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LECTURA, Apuntes de Relaciones Laborales y Recursos Humanos

Asignatura: Teoria RRLL, Profesor: , Carrera: Relaciones Laborales, Universidad: UJAEN

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 29/03/2017

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/ A, Té AL-Lla CARPETA Configuración y crisis del mito del trabajo José MANUEL NAREDO MICHEL BOURQUET Por lo común se olvida que la noción actual de trabajo no es una cate- goría antropológica ni, menos aún, un invariante de la naturaleza huma- na. Se trata, por el contrario, de una categoría profundamente histórica. El trabajo, como categoría homogénea, se afianzó allá por el siglo XVIII junto con la noción unificada de riqueza, de producción y la propia idea de sistema económico, para dar lugar a una disciplina nueva: la econo- mía. La razón productivista del trabajo surgió y evolucionó, así, junto con el aparato conceptual de la ciencia económica. En lo que sigue se pasará revista a esta evolución revelando la conexión entre ciencia, ideología y sociedad o, también, entre el lenguaje científico y el lenguaje ordinario, que reviste particular importancia en las ciencias sociales. Antes de que se inventara el trabajo Las llamadas “sociedades primitivas” ofrecen un primer ejemplo de so- ciedades no estructuradas por el trabajo. La antropología” aporta” hoy abundantes materiales! que muestran que en estas sociedades la noción de trabajo no tiene ni el soporte conceptual mi la incidencia social que hoy Uiene en la nuestra. En primer lugar, se observa que su lenguaje carece de 13 Rar Avolecgiebajo, doy? Al Astipiélaro, deo/ NOTAS 1. Vid. los miuteriales referenciados por D. Méd lerr em vie de disparicion. París, Aubuer. 1995. Le travail, Une va Archipiélago / 48 CARPETA un término que pueda identificarse con la noción actual de trabajo: o bien cuentan con palabras con significado más restringido (que designa activi- dades concretas) o mucho más amplio (que puede englobar hasta la acti- tud pensante o meditabunda del chamán). No existe en ellas una distin- ción clara entre actividades que se suponen productivas y el resto. Como tampoco conciben una relación precisa entre las actividades individuales _que conllevan aprovisionamiento o esfuerzo y sus contrapartidas utilita- rias o retributivas, habida cuenta de que entre ambos extremos se interponen relaciones de redistribución y reciprocidad ajenas a dichas ac- tividades. Por otra parte, las actividades directamente relacionadas con el aprovisionamiento y la subsistencia ocupaban en estas sociedades un tiempo muy inferior a la jornada laboral actual?. Lo que indujo a Marshall Sahlins a hablar de “Edad de Piedra, Edad de abundancia” (como reza el título de la traducción española de un libro suyo”) para resaltar que “la es- casez no es una propiedad intrínseca de los medios técnicos, sino que su percepción nace de relacionar medios con fines” y que los medios técnicos de que disponían las “sociedades primitivas” les permitían cubrir con mu- cha más holgura sus fines de lo que ocurre en las sociedades “tecnológicas” de hoy día, estando por lo tanto aquéllas más cerca de la abundancia que éstasí. Ello se debe sobre todo a que en las sociedades cazadoras y recolec- toras no existía el afán de acumular riquezas o excedentes que se observa en la nuestra: para ellas los stocks de riquezas estaban en la naturaleza y no tenía sentido acumularlos, ni era posible acarrearlos. La acumulación em- pezó a tomar cuerpo en forma de trofeos (y, muy particularmente, de es- clavos) que acreditaban las hazañas militares y, con ello, el prestigio social de los antiguos jefes de bandas de caza. Surgió así el desprecio que el tem- peramento aristocrático otorga a las tareas rutinarias más comunes ten- dentes a asegurar la intendencia diaria, tareas que fueron quedando a car- go de mujeres o esclavos. Tras el largo paréntesis del neolítico, las sociedades con Estado aca- baron afianzando y extendiendo la