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Asignatura: Hª Antigua, Profesor: Rosa maria sanz serrano, Carrera: Historia del Arte, Universidad: UCM
Tipo: Ejercicios
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Director de la colección: Domingo Plácido Suárez
Coordinadores:
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BARBARAS Y LA CREACION
DE LOS PRlMEROS REINOS
DE OCCIDENTE
Sanz Serrano
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EDITORIAL
SINTESIS
Introducción
El trabajo que presento está dirigido a un lector poco familiarizado con el tema, pero a la vez interesado en el conocimiento de una serie de suce sos históricos que enfrentan a dos mundos considerados antagónicos. Es tos hechos se suelen incluir dentro del análisis de la problemática del fmal de la Antigüedad y de las transformaciones que en ella se produjeron, dan do paso a lo que conocemos como Medievo. Ello lleva implícito definir cul turas y fenómenos complejos -a veces ambiguos-, pero determinantes en la transición entre las dos grandes históricas. Igualmente nos fuerza a de conceptos y axiomas como migraciones, invasiones y bárbaros, a través de los cuales se explican los movimientos de todo un conglomerado de pueblos de distintas prócedencias y caracteristicas, las causas que los motivaron y sus desencadenantes históricos. Aunque los germanos fueron dentro del fenómeno de las migraciones el elemento más importante y sus reinos los herederos de los territorios y la organización del desmembrado estado romano, el contacto durante si glos con otros pueblos -asiáticos, celtas e incluso romanos- y la presencia de éstos en los distintos reinos, nos obliga a ampliar el horizonte de estu dio. Por otra parte, los conceptos de migración e invasión en este caso son ya que los movimientos de pueblos estuvieron dirigidos ha cia unos fines concretos, ftmdamentalmente el de la apropiación de un te rritorio ocupado ya por un estado a la vez invadido anteriormente por sus ocupantes); las consecuencias desencadenadas nos obligan, a rechazar como única la idea de la existencia de una migración y a darle más un tratamiento paralelo de invasión, con la idea de violencia que el término conlleva.
1.
Los territorios
1.1. La Germania
lo...
el Ponto, el Danubio Y su confluencia con el Save) , incluyéndose por el nor te los territorios entre los ríos Mosela y Guthalus (posiblemente el Niemen), El hecho de que los ríos Rin y Danubio vayan a desembocar en los mares del Norte y Negro respectivamente, encuadra clarísimamente la frontera con el Imperio Romano y el marco en el que se van a desarrollar las rela ciones entre ambos grupos, romanos y bárbaros, a lo largo de más de seis siglos; medio hostil que había impedido, al decir de Tácito, el contacto con los pueblos civilizados:
«Estoy casi convencido de que los germanos son indígenas y que de nin gún modo están mezclados con otros pueblos, bien como resultado de emi bien por pactos de hospitalidad, pues en otros tiempos cambiar de no lo hacían por tierra, sino por mar, y desde nues tro mundo son escasas las naves que se adentran en un Océano inmenso y, por decirlo así, hostiL Además, del peligro de un mar temible y desconoci do, ¿quién va a Asia, o Italia para marchar a Germanía con un te rreno dífícil, un clima duro, triste de habitar y contemplar si no es su patria?» (Germanía, JI, 1-2).
amplio espacio nos encontramos con los territorios más dispa
ríos como el Amisis (Ems), el Visurgis 0Neser) y el Albis (Elba), impractica bles debido a la gran cantidad de bosques y lagunas (los más importantes la selva de Hercinia, actual Selva Negra y las lagunas de Suesia, Metia y Melsiago) y algunos montes elevados como el Tauno y el Rético (Alpes), En ellos desarrollaron sus formas de vida los denominados germanos del mar, de las estepas y de los bosques, según las características geográficas de sus territorios. Los primeros se situaban en las zonas llanas del Norte, al del Elba, en las grandes extensiones de landas de suelos muy fértiles y fáciles de cultivar que permitieron el desarrollo de la agricultura, en ve cindad con los centros costeros enclavados en el Mare Germanicum y po blC:1dos por navegantes y pescadores que en distintos momentos de su his toria llegaron a ser famosos por sus actividades piráticas, Al sur de éstas -en las regiones actuales de Silesia y Pomerania- los ricos valles enclava dos entre las zonas boscosas y los grandes lagos permitieron economías muy variadas, tanto agrícolas como pastoriles y ganaderas. La zona central combina ecosistemas propios de altitudes medias como el sistema del Harz, los Alpes de Suavia o los Sudetes, con grandes llanuras o cubetas muy ricas para el cultivo como las de Bohemia, parte de la llanura húngara y al oeste algunas terrazas muy bien irrigadas entre otros cursos por el Rin y el Main, sin olvidar extensiones boscosas de suelos con abun dante humus como el bosque de Turingia y la Selva Herciniana (M. Todd,
7), de límites desconocidos y donde se criaban fieras jamás vistas por los romanos (César, B. G., VI, 25-28). En definitiva una riqueza ecológi ca tan variada que definirla sería como intentar en unas pocas líneas sinteti zar la de las naciones que ahora ocupan su lugar: Dinamarca, Suecia, gran parte de Alemania, Holanda, Polonia, parte de Hungría, Checoslovaquia, Rumanía y la zona occidental de la antigua URSS. Igualmente falaz sería el intento de darle una unidad cultural, racial y económica a lo largo de cien tos de años de existencia: de sus diferentes situaciones tenemos que dedu cir que el fenómeno de las migraciones-invasiones no fue generalizado, si no singularizado en grupos de los cuales habrá que excluir todas aquellas comunidades de economías variadas que permanecieron inamovibles a través del tiempo, ajenas al fenómeno que nos ocupa.
