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Orientación Universidad
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Libro Fundamentos de historia, Apuntes de Historia

Asignatura: Fundamentos de historia, Profesor: Jesús Gascón Pérez, Carrera: Historia, Universidad: UniZar

Tipo: Apuntes

2016/2017

Subido el 07/11/2017

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Edward Hallet Carr no es sólo uno de los más eminentes historiadores de nuestra época, sino también una de las figuras intelectuales que mayor influencia política han ejercido, sobre todo en el dominio de la política internacional y en momentos cruciales de la historia. Terminada la guerra, Carr se consagró a la redacción de su obra maestra: la monumental A History of Soviet Russia. La serie de conferencias que reproduce el presente libro es una meditación 'sobre el objeto, la finalidad y el método de la historia, considerada en su doble y combinado aspecto de investigación llevada a cabo por el historiador y de los acontecimientos del pasado que investiga. A la pregunta de si puede darse una historia objetiva responde el autor negativamente, convencido de que la interpretación es elemento constituyente del dato histórico, Al afirmar el autor que el historiador debe ver el pasado con los ojos del presente, abunda en la famosa frase de Croce según la cual toda la historia es historia contemporánea. Et Aria" H 18 )'H PIEMPA y y 7 A . 8 a ii 6 So ¿Si O: El 2 : Ariel || Anel A Y. 3%) Universidad Nacional ¿lo Federico Villarreal “El ANTROPOLOGÍA http://antropologiaunfv. wordpress.com https: //www.facebook.com/antroposinergia ¿QUÉ ES LA HISTORIA? Titulo original: What ás bistary?. Traducción de Joaquíx Romero Maura: Diseño colección: Hans Romberg 10. edición: noviembre 1981 (Editorial Seix Barral, S. A) Primera edición en Colección Ariel; séptiembre 1983 Segunda edición: octubre 1984 01961: E. H. Carr, Londres Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo y propiedad de la traducción: 0 1983 y 1984: Editorial Ariel, 5. A. Córcega, 270 - 08008 Barcelona ISBN; 84-344-1001-X Depósito legal: B. 33.306 - 1984 Impreso en España Nisgues parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reprodecida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún ya sea eléctrico, quimico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. «Me maravillo a menudo de que resul- te tan pesada, porque gran parte de ella debe de ser pura invención,» Catherine Morland, hablando de la Historia. (JANE AUSTEN, Northánger Abbey, cap. XIV) 1 EL HISTORIADOR Y LOS HECHOS ¿Qué es la historia? Para precaverme contra quien encuentre superflua o falta de sentido la pregunta, voy a partir de textos relacionados respectivamente con la primera y la segunda encarnaciones de la Cam- bridge Modern History. He aquí a Acton, en su in- forme a los síndicos de la Cambridge University Press acerca de la obra que se había comprometido a dirigir: Es ésta una oportunidad sin precedente de reunir, en la forma más útil para los más, el acer- vo de conocimiento que el siglo XIX nos está le- gando. Mediante una inteligente división del tra- bajo seríamos capaces de hacerlo y de poner al alcance de cualquiera el último documento y las conclusiones más elaboradas de la investigación internacional. No podemos, en esta generación, formular una historia definitiva; pero sí podemos eliminar la historia convencional, y mostrar a qué punto he- mos llegado en el trayecto que va de ésta a aqué- lla, ahora que toda la información es asequible, y que todo problema es susceptible de solución (1). (1) The Cambridge Modern History: lts Origin, Authorship mad Production (1507), págs, 10-12. 