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libro en pdf para estudio, Monografías, Ensayos de Lengua y Literatura

docuemto escrito periodistico sobre nueca york

Tipo: Monografías, Ensayos

2022/2023

Subido el 24/02/2023

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jose-manuel-beltran-padial-1 🇪🇸

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Salman Rushdie, Julian Barnes, Martin Amis y Doris Lessing forman parte de la lujosa y tupida lista de escritores del ámbito anglosajón que en 1996, cuando apareció este libro, alzaron la voz para advertir acerca del acontecimiento que significaba esa publicación. Joseph Mitchell, uno de los grandes maestros del periodismo neoyorquino, había escrito estas crónicas ambas para la mítica revista The New Yorker, en la sección en la que Mitchell se ocupaba de los «perfiles» de los personajes más variados y exóticos de la ciudad con veintidós años de diferencia: la primera, «El profesor Gaviota», en 1942; la segunda, que da título al volumen, en 1964, siete años después de la muerte de Joe Gould. Pero ¿quién fue ese Joseph Ferdinand Gould, el cándido e inquietante protagonista de estas semblanzas? Hijo de una de las familias más tradicionales de Massachusetts, licenciado en Harvard, en 1916 rompió con todos los lazos y tradiciones de Nueva Inglaterra y se marchó a Nueva York, donde poco después se dio a la mendicidad. Su objetivo declarado era la escritura de una obra, una monumental Historia oral de nuestro tiempo, en la que recogería miles de diálogos, biografías y semblanzas del hormiguero humano de Manhattan. Ezra Pound y E. E. Cummings, entre otros muchos, se interesaron en el proyecto y llegaron a hablar de él en sus revistas; mientras tanto, Gould dormía en la calle o en hoteles de mala muerte, apenas comía, se vestía con los harapos que sus amigos poetas o pintores de Greenwich Village ya no usaban. Y aunque era frecuente verlo borracho e imitando el vuelo de una gaviota, su Historia oral, que nadie había visto aún, gozaba ya de cierto predicamento. A la muerte de Gould, en 1957, sus amigos emprendieron una larga búsqueda de su famoso manuscrito por los rincones del Village que aquél frecuentaba. El sorprendente resultado de esa expedición, que desvela el «secreto» al que se refiere el título, es lo que nos cuenta Mitchell en su segunda crónica. En las raras ocasiones en que el periodismo se vuelve gran literatura no sólo nos hallamos ante un autor de genio; hace falta además un enorme personaje «El último bohemio», como llamaban a Gould, rescata el ideal romántico del escritor poseído por su obra, entregado enteramente a ella y un escenario único, el del hervidero de energía humana que era el Nueva York de los años cuarenta y cincuenta. “El secreto de Joe Gould” es un libro para disfrutar línea a línea, para no perder detalle y para seguir descifrando su rico significado hasta mucho después de haber concluido la lectura.

Título original: Joe Gould’s Secret «Professor Sea Gull», New Yorker , 1942 «Joe Gould’s Secret», New Yorker , 1964 Joseph Mitchell, 1942 Traducción: Marcelo Cohen Levis Chokler Diseño de cubierta: Editorial Editor digital: Castroponce ePub base r1.

En 1929 Joseph Mitchell abandonó un pueblo de granjeros llamado Fairmont, en los pantanos meridionales de Carolina del Norte, para ir a Nueva York y convertirse en periodista. Tenía veintiún años. Llegó a la Estación de Pensilvania el viernes 25 de octubre, un día después del derrumbe de la bolsa que suele considerarse el comienzo de la Gran Depresión. No obstante se las arregló para encontrar trabajo en The World como ínfimo aprendiz de cronista en la jefatura de policía. Durante ocho años fue reportero y columnista en The World, The Herald Tribune y The World-Telegram y luego pasó al New Yorker , en donde permaneció hasta su muerte, a los ochenta y siete años de edad. Aparte de escribir, a Mitchell le interesaban los muelles de Manhattan, la pesca comercial, los gitanos, la agricultura del sur de su país, la literatura irlandesa y la arquitectura neoyorquina. Cumplió varios mandatos en la junta directiva de la Gipsy Lore Society (Sociedad de la Tradición Gitana), una organización internacional de estudiantes fundada en 1888 en Inglaterra. Entre 1964 y 1965, Bajour , una comedia musical basada en historias de gitanos escritas por Mitchell, fue representada en Broadway 232 veces. Entusiasta de la arquitectura, a menudo vagaba el día entero por la ciudad estudiando fachadas antiguas con un par de binoculares. Participó en la fundación del South Street Seaport Museum, fue uno de los primeros Friends of the Cast-Iron Architecture (Amigos de la Arquitectura en Hierro Fundido) y durante cinco años integró el Comité para la Conservación de los Monumentos de Nueva York. Sus instituciones urbanas predilectas eran el Metropolitan Museum, el mercado del pescado de Fulton, el Oyster Bar de la Estación Central, la cervecería McSorley’s, la iglesia de la Gracia, el hipódromo de Belmont, el ferry de Staten Island, la feria del libro de Gotham (en cuyo tercer piso asistió durante treinta años a los encuentros de la James Joyce Society) y la reserva natural William T. Davis de las marismas de Staten Island. Con los años viajó cada vez más a Carolina del Norte; a veces pasaba allí meses enteros ayudando a reforestar campos talados y exhaustos próximos a las ciénagas de Ashpole, en las cuales de vez en cuando se internaba en busca de flores silvestres o pájaros carpinteros y halcones, sus pájaros favoritos. Una vez, ciénaga adentro, provisto de binoculares, estuvo una hora observando cómo un pájaro carpintero arrancaba la corteza del tronco superior y las ramas de un alto gomero muerto; en su opinión, dijo después, era el acontecimiento más espectacular que había presenciado en su vida. Joseph Mitchell estaba casado con la fotografa Therese Mitchell; tuvieron dos hijas —Nora Sanborn, que vive en Eatontown, Nueva Jersey, y Elizabeth Curtis, que vive en Atlanta, Georgia—, tres nietas, dos nietos y una bisnieta. Therese Mitchell murió en 1980. Joseph Mitchell murió el 24 de mayo de 1996.

