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Libro completo; Los miserables, Monografías, Ensayos de Literatura

Libro clásico de Víctor Hugo, "Los miserables"

Tipo: Monografías, Ensayos

2019/2020

Subido el 19/12/2020

matias-rui
matias-rui 🇦🇷

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Los Miserables
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Los Miserables

Victor Hugo

Los Miserables

PRIMERA PARTE: FANTINA

LIBRO PRIMERO:

Un justo I: Monseñor Myriel

En 1815, era obispo de D. el ilustrísimo Carlos Francisco Bienvenido Myriel, un anciano de unos setenta y cinco años, que ocupaba esa sede desde 1806. Quizás no será inútil indicar aquí los rumores y

las habladurías que habían circulado acerca de su persona cuando llegó por primera vez a su diócesis. Lo que de los hombres se dice, verdadero o falso, ocupa tanto lugar en su destino, y sobre todo en su vida, como lo que hacen. El señor Myriel era hijo de un consejero del Parlamento de Aix, nobleza de toga. Se decía que su padre, pensando que heredara su puesto, lo había casado muy joven. Se decía que Carlos Myriel, no obstante este matrimonio, había dado mucho que hablar. Era de buena presencia, aunque de estatura pequeña, elegante, inteligente; y se decía que toda la primera parte de su vida la habían ocupado el mundo y la galantería. Sobrevino la Revolución; se precipitaron los sucesos; las familias ligadas al antiguo régimen, perseguidas, acosadas, se dispersaron, y Carlos Myriel emigró a Italia. Su mujer murió allí de tisis. No habían tenido hijos. ¿Qué pasó después en los destinos del señor Myriel?

El hundimiento de la antigua sociedad francesa, la caída de su propia familia, los trágicos espectáculos del 93, ¿hicieron germinar tal vez en su alma ideas de retiro y de soledad? Nadie hubiera podido decirlo; sólo se sabía que a su vuelta de Italia era sacerdote. En 1804 el señor Myriel se desempeñaba como cura de Brignolles. Era ya anciano y vivía en un profundo retiro. Hacia la época de la coronación de Napoleón, un asunto de su parroquia lo llevó a París; y entre otras personas poderosas cuyo amparo fue a solicitar en favor de sus feligreses, visitó al cardenal Fesch. Un día en que el Emperador fue también a visitarlo, el digno cura que esperaba en la antesala se halló al paso de Su Majestad Imperial. Napoleón, notando la curiosidad con que aquel anciano lo miraba, se volvió, y dijo bruscamente: ¿Quién es ese buen hombre que me mira? Majestad -dijo el señor Myriel-, vos miráis a un buen hombre y yo miro a un gran hombre. Cada uno de nosotros puede beneficiarse de lo que mira. Esa misma noche el Emperador pidió al cardenal el nombre de aquel cura y algún tiempo después el señor Myriel quedó sorprendido al saber que había sido nombrado obispo de D. Llegó a D. acompañado de su hermana, la señorita Baptistina, diez años menor que él. Por toda servidumbre tenían a la señora Maglóire, una criada de la misma edad de la hermana del obispo. La señorita Baptistina era alta, pálida, delgada, de modales muy suaves. Nunca había sido bonita, pero al envejecer adquirió lo que se podría llamar la belleza de la bondad. Irradiaba una transparencia a través de la cual se veía, no a la mujer, sino al ángel. La señora Magloire era una viejecilla blanca, gorda, siempre afanada y siempre sofocada, tanto a causa de su actividad como de su asma.

A su llegada instalaron al señor Myriel en su palacio episcopal, con todos los honores dispuestos por los decretos imperiales, que clasificaban al obispo inmediatamente después del mariscal de campo.

Terminada la instalación, la población aguardó a ver cómo se conducía su obispo.

Los Miserables

 Obra para mejora de las prisiones 400  Obra para el alivio y rescate de los presos 500  Para libertar a padres de familia presos por deudas 1000  Suplemento a la asignación de los maestros de escuela de la diócesis 2000  Cooperativa de los Altos Alpes 100  Congregación de señoras para la enseñanza gratuita de niñas pobres 1500  Para los pobres 6000  Mi gasto personal 1000 Total 15000

Durante todo el tiempo que ocupó el obispado de D., monseñor Myriel no cambió en nada este pres upuesto, que fue aceptado con absoluta sumisión por la señorita Baptistina. Para aquella santa mujer, monseñor Myriel era a la vez su hermano y su obispo; lo amaba y lo veneraba con toda su sencillez.

Al cabo de algún tiempo afluyeron las ofrendas de dinero. Los que tenían y los que no tenían llamaban a la puerta de monseñor Myriel, los unos yendo a buscar la limosna que los otros acababan de depositar. En menos de un año el obispo llegó a ser el tesorero de todos los beneficios, y el cajero de todas las estrecheces. Grandes sumas pasaban por sus manos pero nada hacía que cambiara o modificase su género de vida, ni que añadiera lo más ínfimo de lo superfluo a lo que le era puramente necesario. Lejos de esto, como siempre hay abajo más miseria que fraternidad arriba, todo estaba, por decirlo así, dado antes de ser recibido. Es costumbre que los obispos encabecen con sus nombres de bautismo sus escritos y cartas pastorales. Los pobres de la comarca habían elegido, con una especie de instinto afectuoso, de todos los nombres del obispo aquel que les ofrecía una significación adecuada; y entre ellos sólo le designaban como monseñor Bienvenido. Haremos lo que ellos y lo llamaremos del mismo modo cuando sea ocasión. Por lo demás, al obispo le agradaba esta designación. -Me gusta ese nombre -decía: Bienvenido suaviza un poco lo de monseñor.