9 a modo de conjuro, encaminada, como casi todos los conjuros, a ahorrarles la cansada obligación de pensar por su cuenta. Los positivistas, ansiosos por consolidar su defensa de historia como ciencia, contribuyeron con el peso de su influjo a este culto de los hechos. Primero averiguad los hechos, decían los positivistas; luego deducid de ellos las conclu- siones. En Gran Bretaña, esta visión de la historia encajó perfectamente con la tradición empírica, ten- dencia dominante de la filosofía británica de Locke a Bertrand Russell. La teoría empírica del conocimien- to presupone una total separación entre el sujeto y el objeto. Los hechos, lo mismo que las impresiones sen- soriales, inciden en el observador desde el exterior, y son independientes de su conciencia. El proceso re-. ceptivo es pasivo; tras haber recibido los datos, se los maneja, El Oxford Shorter English Dictionary, útil pero tendenciósa obra de Ta escuela empírica, de- limita claramente ambos procesos cuando define el hecho como «dato de la experiencia, distinto de las conclusiones». Á esto puede llamársele concepción de sentido común de Ja historia. La historia consiste en un cuerpo de hechos verificados. Los hechos los en- cuentra'el historiador en los. documentos, en las ins: cripciones, etcétera, lo mismo que los pescados sobre el mostrador de una pescadería. El historiador los reúne, se los lleva a casa, donde los guisa y los sirve como a él más le apetece. Acton, de austeras aficio- nes culinarias, los prefería con un condimento sen- cillo. En su carta de instrucciones a los colaboradores de la primera Cambridge Modern History, formulaba el requisito de que «nuestro Waterloo debe ser satis- factorio para franceses e ingleses, alemanes y holan- deses por igual: que nadie pueda decir, sin antes exa- 1 minar la lista de los autores, dónde dejó la pluma el Obispo de Oxford, y dónde la tomaron Fairbairn o Gasquet, dónde Liebermann o Harrison» (3). Hasta el propio Sir George Clark, no obstante su desacuerdo con el enfoque de Acton, contraponía «el sólido nú: cleo de los hechos» en la historia, a «la pulpa de las interpretaciones controvertibles que lo rodea» (4), olvidando acaso que en la fruta da más satisfacción la pulpa que el duro hueso. Cerciórense primero de. los datos, y Juego podr e in riesgo en las arenas move: terpretación: tal es la última palabra de la escuela histórica empí- rica del sentido común. Ello recuerda el dicho fa- vorito del gran periodista liberal C. P. Scott: «Los. hechos son sagrados, la opinión libre». Pero está claro que así no se llega a ninguna par- te. No voy a embarcarme en una disquisición filosó- fica acerca de la naturaleza de nuestro conocimiento del pasado. Supongamos, a efectos de la discusión presente, que el hecho de que César pasara el Rubi- cón y el hecho de que haya una mesa en el centro de esta sala son datos de igual orden, o de orden pareci- do, y que ambos datos penetran en nuestra conciencia de modo igual o parecido, y que ambos tienen ade- más el mismo carácter objetivo en relación con la persona que los conoce. Pero aun en el caso de esta suposición atrevida y no del todo plausible, nuestro razonamiento topa con el obstáculo de que no todos los datos acerca del pasado son hechos históricos, ni son tratados como tales por el historiador. ¿Qué cri- terio separa los hechos históricos de otros datos acerca del pasado? (3) Acmon, Lectures on Modern History (1906), pág. 318. (4) Citado en The Listener, 19 de junlo de, 1952, pág. 992. ¿Qué es un hecho histórico? Es ésta una cuestión crucial en la que hemos de fijarnos algo más atenta- mente, Según el punto de vista del sentido común, existen hech: d jue son Jos mismos para to: dos-los historiadores y que constituyen, por así de- cirlo, la espina dorsal de la historia: el hecho, pon: gamos por caso, de que la batalla de Hastings se li- brara en 1066. Mas esta opinión sugiere dos observa- ciones. La primera, que no son datos como éste los que interesan fundamentalmente al historiador. Sin duda es importante saber que la gran batalla tuvo lugar en 1066' y no en 1065 ó 1067, o que se librara en Hastings, en vez de en Eastbourne o Brighton. El historiador tiene que saber estas cosas con exactitud. Pero, cuando se suscitan problemas como éste, re- pia siempre aquella observación de Housman: «la precisión es un deber, no una virtud» (5). Elogí a un historiador por la precisión de sus datos es como encomiar a un arquitecto por utilizar, en su edi- ficio, vigas debidamente preparadas o cemento bien