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libro la novia gitana, Apuntes de Lengua y Literatura

este libro es sobre la novia gitana, escrito por Carmen Mola.

Tipo: Apuntes

2019/2020

Subido el 06/12/2020

maraujoc
maraujoc 🇪🇸

4.7

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Primera parte

EL CIELO EN UNA HABITACIÓN

Cuando estás aquí conmigo, esta habitación no tiene paredes, sino árboles, árboles infinitos.

Al principio parece un juego. Alguien ha encerrado al niño en un lugar oscuro y él tiene que intentar salir de allí por sus propios medios. Lo primero sería encontrar el interruptor de la luz, pero el niño no lo busca porque piensa que la puerta se va a abrir en cualquier momento. La puerta no se abre. También puede ser un concurso de resistencia, gana el que pasa más tiempo en silencio, el que no pide ayuda. El niño pega la oreja a la puerta de madera, desportillada. Oye un ruido ensordecedor, una moto que arranca y se aleja. Entonces comprende que está solo. Si empezara a gritar, notaría el eco de su voz en ese espacio lóbrego, lleno de polvo y humedad; pero está tan asustado que no le sale ni el llanto. Ahora sí tiene que encontrar el interruptor de la luz. Tantea la pared. Evita los obstáculos, despacio, para no caerse. Hay una bombilla en el techo, tiene que haberla. La habitación cuenta con una ventana estrecha y alargada, en la parte superior de la pared, pero el sol se ha puesto hace una hora y ya solo quedan las primeras sombras de la noche. No sabe por qué lo han encerrado. En sus pasos de sonámbulo por la oscuridad tropieza con lo que parece una lavadora. Podría probar a ver si funciona, por lo menos le acompañaría el ruido del agua dando vueltas en el tambor; pero no lo hace. Sigue explorando el lugar, acariciando la pared con una mano, como un ciego. Quiere encontrar el interruptor, pero sus dedos golpean el mango de una herramienta. Es una pala que cae al suelo con estrépito. El niño rompe a llorar y tarda un poco más de la cuenta en oír un gruñido sordo que proviene de un rincón. No está solo. Hay un animal escondido; no es la primera vez que lo escucha, sabe que por las noches ronda la zona: sus gemidos, sus aullidos son tan fuertes que ha llegado a pensar que era un lobo. Es solo un perro que se ha colado en la nave que hay en la finca, la que se ve desde la ventana de su habitación y a la que nunca le han dejado entrar. Es allí donde lo han encerrado, en la nave prohibida, por eso no reconoce el espacio y no es capaz de manejarse en la oscuridad. Casi puede ver dos puntitos luminosos en la negrura del fondo. Retrocede

Capítulo 1

—¡Su-sa-na!, ¡Su-sa-na!, ¡Su-sa-na! Las amigas de Susana gritan, aplauden, bailan entusiasmadas, igual que han hecho las de las otras quince o veinte novias que han coincidido hoy, viernes, en el Very Bad Boys, en la calle Orense. Ni un solo hombre entre el público, todo mujeres, celebrando despedidas de soltera o reuniones de amigas; unas se han puesto ridículas diademas con pollas en la frente; otras, bandas de miss cruzando el pecho con el nombre de la homenajeada; un grupo lleva camisetas con la foto de la futura esposa... Las amigas de Susana han sido discretas dentro de lo que cabe: solo tienen tutús rosas de bailarina alrededor de la cintura. —¡Su-sa-na!, ¡Su-sa-na!, ¡Su-sa-na! Susana llevaba rato temiendo el momento en que le tocara a ella ser el centro de atención y este ha llegado. Le han correspondido dos bailarines, uno rubio con aspecto de sueco, un vikingo; otro mulato, parece brasileño. Los dos empezaron vestidos de policías, aunque ahora estén casi desnudos, los dos son muy atractivos, de pechos amplios y piernas fuertes, musculados, con el pelo afeitado en los lados de la cabeza y más largo por arriba, depilados por completo y con la piel brillante por el aceite que deben de haberse untado antes de salir a actuar... Solo les queda puesto un pequeño tanga, rojo el del mulato y blanco el del vikingo. Susana teme que le pidan que se los quite con los dientes, como han hecho varias de las novias que la han precedido en el escenario. Si su padre la viera... Por cosas así siente tanta ira hacia ella. —No te preocupes, no te vamos a hacer nada —le susurra el mulato, tranquilizador, en buen castellano. Susana no ha acertado, no es brasileño, es cubano. Está sobre el pequeño escenario, la música es ensordecedora y la han sentado en una silla; los dos bailarines se alternan sobre ella, rozándola con