NOTA DEL AUTOR

Este libro consta de dos visiones del mismo hombre, un alma perdida llamada Joe Gould. Ambas fueron escritas para la sección Perfil del New Yorker. Escribí primero «El profesor gaviota», que apareció en el número del 12 de diciembre de 1942. Veintidós años más tarde, en 1964, escribí la segunda, «El secreto de Joe Gould», que apareció en los números del 19 y el 26 de septiembre de 1964.

El profesor Gaviota

Siempre apresurado, parece en guardia contra un enemigo invisible. Una vez el artista Don Freeman, amigo suyo, lo dibujó así, andando. El boceto se titulaba «Joe Gould contra los elementos». Gould es inquieto e independiente como un gato callejero. Emprende largas caminatas por la ciudad y de vez en cuando desaparece del Village semanas enteras; sus desconcertados amigos nunca han podido figurarse adónde va. Cuando vuelve, al parecer siempre satisfecho consigo mismo, hace algún comentario críptico, suelta una risita y calla. «He estado de paseo por los muelles con una vieja condesa», dijo tras una de sus ausencias recientes. «Nos pasamos tres días estudiando a las gaviotas». Rarísima vez se ve a Gould sin el maletín. Para comer se lo pone sobre las rodillas y cuando duerme en albergues lo usa de almohada. El maletín suele contener una masa de manuscritos, apuntes viejos, cartas, recortes y fotocopias de oscuras revistillas, un frasco de tinta, un diccionario, una bolsa de papel con colillas, otra con migas de pan y una tercera de esos duros caramelos baratos conocidos como canicas. «Con las canicas ácidas combato el cansancio», explica. Las migas son para las palomas; como a muchos otros excéntricos, a Gould le encanta darles de comer. Es devoto de una bandada que tiene su cuartel general arriba y alrededor de la estatua de Garibaldi, en Washington Square. Esas palomas lo conocen. En cuanto se sienta en el pedestal de la estatua van en un revuelo a posársele en la cabeza y los hombros, esperando que abra la bolsa de migas. A algunas él les ha dado nombre. «Ven acá, Doña Tweed», dice. «Esta mañana, en la cafetería Stewart, una dama dejó a medias la tostada de pan integral; así que cuando salió, bingo, birlé la tostada del plato especialmente para ti. Hola, Pechugona. Hola, Charlatán. Hola, Lady Astor. Hola, San Juan Bautista. Hola, Polly Adler. Hola, Fiorello, viejo cabrón, ¿cómo estás?». Aunque se afane por presentarse como un filósofo holgazán, en su carrera de bohemio Gould ha realizado una inmensa cantidad de trabajo. Cada día, incluso cuando tiene una resaca brutal o está débil y desganado de tan hambriento, se pasa al menos un par de horas concentrado en escribir un libro amorfo, más bien misterioso, que llama Historia oral de nuestro tiempo. Lo empezó hace veinticinco años y no está en absoluto cerca de terminarlo. Parece que la preocupación por el libro es la principal responsable del modo en que Gould vive; cualquier empleo duradero, dice, le interferiría el pensamiento. Según el tiempo que haga, escribe en parques, umbrales, salas de albergue, cafeterías, bancos de andenes elevados, vagones de metro o bibliotecas públicas. Cuando se encuentra del humor adecuado escribe hasta agotarse, pero sólo tiene ese humor en ocasiones peculiares. Dice que una noche se pasó siete horas sentado en un bar de la Tercera Avenida escuchando a una anciana húngara, en un tiempo madama y traficante de drogas, hoy responsable de las sopas de un hospital ciudadano, contar la historia de su vida mientras bebía una cerveza tras otra. Tres días más tarde, hacia las cuatro de la mañana, durmiendo en un catre del Hotel Defender del Bowery, se despertó con las sirenas para niebla de las barcazas del East River y ya no pudo dormirse porque se sentía con el ánimo exacto para verter en su historia la biografía de la responsable de las sopas. Tiene una memoria fuera de lo común; si una conversación lo impresiona lo bastante puede mantenerla en la cabeza muchos días, por larga y absurda que sea, a veces palabra por palabra. Aquella noche estaba muy resfriado; no obstante se levantó, se vistió bajo una luz roja de salida y, de puntillas para no molestar a los otros durmientes, bajó la escalera hasta el salón. En el salón escribió desde las cuatro y cuarto de la madrugada hasta el mediodía. Luego dejó el Defender, tomó café en un bar del Bowery y fue a pie hasta la biblioteca pública. Allí siguió dándole duro en una mesa de la sala de genealogía, que suele frecuentar en los días de lluvia y prefiere a la principal porque es más lúgubre, hasta las seis de la tarde, hora de cierre. Entonces se trasladó a la sala central, casi sin apartar los ojos del trabajo, hasta que a las diez de la noche cerró la biblioteca. En una cafetería de Times Square comió un par de sándwiches de huevo y una buena cantidad de ketchup. Acto seguido, como no le alcanzaban las monedas para un albergue y estaba demasiado enfrascado para refugiarse en el Village, bajó deprisa al metro del West Side y pasó la noche sobre ruedas; mientras él garrapateaba sin cesar, el tren hizo tres veces el trayecto entre New Lots Avenue, en Brooklyn, y Van Cortland Park, en el Bronx, uno de los más largos de la red de Nueva York. Apoyado en las rodillas, el maletín le servía de pupitre. Gould tiene la resistencia de los poseídos. Cada vez que el sueño le amenazaba la concentración, sacudía vigorosamente la cabeza y se metía en la boca un caramelo ácido. La gente lo miraba, y en cierto momento un borracho lo interrumpió preguntándole qué diablos estaba escribiendo. Gould sabe cómo librarse de los borrachos inquisitivos. Señalándose la oreja izquierda dijo: «¿Qué dice? ¡Soy sordo como una tapia! No oigo nada.» El borracho perdió todo interés en él. «Cuando salí del metro estaba amaneciendo», cuenta Gould. «Yo tosía, estornudaba, tenía los ojos inflamados, un temblor en las rodillas y un hambre de lobo. Mi saldo indicaba exactamente ocho centavos a favor. No me importó. Había añadido a mi historia once mil palabras flamantes. Apuesto a que en aquel momento no había en toda la ciudad un presidente de empresa más feliz que yo». A Gould lo persigue el miedo a morirse antes de concluir la primera versión de su Historia oral. El trabajo ya es once veces más largo que la Biblia. Él estima que el manuscrito consta de unos nueve millones de palabras. Bien podría ser la obra inédita más voluminosa que existe. Gould escribe en cuadernos de redacción de cinco centavos, como los que usan los niños en la escuela, y entre la Historia oral y las notas que toma ya ha llenado doscientos setenta, todos ellos raídos, pringosos y manchados

