096 como fecha en la que debía estar todo preparado para iniciar la marcha. Fue por tanto una guerra de reconquista, no de peregrinación o penitencia, lo que no quita que algunos si lo hicieran por esos motivos. Muchos ampliaron sus riquezas y se establecieron en zonas orientales. Algunos sostienen que las grandes familias, permitían a los segundos hijos participar en ellas, dependiendo del mayorazgo, tesis desestimada pues este aun no se había instaurado, el coste del viaje no era rentable ni había tantos seguidores de hecho muchas familias se arruinaron, algunos fueron por deseos de huir de su condición de miseria, otros por vasallaje. Inmediatamente se organizó una “Cruzada popular”, que se puso en marcha a principios de 1096, en dos oleadas sucesivas. La primera, formada esencialmente por gentes de las ciudades del Rhin, iba dirigida por un tal Gautier-sans-Avoir, pero al llegar a Constantinopla se descompuso. La segunda oleada iba al mando de Pedro el Ermitaño y terminó diezmada por los turcos. En su conjunto, la “Cruzada popular” había sido un fracaso absoluto. En el camino cometieron numerosas tropelías como el asalto a las juderías. El movimiento, que quizá era una salida emocional de la tensión social, demostraba claramente la visión milenaria y apocalíptica que tenían las clases populares. Por otra parte, la “Cruzada de los caballeros feudales” fue muy distinta. En realidad, estaba integrada por diversas expediciones: la Lotaringia, a cuyo frente iba Godofredo de Bouillon; la italiana dirigida por Bohemundo de Tarento; la languedociana por Raimundo de Tolosa; y la francesa por Roberto Courteheuse y Esteban de Blois. El emperador bizantino, Alejo I, les pidió un juramento de fidelidad, a lo que accedieron algunos nobles. Los cruzados, tras estar un tiempo inmovilizados en Nicea, avanzaron
A partir del siglo XII se modificó sustancialmente la idea misma de la cruzada. Ahora ésta era impuesta en múltiples ocasiones por la Iglesia como penitencia a nobles pecadores. Por otra parte, fueron aumentando los diferentes puntos de vista entre los cristianos establecidos en Oriente, obligados a mantener un difícil equilibrio entre Bizancio, los musulmanes y los cristianos de Occidente. Los cristianos de Oriente sólo pensaban en defender sus principados que estaban en una situación precaria al no controlar Alepo ni Damasco. La iniciativa de la segunda cruzada partió del rey de Francia, Luis VII, en una asamblea de barones celebrada en Bourges (1145). El papa Eugenio III aceptó la sugerencia y ordenó a San Bernardo que predicara la cruzada (asamblea de Vezelay, 1146) y consiguió incluso que participara en ella el emperador del Sacro Imperio Conrado III, de manera que esta cruzada quedó en manos de los reyes. Desde el punto de vista militar, la segunda cruzada constituyó un rotundo fracaso. De los 25.000 cruzados que partieron, sólo llegaron a Tierra Santa unos 5.000 que en 1148 fueron derrotados por Nur al-Din. Más tarde, Saladino unificó Egipto y derrotó a los cristianos en Hattin (1187) que le permitió ocupar Jerusalén, Beirut y Acre. Este último hecho motivó la tercera cruzada que fue instigada por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico Barbarroja en 1188, que desembarcó en Asia Menor en 1190 y antes de llegar a Antioquía, se ahogó en el río Selef (junio de 1190). En las tropas alemanas se produjo la desbandada; no obstante, Federico de Suabia pudo agrupar los últimos restos de la cruzada y marchar hasta San Juan de Acre. Mientras tanto, los reyes de Francia e Inglaterra, Felipe Augusto y Ricardo Corazón de León, decidieron participar en la cruzada. Felipe Augusto llegó en abril de 1191 a socorrer en el sitio de Acre, pero regresó pronto a Francia. Por su parte, Ricardo Corazón de León, tras tomar Chipre, consiguió una serie de victorias por la costa (batalla de Arsuf), pero fracasó en su intento de tomar Jerusalén. Finalmente, en 1192 se firmó una tregua entre Ricardo y Saladino que acordaron reservar una franja costera a los cristianos, de Tiro a Jaffa, y se garantizaba la libertad de movimientos a los peregrinos. La cuarta cruzada, supondrá un punto