1.2. Las islas del norte
Un problema importante lo representa la situación de Gran Bretaña y Escandinavia respecto al mundo germánico, sobre todo si tenemos en cuen ta la proxírnidad de sus costas, aunque indudablemente la primera se en cuentra más cercana a los celtas galos. Sin embargo, las fuentes más anti guas son muy confusas al respecto y no citan claramente ningún componente germano entre sus poblaciones. El famoso Periplo de Piteas (H-X) centrado justo en la descripción de la Europa cercana al mar, señala un conjunto de denominadas Britannia, de las cuales, las más importantes eran la fa mosa isla de Albion (Britanía), Orkan (Orkners), Jeme (Irlanda), Kalidonia (Escocía) y la enigmática Tyle, cuyos habitantes se alimentaban de frutos, plantas, y leche, mientras los de las Ebudas (Hebridas), lo hacían de carne y pescado. Las diferencia claramente de las islas Escandinavas, cercanas a denominadas Durrma, Berrike, Viktis Vexisame y la isla sagra da de Abalus , la más importante y donde vivían celtas (en contraposición al elemento germánico del resto). Por lo que respecta a Britania, César G., N, 20-38; V, 12-15) durante su militar en la isla no tuvo más remedio que admitir la incapaci dad de los romanos para conocer con exactitud su génesis étnica-ignorada incluso por los ya que solamente los mercaderes se habían atrevido a llegar hasta allí anteriormente. No obstante señala la posibilidad de que las poblaciones del interior fueran originales de la isla y las de la costa po blaciones belgas asentadas en ese lugar en tiempos remotos y que se ase mejaban en sus formas de vida a las de la Galia. En el siglo 1 el geógrafo Estrabón (N, 5, 1-5) aporta poco más acerca de las poblaciones de Bríta nia, a la que considera una isla llana y boscosa productora de trigo, gana- metales, esclavos y perros excelentes para la caza, pero parece
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18
te complejo espacio geográfico se mezclaban grupos con unas bases eco nómicas básicamente ganaderas, de poblaciones itinerantes y guerreras en ellírnite de la supervivencia, con otros al parecer conocedores de la agri cultura (asentados principalmente en tomo a los grandes nos) que mantenían lrnr.",rr::1lnT!"~ relaciones comerciales con las ciudades griegas de la costa del Mar De todos ellos fueron principalmente los primeros quienes mar caron gran parte de la historia del mundo romano tardío.
2.
Pueblos Vculturas
El intentar defmir con exactitud los pueblos y culturas que conforman el fenómeno de las migraciones es prácticamente inviable con nuestros cono cimientos actuales. Por otra parte, tampoco es el objetivo del presente tra bajo que contempla las relaciones que estos pueblos tuvieron con Roma en los primeros siglos de nuestra era en función de la posterior creación de los reinos bárbaros. Un estudio pormenorizado de sus protagonistas nos lleva a una sucesión de nombres sin otras características, que surgen y de saparecen en el tiempo y que en ningún momento han llegado de una for ma pura a nuestro conocimiento.
2.1. Los germanos
La aproximación a un estudio detallado de los pueblos que componen este movimiento y de sus características étnicas y culturales es tardía, pero tiene sus precedentes en la primera edición de la Germanía de Tácito en Nü renberg el año 1473, la publicación de la primera recopilación de antigiieda des germanas por Peutinger en 1506, y los trabajos de recogida de docu mentos llevados a cabo por]. Aventinus -quien ya en el siglo XVI identificaba a los alemanes actuales con los germanos- y Sebastian Münster -que singu
el primer renacimiento del interés despertado anteriormente por los restos culturales de estos pueblos a través de figuras como A. Rhode que no fueron más que el preludio de los trabajos efectuados en el siglo XIX por von Raiser o W. Menzels (R. Chrístlein, 1978). Fue con el Romanticismo
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cuando se asistió al triunfo de illlOS planteamíentos que ensalzaban illla na ción germánica, con illlas virtudes de carácter heroico, frente a la corrompi da Roma. De esta idea participaron poetas y literatos como Herder. Góethe o Schiller, filósofos como Kant o geógrafos como Van Humbold. De ellos surgi ría la ideología burguesa nacionalista del XIX que permitió excelentes estu
Scheterling, R. Virchow, A. Gótze y G. Kossina entre otros, quienes no exen tos de illl cierto tinte racista buscaron la génesis de la cultura germánica en valores morales distintos a los celtas o los pueblos mediterráneos, en illla ra za vínculada a los escandinavos nórdicos a través de métodos puramente comparativos (R. Guichard, 1965, 33). Para ello se apoyaron fundamen talmente en las teorías lingüísticas surgidas desde 1770 en la Universidad alemana de Gotinga, sostenidas principalmente por la escuela de C. Mei
mantenian la existencia de una lengua indoeuropea que enlazaba a estos pueblos. A ello sumaron una serie de rasgos físicos conocidos. sacados di rectamente de las fuentes romanas y de estudios antropológicos como los de Hubert que les consideban dolicocéfalos. marcando de esta forma la histo riografia alemana hasta mediados del siglo xx (B. Krüger, 1988, Parte de estas ideas calaron incluso en historiadores de otras tenden cias como F. Engels al que debemos illlO de los estudios más serios que se han realizado sobre los germanos. Fue en este mismo contexto cuando co menzaron a darse a conocer las principales fuentes relativas a los mismos a través de los Monumenta Germaniae Historica y se abrió el importante cam po de estudio que supone el fenómeno de las invasiones a partir del trabajo elaborado en 1844 por Emst Th. Gaupp sobre los asentamientos germanos en territorio romano, en el cual aparece perfectamente asumido el término de "migración tribal" (Volkerwanderung) que había sido acuñado en su his toria sobre los germanos por M. Schmidt en 1778. Siguiendo esta trayecto ria general, el siglo xx ha aportado cientos de trabajos elaborados por es pecialistas de distintos países, centrados no solamente en el estudio de las culturas a través de los restos arqueológicos, sino también del contacto de éstas con el millldo romano mediante el análisis de los documentos escritos.
2.1.1. Composición étnica
Sin embargo, y a pesar del elevado número de trabajos es muy com plejo singularizar pueblos, costumbres y culturas que no están definitiva mente definidas ni histórica ni arqueológicamente. Incluso con los conoci mientos actuales hay que cuestionar la idea defendida hasta la actualidad de illla cierta unidad racial "germánica" -contrapuesta a los celtas y medi terráneos- surgida de fuentes como Tácito:
«Me adhiero a la opinión de que los pueblos de Germanía, al no estar de generados por matrimonios con ningtma de las otras naciones, han logrado mantener una raza peculiar, pura y semejante s610 a sí misma. De aquí que su constitución fisica, en lo que es posible en un grupo tan numeroso, sea la mis ma para todos: ojos fieros y azules, cabellos rubios, cuerpos grandes y capa ces sólo para el esfuerzo momentáneo, no aguantan lo mismo la fatiga y el tra bajo prolongado, y mucho menos la sed y el calor fuerte: sí están acostumbrados al frio y al hambre por el tipo de clima y de territorio en los que se desenvuel vem> (Germanía, 4, 1-3).
