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6. San Bernardo, Apología a Guillermo de Saint Thierry (ca. 1121-1124) San Bernardo, cisterciense, escribe esto a requerimiento de Guillermo de Saint Thierry, abad cluniacense y amigo personal, dentro de la polémica que enfrenta a las dos ramas de monjes benedictinos: cluniacenses y cistercienses, surgidos éstos como reacción a un supuesto relajamiento de la Regla por parte de los primeros. Pero detrás está el románico y el uso de un lenguaje figurativo artístico, en el medio cluniacense; el arte cisterciense, con la repulsa de la figuración y la queja contra el empleo de la orfebrería en las iglesias monásticas. Una respuesta directa o indirecta, en Heraclio (texto 35) o Suger (textos 4 y 5) (anuncio del gótico). El sentido del último párrafo (n.2 7) ha sido discutido en diferentes ocasiones. San Bernardo distingue entre lo que corresponde a la iglesia secular (obispos, catedral, iglesias parroquiales) y a los mon- jes. Admite la belleza de la escultura de los claustros, que define magistralmente, y su significado, pero se vuelve contra ella por considerarla impropia de la austeridad monástica. 1. Migne P.L., t. 182, cols. 914-916; San Bernardo, Obras completas, TI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1955, Apolo- gía a Guillermo de Saint Thierry, cap. XIL pp. 824 a 854, 6.3. SAN BERNARDO 57 6.1. Dejo a un lado las inmensas alturas de los oratorios, las desmesuradas longitudes, las anchuras innecesarias, las sun- tuosas decoraciones, las curiosas pinturas, que hacen volver la mirada de los orantes e impiden su devoción, y para mí, en cierta manera, representan el antiguo rito de los judíos. Pero puede que se haga esto en honor de Dios. Sin embargo, pregunto yo, monje, a vosotros, monjes, lo que un pagano censuraba a los paganos: «Decid (dijo aquél), sacerdotes, ¿qué hace el oro en los santuarios?» Del mismo modo, digo: Decid, pobres, si a pesar de todo sois pobres, ¿qué hace el oro en el santuario? 6.2. Cierto es que unos son los motivos de los obispos y otros los de los monjes. Sabemos, pues, que aquéllos debiéndose a los sabios y a los ignorantes, excitan a la devoción del pueblo carnal, con adornos materiales, porque no pueden con los del espíritu, Pero nosotros que nos hemos separado del pue- blo, que por Cristo hemos abandonado todo lo precioso y agradable del mundo, que hemos considerado como basura, para ganar a Cristo, todo lo que luce hermoso, halaga con sonidos, huele suavemente, sabe con dulzura, agrada al tacto, en fin, todos los deleites corporales, ¿con estas cosas, pre- gunto, pretendemos excitar a la devoción? ¿Qué fruto, in- quiero, exigimos de estas cosas: la admiración de los tontos y la satistacción de los simples? 6.3. ¿Acaso después de que nos mezclamos con las gentes, tal vez nos inclinamos hacia sus obras y aún servimos a sus ídolos? Y para hablarlo abiertamente, ¿acaso la avaricia no hace todo esto que está al servicio de los ídolos? No pedi- mos el provecho, sino el donativo, Si buscas de qué modo, digo, de esta admirable manera, De tal forma que se gasta el dinero con una cierta habilidad, para que se multiplique; se gasta para que aumente, y el derroche hace nacer riqueza. Como que por la vista de las cosas suntuosas, pero de prodi- giosa vanidad, tienden más los hombres a la ofrenda que a la oración. Así las riquezas se atraen con riquezas, así el dinero arrastra dinero: porque, no sé cómo, donde se pone de ma- 58 IA. TEXTOS TEÓRICOS, ESTÉTICOS, SIMBÓLICOS nifiesto mayor cantidad de riquezas, allí se ofrece con mayor agrado. 6.4. Ante reliquias cubiertas de oro se agrandan Jos ojos y se abren las bolsas. Se muestra la hermosa figura de un santo o una santa y se cree más sagrada, cuanto más coloreada. Corren los hombres a besarla y se les invita a dar; y más se admira la belleza, que se venera la santidad. En las iglesias se colocan no sólo coronas gemadas, sino ruedas circundadas de lámparas y no menos fulgentes por las piedras insertadas en ellas. Y distinguimos en vez de los candelabros, una espe- cie de elevados árboles fabricados de pesado metal y con obra de admirable artificio, no más brillantes por las luces que llevan, que por sus piedras preciosas, ¿Qué crees que se bus- ca con esto, la compunción de los penitentes o la admiración de los espectadores? ¡Oh vanidad de vanidades, más loca que vanidosa! 6.5. La iglesia refulge en sus muros y está necesitada en sus pobres. Viste sus piedras con oro y deja desnudos a sus hijos. Con los gastos de los indigentes se sirve a los ojos de los ri- cos. Vienen los curiosos para deleitarse, y no vienen los mi- serables para ser sustentados. 6.6. ¿Cómo no respstamos al menos las imágenes de los san- tos, de las que generalmente está lleno el mismo pavimento que pisoteamos con los pies? A menudo se escupe en la boca de un ángel, a menudo se golpea con los zapatos de los tran- seúntes las caras de algunos santos. Y si no se ahorra en estas imágenes sagradas, ¿por qué no se hace en los hermosos co- lores? ¿Por qué adornas lo que ha de ser inmediatamente manchado? ¿Por qué pintas lo que ha de ser necesariamente pisoteado? ¿De qué sirven allí las formas bellas, donde son manchadas a menudo con el polvo? Por fin, ¿de qué sirven estas cosas a los pobres, a los monjes, a los hombres espiri- tuales? A no ser que por casualidad en esta ocasión se res- ponda al verso ya citado del poeta con el profético: «Señor, amé el adorno de tu casa, y el lugar de residencia de tu gloria» 7. SAN BERNARDO 59 (Salmo XXV, 8). Asiento: consintamos que se hagan estas cosas en la iglesia: porque aunque son faltas en los vanos y los avaros, no lo son en sencillos y devotos. 6.7. Y además, entre los hermanos que leen en los claustros, ¿qué hace la ridícula monstruosidad, una cierta admirable belleza deforme y una deformidad bella? ¿Qué hacen, pues, los monos, inmundos, qué los fieros leones, qué los mons- truosos centauros, qué los semihombres, qué los manchados tigres, qué los soldados luchadores, qué los cazadores trom- peteros? Ves bajo una cabeza muchos cuerpos; y sobre un cuerpo muchas cabezas. Se distingue aquí en un cuadrúpedo la cola de una serpiente, allí en un pez la cabeza de un cua- drúpedo. En un lugar, una bestia que es caballo por delante, mitad cabra por detrás; en otro, un animal cornudo, que es caballo en su parte superior. En una palabra, tanta y tan admirable variedad de formas diversas aparece por todas par- tes, que agrada más leer en los mármoles que en los códices, y ocupar todo el día admirando estas cosas singulares, que meditando en la ley de Dios. ¡Por Dios!, si no se avergijenzan de estas tonterías, ¿por qué, al menos, no se arrepienten de los gastos?