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Lengua, Apuntes de Idioma Español

Asignatura: Lengua española, Profesor: Carmen Aguirre, Carrera: Periodismo, Universidad: UCM

Tipo: Apuntes

2013/2014

Subido el 16/03/2014

cassiewritter
cassiewritter 🇪🇸

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Cafés de bohemia.
Un verso con leche por favor.
Bajo las lámparas de los cafés literarios, brillaron los ingenios de los dos últimos
siglos y en torno a sus mesas de mármol nacieron las obras que sustentan el
patrimonio cultural de la modernidad. De aquellos foros, en los que se debatían
algo más que letras, queda sólo el aroma de la nostalgia
El café nació en Arabia y conquistó Occidente en el siglo XVIII, colándose en los salones como
bebida exótica. Aquella infusión tonicante tenía un poder de convocatoria tan inspirador que
la siguiente centuria no dudó en acogerlo como el convidado habitual en la esta de las
letras. Los italianos fueron los primeros en poner de moda los cafés de artistas, era más un
modo de institucionalizar lo que los escritores llevaban siglos haciendo en pequeños grupos,
en turbias tabernas, fondas casas y hoteles de lujo. El primero, fue el legendario Café Florian
de la plaza de San Marcos, en Venecia, frecuentado por Byron Proust y Dickens. Pronto,
otras ciudades europeas acogieron con gusto la ebre de la tertulia cafetera; Madrid, meca
de las letras hispanas, fue una de ellas. Todo aquel que quería consagrarse en la escritura
visitaba en algún momento de su trayectoria la capital española y se dejaba ver en estos
nuevos establecimientos.
Las tertulias eran presididas por poetas, novelistas y dramaturgos consagrados, quienes
solían introducir a artistas jóvenes para que expusieran ante un público experto sus
creaciones literarias. “Vaya a Madrid y póngase a la cola” decía Pío Baroja a los principiantes.
Los tertulianos o contertulios, como se llamaba a los habituales de la tertulia, criticaban
implacablemente a aquel que no acudía a ella o llegaba tarde. De este modo todos se
tomaban en serio la asistencia al club. La cita era diaria a primeras horas de la tarde y por la
noche algunos escritores pasaban tanto tiempo en los cafés que incluso se les enviaba allí el
correo. Tenían a su disposición plumas, tinta, papel e incluso servicio de mensajería en
bicicleta. El confort de los salones atraía también a aquellos cuya entrega a su arte
signicaba rechazo social, frío y hambre. De hecho, algunos sobrevivían gracias a la dosis
diaria de café y tostada.
Cada escritor tenía su tertulia favorita, aunque había quien prefería hacer la ronda por varias
de ellas. A nales del siglo XIX llegó a haber hasta una quincena de cafés literarios en el área
de la Puerta del Sol de Madrid. Entre los más populares estaba el Café del Príncipe, donde los
escritores del Romanticismo tenían la tertulia de El Parnasillo. Allí podía verse a Zorrilla,
Espronceda y Larra, que se sentaba a observar a los clientes para redactar sarcásticos
artículos costumbristas.
En estas reuniones se polemizaba sobre todo tipo de temas, ciencia, costumbres y política. Lo
que llevó a no pocos enfrentamientos. Valle-Inclán, perdió su brazo en una disputa que tuvo
lugar en el Café de la Montaña. El percance no le impidió seguir asistiendo a estos
encuentros junto a sus compañeros del 98: Benavente, los hermanos Machado, Azorín y
Rubén Darío, entre otros. Todos ellos frecuentaban el Café de Madrid, el de Fornos y el de
Levante. Aquel ambiente tertuliano quedaría plasmado por Baroja en sus memorias. Era un
muestrario de tipos raros que se iban sucediendo literatos, periodistas, aventureros, policías,
curas de regimiento, cómicos y anarquistas. Todo lo más barroco de Madrid pasaba por ellas.
Ya en el siglo XX los escritores de vanguardia tomaron el Café de Pombo, donde se prohibió
hablar de política. Un tema que había tomado demasiado protagonismo en otros cafés. En
este salón, que el pintor Solana inmortalizaría en un cuadro, los nuevos talentos alternaban
con los noventayochistas, con cientícos de la talla de Marañón y artistas como Picasso. El
Paseo de Recoletos, muy concurrido cuando llegaba el buen tiempo, acogió una serie de
locales en los que se gestó la Generación del 27. La Cervecería de Correos, el Café Lyon, el
Gijón y el de Recoletos, sirvieron a Lorca y sus contemporáneos de lugar de reunión e
intercambio de inquietudes artísticas. En la Glorieta de Bilbao eran populares la tertulia del
Europeo y la del Comercial, pero había muchas más, incluso en las provincias se podía asistir
a tertulias como la del Novelty, en la plaza Mayor de Salamanca, muy del gusto de Unamuno.
Poco a poco, la polarización ideológica que avivó la Guerra Civil española y las contiendas
europeas, cambió el talante de las tertulias. Y al tiempo que cambiaban las lámparas de gas
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Cafés de bohemia. Un verso con leche por favor.

