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libro de IT de stephen king, Apuntes de Lengua y Literatura

Stephen King libro de IT en español

Tipo: Apuntes

2019/2020

Subido el 09/04/2020

tetesita
tetesita 🇪🇸

4.7

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Stephen King
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Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos
me enseñaron a ser libre.
Naomi Rachel King, de 14 años; Joseph Hillstrom King, de 12; Owen Philip King, de 7.
Niños, la ficción es la verdad que se encuentra dentro de la mentira y la verdad de esta
ficción es muy sencilla: la magia existe.
Esta vieja ciudad ha sido hogar desde que yo recuerde y aquí estará después que me haya
ido. A un lado y al otro, échale una mirada. Aunque venida a menos, te llevo hasta en los huesos.
The Michael Stanley Band
¿Qué buscas, viejo amigo?
Después de tantos años, a qué vienes
con sueños que albergaste
bajo cielos ajenos
muy lejos de tu tierra.
George Seferis
Del azul del cielo al negro de la nada.
Neil Young.
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Stephen King

IItt^ ((EEssoo))

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre.

Naomi Rachel King, de 14 años; Joseph Hillstrom King, de 12; Owen Philip King, de 7. Niños, la ficción es la verdad que se encuentra dentro de la mentira y la verdad de esta ficción es muy sencilla: la magia existe.

Esta vieja ciudad ha sido hogar desde que yo recuerde y aquí estará después que me haya ido. A un lado y al otro, échale una mirada. Aunque venida a menos, te llevo hasta en los huesos.

The Michael Stanley Band

¿Qué buscas, viejo amigo? Después de tantos años, a qué vienes con sueños que albergaste bajo cielos ajenos muy lejos de tu tierra. George Seferis Del azul del cielo al negro de la nada. Neil Young.

Comentario [LT1]:

Primera parte. La sombra, antes.

¡Empiezan! Las perfecciones se acentúan. La flor extiende sus coloridos pétalos amplios al sol. Pero la lengua de la abeja no les acierta. Se hunden de nuevo en el lodo dando un grito –puede decirse que es un grito que repta sobre ellos, un estremecimiento mientras se marchitan y se esfuman... William Carlos Williams, Paterson

Nacido en una ciudad de muertos. Bruce Springsteen

I. Después de la inundación (1957)

El terror, que no terminaría por otros veintiocho años –si es que terminó alguna vez–, comenzó, hasta donde sé o puedo contar, con un barco de papel que flotaba a lo largo del arroyo de una calle anegada de lluvia.

El barquito cabeceó, se ladeó, volvió a enderezarse en medio de traicioneros remolinos y continuó su marcha por Witcham Street hacia el cruce de ésta y Jackson. El semáforo de la esquina estaba a oscuras y también todas las casas, en aquella tarde de otoño de 1957. Llovía sin cesar desde hacía una semana y dos días atrás habían llegado los vientos. Desde entonces, la mayor parte de Derry había quedado sin corriente eléctrica y aún seguía así.

Un chiquillo de impermeable amarillo y botas rojas seguía alegremente al barco de papel. La lluvia no había cesado, pero al fin estaba amainando. Caía sobre la capucha amarilla del impermeable y a oídos del niño sonaba como lluvia sobre el tejado de un cobertizo... un sonido reconfortante, casi acogedor. El niño se llamaba George Denbrough. Tenía seis años. William, su hermano, a quien los niños de la escuela primaria de Derry conocían como Bill el Tartaja, estaba en su casa recuperándose de una aguda gripe. En ese otoño de 1957, ocho meses antes de que comenzasen realmente los horrores y veintiocho años antes del desenlace final, Bill el Tartaja tenía diez años.

El barquito junto al cual corría George era obra de Bill. Lo había hecho sentado en su cama, con la espalda apoyada en un montón de almohadas, mientras la madre tocaba Para Elisa en el piano de la sala y la lluvia batía monótonamente la ventana de su habitación.

A un tercio de manzana, camino del semáforo apagado, Witcham Street estaba cerrada al

Incorporado en la cama, con las mejillas aún sonrojadas (pero con la fiebre retirándose finalmente), Bill había terminado el bote, pero cuando George intentó cogerlo, Bill lo puso fuera de su alcance.

—Ahora t–t–tráeme la p–p–parafina. —¿Qué es eso? ¿Dónde está? —Está en el es–t–t–tante del s–ssótano, al bajar –dijo Bill–. En una caja que dice G–gu–Gulf. Tráeme eso, Junto con un cuchillo y un c–c–cuenco. Y una c–c–caja de f–fósforos.

George fue en busca de esas cosas. Oyó que su madre seguía tocando el piano, pero ya no era Para Elisa, sino algo que no le gustaba tanto, algo que sonaba seco y alborotado; oyó la lluvia azotando las ventanas de la cocina. Ese sonido era reconfortante, pero no así la idea de bajar al sótano. No le gustaba el sótano ni le gustaba bajar por sus escaleras porque siempre imaginaba que allí abajo, en la oscuridad, había algo. Era una tontería, por supuesto, lo decía su padre, lo decía su madre, y, aún más importante, lo decía Bill, pero aun así...

No le gustaba siquiera abrir la puerta para encender la luz, porque temía (era algo tan estúpido que no se atrevía a contárselo a nadie) que, mientras tanteaba en busca del interruptor, una garra espantosa se posara sobre su muñeca... y lo arrebatara hacia esa oscuridad que olía a suciedad, humedad y hortalizas podridas.