forma de proceder antes apuntada tendente a segregar actividades y personas serviles. Entre éstas la Grecia clásica ofrece otro ejemplo de sociedad no estructurada por el trabajo de especial interés para nuestros efectos. Tampoco existía en ella una pala- bra equivalente a la noción actual de trabajo. La palabra pónos servía para designar una actividad penosa, pero no establecía una correspondencia biunívoca con la obra (érgon), ni podía englobar el listado tan variopinto de actividades que abarca la noción actual de trabajo, como si de algo homogéneo se tratara. Tampoco existía otra palabra para designar ese otro conjunto homogéneo que actualmente vincula tareas relacionadas con la obtención y el abastecimiento de bienes y servicios a la realización personal y la relación social. Existía una visión atomizada de las acrivida- des, las cuales suscitaban valoraciones sociales di ntas. Pero no era tan- to la manualidad o el esfuerzo exigido por las actividades lo que hacía calificarlas de serviles o degradantes, sino el carácter dependiente de quienes las practicaban. Se consideraban actividades libres aquellas que Ari Inprélago 1 18 14 NOTAS 2. Lo acredita la documentación manejada por M. Sahlins, Stone age of economics, Nueva York, 1972 (trad: Madrid, Akal, 1983) y por otros autores citados en J.M. Nare- do, La economía en evolución. His- toria y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico, Madrid, Siglo XXI, 1996? (ed. ac- tualizada), y D. Méda, op. cis. 3. M. Sahlins, op. cit. 4. No intento con esto decir que en las sociedades primitivas “se viviera mejor (ni peor) que ahora”, abrien- do una polémica que estaría viciada de antemano por el empeño de re- ducir a un único baremo o juicio (“mejor” o “peor”) situaciones tan diferentes que se resisten a tal sim- plificación. 5. Hemos de recordar que “la mayo- ría de las sociedades esclavistas posee un vocabulario amplio que cubre di- versas condiciones de servidumbre que ya no tienen equivalente en nuestras lenguas y que reflejamos uniformemente por “esclavo” (C. Meillassoux, Antbropologie de Vescla- vage, París, PUF, 1988; trad. Anrro- pología de la esclavitud, México, glo XXI, 1990). Hoy solemos consi- derar la “esclavitud” como una cate- goría homogénea de dependencia que acostumbramos a anteponer a aquella otra del “trabajo asalariado”. Se ignora, por ejemplo, que había personas libres que se esclavizaban volurmriamente con ánimo de me- jorar su situación, al ponerse al servi- cio de “amos” ricos, cultos e influ- yentes esperando participar en algu- na medida de su poder, riqueza, pro- rección, exc. (por ejemplo, muchos administradores del Imperio roma- —m eran esclavos del emperador). Por otra parte, en las sociedades precapi- talistas la esclavitud no fue una rela- ción tan generalizada y determinan- 1e como comúnmente se piensa: in- cluso en el agro de la Roma Imperial los campesinos libres olian predo- minar sobre los esclavos. 6. Ref. P. Veyne, “El Imperio roma- no: “Los esclavos: Trabajo" y des- canso”, en P. Aríés y G. Duby (dirs.) Historia de la vida privada. Imperio romano y Ansigiiedad wardia, Madrid, Faura. vol. E 1991 7 Cfr Vo Verne. shudlem CARPETA mente deseable, máxime cuando se propugnaba el desapego hacia los bienes terrenales. Tampoco existía en la Edad Media una visión unifica- da de las actividades que hoy llamamos productivas*. Los planteamien- tos indicados se plasmaron también en el progresivo aumento de las fies- tas religiosas, que llegaron a ocupar cerca de la mitad de los días del año en muchos de los pueblos de la Europa cristiana medieval: existen evi- dencias que muestran que incluso en las comunidades más atrasadas de Europa Central se celebraban 182 fiestas al año?. Debe de mover a refle- xión la paradoja de que los calendarios laborales de los países de la Unión Europea ofrecen hoy un número de días de fiesta muy inferior. Si tomamos como festivos todos los sábados y domingos del año y un mes de vacaciones (22 días laborables) tenemos un total de 126 