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Libro de Frankenstein traducido a español.
Tipo: Apuntes
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Mary W. Shelley
Prólogo[L1]
El suceso en el cual se fundamenta este relato imaginario ha sido considerado por el doctor Darwin[L2] y otros fisiólogos alemanes como no del todo imposible. En modo alguno quisiera que se suponga que otorgo el mínimo grado de credibilidad a semejantes fantasías; sin embargo, al tomarlo como base de una obra fruto de la imaginación, no considero haberme limitado simplemente a enlazar, unos con otros, una serie de terrores de índole sobrenatural. El hecho que hace despertar el interés por la historia está exento de las desventajas de un simple relato de fantasmas o encantamientos. Me vino sugerido por la novedad de las situaciones que desarrolla, y, por muy imposible que parezca como hecho físico, ofrece para la imaginación, a la hora de analizar las pasiones humanas, un punto de vista más comprensivo y autorizado que el que puede proporcionar el relato corriente de acontecimientos reales. Así pues, me he esforzado por mantener la veracidad de los elementales principios de la naturaleza humana, a la par que no he sentido escrúpulos a la hora de hacer innovaciones en cuanto a su combinación. La Ilíada, el poema trágico de Grecia; Shakespeare en La tempestad y El sueño de una noche de verano; y sobre todo Milton en El paraíso perdido se ajustan a esta regla. Así pues, el más humilde novelista que intente proporcionar o recibir algún deleite con sus esfuerzos puede, sin presunción, emplear en su narrativa una licencia, o,
mejor dicho, una regla, de cuya adopción tantas exquisitas combinaciones de sentimientos humanos han dado como fruto los mejores ejemplos de poesía. La circunstancia en la cual se basa mi relato me fue sugerida en una conversación trivial. Lo comencé en parte como diversión y en parte como pretexto para ejercitar cualquier recurso de mi mente que aún tuviera intacto. A medida que avanzaba la obra, otros motivos se fueron añadiendo a éstos. En modo alguno me siento indiferente ante cómo puedan afectar al lector los principios morales que existan en los sentimientos o caracteres que contiene la obra. Sin embargo, mi principal preocupación en este punto se ha centrado en la eliminación de los efectos enervantes de las novelas de hoy en día, y en exponer la bondad del amor familiar, así como la excelencia de la virtud universal. Las opiniones que lógicamente surgen del carácter y situación del héroe en modo alguno deben considerarse siempre como convicciones mías; ni se debe extraer de las páginas que siguen conclusión alguna que prejuicie ninguna doctrina filosófica del tipo que fuera. Es además de gran interés para la autora el hecho de que esta historia se comenzara en la majestuosa región donde se desarrolla la obra principalmente, y rodeada de personas cuya ausencia no cesa de lamentar. Pasé el verano de 1816 en los alrededores de Ginebra. La temporada era fría y lluviosa, y por las noches nos agrupábamos en torno a la chimenea. Ocasionalmente nos divertíamos con historias alemanas de fantasmas, que casualmente caían en nuestras manos. Aquellas narraciones despertaron en nosotros un deseo juguetón de emularlos. Otros dos amigos[L3] (cualquier relato de la pluma de uno de ellos resultaría bastante más grato para el lector que nada de lo que yo jamás pueda aspirar a crear) y o nos comprometimos a escribir un cuento cada uno, basado en algún acontecimiento sobrenatural. Sin embargo, el tiempo de repente mejoró, y mis dos amigos partieron de viaje hacia los Alpes donde olvidaron, en aquellos magníficos parajes, cualquier recuerdo de sus espectrales visiones. El relato que sigue es el único que se termino[L4].
CARTA 1[L5]
A la señora SAVILLE, Inglaterra
San Petersburgo, 11 de diciembre de 17...
Te alegrarás de saber que ningún percance ha acompañado el comienzo de la empresa que tú contemplabas con tan malos presagios. Llegué aquí ayer, y mi primera obligación es tranquilizar a mi querida hermana sobre mi bienestar y comunicarle mi creciente confianza en el éxito de mi empresa. Me encuentro ya muy al norte de Londres, y andando por las calles de Petersburgo noto en las mejillas una fría brisa norteña que azuza mis nervios j me llena de alegría. ¿Entiendes este sentimiento? Esta brisa, que viene de aquellas regiones hacia las que yo me dirijo, me anticipa sus climas helados. Animado por este viento prometedor, mis esperanzas se hacen más fervientes y reales. Intento en vano convencerme de que el Polo es la morada del hielo y la desolación. Sigo imaginándomelo como la región de la hermosura y el deleite. Allí, Margaret, se ve siempre el sol[L6], su amplio círculo rozando justo el horizonte y difundiendo un perpetuo resplandor. Allí pues con tu permiso, hermana mía, concederé un margen de confíanza a anteriores navegantes, allí, no existen ni la nieve ni el hielo [L7] y navegando por un mar sereno se puede arribar a una tierra que supera, en maravillas y hermosura, cualquier región descubierta hasta el momento en el mundo habitado. Puede que sus productos y paisaje no tengan
emprender un largo y difícil viaje, cuyas vicisitudes exigirán de mí todo mi valor. Se me pide no sólo que levante el ánimo de otros, sino que conserve mi entereza cuando ellos flaqueen. Esta es la época más favorable para viajar por Rusia. Vuelan sobre la nieve en sus trineos; el movimiento es agradable y, a mi modo de ver, mucho más cómodo que el de los coches de caballos ingleses. El frío no es extremado, si vas envuelto en pieles, atuendo que yo ya he adoptado. Hay una gran diferencia entre andar por la cubierta y permanecer sentado, inmóvil durante horas, sin hacer el ejercicio que impediría que la sangre se te hiele materialmente en las venas. ¡No tengo la intención de perder la vida en la ruta entre San Petersburgo y Arkángel[L10]. Partiré hacia esta última ciudad dentro de dos o tres semanas, y pienso fletar allí un barco, cosa que me será fácil si le pago el seguro al dueño; también contrataré cuantos marineros considere precisos de entre los que están acostumbrados a ir en balleneros. No pienso navegar hasta el mes de Junio; y en cuanto a mi regreso, querida hermana, ¿cómo responder a esta pregunta? Si tengo éxito, pasarán muchos, muchos meses, incluso años, antes de que tú y yo nos volvamos a encontrar. Si fracaso, me verás o muy pronto, o nunca. Hasta la vista, mi querida y excelente Margaret. Que el cielo te envíe todas las bendiciones y a mí me proteja para que pueda atestiguarte una y otra vez mi gratitud por todo tu amor y tu bondad. Tu afectuoso hermano, ROBERT WALTON.