¡Qué estupidez! No existían monstruos con garras peludas y llenos de furia asesina. De vez en cuando, alguien se volvía loco y mataba a mucha gente –a veces, Chet Huthley contaba cosas de ésas, en el informativo de la noche–, y también estaban los comunistas, por supuesto, pero ningún monstruo horripilante vivía en el sótano. No obstante, la idea persistía. En aquellos momentos interminables, mientras buscaba a tientas la llave de la luz con la mano derecha (el brazo izquierdo se cogía con fuerza a la jamba de la puerta), el olor a sótano parecía intensificarse hasta llenar el mundo entero. Los olores a suciedad, humedad y hortalizas podridas se mezclaban en un olor inconfundible e ineludible; el del monstruo, la apoteosis de todos los monstruos. Era el olor de algo que él no sabía nombrar; el olor de Eso "En el original, It. Los protagonistas transforman el artículo neutro en nombre propio para designar a la fuerza misteriosa contra la que se enfrentan (N. de la T.)" agazapado al acecho y listo para saltar. Una criatura capaz de comer cualquier cosa, pero especialmente hambrienta de carne de niño.

Aquella mañana abrió la puerta para tantear interminablemente en busca del interruptor, sujetando el marco de la puerta con la fuerza de siempre, los ojos apretados, la punta de la lengua asomando por la comisura de los labios como una raicilla agonizante buscando agua en un sitio de sequía. ¿Gracioso? ¡Claro! "Mira a Georgie ¡Georgie le tiene miedo a la oscuridad! ¡Vaya tonto!"

El sonido del piano llegaba desde lo que su padre llamaba sala de estar y su madre sala de visitas. Sonaba a música de otro mundo, lejana, como deben de sonar las conversaciones y risas de una playa abarrotada al nadador exhausto que lucha contra la corriente.

¡Sus dedos encontraron el interruptor! Lo accionaron... y nada. No había luz. "¡Maldita sea! ¡La corriente eléctrica!" George retiró el brazo como de un cesto lleno de serpientes. Retrocedió desde la puerta abierta, el corazón palpitante. No había corriente, por supuesto; había olvidado que la corriente estaba cortada. ¿Y ahora qué? ¿Decirle a Bill que no podía llevarle la caja de parafina porque no había luz y tenía miedo de que algo lo cogiese en las escaleras del sótano, algo que no era comunista ni un asesino loco, sino una criatura mucho peor? ¿Algo que simplemente deslizaría una parte de su maligno ser entre los peldaños para cogerle por el tobillo? Sonaría ridículo. Otros podrían reírse de esas fantasías, pero Bill no se reiría. Bill se pondría furioso. Bill diría: "A ver si creces, Georgie... ¿Quieres este barquito o no?

Como si le leyera el pensamiento, Bill gritó desde el dormitorio: —¿Te has muerto allí abajo, GGeorgie? –No, ya lo llevo, Bill –respondió George, y se frotó los brazos para que desapareciese la delatora carne de gallina–. Sólo me he entretenido en tomar un poco de agua.

—Bueno, pues date prisa. Apenas George bajó los cuatro escalones que faltaban para llegar al estante del sótano, el corazón martilleándole en su garganta, el vello de la nuca erizado, los ojos ardiendo, las manos heladas y la seguridad de que, en cualquier momento, la puerta del sótano se cerraría dejándole a oscuras y entonces oiría a Eso, algo peor que todos los comunistas y los asesinos del mundo, peor que los japoneses, peor que Atila el huno, peor que los seres de cien películas de terror. Eso, gruñendo profundamente –George oiría el gruñido en esos segundos demenciales antes de que Eso se abalanzase sobre él y le despanzurrara las entrañas–. A causa de la inundación, el hedor del sótano estaba peor que nunca. La casa se había salvado por encontrarse en la parte alta de Witcham Street, cerca de la cima de la colina, pero abajo aún seguía el agua estancada que se había filtrado por los cimientos de piedra. El olor era terroso y desagradable.

George examinó los chismes del estante tan rápidamente como pudo: latas viejas de betún Kiwi y trapos para limpiar zapatos, una lámpara de queroseno rota, dos botellas de limpiacristales Windex casi vacías, una vieja lata de cera Turtle. Por alguna razón, esa lata le impresionó y contempló la tortuga de la tapa con perplejidad hipnótica. La apartó luego hacia atrás... y allí estaba, por fin, una caja cuadrada con la inscripción Gulf.

George corrió escaleras arriba tan rápido como pudo, dándose cuenta de que llevaba salidos los faldones de la camisa y de que esos faldones serían su perdición: la cosa del sótano le permitiría llegar casi hasta arriba y entonces le cogería por el faldón de la camisa y tiraría hacia atrás y...

Llegó a la cocina y cerró la puerta de un portazo. George se apoyó contra ella con los ojos cerrados, la frente y los brazos cubiertos de sudor, sosteniendo la caja de parafina en una mano.

Oyó la voz de su madre: —Georgie, ¿podrías golpear la puerta un poco más, la próxima vez? Incluso podrías romper los platos del aparador.

—Disculpa, mamá. —Georgie, so inútil –llamó Bill, desde su dormitorio, con entonación grave para que la madre no le oyese.

George rió. El miedo había desaparecido, se había desprendido de él tan fácilmente como una pesadilla se desprende del hombre que despierta con la piel fría y el aliento agitado palpándose el cuerpo y mirando alrededor para asegurarse de que nada ha ocurrido en realidad: olvida la mitad cuando sus pies tocan el suelo; las tres cuartas partes, cuando sale de la ducha y comienza a secarse con la toalla; y la totalidad cuando termina el desayuno. Desaparecida por completo... hasta la próxima vez, cuando en el puño de la pesadilla todos los miedos volverán a recordarse.

"Esa tortuga –pensó George, acercándose al cajón donde se guardaban los fósforos–. ¿Dónde he visto una tortuga así?"

Pero no lo recordó. Sacó una caja de cerillas del cajón, un cuchillo del escurridor (sosteniendo el filo lejos de su cuerpo, como le había enseñado su padre) y un pequeño bol del aparador. Luego volvió al cuarto de Bill.