mezclado. Ello es condición necesaria de su obra, pero no su función esencial. Precisamente en cuestio- nes de éstas se oce al historiador fundarse en-las que se han llamado «ci á líares» de la historia: la arqueología, la epigrafía, la numismática, la cronología, etc. No se espera del historiador que domine las técnicas especiales mer- ced a las cuales el perito sabrá determinar el origen y el período de un fragmento de cerámica o de már- mol, o descifrar una inscripción oscura, o llevar a cabo los complejos cálculos astronómicos necesarios para fijar una fecha precisa. Los llamados datos bá- pe: M. Manilúi Aitrónomicon: Liber Primus (24 cd, 1937), págk 14 sicos, que son los mismos para todos los historiado- res, más bien suelen pertenecer a la categoría de materias primas del historiador que a la historia misma. La segunda observación que hemos de hacer es que la necesidad de fijar estos datos básicos no se apoya en ninguna cualidad de los hechos mismos, sino en una decisión que formula el historiador a priori. A pesar de la sentencia de C. P. Scott, todo pe- riodista sabe hoy que la forma más eficaz de influir en la opinión consiste en seleccionar y ordenar los hechos adecuados, Solía decirse que los hechos ha: blan por sí solos. Es falso, por supuesto, Los hechos sólo hablan cuando el historiador apela a ellos: él es quien decide a qué hechos se da paso, y en qué orden y contexto hacerlo. Si no me equivoco, era un personaje de Pirandello quien decía que un hecho es como un saco: no se tiene de pie más que si mete- mos algo dentro. La única razón por la que nos inte- resa saber que la batalla se libró en Hastings en 1066 estriba en que los historiadores lo consideran hecho histórico de primordial importancia. Es el historiador quien ha decidido, por razones suyas, que e[ paso de aquel riachuelo, el Rubicón, por César, es un hecho que pertenece a la historia, en tanto que el paso del Rubicón por millones de otras personas antes y des- pués, no interesa a nadie en absoluto. El hecho de que ustedes llegaran a este edificio hace media hora. a pie, en bicicleta o en coche, es un hecho del pasado como pueda serlo el hecho de que César pasara el Rubicón. Pero los historiadores dejarán seguramente de tener en cuenta el primero de ambos hechos. El profesor Talcott Parsons calificó una vez la ciencia de «sistema selectivo de orientaciones cognitivas 15 son todos ellos históricos. Como dijo Bury, que estu- dió ambos períodos, «el acervo de datos con que cuenta la historia antigua y medieval! está plagado de lagunas» (9). Se ha dicho que la historia es un gigan- tesco rompecabezas en el que faltan numerosos tro- zos. Mas el problema principal no estriba en las la- gunas; Nuestra imagen de Grecia en el siglo v antes de nuestra era es deficiente, y no sobre todo por ha- berse perdido tantos fragmentos de ella accidental- mente, sino por ser, en líneas generales, la imagen que plasmó un reducido grupo de personas de la ciu- dad de Atenas. Nosotros sabemos bastante bien qué opinión tenía de la ¡ Grecia. del siglo y un ciudadano partano, a un corintio ”o a un tebano, por no decir a un persa, a un esclavo o a otro residente en Atenas que no fuese ciudadano. Nuestra imagen ha sufrido una selección y una determinación previas ántes de llegar a nosotros, no tanto por accidente como por personas consciente o inconscientemente imbuidas de una óptica suya peculiar, y que pensaron que los datos que apoyaban tal punto de vista merecían ser conservados. Así también, cuando leo en una historia contemporánea de la Edad Media que la gente, en la Edad Media, era profundamente religiosa, me pre- gunto cómo lo sabemos y si es cierto. Los que conoce- mos como hechos de la historia medieval han sido casi todos seleccionados para nosotros por genera- ciones de cronistas que por su profesión se ocupa- ban de la teoría y la práctica de la religión y que por lo tanto la conideraban como algo de suprema importancia, y recogían cuanto a ella atañía y no gran cosa más. La imagen del campesino ruso pro- (9) J.B. Bunx, Selected Essays (1930), pág. 52. fundamente religioso fue