días feriados, a los que hay que añadir las fiestas singulares de cada país. Curiosamen- te éstas sólo son 8 días al año en los países originariamente más domi- nados por el protestantismo y el calvinismo, mientras que todavía son 14 días en las más católicas España, Bélgica e Italia, totalizando así entre 132 y 140 días de fiesta. El cristianismo contribuyó más adelante a facilitar el recorte de las fiestas!0, al proponer una creciente veneración del trabajo, que se fue im- poniendo junto al predominio del capitalismo. La búsqueda de la salva- ción por el trabajo u otras prácticas ascéticas y mortificadoras utilizadas por ciertas órdenes monásticas medievales (recordemos, por ejemplo, la regla “ora et labora”, de san Benito) fue recomada después por Lutero y Calvino, por contraposición al cristianismo de los primeros tiempos, cu- yas posiciones respecto al trabajo no diferían de las de los griegos y los romanos. El capitalismo naciente vio con buenos ojos las alabanzas a la vida “ordenada” por el trabajo y la regimentación monástica y militar. El toque de las campanas en los monasterios y de las trompetas en los cam- pamentos y cuarteles pronto se vería imitado por la sirena de las fábricas para que, por primera vez en la historia, los hombres se levantaran al uní- sono, como dirigidos por un jefe invisible, para someterse a través del re- loj al ritmo prefijado del proceso económico. En el siglo XVI, a la vez que las campanas de los relojes empezaron a sonar periódicamente, el trabajo se erigía en valor supremo al que debía plegarse la existencia del hombre. Se trataba de un trabajo abstracto y homogéneo, medible en unidades de tiempo, cuyo ritmo no debía perturbarse. El gran número de días fest vos entonces existente empezó a parecer una desgracia: el despilfarro de un tiempo robado al trabajo. Así, se identificó trabajo con actividad y se atribuyó al ocio un carácter meramente pasivo y parasitario, torciendo el significado antiguo de esta palabra, que se refería también a un ocio acti- vo y creador: se pensaba que la simple actitud contemplativa permitía impulsar la actividad del pensamiento en todas sus manifestaciones, - mientras que el trabajo penoso acostumbraba a frenarla. En suma, se acabó imponiendo el nuevo evangelio del trabajo, según el cual se podía servir a Dios trabajando, al 1 ado, e incluso al individuo mismo. La eli- minación de estas festividades religiosas refleja el sostenido afán de evitar Andupiélago 1-18 16 NOTAS 8. Vid. J.M. Naredo, op. cit., 1996. 9. Cfr. L. Mumford, El mito de la ; máquina, Buenos Aires, Emecé, 1969. 10. Desde el punto de vista de los hechos, la antigua escalada festivo- religiosa se truncó al menos desde mediados del siglo XVI. Con la bula del papa Urbano VIIL, Uni- versa per orbe (1642), se produjo la primera reducción significativa de - Las fiestas de precepto, a la que se- guirían otras muchas. Una de las últimas fue la que eliminó en nues- tro país, en 1977, las fiestas de la Asunción y de san Pedro y san Pa- blo, que motivó un artículo mío sobre la “necrología de las fiestas” en Cuadernos para el diálogo (“El trabajo es un castigo: una necrolo- gía de las fiestas”, 26 de marzo de 1977). 11. Real Academia de la Lengua Española, Diccionario de la lengua castellana, Madrid, Imprenta Eran- cisco del Hierro. 1726. JOSÉ MANUEL NAREDO interrupciones “estériles” en el tiempo de trabajo, unido a la seculariza- ción progresiva de la sociedad. Aunque estos recortes de fiestas religiosas se suplieron, en parte, con la aparición de nuevas festividades y celebra- ciones civiles, el saldo neto fue obviamente negativo, como evidencian los 130-140 días feriados (incluidas vacaciones) que observan los calen- - darios laborales de los países de la Unión Europea, muy inferiores a los del calendario cristiano medieval. El nacimiento de la razón productivista del trabajo La noción actual de trabajo se fue fraguando por los caminos esboza- dos en el apartado anterior, pero fue hace dos siglos cuando se consolidó