Bajo las lámparas de los cafés literarios, brillaron los ingenios de los dos últimos siglos y en torno a sus mesas de mármol nacieron las obras que sustentan el patrimonio cultural de la modernidad. De aquellos foros, en los que se debatían algo más que letras, queda sólo el aroma de la nostalgia

El café nació en Arabia y conquistó Occidente en el siglo XVIII, colándose en los salones como bebida exótica. Aquella infusión tonificante tenía un poder de convocatoria tan inspirador que la siguiente centuria no dudó en acogerlo como el convidado habitual en la fiesta de las letras. Los italianos fueron los primeros en poner de moda los cafés de artistas, era más un modo de institucionalizar lo que los escritores llevaban siglos haciendo en pequeños grupos, en turbias tabernas, fondas casas y hoteles de lujo. El primero, fue el legendario Café Florian de la plaza de San Marcos, en Venecia, frecuentado por Byron Proust y Dickens. Pronto, otras ciudades europeas acogieron con gusto la fiebre de la tertulia cafetera; Madrid, meca de las letras hispanas, fue una de ellas. Todo aquel que quería consagrarse en la escritura visitaba en algún momento de su trayectoria la capital española y se dejaba ver en estos nuevos establecimientos.

Las tertulias eran presididas por poetas, novelistas y dramaturgos consagrados, quienes solían introducir a artistas jóvenes para que expusieran ante un público experto sus creaciones literarias. “Vaya a Madrid y póngase a la cola” decía Pío Baroja a los principiantes. Los tertulianos o contertulios, como se llamaba a los habituales de la tertulia, criticaban implacablemente a aquel que no acudía a ella o llegaba tarde. De este modo todos se tomaban en serio la asistencia al club. La cita era diaria a primeras horas de la tarde y por la noche algunos escritores pasaban tanto tiempo en los cafés que incluso se les enviaba allí el correo. Tenían a su disposición plumas, tinta, papel e incluso servicio de mensajería en bicicleta. El confort de los salones atraía también a aquellos cuya entrega a su arte significaba rechazo social, frío y hambre. De hecho, algunos sobrevivían gracias a la dosis diaria de café y tostada.

Cada escritor tenía su tertulia favorita, aunque había quien prefería hacer la ronda por varias de ellas. A finales del siglo XIX llegó a haber hasta una quincena de cafés literarios en el área de la Puerta del Sol de Madrid. Entre los más populares estaba el Café del Príncipe, donde los escritores del Romanticismo tenían la tertulia de El Parnasillo. Allí podía verse a Zorrilla, Espronceda y Larra, que se sentaba a observar a los clientes para redactar sarcásticos artículos costumbristas.

En estas reuniones se polemizaba sobre todo tipo de temas, ciencia, costumbres y política. Lo que llevó a no pocos enfrentamientos. Valle-Inclán, perdió su brazo en una disputa que tuvo lugar en el Café de la Montaña. El percance no le impidió seguir asistiendo a estos encuentros junto a sus compañeros del 98: Benavente, los hermanos Machado, Azorín y Rubén Darío, entre otros. Todos ellos frecuentaban el Café de Madrid, el de Fornos y el de Levante. Aquel ambiente tertuliano quedaría plasmado por Baroja en sus memorias. Era un muestrario de tipos raros que se iban sucediendo literatos, periodistas, aventureros, policías, curas de regimiento, cómicos y anarquistas. Todo lo más barroco de Madrid pasaba por ellas.

Ya en el siglo XX los escritores de vanguardia tomaron el Café de Pombo, donde se prohibió hablar de política. Un tema que había tomado demasiado protagonismo en otros cafés. En este salón, que el pintor Solana inmortalizaría en un cuadro, los nuevos talentos alternaban con los noventayochistas, con científicos de la talla de Marañón y artistas como Picasso. El Paseo de Recoletos, muy concurrido cuando llegaba el buen tiempo, acogió una serie de locales en los que se gestó la Generación del 27. La Cervecería de Correos, el Café Lyon, el Gijón y el de Recoletos, sirvieron a Lorca y sus contemporáneos de lugar de reunión e intercambio de inquietudes artísticas. En la Glorieta de Bilbao eran populares la tertulia del Europeo y la del Comercial, pero había muchas más, incluso en las provincias se podía asistir a tertulias como la del Novelty, en la plaza Mayor de Salamanca, muy del gusto de Unamuno.

Poco a poco, la polarización ideológica que avivó la Guerra Civil española y las contiendas europeas, cambió el talante de las tertulias. Y al tiempo que cambiaban las lámparas de gas

por la iluminación eléctrica fue mermando su espíritu literario. Al otro lado del océano, los cafés que habían sido también el hogar de los intelectuales, sirvieron de refugio a los exiliados de los totalitarismos europeos. Buenos Aires reunió en el Tortoni a la bohemia que pasaba por la ciudad. Lo mismo que el Windsor, en Bogotá, el Floridita, en La Habana, y el Ágora, en México, entre muchos otros.

En la segunda mitad del siglo XX el Café Gijón logró sobrevivir al naufragio tertuliano madrileño, y continuó siendo el lugar de reunión de la intelectualidad. Cela, Fernán Gómez y Umbral fueron sus clientes asiduos. Más ocultos se encuentran los nuevos talentos de hoy, dónde se reúnen, piensan, observan, discuten... El fenómeno de la tertulia se conserva aún en librerías, bibliotecas, museos, foros de internet, y programas de radio y televisión, en los que se habla más de política que de corrientes artísticas. Estas citas suelen ser esporádicas, con ocasión de la presentación de algún libro, premio literario o suceso de actualidad. Y precisan de una convocatoria previa vía correo electrónico o medios de comunicación. Pero están muy lejos de ser la encrucijada de talentos de hace un siglo. Y el café, fiel aliado de la lentitud en otro tiempo, se toma en las barras de los bares a toda prisa, cuando no, frente a una máquina. Los hogares confortables del siglo XXI y las costumbres individuales han dejado sin alma aquellos elegantes salones. Quedan en la mesa del rincón algunos románticos como yo, que necesitan del bullicio del café para crear.