destruida por la revolución de 1917. La imagen del hombre medieval profunda- mente religioso, sea verdadera o falsa, es indestruc- tible, ya que casi todos los datos que acerca de él se conocen fueron seleccionados de antemano por per- sonas que creyeron en ella, y que querían que los demás la compartieran, en tanto que muchos otros datos, en los que acaso hubiéramos hallado pruebas de lo contrario, se han perdido sin remisión. El peso muerto de generaciones desaparecidas de hist e Amuiense y crisis la dssmminado in os lidad de apelación nuestra idea del pasado. «La his- toria que leemos», escribe el Profesor a medievalista a su vez, «aunque basada en los hechos, no es, en puridad, en absoluto fáctica, sino más len una serie de juicios admitidos» (10). Pero pasemos ahora a la carga, distinta aunque igualmente pesada, del historiador que se ocupa de la época moderna y contemporánea. El' historiador de la antigiiedad o el medievalista podrán estar agra- decidos del amplio proceso de trilla que, andando el tiempo, ha puesto a su disposición un cuerpo mane- Jable de datos históricos. Como dijera Lytton Stra- chey con su impertinente estilo, «el primer requisito del historiador es la ignorancia, una jgnorancia que simplifica y aclara, selecciona y omite» (11). Cuando me siento tentado, como me ocurre a veces, a envi- diar la inmensa seguridad de colegas dedicados a la historia antigua o medieval, me consuela la idea de que tal seguridad se debe, en gran parte, a lo mucho que ignoran de sus temas, El historiador de UN O Bermacionsas, History in a changing world (1955), pági- =5 Lrrión Sraacuur, Prólogo a Eminent Victorians. 19 oz) épocas más recientes no goza de ninguna de las ventajas de esta inexpugnable ignorancia. Debe culti- var por sí mismo esa tan necesaria ignorancia, tanto más cuanto más se aproxima a su propia época. Le incumbe la doble tarea de descubrir los pocos datos relevantes y convertirlos en hechos históricos, y de _ descartar los muchos datos carentes de importancia r ahistóricos. Pero esto es exactamente lo contra: Yio de la herejía decimonónica, según la cual la historia consiste en la compilación de la mayor can tidad posible de datos irrefutables y objetivos. Quien caiga en tal herejía, o tendrá que abandonar la his- toría por considerarla tarea inabarcable y dedicarse a coleccionar sellos o a cualquier otra forma de coleccionismo, o acabará en el manicomio. Esta herejía es la que tan desvastadores efectos ha tenido en los últimos cien años para el historiador moder- no, produciendo en Alemania, Gran Bretaña y Esta- dos Unidos una amplia y creciente masa de historias fácticas, áridas como lo que más, de monografías minuciosamente especializadas, obra de aprendices de historiadores sabedores cada vez más acerca de cada vez menos, perdidos sin dejar rastro en un océano de datos. Me temo que fuera esta herejía —más que el conflicto, alegado al respecto, entre la lealtad al liberalismo o al catolicismo— lo que malo- gró a Acton como historiador. En un ensayo de su primera Epoca, dijo de su maestro Déllinger: «Por nada escribiría partiendo de un material ¡ to, y para él todo material era imperfecto» (12). Acton (12) Citado por G, P. Gooch, History and Historians in the Nine- teenth Century, pág. 385; ulteriormente dijo Acton de Dbllinger que *le fue dado configurar su filosofía de la historia sobre la mayor inducción jamás al aleanee “del hombre” (ifistory of Freedom and Other Essays, 1907, pág. 435), 20 estaba sin duda pronunciando aquí un veredicto an: ticipado sobre sí mismo, sobre aquel curioso fenó- meno de un historiador en el que muchos ven el más distinguido ocupante que la cátedra Regius de Historia Moderna en esta Universidad ha tenido munca, y que, sin embargo, no escribió ninguna kistoria. Y Acton escribió su propio epitafio en la zota introductoria al primer volumen de la Cam- Bridge Modern History publicado a poco de su muer- te, cuando lamentaba que los requerimientos que agobiaban al historiador: «amenazan con convertirle, de hombre de letras, en compilador de una enciclo- pedia» (13). En alguna parte había un