de café, grasa y cerveza. Valiéndose de una pluma cubre ambas caras de cada hoja, sin margen alguno, con una caligrafía infame; cientos de miles de palabras sólo son legibles para él. Nunca ha logrado interesar a un editor en su obra. En uno u otro momento ha depositado inmensas porciones en diversos despachos editoriales, catorce en total. «La mitad me dijeron que era obscena y escandalosa y que me la llevara lo antes posible», cuenta. «Otros dijeron que no podían leer mi letra». Experiencias de esta índole no lo desaniman; una y otra vez se repite que al fin y al cabo él escribe para la posteridad. En el bolsillo superior de la chaqueta, sellado en un sobre mugriento, lleva siempre un testamento por el cual lega dos terceras partes del manuscrito a la Biblioteca de Harvard y el resto al Instituto Smithsoniano. «En un par de generaciones después de mi muerte», le gusta repetir, «los catedráticos se pondrán a revisar mi obra. Imagínese usted la sorpresa. “Caray, que me cuelguen”, dirán, “este sujeto fue el historiador más brillante del siglo.” Me reconocerán. Yo no pretendo que toda la Historia oral sea de primera, pero cierta parte vivirá mientras viva la lengua inglesa.» Antes, Gould tenía los cuadernos de redacción repartidos por todo el Village, en pisos y estudios de amigos. Los guardaba en el fondo de los armarios, debajo de camas y detrás de libros en estanterías. En el invierno de 1942, al oír que mientras durase la guerra el Metropolitan Museum había trasladado sus pinturas más valiosas a un depósito a prueba de bombas fuera de la ciudad, tuvo un ataque de pánico. Recogió todos los cuadernos, los juntó en un fardo, envolvió el fardo en dos capas de hule y se los confió a una conocida suya que tiene un criadero de aves cerca de Huntington, Long Island. En la granja hay un sótano de piedra. En la Historia oral Gould sólo incluye cosas que ha visto u oído. Por lo menos la mitad consta de conversaciones vertidas literalmente o resumidas; de ahí el título. «Lo que dice la gente es historia», afirma Gould. «Lo que antes considerábamos historia —reyes y reinas, tratados, inventos, batallas, decapitaciones, César, Napoleón, Poncio Pilatos, Colón, William Jennings Bryan— es mera historia formal y en gran medida falsa. Por mi parte, o pongo por escrito la historia informal de los de a pie —lo que esa gente tiene que decir sobre sus trabajos, amores, juergas, apaños, apuros y penas—, o muero en el intento.» La Historia oral es una gran mezcolanza, un cocido casero de la habladuría, un muestrario del rumor, un pozo ciego de cuentos, chismes, alcahueterías, bulos, embrollos y disparates, fruto, según el cálculo de Gould, de más de veinte mil conversaciones. Contiene biografías irremediablemente incoherentes de cientos de vagabundos, relatos de marinos errantes conocidos en bares de South Street, truculentas descripciones de experiencias hospitalarias y clínicas («¿Alguna vez le han operado de algo o ha padecido una enfermedad dolorosa?»: he aquí una de las primeras preguntas que Gould, pluma y cuaderno en mano, puede hacer a una persona que acaba de conocer), resúmenes de innumerables arengas en Union Square y Columbus Circle, testimonios de conversos en reuniones callejeras del Ejército de Salvación y confusas opiniones de docenas de oráculos de banco de parque y sabios de la botella. Durante un tiempo Gould merodeó por las mugrientas fondas vecinas al hospital de Bellevue, escuchando el parloteo de residentes exhaustos, enfermeras, ordenanzas, chóferes de ambulancia, estudiantes de taxidermia y trabajadores del depósito de cadáveres, y se aplicó a reproducir fielmente sus historias. Cuando hay desfiles, todavía recorre la Quinta Avenida de punta a punta tomando notas febriles. Escribe con gran ingenuidad, y en la Historia oral hay un alto porcentaje de obscenidades. Un capítulo titulado «Ejemplos del llamado Cuento Guarro de nuestro tiempo» recibe añadidos casi cotidianos. Otro reproduce montones de versos y observaciones que Gould ha encontrado escritos en los lavabos del metro. A su parecer estas leyendas tienen tanta entidad histórica como la estrategia del general Robert E. Lee. Cientos de miles de palabras están dedicadas a la conducta de los borrachos y las aventuras sexuales de diversos profesionales de Greenwich Village en la década de los veinte. Hay cientos de crónicas de fiestas con borrachera en ese vecindario, bien provistas de chismes sobre los asistentes e informes fidedignos de las discusiones en torno a temas como la reencarnación, el control de la natalidad, el amor libre, el psicoanálisis, la ciencia cristiana, Emmanuel Swedenborg, la alimentación vegetariana, el alcoholismo y otros muchos ismos políticos y estéticos. «He cubierto plenamente lo que podríamos denominar el submundo intelectual de mi época», asevera Gould. Hay descripciones pormenorizadas de la vida nocturna en docenas de locales para beber y comer en el Village, algunos de los cuales —como el Little Quakeress, el Original Julius, la Troubadour Tavem, el Samovar, la Hubert’s Cafetería, el Sam Swart’z T.N.T. o el Eli Greifer’s Last Outpost of Bohemia Tea Shoppe— ya no existen. Gould es noctámbulo, y en su obra ha vertido descripciones verdaderamente atroces de cosas que ha visto en las calles oscuras de Nueva York; por ejemplo, de las manadas de ratas que horas antes del amanecer emergen en algunas zonas del Lower East Side y de Harlem para pasearse despreocupadamente por las aceras. «A veces me parece que esas ratas no son ratas», dice, «sino espíritus malditos y dolientes de propietarios de inmuebles.» Buena parte de la Historia oral está escrita en forma de diario. Gould padece memoria absoluta, y de vez en cuando elige un lapso del pasado reciente —un día, una semana o un mes— y laboriosamente vuelca todo aquello de alguna importancia que haya sucedido en él. De vez en cuando dedica un capítulo entero a maldecir atroz, monótonamente a alguna institución o persona. Aquí y allá hay erráticos textos sobre temas como la pulga de albergue para pobres, los espaguetis, la cremallera como signo de una civilización decadente, los dientes postizos, la demencia, el sistema jurídico, el remordimiento, el menú de cafetería y el efecto castrador de la máquina de escribir en la literatura. «Si William Shakespeare no se sentaba a aporrear