—Eres un inepto, G–georgie –dijo Bill cordialmente mientras apartaba las cosas que había en su mesilla de noche: un vaso vacío, una jarra de agua, kleenex, libros, y un frasco de Vicks Vaporub (cuyo olor Bill asociaría toda su vida a pechos flemosos y narices tapadas). También estaba allí la vieja radio Philco, pero no emitía ni a Chopin ni a Bach, sino una canción de Little Richard... aunque muy bajito, tan bajito que Little Richard perdía toda su cruda y elemental potencia. La madre, que había estudiado piano en Juilliard, detestaba el rock and roll. Más que detestarlo, lo abominaba.

—No soy ningún inepto –dijo George, sentándose en el borde de la cama y poniendo en la mesa las cosas que había traído.

—Sí lo eres –dijo Bill–. No eres otra cosa que un inepto de culo gordo, negro y asqueroso. George trató de imaginar a un chico que sólo fuese un culo con piernas y comenzó a reírse.

—Me gustaría que vinieras –dijo George. Le hubiese gustado de veras. Bill a veces se ponía mandón al cabo de un rato, pero siempre tenía ideas estupendas–. En realidad, el barco es tuyo.

—A mí también me gustaría ir –dijo Bill, sombrío. —Ya... –George cambió el peso del cuerpo de un pie al otro, con el barco en la mano. —Ponte el impermeable y las botas –advirtió el mayor–, si no quieres pescar una gripe como la mía. Casi seguro que la pescas de todos modos por mis g–g–gérmenes.

—Gracias, Bill. Es un barco muy bonito. Y entonces hizo algo que no había hecho hacía tiempo, algo que Bill jamás olvidaría: besó a su hermano en la mejilla.

—Ahora sí la vas a pescar, culo sucio –dijo Bill, más animado. Sonrió–. Y guarda estas cosas. Si no, a mamá le dará un ataque.

—Está bien. –George lo recogió todo y cruzó la habitación con el bote precariamente encaramado a la caja de parafina, que iba dentro del bol.

—G–g–georgie... George se volvió para mirar a su hermano. —Ten cuidado. —Descuida. –Frunció el entrecejo. Eso era algo que decían las madres, no los hermanos mayores. Resultaba tan extraño como haberle dado un beso a Bill.

Y salió. Bill jamás volvió a verlo.

Y allí estaba, persiguiendo su barco de papel por el lado izquierdo de Witcham Street. Corría deprisa, pero el agua le ganaba y el barquito estaba sacando ventaja. Oyó un rugido y vio cómo cincuenta metros más adelante, colina abajo, el agua de la cuneta se precipitaba en una boca de tormenta que aún continuaba abierta. Era un largo semicírculo abierto en el bordillo de la acera y mientras George miraba, una rama desgarrada, con la corteza oscura y reluciente se hundió en aquellas fauces. Pendió por un momento y luego se deslizó hacia el interior. Hacia allí se encaminaba su barco.

—¡Mierda! –chilló horrorizado. Forzó el paso y, por un momento, pareció que iba a alcanzarlo. Pero George resbaló y cayó despatarrado con un grito de dolor. Desde su nueva perspectiva, a la altura del pavimento, vio que el barco giraba en redondo dos veces, atrapado en otro remolino, antes de desaparecer.

—¡Mierda y mierda! –volvió a chillar, golpeando el pavimento con el puño. Eso también le dolió, y se echó a sollozar. ¡Qué manera tan estúpida de perder el barco! Se dirigió hacia la boca de tormenta y allí se dejó caer de rodillas, para mirar el interior. El agua hacía un ruido hueco al caer en la oscuridad. Ese sonido le dio escalofríos. Hacía pensar en...

—¡Eh! –exclamó de pronto, y retrocedió. Allí adentro había unos ojos amarillos. Ese tipo de ojos que él siempre imaginaba, sin verlos nunca, en la oscuridad del sótano. "Es un animal –pensó–; eso es todo: un animal; a lo mejor un gato que quedó atrapado..."

De todos modos, estaba por echar a correr a causa del espanto que le produjeron aquellos ojos amarillos y brillantes. Sintió la áspera superficie del pavimento bajo los dedos y el agua fría que corría alrededor. Se vio a sí mismo levantándose y retrocediendo. Y fue entonces cuando una voz, una voz razonable y bastante simpática, le habló desde dentro de la boca de tormenta:

—Hola, George. George parpadeó y volvió a mirar. Apenas daba crédito a lo que veía; era algo sacado de un cuento o de una película donde uno sabe que los animales hablan y bailan. Si hubiera tenido diez años más, no habría creído en lo que estaba viendo, pero no tenía dieciséis años sino seis.

En la boca de tormenta había un payaso. La luz era suficiente para que George Denbrough estuviese seguro de lo que veía. Era un payaso, como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su bocina en Howdy Doody, los sábados por la mañana. Búfalo Bob era el único que entendía a Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La cara del payaso metido en la boca de tormenta era blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso pintada alrededor de la boca. Si George hubiese vivido años después, habría pensado en Ronald Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell.

El payaso sostenía en una mano un manojo de globos de colores, como tentadora fruta madura. En la otra, el barquito de papel de George.

—¿Quieres tu barquito, Georgie? –El payaso sonreía. George también sonrió, sin poder evitarlo. —Si, lo quiero. El payaso se echó a reír. —¡Así me gusta! ¿Y un globo? ¿Quieres un globo? —Bueno... sí, por supuesto. –Alargó la mano pero de inmediato la retiró–. No debo coger nada que me ofrezca un desconocido. Lo dice mi papá.

—Y tu papá tiene mucha razón –replicó el payaso sonriendo. George se preguntó cómo podía haber creído que sus ojos eran amarillos, si eran de un azul brillante como los de su mamá y de Bill–. Muchísima razón, ya lo creo. Por lo tanto, voy a presentarme. George, soy el señor Bob Gray, también conocido como Pennywise el Payaso. Pennywise, te presento a George Denbrough. George, te presento a Pennywise. Ahora ya nos conocemos. Yo no soy un desconocido y tú tampoco. ¿Correcto?