III:

Las obras en armonía con las palabras

Su conversación era afable y alegre; se acomodaba a la mentalidad de las dos ancianas que pasaban la vida a su lado: cuando reía, era su risa la de un escolar. La señora Magloire lo llamaba siempre "Vuestra Grandeza". Un día monseñor se levantó de su sillón y fue a la biblioteca a buscar un libro. Estaba éste en una de las tablas más altas del estante, y como el obispo era de corta estatura, no pudo alcanzarlo. -Señora Magloire -dijo-, traedme una silla, porque mi Grandeza no alcanza a esa tabla. No condenaba nada ni a nadie apresuradamente y sin tener en cuenta las circunstancias; y solía decir: Veamos el camino por donde ha pasado la falta. Siendo un ex pecador, como se calificaba a sí mismo sonriendo, no tenía ninguna de las asperezas del rigorismo, y profesaba muy alto, sin cuidarse para nada de ciertos fruncimientos de cejas, una doctrina que podría resumirse en estas palabras: "El hombre tiene sobre sí la carne, que es a la vez su carga y su tentación. La lleva, y cede a ella. Debe vigilarla, contenerla, reprimirla; mas si a pesar de sus esfuerzos cae, la falta así cometida es venial. Es una caída; pero caída sobre las rodillas, que puede transformarse y acabar en oración".

Frecuentemente escribía algunas líneas en los márgenes del libro que estaba leyendo. Como éstas: "Oh, Vos, ¿quién sois? El Eclesiástico os llama Todopoderoso; los Macabeos os nombran Creador; la Epístola a los Efesios os llama .Libertad; Baruch os nombra Inmensidad; los Salmos os llaman Sabiduría y Verdad; Juan os llama Luz; los reyes os nombran Señor; el Éxodo os apellida Providencia; el Levítico, Santidad; Esdras, Justicia; la creación os llama Dios; el hombre os llama Padre; pero Salomón os llama Misericordia, y éste es el más bello de vuestros nombres".

En otra parte había escrito: "No preguntéis su nombre a quien os pide asilo. Precisamente quien más

necesidad tiene de asilo es el que tiene más dificultad en decir su nombre". Añadía también: "A los ignorantes enseñadles lo más que podáis; la sociedad es culpable por no dar instruc ción gratis; es responsable de la oscuridad que con esto produce. Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpable no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas". Como se ve, tenía un modo extraño y peculiar de juzgar las cosas. Sospecho que lo había toma do del Evangelio. Un día oyó relatar una causa célebre que se estaba instruyendo, y que muy pronto debía sentenciarse. Un infeliz, por amor a una mujer y al hijo que de ella tenía, falto de todo recurso, había acuñado moneda falsa. En aquella época se castigaba este delito con la pena de muerte. La mujer fue apresada al poner en circulación la primera moneda falsa fabricada por el hombre. El obispo escuchó en silencio. Cuando concluyó el relato, preguntó: -¿Dónde se juzgará a ese hombre y a esa mujer? -En el tribunal de la Audiencia. Y replicó: ¿Y dónde juzgarán al fiscal? Cuando paseaba apoyado en un gran bastón, se diría que su paso esparcía por donde iba luz y animación. Los niños y los ancianos salían al umbral de sus puertas para ver al obispo. Bendecía y lo bendecían. A cualquiera que necesitara algo se le indicaba la casa del obispo. Visitaba a los pobres mientras tenía dinero, y cuando éste se le acababa, visitaba a los ricos. Hacía durar sus sotanas mucho tiempo, y como no quería que nadie lo notase, nunca se presentaba en público sino con su traje de obispo, lo cual en verano le molestaba un poco. Su comida diaria se componía de algunas legumbres cocidas en agua, y de una sopa. Ya dijimos que la casa que habitaba tenía sólo dos pisos. En el bajo había tres piezas, otras tres en el alto, encima un desván, y detrás de la casa, el jardín; el obispo habitaba el bajo. La primera pieza, que daba a la calle, le servía de comedor; la segunda, de dormitorio, y de oratorio la tercera. No se podía salir del oratorio sin pasar por el dormitorio, ni de éste sin pasar por el comedor. En el fondo del oratorio había una alcoba cerrada, con una cama para cuando llega ba algún huésped. El obispo solía ofrecer esta cama a los curas de aldea, cuyos asuntos parroquiales los llevaban a D. Había además en el jardín un establo, que era la antigua cocina del hospital, y donde el obispo tenía dos vacas. Cualquiera fuera la cantidad de leche que éstas dieran, enviaba invariablemente todas las mañanas la mitad a los enfermos del hospital. "Pago mis diezmos", decía. Un aparador, convenientemente revestido de mantelitos blancos, servía de altar y adornaba el oratorio de Su Ilustrísima. -Pero el más bello altar -decía- es el alma de un infeliz consolado en su infortunio, y que da gracias a

Dios. No es posible figurarse nada más sencillo que el dormitorio del obispo. Una puerta-ventana que daba

al jardín; enfrente, la cama, una cama de hospital, con colcha de sarga verde; detrás de una cortina, los utensilios de tocador, que revelaban todavía los antiguos hábitos elegantes del hombre de mundo; dos puertas, una cerca de la chimenea que daba paso al oratorio; otra cerca de la biblioteca que daba paso al comedor. La biblioteca era un armario grande con puertas vidrieras, lleno de libros; la chimenea era de

Había entonces en D. una buena posada que, según la muestra, se titulaba "La Cruz de Colbas", y hacia ella se encaminó el hombre. Entró en la cocina; todos los hornos estaban encendidos y un gran fuego ardía alegremente en la chimenea. El posadero estaba muy ocupado en vigilar la excelente comida destinada a unos carreteros, a quienes se oía hablar y reír ruidosamente en la pieza inmediata. Al oír abrirse la puerta preguntó sin apartar la vista de sus cacerolas: -¿Qué ocurre? -Cama y comida -dijo el hombre. -A1 momento -replicó el posadero. Entonces volvió la cabeza, dio una rápida ojeada al viajero, y añadió: -Pagando, por supuesto. El hombre sacó una bolsa de cuero del bolsillo de su chaqueta y contestó: -Tengo dinero. -En ese caso, al momento os atiendo. El hombre guardó su bolsa; se quitó el morral, conservó su palo en la mano, y fue a sentarse en un banquillo cerca del fuego. Entretanto el dueño de casa, yendo y viniendo de un lado para otro, no hacía más que mirar al viajero. -¿Se come pronto? -preguntó éste. -En seguida -dijo el posadero.