«Dientes de repuesto, me refiero», dijo Gould. «Dientes postizos.» «Venga por aquí», dijo el portero, agarrando a Gould del brazo para conducirlo a la calle. Tiempo después Freeman les organizó un encuentro, y los dos compartieron varias veladas en bares. «Saroyan insistió en que quería saberlo todo sobre la Historia oral », cuenta Gould, «pero nunca tuve la oportunidad de contárselo. Siempre hablaba él. Nunca pude meter una palabra ni de canto». Que recuerde, Gould siempre ha vivido perplejo con su propia personalidad. En la Historia oral hay unos cuantos textos autobiográficos, según él todos intentos de explicarse a sí mismo. En uno —«Por qué soy incapaz de ajustarme a la civilización tal como es, o Permitido, Prohibido, Permitido, Prohibido, demonio de directivas»— llega a la conclusión de que la responsable de todo es su timidez. «Soy introvertido y extrovertido, todo en uno», escribe. «Un pie dice: “Haz”, el otro: “No hagas.” Un pie dice: “Cierra el pico”, el otro dice: “Brama como un toro.” Soy dolorosamente tímido, pero no permito que la gente se dé cuenta. Se aprovecharían.» En efecto, Gould mantiene su timidez bien oculta. Sólo se hace evidente cuando está totalmente sobrio. En ese estado se vuelve silencioso, suspicaz e inhibido; pero un par de cervezas o un simple toque de ginebra le sueltan la lengua y le ponen una sonrisa irónica en la cara. Es extraordinariamente sensible al alcohol. «En una noche de calor», asegura, «me basta con pasearme diez minutos delante de una whiskería y respirar hondo para pillar una buena». Aunque Gould requiera pocas copas, a veces conseguirlas es una tarea considerable. La mayoría de las noches merodea por los salones y antros del West Village intentando detectar turistas ávidos de rarezas a quienes gorrearles cerveza, sándwiches y pequeñas sumas de dinero. Si en las tumultuosas tabernas de la zona de Sheridan Square no encuentra a nadie abordable, se dirige a la Sexta Avenida y la enfila hacia el norte para pasar por la Jericho Tavern, el Village Square Bar & Grill, el Belmar, el Goody’s y el Rochambeau. Tiene una rutina. Nunca entra en un local a menos que esté repleto. Una vez dentro, se abre paso hasta la cabina telefónica y simula buscar un número. Mientras tanto escruta a la clientela. Si divisa un candidato, se le acerca y le dice: «Permítame que me presente. Joseph Ferdinand Gould, graduado por Harvard magna cum difficultate , promoción 1911, y presidente del consejo de administración de Buena y Mala Suerte S. A. A cambio de una copa recitaré con sumo agrado un poema, daré una conferencia, fundamentaré una hipótesis o me quitaré los zapatos para imitar a una gaviota. Prefiero la ginebra, pero una cerveza está bien.» Gould no es en modo alguno un vagabundo. Piensa que la diversión que él proporciona bien vale lo que sea capaz de gorrear. No adula ni agradece. Si lo rechazan con educación, se encoge de hombros y abandona el local. Pero si el candidato suelta una observación del tipo «Lárgate ya, escoria», Gould se le enfrenta, por grande que sea, y le suelta una bronca estridente y difamatoria. Habla sin darse cuenta de lo que dice. Cuando se enfurece es temerario. Deja caer el maletín, se pone en guardia y reta a hombres que podrían matarlo de un solo puñetazo desganado. Si en el recorrido por la Sexta Avenida no encuentra público, dobla hacia el oeste por la calle 11 y se encamina hacia el Village Vanguard, que está en un sótano de la Séptima. En un tiempo el Vanguard era un sórdido lugar de cita de artistas, pero hoy es un próspero club nocturno. Gould y el propietario, Max Gordon, se conocen desde hace muchos años y normalmente están en buenos términos. El Vanguard es siempre el último local por donde Gould pasa. Le tiene confianza y lo mantiene en reserva. Desde que se ha vuelto próspero, el lugar le fastidia. Baja la escalera y dice: «Hola, Max, capitalista cabrón. Quiero algo que llevarme a la boca y una cerveza. Si no, voy directo a la pista de baile y la armo.» «Ve a discutir con el cocinero», le contesta Gordon. Gould entra en la cocina, come lo que el cocinero le dé, bebe un par de cervezas, llena una bolsa con miga de pan y se marcha. Pese a la timidez, Gould tiene una enorme afición por las fiestas. En el Village hay muchos vecinos que ofrecen fiestas grandes y frecuentes. Algunos de ellos son un viejo médico rico y excéntrico, una solterona también rica, un famoso escenógrafo, una famosa pareja del mundo teatral y numerosos pintores, escultores, escritores y editores. La mitad de las veces, si se entera de que alguno de éstos da una fiesta, Gould va; y la mitad de las veces no le permiten quedarse. Por lo general se mantiene un rato apartado, fumando cohibido un cigarrillo tras otro, duro por la tensión como una tabla. A la larga, con todo, impelido por una o dos copas y la desesperación del apuro, empieza a lanzarse. Elige a la mujer más guapa de la sala, se le acerca, se inclina y le besa la mano. Le cuenta historias deshonrosas de él mismo. Se desinhibe del todo; de pronto, sin ninguna razón, cloquea una risita de placer, da un brinco y hace chocar los talones. Al instante grita: «¡Los que quieran ver un espectáculo unipersonal, por favor digan “Sí!”» En caso de recibir el menor aliento, se desnuda el torso y acomete un número de zapateo y palmas que asegura haber aprendido en una reserva de indios chippewa de Dakota del Norte y que llama Joseph Ferdinand Gould Stomp. Mientras baila, va cantando un viejo himno del Ejército de Salvación: «Tengo moscas yo; tienes moscas tú; mas no hay moscas en Jesús.» Luego imita a una gaviota. Quitándose zapatos y calcetines, alargando el cuello hacia adelante, se pone a dar saltos por la sala mientras agita los brazos y suelta un chillido penetrante. De niño tuvo varias gaviotas en casa y aún hoy pasa muchos domingos observándolas desde el muelle de pesca de Sheepshead Bay; afirma que las comprende tan profundamente que puede traducir poesía a su chillido. «He traducido al gavioto varios poemas de Henry Wadsworth Longfellow», dice. De modo inevitable, en cada fiesta a la que asiste Gould se sube a una silla o a una mesa y ofrece una conferencia. Estas conferencias son extractos de capítulos de la Historia oral. Son breves, pero él les pone títulos largos como «Borracho como una cuba, o de cómo medí las cabezas de mil quinientos indios a cero grados de temperatura», o bien «La espantosa adicción al tomate, o ¡cuidado!, ¡cuidado!,