como algo homogéneo, junto con ras categorías moderna ic Las no trabajo se reforzaron mutuamente, al presentarse como medios de abaste- cer el crecimiento de la población y su consumo, y se les otorgó un senti- do utilitario que permitía identificarlas con un avance inequívoco hacia la felicidad y el progreso. Hasta el siglo XVII! no surge la economía como rama de conocimiento autónoma y pretendidamente científica. Prueba de ello es que la palabra “economía” no aparece todavía, en su acepción moderna, en el primer Diccionario de la lengua castellana de 1726 de la Real Academia de la Lengua Española!!. La misma palabra “economía” significaba todavía, de acuerdo con su etimología griega originaria, el conjunto de reglas oportunas para el buen orden de la casa. Tampoco fi- guran en esta fuente las acepciones hoy habituales de las palabras “pro- ducción”, “consumo”... o “empresario”. Sin embargo, la palabra “traba- jo” figuraba ya, en la primera acepción del Diccionario de 1726, como “ejercicio u ocupación en alguna obra o ministerio” (indicando que “vie- ne del latín tripalium, que significa “lugar de tormento”) y, en su cuarta acepción, se identificaba con opus, al precisar que el término “trabajo” también “se toma por la misma obra trabajada”. Así, aunque en las tres acepciones restantes se identifica con “penalidad”, “tormento”, “dificul- tad”, etc. e incluso con “prisión” y “confinamiento en galeras”, la realidad es que la palabra “trabajo” había alcanzado ya su significado genérico ac- tual antes que las otras constitutivas de la idea actual de sistema econó- mico. Entre las cuales destaca la noción de producción, en la cual enrai- zaría la justificación productivista del trabajo. Podrían resumirse del siguiente modo las líneas maestras del contexto que hizo prosperar esta razón productivista. En primer lugar, se tuvo que extender entre la población un afín continuo e indefinido de acumular ri- quezas, a la vez que se levantaba el veto moral que antes pesaba sobre el mismo. En segundo lugar, hubo de observarse un desplazamiento en la propia noción de riqueza hacia una visión unificada y mpnetaria «de la misma que posibilitara tal acumulación. En tercer lugar, hizo falta que el hombre se creyera capaz de producir riquezas. Y, por último, que se postu- Lira que el trabajo era el mstramento básico de esa producción de riquezas. ea de sistema económico. Las nociones de producción y de “Se extendió entre la población un afán contínuo de acumular riquezas, a la vez que se levantaba el veto moral que antes pesaba sobre el mismo” Arclupiélago 1-48 JOSÉ MANUEL NAREDO También interesa resaltar el cambio de actitud frente a las innovacio- nes ahorradoras de trabajo entre la antigiedad y la modernidad que inaugura la obra de Smith antes citada. Para ello propondremos primero unos versos en los que Antipater de Tesalónica, contemporáneo de Cice- rón, cantaba a los nuevos molinos de agua, que sustituían los trabajos de molienda (generalmente realizados al alba por mujeres armadas de ma- zos de madera y cuencos o “molinos” de piedra): “Dejad de moler, ¡oh! vosotras, mujeres que os esforzáis en el molino; dormid hasta más tarde, aunque los cantos de los gallos anuncien el alba. Pues Deméter ordenó a las ninfas que hagan la tarea de vuestras manos y ellas, saltando a lo alto de la rueda, hacen girar su eje, que con sus rayos mueve las pesadas y cóncavas muelas de Nisiria. Gustemos nuevamente de la vida primitiva aprendiendo a regalarnos con los productos de Deméter sin esfuerzo”!4. Bien distinta es ya la actitud de Adam Smith frente a las ventajas que su- pone la división del trabajo, que ilustra con el ejemplo de la fábrica de alfileres: no se congratula del enorme ahorro de trabajo que permitiría esta división de tareas para obtener una misma cantidad de alfileres, sino del “considerable aumento que un mismo número de manos puede pro- ducir en la cantidad de obra”!5. Lo que apunta el devenir de los aconte- cimientos que nos ha llevado a la presente