George soltó una risita. —Correcto. –Volvió a estirar la mano... y a retirarla–. ¿Cómo te has metido ahí adentro? –La tormenta me trajo volaaaando –dijo Pennywise el Payaso–. Se llevó todo el circo. ¿No sientes olor a circo, George?

George se inclinó hacia adelante. ¡De pronto olía a cacahuetes! ¡Cacahuetes tostados! ¡Y vinagre blanco, del que se pone en las patatas fritas! Y olía a algodón de azúcar, a buñuelos, y también a estiércol de animales salvajes. Olía el aroma regocijante del aserrín. Y sin embargo...

Sin embargo, bajo todo eso olía a inundación, a hojas deshechas y a oscuras sombras en bocas de tormenta. Era un olor húmedo y pútrido. El olor del sótano.

Pero los otros olores eran más fuertes. —Sí, lo huelo –dijo. —¿Quieres tu barquito, George? Te lo pregunto otra vez porque no pareces desearlo mucho. Y se lo enseñó, sonriendo. Llevaba un traje de seda abolsado con grandes botones color naranja. Una corbata brillante, de color azul eléctrico, le caía por la pechera. En las manos llevaba grandes guantes blancos, como Mickey y Donald.

—Sí, claro –dijo George, mirando el interior de la boca de tormenta. —¿Y un globo? Los tengo rojos, verdes, amarillos, azules... —¿Flotan? —¿Que si flotan? –La sonrisa del payaso se acentuó–. Oh, sí, claro que sí. ¡Flotan! También tengo algodón de azúcar...

George estiró la mano.

II. Después del festival (1984)

Si Adrian llevaba puesto ese sombrero, diría más tarde su sollozante amigo a la policía, era porque lo había ganado en una caseta de tiro al blanco en la feria de Bassey Park, sólo seis días antes de su muerte. Estaba orgulloso de él.

—Lo llevaba puesto porque él amaba a este pueblucho del demonio– dijo Don Hagarty, el amigo, a los policías.

—Bueno, tranquilícese –indicó a Hagarty el oficial Harold Gardener. Harold Gardener era uno de los cuatro hijos varones de Dave Gardener. El día en que su padre había descubierto el cuerpo mutilado y sin vida de George Denbrough, Harold Gardener tenía cinco años. En la actualidad, casi veintisiete años después, contaba treinta y dos y se estaba quedando calvo. Harold Gardener aceptaba como reales el dolor y el luto de Don Hagarty, pero al mismo tiempo le resultaba imposible tomarlos en serio. Ese hombre, si hombre podía llamársele, tenía los ojos pintados y llevaba unos pantalones de satén tan ajustados que casi se le notaban las arrugas de la polla. Con luto o sin él, con dolor o sin dolor, era un simple marica. Igual que su amigo, el difunto Adrian Mellon.

—Empecemos otra vez –dijo Jeffrey Reeves, el compañero de Harold–. Salisteis del Falcon y caminasteis hacia el canal. ¿Qué ocurrió entonces?

—¿Cuántas veces tengo que repetirlo, so idiotas? –exclamó Hagarty–. ¡Lo mataron! ¡Lo empujaron al canal! ¡Para ellos sólo ha sido otra aventura en Macholandia! Don Hagarty se echó a llorar.

—Una vez más –repitió Reeves, pacientemente–. Salisteis del Falcon. ¿Y entonces?

En la sala de interrogatorios, en el mismo vestíbulo, dos policías de Derry hablaban con Steve Dubay, de diecisiete años; en el departamento de pruebas, primer piso, otros dos interrogaban a john Telaraña Garton, de dieciocho, y en el despacho del jefe de policía, quinto piso, el jefe Andrew Rademacher y el ayudante del fiscal de distrito, Tom Boutillier, interrogaban a Christopher Unwin, de quince años. Unwin, vestido con pantalones vaqueros desteñidos, una remera grasienta y pesadas botas de ingeniero, estaba sollozando. Rademacher y Boutillier se ocupaban de él porque lo consideraban, bastante acertadamente, el eslabón más débil de la cadena.

—Empecemos otra vez –dijo Boutillier, en el preciso momento en que Jeffrey Reeves decía lo mismo dos pisos más abajo.

–No queríamos matarlo –balbuceó Unwin–. Fue por el sombrero. No podíamos creer que aún lo llevase, ya me entiende, después de lo que Telaraña le dijo la primera vez. Creo que sólo quisimos asustarlo.

—Por lo que dijo –interpuso el jefe Rademacher. —Sí. —A John Garton, en la tarde del día diecisiete. —Sí, a Telaraña. –Unwin volvió a romper en sollozos–. Pero cuando lo vimos en dificultades, tratamos de salvarlo. Al menos, yo y Stevie Dubay... ¡No queríamos matarlo!

—Vamos, Chris, admítelo –dijo Boutillier–. Arrojasteis al canal a ese mariquita.

—Sí, pero... —Y los tres habéis venido aquí para aclarar las coas. El jefe Rademacher y yo les estamos agradecidos, verdad, Andy¿

—Claro. Hay que ser muy hombre para reconocer o que se ha hecho, Chris. —Entonces no lo estropees mintiéndonos ahora. Tuvisteis la intención de arrojarlo en cuanto lo visteis salir del Falcon con su amiguito, ?no¿

—¡No! –protestó Chris Unwin con vehemencia. Boutillier sacó un paquete de Marlboro del bolsillo de su camisa y cogió uno. Luego tendió el paquete a Unwin.

—?Un cigarrillo¿ Unwin aceptó el ofrecimiento. Boutillier tuvo que perseguir el extremo con la cerilla para encendérselo debido a que al muchacho le temblaba la boca.

—Pero sí cuando vieron que llevaba el sombrero, no? –preguntó Rademacher. Unwin dio una calada profunda bajando la cabeza –el pelo grasiento le cayó sobre los ojos– y exhaló el humo por la nariz.

—Sí –reconoció, en voz casi inaudible. Boutillier se inclinó hacia adelante con un destello en sus ojos marrones. Aunque su cara era la de un ave de rapiña, su voz sonó amable.