sus genitales, bailando a su alrededor, pasando las manos por todo su cuerpo. Al entrar en el local, todas las invitadas hicieron la misma promesa: «lo que pasa en el Very Bad Boys se queda en el Very Bad Boys», ninguna de sus amigas contará lo que haya ocurrido allí a nadie, mucho menos a Raúl, el que dentro de un par de semanas va a ser su esposo. Está segura de que no va a acabar como una de las novias de antes, la del grupo de las pollas en la frente, se llamaba Rocío: todas pudieron ver cómo uno de los bailarines que la sacaron al escenario —uno vestido de bombero— se ponía nata montada sobre su órgano sexual y ella le pasaba la lengua a lo largo para retirarla, hasta que lo dejó completamente limpio para delirio de sus acompañantes. Ella no va a hacer eso, por mucho que nadie vaya a contarlo. Aunque las amigas la llamen reprimida, como han hecho siempre. Ellas la consideran una beata y su padre, poco más que una zorra, pero no es ni una cosa ni la otra. No puede ver a sus compañeras, pero las imagina a todas gritando y riendo, a todas menos a una, Cintia. Después tendrá que hablar con ella, recordarle que esto no significa nada, que solo está haciendo lo que todo el mundo espera de una novia en su despedida de soltera. El mulato cumple su palabra y ni él ni el sueco la ponen en la tesitura de hacer algo que no quiera o de negarse y cortar la diversión de todas. Supone que el vikingo y el cubano ven decenas de novias cada semana y saben hasta dónde pueden llegar con cada una en cuanto la miran. Bailan, terminan de desnudarse, se frotan un poco más contra ella y la ayudan a bajar del escenario, educados y respetuosos, pese al entorno. Marta, la más lanzada de sus amigas, la que lo ha organizado todo y se empeñó en que Susana no podía casarse sin tener su despedida, le habla al oído. —¿No te han propuesto que vayas al camerino? —No. —Eres una sosa, cuando yo me casé, después de la actuación, fui al camerino con el rubio que ha bailado contigo. —¿Y qué hiciste? —Imagínatelo... Eso mismo que estás pensando. Seguro que la tiene el doble de grande que Raúl, aunque a Raúl no se la he visto. La que iba antes que tú, la tal Rocío, se está tirando a sus dos bomberos y a tus dos policías, como si lo viera. Susana no es así, no piensa follar con un bailarín de estriptis, por mucho

manzanas de casa porque las calles del barrio son un lío y hay que dar muchas vueltas para que el coche la lleve hasta el portal, se da cuenta de que todavía lleva puesto el tutú rosa. Ya se lo quitará arriba. Coge el teléfono y comprueba otra vez que Cintia no ha leído el mensaje que le mandó al salir de la sala de los Boys. Le escribe otro. «Ya llego a casa, agotada. No te habrás enfadado, ¿no? Te he echado de menos.» Todo el mundo encuentra ridículo que Susana escriba los wasaps siguiendo fielmente las instrucciones de la Real Academia, sin faltas, sin abreviaturas, respetando los signos de puntuación. Cuando Cintia le conteste lo hará con emoticonos, sin vocales, en un galimatías que a veces le resulta imposible de descifrar. Susana se da cuenta de que en toda la noche apenas ha pensado en Raúl, pero no le sorprende ni le hace cambiar de opinión: se casará con él, aunque su padre deje de hablarle, aunque Cintia se enfade. No es amor, no tiene nada que ver con el amor. En la calle de Ministriles, donde está el pequeño apartamento de Susana, no se ve un alma. A cualquiera le daría miedo caminar por allí de noche, por una acera oscura en la que el ayuntamiento parece que ha olvidado poner farolas. Pero ella está acostumbrada y no tiene ningún temor, no está dispuesta a vivir con miedo, como siempre ha querido su madre. No va a hacer caso a sus decenas de instrucciones y consejos, no le va a pasar nada, su familia ya ha agotado las dosis de mala suerte para varios siglos. Lo oyó decir en una película: nunca caen dos bombas en el mismo sitio, no hay lugar más seguro que el cráter de un obús. Cuando siente el golpe en la cabeza y el pañuelo tapándole la boca, no tiene tiempo de reaccionar, le quedaban dos metros para llegar a su portal, ya estaba sacando la llave del bolso, soñaba con acostarse en su cama y comprobar si Cintia había leído sus mensajes... Solo nota que pierde la fuerza, que la arrastran y que la suben a la parte de atrás de un vehículo, tal vez una furgoneta. Nada más.