Unidad racial a la que se suman axiomas como su crueldad y amor por la
mención constante de contactos comerciales, militares y culturales con roma
es así que el propio Tácito en su Agrícola (11, 1-2) se lamenta, contradicién dose, de la imposibilidad de conocer claramente el origen étnico de los pue blos bárbaros, debido al caos de los datos aportados por sus informantes. La frontera entre el millldo celta y el germano se suele situar en el Bajo Main, el Taunus, la cuenca del Ruhr y el Saale (R. Hachmann, G. Kossack y H. Kuhn, 1962). Dentro de este espacio se han singularizado illla serie de fo cos culturales germanos, entre los que se diferencian los germanos del gru po del Elba al Oder por Brandenburgo, Turingia, Sajonia, Bohemia y oeste de Eslovaquia (longobardos, semnones, hermunduros, marcomanos y ca las del Rin-Weser (sicambrios, bructeos, marsos, catuarios, tencteros, usípetos, batavos y ubios) y los'de la costa norte a partir del Oder (cim brios, teutones, chaucos y frísones) (B. Krüger, 1988,380). Pero lo cierto es que ambos millldos estuvieron muy mezclados desde la Edad del Bronce, manteniendo importantes contactos comerciales y culturales -incluso en lu gares tan alejados como Dinamarca tal como demuestran el caldero de Gillldestrup-- que hacen muy dificil delimitar exactamente una frontera clara entre ambos. Los trabajos sobre estos momentos culturales de M. Todd (1990) y P. S. Wells (1988) demuestran la complejidad del fenómeno, a la hora de delimitar rasgos culturales específicos durante estos períodos entre zonas geográficas que después habrán de aparecer en las fuentes como puramente célticas y aquellas otras que se van a considerar germanas. En realidad contamos con illl millldo arqueológico bastante uniforme desde la Galia hasta prácticamente la desembocadura del Danubio, donde las dife rencias no están en relación tanto con una etnia, cuanto con niveles de desa rrollo distintos que marcan la frontera entre comunidades primitivas que vi ven en granjas y pequeñas aldeas y aquellas que han alcanzado un nivel cultural mayor, en el que se incluye un importante comercio con el Medite rráneo y la explotación de sus riquezas naturales como el hierro o la sal.
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-entre los que destacan las tribus de los gutones o guiones y los teutones- vi viendo entre el estuario del Metuonis (Elba) y la isla de Abalus en el Mar del Norte. En los Comentarios de César apenas tenemos noticias de sus localiza ciones exactas, salvo para c:liferenciarlos de los celtas civilizados (y, por otra parte, conquültados por Roma) que viven al oeste del Rin. Sus nombres se mezclan y confunden en múltiples ocasiones con los de tribus galas y en la mayoría de los casos están descontextualizados y no vuelven a aparecer en escritos posteriores. De este modo sitúa en la Bélgica pueblos al parecer manos como condrusos, eburones, ceresos y pemanos (IT, 4), en las fronteras del Rin a usípetos, tencteros, ubios, suevos, queruscos, segnos y sicambros (H, 4; N, 1-3; VI, 10) y luchando alIado de Ariovisto a harudes, marcomanos, tribocos, vangiones, nemetes, sedusios y :mevos (1, 51), refeririéndose de pasada a las in cursiones más antiguas de cimbrios y teutones (1, 40). El principal problema que plantea la obra cesariana es que apenas define a estos grupos y a sus cul turas como lo hace con los galos sobre los que estaba mejor informado. Pero cuando realmente comenzarnos a tener una información más exten sa es a partir del siglo ¡ de nuestra era, cuando los contactos con los pueblos de más allá del limes se intensificaron desde el punto de vista militar y comer
Estrabón, Tolomeo o Mela serán esenciales ante la pérdida de testimonios an teriores como el de Posidoruos, al que utilizan como complemento de las noti cias que les llegan de soldados, aventureros y comerciantes. Sin embargo en la mayoría de estos autores los datos son escuetos, sin interés por localizacio nes geográficas exactas, homogeruzan culturas (algunas de ellas más legen darias que reales), e incluso toman como pueblos a lo que no son otra cosa que confederaciones de tribus que pueden cambiar fácilmente de nombre.
las fuentes que contemplan las nuevas formaciones confederadas de bárba ros que asaltarán las fronteras con denominaciones distintas, surgidas de nue vas alianzas. Autores como Amiano Marcelino, Juliano, Procopio, Zósimo o Jordanes nos presentan un panorama distinto al conocido en siglos anteriores, pero a la vez nos dejan buena constancia de los acontecimientos finales pre vios a la caída del Imperio y de las principales formaciones de godos, fran cos, alamanes o burgundios que los protagonizaron. Estas aparecen ya mejor organizadas y estructuradas, muy lejos de las primitivas hordas de guerreros, y más en consonancia con formaciones estatales que detentan ya una organi zación tanto política como militar compleja. Los germanos de Tácito La Germanía de Tácito es sin duda la fuente que contiene una mayor ri queza informativa sobre algunos de los pueblos considerados como germa nos. En ella se les atribuye un origen divino al considerar a su ancestro Man no como hijo del dios Tuístón ':nacido de la tierra", padre de los fundadores de los tres grandes grupos de germanos en que se agrupaban las distintas tribus: ingevones o habitantes de la costa, herrniones de la zona central e iste vanes el resto. Grupos que Plinio (IV, 27-29) aumenta a cinco con la incursión de los vándalos y peucinos o incluyendo curiosamente entre los vándalos pueblos que como los godos y burgundios estuvieron confedera
no genérico de germanos provenía de uno de sus pueblos y era utilizado únicamente en su relación con Roma, pero no entre ellos mismos: <<Afuman que éstos son los nombres auténticos y antiguos; que, por el con trario, el de Germanía es reciente y su empleo es nuevo, puesto que a los pri meros que, tras atravesar el Rin, expulsaron a los y ahora se llaman tun gros, antes se les conocía como germanos; que, por tanto, el nombre de un pueblo, no de toda la nación, era el que había llegado a imponerse de tal mane ra que todos se llamaron germanos con un nombre prestado, tomando pnmE~ro por el vencedor para infundir miedo y utilizado después por ellos mismos». A partir de esta introducción nos aparece en Tácito una lista -ignora mos sí más o menos completa- de los grupos conocidos en el siglo 1 d. C. Algunos de ellos como los boyos asentados en Bohemia, los helvecios de Suabia, tréveros y nervios entre los ríos Escalda y Rin, no están claramente significados como germanos o celtas, aunque César les consideran galos, mientras Estrabón sólo a los tres primeros. Otros muchos aparecen deno minados sin que se sepa nada de sus costumbres ni de sus asentamientos concretos, tratándose de grupos tribales de los que ignoramos su origen, composición, número y organización aunque en gran parte