situación: los inventos aho- rradores de trabajo, en vez de aprovecharse para liberar a las personas de tareas penosas sin merma de sus posibilidades de vida, reduciendo el ca- lendario laboral a la mínima expresión, han servido para aumentar el producto y para acentuar la dicotomía entre trabajo y paro. La crisis todavía no asumida de la razón productivista del trabajo y sus consecuencias Así las cosas, con los economistas llamados “neoclásicos” de finales del siglo XIX se apunta un nuevo desplazamiento conceptual del que to- davía, a mi juicio, no se han extraído todas sus consecuencias sobre la razón productivista del trabajo. El desplazamiento vino dado por la he- gemonía de un nuevo factor de producción: el Capital. Considerado inicialmente como un útil colaborador de la Tierra y del Trabajo en las tareas productivas, pasó luego a eclipsarlos, al postular estos autores que, en última instancia, Tierra y Trabajo eran sustituibles por Capital, que aparecía así como el factor limitativo último del proceso de produc- ción de riqueza. La hipótesis de la perfecta sustituibilidad de los factores de produc- ción permitió rematar el cierre conceptual de la noción de sistema eco- nómico en el universo de los valores pecuniarios, haciéndolo ganar en simplicidad y en coherencia lógica. Pero, a la vez, lo aisló de los aspectos físicos, sociales¿e institucionales en los-que se-enmarcaba obligadamente--::-- su funcionamiento. Una vez cortado el cordón umbilical que unía origi- nariamente lo económico a las dimensiones físicas y humanas, una vez dido” a indicado que producir era simplemente obtener un “valor a 19 “La precarización” laboral nos conduce hacia un panorama social distante de esa sociedad de individuos libres de la que nos habla la utopía liberal” ArIupuélago / 48 CARPETA base de revender con beneficio, la preocupación social fue derivando desde la producción de la riqueza hacia la adquisición de la misma. Y la contrapartida expresable en términos monetarios (generalmente en for- ma de salario) se erigió en el único criterio delimitatorio que señalaba la frontera entre aquellas actividades que se consideraban trabajo y aquellas que no entraban en esta designación. Así, por ejemplo, las tareas de las “amas de casa” no se. consideran trabajo (ni producción, ni renta, ni con- sumo), pero las del “servicio doméstico” sí. Sin embargo, la actividad (asalariada) de los funcionarios es considerada trabajo y fuente de pro- ducción (y consumo) de servicios (imputados), aunque no estén destina- dos a la venta. Lo mismo que la actividad remunerada de los deportistas profesionales se considera trabajo, pero no la de los amateurs, aunque ambas reclamen esfuerzos similares. De ahí que las actividades que la economía estándar engloba bajo la denominación de trabajo (es decir, las que se realizan para obtener una contrapartida monetaria o monetizable y no por el afán mismo de realizarlas) coincidan con aquellas que los an- tiguos griegos y romanos consideraban impropias de personas libres, como lo confirma el significado originario de los términos que hoy sé emplean para designarlo (tripalium, douleía, erc.). Actividades que el cre- ciente proceso de mercantilización y salarización desatado por el capita- lismo se encarga de extender por todo el cuerpo social. En el terreno de los hechos, la en otro tiempo tan ponderada “produc- ción material” fue quedando relegada a la “periferia tercermundista”, mientras las metrópolis del capitalismo compran preferentemente pro- ductos o piezas a ensamblar. La tarea de estas últimas ya no se centra tan- to en la producción y exportación de manufacturas como en la venta de “servicios” y en el comercio de activos patrimoniales, equilibrando sus balanzas de pagos con las entradas de capital a corto y el funcionamiento del mercado financiero. Los “cuellos azules” no sólo fueron dando paso a los “cuellos blancos”, sino que éstos mismos se fueron reconvirtiendo ha- cia las necesidades que imponía el manejo informatizado de la gestión y las finanzas e invirtiendo cada vez más esfuerzos en la llamada “lucha por la competitividad”. En suma, el peso creciente del mundo financiero, de la información, la comercialización y la gestión orientadas hacia la adqui- NOTAS 16. E. Fromm, Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, México, FCE, 1979. 