CARTA 2
A la señora SAVILLE, Inglaterra
Arkángel, 28 de marzo de 17.. ¡Qué despacio pasa aquí el tiempo, rodeado como estoy de nieve y hielo![L11]. Sin embargo, he dado ya un segundo paso hacia la realización de mi empresa. He fletado un barco y estoy ocupado en reunir la tripulación; los que ya he contratado parecen hombres en quienes puedo confiar e indudablemente están dotados de invencible valor. Tengo, empero, un deseo aún por satisfacer y este vacío me acucia ahora de manera terrible. No tengo amigo alguno, Margaret; cuando arda con el entusiasmo del éxito, no habrá nadie que comparta mi alegría; si soy víctima del desaliento, nadie se esforzará por disipar mi desánimo. Podré plasmar mis pensamientos en el papel, cierto, pero es un pobre medio para comunicar los sentimientos. Añoro la compañía de un hombre que pudiera compenetrarse conmigo, cuya mirada respondiera a la mía. Me puedes tachar de romántico, querida hermana, pero echo muy en falta a un amigo. No tengo a nadie cerca que sea tranquilo a la vez que valeroso, culto y capaz, cuyos gustos se parezcan a los míos, que pueda aprobar o corregir mis proyectos. ¡Qué bien enmendaría un amigo así los fallos de tu pobre hermano! Soy demasiado impulsivo en la ejecución y demasiado impaciente con los obstáculos. Pero aún me resulta más nocivo el hecho de haberme autoeducado. Durante los primeros catorce años de mi vida corrí por los campos como un salvaje, y no leí nada salvo los libros de viajes de nuestro tío Thomas. A esa edad empecé a familiarizarme con los renombrados poetas de nuestra patria. Pero no vi la necesidad de aprender otras lenguas que la mía hasta que no estaba en mi poder el sacar los máximos beneficios de esta convicción. Tengo ahora veintiocho años, y en realidad soy más inculto que muchos colegiales de quince. Es cierto que he reflexionado más, y que mis sueños son más ambiciosos y magníficos, pero carecen de equilibrio (como
dicen los pintores). Me hace mucha falta un amigo que tuviera el suficiente sentido común como para no despreciarme por romántico y que me estimara lo bastante como para intentar ordenar mi mente. Bien, son éstas lamentaciones vanas; sé que no encontraré amigo alguno en el vasto océano, ni siquiera aquí, en Arkángel, entre mercaderes y hombres de mar. Sin embargo, incluso en estos rudos corazones laten algunos sentimientos, extraños a la escoria de la naturaleza humana. Mi lugarteniente, por ejemplo, es un hombre de enorme valor e iniciativa, empecinado en su afán de gloria. Es inglés, y, aunque lleno de prejuicios nacionales y profesionales, jamás limados por la educación, retiene algunas de las más preciosas cualidades humanas. Lo conocí a bordo de un ballenero, y, al saber que se encontraba en esta ciudad sin trabajo, no tuve ninguna dificultad para persuadirlo de que me ayudara en mi aventura. El capitán[L12] es una persona de excelente disposición y muy querido en el barco por su amabilidad y flexibilidad en la disciplina. Tanta es la bondad de su naturaleza, que no quiere calar (deporte favorito aquí) casi la única diversión, porque no soporta derramar sangre. Es además de una heroica generosidad. Hace algunos años se enamoró de una joven rusa de familia relativamente acomodada; tras hacerse con una considerable fortuna por la captura de navíos enemigos, el padre de la joven dio su consentimiento al matrimonio. Él vio a su prometida una vez antes de la ceremonia. Bañada en lágrimas, se le arrojó a los pies, y le suplicó la perdonara, a la vez que le confesaba su amor por otro hombre con el cual su padre nunca consentiría que se casara, ya que carecía de fortuna. Mi desprendido amigo tranquilizó a la suplicante muchacha y, en cuanto supo el nombre de su amado, abandonó al instante su galanteo. Había ya comprado con su dinero una granja, en la cual pensaba pasar el resto de su vida, pero se la cedió a su rival, junto con el resto de su fortuna, para que pudiera comprar algunas reses. El mismo solicitó del padre de la joven el consentimiento para la boda, mas el anciano se negó considerándose en deuda de honor con mi amigo, el cual, al ver al padre en actitud tan inflexible, abandonó el país para no regresar hasta saber que su antigua novia se había casado con el hombre a quien amaba. «¡Qué persona tan noble!», exclamarás sin duda, y así es, pero desgraciadamente ha pasado toda su vida a bordo de un barco y apenas tiene idea de algo que no sean las maromas y los obenques. Mas no pienses que el que me queje un poco, o crea que quizá nunca llegue a conocer el consuelo para mi tristeza, signifique que titubeo en mi decisión. Esta es tan firme como el destino mismo, y mi viaje se ve retrasado tan sólo porque espero un tiempo favorable que me permita zarpar. El invierno ha sido tremendamente duro; pero la primavera promete ser buena e incluso parece que se adelantará, de modo que quizá pueda hacerme a la mar antes de lo previsto. No actuaré con precipitación; me conoces lo suficientemente bien como para fiarte de mi prudencia y moderación cuando tengo confiada la seguridad de otros. No puedo describirte la emoción que tengo ante la proximidad del comienzo de mi empresa. Es imposible transmitirte una idea de la tremenda emoción, mezcla de agrado y de temor, con la cual me dispongo a partir. Marcho hacia lugares inexplorados, hacia «la región de la brumas la nieve», pero no mataré a ningún albatros[L13], así que no temas por mi suerte. ¿Te encontraré de nuevo, tras cruzar inmensos mares y rodear los cabos de Africa o América? ,No me atrevo a esperar tal éxito, y no obstante no puedo soportar la idea del fracaso. Continúa aprovechando toda oportunidad de escribirme; puede que reciba tus cartas (si bien hay pocas esperanzas) cuando más las necesite para animarme. Te quiero mucho. Recuérdame con afecto si no vuelves a saber de mí.