¡abajo el doctor Gallup!». Es escéptico frente a las estadísticas. En la conferencia mencionada en segundo lugar, utilizando estadísticas que afirma haber encontrado en suplementos económicos de periódicos, demuestra que «en los últimos siete años, el cincuenta y tres por ciento de los choques de trenes de Estados Unidos se debió a la ingesta de tomates por parte de ingenieros ferroviarios». Cuando Gould llega a una fiesta, los que no lo han visto nunca suelen echarle un vistazo y dar media vuelta. Antes de que acabe la noche, sin embargo, Gould despierta en algunos de ellos una especie de respeto asombrado; lo abordan en un rincón, le hacen preguntas e intentan entender qué pasa por su cabeza. Gould disfruta con ello. «Cuando se ha acercado usted a besarme la mano», le confesó una noche una joven, «me he dicho: “Qué viejecito más simpático.” Al cabo de un minuto he mirado a mi alrededor y estaba saltando medio desnudo como un indio salvaje. Me ha dejado atónita. ¿A qué viene ese exhibicionismo?» «Señora», respondió Gould, «el deber del bohemio es hacer de sí mismo un espectáculo. Si mi informalidad la lleva a pensar que estoy achispado o he huido de Bellevue, aférrese a esa creencia, aférrese bien, muy bien, y muestre su ignorancia». Gould es nativo de Norwood, Massachusetts, en los alrededores de Boston. Viene de una familia de médicos. Su abuelo Joseph Ferdinand Gould, cuyo nombre recibió, enseñaba en la Facultad de Medicina de Harvard y ejercía en Boston. Su padre, Clarke Storer Gould, era generalista en Norwood. Sirvió como capitán en el cuerpo médico del ejército y durante la Primera Guerra Mundial murió de septicemia en un cuartel de Ohio. La familia fue acomodada hasta poco antes de que Gould se hiciera adulto, cuando el padre invirtió imprudentemente en acciones de una compañía inmobiliaria de Alaska. Gould dice que fue a Harvard sólo porque era una costumbre familiar. «Yo no quería ir», escribe en uno de sus textos autobiográficos. «Mi proyecto era quedarme en casa y sentarme en una hamaca a meditar en el porche trasero.» Dice que fue un alumno mediocre. Entre sus compañeros estaban el poeta Conrad Aiken, el dramaturgo y actor Howard Lindsay, el dibujante de cómics Gluyas Williams y Richard F. Whitney, que sería presidente de la Bolsa de Nueva York. Sus mejores amigos eran tres estudiantes extranjeros: un chino, un siamés y un albanés. La madre de Gould siempre había dado por sentado que su hijo sería médico, pero después de graduarse en letras él le dijo que estaba harto de la educación convencional. Ella le preguntó qué tenía pensado hacer. «Pienso pasear y meditar», dijo él. La mayor parte de los tres años siguientes estuvo paseando y meditando en el rancho de un tío en Canadá. En 1913, en un restaurante albanés de Boston llamado Scanderbeg, cuyo café le gustaba, conoció a Theofan S. Noli, un archimandrita de la Iglesia ortodoxa albanesa, que despertó su interés en la política balcánica. En febrero de 1914 Gould asombró a su familia anunciando que planeaba dedicar el resto de su vida a recoger fondos para Albania. Fundó en Boston una organización llamada Amigos de la Independencia Albanesa, reclutó cerca de una docena de patrocinadores y se puso a telegrafiar y telefonear a estupefactos periodistas de Boston y Nueva York para persuadirlos de que publicaran largos tratados sobre asuntos albaneses escritos por Noli. Tras ocho meses de esta actividad, una noche Gould estaba en el Scanderbeg, bebiendo café mientras escuchaba a un grupo de obreros albaneses discutir cuestiones balcánicas en su idioma natal, cuando de pronto concluyó que estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa. «Veía doble y me entraron unos tics incontrolables», cuenta. A partir de esa noche su interés por Albania empezó a remitir. Después de un nuevo periodo de paseos y meditaciones, Gould se interesó por la eugenesia. Ha olvidado cómo le sucedió exactamente. En cualquier caso, pasó el verano de 1915 haciendo trabajo de campo en la Oficina de Registro Eugenésico de Coid Spring Harbor, Long Island. La organización, sostenida por la Institución Carnegie, se dedicaba por entonces a hacer estudios sobre familias de minusválidos hereditarios, de pobres y de inadaptados en diversas comunidades altamente endogámicas. A Gould esa gente le resultaba demasiado prosaica; decidió especializarse en indios. Aquel invierno fue a Dakota del Norte a medir las cabezas de un centenar de chippewas de la reserva de Turtle Mountain y de quinientos mandans de la reserva de Fort Berthold. Hoy, cuando le preguntan por qué hizo esas mediciones, Gould cambia de tema diciendo: «Es un profundo secreto científico.» En Dakota del Norte fue feliz. «Fue el periodo más reconfortante de mi vida», afirma. «Soy un buen jinete, si cabe que lo diga yo, me gusta el baile y el jolgorio y creo que los indios se lo pasaban bien conmigo. Yo temí que al pedir permiso para medirles el caletre me creyeran chiflado, pero les daba igual. Al parecer los divertía. Los indios son los únicos aristócratas de verdad que he conocido. Tendrían que gobernar el país, y a nosotros tendrían que meternos en reservas.» Al cabo de siete meses de vivir así, Gould se quedó sin dinero. Regresó a Massachusetts e intentó vanamente recaudar fondos para otra empresa de medición. «En esa encrucijada vital», relata, «decidí embarcarme en el trabajo literario.» Fue a Nueva York y consiguió un trabajo para el Evening Mail como ayudante de reportero en la jefatura de policía. Una mañana del verano de 1917, cuando llevaba alrededor de un año haciendo crónicas, se solazaba en la escalera posterior de la jefatura, intentando superar la resaca, cuando floreció en su mente la idea de la Historia oral. Rápidamente dejó el trabajo y se puso a escribir. «Desde aquella mañana fatídica», dijo una vez en un momento de exaltación, «la Historia oral ha sido mi soga y mi patíbulo, mi cama y mi pupitre, mi esposa y mi fulana, mi herida y la sal que en ella se derrama, mi whisky y mi aspirina, mi roca y mi salvación. Es lo único que me importa. Todo lo demás es basura».