—¿Qué has dicho, Chris? —He dicho que sí. Queríamos arrojarlo al canal, pero no matarlo. –Levantó la mirada con expresión angustiada, incapaz de comprender los extraordinarios cambios que se habían producido en su vida desde que saliera de su casa para participar en la última noche del Festival del Canal, con dos amigos, a las siete y media de la noche–. ¡Matarlo, no! –repitió–. Y ese tío que estaba bajo el puente... no sé quién era.

—¿De qué tío hablas? –preguntó Rademacher. Ya habían oído esa parte y ninguno de los dos la creía. Tarde o temprano, los acusados de asesinato sacaban a relucir algún misterioso "tío". Boutillier había llegado a darle un nombre al asunto. Lo llamaba "síndrome del Manco", por el personaje de El fugitivo, aquella vieja serie de la televisión.

—El tipo vestido de payaso –dijo Chris Unwin estremeciéndose–. El tío de los globos.

Los habitantes de Derry consideraban que el Festival del Canal, que se desarrolló entre el 15 y el 21 de julio, había sido un gran éxito, algo bueno para la moral, la imagen de la ciudad... y el bolsillo. Los festejos de esa semana celebraban el centenario de la inauguración del canal que corría por el centro de la ciudad. Había sido ese canal el que abriera plenamente a Derry al comercio de la madera, entre 1884 y 1910, dando origen a los años de bonanza de Derry.

La ciudad fue acicalada de este a oeste y de norte a sur. Ciertos baches, de los que algunos decían que llevaban más de diez años sin ser reparados, fueron debidamente rellenados con alquitrán hasta que las calles quedaron parejas. Los edificios municipales fueron arreglados por dentro y pintados por fuera. Desaparecieron las peores leyendas inscritas en Bassey Park – muchas de ellas, manifestaciones contra los homosexuales, tales como –"Matad a todos los maricas y el sida es el castigo de Dios, maricas al infierno"–, borradas de los bancos y las paredes de madera que cerraban el pequeño puente cubierto sobre el canal, conocido como Puente de los Besos.

Se instaló un Museo del Canal en tres locales del centro, con material de Michael Hanlon, bibliotecario e historiador aficionado de la ciudad. Las familias más antiguas de la población

habían señalado antes. Y en ese momento vio que Mellon se volvía hacia Hagarty... y que los dos se besaban brevemente.

—¡Voy a vomitar, macho! –exclamó Telaraña, asqueado. Le acompañaban Chris Unwin y Steve Dubay. Cuando Telaraña señaló a Mellon, Steve Dubay creyó reconocer al otro marica; se llamaba Don y había recogido en su coche a un chico de la secundaria, sólo para meterle mano.

Mellon y Hagarty volvieron a caminar hacia los tres muchachos, alejándose del tiro al blanco, rumbo a la salida de la feria. Telaraña Garton diría más tarde a los oficiales Hughes y Conley que se había sentido "herido en su orgullo cívico" al ver que un marica de mierda llevaba un sombrero con la leyenda I "corazón pintado" Derry. Ese sombrero de copa con su flor meneándose en todas direcciones era una ridiculez. Lo que, al parecer, irió aún más el orgullo cívico de Telaraña.

Cuando pasaron Mellon y Hagarty, siempre abrazados por la cintura, Telaraña gritó: —¡Tendría que hacerte tragar ese sombrero, marica asqueroso! Mellon se volvió hacia Garton y respondió parpadeando con coquetería: —Si tienes hambre, tesoro, puedo conseguirte algo más sabroso que mi sombrero. Telaraña Garton decidió arreglarle el rostro al marica. En la geografía de esa cara se alzarían montañas y los continentes cambiarían de sitio. No iba a tolerar que nadie se mofara de él. Nadie.

Cuando echó a andar hacia Mellon, Hagarty, alarmado, trató de llevarse a su amigo, pero éste se mantuvo firme, sonriendo. Más tarde, Garton diría a los oficiales Hughes y Conley que Mellon debía de estar drogado. Sí, en efecto, reconocería Hagarty, al serle sugerida la idea por los oficiales Gardener y Reeves, se había drogado con dos bollos fritos untados de miel y con la feria. No había podido reconocer, por tanto, la amenaza real que representaba Telaraña Garton.

—Pero así era Adrian –dijo Don, enjugándose los ojos con un pañuelo de papel y estropeándose la sombra brillante de los párpados–. Era uno de esos tontos–convencidos de que todo saldrá bien.

Mellon habría podido resultar seriamente herido si en ese momento Garton no hubiera sentido un golpecito en el codo. Era un bastón de goma. Al girar la cabeza, se encontró con el oficial Frank Machen, de la policía de Derry.

—Será mejor que te largues –le dijo Machen– y dejes a esas locas en paz. Venga, muévete. —Pero me han insultado –replicó Telaraña. Unwin y Dubay, olfateando problemas, trataron de que Garton siguiera caminando con ellos, pero él se zafó violentamente. Su hombría acababa de sufrir un insulto que debía ser vengado.

—Olvídalo –repuso Machen–. Anda, sigue caminando. No quiero tener que llevarte a comisaría.

—¡Pero me ha tratado de maricón! —¿Y te preocupa? –preguntó Machen con sarcasmo. Garton se ruborizó intensamente. Durante ese diálogo, Hagarty trataba, con creciente desesperación, de alejar a Adrian Mellon de la escena.

—¡Adiós, cariño! –se despidió Adrian con descaro. —Cierra el pico –le dijo Machen–. Vete de aquí. Garton se abalanzó contra Mellon, pero el oficial lo sujetó. —Basta ya –advirtió–. ¿O quieres acabar en el calabozo? —¡La próxima vez me la vas a pagar! –aulló Garton a la pareja que se marchaba, haciendo girar muchas cabezas en su dirección–. ¡Y si te veo con ese sombrero te voy a matar! ¡En esta ciudad no necesitamos maricas como tú!