de la obra se les suele atribuir caracteres muy semejantes. Lo interesante es que su pri mera división legendaria ya no es considerada por los romanos de su épo ca, buena prueba de que se habían producido importantes movimientos que habían cambiado sustancialmente la geografia de la Germania. Por el contrario, Tácito los agrupa a lo largo de su obra según su mayor o menor proximidad a la frontera en germanos occidentales y orientales, enumeran do de entre ambos grupos los más conocidos y sin designarles un territo rio exacto, sino sólo en cuanto a la vecindad entre ellos. Como germanos occidentales o enclavados en el Rin, aliados de los ro manos, cita Tácito los aubios (entre el Rin y el Main), batavos (en el delta del Rin) matiacos (en torno a Wiesbaden) y catos (entre el nacimiento del Weser y el Main, los de mayor capacidad de raciocinio). Cercanos a éstos los van giones (cerca de Maguncia), tribocos y nemetes (posiblemente entre Estras burgo y la selva Negra, entre el Rin y el Neckar), usipetos y tencteros (entre 29
el Lippe y el Laun, excelentes jinetes), cama vos y angrivarios (Westfalia entre el Rin y el Ems) ocupando el lugar de los ya desaparecidos brúcleros (entre el Eros, Weser, Lippe y Ruln} Al norte de todos ellos identifica a dulgubníos, casuarios y frisios (entre los ríos Rin y con limite norte en el Océano), zona donde Plinio (IV, 29-31) coloca además a chaucos, esturíos gubemios y masaCÍos. Estrabón (IV, 3, 2) suma a los sugambras de la desembocadura del Rin. Más al norte, en Escandinavia cita Tácito a los suiones, los suehans de Jordanes (Getica, III, 210; XXIII, 117), vecinos de los danisy hérulos. todos ellos considerados como pueblos de ladrones y piratas. La descripción de los germanos orientales comienza en la costa, en el limite con Frisia, en el Bajo Weser, zona habitada por los caucos (chaucos de Plinio) , tan numerosos que llegaban a penetrar por el sur en el país de los catos y considerados como el más noble de los pueblos germanos, pa cíficos, independientes y poco ambiciosos. Los queruscos, ya citados por César, son tratados de indolentes y necios, posiblemente por ser los culpa bles de una de las más grandes derrotas que sufrió el ejército romano en la selva de Teutoburgo (se les suele localizar entre el Weser y el Saale, en la selva turingia). Cercanos a ellos los fosos y CÍmbras; de los últimos sabe mos que protagonizaron las incursiones en Galia e Italia, asocia dos a los teutones en tiempos de Mario (Plutarco, Vida de Mario, 21 Tá cito recuerda su pasado que contrasta con el pequeño eSlpal::lO que ocupan en su época, en lo que denomina "el saliente de la Germania" (37, 1), posiblemente la más septentrional de Jutlandia donde les co loca Plinio (IV, 27-29). En la actualidad hay una fuerte discursión a estos pueblos, ya que las fuentes griegas los consideran celta y sin proce dencia cierta y solamente a partir de César se les considera germanos por habitar al otro lado del Rin (R Hachmann, 1971, 33). El capítulo más importante de la obra lo ocupan los suevos, como reu nión de pueblos del este y norte que en el siglo 1 d. c., -según Tácito- aco gería a los semnones, langobardos, hermunduros, cuados y marcomanos (con localización aproximada entre el Danubio y los cursos alto y medio del Elba, llegando al oeste y sur posiblemente hasta Turingia, Bohemia y Moravia); los últimos son considerados distintos de los suevos por mientras Plinio incluye a catos y queruscos, englobando un muy amplio que incluiría también de los cursos alto y medio del Rin. Ello nos demuestra los cambios producidos dentro de las a través del tiempo y la imposibilidad de precisar los limites de tribus en continuo movimiento, a las que César retrata expulsando a otros grupos de germanos como usípetos y téncteros de sus asentamientos. A los semno nes que se expandieron hacia Silesia y el Oder, Tácito los considera más antiguos y nobles, con un sistema religioso muy desarrollado; de los her munduros (entre Franconia y Bohemia, entre los ríos Saale y Elba)
que eran amigos de los romanos y bajaban hasta Augsburgo (Augusta Vin delicorum) para comerciar. Los longobardos por su parte, eran un muy pequeño en continuos conflictos con sus vecinos y a los que las lW::!Hlt::::s más tardías señalarán como los más crueles de los germanos; a pesar de ello Paulo Diacono fue su panegirista y les hace originarios del Elba, desde donde comenzaron su migración hacia el Danubio ya en el siglo n, apareciendo cercanos a las provincias de Panonia y Norico en el siglo v. Los marcomanos del nacimiento del Elba (Bohemia, Moravia y quizás parte de Turingia) tenían desarrollado ya un sistema monárquico. En los ríos y adyacentes a los longobardos se encontraban si tuados grupos de relevancia como los reudignos, aviones, anglios (que pasarán a Gran Bretaña), varinos, suarines y nuitones, todos ellos adoradores de Nertho, la madre tierra, en un bosque sagrado de una de las islas del Océano. Cercanos se situaban cuados y na ristos (ambos Moravia y Eslovaquia), pueblos protagonistas de importantes enfrentamientos contra Roma; a sus espaldas, hacia el este, todavía en la Suevia, marsignos y buros, pero de lengua y costumbres suevas -aunque galos y panonios respectivamente- sus vecinos los cotinos y osos. Entre los ríos Oder y Vístula y los Cárpatos, en la parte más oriental se encontraba el pueblo de los ligÍos, compuesto por una serie de tribus entre las cuales las más importantes eran las de los helvecones, manÍmos, helisios, naharvados y harios; pero en este caso'no podemos asegurar su procedencia, pudién dose tratar de preeslavos (Demougeot, 1979,1, 350), a pesar de que Tácito los incluye claramente en su obra como germanos. En el curso del Vístula sin alcanzar la costa sitúa Tácito a los gotones (gauthigoths de Getica, IV, 22), los godos o de las fuentes griegas, sobre los que el autor parece ignorar casi todo, pues se asentaron en el limes en una posterior. Piteas los nombra en el siglo rv a. c., y los sitúa en el Mar del Norte, en torno a las costas de y Suecia (Gótland), lugar donde se han excavado importantes de los si glos JI-I a. C., y donde la arqueología ha detectado un importante vacío
16; III, 5-8) les hace provenir de la isla de Scandia y mientras Casiodoro (Variae, IX, 25, 4) acepta que esta es la tradición, Jordanes, de ascendencia goda, en su Getica (IV, 25-82) afirma con rotundidad esta procedencia, a la vez que diferencia tres grupos: ostrogodos (greutingi o gentes de la costa), visigodos (tervingi o gentes de los bosques) y gépidos. Según la leyenda se trasladaron en tres barcos distintos capitaneados por y desembar caron en el en Gotiskandza, donde tuvíeron que compartir territo rio con los vándalos y otras tribus menores como los teustos y sidros, a todos los cuales consiguieron mantener bajo su protectorado. Por ello Plinio (H N. IV. 99) les confunde con un subgrupo de los vándalos, Es
