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52 Actos de significado determinada de lo que constituye la realidad. Son significados culturales que guían y controlan nuestros actos individuales. 1110 Puesto que lo que propongo es que la psicología popular debe estar en la base de cualquier psicología cultural, me voy a permitir, en calidad de «observador participante», seleccionar algunos componentes fundamenta- les de nuestra psicología popular para ilustrar mis propias ideas. Quiero subrayar que se trata simplemente de componentes, es decir: las creencias O premisas elementales que forman parte de las narraciones sobre situacio- nes humanas de que consta la psicología popular. Por ejemplo, es obvio que una premisa de nuestra psicología popular es que la gente tiene creen- cias y deseos: creemos que el mundo está organizado de determinada manera, que queremos determinadas cosas, que algunas cosas importan más que otras, etc. Creemos (o «sabemos») que la gente tiene creencias no sólo sobre el presente sino también sobre el pasado y el futuro, creencias que nos ponen en relación con el tiempo concebido de una determinada Inanera: nuestra manera, no la de los talensi de Fortes o los samoanos de Mead. Crcemos, también, que nuestras creencias deben mantener algún tipo de coherencia, que la gente no debe creer (o querer) cosas aparente- mente incompatibles, aunque el principio de coherencia sea ligeramente confuso. Ciertamente, también creemos que las creencias y deseos de la gente llegan a ser lo suficientemente coherentes y bien organizados como para merecer el nombre de «compromisos» o «formas de vida», y esas coherencias se consideran como «disposiciones» que caracterizan a las personas: una mujer leal, un padre dedicado, un amigo fiel. El concepto de persona es en sí mismo un componente de nuestra psicología popular y, como señala Charles Taylor, se atribuye de forma selectiva, y a menudo se les niega a quienes forman parte de un grupo distinto del nuestro.? Hay que tener en cuenta que las narraciones se construyen sólo cuando las cre- encias constitutivas de la psicología popular se violan, cuestión sobre la que voy a tener ocasión de extenderme más adelante. La menciono aquí para llamar la atención del lector sobre el carácter canónico de la psicolo- gía Popular: el hecho de que no se limita a resumir cómo son las cosas sino también (muchas veces de forma implícita) cómo deberían ser, Cuan- _La psicología popular como Instrumento de la cultura 53 $ «son como deben ser», las narraciones de la psicología popu- son innecesarias. La psicología popular también postula la existencia de un mundo fuera osotros que modifica la expresión de nuestros deseos y creencias. Este do es el contexto en el que se sitúan nuestros actos, y el estado en que wentre el mundo puede proporcionar razones para nuestros deseos y neias; como Hillary, que escaló el Everest porque estaba ahí, por ler un ejemplo extremo de cómo la oferta puede crear la demanda. Pero emos también que los deseos pueden llevarnos a encontrar significados textos en los que otros no encontrarían ninguno. Resulta idiosincrá- pero explicable, el que algunas personas disfruten atravesando el a pie o el Atlántico en barca. Esta relación recíproca entre los esta- percibimos en el mundo y nuestros propios deseos, según la cual se afectan mutuamente, crea un sutil dramatismo en torno a la humana, que también informa la estructura narrativa de la psicolo- opular. Cuando se ve a alguien creyendo, deseando o actuando de una sra tal que no parece tener en cuenta el estado del mundo, realizando oto verdaderamente gratuito, se le considera un demente desde el pun- vista de la psicología popular, a menos que pueda efectuarse una ¡icción narrativa de él como agente en la que aparezca como vícti- e algún conflicto atenuante o de circunstancias sumamente adversas. econstrucción de este tipo puede efectuarse en la vida real mediante idagaciones de un proceso judicial o puede dar lugar, en la ficción. a úuna novela (como sucede en Los Sótanos del Vaticano de André 10 Pero la psicología popular deja sitio a estas reconstrucciones: «la dad es más extraña que la ficción». Por consiguiente, en la psicología lar se da por supuesto que la gente posee un conocimiento del mundo idopta la forma de creencias, y se supone que todo el mundo utiliza conocimiento del mundo a la hora de llevar a cabo cualquier programa deseos o acciones. La división entre un mundo «interior» de experiencia y un mundo pxterior», que es autónomo respecto a la experiencia, crea tres dominios, uno de los cuales requiere una forma distinta de interpretación.!! El lero es un dominio que se encuentra bajo el control de nuestros pro- s estados intencionales: un dominio en el que el Yo como agente opera nh conocimiento del mundo y con deseos que se expresan de una manera ¡gruente con el contexto y las creencias. El tercer tipo de acontecimien- se produce «desde fuera», de una manera que escapa a nuestro control. 