Mellon, sin volverse, agitó los dedos de la mano izquierda –llevaba las uñas pintadas de rojo cereza– y se alejó contoneándose provocativamente. Garton intentó ir tras el.

—Una palabra o un movimiento más y te arresto –advirtió Machen suavemente–. Hablo en

serio.

—Vamos, Telaraña –dijo Chris Unwin–. Tranquilo. —¿A usted le gustan esos tipos? –preguntó Telaraña a Machen, ignorando a Chris y a Steve–. Diga, ¿le gustan?

—Los margaritas no me preocupan –aseguró Machen–. Mi trabajo consiste en mantener el orden y tú estás perturbándolo. Ahora bien, ¿quieres dar una vuelta conmigo o no?

—Vámonos, Telaraña –dijo Steve Dubay en voz baja. Telaraña se avino a razones y, arreglándose la camisa con movimientos exagerados y apartándose el pelo de los ojos, siguió a sus amigos. Machen, quien también prestó declaración a la mañana siguiente a la muerte de Adrian Mellon, dijo: Lo último que le oí decir cuando se alejaba con sus compañeros, fue: "La próxima vez me la pagará caro."

—Por favor, tengo que hablar con mi madre –dijo Steve Dubay por tercera vez–. Si ella no ablanda a mi padrastro, cuando yo vuelva a casa se organizará una batalla de mil demonios.

—No seas impaciente –le dijo el oficial Charles Avarino. Tanto Avarino como su compañero, Barney Morrison, sabían que Steve Dubay no volvería a casa esa noche, ni las siguientes. El muchacho no parecía darse cuenta del apuro en que estaba. Avarino no se sorprendió al comprobar que Dubay había dejado la escuela a los dieciséis años, antes de obtener el graduado escolar. Su coeficiente intelectual era de 68, según el test Weschler al que lo habían sometido durante una de sus tres repeticiones del séptimo curso.

—Dinos qué pasó cuando visteis a Mellon salir del Falcon. —Mejor dejémoslo. —Vaya, ¿y eso? –preguntó Avarino. —Me parece que ya he hablado demasiado. —Viniste para eso, ¿no? –repuso Avarino. —Bueno, sí, pero... —Escucha –dijo Morrison con suavidad sentándose junto a él y ofreciéndole un cigarrillo–. ¿Crees que a mí y a Chick nos gustan los maricas?

—No sé... —¿Tenemos pinta de que nos gusten los maricas? —No, pero... —Somos tus amigos, Steve –dijo Morrison–. Y créeme: tú, Chris y Telaraña necesitáis amigos en estos momentos porque mañana los ciudadanos de Derry estarán pidiendo vuestras cabezas.

Steve Dubay pareció alarmarse. Avarino, que casi podía leer la confusa mente de aquel gamberro, sospechó que estaba pensando otra vez en su padrastro. Y aunque Avarino no sentía ningún aprecio por la pequeña comunidad gay de Derry (como cualquier otro miembro de la policía, le habría gustado cerrar el Falcon para siempre), habría sentido un gran placer en llevar personalmente a Dubay a su casa. Más aún, le habría encantado sujetarlo mientras el padrastro se ensañaba. A Avarino no le gustaban los homosexuales, pero no por eso pensaba que se los debía torturar y asesinar. A Mellon lo habían destrozado. Cuando lo sacaron a la superficie, bajo el puente del canal, tenía los ojos abiertos y dilatados por el terror. Y ese joven no tenía la menor idea de lo que había ayudado a hacer.

—No queríamos hacerle daño –repitió Steve.

estúpido. Si querían hacer locuras, iban a Portland. Y si querían hacer locuras gordas, como en las películas, iban a Nueva York o a Boston. Derry era una ciudad pequeña y provinciana; su pequeña comunidad homosexual conocía bien sus limitaciones.

Don Hagarty llevaba dos o tres años concurriendo al Falcon cuando, aquella noche de marzo de 1984, apareció por primera vez con Adrian Mellon. Hasta entonces había sido de los que gustan variar; rara vez se presentaba con el mismo acompañante más de cinco o seis veces. Pero hacia fines de abril, hasta el propio Elmer Curtie, a quien le importaban muy poco esas cosas, notó que Hagarty y Mellon se estaban tomando la relación en serio.

Hagarty trabajaba como dibujante para una empresa de ingenieros, en Bangor. Adrian Mellon era escritor independiente; publicaba cuando y donde podía: en revistas de compañías aéreas, en publicaciones restringidas, en diarios provincianos, suplementos dominicales o revistas de sexo. Estaba escribiendo una novela en la que llevaba trabajando desde su tercer año de universidad, hacía ya doce.

Había ido a Derry para escribir un artículo sobre el canal para el New England Byways, una publicación quincenal que aparecía en Concord. Adrian Mellon había aceptado el encargo porque así podía sacarle al Byways dinero para tres semanas, incluyendo una bonita habitación en el Derry Town House, y reunir todo el material necesario en cinco días. Dedicaría las otras dos semanas a reunir material para tres o cuatro artículos regionales más.

Pero en ese período conoció a Don Hagarty y en vez de volver a Portland al terminar las tres semanas, buscó un pequeño apartamento en una calle discreta. Sólo residió allí seis semanas antes de irse a vivir con Don Hagarty.

Ese verano, dijo Hagarty a Harold Gardener y a Jeff Reeves, fue para Adrian el más feliz de su vida. Habría debido saberlo, dijo, habría debido saber que, si Dios tiende una alfombra a personas como él, es sólo para quitársela repentinamente de bajo los pies.

La única sombra, dijo, era el extraño apego que Adrian sentía por Derry. Tenía una camiseta con la leyenda "Maine es bonito. Derry es ¡genial!" Y una chaqueta del equipo los Tigres de Derry, del instituto local. Y el sombrero, por supuesto. Hagarty aseguraba que esa atmósfera le resultaba vital y vigorizantemente creativa. Tal vez había algo de cierto en eso, pues Adrian había sacado la novela, que languidecía en un baúl, por primera vez en casi un año.