lejos como suponíamos. Pero, cercados como estábamos por el hielo, era imposible seguir el rastro de aquel hombre al que habíamos observado con la mayor atención. Unas dos horas después de esto oímos el bramido del mar y antes del anochecer el hielo rompió, liberando nuestro navío. Sin embargo, permanecimos allí hasta la mañana siguiente, temerosos de encontrarnos con esos grandes témpanos sueltos que flotan tras haberse roto el hielo. Aproveché ese tiempo para descansar unas horas. Por la mañana, en cuanto hubo amanecido, salí a cubierta y me encontré a toda la tripulación hacinada a un lado del navío, aparentemente conversando con alguien fuera del barco. En efecto, sobre un gran fragmento de hielo, que se nos había acercado durante la noche, había un trineo parecido al que ya habíamos divisado. Unicamente un perro permanecía vivo; pero había un ser humano en el trineo, al cual los marineros intentaban persuadir de que subiera al barco. No parecía, como el viajero de la noche anterior, un habitante salvaje procedente de alguna isla inexplorada, sino un europeo. Cuando aparecí en cubierta, mi segundo oficial gritó: ––Aquí está nuestro capitán, y no permitirá que usted muera en mar abierto. Al verme, el hombre se dirigió a mí en inglés, si bien con acento extranjero. ––Antes de subir al navío ––dijo––––, ¿tendría la amabilidad de indicarme hacia dónde se dirige? Podrás imaginar mi sorpresa al oír semejante pregunta de labios de una persona al borde de la muerte y para la cual yo habría pensado que mi barco ofrecía un recurso que no hubiese cambiado ni por las mayores riquezas del mundo. Le respondí, sin embargo, que nos dirigíamos al Polo Norte en viaje de exploración. Pareció satisfacerle y consintió en subir a bordo. ¡Santo cielo, Margaret! Si hubieras visto al hombre que de esta forma ponía condiciones a su salvación, tu sorpresa hubiera sido ilimitada. Tenía los miembros casi helados y el cuerpo horriblemente demacrado por la fatiga y el sufrimiento. Jamás vi hombre alguno en condición tan lastimosa. Intentamos llevarlo al camarote, pero en cuanto dejó de estar al aire libre perdió el conocimiento, de manera que volvimos a subirlo a cubierta y lo reanimamos frotándolo con coñac y obligándolo a beber una pequeña cantidad. En cuanto volvió a mostrar síntomas de vida lo envolvimos en mantas y lo colocamos cerca del fogón de la cocina. Poco a poco se fue recuperando, y tomó un poco de sopa, que le hizo mucho bien. Así pasaron dos días, sin que pudiera hablar, y a menudo temí que los sufrimientos le hubiesen privado de la razón. Cuando se hubo repuesto un poco, lo llevé a mi propio camarote y lo atendí cuanto me lo permitían mis obligaciones. Nunca había conocido a nadie más interesante. Suele tener una expresión exaltada, como de locura, en la mirada. Pero hay momentos en los que, si alguien le demuestra alguna atención o le presta el más mínimo servicio, se le ilumina la fas con una benevolencia j ternura que no he visto en otro hombre. Mas por lo general está melancólico y resignado; a veces aprieta los dientes, como si se impacientara con el peso de los males que lo afligen. Cuando mi huésped se encontró un poco mejor, me costó protegerlo del acoso de la tripulación que quería hacerle mil preguntas. No permití que lo atormentaran con su ociosa curiosidad, ya que aún se encontraba en un estado físico y moral cuyo restablecimiento dependía por completo del reposo. Sin embargo, en una ocasión el lugarteniente le preguntó que por qué había llegado tan lejos por el hielo en un vehículo tan extraño. Una expresión de dolor le cubrió el rostro de inmediato; y respondió: ––Voy en busca de alguien que huyó de mí. ¿Y el hombre a quien perseguía viajaba de manera semejante? ––Sí.
–Entonces pienso que lo hemos visto, pues el día antes de recogerlo a usted vimos unos perros tirando de un trineo, en el cual iba un hombre. Esto despertó la atención del extranjero, e hizo múltiples preguntas acerca de la dirección que había tomado aquel demonio, como él le llamó. Al poco rato, cuando se hallaba solo conmigo, dio: ––Sin duda he despertado su curiosidad, así como la de esta buena gente, aunque es usted demasiado discreto como para hacerme ninguna pregunta. ––Sería impertinente e inhumano por mi parte él molestarlo con ellas[L15]. Y no obstante ––prosiguió––, me rescató usted de una extraña y peligrosa situación. Usted me ha devuelto generosamente la vida. Poco después de esto quiso saber si yo creía que el hielo, al resquebrajarse, habría destruido el otro trineo. Le contesté que no podía responderle con ninguna certeza, ya que el hielo no se había roto hasta cerca de medianoche, y el viajero podía haber llegada a algún lugar seguro con anterioridad. Me era imposible aventurar juicio alguno. A partir de este momento el extranjero demostró gran interés por estar en cubierta, para vigilar la aparición del otro trineo. He conseguido persuadirlo de que permanezca en el camarote, pues está aún demasiado débil para soportar las inclemencias del tiempo, pero le he prometido que alguien oteará en su lugar y lo avisará en cuanto aparezca cualquier objeto nuevo a la vista. Por lo que respecta a este extraño incidente, éste es mi diario hasta el momento. La salud de nuestro huésped ha ido mejorando gradualmente, pero apenas habla, y parece inquietarse cuando alguien que no sea yo entra en su camarote. Sin embargo, sus modales son tan conciliadores y delicados, que todos los marineros se interesan por su estado, a pesar de no haber tenido apenas relación con él. Por mi parte, empiezo a quererlo como a un hermano, y su constante y profundo pesar me llena de piedad y simpatía. Debe haber sido una persona muy noble en otros tiempos, ya que, deshecho como está ahora, sigue siendo tan interesante y amable. Te decía en una de mis cartas, querida Margaret, que no hallaría ningún amigo en el vasto océano, pero he encontrado un hombre a quien, antes de que la desgracia quebrara su espíritu, me hubiera gustado tener por hermano. De tener nuevos incidentes que relatar respecto del extranjero, continuaré a intervalos mi diario.
13 de agosto de 17...