17. T. Veblen, The theory of leisure class. An economic study of institu- tions, Mac Millan co., 1899 (trad.: México, FCE, 1995). sición de riqueza se mantiene a la sombra de la idea smithiana de sistema económico centrado en la producción de mercancías, la frugalidad y el trabajo, idea que todavía perdura como paradigma interpretativo apoya- do no tanto en su escasa capacidad explicativa de la riqueza de las nacio- nes o de las personas, como en su función justificatoria de las relaciones de dominación que se ejercen, en buena parte, mediante la noción usual de trabajo. Como consecuencia de lo anterior, fue perdiendo apoyo la antigua ra- zón productivista del trabajo, que se mantuvo no:sólo por inercia confor- mista o por otras reminiscencias físico-utilitarias que todavía impregnan al agregado del “Producto Nacional” y a la propia noción de productivi- dad, sino porque la configuración de nuestras sociedades le OLOrgÓ nuevo Arclupiélago 1-48 20 CARPETA posibilidad de hacerles frente, tenemos que, al decir de Illich'8, el homo economicus ha hecho las veces de eslabón intermedio en la transfigura- ción de la naturaleza humana desde el homo sapiens hacia el homo misera- bilis. La racionalidad parcelaria desplegada trajo consigo la irracionalidad global así como la paradoja de que la economía, en vez de combatir la es- casez, favorece los procesos que se encargan de agravarla y extenderla por el mundo. Escasez que no sólo alcanza a los “bienes” y al dinero u otros tipos de “activos”, ¡sino hasta al propio trabajo que ofrece a la mayoría de la población la llave de los ingresos con los que competir en la carrera del consumo! Lo que hace que los individuos estén dispuestos a inmolar su vida al trabajo (penoso y dependiente) con más ahínco que antes. A la vez se acentúan la jerarquía y la dominación dentro del propio mundo "del trabajo, al promover y privilegiar constantemente las tareas más vin- culadas a la adquisición de la riqueza que a la producción (material) de la misma. Así, la máquina no ha conseguido eliminar las servidumbres del trabajo, sino que éste sigue siendo una fuente importante de crispación que alcanza tanto a los parados, como a los ocupados, y hasta a la llama- da por Veblen “clase ociosa”, cada vez más embarcada en la carrera de la “competitividad” y esclavizada por insaciables afanes de acumular poder y dinero. Por otra parte, al mismo tiempo que se habla de “globalización” eco- nómico-financiera, el aumento del paro y de la “precarización” del traba- jo nos conduce hacia un panorama social crecientemente segmentado y distante de esa sociedad de individuos libres e iguales de la que nos habla la utopía liberal. En efecto, además de la división entre parados y ocupa- dos, se amplía un abanico de retribuciones que varían en sentido inverso a la penosidad del propio trabajo. Por las razones antes apuntadas, el ca- pitalismo perpetúa la situación observada en las sociedades jerárquicas anteriores, donde quienes realizan las tareas más duras y degradantes son los que reciben menores retribuciones!?. Hecho que las teorías del “capi- tal humano” tratan de justificar mediante razonamientos tautológicos dentro del propio campo del valor (monetario). A la vez, tales teorías ig- noran la incoherencia que, en el sistema capitalista, supone que los urili- zadores de ese “capital (humano)” no se preocupen de conservarlo, sino sólo de explotarlo. Lo cual denota que los enfoques del “capital humano” se adaptan mejor a un sistema esclavista, en el que la amortización del es- clavo figura entre los cálculos del amo, que a un sistema compuesto de individuos teóricamente libres, que, de hecho, se ven envueltos en rela- ciones