Capítulo 2

La Quinta de Vista Alegre, en Carabanchel, es una espectacular finca de recreo que tuvo su máximo esplendor en el siglo XIX, cuando se convirtió en

lugar de veraneo de la reina María Cristina de Borbón y, más tarde, en residencia del marqués de Salamanca, el constructor que impulsó el barrio de Salamanca en Madrid. —No me he acercado para no meter la pata. En cuanto la he visto les he llamado —el guarda de seguridad de la Quinta de Vista Alegre está nervioso, deseando que los policías se hagan cargo del cuerpo que ha aparecido allí—. Es la primera vez que me encuentro con una muerta, pero tenía que pasar, esto está muy abandonado. El subinspector Ángel Zárate lleva muy poco tiempo en la comisaría local, aún no había tenido ocasión de visitar la Quinta y ahora mira a todas partes sorprendido. Han pasado junto a un palacio y atraviesan unos jardines en los que parece haberse detenido el tiempo, en los que sorprendería menos encontrar a una dama vestida con ropas del siglo XIX que a una muerta del XXI.

—Es como el Retiro —comenta admirado. —Mejor que el Retiro, lo que pasa es que no se cuida. Ya sabe cómo son los políticos, no hay dinero para lo que no los beneficia. Seguro que para sus banquetes y para ir en cochazos no han recortado nada. Aquí hay dos palacetes, el antiguo de la reina y el nuevo del marqués, también una residencia de ancianos y hasta ha habido un orfanato. Decían que iban a alquilar todo a la Universidad de Nueva York para que se instalase aquí y que lo arreglarían, pero nada, ya ve cómo está. Le aburre la gente que habla mal de los políticos, aunque tengan razón. Es más fácil echarles la culpa que hacer algo para mejorar las cosas. Y los jardines no están mal cuidados, sino mucho mejor mantenidos que cualquier otro parque del distrito. Allí no hay ni pandillas, ni camellos, ni columpios

Los dos se acercan al lugar que les señala el guarda de seguridad. Se quedan a algunos metros de la chica. Lleva algo alrededor de la cintura, algo rosa. —¿Qué es? —Un tutú. Cuando tengas hijas te hincharás a comprar gilipolleces como esa —Costa tiene dos niñas, de catorce y de diez; si se le escucha, se le quitan a uno las ganas de tener hijos para siempre. —Yo quiero verlo más de cerca. —No te metas en líos, ¿cuándo vas a aprender que lo mejor es mantenerse alejado de los problemas? Los ascensos llegan por antigüedad, no por pisar charcos. Los de la Científica aparecen antes de que Zárate dé un paso hacia el cadáver. Por lo menos, el que viene es Fuentes, uno de los más veteranos. No se cree que está en una serie de televisión, como los otros. —¿Sabéis quién es? —No nos hemos arrimado. —Joder —protesta—. ¿Y cómo sabéis que está muerta? Los tres se aproximan a la chica, Zárate va observando todo mientras llega junto a ella: morena —si tuviera que apostar diría que gitana—, guapa, pero con la cara descompuesta, como si hubiera sufrido mucho. El tutú está sucio y manchado de sangre, como el resto de su ropa, hecha jirones. El de la Científica es el primero que la toca, le abre un ojo para ver sus pupilas y se llevan la mayor de las sorpresas. Fuentes da un grito, pero no es por el gusano que sale reptando de la cuenca. —¡Está viva! Rápido, el maletín. Uno de sus ayudantes corre hacia él, pero la chica tiene un espasmo, el último. Quién sabe, tal vez, si hubieran llegado antes, podrían haberle salvado la vida. Fuentes suelta el aire y niega con la cabeza. —Tranquilos, ya está muerta, no le quedaba mucho. Vamos a poner en el informe que la encontramos muerta, así os ahorro el marrón. —¿Qué le ha pasado? ¿De dónde ha salido el gusano? —Zárate está, a su pesar, descompuesto. —No toquéis nada, me temo que este caso no es para vosotros. Voy a llamar al comisario Rentero —avisa Fuentes. Zárate mira alrededor, el parque ha dejado de ser un lugar maravilloso para convertirse en un infierno, en un sitio en donde a las muertas les salen

gusanos de los ojos.