—Entonces, ¿era cierto que estaba trabajando en ella? –preguntó Gardener a Hagarty; en realidad no le importaba pero quería que siguiera hablando.

—Sí. Escribió página tras página. Tal vez fuera una novela horrible, pero al menos no sería horrible e inconclusa. Esperaba terminarla para el cumpleaños de Adrian, en octubre. Él no sabía, por supuesto, cómo es Derry. Creía saberlo, pero no había vivido aquí el tiempo suficiente para verle la verdadera cara. Yo trataba de advertirle, pero él no me prestaba atención.

—¿Y cuál es la verdadera cara de Derry, Don? –preguntó Reeves. —Se parece a una ramera muerta con el culo lleno de gusanos –dijo Don Hagarty. Los dos policías lo miraron sorprendidos. —Es un lugar malo –prosiguió Hagarty–. Una cloaca. ¿Van a decirme que ustedes no lo saben? ¿Han pasado aquí toda la vida y no lo saben?

Ninguno de ellos respondió. Luego, Hagarty siguió hablando.

Hasta la aparición de Adrian Mellon en su vida, Don siempre había pensado en marcharse de Derry. Llevaba tres años allí. Había alquilado un apartamento con una estupenda vista al río, pero el contrato estaba por vencer y Don se alegraba. Se acabarían los largos viajes de ida y vuelta a Bangor. Y las vibraciones extrañas. Una vez le dijo a Adrian que en Derry siempre se sentía como si fueran las veinticinco horas. A Adrian podía parecerle una ciudad estupenda, pero a Don le daba miedo. No sólo por la cerrada fobia contra los homosexuales, actitud expresada tanto en los sermones del predicador como en las leyendas pintarrajeadas en Bassey Park. Adrian se había echado a reír.

—En toda ciudad norteamericana, Don, hay personas que odian a los gays –dijo–. No me digas que lo ignoras. Después de todo, estamos en la era de Ronnie Haron y Phyllis Housefly.

—Acompáñame a Bassey Park –respondió Don, al ver que Adrian creía que Derry era como cualquier otra ciudad del país–. Quiero mostrarte algo.

Fueron en el coche a Bassey Park. Eran los últimos días de la primavera, un mes antes de que asesinaran a Adrian, dijo Hagarty a los policías. Llevó a su amigo hasta las sombras oscuras y de un olor vagamente desagradable del Puente de los Besos. Señaló una de las pintadas. Adrian tuvo que encender una cerilla y arrimarse para leerla.

"Enséñame la polla, marica y te la cortaré." —Sé lo que piensa la gente acerca de los homosexuales –dijo Don–. En Dayton, cuando era adolescente, me dieron una paliza en una parada de camioneros. En Portland, unos tipos prendieron fuego a mis zapatos, ante una cafetería, mientras un policía gordo y culón se reía sentado en el coche patrulla. He visto muchas cosas, pero nunca algo tan bestia. Mira aquí, fíjate.

Encendió otra cerilla y leyeron: "Clavos en los ojos a todos los maricas (en el nombre de Dios)" —Quien sea el que escribe estas pequeñas homilías es un caso grave de demencia profunda. No me sentiría tan mal si supiera que se trata de una sola persona, de un enfermo aislado, pero... –Don señaló toda la longitud del puente con un vago ademán del brazo–. Hay muchas cosas como éstas... y no creo que las haya escrito una sola persona. Por eso quiero marcharme de Derry, Adri. Hay demasiados lugares y demasiada gente aquí que parecen afectados de demencia profunda.

—Bueno, espera a que termine mi novela, ¿quieres? Por favor. Hasta octubre, nada más, te lo prometo. Aquí el aire es mejor.

"Adrián no sabía que el peligro estaba en el agua", dijo Don Hagarty, amargamente, a los policías.

Tom Boutillier y el jefe Rademacher se inclinaron hacia adelante y aguzaron el oído. Chris Unwin, sentado con la cabeza gacha, hablaba monótonamente a un interlocutor invisible. Esa era la parte que les interesaba oír, la parte que enviaría a la cárcel a dos de esos salvajes.

—La feria era una mierda –dijo Unwin–. Ya estaban cerrando la montaña rusa, la batidora y los coches locos. Los únicos abiertos eran los juegos para niños. Así que seguimos caminando hasta que Telaraña vio el tiro al blanco y pagó cincuenta centavos y entonces vio un sombrero como el del marica y trató de acertarle, pero fallaba y fallaba y cada vez se ponía peor, ¿sabe? Y Steve es el que se pasa diciendo tranquilo y por qué coño no te tranquilizas, ¿sabe? Pero esa noche estaba insoportable, porque tomó esa píldora, ¿sabe? No sé qué píldora. Una roja; a lo mejor hasta legal. Pero la tenía tomada con Telaraña. Yo pensé que Telaraña le iba a pegar, ¿sabe? Le decía: No sirves ni para ganar ese sombrero de marica, tienes que ser muy malo para no ganar ni ese sombrero de marica. Al final, la señora le dio un premio, aunque no había acertado, creo que para que nos fuéramos. No sé. A lo mejor no. Pero creo que sí. Era una de esas cosas que hacen ruido, ¿sabe? Uno sopla y eso se infla y se desenrolla y hace un ruido como

Dubay le puso una zancadilla y Garton le asestó una patada en el estómago, arrojándolo a la calzada. Pasó un automóvil. Hagarty se incorporó sobre las rodillas y gritó pidiendo ayuda. No aminoró la marcha. Según dijo a Gardener y Reeves, el conductor ni siquiera volvió la cabeza.

—¡Cállate, marica! –dijo Dubay y le dio una patada en la cara. Hagarty cayó de lado contra la alcantarilla, semiinconsciente. Pocos instantes después, oyó la voz de Chris Unwin; le decía que se fuera si no quería recibir lo mismo que su amigo. En su propia declaración, Unwin confirmó haber hecho esa advertencia.