de explotación sin que sus explotadores se ocupen ni siquiera de asegurar su subsistencia. Por último quiero subrayar que los mecanismos y afanes de acumula- ción pecuniaria desatados con el capitalismo no sólo influyeron sobre el mundo del trabajo, de la salarización y el paro, sirio también sobre el llamado “tiempo libre”, que aparece invadido por 15 que Ivan Illich ha llamado el “trabajo sombra” (shadow work)?". En efecto, tanto las admi- nistraciones públi s como las empresas obligan cada vez más a los in- Archnpiélago l 48 NOTAS 18. L Illich, “Needs”, en W. Sachs (ed.), The development dictionnary: a guide to knowledge as power, Lon- dies, New Jersey, Zed Books, 1992. 19. Tendencia ésta relacionada con la denominada “Regla del notario”. Cf. JM. Naredo y A. Valero (dirs), Desarrollo económico y dere- rioro ecológico, Madrid, Fundación Argentaria y Visor, 1999. 20. 1. Illich, Shadow work, Boston, Marion Boyards Inc., 1981. e” gestiones, etc.). De esta manera la parte de "tiempo libre” destinada a ac- tividades gratificantes o al simple reposo se ve cada vez más recortada sin que haya apenas protestas organizadas que frenen esta tendencia. Perspectivas Las perspectivas que ofrece la encrucijada actual están plagadas de in- certidumbre, pero en términos generales han de oscilar entre los dos ex- tremos o Por mado, el de una situación en la que se sigan dando nuevas vueltas de tuerca al aumento conjunto del paro y del tra- _ bajó compulsivo, de la competitividad, la insolidaridad y la segmenta- ción social. Situación consustancial a una sociedad que permanecería prisionera de la mitología del trabajo y de las ideas que la envuelven, siendo incapaz de reaccionar para poner coto a las tendencias menciona- das, y :de un movimiento sindical limitado a discutir las retribuciones de los asalariados y a pedir las peras del pleno empleo asalariado al olmo de la presente sociedad capitalista" O bien , por el otro, el de una situación en la que se practique una reducción consciente del dominio de la pro- ducción inercantil y del trabajo asalariado en favor de actividades más li- bremente creativas, ya sean individuales o cooperativas. Y, al mismo tiempo, , en la que se redistribuya y reorganice el propio campo del traba- jo asalariado, a fin de evitar la actual dicotomía entre el paro y el trabajo compulsivo y de corregir la creciente asimetría entre la retribución y la penosidad del trabajo, y en la que se revise críticamente la propia noción de “tiempo libre”, para defenderla de las servidumbres del “trabajo som- ión ques sería consustancial con una socie- ducción, con todas sus den y con un “movimiento sindical' que haya sabido ver más allá de la noción de trabajo, para abrir su reflexión y su reivindicación en los sentidos arriba mencionados. En suma, reflexionar sobre las causas profundas de nuestros males y, en el caso que nos ocupa, sobre los presupuestos ideológicos que orientan espontáneamente nuestro modo de percibir y de aceptar todo lo tocante al trabajo es el primer paso para superarlos. Esperemos que el presente desbroce contribuya en alguna medida a ello. * El presente texto reclabora las reflexiones de José Manuel Naredo que, con este mismo título, vicron la luz en el libro de varios autores ¿Qué crisis? Retos y tramformaciones de la sociedad del trabajo. San Sebastián, Gakoa Libros, Tercera Prensa, 1999. José Manuel Naredo ha publicado recientemente en la editorial Anagrama Por una oposición que se oponga. Es autor también de La economia en evolución, Madrid. Siglo XXI, 1987 (1996, 2* ed. ac- tualizada), libro ampliamerite comentado en el n* 8 de Archipi Del mismo autor en Afehipiélago destacamos: “Sobre la función mixtíficadora del pensamiento económico dominante” (n* 33). “Sobre el "pensamiento único” (n" 29). “Las paradojas del automó- desde el punto de vista del usuario” (n* 18-19, en colaboración con Exa L Sánchez Ortiz), y "Ópera bula de uempo de ena lesbozo de libreto)” (o 16) vil. Las cuentas del automó 23 Archipiélago 1-18