54 Actos de significado Es el dominio de la «naturaleza». En el primer dominio, somos de alguna manera «responsables» del curso de los acontecimientos, mientras que en el tercero no lo somos. Existe una segunda clase de acontecimientos que es problemática; comprende una mezcla indeterminada de la primera y de la tercera, y requiere una forma más elaborada de interpretación para poder distribuir adecuadamente la parte de responsabilidad que corresponde al agente indi- vidual y la que corresponde a la «naturaleza». Si la psicología popular encarna los principios interpretativos del primer dominio; y una «física cum biología», los del tercero; el segundo se suele considerar gobernado ya sea por alguna forma de magia o, en la cultura occidental contemporá- nea, por el cientificismo de la psicología fisicalista y reduccionista o de la Inteligencia Artificial. Cuando el antropólogo regaló a los navegantes puluwat un compás (objeto que les pareció interesante pero que rechaza- ron por superfluo), estos tuvieron ocasión de vivir brevemente en el segun- do dominio. 2 En su fuero interno, todas las psicologías populares contienen una noción sorprendentemente compleja del Yo agente. Los Hongotes, pueblo no alfabetizado estudiado por Michelle y Renato Rosaldo, nos proporcio- nan un ejemplo muy revelador y en modo alguno atípico. Lo que da lugar a. la complejidad es la elaboración por parte de la cultura de unos requis los personales; por ejemplo, el hecho de que los ilongotes sólo puedan alcanzar la identidad masculina plenamente agente cuando toman la cabe- za de un «enemigo» en un estado apropiado de ira; o, expresado de forma abstracta, el hecho de que la identidad plena supone una mezcla adecuada de pasión y conocimiento. En uno de los últimos artículos que escribió ántes de su prematura desaparición durante una inves igación de campo, titulado «Hacia una antropología del yo y de los sentimientos», Michelle Rosaldo sostiene que nociones como las de «yo» o «afecto» «no surgen de una esencia “interior” relativamente independiente del mundo social, sino de la experiencia en un mundo de significados, imágenes y vínculos socia- les, en el que todo el mundo se encuentra inevitablemente implicado». !3 En un trabajo especialmente penetrante sobre el yo americano, Hazel Markus y Paula Nurius sostienen que no pensamos en un Yo sino en varios ' posibles junto con un Yo actual. «Los Yoes posibles representan las lin que tiene la gente acerca de lo que podría llegar a ser, lo que le gus- 1 ser y lo que teme llegar a ser.» Aunque su pretensión no sea de estos autores pone de manifiesto hasta qué punto la iden- La psicología popular como instrumento de la cultura 55 “tidad americana refleja el valor que se concede en la cultura de este pal al ho de «mantener abiertas las opciones propias». En esa misma época, pezó a producirse un goteo de artículos de carácter clínico acerca del larmante incremento de los casos de personalidad múltiple como na tología fundamentalmente americana, y que por aquel entonces estal a ada al sexo. Un análisis reciente de este fenómeno efectuado por Nicho- Humphrey y Daniel Dennett sugiere incluso que la patología podría r engendrada por los terapeutas que aceptan la idea de que el Yo os isible y que, sin darse cuenta, en el curso de la terapia ofrecen a sus ¡entes este modelo de identidad como una forma de contener y aliviar conflictos. El propio Sigmund Freud señaló en «El pocta y la fantasía» le cada uno de nosotros es un elenco de personajes, pero Freud los mnan- ía dentro de una sola obra o novela donde, todos en conjunto, podían resentar el drama de la neurosis sobre un solo escenario. He puesto estos dos ejemplos, bastante extensos, de