Mientras el recién llegado se calentaba con la espalda vuelta al posadero, éste sacó un lápiz del bols illo, rasgó un pedazo de periódico, escribió en el margen blanco una línea o dos, lo dobló sin cerrarlo, y entregó aquel papel a un muchacho que parecía servirle a la vez de pinche y de cria do; después dijo una palabra al oído del chico y éste marchó corriendo en dirección al Ayuntamiento. El viajero nada vio. Volvió a preguntar otra vez: -¿Comeremos pronto? -En seguida. Volvió el muchacho: traía un papel. El huésped lo desdobló apresuradamente como quien está esperando una contestación. Leyó atentamente, movió la cabeza y permaneció pensativo. Por fin dio un paso hacia el viajero que parecía sumido en no muy agradables ni tranquilas reflexiones. -Buen hombre - le dijo-, no puedo recibiros en mi casa. El hombre se enderezó sobre su asiento. -¡Cómo! ¿Teméis que no pague el gasto? ¿Que réis cobrar anticipado? Os digo que tengo dinero. -No es eso. -¿Pues qué? -Vos tenéis dinero. -He dicho que sí. -Pero yo -dijo el posadero- no tengo cuarto que daros. El hombre replicó tranquilamente: -Dejadme un sitio en la cuadra. -No puedo. -¿Por qué? -Porque los caballos la ocupan toda. -Pues bien - insistió el viajero-, ya habrá un rincón en el pajar, y un poco de paja no faltará tampoco. Lo arreglaremos después de comer.

-No puedo daros de comer. Esta declaración hecha con tono mesurado pero firme, pareció grave al forastero, el cual se levantó y dijo: -¡Me estoy muriendo de hambre! Vengo caminando desde que salió el sol; pago y quiero comer.

Los Miserables

-Yo no tengo qué daros -dijo el posadero. El hombre soltó una carcajada y volviéndose hacia los hornos, preguntó: -¿Nada? ¿Y todo esto? Todo esto está ya comprometido por los carreteros q ue están allá dentro. -¿Cuántos son? -Doce. -Allí hay comida para veinte. -Lo han encargado todo, y además me lo han pagado adelantado. El hombre se sentó, y sin alzar la voz dijo: -Estoy en la hostería; tengo hambre y me quedo. El posadero se inclinó entonces hacia él, y le dijo con un acento que le hizo estremecer: -Marchaos. El viajero estaba en aquel momento encorva do, y empujaba algunas brasas con la contera de su garrote. Se volvió bruscamente, y como abriera la boca para replicar, el huésped lo miró fijamente y añadió en voz baja: -Mirad, basta de conversación. ¿Queréis que os diga vuestro nombre? Os llamáis Jean Valjean. Ahora, ¿queréis que os diga también lo que sois? Al veros entrar sospeché algo; envié a preguntar al Ayuntamiento, y ved lo que me han contestado: ¿sabéis leer? Al hablar así presentaba al viajero el papel que acababa de ir desde la hostería a la alcaldía y de ésta a aquélla. El hombre fijó en él una mirada. Bajó la cabeza, recogió el morral y se marchó. Caminó algún tiempo a la ventura por calles que no conocía, olvidando el cansancio, como sucede cuando el ánimo está triste. De pronto se sintió aguijoneado por el hambre; la noche se acercaba. Miró en derredor para ver si descubría alguna humilde taberna donde pasar la noche. Precisamente ardía una luz al extremo de la calle y hacia allí se dirigió. Era en efecto una taberna. El viajero se detuvo un momento, miró por los vidrios de la sala, iluminada por una pequeña lámpara colocada sobre una mesa y por un gran fuego que ardía en la chimenea. Algunos hombres bebían. El tabernero se calentaba. La llama hacía cocer el contenido de una marmi ta de hierro, colgada de una cadena en medio del hogar. El viajero no se atrevió a entrar por la puerta de la calle. Entró en el corral, se detuvo de nuevo, luego levantó tímidamente el pestillo y empujó la puerta. -¿Quién va? -dijo el amo. -Uno que quiere comer y dormir. Las dos cosas pueden hacerse aquí. Entró. Todos se volvieron hacia él. El taberne ro le dijo: -Aquí tenéis fuego. La cena se cuece en la marmita; venid a calentaros. El viajero fue a sentarse junto al hogar y extendió hacia el fuego sus pies doloridos por el cansancio. Dio la casualidad que uno de los que estaban sentados junto a la mesa antes de ir allí había estado en la posada de La Cruz de Colbas. Desde el sitio en que estaba hizo al tabernero una seña imperceptible. Este se acercó a él y hablaron algunas palabras en voz baja. El tabernero se acercó a la chimenea, puso bruscamente la mano en el hombro del viajero y le dijo: -Vas a largarte de aquí. El viajero se volvió, y contestó con dulzura: -¡Ah! ¿Sabéis...? -Sí. -¿Que no me han admitido en la posada? -Y yo lo echo de aquí. -Pero, ¿dónde queréis que vaya? -A cualquier parte.

Los Miserables

Poco después el obispo, sabiendo que su hermana lo esperaba para cenar, cerró su libro y entró en el comedor. En ese momento, la señora Magloire hablaba con singular viveza. Se refería a un asunto que le era familiar, y al cual el obispo estaba ya acostumbrado. Tratábase del cerrojo de la puerta principal. Parece que yendo a hacer algunas compras para la cena había oído referir ciertas cosas en distintos sitios. Se hablaba de un vagabundo de mala catadura; se decía que había llegado un hombre sospechoso, que debía estar en alguna parte de la ciudad, y que podían tener un mal encuentro los que aquella noche se olvidaran de recogerse temprano y de cerrar bien sus puertas. -Hermano, ¿oyes lo que dice la señora Magloire? -preguntó la señorita Baptistina. -He oído vagamente algo -contestó el obispo. Después, levantando su rostro cordial y francamente alegre, iluminado por el resplandor del fuego,

añadió: -Veamos: ¿qué hay? ¿Qué sucede? ¿Nos amenaza algún peligro? Entonces la señora Magloire comenzó de nue vo su historia, exagerándola un poco sin querer y sin advertirlo. Decíase que un gitano, un desarrapado, una especie de mendigo peligroso, se hallaba en la ciudad. Había tratado de quedarse en la posada, donde no se le quiso recibir. Se le había visto vagar por las calles al obscurecer. Era un hombre de aspecto terrible, con un morral y un bastón. -¿De veras? -dijo el obispo. -Y como monseñor nunca pone llave a la puerta y tiene la costumbre de permitir siempre que entre cualquiera... En ese momento se oyó llamar a la puerta con violencia. -¡Adelante! -dijo el obispo.