El secreto de Joe Gould

Joe Gould era un extraño hombrecito sin dinero ni empleo que en 1916 llegó a la ciudad y entre fintas y tretas resistió con toda la firmeza posible durante cuarenta y cinco años. Era miembro de una de las familias más antiguas de Nueva Inglaterra («Los Gould ya eran los Gould», solía decir, «cuando los Cabot y los Lowell aún recogían almejas»), había nacido y se había criado en una ciudad cercana a Boston, donde su padre era vecino prominente, y había ido a Harvard, como el padre y el abuelo, pero aseguraba que antes de llegar a Nueva York siempre se había sentido fuera de lugar. «En mi pueblo nunca me sentí en casa», escribió una vez. «Quería despegarme. Ni siquiera en mi casa me sentía en casa. Donde siempre me he sentido en casa es en Nueva York, con los chalados, los proscritos, los marginados, los náufragos, los eclipsados, los malogrados, las eternas promesas, los desgraciados, los impotentes y los sabe Dios qué». Gould parecía un vagabundo y como un vagabundo vivía. Llevaba ropa de paria y dormía en albergues de caridad o en las peores habitaciones de los hoteles más baratos. A veces dormía en portales. Pasaba la mayor parte del tiempo en casas de comidas, cafeterías y bares del Village, errando por la calle, buscando amigos y conocidos por toda la ciudad o sentado en bibliotecas públicas, escribiendo en cuadernos escolares baratos. Solía vérselo bastante sucio. A menudo pasaba días enteros sin lavarse la cara ni las manos y rara vez se hacía limpiar una camisa o un traje. Como norma usaba la misma ropa hasta que alguien le regalaba otra, momento en el cual tiraba la anterior. Muy pocas veces se cortaba el pelo («Cada dos Pascuas», decía), y siempre en una escuela de peluqueros del Bowery. Sufría crónicamente de la especie de conjuntivitis conocida como queratitis infecciosa. Su voz era perturbadoramente nasal. En ocasiones, robaba. Normalmente robaba libros en las librerías para venderlos en tiendas de segunda mano, pero en casos de gran necesidad se los robaba a los amigos. (Una noche de frío terrible llamó a la puerta de un escultor casi tan pobre como él, y el escultor lo dejó dormir en el suelo envuelto en capas de periódicos y fundas de esculturas; a la mañana siguiente se levantó temprano, robó las herramientas que había en el estudio y las empeñó.) Además era disparatado, engreído, inquisitivo, chismoso, burlón, sarcástico y grosero. En el curso de los años, sin embargo, una larga serie de hombres y mujeres le dio ropa vieja y pequeñas sumas de dinero, le pagó comida, copas y alojamiento, lo invitó a fiestas y fines de semana en el campo y lo ayudó a conseguir cosas como gafas y dentaduras postizas, o bien se interesó por él; algunos sólo porque les resultaba divertido, otros porque sentimentalmente lo consideraban una reliquia del Village de sus años mozos, otros porque disfrutaban mirándolo por encima, otros por razones que ni ellos comprendían bien, y otros porque creían que posiblemente el libro en el cual Gould venía trabajando desde hacía muchos años fuera un buen libro, y hasta un gran libro, y querían animarlo a que lo continuase. Gould llamaba a su libro «Una historia oral», título al que a veces añadía «de nuestro tiempo». Según la describía él, la Historia oral consistía en cosas que había oído y, por considerarlas significativas, había ido apuntando, bien literalmente, bien resumiéndolas —estas historias versaban sobre cualquier cosa, desde una observación captada en la calle hasta una inacabable conversación en una sala llena de gente—, así como en textos que las comentaban. Algunas cosas dichas tenían un significado evidente y nada más, decía Gould, pero en otras, a menudo sin que el propio sujeto lo sospechara, subyacían otros significados bajo el primero. Lo que la Historia oral recogía era esto último. Él profesaba la creencia de que tenían una gran significación histórica oculta. Decía que acaso contuvieran señales premonitorias —señales premonitorias de cataclismos, como los escritos en los muros antes de la caída de un reino— y le gustaba citar un pareado de los «Augurios de inocencia» de William Blake: El grito de la ramera de calle en calle tejerá la mortaja de Inglaterra. Según él, todo dependía de cómo se interpretase lo que la gente dice, y no todo el mundo estaba en condiciones de interpretarlo. «Sí, tiene razón», le replicó una vez a un detractor de la Historia oral , «son cosas que oigo decir a la gente, nada más, pero a lo mejor yo tengo una capacidad peculiar; quizá entiendo el significado de lo que dicen, puedo leer por dentro. Puede que usted oiga conversar a dos viejos en un bar o a dos damas en un parque y piense que son pamplinas, pero tal vez en la misma