El afecto que siento por mi invitado aumenta cada día. Suscita a la vez mi piedad y mi admiración hasta extremos asombrosos. ¿Cómo puedo ver a tan noble criatura destruida por la miseria sin sentir el dolor más acuciante? Es tan dulce y a la vez tan sabio; tiene la mente muy cultivada, y cuando habla, si bien escoge las palabras cuidadosamente, éstas fluyen con una rapidez y elocuencia poco frecuentes. Está muy restablecido de su enfermedad, y pasea continuamente por la cubierta, vigilando la aparición del trineo que precedió al suyo. Sin embargo, aunque apenado, no está tan sumido en su propia desgracia como para no interesarse profundamente por los quehaceres de los demás. Me ha hecho muchas preguntas respecto a mis propósitos y yo le he contado mi pequeña historia con toda sinceridad. Pareció alegrarle mi franqueza, y me sugirió varios cambios en mis planes, que encontraré sumamente útiles. No hay pedantería en su ademán, sino que más bien todo lo que hace parece brotar tan sólo del interés que instintivamente siente por el bienestar de todos los que lo rodean. A menudo le invade la tristeza y entonces se sienta sólo e intenta superar todo lo que de hosco y antisocial hay en su humor. Estos paroxismos pasan, como una nube por delante del sol, si bien su abatimiento nunca le abandona. Me he esforzado por granjearme su confianza
en lo posible sus propias palabras. De estarlo, al menos tomaré algunas notas. Sin duda este manuscrito te proporcionará gran placer. ¡Y con qué interés y simpatía lo leeré yo algún día en el futuro! ¡Yo, que lo conozco y que lo oigo de sus propios labios![L18].
Capítulo 1
Soy ginebrino[L19] de nacimiento, y mi familia es una de las más distinguidas de esa república[L20]. Durante muchos años mis antepasados habían sido consejeros y jueces, y mi padre había ocupado con gran honor y buena reputación diversos cargos públicos. Todos los que lo conocían lo respetaban por su integridad e infatigable dedicación. Pasó su juventud dedicado por completo a los asuntos de su país, y sólo al final de su vida pensó en el matrimonio y así dar al Estado unos hijos que pudieran perpetuar su nombre y sus virtudes. Puesto que las circunstancias de su matrimonio reflejan su personalidad, no puedo dejar de referirme a ellas. Uno de sus más íntimos amigos era un comerciante, que, debido a numerosos contratiempos, cayó en la miseria tras gozar de una muy desahogada situación. Este hombre, de nombre Beaufort, era de carácter orgulloso y altivo y se resistía a vivir en la pobreza y el olvido en el mismo país[L21] en el que, con anterioridad, se le distinguiera por su categoría y riqueza. Habiendo, pues, saldado sus deudas en la forma más honrosa, se retiró a la ciudad de Lucerna con su hija, donde vivió sumido en el anonimato y la desdicha. Mi padre profesaba a Beaufort una auténtica amistad, y su reclusión en estas desgraciadas circunstancias le afligió mucho. También sentía íntimamente la ausencia de su compañía, y se propuso encontrarlo y persuadirlo de que, con su crédito y ayuda, empezara de nuevo. Beaufort había tomado medidas eficaces para esconderse, y mi padre tardó diez meses en descubrir su paradero. Entusiasmado con el descubrimiento, mi padre se apresuró hacia su casa situada en una humilde calle cerca del Reuss[L22]. Pero al llegar sólo encontró miseria y desesperación. Beaufort no había logrado salvar más que una pequeña cantidad de dinero de los despojos de su fortuna. Era suficiente para sustentarlo durante algunos meses y, mientras tanto, esperaba encontrar un trabajo respetable con algún comerciante. Así pues, pasó el intervalo inactivo; y, con tanto tiempo para reflexionar sobre su dolor, se hizo más profundo y amargo y, al fin, se apoderó de tal forma de él, que tres meses después estaba enfermo en cama, incapaz de realizar cualquier esfuerzo. Su hija lo cuidaba con el máximo cariño, pero veía con desazón que su pequeño capital disminuía con rapidez y que no había otras perspectivas de sustento. Pero Caroline Beaufort estaba dotada de una inteligencia poco común; y su valor vino en su ayuda en la adversidad. Empezó a hacer labores sencillas; trenzaba paja, y de diversas maneras consiguió ganar una miseria que apenas le bastaba para sustentarse. Así pasaron varios meses. Su padre empeoró, y ella cada vez tenía que emplear más tiempo en atenderlo; sus medios de sustento menguaban. A los diez meses murió su padre dejándola huérfana e indigente. Este golpe final fue demasiado para ella. Al entrar en la casa mi padre, la encontró arrodillada junto al ataúd, llorando amargamente; llegó como un espíritu protector para la pobre criatura, que se encomendó a él. Tras el entierro de su amigo, mi padre la llevó a Ginebra, confiándola al cuidado de un pariente; y dos años después se casó con ella. Cuando mi padre se convirtió en esposo y padre, las obligaciones de su nueva situación le ocupaban tanto tiempo que dejó varios de sus trabajos públicos y se dedicó por entero a la educación de sus hijos. Yo era el mayor y el destinado a heredar todos sus derechos y obligaciones. Nadie puede haber tenido padres más tiernos que yo. Mi
salud y desarrollo eran su constante ocupación, ya que fui hijo único durante varios años. Pero, antes de proseguir mi narración, debo contar un incidente que tuvo lugar cuando yo tenía cuatro años. Mi padre tenía una hermana a quien amaba tiernamente y que se había casado muy joven con un caballero italiano. Poco después de su boda, había acompañado a su marido a su país natal, y durante algunos años mi padre tuvo muy poca relación con ella. Murió alrededor de la época de la que hablo, y pocos meses después mi padre recibió una carta de su cuñado haciéndole saber que tenía la intención de casarse con una dama italiana y pidiéndole que se hiciera cargo de la pequeña Elizabeth, la única hija de su difunta hermana. Es mi deseo ––dijo–– que la consideres como hija tuya y que como a tal la eduques. Es la heredera de la fortuna de su madre, y te enviaré los documentos que así lo demuestran. Reflexiona sobre esta propuesta y decide si preferirías educar a tu sobrina tú mismo o que lo haga una madrastra. Mi padre no dudó un instante, y de inmediato se puso en camino hacia Italia con el fin de acompañar a la pequeña Elizabeth hasta su futuro hogar. A menudo he oído a mi madre decir que era la criatura más