—No te asustes, Juanito, que la policía soy yo y no te voy a detener. —Debería tener cuidado. —¿Con los Land Rover rojos o con los alijos? —Con todo. —No sé cómo te has decidido a cruzar Europa, con lo prudente que eres. En la bolsa apenas hay unos gramos de marihuana, Didí la cultiva en el jardín de su casa de Camarma de Esteruelas. No tiene producción suficiente para atender a sus dos o tres clientes ni siquiera durante la primera mitad del año. A Elena le sobra, solo se fuma un porro algunas mañanas como la de hoy, esas que siguen a toda una noche bebiendo en bares, en las que visita los aparcamientos con propietarios de coches grandes. Es muy raro que suba a alguno a su casa. —Cóbrame, Juanito, que me voy a dormir.

Vivir en la plaza Mayor es un lujo y un incordio. Un lujo porque al asomarte al balcón puedes imaginarte que la ciudad lleva cientos de años pasando por allí; cuatrocientos son los que acaba de cumplir la plaza. Dicen que se han hecho corridas de toros, procesiones, misas, autos sacramentales, juicios de la Santa Inquisición y hasta hogueras para quemar a los condenados. Desde el balcón de Elena se pueden ver, en escorzo y si uno se esfuerza un poco, los dibujos, sorprendentes y coloridos, de la Casa de la Panadería y los espectáculos que el ayuntamiento programa en fiestas. Por eso mismo es un incordio: desde los concursos de chotis en San Isidro hasta el mercadillo de Navidad, todo pasa por debajo de su casa. Ha llegado a ver una exhibición de doma de caballos jerezanos desde el balcón y sin pagar entrada. Ruido, ruido garantizado todo el año. Los turistas que se concentran en la plaza, los que se hacen fotos con el Spiderman gordo, con los cuerpos de flamencas a los que ellos mismos ponen la cabeza, los que echan monedas a los hombres estatua o a la cabra con hocico de madera, no se creerían que detrás de esas viejas fachadas pudiera haber un piso como el de ella: moderno, minimalista, elegante, de más de doscientos metros cuadrados. Cuando lo heredó de su abuela no era más que el piso abigarrado de objetos de una anciana, ahora podría salir en cualquier revista de decoración. Para Elena tiene un valor añadido: en un rincón oculto de uno de los

balcones hay una cámara que no se ve desde la plaza, escondida de miradas ajenas. La cámara, situada sobre un trípode y protegida por un pequeño voladizo, enfoca siempre hacia el mismo sitio, el arco que da a la calle de Felipe III. Está programada para hacer una foto cada diez segundos y lleva así años, conectada a un ordenador. Elena comprueba que ha funcionado correctamente. Hay miles de fotos desde ayer por la mañana, la última vez que las analizó; ha sacado millones desde que instaló el sistema, aunque ha guardado muy pocas, más por curiosidad que porque le vayan a servir para nada. Antes de sentarse delante del ordenador, pone música con su iPad. Lo mismo que siempre, una canción de Mina Mazzini: «Vorrei che fosse amore». Escucha, y canta por lo bajo, mientras se fuma el porro que ha liado con la marihuana de Didí. Se desnuda lentamente, el dueño del Land Rover le ha hecho un arañazo en el hombro, se mira en el espejo, a sus casi cincuenta años sigue teniendo prácticamente el mismo cuerpo que a los treinta, no necesita largas horas de gimnasio para mantener los kilos y las redondeces a raya. Se mete en la ducha. Mientras siente caer el agua, piensa en que quizá hoy tenga suerte, quizá en una de esas miles de fotos aparezca la cara picada por la viruela que busca hace tanto tiempo. El teléfono suena, no se inmuta, lo deja sonar. Solo cuando vuelven a llamar, después de un primer intento fallido, sospecha que pueda ser algo urgente. Envuelta en una toalla, dejando charcos a su paso, contesta. —¿Rentero? Hoy es mi día libre... ¿Quinta de Vista Alegre? No, no sé dónde está, pero seguro que el navegador sabe... ¿Carabanchel? Perfecto, tardo veinte minutos, o mejor pon treinta. Que me espere allí mi equipo.