error. Y el error era la fe en esa incansable e interminable acumulación de hechos rigurosos vistos como fun- damento de la historia, la convicción de que los datos habl: or sí solos Y de que nunca se tienen demasiados datos, convicción tan inapelable entonces que fueron pocos los historiadores del momento que creyeron necesario —y hay quienes todavía siguen creyéndolo innecesario— plantearse la pregunta ¿Qué es la Historia? El fetichismo decimonónico de los hechos venía completado y justificado por un fetichismo de los documentos. Los documentos eran, en el templo de los hechos, el Árca_de la Alianza. El historiador devoto llegaba ante ellos con la frente humillada, y hablaba de ellos tono reverente. Si los docu- mentos lo dicen, será verdad. Mas, ¿qué nos dicen, a fin de cuentas, tales documentos: los decretos, los tratados, las cuentas de los arriendos, los libros azu- les, la correspondencia oficial, las cartas y los diarios privados? No hay documento que pueda decirnos 113) Cambridge Modern History, | (1902), 4. 21 Pero mi historia no termina aquí. Poco después de publicados los tomos de Bernhard, subió Hitler al poder. Se relegó al olvido en Alemania el nombre de Stresemann y los libros desaparecieron de la circula» ción: muchos ejemplares, quizás la mayoría, fueron destruidos, En la actualidad, el Stresemanns Ver- michtnis es un libro más bien difícil de encontrar, Eros en Occidente, la fama de Stresemann se mantu- ES 1935 un editor inglés publicó una traduc- ón ab le Bernhard, una selección de la on de Serahara: se omitió aproxima: damente la tercera parte del original. Sutton, conoci- do traductor del alemán, hizo su trabajo bien y de iodo competente. La versión inglesa, explicaba en el prólogo, estaba «ligeramente condensada, pero sola- mente por la omisión de uma parte de lo que —en su sentir— era lo más efímero... de escaso interés para los lectores o estudiosos ingleses» (14), Esto también es bastante natural. Pero el resultado es qué la política oriental de Stresemann, ya insuficiente- mente destacada en la edición de Bernhard, se pierde aún más de visa, y en los volúmenes de Sutton la Unión Sdviética aparece como un mero intruso oca- sional, y más bien inoportuno, en la política predo- minantemente occidental de Stresemann. Sin embar go conviene dejar sentado que es Sutton, y no Bern- hard —y menos aún los documentos mismos— presenta para el mundo occidental, salvo unos o e E De haber desaparecido lócumentos en 1945, du- rante los bombardeos, y de haberse perdido el ras- tro de los restantes volúmenes de Bernhard, nunca se (14), Gustav Stresemann, His Diaries, Letters and Papers, 1 (1935, Nota de Sutton, a cuyo cargo corrió la selección, 24 hubieran puesto en tela de juicio la autenticidad y la autoridad de Sutton. Muchas colecciones impresas de decumenos aceptadas de buena gana por los histo- siadores a falta de los originales, descansan sobre za base tan precaria como ésta. Pero quiero Jlevar aún más lejos la historia. Olvi- demos lo dicho acerca de Bernhard y Sutton, y agra- dezcamos el poder, si lo deseamos, consultar los do- zamentos auténticos de uno de los principales acto- zes de algunos de los acontecimientos importantes de la historia europea reciente. ¿Qué nos dicen los docu- mentos? Contienen entre otras cosas notas de unos cuantos centenares de conversaciones entre Strese- mann y el embajador soviético en Berlín, y de una ”eintena con Chicherin. Tales notas tienen su rasgo 22 común. Presentan a un Stresemann que se llevaba la parte del león en las conversaciones, y revelan sus argumentos invariablemente ordenados y atractivos, «= tanto que los de su interlocutor son las más de las weces vacíos, confusos y nada convincentes. Es ésta ==a característica común a todos los apuntes de con- mersaciones diplomáticas. Los documentos no nos di- zen lo que ocurrió, sino tan sólo lo que Stresemann sreyó que había ocurido, o lo que deseaba que los demás pensaran, o acaso lo que él mismo quería sreer que había ocurido. El proceso seleccionador zo lo empezaron Bernhard ni Sutton, sino el mismo Stresemann. Y si tuviéramos, por