preciosa que jamás había visto, e incluso ya entonces mostraba síntomas de un carácter dulce y afectuoso. Estas características y el deseo de afianzar los lazos del amor familiar hicieron que mi madre considerara a Elizabeth como mi futura esposa, plan del cual nunca encontró razón para arrepentirse. A partir de este momento, Elizabeth Lavenza se convirtió en mi compañera de juegos y, a medida que crecíamos, en una amiga. Era dócil y de buen carácter, a la vez que alegre y juguetona como un insecto de verano. A pesar de que era vivaz y animada, tenía fuertes y profundos sentimientos y era desacostumbradamente afectuosa. Nadie podía disfrutar mejor de la libertad ni podía plegarse con más gracia que ella a la sumisión o lanzarse al capricho. Su imaginación era exuberante, pero tenía una gran capacidad para aplicarla. Su persona era el reflejo de su mente, sus ojos de color avellana, aunque vivos como los de un pájaro, poseían una atractiva dulzura. Su figura era ligera y airosa y, aunque era capaz de soportar gran fatiga, parecía la criatura más frágil del mundo. A pesar de que me cautivaba su comprensión y fantasía, me deleitaba cuidarla como a un animalillo predilecto. Nunca vi más gracia, tanto personal como mental, ligada a mayor modestia. Todos querían a Elizabeth. Si los criados tenían que pedir algo, siempre lo hacían a través de ella. No conocíamos ni la desunión ni las peleas, pues aunque éramos muy diferentes de carácter, incluso en esa diferencia había armonía. Yo era más tranquilo y filosófico que mi compañera, pero menos dócil. Mi capacidad de concentración era mayor, pero no tan firme. Yo me deleitaba investigando los hechos relativos al mundo en sí, ella prefería las aéreas creaciones de los poetas. Para mí el mundo era un secreto que anhelaba descubrir, para ella era un vacío que se afanaba por poblar con imaginaciones personales. Mis hermanos eran mucho más jóvenes que yo; pero tenía un amigo entre mis compañeros del colegio, que compensaba esta deficiencia. Henry Clerval era hijo de un comerciante de Ginebra, íntimo amigo de mi padre, y un chico de excepcional talento e imaginación. Recuerdo que, cuando tenía nueve años, escribió un cuento que fue la delicia y el asombro de todos sus compañeros. Su tema de estudio favorito eran los libros de caballería y romances, y recuerdo que de muy jóvenes solíamos representar obras escritas por él, inspiradas en estos sus libros predilectos, siendo los principales personajes Orlando, Robin Hood, Amadís y San Jorge[L23].
Mi primera preocupación al regresar a casa fue hacerme con la obra completa de este autor y, después, con la de Paracelso y Alberto Magno[L29]. Leí y estudié con gusto las locas fantasías de estos escritores[L30]. Me parecían tesoros que, salvo yo, pocos conocían. Aunque a menudo hubiera querido comunicarle a mi padre estas secretas reservas de mi sabiduría, me lo impedía su imprecisa desaprobación de mi querido Agrippa. Por tanto, y bajo promesa de absoluto secreto, le comuniqué mis descubrimientos a Elizabeth, pero el tema no le interesó y me vi obligado á continuar solo. Puede parecer extraño que en el siglo XVIII surja un discípulo de Alberto Magno, pero nuestra familia no era científica, y yo no había asistido a ninguna de las clases que se daban en la universidad de Ginebra. Así pues, mis sueños no se veían turbados por la realidad, y me lancé con enorme diligencia a la búsqueda de la piedra filosofal y el elixir de la vida[L31]. Pero era esto último lo que recibía mi más completa atención: la riqueza era un objetivo inferior; pero ¡qué fama rodearía al descubrimiento si yo pudiera eliminar de la humanidad toda enfermedad y hacer invulnerables a los hombres a todo salvo a la muerte violenta! No eran éstos mis únicos pensamientos. Provocar la aparición de fantasmas y demonios era algo que mis autores predilectos prometían que era fácil, cumplimiento que yo ansiaba fervorosamente conseguir. Atribuía el que mis hechizos jamás tuvieran éxito más a mi inexperiencia y error que a la falta de habilidad o veracidad por parte de mis instructores. Los fenómenos naturales que a diario tienen lugar no escapaban a mi observación. La destilación y los maravillosos efectos del vapor[L32], procesos que mis autores favoritos desconocían por completo, provocaban mi asombro. Pero mi mayor sorpresa la suscitaron unos experimentos con una bomba de aire que empleaba un caballero al cual solíamos visitar. El desconocimiento de los antiguos filósofos sobre éste y varios otros temas disminuyeron mi fe en ellos, pero no podía desecharlos por completo sin que algún otro sistema ocupara su lugar en mi mente. Tenía alrededor de quince años cuando, habiéndonos retirado a la casa que teníamos cerca de Belrive[L33], presenciamos una terrible y violenta tormenta. Había surgido detrás de las montañas del Jura[L34], y los truenos estallaban al unísono desde varios puntos del cielo con increíble estruendo. Mientras duró la tormenta, observé el proceso con curiosidad y deleite. De pronto, desde el dintel de la puerta, vi emanar un haz de fuego de un precioso y viejo roble que se alzaba a unos quince metros de la casa; en cuanto se desvaneció el resplandor, el roble había desaparecido y no quedaba nada más que un tocón destrozado. Al acercarnos a la mañana siguiente, encontramos el árbol insólitamente destruido. No estaba astillado por la sacudida; se encontraba reducido por completo a pequeñas virutas de madera. Nunca había visto nada tan deshecho. La catástrofe de este árbol avivó mi curiosidad, y con enorme interés le pregunté a mi padre acerca del origen y naturaleza de los truenos y los relámpagos. Es la electricidad me contestó, a la vez que me describía los diversos efectos de esa energía. Construyó una pequeña máquina eléctrica y realizó algunos experimentos. También hizo una cometa con cable y cuerda, que arrancaba de las nubes ese fluido[L35]. Esto último acabó de destruir a Cornelius Agrippa, Alberto Magno y Paracelso, que durante tanto tiempo habían reinado como dueños de mi imaginación. Pero, por alguna fatalidad, no me sentí inclinado a empezar el estudio de los sistemas modernos, desinclinación que se vio influida por la siguiente circunstancia. Mi padre expresó el deseo de que asistiera a un curso sobre filosofía natural. Gustosamente asentí a esto,