e) Las confederaciones más tardías
Por último tenemos que referirnos a una serie de pueblos que no tie nen cabida en la obra de Tácito, pues su aparición como tales en las fuen tes es muy tardía, ya que se trata de nuevas confederaciones que tuvieron su protagonismo a partir del siglo III y, sobre todo, en los momentos inme diatos a la gran migración. De entre ellos los menos significativos para no sotros son los gepidos, ya que según István Bóna (1976) nunca llegaron a las fronteras del Imperio, aunque al igual que otros pueblos procedían de Escandinavia. Su nombre al parecer proviene del godo Gepanta que signi fica oscuro y sucio, tal como debieron ser considerados por sus contempo ráneos. En el siglo III este pueblo ocupaba parte de la Dacia con extensión hacia los Cárpatos, donde parecen haberse mezclado con sármatas y hu nos, a los que pudieron acompañar en pequeño número en sus correrías por el Imperio, para acabar por independizarse tras la muerte de Atila. En este mismo siglo llevaron a cabo múltiples incursiones en el Imperio de
nubio y el Save -donde los coloca Jordanes- y de donde serán expulsados por el ostrogodo Teodorico. No obstante continuaron siendo un peligro menor para los bizantinos, hasta que en el año 547 éstos celebraron su vic toria definitiva sobre un pueblo que nunca llegó a crear un reino y no pasó de su etapa itinerante. Los turingios (descendientes de los duri) tampoco llegaron a conformarse en un gran estado en el siglo v, aunque crearon un pequeño reino entre el Saale, el bosque de Bohemia y el Danubio, contro lando sobre todo el área de Passau y el Bajo Palatinado. Al parecer proce den de los antiguos hermunduros y de ahí que actuaran en sus incursiones engrosando los contingentes suevos (L. Musset, 1973,63), aunque después se independizaran en sus correrías, asentándose en territorios distintos a los de el grueso de la confederación sueva. Mayor importancia tienen para nosotros los francos (hombres con coraje) que surgieron como consecuencia de una liga de pueblos del Rin ya conoci dos como los chamaves, catos, sicambios, bructeos, salios, usípetos y téncte
pasado nada claro y la ignorancia de sus orígenes. Su nombre aparece muy tarde, por primera vez en la Historia Augusta y en las fuentes del siglo III que hacen referencia a sus correrías hasta la Península Ibérica y de su unión a los sajones en incursiones piráticas en la desembocadura del Rin. Se les hace partir de la llamada isla de Batavia, entre el Mosela y el Escault, y en torno a la zona de los ríos Lippe, Rhur y Sieg, justo los lugares de hábitat de los pue blos que los componían. Su unión fue tan numerosa que se vieron obligados a dividirse en dos grupos, salios, más al norte (el Toxandria lucus de Amiano, lugar no identificado pero enclavado en la Bélgica actual) y ripuarios, de la
Estos en realidad en un principio nunca actuaron unidos ni protagonizaron ninguno de los grandes episodios del enfrentamiento con el mundo romano, pero formaron ya parte de las primeras oleadas invasoras en el siglo III y, al final del Imperio, fueron un auténtico azote de ciudades cercanas al Rin como Treveris, Maguncia, Colonia o Utrecht, de donde fueron constantemente re pelidos. Sabemos por la Notitia Dignitatum y por Juliano, Zosimo y Amiano Marcelino que gran parte de ellos funcionaron como federados del Imperio a lo largo de siglos, asentados en amplios territorios y dando importantes ge nerales como Ricomero, Silvano, Merobaudes y Arbogasto. Pero tras el de rrumbamiento de las fronteras, estos federados pasarían a engrosar las filas de los francos del otro lado de las mismas y facilitarían sensiblemente el asentamiento definitivo de estos pueblos en la Galia. El mismo origen tiene la denominación de alamanes (todos los hombres) a partir del siglo I1I, para pueblos asentados en torno a la región del Main y Neckar (E. Demougeot, 1979, 280), con extensión al este hasta las fuentes del Elba, zonas habitadas anteriormente por gran variedad de pueblos co mo los suevos semnones, cuados, teutones y parte de los marcomanos. La liga se produjo con el fin de aunar fuerzas contra los romanos de la provin cia de Retia y el espacio entre el Rin y Danubio, convirtiéndose en un grave peligro desde Caracalla y obligando a Roma a abandonar la provincia de Dacia y los Decumates y a proteger de sus incursiones el norte de Italia. En el siglo IV se convirtieron en importantes contrincantes -aliados a otras con federaciones como francos y burgundios- para emperadores de la talla de
pieron crear una fuerte monarquía, capaz de dar respuesta a otras tan im portantes como la franca y la burgundia, extendiéndose por la actual Alsa cia y Baviera hasta que en el Medievo dieron su nombre al actual pueblo alemán. Tampoco habla Tácito de los Burgundios o Burgundiones (quizás los de nominados bergiones del norte cercanos a los vándalos), uno de los pue blos mejor documentados en la epopeya de "Los Nibelungos" , a los que Plinio (N, 27-29) considera parte de los vándalos junto con los varinos y carinos del norte. Provenían al parecer de Escandinavia, de la isla de Born holm, desde donde pasaron primero al Oder y desde allí hasta alcanzar el Elba donde se encuentran atestiguados sus principales restos arqueológi cos (L. Musset, 1973, 111). Posteriormente avanzaron hacia el alto Main y los Decumates, desde donde actuaron contra Roma unidos a los alamanes y los vándalos silingos a partir del siglo I1I, en territorios donde posterior mente se asentaron los alamanes, en torno al Main, en Würsburg, Wiesba den, Maguncia y Worms (E. Salin , 1949,30). Por otra parte en el Bajo Oder tenemos noticias tardías de un pueblo sin gran trascendencia, el de los ru
2.1.3. El hábitat y la adaptación al medio
tesanIa: y un comercio desarrollado y quienes actuaban como meros con
a) La estructura económica
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del Weser, en la Baja Sajonia, tienen una zona de talleres artesanales dedica dos a la confección de pieles, trabajo de madera y hueso, otra dormitorio de hasta cincuenta construcciones y una gran sala que debió de funcionar como centro de reunión, sin olvidar su HerrenhoJ; perteneciente a alguna familia más importante; aquí, como en otros poblados como el de Flogeln-Eekholtjen, hay construcciones de hasta 20x8 ni, La arqueología ha detectado varios de estos asentamientos desde Jutlandia (Hodde, Vorbasse, Grontoft, Norrefjand, Ginderup) al norte de Alemania (Elisenhof, Odoorn Homburg, Warendorf), Holanda (Ezinge y Zeijen) y Bohemia (Bratislava, Stradonice y Trisov) , (G, Ko sack, 1984, 173; G, Mildenberger, 1972), También tenemos constancia de la existencia de fuertes con un claro carácter defensivo en las islas del norte
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Figura 2,2. Feddersen Wierde, Kr, Wesermüude horizonte lIT. (según W. Haamagel, 1963).