la manera en que concibe el Yo en las psicologías populares correspondientes a dos cultu- distintas para subrayar una vez más un aspecto crítico relativo al pro ¡pio organizativo de la psicología popular: el hecho de que es de naturale- narrativa en lugar de lógica o categórica. La psicología popular trata de entes humanos que hacen cosas basándose en sus creencias y deseos, e se esfuerzan por alcanzar metas y encuentran obstáculos que superan que les doblegan, todo lo cual ocurre en un período prolongado de tiem- . Es sobre los jóvenes ilongotes que encuentran en sí mismos la sufi- ente ira para obtener una cabeza humana y sobre cómo recorren el cami no de ese esfuerzo sobrecogedor; es sobre cómo las jóvenes mica enfrentadas a demandas conflictivas que les producen sensación de culpa en sus sentidos de identidad, finalmente resuelven su dilema (posiblemen- te con la involuntaria ayuda de su médico) dividiéndose en un ego y un alter; y sobre la batalla para que ambas partes vuelvan a ponerse en comu- ¡cación entre sí. IV Tenemos que concentrarnos ahora de forma más directa en las narra- - ciones: qué son, en qué se diferencian de otras formas de discurso y pos modos de organizar la experiencia, qué funciones pueden desempeñar, yel porqué de su poder de atracción sobre la imaginación del hombre; ya que 58 Actos de significado La psicología popular como instrumento de la cultura 59 zar la experiencia de forma narrativa, mediante estructuras de tramas y demás. En el siguiente capítulo presentaré algunos datos que apoyan esta hipótesis. En mi opinión, esta idea es irresistible. Y otros investigadores que se han ocupado del problema de las narraciones se han visto tentados por este camino. La mayor parte de los esfuerzos por encontrar esa «disposición» han derivado de la noción aristotélica de mimesis. Aristóteles utilizó esta idea en su Poética para describir la manera en que el drama imitaba la «vida», intentando aparentemente sugerir que, de alguna manera, la narración con- sistía en contar las cosas tal y como habían sucedido, de tal manera que el orden de la narración vendría determinado por el orden de los aconteci- mientos en la vida real. Pero una lectura detenida de la Poética sugiere que Aristóteles tenía otra cosa en mente. La mimesis consistía en captar «la vida en acción», elaborando y mejorando lo que sucedía. El mismo Paul Ricoeur, quizá el más profundo e infatigable de los modernos investigado- res de la narración, tiene dificultades con esta idea. A Ricoeur le gusta lla- mar la atención sobre el parentesco que existe entre «estar en la historia» y «contar algo acerca de ella», señalando que entre ambos casos hay una especie de «mutua correspondencia». «La forma de vida a la que corres- ponde el discurso narrativo es nuestra condición histórica misma». Pero Ricoeur tiene también problemas para mantener su figura lingúística. «La mimesis», afirma, «es una especie de metáfora de la realidad». «Se refiere a la realidad no para copiarla, sino para otorgarle una nueva lectura». Y es en virtud de esta relación metafórica, según argumenta después, por lo que la narración puede seguir adelante aun «con la suspensión de la exigencia referencial del lenguaje normal», o, lo que es lo mismo, sin la obligación de tener que «corresponderse» con el mundo de la realidad extralingúísti- ca. 19 Si la función de la mimesis consiste en interpretar la «vida en acción», entonces se trata de una forma muy compleja de lo que C. S. Peirce llamó hace mucho un «interpretante», un esquema simbólico para mediar entre el signo y el «mundo», un interpretante que existe en algún nivel superior al de la palabra o la oración, en el nivel del discurso mismo.2% Tenemos que ocuparnos aún del problema de cuál es el origen de la capacidad de crear unos interpretantes simbólicos tan complejos si no se trata simple- mente de que el arte copie la vida. De este problema es del que nos vamos a ocupar en el siguiente capítulo. Pero antes hemos de prestar atención a Otras cuestiones. v Otra característica crucial de la narración, como ya hemos señalado de pasada, es su especialización en la elaboración de vínculos entre lo excep- cional y lo corriente. De esta cuestión vamos a ocuparnos ahora. Me voy a permitir comenzar planteando un dilema aparente. La psicología popular se encuentra investida de canonicidad. Se