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Tipo: Resúmenes
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Esta es la crónica de Eustaquio Pasmado , un hombre que no era especialmente alto, ni especialmente bajo, y cuyo rasgo más distintivo era su capacidad para observar cómo se secaba la pintura sin parpadear. Esta es la historia de su viaje al Ministerio de la Burocracia Circular , un relato diseñado para que sientas que el tiempo se detiene, se estira y, finalmente, se desintegra.
Eustaquio se despertó a las 7:02 de la mañana, no porque tuviera algo que hacer, sino porque el muelle de su colchón —el número 412 de la fila izquierda— emitió un chirrido en una nota de sol sostenido que ya le era familiar. Se quedó mirando el techo. El techo era de un color que los pintores llaman "blanco roto", pero que Eustaquio prefería llamar "gris arrepentido". Contó las grietas. Había siete grietas principales y veinticuatro ramificaciones menores. La grieta número tres tenía forma de bota, o quizás de un mapa de Italia si Italia fuera un país mucho más corto y estuviera sufriendo una erosión severa. Tardó cuarenta minutos en decidir que la grieta no se parecía a nada. Se levantó con la parsimonia de un glaciar en retirada. Se puso sus pantuflas de cuadros, las cuales tenían exactamente 1,200 pelusas de lana cada una (las había contado el invierno anterior durante una gripe particularmente monótona). Caminó hacia la cocina. El pasillo medía ocho pasos y medio. Si daba pasos más cortos, eran once. Si saltaba, era uno, pero Eustaquio no era hombre de saltos. Los saltos implican una aceleración vertical que su filosofía de vida no permitía.
En la cocina, Eustaquio puso la tetera al fuego. El agua tarda exactamente seis minutos y doce segundos en hervir a esa altitud sobre el nivel del mar. Durante ese tiempo, observó una mosca que caminaba sobre el azulejo. La mosca se frotaba las patas delanteras. Luego las traseras. Luego volvía a las delanteras. Eustaquio se preguntó si la mosca tenía un plan de pensiones o si simplemente vivía el momento con una intensidad que él no podía comprender.
Preparó una tostada. No cualquier tostada. Una rebanada de pan integral con siete semillas visibles por cada lado. Untó la mantequilla con un ángulo de inclinación de 15 grados respecto al eje horizontal del pan. La mantequilla estaba fría, lo que generó una resistencia mecánica que Eustaquio analizó con profundo interés científico-aburrido. Al terminar, recordó que debía renovar su Certificado de Existencia Pasiva. Para ello, debía cruzar la ciudad y dirigirse al Edificio de los Trámites Infinitos. Se vistió con su traje color beige (el color de la neutralidad absoluta) y salió a la calle.
La parada del autobús era un monumento a la paciencia. Allí esperaba doña Clotilde, una señora que llevaba un sombrero con una fruta de plástico que parecía un higo, pero que bajo la luz del sol cobraba un tono sospechosamente parecido a una berenjena. —El 42 viene tarde —dijo Clotilde. —Es su naturaleza —respondió Eustaquio. Esperaron catorce minutos. Durante ese tiempo, un camión de basura pasó lentamente. Eustaquio contó los dientes de la compactadora hidráulica. Dieciocho. Eran simétricos. Eso le dio una paz momentánea que se vio interrumpida por el frenazo chirriante del autobús. El trayecto duró una eternidad. El autobús se detenía en cada esquina, en cada semáforo y, a veces, parecía detenerse solo para reflexionar sobre el sentido de la vida urbana. Eustaquio miraba por la ventana. Vio una tienda de paraguas cerrados. Vio a un hombre paseando a un perro que caminaba más lento que el hombre. Vio un cartel publicitario de una marca de dentífrico que prometía "blancura lógica". —Pagaré con monedas —anunció Eustaquio al conductor. Sacó diecisiete monedas de bajo valor. Las colocó una a una en la bandeja de metal, disfrutando del sonido clinc que variaba según el desgaste de la aleación de cobre y níquel.
El edificio era una mole de hormigón con ventanas que no se abrían. Al entrar, el aire olía a papel viejo, café recalentado y esperanzas archivadas. Eustaquio se dirigió al mostrador de información.
Miró el techo. La grieta con forma de bota ahora le parecía más una mancha de humedad con pretensiones de grandeza. Cerró los ojos. Mañana tendría que contar las pelusas de su pantufla derecha, pues sospechaba que una se había enganchado en el linóleo del Ministerio. Fue, sin duda, el día más emocionante de su década. O quizás no. Pero para Eustaquio, la diferencia era puramente semántica.