ejemplo, los apun- 1es de Chicherin acerca de dichas conversaciones, nos ¿medaríamos sin embargo enterados tan sólo de lo que de ellas pensaba Chicherin, y lo que realmente acurrió tendría igunlmente que ser reconstruido en la mente del historiador, Claro que datos y docu- ¿mentos son esenciales para el historiador. Pero hay 25 A) qué guardarse de convertirlos en fetiches. Por sf historia; no brindan por sí solos ninguna respuesta definitiva a la fatigosa pregunta de qué es la Historia. Y Llegados a este punto, quisiera decir unas palabras sobre la razón por la que los historiadores del siglo pasado solían desentenderse de la filosofía de la his- toria. La expresión la inventó Voltaire, y desde enton- ces se la viene utilizando en distintas acepciones; pero yo la usaré, si es que alguna vez la uso, como con- testación a nuestra pregunta: ¿Qué es la Historia? Para los intelectuales de Europa occidental el siglo x1x fue un período cómodo que respiraba confianza y op" timismo. Los hechos resultaban satisfactorios en con- junto; y la inclinación a plantear y contestar pre- guntas molestas acerca de ellos fue por lo tanto débil. Ranke creía piadosamente que la divina providencia Ñ se encargaría del significado de la historia, si él se en- cargaba de los hechos; y Burckhardt, con un matiz cínico más moderno, observaba que «no estamos iniciados en los designios de la eterna sabiduria». El profesor Butterficid apuntaba con visible satisfac- ción, nada menos que en 1931, que «los historiadores han reflexionado poco acerca de la naturaleza de las cosas y aun acerca de la naturaleza de su propia ma- teria de estudio» (15). Pero mi predecesor en estas conferencias, el Dr. A. L. Rowse, más preciso en su crítica, escribió de «La Crisis Mundial» de Sir Wins: ton Churchill (su libro acerca de la primera Guerra Mundial) que, aunque estaba a la altura de la Histo- ria de la Revolución Rusa de Trotsky en lo que hacía a personalidad, viveza y vitalidad, quedaba por de- m7) H. Burmarmo, The Whig Interpretation of History (91), pá: 26 “bajo de ella a un respecto: «no había detrás filosofía de la historia alguna» (16). Los historiadores britá- “zicos se negaron a dejarse arrastrar, no porque cre- pasen que la historia carece de sentido, sino porque “=rian a éste implícito y evidente. La concepción libe- ml de la historia del si auna estrecha af- zédad con doctrina ¿producto también de da. Que cada cual prosiga con su especialidad, sn roveerá la mano oculta a la armonía universal. Los hechos de la historia eran por sí mismos una prueba del hecho supremo de que existía un progreso benéfico, y al parecer infinito, hacia cosas más eleva- das. Era aquélla la edad de la inocencia, y los' histo- Hadores paseaban por el Jardín del Edén sin un re- sazo de filosofía con que cubrirse, desnudos y sin amergonzarse ante el dios de la historia. Desde enton- zes, hemos conocido el Pecado y hemos experimen- sado en nosotros la Caída; y los historiadores que en da actualidad pretenden dispensarse de una filosofía de la historia tan sólo tratan, vanamente y sin natu- salidad, como miembros de una colonia nudista, de secrear el Jardín del Edén en sus jardincillos de su- burbio. La molesta pregunta no puede ya ser eludi- da hoy. Durante los últimos cincuenta años se ha llevado a cabo no poco trabajo serio a propósito de la pre- genta: ¿Qué es la Historia? De Alemania, el país que zanto iba a contribuir a perturbar el muelle reinado del liberalismo decimonónico, salió en los dos últimos (05) AL. Rowat, The End of an Epoch (147), págs. 2228. 