centra en lo esperable y/o lo usual de la condición humana. Dota a ambos de legitimidad o autoridad?! Sin embargo, posee medios muy poderosos construidos a propósito para hacer que lo excepcional y lo inusual adopten una forma comprensible. Porque, como he reiterado en el capítulo introductorio, la viabilidad de “una cultura radica en su capacidad para resolver conflictos, para explicar “las diferencias y renegociar los significados comunitarios. Los «signifi s negociados», que según los antropólogos sociales y los críticos cultu- rales son esenciales para la conducta de una cultura, son posibles gracias al aparato narrativo de que disponemos para hacer frente simultáneamente ívla canonicidad y la excepcionalidad. Así, aunque una cultura debe conte- ner un conjunto de normas, también debe contener un conjunto de procedi= mientos de interpretación que permitan que las desviaciones de esas nor- mas cobren significado en función de patrones de creencias establecidos. La psicología popular recurre a la narración y la interpretación narrativa para lograr este tipo de significados. Los relatos alcanzan su significado explicando las desviaciones de lo habitual de forma comprensible, propor- ionando la «lógica imposible» a la que hacíamos referencia en la sección “anterior. Lo mejor es que examinemos esta cuestión con más detenimiento Ahora. Comencemos por lo «corriente» o lo «habitual», lo que la gente da por “supuesto en relación con la conducta que se produce a su alrededor. En cualquier cultura, por ejemplo, damos por supuesto que la gente se com- porta de manera adecuada respecto a la situación en que se encuentra, Roger Barker dedicó 20 años de sagaz investigación a demostrar el poder de esta regla social aparentemente tan banal.?? Se espera que la gente se comporte de acuerdo con las situaciones con independencia de cuáles sean sus «papeles», de que sean extrovertidos o introvertidos, independiente- mente de cuáles sean sus puntuaciones en el MMPI o de cuáles sean sus ideas políticas. En palabras de Barker, cuando entramos en una oficina de correos, nos comportamos en plan de «oficina de correos». 60 Actos de significado Esta «regla de situación» rige tanto para el discurso como para la acción. El Principio de Cooperación de Paul Grice capta bien la idea. Gri- ce propuso cuatro máximas sobre la manera en que los intercambios con- versacionales son y/o deberían ser mantenidos: las máximas de cualidad, cantidad, relevancia y manera, según las cuales nuestras intervenciones en una conversación deberían ser breves, claras, relevantes y veraces. Cuando nos desviamos de estas máximas, creamos significados adicionales, produ- ciendo lo que Grice denomina «implicaturas conversacionales»; se desen- cadena una búsqueda del «significado» en lo excepcional, significados que radican en la naturaleza de su desviación respecto al uso corriente.2 Cuando la gente se comporta de acuerdo con el principio situacional de Barker o con las máximas de interacción conversacional de Grice, no preguntamos por qué: sencillamente la conducta se da por supuesta como si no tuviera necesidad de más explicaciones. Como es lo corriente, se experimenta como algo canónico y, por consiguiente, que se explica a sí mismo. Damos por supuesto que, si le preguntamos a alguien dónde se encuentran los Almacenes Macy, nos dará las señas de una manera rele- vante, correcta, clara y breve; ese tipo de respuesta no requiere ninguna explicación. A cualquier persona le parecería extraordinariamente extraño que nos planteásemos la pregunta de por qué se comporta la gente de esa manera: en plan de «oficina de correos» en la oficina de correos, y de for- ma breve, clara, relevante y sincera al responder a una persona que ha pedido unas señas. Si les presionamos para que den una explicación de lo que parece que se explica a sí mismo, nuestros interlocutores nos respon- derán, o con un cuantificador («todo el mundo lo hace») y/o con una expresión modal deóntica («es lo que se supone que hay que hacer»). El peso de su explicación radi en resaltar lo apropiado del contexto como escenario para el acto en cuestión. En cambio, cuando nos encontramos ante una excepción de lo corrien- te y le pedimos a alguien que nos explique qué está pasando, la persona a la que interpelamos nos contará prácticamente siempre una historia en la que