III: Heroísmo de la obediencia pasiva

La puerta se abrió. Pero se abrió de par en par, como si alguien la empujase con energía y resolución. Entró un hombre. A este hombre lo conocemos ya. Era el viajero a quien hemos visto vagar buscando asilo. Entró, dio un paso y se detuvo, dejando detrás de sí la puerta abierta. Llevaba el morral a la espalda; el palo en la mano; tenía en los ojos una expresión ruda, audaz, cansada y violenta. Era una aparición siniestra. La señora Magloire no tuvo fuerzas para lanzar un grito. Se estremeció y quedó muda a inmóvil como una estatua. La señorita Baptistina se volvió, vio al hombre que entraba, y medio se incorporó, aterrada. Lue go miró a su hermano, y su rostro adquirió una expresión de profunda calma y serenidad. El obispo fijaba en el hombre una mirada tranquila. Al abrir los labios sin duda para preguntar al recién llegado lo que deseaba, éste apoyó ambas manos en su garrote, posó su mirada en el anciano y luego en las dos mujeres, y sin esperar a que el obispo hablase dijo en alta voz: -Me llamo Jean Valjean: soy presidiario. He pasado en presidio diecinueve años. Estoy libre desde hace cuatro días y me dirijo a Pontarlier. Vengo caminando desde Tolón. Hoy anduve doce leguas a pie. Esta tarde, al llegar a esta ciudad, entré en una posada, de la cual me despidieron a causa de mi pasaporte amarillo, que había presentado en la alcaldía, como es preciso hacerlo. Fui a otra posada, y me echaron fuera lo mismo que en la primera. Nadie quiere recibirme. He ido a la cárcel y el carcelero

no me abrió. Me metí en una perrera, y el perro me mordió. Parece que sabía quién era yo. Me fui al campo para dormir al cielo raso; pero ni aun eso me fue posible, porque creí que iba a llover y que no

habría un buen Dios que impidiera la lluvia; y volví a entrar en la ciudad para buscar en ella el quicio de una puerta. Iba a echarme ahí en la plaza sobre una pie dra, cuando una buena mujer me ha señalado vuestra casa, y me ha dicho: llamad ahí. He llamado: ¿Qué casa es ésta? ¿Una posada? Tengo dinero.

Ciento nueve francos y quince sueldos que he ganado en presidio con mi trabajo en diecinueve años. Pagaré. Estoy muy cansado y tengo hambre: ¿queréis que me quede? -Señora Magloire -dijo el obispo-, poned un cubierto más. El hombre dio unos pasos, y se acercó al velón que estaba sobre la mesa. -Mirad -dijo-, no me habéis comprendido bien: soy un presidiario. Vengo de presidio y sacó del bolsillo una gran hoja de papel amarillo que desdobló-. Ved mi pasaporte amarillo: esto sirve para que me echen de todas partes. ¿Queréis leerlo? Lo leeré yo; sé leer, aprendí en la cárcel. Hay allí una escuela para los que quieren aprender. Ved lo que han puesto en mi pasaporte: "Jean Valjean, presi-

diario cumplido, natural de..." esto no hace al caso... "Ha estado diecinueve años en presidio: cinco por robo con fractura; catorce por haber intentado evadirse cuatro veces. Es hombre muy peligroso." Ya lo

veis, todo el mundo me tiene miedo. ¿Queréis vos recibirme? ¿Es esta una posa da? ¿Queréis darme comida y un lugar donde dor mir? ¿Tenéis un establo? -Señora Magloire -dijo el obispo-, pondréis sábanas limpias en la cama de la alcoba. La señora Magloire salió sin chistar a ejecutar las órdenes que había recibido. El obispo se volvió hacia el hombre y le dijo: -Caballero, sentaos junto al fuego; dentro de un momento cenaremos, y mientras cenáis, se os hará la cama. La expresión del rostro del hombre, hasta entonces sombría y dura, se cambió en estupefacción, en duda, en alegría. Comenzó a balbucear como un loco: ¿Es verdad? ¡Cómo! ¿Me recibís? ¿No me echáis? ¿A mí? ¿A un presidiario? ¿Y me llamáis caballero? ¿Y no me tuteáis? ¿Y no me decís: "¡sal de aquí, perro!" como acostumbran decirme? Yo creía que tampoco aquí me recibirían; por eso os dije en seguida lo que soy. ¡Oh, gracias a la buena mujer que me envió a esta casa voy a cenar y a dormir en una cama con colchones y sábanas como todo el mundo! ¡Una cama! Hace diecinueve años que no me acuesto en una cama. Sois personas muy buenas. Tengo dinero: pagaré bien. Dispensad, señor posadero: ¿cómo os llamáis? Pagaré todo lo que queráis. Sois un hombre excelente. Sois el posadero, ¿no es verdad? -Soy -dijo el obispo- un sacerdote que vive aquí. -¡Un sacerdote! -dijo el hombre-. ¡Oh, un buen sacerdote! Entonces ¿no me pedís dinero? Sois el cura, ¿no es esto? ¿El cura de esta iglesia? Mientras hablaba había dejado el saco y el palo en un rincón, guardado su pasaporte en el bolsillo y tomado asiento. La señorita Baptistina lo miraba con dulzura. -Sois muy humano, señor cura -continuó diciendo-; vos no despreciáis a nadie. Es gran cosa un buen sacerdote. ¿De modo que no tenéis necesidad de que os pague? -No -dijo el obispo-, guardad vuestro dinero. ¿Cuánto tenéis? ¿No me habéis dicho que ciento nueve francos? -Y quince sueldos -añadió el hombre. -Ciento nueve francos y quince sueldos. ¿Y cuánto tiempo os ha costado ganar ese dinero? -¡Diecinueve años!