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(Graborg e Ismantorp en Oland) y sobre todo en el Rin y Weser, que podrian estar reflejando las construcciones defensiva..c; de los grandes cabecillas ger mánicos en sus enfrentamientos con Roma y donde vivía un contingente im portante de familias dedicadas no sólo a la guerra, sino también a la explota ción del entorno. Todos estos asentamientos, pero en particular las aldeas, estuvieron ocupados durante grandes espacios de tiempo, incluso varios si glos, y por ello podemos constatar que no toda las población participó en los movimientos migratorios,
2.1.4. Familia y organización social
La variedad de tribus que conforman los pueblos germánicos obliga a ser muy cautelosos a la hora de dar afirmaciones categóricas respecto a su organización; de hecho ésta fue muy variada, en una amplia gama que par te de pueblos en un estadio totalmente arcaico y tribal, donde dominan las relaciones de parentesco, pasando por incipientes sistemas de jefaturas, hasta los que habían desarrollado alguna forma de monarquía, Por ello in tentaremos sistematizar el máximo posible, basándonos por desgracia en unas noticias escuetas y a veces contradictorias -que parten fundamen talmente de Tácito- de autores tardíos como Amiano Marcelino y de los distintos códigos de leyes,
a) La familia
La célula principal de la sociedad era la familia que, en general, estaba compuesta por los miembros más allegados de la misma, esposos e hijos, y de sus dependientes, semilibres y esclavos en el caso de que los hubie re, De carácter claramente patriarcal! las mujeres y los hijos participaban en todos los ámbitos de la vida de un hombre, incluída la guerra, a la que acudían para darles ánimos con sus gritos y llantos, para llevarles alimen tos y para curarles las heridas e incluso, segun el testimonio de Orosio (V, 6), para entrar ellas mismas en combate:
«Las mujeres provocaron un combate casi más duro, por cuanto colocan do los carros en círculo a modo de campamento y luchando ellas mismas subi das en ellos, mantuvieron largo tiempo a raya a los romanos»,
En el caso concreto de las mujeres éstas eran respetadas de tal forma que en la guerra temían perder la batalla por miedo a que fueran violadas, lo que las convirtió también en excelentes rehenes para asegurar el cumpli miento de los pactos. A pesar de ello, su dependencia del marido y del pa
dre era total en un régimen patriarcal como el germano, aunque en el ámbi to de lo religioso podían llegar a obtener una relevancia especial como sa cerdotisas. El trabajo de la tierra solla estar en manos de los ancianos, mujeres y en los pueblos donde sus hombres se dedicaban al combate, la caza o el sueño (Tácito, Germanía, 15, 1). Por lo que se refiere al régimen de te nencia de la tierra, nos econtramos con un sistema tribal igualitario en que la tierra se ocupaba por turnos rotatorios -en parcelas de 3 a 4 de acuerdo con el número de habitantes y su condición social. César (B. G., N, 1) apunta que los suevos no podían permanecer en un mismo terreno más de un año, tiempo válido hasta un nuevo reparto de tierras, dedicán dose unos a la agricultura y otros a la guerra alternativamente, y explica las razones que tenían en general los germanos para continuar con esta cos tumbre:
«No se dedican a la agricultura, y la mayor parte de su vianda se reduce a leche, queso y carne. Ninguno tiene posesión ni heredad fija, sino que los ma gistrados y personajes influyentes, señalan cada año a cada familia y parentela, que hacen un cuerpo, tantas yugadas en tal término, según les parece, yal año siguiente los obligan a mudarse a otro sitio. Para esto alegan muchas razones: no sea que, encariñados al territorio, dejen la milicia por la labranza; que traten de ampliar sus linderos, y los más poderosos echen a los más flacos de su per tenencia; que fabriquen casas demasiado cómodas para repararse contra los fríos y calores; que se introduzca el apego al dinero, seminario de rencillas y discordias; en fin, para que la gente menuda esté contenta con su suerte, vién dose iaualada en bienes con la más granada» (B. G., V1, 22).