habrá razones (o alguna otra especificación de un estado intencional). Además, la historia, casi invariablemente, consistirá en la descripción de un mundo posible en el que se hace que, de algún modo, la excepción que se ha encontrado tenga sentido o «significado.» Si alguien entra en la esta- feta de correos, despliega una bandera americana y empieza a agitarla, nuestro interlocutor, desde su psicología popular, en respuesta a la pregun- ta que nuestra perplejidad nos hace formularle, nos dirá que probablemen- La psicología popular como instrumento de la cultura _ 61 te hoy se celebra alguna fiesta nacional y que se le había olvidado, que tal vez alguna sociedad benéfica de Correos está realizando una cuestación, O puede que sencillamente diga que el hombre de la bandera es algún chifla- do nacionalista cuya imaginación se ha debido de ver inflamada por algo que haya leído en la prensa sensacionalista matutina. Todas estas historias parecen estar concebidas para otorgar significado a la conducta excepcional, de una manera que implica tanto un estado intencional en el protagonista (una creencia o un deseo) como algún ele- mento canónico de la cultura (una fiesta nacional, una cuestación o el nacionalismo radical). La función de la historia es encontrar un estado intencional que mitigue o al menos haga comprensible la desviación res- ¿pecto al patrón cultural canónico. Este objetivo es el que presta verosimi- litud a una historia. También puede otorgarle una función pacificadora, ro esta cuestión puede esperar hasta un capítulo posterior. vi Tras haber examinado tres características de la narración —su secuen- ialidad, su «indiferencia» fáctica, y su peculiar forma de enfrentarse a las sviaciones de lo canónico— pasaremos ahora a ocuparnos de su carácter “amático. El análisis clásico de Kenneth Burke sobre el «dramatismo», mo lo bautizó él mismo hace casi medio siglo, aún nos sirve como punto partida.?* Las historias bien construidas, según Burke, constan de cinco lementos: un Actor, una Acción, una Meta, un Escenario y un Instrumen- , a los que hay que sumar un Problema. El Problema consiste en la exis- cia de un desequilibrio entre cualquiera de los cinco elementos anterio- s: la Acción hacia una Meta resulta inadecuada en un Escenario terminado, como sucedía con las extravagantes maniobras de Don Qui- persiguiendo fines caballerescos; también puede ser que un Actor no icaje en el Escenario, como sucedía con Portnoy en Jerusalem o con lora en Casa de Muñecas; o existe un Escenario doble, como sucede en historias de espías; o una confusión de las Metas, como pasaba con ¡ma Bovary. El dramatismo, en el sentido de Burke, se centra en desviaciones res- :to a lo canónico que tienen consecuencias morales, desviaciones que 'nen que ver con la legitimidad, el compromiso moral o los valores. Por siguiente, las historias tienen que relacionarse necesariamente con lo 64 Actos de significado liano, histoire en francés, story en inglés, historia en castellano. Si la ver- dad y la posibilidad resultan inextricables en las narraciones, este hecho debería poner las narraciones de la psicología popular a una extraña luz, dejando al oyente, como si dijéramos, perplejo respecto a qué pertenece al mundo y qué a la imaginación, Y, ciertamente, muchas veces eso es lo que sucede: ¿es una determinada explicación narrativa simplemente un «buen relato» o es la «realidad» misma? Quiero detenerme brevemente en esta curiosa ambigiiedad, porque creo que revela algo importante sobre la psi- cología popular. Volvamos a nuestra anterior discusión de la mimesis. Recordemos la idea de Ricoeur según la cual una «historia» (ya sea real o imaginaria) invita a la reconstrucción de lo que podría haber sucedido. Wolfgang Iser viene a decir lo mismo cuando señala que una característica de la ficción es que coloca los acontecimientos en un «horizonte» más amplio de posi- bilidades. 