respondido al aviso del cadáver. Está deseando marcharse, no como su compañero, un tal Ángel Zárate. Se mete por medio, quiere estar al tanto de todo. Ya ha tenido dos enganchadas con Chesca. —¿Es joven ese Zárate? —Poco más de treinta. Ya sabes cómo son los jóvenes. Está jodido porque le quitamos el caso. —De buena gana se lo devolvería. No es normal que la BAC se haga cargo de un caso que se inicia en ese momento. Ellos suelen entrar después. Son un departamento especial del cuerpo que se encarga de investigaciones que se tuercen, unas veces por incompetencia de los policías que las llevan o porque se sospeche que haya intereses personales de los agentes; otras, simplemente, porque se han ido embarullando de tal manera que es difícil deshacer los nudos... En Estados Unidos los considerarían una especie de superpolicías, en España no hay nada de eso, solo son los que se comen los marrones después que los demás, los que no tienen ya nadie en quien delegar. La única diferencia es que cuentan con más medios que cualquier otro departamento. —¿Qué es lo que lleva el cadáver alrededor de la cintura? —como a todos, es lo primero que llama la atención a Elena. —Un tutú de ballet. Dicen que puede ser... —... de una despedida de soltera —completa la inspectora. Gracias a la situación de su piso, esa es otra de las materias acerca de las que podría dar conferencias. Rara es la despedida de soltera que no pasa bajo su balcón. Al principio eran grupos de ingleses borrachos hasta las cejas, se les unieron las inglesas, igual de borrachas; después grupos de franceses, de italianos, de españoles... Lo de los tutús lo ha visto bastante, también velos de novias y lencería sobre la ropa. El no va más siguen siendo las pollas de plástico a modo de diadema. —Chesca, Orduño, acercaos. Ellos también son miembros de la BAC. Buenos policías, jóvenes, entusiastas, atléticos, a los que Elena recurre siempre que puede ser necesario usar los músculos además de la cabeza. Orduño procede de los Geos; Chesca era una agente de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos. La inspectora Blanco los escogió personalmente, junto con Buendía, el forense, y Mariajo, su peculiar experta en informática; son las personas en las que más confía. —A tus órdenes, inspectora —le ha costado a Elena que Orduño

abandonara las formas militares, pero poco a poco lo va consiguiendo, por lo menos ya es capaz de tutearla. —Echad a toda la gente que hay alrededor del cadáver. Lo dudo, pero si hay alguna pista que no haya sido pisoteada la quiero. Y es posible que la víctima estuviera en una despedida de soltera, a ver si nos enteramos de algo. Órdenes precisas y claras, ya tendrán tiempo para elaborar teorías cuando se reúnan en las oficinas de la BAC. Todos saben cómo le gusta trabajar a Elena y todos la respetan. —Inspectora, los policías que acudieron cuando se descubrió el cadáver... —Ángel Zárate y su compañero, ¿no? Tranquila, Chesca, yo me encargo, ya me ha hablado Buendía de ellos. Ha localizado a Zárate con la mirada, pero prefiere esperar antes de hablar con él, ver cómo se mueve. No le gusta enemistarse con sus compañeros, los policías a los que la BAC sustituye, pero sabe que es casi imposible evitarlo. Enemistarse con los demás policías es el mayor defecto de Chesca, es como si el resto del mundo fuera su contrincante y la BAC, su familia. Menos mal que Orduño suele ser mucho más diplomático. —Ya estamos en marcha, Buendía. Y ahora cuéntame por qué nos ha llamado Rentero. Buendía sabe que debe ser muy objetivo y directo con ella, no se anda por las ramas. —El primero que se acercó al cadáver fue Fuentes, de la Científica. Es un buen policía, veterano, le conozco hace años. Al levantarle el párpado a la víctima observó que salía un gusano. No podía ser de descomposición porque la mujer acababa de expirar. —¿Entonces? —Cuestión de suerte: hace unos años, Fuentes trabajó en el asesinato de otra mujer exactamente en las mismas circunstancias, un asesinato ritual espeluznante. Ha temido que fuera lo mismo. Por eso llamó a Rentero y Rentero nos llamó a nosotros. —Vaya, ya estamos con lo de los asesinos en serie. ¿No se puede prohibir que los agentes vean películas? —No te lo tomes a broma, Elena. Me llevo el cadáver al anatómico forense para hacerle la autopsia esta misma mañana. —Te sigo enseguida. Voy a hablar con ese tal Zárate. No necesita acercarse, Zárate ya ha descubierto que es la que manda y