Es decir, aunque los hombres valoraban sobre todo el arte de la gue rra, se evitaba la propiedad privada, en una organización propia de un sis tema de parentesco tribal muy primitivo, que comenzaba ya a verse afec tado por las primeras manifestaciones de jerarquización social, basada en la riqueza y el poder, como se aprecia también en los distintos tamaños de las casas de sus poblados y en la riqueza material de los ajuares funera rios, sobre todo a partir del siglo IJI. En este sentido, la obra de Arniano Marcelino (XVII, 1, 2) nos informa con mayor precisión sobre los campos
ban allí en ocasiones su alimento y destruían en sus incursiones sus vivien das, ya construí das a la manera romana; en ellas se podía apreciar el cam bio operado debido al aumento de población, al contacto con los romanos y al desarrollo de su organización que enriqueció a algunas familias, que dando después pastos, terrenos en barbecho y bosques para toda la co munidad. El enriquecimiento de ciertos grupos en estas comunidades con
trasta con la perviviencia del primitivo sistema tribal que pervivía en las zonas más alejadas y atrasadas. El matrimonio aparece como monógamo, indisoluble y la base de las relaciones entre los sexos -considerándose incestuosas en sus las uniones hasta el séptimo grado-, aunque algunos reyes se vieron obligado por razones políticas a tener varias esposas garantes de los pactos grupa
las -al menos- des mujeres de Ariovísto, la una sueva y la otra nórica, a través de las cuales había sellado los pactos con ambos pueblos. Se efec tuaba mediante contrato entre las familias y la mujer recibía como precio de compra del marido caballos, bueyes o armas, existiendo una contrapar tida semejante en la dote aportada como regalo de la mujer al hombre. Los bienes familiares -sobre todo cuando se rompieron las estructuras tribales y apareció la propiedad privada de la tierra- eran administrados por el marido, pero pertenecían realmente a los hijos de ambos y éstos, incluso después de casados, podían permanecer en la casa hasta el reparto de la herencia; en el caso de no existir descendencia, sólo una parte quedaba como propiedad de la mujer a la muerte del marido, yendo a parar el resto a la familia de éste.. En los códigos de leyes se puede apreciar cómo, en el caso de existir hijos de otras uniones, éstos podian también participar en la herencia (P. D. King, 1981, 249), la prohibición durante mucho tiempo del matrimonio con romanos o judíos y entre libres y esclavos, y ciertas formas de divorcio, fundamentalmente en caso de adulterío o crimen por parte de la mujer (K. F. Drew, 1988). No obstante, a los romanos les sorprendió su estricta moral en este sentido, la importancia que se daba a la virginidad en las solteras y los duros castigos para los adúlteros:
«Viven, pues, envueltas en su recato, sin echarse a perder por atractivo. Hombres y mujeres desconocen por igual los intercambios de cartas a escondidas. Para ser un tan numerosos, los adulterios son escasos; su castigo es inmediato y queda en manos de los maridos: en presencia de los parientes, expulsan del hogar a la culpable, desnuda y con el cabello cortado, y la conducen a latigazos por todo el poblado. No hay ningún perdón para la honestidad corrompida; no podrá encontrar marido ni valiéndose de su her mosura, juventud y riqueza. Nadie ríe allí los vicios, y al corromper o ser co rrompido no se le llama "vivir con los tiempos". Mejores son aquellas tribus en las que sólo las vírgenes se casan y se cumple de una vez por todas con la es peranza y el deseo de ser esposa. Reciben un sólo marido, a la par que un sólo cuerpo y una sóla vida, a fm de que no haya lugar para otros pensamientos ni para caprichos tardios, y lo amen no como a un marido, sino como al matrimo niO» (Tácito, Germanía, 19, 1-4).
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actuar como jueces en las aldeas y a los cien hombres que debían aconse jarles en su labor. y se investía a los jóvenes guerreros con sus armas. ri tual del que debían hacerse merecedores y que los convertía en adultos. Tácito resalta el ambiente de solidaridad y unión creado por una gente a la que considera poco astuta y sin doblez, relajada ante los otros, aunque en general considerada falta de raciocionio y habilidad, en contraste con el ambiente general de la política romana de su tiempo. Sacerdotes y notables dirigían los juicios, basados en un derecho natu ral y consuetudinario todavía sin recoger de forma escrita. En general no se admitía como delito el robo fuera del grupo, sino que incluso podía consi derarse un sano ejercicio para los jóvenes, como parte de las ceremonias
será fundamental para entender las expediciones de rapiña en las fronteras. Sin embargo era considerado pena grave cualquier atentado contra las le yes de hospitalidad. la cobardía y traición y los actos contra la moral-sobre todo los relacionados con las virtudes femeninas como veíamos- y los aten tados contra la familia. La ejecución del castigo corría a cargo de los sacer dotes, pues sólo la divinidad podía atar o golpear a un hombre libre. Pero lo normal era solucionar los conflictos mediante pactos entre los interesados, con pago de multas, incluso los homicidios que se purgaban, según Tácito (21, 1), con una cantidad de cabezas de ganado concreta que servía clara mente para mitigar la pérdida humana y parte de la cual iba a parar al rey o la comunidad. Pero a los traidores y desertores se les colgaba de los árbo les y a los cobardes, malos guerreros y deshonestos se les sumergía en el fango de los pantanos, hecho que como veremos tenemos ampliamente atestiguado a través de la arqueología. Algunos de estos principios tenían todavía validez en los códigos de leyes de las monarquías establecidas a partir del siglo v. Por otra parte resulta significativo el hecho de que en los primeros momentos la usura fuera un delito desconocido entre los germa nos, al entrar en contradicción con las bases establecidas de solidaridad e igualdad tribal, perdidas con el tiempo. e) El sistema de jefaturas En las asambleas se elegía democráticamente a los jefes (princeps de César y Tácito), de entre los miembros más nobles por nacimiento, riqueza o valor pero con poder limitado, pues aunque encabezaban las formaciones militares y decidían sobre algunos asuntos, no podían juzgar ní tomar im portantes decisiones, atributo de toda la comunidad. Como consecuencia de las nuevas necesidades creadas en pueblos en constante migración. és tos fueron adquiriendo cada vez mayores prerrogativas de poder, hasta llegar a sentar las bases de un estado de tipo monárquico surgido de las familias más importantes. No se puede mantener la teoría que les hace sur gir exclusivamente como consecuencia del contacto con Roma, pues su propio desarrollo tribal y sus costumbres guerreras los hicieron impres cindibles (H. J. Diesner, 1978, 86). Al menos así lo atestiguan figuras como Hortario entre los yutungos, Ariovisto, jefe de la confederación compuesta por las naciones de harudes, marcomanos, tribocos, vangiones. nemetes, sedusios y suevos contra César. los alamanes Chonodomario y Vestralpo que se enfrentaron a Juliano o auténticos reyes protagonistas de las gran des oleadas de invasiones como Alarico o Teodorico. Tácito (Germanía,
los sitones de Letonia. Su función principal era la guerra y dirigir los asuntos políticos; para ello se mantenían del excedente creado por la comunidad, aunque su enriqueci miento les venía del sistema de vasallaje con los pueblos vecinos más débi les, a los que robaban o exigían un pago por su protección. Tácito (Germa