El obispo suspiró profundamente. El hombre prosiguió: Todavía tengo todo mi dinero. En cuatro días no he gastado más que veinticinco sueldos, que gané ayudando a descargar unos carros en Grasse. El obispo se levantó a cerrar la puerta, que había quedado completamente abierta. La señora Magloire volvió, con un cubierto que puso en la mesa. -Señora Magloire -dijo el obispo-, poned ese cubierto lo más cerca posible de la chimenea. -Y se

volvió hacia el huésped-: El viento de la noche es muy crudo en los Alpes. ¿Tenéis frío, caballero? Cada vez que pronunciaba la palabra caballero con voz dulcemente grave, se iluminaba la fisonomía del huésped. Llamar caballero a un presidiario, es dar un vaso de agua a un náufrago de la Medusa. La ignominia está sedienta de conside ración.

El obispo instaló a su huésped en la alcoba. Una cama blanca y limpia lo esperaba. El hombre puso la luz sobre una mesita. -Bien -dijo el obispo-, que paséis buena noche. Mañana temprano, antes de partir, tomaréis una taza de leche de nuestras vacas, bien caliente. -Gracias, señor cura -dijo el hombre. Pero apenas hubo pronunciado estas palabras de paz, súbitamente, sin transición alguna, hizo un movimiento extraño, que hubiera helado de espanto a las dos santas mujeres si hubieran esta do presente. Se volvió bruscamente hacia el anciano, cruzó los brazos, y fijando en él una mirada salvaje,

exclamó con voz ronca: -¡Ah! ¡De modo que me alojáis en vuestra casa y tan cerca de vos! Calló un momento, y añadió con una sonrisa que tenía algo de monstruosa: -¿Habéis reflexionado bien? ¿Quién os ha dicho que no soy un asesino? El obispo respondió: -Ese es problema de Dios. Después, con toda gravedad, bendijo con los dedos de la mano derecha a su huésped, que ni aun dobló la cabeza, y sin volver la vista atrás entró en su dormitorio. Hizo una breve oración, y un momento después estaba en su jardín, donde se paseó meditabundo, contemplando con el alma y con el pensamiento los grandes misterios que Dios descubre por la noche a los ojos que permanecen abiertos. En cuanto al hombre, estaba tan cansado que ni aprovechó aquellas blancas sábanas. Apagó la luz soplando con la nariz como acostumbran los presidarios, se dejó caer vestido en la cama, y se quedó profundamente dormido. Era medianoche cuando el obispo volvió del jardín a su cuarto. Algunos minutos después, todos dormían en aquella casa.

IV:

Jean Valjean

Jean Valjean pertenecía a una humilde familia de Brie. No había aprendido a leer en su infancia; y cuando fue hombre, tomó el oficio de su padre, podador en Faverolles. Su padre se llamaba igualmente Jean Valjean o Vlajean, una contracción probablemente de "voilà Jean": ahí está Jean. Su carácter era pensativo, aunque no triste, propio de las almas afectuosas. Perdió de muy corta edad a su padre y a su madre. Se encontró sin más familia que una hermana mayor que él, viuda y con siete hijos. El marido murió cuando el mayor de los siete hijos tenía ocho años y el menor uno. Jean Valjean acababa de cumplir veinticinco. Reemplazó al padre, y mantuvo a su hermana y los niños. Lo hizo sencillamente, como un deber, y aun con cierta rudeza. Su juventud se desperdiciaba, pues, en un trabajo duro y mal pagado. Nunca se le conoció novia; no había tenido tiempo para enamorarse. Por la noche volvía cansado a la casa y comía su sopa sin decir una palabra. Mientras comía, su hermana a menudo le sacaba de su plato lo mejor de la comida, el pedazo de carne, la lonja de tocino, el cogollo de la col, para dárselo a alguno de sus hijos. El, sin dejar de comer, inclinado sobre la mesa, con la cabeza casi metida en la sopa, con sus largos cabellos esparcidos alrededor del plato, parecía que nada observaba; y la dejaba hacer. Aquella familia era un triste grupo que la miseria fue oprimiendo poco a poco. Llegó un invierno

muy crudo; Jean no tuvo trabajo. La familia careció de pan. ¡Ni un bocado de pan y siete niños! Un domingo por la noche Maubert Isabeau, panadero de la plaza de la Iglesia, se disponía a acostarse

cuando oyó un golpe violento en la puerta y en la vidriera de su tienda. Acudió, y llegó a tiempo de ver pasar un brazo a través del agujero hecho en la vidriera por un puñetazo. El brazo cogió un pan y se retiró. Isabeau salió apresuradamente; el ladrón huyó a todo correr pero Isabeau corrió también y lo detuvo. El ladrón había tirado el pan, pero tenía aún el brazo ensangrentado. Era Jean Valjean.

Los Miserables

Esto ocurrió en 1795. Jean Valjean fue acusado ante los tribunales de aquel tiempo como autor de un robo con fractura, de noche, y en casa habitada. Tenía en su casa un fusil y era un eximio tirador y aficionado a la caza furtiva, y esto lo perjudicó. Fue declarado culpable. Las palabras del código eran terminantes. Hay en nuestra civilización momentos terribles, y son precisamente aquellos en que la ley penal pronuncia una condena. ¡Instante fúnebre aquel en que la sociedad se aleja y consuma el irreparable abandono de un ser pensante! Jean Valjean fue condenado a cinco años de presidio. Un antiguo carcelero de la prisión recuerda aún perfectamente a este desgraciado, cuya cade na se

remachó en la extremidad del patio. Estaba sentado en el suelo como todos los demás. Parecía que no comprendía nada de su posición sino que era horrible. Pero es probable que descubriese, a través de las