Hagarty oyó golpes sordos y gritos de su amante. Adrian parecía un conejo cogido en una trampa, dijo a la policía. Él se arrastró hacia la esquina, hacia las luces de la terminal de autobuses. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió a mirar.

Adrian Mellon, que medía poco más de metro sesenta y pesaba sesenta kilos, pasaba de Garton a Dubay y de Dubay a Unwin, en una especie de juego a tres bandas. Parecía un muñeco de trapo. Lo estaban moliendo a puñetazos, desgarrándole las ropas. Garton le golpeó en la entrepierna. De la boca le brotaba sangre, empapándole la camisa. Telaraña Garton llevaba dos gruesos anillos en la mano derecha: uno era de la secundaria de Derry; en el otro, que había hecho en la clase de taller, sobresalían las letras D. B. Eran las iniciales de Dead Bugs, un conjunto de heavymetal que él admiraba. Los anillos habían partido el labio superior de Adrian destrozándole tres dientes.

—¡Socorro! –chilló Hagarty–. ¡Socorro, socorro! ¡Lo están matando! Los edificios de Main Street permanecían a oscuras. Nadie acudió a ayudarlo, ni siquiera de la única isla de luz blanca que señalaba la terminal de autobuses. Hagarty no lo entendió: allí había gente. Él la había visto al pasar con Adri. ¿Era posible que nadie acudiese en su ayuda? ¿Nadie en absoluto?

—¡Socorro, Socorro! ¡Lo están matando, socorro, por el amor de Dios! —Socorro –susurró una voz muy baja, a la izquierda de Don Hagarty... y luego oyó una risita. —¡Al agua! –chillaba Garton en ese momento. Los tres habían estado riendo mientras castigaban a Adrian–. ¡Al agua con este marrano!

—¡Al agua, al agua, al agua! –repitió Dubay, riendo. —Socorro –volvió a decir la vocecita. Y aunque sonaba grave, se repitió aquella risita aguda. Era como la voz de un niño que no puede contenerse.

Hagarty bajó la vista y vio al payaso. Fue en ese punto cuando Gardener y Reeves comenzaron a dudar de cuanto Hagarty decía, pues el resto fue un delirio de lunático. Más tarde, sin embargo, Harold Gardener vaciló. Al descubrir que el muchacho Unwin también había visto a un payaso (al menos, eso decía), tuvo sus dudas. Su compañero no las tuvo; al menos, jamás las reconoció.

"El payaso –dijo Hagarty–, parecía una mezcla de Ronald Mcdonald y Bozo, aquel viejo payaso de la tele"; al menos, eso pensó en un principio. Eran los mechones color naranja los que le llevaban a esa comparación. Pero más tarde, al pensarlo mejor, se dijo que el payaso no se parecía a ninguno de aquellos dos. La sonrisa pintada sobre el maquillaje blanco no era color naranja sino rojo, y sus ojos despedían un extraño brillo plateado. Lentes de contacto, quizá... Pero una parte de él había pensado entonces, y seguía pensando, que tal vez aquellos ojos eran realmente color de plata. Llevaba un traje abolsado, con grandes botones color naranja. En las manos llevaba guantes de caricatura.

—Si necesitas ayuda, Don –dijo el payaso–, puedes coger un globo. Y le ofreció el manojo que tenía en una mano. —Flotan –dijo–. Aquí abajo todos flotamos. Muy pronto, tu amigo también flotará.

—Conque ese payaso lo llamó por su nombre –dijo Jeff Reeves con tono inexpresivo. Miró a Harold Gardener, por sobre la cabeza inclinada de Hagarty, y guiñó un ojo. —Sí –confirmó Hagarty sin levantar la vista–. Adelante, pueden pensar que estoy loco.

—Entonces lo arrojaste al agua –dijo Boutillier. —¡Yo no! –replicó Unwin, levantando la vista. Se apartó el pelo de los ojos y los miró con ansiedad–.

Cuando vi que lo decían en serio, traté de apartar a Steve. Temí que el marica se hiciese daño. Hasta el agua hay unos tres metros.

Había seis metros noventa. Uno de los hombres de Rademacher ya había tomado la medida. —Pero Telaraña estaba fuera de sí. Los dos seguían gritando: ¡Al agua, al agua! Y lo levantaron. Telaraña lo sostenía por los brazos y Steve por el culo, y... y...

Cuando Hagarty vio lo que intentaban hacer corrió hacia ellos, gritando a todo pulmón: —¡No, no, no! Chris Unwin le dio un empujón y Hagarty cayó al suelo. —¿Quieres ir al agua tú también? –susurró–. ¡Mejor vete de aquí! A continuación arrojaron a Adrian Mellon por el puente. —¡Larguémonos! –exclamó Steve Dubay. Él y Webby ya retrocedían hacia el automóvil. Chris Unwin se acercó a la barandilla para mirar. Vio a Hagarty bajar resbalando por el terraplén de hierbas y sembrado de basura, hacia el agua. Luego vio al payaso. El payaso estaba sacando a Adrian por el otro lado, con un brazo; en la otra mano sostenía los globos. Adrian gemía empapado y sofocado. El payaso volvió la cabeza hacia chris con una amplia sonrisa. Chris le vio los ojos plateados, brillantes, y los dientes. Dientes grandes, dijo.

—Como los del león del circo –dijo–. Es decir, así de grandes. Entonces vio al payaso tirar de un brazo de Adrian Mellon, hasta pasárselo por encima de los hombros.

—¿Y entonces, Chris? –dijo Boutillier. Esa parte lo aburría. Los cuentos de hadas lo aburrían desde los ocho años. —No sé –dijo Chris–. Porque en ese momento Steve me agarró y me empujó hacia el coche. Pero... creo que le mordió el sobaco. –Volvió a levantar la vista, inseguro–. Creo que le mordió el sobaco. Como si quisiera comérselo... Como si quisiera comerle el corazón.