pregunté qué les había parecido. La esposa del joven pintor habló primero: “Es uno de los cuadros más espantosos que he visto en mi vida”, dijo. Y él estuvo de acuerdo. “Y que lo digas”, dijo. Esto me complació mucho, sobre todo la reacción del joven, porque es un artista abstracto famoso y en primera línea de la vanguardia y no hay cuadro que lo impresione a menos que sea un disparate total y se haya pintado en media hora. Yo posé para aquel retrato en 1933, o sea trece años atrás, y el hecho de que la gente aún lo encuentre espantoso es elocuente. Significa que el cuadro podría tener en parte la cualidad de la que participan todos los grandes cuadros, el poder de durar. Quizá ya le haya escrito antes sobre este cuadro, o hablado, no estoy seguro. De ser así, perdóneme; estoy perdiendo la memoria. En los estudios de la ciudad hay un puñado de cuadros que los del mundillo artístico conocen bien pero no se pueden exhibir en galerías ni museos porque serían considerados obscenos y podrían poner a la galería o al museo en problemas, y uno es éste. A lo largo de los años lo han visto cientos de personas, muchas de ellas pintores que lo han elogiado, y tengo el presentimiento de que un día de éstos, tal como se está habituando la gente a lo supuestamente obsceno, acabará colgado en la Whitney o el Metropolitan. Alice Neel nació en un pueblo cercano a Filadelfia y en Filadelfia fue a la Escuela Femenina de Dibujo. En un tiempo tenía un estudio en el Village, pero hace mucho que se trasladó a la parte alta. Muchos pintores de su edad y generación le tienen un gran respeto, si bien entre el público en general no es muy conocida. Hay obras suyas en colecciones importantes, pero puede que la mejor sea ésta. Su mejor obra y no es posible mostrarla en público. Una especie de obra maestra subterránea. Ojalá un día fuera usted a verla. Me interesaría saber qué opina. Ella no se la enseña a cualquiera, claro, pero le daré su número de teléfono y si le dice que yo quiero que la vea seguro que lo hará…». Inmediatamente después de leer aquello, recordé, yo había intentado varias veces llamar a la señorita Neel, pero no me contestaba nadie, y había archivado la carta y, como Gould nunca había vuelto a mencionar el asunto, lo había olvidado por completo. Esta vez, llevado de un impulso, telefoneé a la señorita Neel y la encontré, y ella dijo que desde luego podía ver el retrato de Gould y me dio la dirección de su estudio. Estaba en un edificio de negros y portorriqueños de la parte alta del East Side, y la señorita Neel resultó ser una mujer majestuosa, guapa, rubia y de voz suave de algo más de cincuenta años. El estudio ocupaba toda la tercera planta. En una habitación, contra una pared, había una estantería doble llena de cuadros. El retrato de Gould, dijo la señorita Neel, estaba en el estante superior. Para alcanzarlo tuvo que subirse a una silla y sacar otros cuadros antes. A medida que los sacaba me los fue dando para que los viera, y los comentaba, y sus comentarios eran tan extemporáneos que resultaban enigmáticos. En uno se veía a un anciano en un ataúd. —Mi padre —dijo—. Jefe de personal del departamento per-diem. —Perdóneme —dije yo, preguntándome que sería un departamento per-diem pero sin querer saberlo en realidad—. ¿El departamento per-diem de qué? —Perdóneme usted —respondió ella—. De los ferrocarriles de Pensilvania, en Filadelfia. Otro era una pintura de un joven portorriqueño, sentado en una cama de hospital, que miraba a lo lejos con los ojos dilatados. —T. B. —dijo ella—. Estaba a punto de morirse, pero no. Se recuperó y se hizo adicto a la codeína. Otro mostraba a una mujer dando a luz. Luego vino una pintura de un hombrecillo barbudo, huesudo, desgarbado, de hombros redondos y completamente desnudo salvo por las gafas, y ése era el retrato de Gould. Era un cuadro bastante grande, y Gould parecía casi de tamaño natural. El fondo era vago; él daba la impresión de estar sentado en un taburete de madera, en un baño de vapor, esperando que el vapor surgiera. Las manos huesudas descansaban en las huesudas rodillas, y se le veían claramente las costillas. Tenía un aparato genital masculino en el lugar correcto y otro en donde habría debido estar el ombligo; y del taburete de madera crecía aún un tercero. Anatómicamente, el cuadro era extravagante y grotesco pero no especialmente espantoso; excepto por la plétora de órganos sexuales, era un estudio sobrio y estricto de un hombre de edad mediana subalimentado. Lo espantoso era la expresión de Gould. De vez en cuando, en algún bar del Village o en una fiesta, Gould llegaba a desinhibirse tanto que abruptamente se ponía en pie y echaba a correr por el lugar, inclinándose ante mujeres de todas las edades, dimensiones y grados de accesibilidad para rogarles que bailaran con él, y en ocasiones intentando abrazarlas y besarlas. Al cabo de un rato, rechazado por todas partes, se cansaba. Luego se ponía a imitar el vuelo de una gaviota. Saltaba sobre una pierna y sobre las dos, sacudiéndose, girando, subiendo y bajando los brazos mientras chillaba: «¡Scriiic! ¡Soy una gaviota!» Así seguía hasta que los demás dejaban de mirarlo y reanudaban sus conversaciones. Entonces, para captar de nuevo la atención, se quitaba la chaqueta y la camisa, las arrojaba a un lado e iniciaba una danza que incluía zapateo, palmas y golpes en el pecho. «¡Silencio!», gritaba. «Estoy danzando. Es una danza sagrada. Es india. Es la danza de la luna llena de los chippewas.» Le fulguraban los ojos, la mandíbula le colgaba como a un perro en verano y como un perro jadeaba, y en el rostro le asomaba una expresión socarrona, perversa y lasciva, medio satánica, medio idiota. La señorita Neel había capturado esa expresión. —Joe Gould estaba muy orgulloso de este cuadro. Solía sentarse aquí a mirarlo —me dijo. Estudió el rostro de Gould con afecto, diversión y también, se habría dicho, con cierta inquietud—. En su momento lo titulé Joe Gould —continuó—. Pero probablemente debería llamarlo Retrato de un exhibicionista. — Unos segundos después añadió—: No quiero decir que Joe fuera un exhibicionista. Estoy segura de que no… en el sentido técnico. Con todo, para ser sincera, años atrás, cuando lo observaba en alguna fiesta,