2 En mi libro Actual Minds, Possible Worlds intemé mostrar hasta qué punto el lenguaje de una narración bien hecha difiere del de una exposición bien elaborada por el empleo que hace de las «transformacio- nes subjuntivizadoras». Estas son usos léxicos y gramaticales que realzan estados subjetivos, circunstancias atenuantes y posibilidades alternativas. En aquel libro mostraba que existía un contraste radical entre un relato corto de James Joyce y una descripción etnográfica ejemplar de Martha Weigel sobre la hermandad de sangre entre los penitentes, no sólo por el uso que los autores hacen de esos «subjuntivizadores» sino también en la incorporación que de ellos hacen los lectores al hablar sobre lo que habían leído. La «historia» terminaba por estar incluso más subjuntivizada en la memoria de lo que fue escrita; la exposición terminaba en un estado más semejante al del texto original. Es como si, para que una historia fuera buena, hubiera que hacerla algo incierta, abierta de algún modo a lecturas alternativas, sujeta a los caprichos de los estados intencionales, indetermi- nada. Una historia que consigue alcanzar la incertidumbre o subjuntividad necesaria —que consigue lo que los críticos formalistas rusos denomina- ban literaturnost o «literariedad»— debe cumplir unas funciones muy especiales para aquellos que caen bajo su dominio. Desgraciadamente, sabemos muy poco sobre esta cuestión, pcro me gustaría ofrecer algunas hipótesis puramente especulativas al respecto, si el lector escéptico es indulgente conmigo. La psicología popular como instrumento de la cultura 65 A O OS 18 Cultura La primera es que entrar en las historias «subjuntivas» es más fácil, resulta más sencillo identificarse con ellas. Con este tipo de historias es posible, como si dijéramos, que «nos las probemos» para ver si su talla psicológica encaja con la nuestra. Si nos sientan bien, las aceptamos; pero, si nos aprietan en nuestra identidad o compiten con compromisos estable- cidos, las rechazamos. Sospecho que la «omnipotencia de pensamiento» del niño permanece lo suficientemente intacta cuando somos adultos como Para que nos encaramemos al proscenio para convertirnos (aunque sólo Sea por un momento) en quienquiera que sea que se encuentre sobre el escenario y nos metamos en el aprieto de que se trate. En una palabra, una historia es experiencia vicaria, y el tesoro de narraciones en que podemos entrar incluye, ambiguamente, «relatos de experiencias reales» u ofertas de una imaginación culturalmente conformada. La segunda hipótesis tiene que ver con cómo se aprende a distinguir, Por usar la expresión de Yeats, «entre el baile y el bailarín». Una historia €s la historia de a/guien. A pesar de los esfuerzos literarios del pasado por estilizar al narrador en un «Yo omnisciente», las historias tienen inevita- blemente una voz narrativa: los acontecimientos se contemplan a través de un conjunto peculiar de prismas personales. Y, sobre todo, cuando las his- torias adoptan la forma, como sucede tan a menudo (tal y como veremos en el siguiente capítulo), de justificaciones o «excusas», su tono retórico €s evidente. Carecen del carácter de «muerte súbita» de las exposiciones construidas de forma objetiva, en las que las cosas se reflejan «como son». ¡Cuando queremos llevar un relato acerca de algo al dominio de los signifi- cados negociados, decimos, irónicamente, que ha sido un «buen cuento» o una «buena historia». Las historias, por consiguiente, son instrumentos especialmente indicados para la negociación social. Y su sIatus, aun cuan- do se consideren historias «veraces», permanece siempre en un terreno 4 ria de la faction en contraposición a la fiction * las conver: saciones de Almohada de los padres intentando revisar la interpretación de los actos de Sus hijos, son todos ejemplos que dan testimonio de esta epistemología * En inglés, los relatos literarios reciben el nombre genérico de fiction: «ficción», Recientemente, se ha acuñado la expresión faction, concebida como un juego de palabras, para referirse a los relatos verídicos, realistas. En castellano el efecto de este retruécano es ¡pueho menor, dada la utilización menos frecuente del término ficción on el sentido inglés, y la más frecuente del término facción en el sentido de «división mora. IN. del T.] 66 Actos de significado ambigua del relato. Ciertamente, la existencia del relato o la historia como forma es una garantía perpetua de que la humanidad siempre «irá más allá» de las versiones recibidas de la realidad. ¿No será por esto por lo que los dictadores tienen que tomar medidas tan draconianas contra los nove- listas de una cultura? Y una última especulación. Es más fácil vivir con versiones alternati- vas de una historia que con premisas alternativas de una explicación «científica». No tengo respuesta, en ningún sentido psicológicamente pro- fundo, a la cuestión de por qué esto es así, pero tengo una sospecha. Sabe- mos por nuestra propia experiencia de contar historias consecuentes sobre nosotros mismos que existe un lado ineludiblemente «humano» en el hecho de dar sentido a algo. Y estamos dispuestos a aceptar una versión diferente simplemente como algo «humano». El espíritu de la Ilustración que llevó a Carl Hempel, como mencionamos antes, a defender la idea de que la historia debería «reducirse» a formas proposicionales verificables había perdido de vista la función negociadora y hermenéutica de la histo- ria. vu Quiero ocuparme ahora del papel que desempeña la psicología popular en forma narrativa en lo que, en términos generales, podríamos llamar la «organización de la experiencia». Me interesan especialmente dos cuestio- nes. Una de ellas, de carácter más bien tradicional, suele recibir el nombre de elaboración de marcos o esquematización; la otra es la regulación afec- tiva. La elaboración de marcos proporciona un medio de «construir» el mundo, de caracterizar su curso, de segmentar los acontecimientos que ocurren en él, etc. Si no fuésemos capaces de elaborar esos marcos, estarí- amos perdidos en las tinieblas de una experiencia caótica, y probablemen- te nuestra especie nunca hubiera sobrevivido. La manera típica de enmarcar la experiencia (y nuestros recuerdos de ella) es la modalidad narrativa, y Jean Mandler nos ha hecho el favor de acumular las pruebas que demuestran que lo que no se estructura de forma narrativa se pierde en la memoria. La elaboración de marcos prolonga la experiencia en la memoria, en donde, como sabemos desde los estudios clásicos de Bartlett, se ve alterada sistemáticamente para adaptarse a nues- La psicología popular como instrumento de la cultura 67 tras representaciones canónicas del mundo social, y, si no puede alterarse, o bien se olvida o bien se destaca por su excepcionalidad. Todo esto nos resulta una historia familiar, pero se ha visto algo trivia- lizada haciéndola parecer un fenómeno completamente individual, simple- mente una cuestión de establecer trazos y esquemas en el cerebro de cada individuo, por así decir. El mismo Bartlett, que desapareció hace tiempo, ha sido acusado recientemente por algunos críticos de haber abandonado una postura inicialmente «cultural» sobre la elaboración de marcos en la memoria, en favor de otra más psicológica e individualista. John Shotter analiza en un ensayo el supuesto cambio de las ideas de Bartlett entre un ículo poco conocido, publicado en 1923, y su renombrado libro de 932. Shotter insiste con fuerza en que la elaboración de marcos es una tividad social, cuyo objetivo es compartir la memoria en una cultura en ¡gar de servir meramente para garantizar el almacenamiento individual.*! lita unas palabras de la temible crítica y antropóloga social Mary Dou- las, según las cuales «el autor del mejor libro sobre el recuerdo olvidó sus nvicciones originales [y] se vio absorbido por el marco institucional de la psicología de la Universidad de Cambridge y limitado por las condicio- del laboratorio experimental».32 Pero no cabe duda de que, en realidad, Bartlett no había olvidado la le cultural de aquello cuya exploración había emprendido. En una sec- 1 final de su conocido libro, dedicada a la «psicología social del recuer- », Bartlett dice: Todo grupo social se ve organizado y mantenido por alguna tendencia psico- lógica específica o por un grupo de estas, que confieren al grupo un sesgo en su relación con las circunstancias externas. Este sesgo construye las caracte- rísticas especiales y duraderas de la cultura del grupo... [y esto] determina inmediatamente lo que el individuo va a observar en su ambiente y las cone- xiones que establecerá entre su vida pasada y esta respuesta directa. Este efecto del sesgo se produce especialmente de dos maneras. En primer lugar, proporcionando esas condiciones de interés, excitación y emoción que favo- recen el desarrollo de imágenes específicas; y, en segundo lugar, proporcio- nando un marco permanente de instituciones y costumbres que actúa como base esquemática para la memoria constructiva. A propósito del poder «esquematizador» de las instituciones al que se jere Bartlett, voy a replantear una cuestión a la que he aludido anterior-