21 ceso de reconstitución rige la selección y la interpre- tación de los hechos: esto es precisamente lo que los hace hechos históricos. «La Historia», dice el profe- sor Oakeshott, que en esto está muy cerca de Co- lMingwood, «es la experiencia del historiador. Nadie la “hace” como no sea el historiador: el único modo de hacer historia es escribirla» (19). Esta crítica penetrante, aunque puede inspirar se- rias reservas, saca a la luz ciertas verdades olvidadas. Ante todo, los hechos de la historia nunca nos llegan en estado «puro», ya que ni existen ni pueden existir en una forma pura; siempre hay una refrac- ción al pasar por la mente de quien los recoge. De ahí que, cuando llega*a nuestras manos un libro de his- toría, nuestro primer interés debe ir al historiador que lo escribió, y no a los datos que contiene. Per” mítaseme tomar como ejemplo al gran historiador en cuyo honor y con cuyo nombre se fundaron estas con- ferencias. Trevelyan, según cuenta él mismo en su autobiografía, fue «educado por su familia en una tradición liberal un tanto exuberante» (20); y espero que no me desautorizaría si le describiese como el último, en el tiempo que no por la valía, de los gran- des historiadores liberales ingleses dentro de la tra- dición whig. No en vano se remonta en'su genealogía familiar hasta Macaulay, indudablemente el mayor de los historiadores liberales, pasando por el gran historiador, asimismo whig, George Otto Trevelyan. La mejor obra, y la más madura, del Dr. Trevelyan, Inglaterra bajo la Reina Ana, fue escrita con estos an- tecedentes, y sólo teniendo en cuenta estos antece- dentes comprenderá el lector todo su alcance y sig (19) M. Owmsuurr, Experience and its Modes (1933), pág. 99. (20) G. M. Tarvazxan, An Autobiography (149), pág. 1. 30 " nificado. Desde luego el auor no brinda al lector ex- cusa alguna para jgnorarlos. Porque-si, a la usanza de los aficionados de verdad a las novelas policíacas, se lee primero el final, se hallará en las últimas pági- nas del tercer tomo el, a mi juicio, mejor compendio de la que hoy se llama interpretación liberal de la historia; y se verá que Jo que Trevelyan trata de ha- cer es investigar el origen E iesarollo de 3 ción Tal inglesa, y arraigarla limpia y claramen- te en los años que siguieron a la muerte de su funda- dor, Guillermo III. Aunque tal vez no sea ésta la úni- ca interpretación concebible de los acontecimientos del reinado de la reina Ana, es una interpretación vá- lida, y, en manos de Trevelyan, fructífera. Pero para apreciarla en todo su valor, hay que comprender lo que' está haciendo el historiador. Porque ES dice Collingwood, el historiador tiene q mentalmente lo que ido discuriendo sus drama: tis personae, el lector; asu vez, habrá de reproducir el proceso seguido por la mente del historiador. Estu- dien al historiador antes de ponerse a estudiar los hechos. Al fin y al cabo, no es muy difícil. Es lo que ya hace el estudiante inteligente que, cuando se le re- comienda que lea una obra del eminente catedrático Jones, busca a un alumno de Jones y le pregunta qué tal es y de qué pie cojea. Cuando se lee un libro de historia, hay que estar atento a las cojeras. Si no lo- gran descubrir ninguna, o están ciegos, o el histo- riador no anda. Y es que los hechos no se parecen realmente en nada a los pescados en el móstrador del pescadero. Más bien se asemejan a los peces que na- dan en un océano anchuroso y aun a veces inaccesi- ble; y lo que el historiador pesque dependerá en par- te de la suerte, pero sobre todo de la zona del mar 31 en que decida pescar y del aparejo que haya elegido. determinados desde luego ambos factores por la cla- se de peces que pretenda atrapar. En general puede =n el campo en que estoy trabajando ahora. bo de lo que se lleva escrito en los últimos diez == los países de habla inglesa acerca de la Unión decirse que el historiador encontrará la clase de he- ica, y mucho de lo escrito en ésta sobre dichos chos que busca. Historiar significa interpretar. Claro Es, viene viciado por esa incapacidad de llegar a que; si, volviendo a Sir George Clark del revés, yo definiese la historia como «un sólido núcleo interpre- tativo rodeado de la pulpa de los hechos controverti- bles», mi frase resultaría, a no dudarlo, parcial y equí- voca; pero con todo me atrevo a pensar que no lo se» ría más que la frase original. La segunda observación es aquella más familiar para nosotros de la necesidad, por parte del historia- prensión imaginativa, por elemental que sea, que acontece en la mente de la otra parte, de que las palabras y las acciones de los otros han de resultar embebidas de mala fe, ca- == de