vagas ideas de un hombre completamente ignorante, que había en su pena algo excesivo. Mientras que a grandes martillazos remachaban detrás de él la bala de su cadena, lloraba; las lágrimas lo ahogaban, le impedían hablar, y solamente de rato en rato exclamaba: "Yo era podador en Faverolles". Después sollozando y alzando su mano derecha, y bajándola gradualmente siete veces, como si tocase sucesivamente siete cabezas a desigual altura, quería indicar que lo que había hecho fue para alimentar a siete criaturas. Por fin partió para Tolón, donde llegó después de un viaje de veintisiete días, en una carreta y con la cadena al cuello. En Tolón fue vestido con la chaqueta roja; y entonces se borró todo lo que había sido en su vida, hasta su nombre, porque desde entonces ya no fue Jean Valjean, sino el número 24.601. ¿Qué fue de su hermana? ¿Qué fue de los siete niños? Pero, ¿a quién le importa? La historia es siempre la misma. Esos pobres seres, esas criaturas de Dios, sin apoyo alguno, sin guía, sin asilo, quedaron a merced de la casualidad. ¿Qué más se ha de saber? Se fueron cada uno por su lado, y se sumergieron poco a poco en esa fría bruma en que se sepultan los destinos solitarios. Apenas, durante todo el tiempo que pasó en Tolón, oyó hablar una sola vez de su hermana. Al fin del cuarto año de prisión, recibió noticias por no sé qué conducto. Alguien que los había conocido en su pueblo había visto a su hermana: estaba en París. Vivía en un miserable callejón, cerca de San Sulpicio, y tenía consigo sólo al menor de los niños. Esto fue lo que le dijeron a Jean Valjean. Nada supo después. A fines de ese mismo cuarto año, le llegó su turno para la evasión. Sus camaradas lo ayudaron como suele hacerse en aquella triste mansión, y se evadió. Anduvo errante dos días en libertad por el campo, si es ser libre estar perseguido, volver la cabeza a cada instante y al menor ruido, tener miedo de todo, del sendero, de los árboles, del sueño. En la noche del segundo día fue apresado. No había comido ni dormido hacía treinta seis horas. El tribunal lo condenó por este delito a un recargo de tres años. Al sexto año le tocó también el turno para la evasión; por la noche la ronda le encontró oculto bajo la quilla de un buque en construcción; hizo resistencia a los guardias que lo cogieron: evasión y rebelión. Este hecho, previsto por el código especial, fue castigado con un recargo de cinco años, dos de ellos de doble cadena. Al décimo le llegó otra vez su turno, y lo aprovechó; pero no salió mejor librado. Tres años más por esta nueva tentativa. En fin, el año decimotercero, intentó de nuevo su eva sión, y fue cogido a las cuatro horas. Tres años más por estas cuatro horas: total diecinueve años. En octubre de 1815 salió en libertad: había entra do al presidio en 1796 por haber roto un vidrio y haber tomado un pan. Jean Valjean entró al presidio sollozando y tembloroso; salió impasible. Entró desesperado; salió taciturno. ¿Qué había pasado en su alma?

V:

El interior de la desesperación

Tratemos de explicarlo. Es preciso que la sociedad se fije en estas cosas, puesto que ella es su causa.

Los Miserables

Jean Valjean no tenía, como se ha visto, una naturaleza malvada. Aún era bueno cuando entró en el presidio. Allí condenó a la sociedad y supo que se hacía malo; cond enó a la Providencia, y supo que se hacía impío. ¿Puede la naturaleza humana transformarse así completamente? Al hombre, creado bueno por Dios, ¿puede hacerlo malo el hombre? ¿Puede el destino modificar el alma completamente, y hacerla mala porque es malo el destino? ¿No hay en toda alma humana, no había en el alma de Jean Valjean en particular, una primera chispa, un elemento divino, incorruptible en este mundo, inmortal en el otro, que el bien puede desarrollar, encender, purificar, hacer brillar esplendorosamente, y que el mal no

puede nunca apagar del todo? ¿Tenía conciencia el presidiario de todo lo que había pasado en él, y de todas las emociones que

experimentaba? Preguntas profundas y obscuras para que este hombre rudo a ignorante pudiera responder. Había demasiada ignorancia en Jean Valjean para que, aun después de tanta desgracia, no quedase mucha vaguedad en su espíritu. Ni aun sabía exactamente lo que por él pasaba. Jean Valjean estaba en las tinieblas; sufría en las tinieblas; odiaba en las tinieblas. Vivía habitualmente en esta sombra, a tientas, como un ciego, como un soñador. Solamente a intervalos recibía súbitamente, de sí mismo o del exterior, un impulso de cólera, un aumento de padecimiento, un pálido y rápido relámpago que iluminaba toda su alma y que le mostraba, entre los resplandores de una luz horrible, los negros precipicios y las sombrías perspectivas de su destino. Pero pasaba el relámpago, venía la noche, y ¿dónde estaba él? Ya no lo sabía. Jean Valjean hablaba poco y no reía nunca. Era necesaria una emoción fuertísima para arrancarle, una o dos veces al año, esa lúgubre risa del forzado que es como el eco de una risa satánica. Parecía estar ocupado siempre en contemplar algo terrible. Y en aquella penumbra sombría y tenebrosa en que vivía, no dejó de destacarse su increíble fuerza física. Y su agilidad, que era aún mayor que su fuerza. Ciertos presidiarios, fraguadores perpetuos de evasiones, concluyen por hacer de la fuerza y de la destreza combinadas una verdadera ciencia, la ciencia de los músculos. Subir por una vertical, y hallar puntos de apoyo donde no había apenas un desnivel, era solamente un juego para Jean Valjean. No sin razón su pasaporte lo calificaba de "hombre muy peligroso". De año en año se había ido desecando su alma, lenta, pero fatalmente. A alma seca, ojos secos. A su salida de presidio hacía diecinueve años que no había derramado una lágrima.

VI:

La ola y la sombra

¡Un hombre al mar! ¡Qué importa! El buque no se detiene por eso. El viento sopla; el barco tiene una senda trazada, que debe recorrer necesariamente. El hombre desaparece y vuelve a aparecer; se sumerge y sube a la superficie; llama; tiende los brazos, pero no es oído: la nave, temblando al impulso del huracán, continúa sus maniobras; los marineros y los pasajeros no ven al hombre sumergido; su miserable cabeza no es más que un punto en la inmensidad de las olas. Sus gritos desesperados resuenan en las profundidades. Observa aquel espectro de una vela que se aleja. La mira, la mira desesperado. Pero la vela se aleja, decrece, desaparece. Allí estaba él: hacía un

momento, formaba parte de la tripula ción, iba y venía por el puente con los demás, tenía su parte de aire y de sol; estaba vivo. Pero ¿qué ha sucedido? Resbaló; cayó. Todo ha terminado.