pero algún motivo me impidió ir hasta que el curso estuvo casi terminado. Por tanto, al ser ésta una de las últimas clases, me resultó totalmente incomprensible. El profesor disertaba con la mayor locuacidad sobre el potasio y el boro, los sulfatos y óxidos, términos que yo no podía asociar a ninguna idea. Empecé a aborrecer la ciencia de la filosofía natural, aunque seguí leyendo a Plinio y Buffon[L36] con deleite, autores, a mi juicio, de similar interés y utilidad. A esta edad las matemáticas y la mayoría de las ramas cercanas a esa ciencia constituían mi principal ocupación. También me afanaba por aprender lenguas; el latín ya me era familiar, y sin ayuda del diccionario empecé a leer algunos de los autores griegos más asequibles. También entendía inglés y alemán perfectamente. Este era mi bagaje cultural a los diecisiete años, además de las muchas horas empleadas en la adquisición y conservación del conocimiento de la vasta literatura. También recayó sobre mí la obligación de instruir a mis hermanos. Ernest, seis años menor que yo, era mi principal alumno. Desde la infancia había sido enfermizo, y Elizabeth y yo lo habíamos cuidado constantemente; era de disposición dócil, pero incapaz de cualquier prolongado esfuerzo mental. William, el benjamín de la familia, era todavía un niño y la criatura más preciosa del mundo; tenía los ojos vivos y azules, hoyuelos en las mejillas y modales zalameros, e inspiraba la mayor ternura. Tal era nuestro ambiente familiar, en el cual el dolor y la inquietud no parecían tener cabida. Mi padre dirigía nuestros estudios, y mi madre participaba de nuestros entretenimientos. Ninguno de nosotros gozaba de más influencia que el otro; la voz de la autoridad no se oía en nuestro hogar, pero nuestro mutuo afecto nos obligaba a obedecer y satisfacer el más mínimo deseo del otro.
Capítulo 2
Cuando contaba diecisiete años, mis padres decidieron que fuera a estudiar a la universidad de Ingolstadt[L37]. Hasta entonces había ido a los colegios de Ginebra, pero mi padre consideró conveniente que, para completar mi educación, me familiarizara con las costumbres de otros países. Se fijó mi marcha para una fecha próxima, pero, antes de que llegara el día acordado, sucedió la primera desgracia de mi vida, como si fuera un presagio de mis futuros sufrimientos. Elizabeth había cogido la escarlatina, pero la enfermedad no era grave[L38] y se recuperó con rapidez. Muchas habían sido las razones expuestas para convencer a mi madre de que no la atendiera personalmente, y en un principio había accedido a nuestros ruegos. Pero, cuando supo que su favorita mejoraba, no quiso seguir privándose de su compañía y comenzó a frecuentar su dormitorio mucho antes de que él peligro de infección hubiera pasado. Las consecuencias de esta imprudencia fueron fatales. Mi madre cayó gravemente enferma al tercer día, y el semblante de los que la atendían pronosticaba un fatal desenlace. La bondad y grandeza de alma de esta admirable mujer no la abandonaron en su lecho de muerte. Uniendo mis manos y las de Elizabeth dijo: ––Hijos míos, tenía puestas mis mayores esperanzas en la posibilidad de vuestra futura unión. Esta esperanza será ahora el consuelo de vuestro padre. Elizabeth, cariño, debes ocupar mi puesto y cuidar de tus primos pequeños. ¡Ay!, siento dejaros. ¡Qué difícil resulta abandonaros habiendo sido tan feliz y habiendo gozado de tanto cariño! Pero no son éstos los pensamientos que debieran ocuparme. Me esforzaré por resignarme a la muerte con alegría y abrigaré la esperanza de reunirme con vosotros en el más allá. Murió dulcemente; y su rostro aun en la muerte reflejaba su cariño. No necesito describir los sentimientos de aquellos cuyos lazos más queridos se ven rotos por el más irreparable de los males, el vacío que inunda el alma y la desesperación que embarga el
A la mañana siguiente entregué mis cartas de presentación y visité a los principales profesores, entre otros al señor Krempe, profesor de filosofía natural. Me recibió con mucha educación y me hizo diversas preguntas sobre mi conocimiento de las distintas ramas científicas, relacionadas con la filosofía natural. Temblando y con cierto miedo, a decir verdad, cité los únicos autores cuyas obras yo había leído al respecto. El profesor me miró fijamente: ––¿De verdad que ha pasado usted el tiempo estudiando semejantes tonterías? --me preguntó. Al responder afirmativamente, el señor Krempe continuó con énfasis: ––Ha malgastado cada minuto invertido en esos libros. Se ha embotado la memoria de teorías rebasadas y nombres inútiles, ¡Dios mío! ¿En qué desierto ha vivido usted que no había nadie lo suficientemente caritativo como para informarle de que esas fantasías que tan concienzudamente ha absorbido tienen va mil años y están tan caducas como anticuadas? No esperaba encontrarme con un discípulo de Alberto Magno y Paracelso en esta época ilustrada. Mi buen señor, deberá empezar de nuevo sus estudios. Y diciendo esto, se apartó, me hizo una lista de libros sobre filosofía natural, que me pidió que leyera, y me despidió, comunicándome que a principios de la semana próxima comenzaría un seminario sobre filosofía natural y sus implicaciones generales, y que el señor Waldman, un colega suyo, en días alternos a él hablaría de química. Regresé a casa no del todo disgustado, pues hacía tiempo que yo mismo consideraba inútiles a aquellos autores tan desaprobados por el profesor, si bien no me sentía demasiado inclinado a leer los libros que conseguí bajo su recomendación. El señor Krempe era un hombrecillo fornido, de voz ruda y desagradable aspecto, y por tanto me predisponía poco en favor de su doctrina. Además yo sentía cierto desprecio por la aplicación de la filosofía natural moderna. Era muy distinto cuando los maestros de la ciencia buscaban la inmortalidad y el poder; tales enfoques, si bien carentes de valor, tenían grandeza; pero ahora el panorama había cambiado. El objetivo del investigador parecía limitarse a la aniquilación de las expectativas sobre las cuales se fundaba todo mi interés por la ciencia. Se me pedía que trocara quimeras de infinita grandeza por realidades de escaso valor. Estos fueron mis pensamientos durante los dos o tres primeros días que pasé en casi completa soledad. Pero al comenzar la semana siguiente recordé la información que sobre las conferencias me había dado el señor