de inflexión en el desarrollo de estas operaciones de conquista, tuvo como nuevo objetivo controlar Egipto para poder hacerse con Palestina, aunque al final el resultado fue bastante distinto. Su gran instigador fue Teobaldo de Champaña que, tras su muerte, se confió la dirección de la cruzada a Bonifacio de Montferrat. Para llegar a Egipto necesitaban barcos, por ello buscaron la ayuda de Venecia; pero ésta, pedía un gran precio, de manera que acordaron con los cruzados la conquista de la ciudad de Zara para controlar el Adriático a cambio de transporte. Una vez conquistada Zara (1202), los cruzados negociaron un acuerdo con el príncipe bizantino destronado, Alejo, que les propuso, si le devolvían el trono, a pagar el transporte y proporcionarles tropas y recursos para la conquista de Egipto. De manera que los cruzados marcharon a Constantinopla y la tomaron, restaurando en el trono a Alejo (IV), cooemperador con su padre. No obstante, esta situación duró poco, puesto que para cumplir su acuerdo tuvo que vender bienes y subir los impuestos, lo que
generó un gran malestar y una conspiración palatina que depuso a Alejo IV y lo sustituyó por Alejo V. Ante esta situación, los cruzados deciden marchar de nuevo contra Constantinopla que fue tomada y saqueada en 1204 y se repartieron el imperio, además se formaron distintos ducados en Grecia. Así nacía el Imperio Latino cuyo soberano fue Balduino de Flandes, los italianos crearon el reino de Tesalónica y Venecia recibía el Peloponeso, las Cícladas, Creta y algunas ciudades como Ragusa, Durazzo, etc. Esto permitió a Venecia crear un auténtico imperio marítimo en el Mediterráneo. Después del fracaso de la cuarta cruzada, vino la quinta cruzada (1217-1221), que pretendía de nuevo conquistar Egipto, fue dirigida por Andrés II de Hungría y Leopoldo VI de Austria. Se desplazaron hasta Acre, allí les recibían refuerzos cruzados de otros lugares. Los cruzados conseguirían ocupar Damieta a fines de 1219 pero más tarde en el verano de 1221 fueron derrotados al llegar a El Cairo. La sexta cruzada (1228-1229) fue dirigida por el emperador germánico Federico II que, en lugar de combatir a los infieles, pactó con el sultán ayubí Al-Kamil que éste entregara a los cristianos las ciudades santas de Jerusalén, Belén y Nazaret. En realidad, Jerusalén quedaba abierta a los cristianos y musulmanes. También, se acordó una tregua de diez años, a cambio de que los cristianos reconocieran libertad de culto a los musulmanes, hasta que en 1244 los egipcios tomaron Jerusalén de manera violenta, lo que provocó la séptima cruzada. La séptima cruzada (1248-1254) fue dirigida por San Luis (Luis IX de Francia). El objetivo era la conquista del delta del Nilo, conquistaron en 1249 Damieta y quedaron cercados en 1250 en su camino hacia el Cairo, el hambre y una epidemia diezmó al ejército cruzado, uno de los hermanos de Luis, Roberto, sería vencido por el sultán mameluco Baibars, además Luis IX fue hecho prisionero y se tuvo que pagar un cuantioso rescate y se devolvió a los mamelucos la plaza de Damieta. Tras esto, los mamelucos consiguieron importantes éxitos militares, vencieron a los mongoles en la batalla de Ain Jalut (1260), y llevaron a cabo una serie de campañas contra los cristianos en la región que les permitiría hacerse con el dominio de algunas plazas, en 1265 tomaron Haifa, Cesarea y Arsuf, en 1266 Tafef en Galilea, en 1268 Antioquia y en 1271 el castillo del Crac de los Caballeros. Más tarde, tras ser liberado Luis IX, volvió a intentarlo de nuevo en la octava cruzada, pero esta vez en Túnez, pero allí encontró la muerte al desencadenarse un brote de peste (1270). Otro fracaso sería la novena cruzada (1271-1272) emprendida por Eduardo de Inglaterra, que comandó un ejército cruzado hasta Acre pero sin grandes resultados, terminaría por regresar a su tierra tras enterarse de la muerte de su padre. Finalmente los musulmanes tomaron Acre en 1291, la última ciudad cristiana en Tierra Santa. Hubo otras cruzadas, expediciones que tuvieron un carácter similar, las llamadas cruzadas populares de las que destacan dos. La Cruzada de los Niños en 1212, que fue