Se encuentra inmerso en el monstruo de las aguas. Bajo sus pies no hay más que olas que huyen, olas que se abren, que desaparecen. Estas olas, rotas y rasgadas por el viento, lo rodean espantosamente; los vaivenes del abismo lo arrastran; los harapos del agua se agitan alrededor de su cabeza; un pueblo de olas escupe sobre él; confusas cavernas amenazan devorarle; cada vez que se sumerge descubre

prec ipicios llenos de oscuridad; una vegetación desconocida lo sujeta, le enreda los pies, lo atrae: siente que forma ya parte de la espuma, que las olas se lo echan de una a otra; bebe toda su amargura; el océano se encarniza con él para ahogarle; la inmensidad jue ga con su agonía. Parece que el agua se ha convertido en odio. Pero lucha todavía. Trata de defenderse, de sostenerse, hace esfuerzos, nada. ¡Pobre fuerza agotada ya, que combate con lo inagotable! ¿Dónde está el buque? Allá a lo lejos. Apenas es ya visible en las pálidas tinieblas del horizonte. Las ráfagas soplan; las espumas lo cubren. Alza la vista; ya no divisa más que la lividez de las nubes. En su agonía asiste a la inmensa demencia de la mar. La locura de las olas es su suplicio: oye mil

ruidos inauditos que parecen salir de más allá de la tierra; de un sitio descono cido y horrible. Hay pájaros en las nubes, lo mismo que hay ángeles sobre las miserias humanas; pero, ¿qué pueden hacer por él? Ellos vuelan, cantan y se ciernen en los aires, y él agoniza. Se ve ya sepultado entre dos infinitos, el océano y el cielo; uno es su tumba; otro su mor taja. Llega la noche; hace algunas horas que nada; sus fuerzas se agotan ya; aquel buque, aquella cosa lejana donde hay hombres, ha desaparecido; se encuentra solo en el formidable abismo crepuscular; se sumerge, se estira, se enrosca; ve debajo de sí los indefinibles monstruos del infinito; grita. Ya no lo oyen los hombres. ¿Y dónde está Dios? Llama. Llama sin cesar. Nada en el horizonte; nada en el cielo. Implora al espacio, a la ola, a las algas, al escollo; todo ensordece. Suplica a la tempestad; la tempestad imperturbable sólo obedece al infinito. A su alrededor tiene la oscuridad, la bruma; la soledad, el tumulto tempestuoso y ciego, el movi- miento indefinido de las temibles olas; dentro de sí el horror y la fatiga. El frío sin fondo lo paraliza. Sus manos se crispan y se cierran, y cogen, al cerrarse, la nada. Vientos, nubes, torbellinos, estrellas; ¡todo le es inútil! ¿Qué hacer? El desesperado se abandona; el que está cansado toma el partido de morir, se deja llevar, se entrega a la suerte, y rueda para siempre en las lúgubres profundidades del sepulcro. ¡Oh destino implacable de las sociedades humanas, que perdéis los hombres y las almas en vuestro camino! ¡Océano en que cae todo lo que deja caer la ley! ¡Siniestra desaparición de todo auxilio! ¡Muerte moral! La mar es la inexorable noche social en que la penalidad arroja a sus condenados. La mar es la inmensa miseria. El alma, naufragando en este abismo, puede convertirse en un cadáver. ¿Quién lo resucitará?

VII: Nuevas quejas

Cuando llegó la hora de la salida del presidio; cuando Jean Valjean oyó resonar en sus oídos estas palabras extrañas: "¡Estás libre!", tuvo un momento indescriptible: un rayo de viva luz, un rayo de la verdadera luz de los vivos penetró en él súbitamente. Pero no tardó en deb ilitarse. Jean Valjean se había deslumbrado con la idea de la libertad. Había creído en una vida nueva; pero pronto supo lo que es una libertad con pasaporte amarillo.

Al día siguiente de su libertad, en Grasse, vio delante de la puerta de una destilería de flores de naranjo algunos hombres que descargaban unos fardos. Ofreció su trabajo. Era necesario y fue

aceptado. Se puso a trabajar. Era inteligente, robusto, ágil, trabajaba muy bien; su empleador parecía estar contento. Pero pasó un gendarme, lo observó y le pidió sus papeles. Le fue preciso mostrar el pasaporte amarillo. Hecho esto, volvió a su trabajo. Un momento antes había preguntado a un compañero cuánto ganaba al día; "treinta sueldos", le había respondido. Llegó la tarde, y como debía

imposible que el grito de aquel gozne no hubiese estremecido toda la casa como la sacudida de un terremoto. El viejo se levantaría, las dos mujeres gritarían, recibirían auxilio, y antes de un cuarto de hora el pueblo estaría en movimiento, y la gendarmería en pie. Por un momento se creyó perdido. Permaneció inmóvil, sin atreverse a hacer ningún movimiento. Pasaron algunos minutos. La puerta se había abierto completamente. Se atrevió a entrar en el cuarto; el ruido del gozne mohoso no había despertado a nadie. Había pasado el primer peligro; pero Jean Valjean estaba sobrecogido y confuso. Mas no retrocedió. Ni aun en el momento en que se creyó perdido retrocedió. Sólo pensó en acabar cuanto antes.

En el dormitorio reinaba una calma perfecta. Oía en el fondo de la habitación la respiración igual y tranquila del obispo dormido.