Krempe, y aunque no pensaba escuchar al fatuo hombrecillo pronunciando sentencias desde la cátedra, me vino a la memoria lo que había dicho sobre el señor Waldman, al cual aún no había conocido por hallarse fuera de la ciudad. En parte por curiosidad y en parte por ocio, me dirigí a la sala de conferencias, donde poco después hizo su entrada el señor Waldman. Era muy distinto de su colega. Aparentaba tener unos cincuenta años, pero su aspecto demostraba una gran benevolencia. Sus sienes aparecían levemente encanecidas, pero tenía el resto del pelo casi negro. No era alto pero sí erguido, y tenía la voz más dulce que hasta entonces había oído. Empezó su conferencia con un resumen histórico de la química y los diversos progresos llevados a cabo por los sabios, pronunciando con gran respeto el nombre de los investigadores más relevantes. Pasó entonces a hacer una exposición rápida del estado actual en el que se encontraba la ciencia, y explicó muchos términos elementales. Tras algunos experimentos preparatorios concluyó con un panegírico de la química moderna, en términos que nunca olvidaré. ––Los antiguos maestros de esta ciencia ––dijo–– prometían cosas imposibles, y no llevaban nada a cabo. Los científicos modernos prometen muy poco; saben que los metales no se pueden transmutar, y que el elixir de la vida es una ilusión. Pero éstos filósofos, cuyas manos parecen hechas sólo para hurgar en la suciedad, y cuyos ojos
parecen servir tan sólo para escrutar con el microscopio o el crisol, han conseguido milagros. Conocen hasta las más recónditas intimidades de la naturaleza y demuestran cómo funciona en sus escondrijos. Saben del firmamento, de cómo circula la sangre y de la naturaleza del aire que respiramos. Poseen nuevos y casi ilimitados poderes; pueden dominar el trueno, imitar terremotos, e incluso parodiar el mundo invisible con su propia sombra. Me fui contento con el profesor y su conferencia, y lo visité esa misma tarde. Sus modales resultaron en privado aún más atractivos y complacientes que en público; pues durante la conferencia su apariencia reflejaba una dignidad, que sustituía en su casa por afecto y amabilidad. Escuchó con atención lo que le conté respecto de mis estudios, sonriendo, pero sin el desdén del señor Krempe, ante los nombres de Cornelius Agrippa y Paracelso. Dijo que «a la entrega infatigable de estos hombres debían los filósofos modernos los cimientos de su sabiduría. Nos habían legado, como tarea más fácil, el dar nuevos nombres y clasificar adecuadamente los datos que en gran medida ellos habían sacado a la luz. El trabajo de los genios, por muy desorientados que estén, siempre suele revertir a la larga en sólidas ventajas para la humanidad». Escuché sus palabras, pronunciadas sin alarde ni presunción, y añadí que su conferencia había desvanecido los prejuicios que tenía hacia los químicos modernos, a la vez que solicité su consejo acerca de nuevas lecturas. ––Me alegra haber ganado un discípulo ––dijo el señor Waldman, y si su aplicación va pareja a su capacidad, no dudo de que tendrá éxito. La química es la parte de la filosofía natural en la cual se han hecho y se harán mayores progresos; precisamente por eso la escogí como dedicación. Pero no por ello he abandonado las otras ramas de la ciencia. Mal químico sería el que se limitara exclusivamente a esa porción del conocimiento humano. Si su deseo es ser un auténtico hombre de ciencia y no un simple experimentadorcillo, le aconsejo encarecidamente que se dedique a todas las ramas de la filosofía natural, incluidas las matemáticas. Me condujo entonces a su laboratorio y me explicó el uso de sus diversas máquinas, indicándome lo que debía comprarme. Me prometió que, cuando hubiera progresado lo suficiente en mis estudios como para no deteriorarlo, me permitiría utilizar su propio material. También me dio la lista de libros que le había pedido y seguidamente me marché. Así concluyó un día memorable para mí, pues había de decidir mi futuro destino.
Capítulo 3
A partir de este día, la filosofía natural y en especial la química, en el más amplio sentido de la palabra, se convirtieron en casi mi única ocupación. Leí con gran interés las obras que, llenas de sabiduría y erudición, habían escrito los investigadores modernos sobre esas materias. Asistí a las conferencias y cultivé la amistad de los hombres de ciencia de la universidad; incluso encontré en el señor Krempe una buena dosis de sentido común y sólida cultura, no menos valiosos por el hecho de ir parejos a unos modales y aspecto repulsivo. En el señor Waldman hallé un verdadero amigo. Jamás el dogmatismo empañó su bondad, e impartía su enseñanza con tal aire de franqueza y amabilidad, que excluía toda idea de pedantería. Quizá fuese el carácter amable de aquel hombre, más que un interés intrínseco por esta ciencia, lo que me inclinaba hacia la rama de la filosofía natural a la cual se dedicaba. Pero este estado de ánimo sólo se dio en las primeras etapas de mi camino hacia el saber, pues cuanto más me adentraba en la ciencia más se convertía en un fin en sí misma. Esa entrega, que en un principio había sido fruto del deber y la voluntad, se fue haciendo tan imperiosa y
La estupefacción que en un principio experimenté ante el descubrimiento pronto dio paso al entusiasmo y al arrebato. El alcanzar de repente la cima de mis aspiraciones, tras tanto tiempo de arduo trabajo, era la recompensa más satisfactoria. Pero el descubrimiento era tan inmenso y sobrecogedor, que olvidé todos los pasos que progresivamente me habían ido llevando a él, para ver sólo el resultado final. Lo que desde la creación del mundo había sido motivo de afanes y desvelos por parte de los sabios se hallaba ahora en mis manos. No es que se me revelara todo de golpe, como si de un juego de magia se tratara. Los datos que había obtenido no eran la meta final; más bien tenían la propiedad de, bien dirigidos, poder encaminar mis esfuerzos hacia la consecución de mi objetivo. Me sentía como el árabe[L41] que enterrado junto a los muertos encontró un pasadizo por el cual volver al mundo, sin más ayuda que una luz mortecina y apenas suficiente. Amigo mío, veo por su interés, y por el asombro y expectativa que reflejan sus ojos, que espera que le comunique el secreto que poseo; mas no puede ser: escuche con paciencia mi historia hasta el final y comprenderá entonces mi discreción al respecto. No seré yo quien, encontrándose usted en el mismo estado de entusiasmo y candidez en el que yo estaba entonces, le conduzca a la destrucción y a la desgracia. Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza. Cuando me encontré con este asombroso poder entre mis manos, dudé mucho tiempo en cuanto a la manera de utilizarlo. A pesar de que poseía la capacidad de infundir vida, el preparar un organismo para recibirla, con las complejidades de nervios, músculos y venas que ello entraña, seguía siendo una labor terriblemente ardua y difícil. En un principio no sabía bien si intentar crear un ser semejante a mí o uno de funcionamiento más simple; pero estaba demasiado embriagado con mi primer éxito como para que la imaginación me permitiera dudar de mi capacidad para infundir vida a un animal tan maravilloso y complejo como el hombre. Los materiales con los que de momento contaba apenas si parecían adecuados para empresa tan difícil, pero tenía la certeza de un éxito final. Me preparé para múltiples contratiempos; mis tentativas podrían frustrarse, y mi labor resultar finalmente imperfecta. Sin embargo, me animaba cuando consideraba los progresos que día a día se llevan a cabo en las ciencias y la mecánica; pensando que mis experimentos al menos servirían de base para futuros éxitos. Tampoco podía tomar la amplitud y complejidad de mi proyecto como argumento para no intentarlo siquiera. Imbuido de estos sentimientos, comencé la creación de un ser humano. Dado que la pequeñez de los órganos suponía un obstáculo para la rapidez, decidí, en contra de mi primera decisión, hacer una criatura de dimensiones gigantescas; es decir, de unos ocho pies de estatura[L42] y correctamente proporcionada. Tras esta decisión, pasé algunos meses recogiendo y preparando los materiales, y empecé. Nadie puede concebir la variedad de sentimientos que, en el primer entusiasmo por el éxito, me espoleaban como un huracán. La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo. Una nueva especie me bendeciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia. Ningún padre podía reclamar tan completamente la gratitud de sus hijos como yo merecería la de éstos. Prosiguiendo estas reflexiones, pensé que, si podía infundir vida a la materia inerte, quizá, con el tiempo (aunque ahora lo creyera imposible), pudiese devolver la vida a aquellos cuerpos que, aparentemente, la muerte había entregado a la corrupción.
Estos pensamientos me animaban, mientras proseguía mi trabajo con infatigable entusiasmo. El estudio había empalidecido mi rostro, y el constante encierro me había demacrado. A veces fracasaba al borde mismo del éxito, pero seguía aferrado a la esperanza que podía convertirse en realidad al día o a la hora siguiente. El secreto del cual yo era el único poseedor era la ilusión a la que había consagrado mi vida. La luna iluminaba mis esfuerzos nocturnos mientras yo, con infatigable y apasionado ardor, perseguía a la naturaleza hasta sus más íntimos arcanos. ¿Quién puede concebir los horrores de mi encubierta tarea, hurgando en la húmeda oscuridad de las tumbas o atormentando a algún animal vivo para intentar animar el barro inerte? Ahora me tiemblan los miembros con sólo recordarlo; entonces me espoleaba un impulso irresistible y casi frenético. Parecía haber perdido el sentimiento y sentido de todo, salvo de mi objetivo final. No fue más que un período de tránsito, que incluso agudizó mi sensibilidad cuando, al dejar de operar el estímulo innatural, hube vuelto a mis antiguas costumbres. Recogía huesos de los osarios, y violaba, con dedos sacrílegos, los tremendos secretos de la naturaleza humana. Había instalado mi taller de inmunda creación en un cuarto solitario, o mejor dicho, en una celda, en la parte más alta de la casa, separada de las restantes habitaciones por una galería y un tramo de escaleras. Los ojos casi se me salían de las órbitas de tanto observar los detalles de mi labor. La mayor, parte de los materiales me los proporcionaban la sala de disección, y el matadero. A menudo me sentía asqueado con mi trabajo; pero, impelido por una incitación que aumentaba constantemente, iba ultimando mi tarea. Transcurrió el verano mientras yo seguía entregado a mi objetivo en cuerpo y alma. Fue un verano hermosísimo; jamás habían producido los campos cosecha más abundante ni las cepas, mayor vendimia; pero yo estaba ciego a los encantos de la naturaleza. Los mismos sentimientos que me hicieron insensible a lo que me rodeaba me hicieron olvidar aquellos amigos, a tantas, millas de mí, a quienes no había visto en mucho tiempo. Sabía que mi silencio les inquietaba, y recordaba claramente las palabras de mi padre: «Mientras estés contento de ti mismo, sé que pensarás en nosotros con afecto, y sabremos de ti. Me disculparás si tomo cualquier interrupción en tu correspondencia como señal de que también estás abandonando el resto de tus obligaciones.» Por tanto, sabía muy bien lo que mi padre debía sentir; pero me resultaba imposible apartar mis pensamientos de la odiosa labor que se había aferrado tan irresistiblemente a mi mente. Deseaba, por así decirlo, dejar a un lado todo lo relacionado con mis sentimientos de cariño hasta alcanzar el gran objetivo que había anulado todas mis anteriores costumbres. Entonces pensé que mi padre no sería justo si achacaba mi negligencia a vicio o incorrección por mi parte; pero ahora sé que él estaba en lo cierto al no creerme del todo inocente. El ser humano perfecto debe conservar siempre la calma y la paz de espíritu y no permitir jamás que la pasión o el deseo fugaz turben su tranquilidad. No creo que la búsqueda del saber sea una excepción. Si el estudio al que te consagras tiende a debilitar tu afecto y a destruir esos placeres sencillos en los cuales no debe intervenir aleación alguna, entonces ese estudio es inevitablemente negativo, es decir, impropio de la mente humana. Si se acatara siempre esta regla, si nadie permitiera que nada en absoluto empañara su felicidad doméstica, Grecia no se habría esclavizado, César habría protegido a su país, América se habría descubierto más pausadamente y no se hubieran destruido los imperios de México y Perú. Pero olvido que estoy divagando en el punto más interesante de mi relato, y su mirada me recuerda que debo continuar.