sentido o hipócritas. No se puede hacer da, si el historiador no llega a establecer al algún o con la mente de aquellos sobre los que es- dor, de una co. ión imaginativa de tercer punto es sólo podemos captar el pa- de las personas que le ocupan, del pensamiento sub- DS da E - z q y lograr comprenderlo a través del cristal del yacente a sus actos: digo «comprensión imaginativa», - El historiador pertenece a su poo está y no «simpatía», E temor a que se crea que ello implica acuerdo. siglo xIx fue flojo en historia medieval porque le repelían demasiado las creencias supersticiosas de la Edad Media y las barbaridades por ellas inspiradas como para comprender imagina- tivamente a los hombres medievales. O tómese la cen- soria observación de Burckhardt acerca de la guerra de los Treinta Años: «Resulta escandaloso para un credo, sea católico o protestante, colocar su salvación por encima de la integridad nacional» (21). Era difi- cilísimo para un historiador del siglo pasado, ense- fado a creer que era justo y digno de alabanza matar historiadores de Grecia o Roma por dar sus en defensa del país propio, pero inmoral y equivocado con la clámide o la toga. Los nombres matar en-defensa de la propia religión, compartir el ¡que sucesivos historiadores franceses han ido des- estada-de-ánimo-de quienes-lucharon-en la do las muchedumbres parisinas, que tan im: los Treinta Años. Esta dificultad es particularmente papel desempeñaron en la Revolución Fran- —des sans-culottes, le peuple, la canaitle, les bras- son, para quien conozca las normas del juego, Las mismas palabras de que e Vals e Como democracia, imperio, guerra, revolu- tienen sus connotaciones en curso de las que ede divorciarlas, Los historiadores dedicados a p usan vocablos como polis y plebs en el original, sólo para demostrar que han sor- el obstáculo. Pero no les vale. También ellos «2 el presente y no pueden escamotearse a sí el pasado echando mano de palabras de so o relegadas al olvido, como tampoco serían (MJ. Bucxmanor, Judgemenix-on History and Historiams, trad. ing. (1959), pág. 179. 32 33 teoría de que la historia carece de significado, se nos ofrece aquí la teoría de : su infinidad de significados, ninguno de los cuales es mejor ni más cierto que los demás, lo que en el fondo equivale a lo mismo. Des- de luego la segunda teoría es tan insostenible como la primera. No puede deducirse, del hecho de que una montaña parezca cobrar formas distintas desde dife- rentes ángulos, que carece de forma objetiva o que tiene objetivamente infinitas formas. No puede dedu- cirse, porque Ja interpretación desempeñe un papel necesario en la fijación de los hechos de la historia, ni porque no sea enteramente objetiva ninguna inter- pretación, que todas las interpretaciones sean igual- mente válidas y que en principio los hechos de la his- toria no sean susceptibles de interpretación objetiva. Más adelante nos detendremos en el significado exao- to de la objetividad en la historia. Pero tras la hipótesis deCOllingwood, se oculta otro peligro aún mayor. Si el historiador ve necesa- riamente el período histórico que investiga con ojos de su época, y si estudia los problemas del pasado como clave para la comprensión de los presentes, ¿no caerá -oncepción puramente pragmática de los tamente y con menos entusiasmo, siguieron el mismo derrotero. El conocimiento es conocimiento para al- gún fin. La validez del conocimiento depende de la m”alidez del fin. Pero aun en los casos en que no se ha protesado esta teoría, la práctica ha resultado no me- mos inquietante. He visto en mi propio campo de in- vestigación demasiados ejemplos de interpretación extravagante que ignoraban los hechos más elementa- lss, como para no quedar impresionado ante la reali- dad del peligro. No es sorprendente que el análisis minucioso de los productos más extremados de las escuelas historiográficas soviética y antisoviética fo- mente a veces cierta nostalgia de aquel imaginario penado decimonónico de la historia meramente fác- A mediados del siglo XX, ¿cómo hemos de definir, pues, las obligaciones del historiador hacia los he-