siempre tenía la sensación de que era un exhibicionista en el fondo, que estaba encerrado en sí mismo e intentaba salir como una araña de una botella. Muy en el fondo. Un exhibicionista aterrador… de los que se ven en el metro por la noche. Probablemente él no lo sabía. Por eso lo pinté así. De pronto me di cuenta de que mentalmente yo había reemplazado al Joe Gould real —o al menos al que había conocido— por un Joe Gould aseado, un Joe Gould post mortem. Mediante el olvido de lo deshonroso, o la lenta transformación de lo deshonroso en honorable, al modo en que uno tiende a pensar en los muertos, había acabado, por así decir, convirtiéndolo en respetable. Entonces, mirando la desvergonzada cara del retrato, pude devolverlo a sus proporciones y concluí que si el Joe Gould real hubiera podido pensar algo sobre la cuestión, lo que fuere, no le habría disgustado nada que yo contara cualquier cosa de él que por casualidad supiera. Todo lo contrario. Conocí a Joe Gould en el invierno de 1932. Por entonces yo era reportero de un periódico y trabajaba sobre todo en información de sucesos. De vez en cuando cubría algún caso del Tribunal de Mujeres, que en aquellos días estaba en el juzgado de Jefferson Market, entre la Sexta Avenida y la calle 10, en Greenwich Village. En la calle siguiente había un restaurante griego, llamado Atenas, adonde funcionarios del juzgado iban a menudo a despachar sus asuntos. Solían sentarse en una larga mesa cerca de la entrada, frente a la caja, y a veces se sentaba con ellos el dueño, Harry Panagakos. Una tarde, durante un descanso del tribunal, yo tomaba café en esa mesa con Panagakos, un agente de libertad condicional y dos agentes de la Brigada Antivicio cuando entró un curioso hombrecillo. Medía no más de uno sesenta y cinco y era muy flaco; difícilmente debía de pesar más de cuarenta kilos. Llevaba la cabeza descubierta y ladeada, como las alondras inglesas. El pelo era largo y la barba enmarañada. Unas rayas de suciedad le cruzaban la frente, sin duda de frotársela con los dedos. El abrigo le quedaba varias tallas grande; le llegaba casi al suelo. Se apretaba las manos buscando calor — era un día de frío terrible— y se las tapaba con las mangas formando una especie de manguito. Pese a la barba, había algo infantil en aquel hombre sucio y sin sombrero que arrastraba el abrigo, algo de niño que ha estado en un desván probándose ropa vieja de mayores y de pronto, cansado, sale a la calle sin quitársela. Estuvo un momento quieto, como orientándose, y luego se acercó a Panagakos: —¿Me darías algo de comer, Harry? —dijo—. No puedo esperar hasta la noche. Aunque primero pareció molesto, al final Panagakos se encogió de hombros y le dijo que fuera a sentarse, que en unos minutos iría a la cocina a decirle al chef que le hiciera algo. Enormemente aliviado, el hombre enfiló el pasillo entre las dos hileras de mesas. Para ser preciso, se escabulló por el pasillo. —Dios Santo, ¿y ése quién es? —preguntó uno de los agentes. Panagakos dijo que era un bohemio del Village. Dijo que los bohemios se estaban muriendo de hambre —el invierno de 1932 fue en Nueva York el peor de la Depresión— y él había tomado la costumbre de darles de comer a algunos. Dijo que los camareros apartaban los filetes y chuletas que los clientes no acababan de comerse, y otras cosas que quedaban en los platos, y envueltas en papel de cera las reservaban para los bohemios. Panagakos dijo que sólo les pedía que no recogiesen la comida hasta la hora de cierre, a medianoche, para evitar que los clientes se alteraran viéndolos entrar y salir en tropel. Dijo que a aquél iba a darle un plato de sopa y un bocadillo, pero advirtiéndole que no debía volver nunca más a aquella hora. El agente preguntó si el hombre era poeta o pintor. —No sabría cómo definirlo —dijo Panagakos—. Se llama Joe Gould y supuestamente está escribiendo el libro más largo de la historia. A fines de los treinta dejé los periódicos y entré a trabajar en el New Yorker. Más o menos por la misma época empecé a ver a Gould con frecuencia. Lo vislumbraba entrando o saliendo de algún bar del comienzo de la Sexta Avenida: la Jericho Tavern, el Village Square Bar & Grill, el Belmar, el Goody’s o el Rochambeau. Lo veía escribiendo en una mesa de la sección Jackson Square de la Biblioteca Pública, o cargando de tinta la pluma en la oficina central de correos del Village —la de la calle 10—, o sentado entre madres jóvenes y viejos alcohólicos en ese parquecillo ceniciento, plagado de palomas, rociado de migas, tapizado de periódicos, cercado de arbustos y apretado como un ataúd que hay en Sheridan Square. Por entonces yo trabajaba mucho de noche y de vez en cuando, camino de casa hacia las dos o tres de la madrugada, lo veía andar por la Sexta Avenida o alguna lateral, encorvado, lento y en apariencia sin rumbo, casi siempre solo, casi siempre con un abultado maletín de cartón, a veces murmurando entre dientes. A mis ojos era una figura antigua, enigmática, espectral, un proscrito. Nunca lo veía sin pensar en el viejo marinero, el Judío o el Holandés Errante, o en un viejo silencioso llamado Pantano Jackson, que vivía solo en una choza al borde de una ciénaga en el pueblo agrícola del Sur donde yo me crié y que por la noche vagaba de un lado para otro por desolados caminos rurales, o en uno de esos hombres de la Biblia, que de pequeño solían desconcertarme, que por alguna transgresión incomprensible para mí habían sido «expulsados». Una mañana del verano de 1942, sentado en mi despacho del New Yorker , pensé en Gould —la noche anterior lo había visto por la calle— y se me ocurrió que podía ser un buen tema para un Perfil. Según las notas que tomé en aquel momento —tomaba notas prácticamente de todo cuanto se relacionara con Gould, y las encontré en el cajón del archivador con el resto de la colección—, era la mañana del 10 de junio, un miércoles. Como casualmente estaba libre para empezar algo nuevo, fui a comentarle la idea a