De repente se detuvo. Estaba cerca de la cama; había llegado antes de lo que creía. El obispo dormía tranquilamente. Su fisonomía estaba iluminada por una vaga expresión de satisfacción, de esperanza, de beatitud. Esta expresión era más que una sonrisa; era casi un resplandor. Jean Valjean estaba en la sombra con su barra de hierro en la mano, inmóvil, turbado ante aquel anciano resplandeciente. Nunca había visto una cosa semejante. Aquella confianza lo asustaba. El mundo moral no puede presentar espectáculo más grande: una conciencia turbada a inquieta, próxi ma a cometer una mala acción, contemplando el sueño de un justo. Nadie hubiera podido decir lo que pasaba en aquel momento por el criminal; ni aun él mismo lo sabía. Para tratar de expresarlo es preciso combinar mentalmente lo más violento con lo más suave. En su fisonomía no se podía distinguir nada con certidumbre; parecía expresar un asombro esquivo. Contemplaba aquel cuadro; pero, ¿qué pensaba? Imposible adivinarlo. Era evidente que estaba conmovido y desconcertado. Pero, ¿de qué naturaleza era esta emoción? No podía apartar su vista del anciano; y lo único que dejaba traslucir claramente su fisono mía era una extraña indecisión. Parecía dudar entre dos abismos: el de la perdición o el de la salvación; entre herir aquella cabeza o besar aquella mano. Al cabo de algunos instantes levantó el brazo izquierdo hasta la frente, y se quitó la gorra; des pués dejó caer el brazo c on lentitud y volvió a su meditación con la gorra en la mano izquierda, la barra en la derecha y los cabellos erizados sobre su tenebrosa frente. El obispo seguía durmiendo tranquilamente bajo aquella mirada aterradora. El reflejo de la luna hacía visible confusamente encima de la chimenea el crucifijo, que parecía abrir sus brazos a ambos, bendiciendo al uno, perdonando al otro. De repente Jean Valjean se puso la gorra, pasó rápidamente a lo largo de la cama sin mirar al obispo, se dirigió al armario que estaba a la cabecera; alzó la barra de hierro como para forzar la cerradura; pero estaba puesta la llave; la abrió y lo primero que encontró fue el cestito con la platería; lo cogió, atravesó la estancia a largos pasos, sin precaución alguna y sin cuidarse ya del ruido; entró en el oratorio, cogió su palo, abrió la ventana, la saltó, guardó los cubiertos en su mo rral, tiró el canastillo, atravesó el jardín, saltó la tapia como un tigre y desapareció.

IX:

El obispo trabaja

Al día siguiente, al salir el sol, monseñor Bienvenido se paseaba por el jardín. La señora Magloire salió corriendo a su encuentro muy agitada.

-Monseñor, monseñor -exclamó-: ¿Sabe Vuestra Grandeza dónde está el canastillo de los cubiertos? -Sí -contestó el obispo. -¡Bendito sea Dios! -dijo ella-. No lo podía encontrar. El obispo acababa de recoger el canastillo en el jardín, y selto presentó a la señora Magloire. Aquí está. -Sí -dijo ella-; pero vacío. ¿Dónde están los cubiertos?

Los Miserables

-¡Ah! -dijo el obispo-. ¿Es la vajilla lo que buscáis? No lo sé. -¡Gran Dios! ¡La han robado! El hombre de anoche la ha robado. Y en un momento, con toda su viveza, la señora Magloire corrió al oratorio, entró en la alcoba, y volvió al lado del obispo. -¡Monseñor, el hombre se ha escapado! ¡Nos robó la platería! El obispo permaneció un momento silencioso, alzó después la vista, y dijo a la señora Magloire con toda dulzura: -¿Y era nuestra esa platería? La señora Magloire se quedó sin palabras; y el obispo añadió: -Señora Magloire; yo retenía injustamente desde hace tiempo esa platería. Pertenecía a los pobres.

¿Quién es ese hombre? Un pobre, evidentemente. -¡Ay, Jesús! -dijo la señora Magloire-. No lo digo por mí ni por la señorita, porque a nosotras nos da lo mismo; lo digo por Vuestra Grandeza. ¿Con qué vais a comer ahora, monseñor? El obispo la miró como asombrado. -Pues, ¿no hay cubiertos de estaño? La señora Magloire se encogió de hombros. -El estaño huele mal. -Entonces de hierro. La señora Magloire hizo un gesto expresivo: -El hierro sabe mal. -Pues bien -dijo el obispo-, cubiertos de palo. Algunos momentos después se sentaba en la misma mesa a que se había sentado Jean Valjean la noche anterior. Mientras desayunaba, monseñor Bienvenido hacía notar alegremente a su hermana, que no hablaba nada, y a la señora Magloire, que murmuraba sordamente, que no había necesidad de cuchara ni de tenedor, aunque fuesen de madera, para mojar un pedazo de pan en una taza de leche. -¡A quién se le ocurre -mascullaba la señora Magloire yendo y viniendo- recibir a un hombre así, y darle cama a su lado! Cuando ya iban a levantarse de la mesa, golpearon a la puerta. Adelante -dijo el obispo. Se abrió con violencia la puerta. Un extraño grupo apareció en el umbral. Tres hombres traían a otro cogido del cuello. Los tres hombres eran gendarmes. El cuarto era Jean Valjean. Un cabo que parecía dirigir el grupo se dirigió al obispo haciendo el saludo militar. -Monseñor... -dijo. Al oír esta palabra Jean Valjean, que estaba silencioso y parecía abatido, levantó estupefacto la cabeza. -¡Monseñor! - murmuró-. ¡No es el cura! -Silencio -dijo un gendarme-. Es Su Ilustrísima el señor obispo. Mientras tanto monseñor Bienvenido se había acercado a ellos. -¡Ah, habéis regresado! -dijo mirando a Jean Valjean-. Me alegro de veros. Os había dado también los candeleros, que son de plata, y os pue den valer también doscientos francos. ¿Por qué no los habéis llevado con vuestros cubiertos? Jean Valjean abrió los ojos y miró al venerable obispo con una expresión que no podría pintar ninguna lengua humana.

-Monseñor -dijo el cabo-. ¿Es verdad entonces lo que decía este hombre? Lo encontramos como si fuera huyendo, y lo hemos detenido. Tenía esos cubiertos...

-¿Y os ha dicho - interrumpió sonriendo el obispo- que se los había dado un hombre, un sacerdote anciano en cuya casa había pasado la noche? Ya lo veo. Y lo habéis traído acá. -Entonces -dijo el gendarme-, ¿podemos dejarlo libre? -Sin duda -dijo el obispo.