recibir dinero como tributo de las poblaciones sometidas -los cotinos y osos a los cuados y los ubios a los suevos-, pero también de los comerciantes y administradores romanos, como forma de soborno para poder desarrollar pacificamente su comercio o tenerlos como aliados. Es paradigmático el ejemplo de jefes como Ariovisto. el marcomano Merobaudes, el querusco Arminio o el bátavo Civilis, reyes de sus respectivos pueblos, sostenidos en un principio por el dinero romano ~ incluso educados en Roma como los dos últimos- y protagonistas posteriormente de la más feroz oposición a su política. Pero su actividad principal era dirigir el ejército, no siendo raro ver compartido este poder por dos o más personajes como en el caso de los
entre los ostrogodos del siglo v. Luchaban acompañados de una comitiva formada por los principales guerreros. pertenecientes también a las familias más notables, unidos al jefe por un pacto de fidelidad, institución (Gefolgs chaft o comitatus) que tiene gran parecido con la devouo celtibérica: «En el campo de batalla es vergonzoso para el jefe verse superado en va lor y vergonzoso para la comitiva no igualar el valor de su jefe. Pero lo infame y deshonroso para toda la vida es haberse retirado de la batalla sobreviviendo al propio jefe; el principal deber de fidelidad consiste en defender a aquél, protegerlo y añadir a su gloria las propias gestas: los jefes luchan por la victo ria; sus compañeros por el jefe» (Tácito, Germanía. 14. Pero fue precisamente esta forma de organización política y militar la que explica en gran parte el fenomeno de las invasiones. al ser la principal "-
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causante de actos de bandidaje y extorsiones, entre sí y contra otros esta dos, por la necesidad de mantener el prestigio del jefe y huir del ocio, mientras los ancianos y mujeres llevaban a cabo las principales labores agrícolas, consideradas por los jóvenes como denigrantes. Al principio se apoderaban sobre todo de las cosechas y de los animales, creando en otros grupos auténticas hambrunas y conformando amplios espacios vacíos en torno a sus asentamientos (César, B. G, VI, 23). Con ello desendadena ron movimientos de poblaciones, con un auténtico efecto "dominó" que podemos considerar una de las principales causas de las grandes penetra
apunta en relación con los grandes movimientos en época del emperador Marco Aurelio: "los bárbaros están siempre dispuestos a ponerse en movi
razón desde el punto de vista de un romano: "Pues los bárbaros son de na turaleza codiciosa y, con desprecio del peligro, por medio de incursiones y saqueos se procuran lo necesario para su subsistencia o negocian la paz a un alto precio". Jordanes (N, 26-27) amplía un poco más la información al considerar como principal causa el aumento de población y la necesidad de tierras que ello comportaba. Aunque en apariencia esto pudiera benefi ciar a Roma, hasta el punto de llevar a Tácito (Germanía, 33, 2) a desear la pervivencia de estos odios y discordias en beneficio de la fortuna de los romanos, y a sus emperadores a apoyar mediante regalos (Zosimo, N, 40) enfrentamientos intertribales -ayudados de partidarios dentro de los mis mos pueblos, como Itálico el sobrino de Arminio o el cuado Furtio aliado de Marco Aurelio o utilizando como federados a pueblos como los francos salios contra otros pueblos-, lo cierto es que este tipo de convulsiones aca baron por llevar a grandes masas de bárbaros a las fronteras. La guerra era, pues, en muchos casos una necesidad que se despren dia de sus propias instituciones --que respondían a su vez a su estructura socioeconómica- y del sistema de relaciones con sus vecinos. Es paradig mático el ejemplo de los catos de la selva Herciniana, quienes al llegar a la adolescencia se dejaban crecer el pelo y la barba y no lo cortaban hasta haber matado su primer enemigo, diferenciándose con este distintivo cla ramente de los cobardes; los más arrojados llevaban un anillo de hierro como consagración al dios de la guerra, del que se despojaban también tras su primera victoria (Tácito, Germania, 31, 1-5). Antes de entrar en combate ensalzaban a su dios de la guerra, con cánticos en los que incluso se podía predecir el resultado de la lucha y que causaban terror al conver tirse en un auténtico griterío, reforzado al colocar los escudos junto a la bo
sar (B. G, l, 50)- de la consulta previa a ciertas mujeres con poderes adivinatorios, acerca del momento ideal para entrar en batalla.
La fuerza principal del ejército era la infantería con picas, escudos y los cuerpos casi desnudos, portadora de estandartes y tan veloces como la ca ballería, razón por la cual siempre actuaban como vanguardia en el com bate. Los jovenes guerreros se agrupaban dentro de la tribu en número de cien por cada poblado o distrito, según la familia y el linaje, y por tribus en caso de confederaciones, llevándoles las madres y esposas el consuelo, la ayuda y el alimento al campo de batalla. Pero a medida que los enfrenta mientos entre sí y con Roma se fueron haciendo más conflictivos, comenza ron a dar cabida en sus formaciones a mercenarios provenientes de otras tribus o pueblos. De este modo se transformó la primitiva organización mi litar y se alejó cada vez más el ejército de los intereses tribales, razón por la cual en muchas ocasiones se producirían escisiones de pueblos. Solían atacar en forma de cuña, de número variable pero que en general respon dería al de una tribu, retrocediendo y avanzando y guardándose siempre de retirar los cuerpos de los caídos, procurando no abandonar bajo ningún concepto el escudo, acto considerado vergonzoso. El hecho de que no tu vieran ciudades en los primeros momentos les hacía desconocedores de lo relativo a la maquinaria de guerra y estrategias de asedio, como se ve en la obra cesariana; pero poco a poco fueron adoptando algunas de las máquinas utilizadas por los romanos, gracias a la existencia en sus ejérci tos de desertores y a la propia experiencia que ciertos bárbaros habían recibido a su paso por el ejército romano o viviendo en centros más allá del limes. De esta manera llegaron a dominar el asalto de los centros urba nos, que abandonaban después del saqueo por considerarlos como tum bas para enterrarse en vida (Amiano, 32, 1, 2). No obstante siempre su fuerza fue la lucha a campo abierto con rápidos ataques, contrastando -se gún Amiano-la estatura, energia muscular, ferocidad, ardor y fuerza de los germanos con la táctica, disciplina, serenidad, cálculo e inteligencia de los romanos en el campo, facultades a veces anuladas por la incapacidad de sus comandantes (M. Todd, 1990,108). La caballería era el cuerpo de élite y, como tal, el encargado de los gol pes efectistas, en los que primaba el ataque rápido y la retirada aún más rá pida -aunque sus caballos no eran especialmente veloces ni bellos- condu ciéndoles en línea recta o con giros a la derecha. Los téncteros eran famosos por su destreza en este arte y los caballos se heredaban entre ellos en el ámbito familiar, junto con sus derechos sucesorios y sus dioses do mésticos, dependiendo del mayor o valor de los descendientes (Tácito, Germanía, 32, 1-2). Ariovisto se enfrentó a César (B. G, l, 48; N, 2) con un ejército compuesto por seis mil caballeros, escoltados por otros tantos in fantes, elegidos de entre los más valientes para que les socorrieran en caso de peligro si caían heridos o muertos; la obra de Tácito nos presenta a los suevos montados en caballos muy resistentes y sin montura, de los que se