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Orientación Universidad
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libro runaway de alice munro, Ejercicios de Literatura inglesa

en español, este libro esta en formato pdf

Tipo: Ejercicios

2019/2020

Subido el 25/04/2020

ariadnanesos
ariadnanesos 🇪🇸

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Escapada es un libro de relatos sobre mujeres de edades y condiciones muy distintas: una joven que, aunque cree desearlo, es incapaz de dejar a su marido; una campesina que descubre, en un momento de lucidez, los limites y las falacias de la pasión. Otra mujer, personaje de tres de los cuentos, que abandona en uno de ellos su trabajo de profesora en una escuela de niñas para entregarse a un amor frenético y apasionado, vuelve más tarde, en otro relato, con una criatura a casa de los padres, donde reconsidera su vida y su matrimonio, y, al final, en el ultimo, cree que su hija desaparecida ha caído en las garras de una secta religiosa.

Título original: Runaway Alice Munro, 2004 Traducción: Carmen Aguilar

Editor digital: Titivillus ePub base r1.

En memoria de mis amigas Mary Carey Jean Livermore Melda Buchanan

No llegaba nadie para hacer senderismo aunque Clark y Carla habían dado vueltas poniendo carteles en todos los campamentos, en los cafés, en la pizarra de la oficina de turismo y en cualquier otro sitio que se les ocurriera. Solo unos cuantos alumnos iban a tomar lecciones de equitación; eran los de costumbre. No los grupos escolares de vacaciones ni los autobuses llenos de los campamentos, que les había permitido mantenerse el verano anterior. Y, hasta los alumnos de costumbre con quienes contaban, aprovechaban para hacer viajes de vacaciones o, sencillamente, cancelaban las clases porque el tiempo los desanimaba. Si llegaban demasiado tarde Clark les cobraba como siempre. Un par de ellos se quejaron y dejaron de ir. Todavía les proporcionaban alguna entrada los tres caballos que tenían pupilos. Esos tres, más los cuatro de su propiedad, estaban a esas horas en el campo, husmeando la hierba bajo los árboles. Parecía no importarles advertir que por el momento la lluvia había amainado como solía hacer a ratos por la tarde. Justo lo preciso para levantar el ánimo: las nubes se volvían blancas, eran menos espesas y dejaban pasar un resplandor difuso, que nunca llegaba a ser verdadera luz del sol y que, en general, desaparecía antes de la cena. Carla había terminado de limpiar el establo. Le había costado su tiempo: le gustaba la rutina de los quehaceres domésticos, el espacio alto hasta el techo del establo, los olores. Fue a la pista de equitación para ver hasta qué punto estaba seco el suelo, en caso de que apareciera el alumno de las cinco. La mayoría de los constantes chubascos no habían sido particularmente tupidos ni los afectó el viento pero, la última semana, llegó una repentina perturbación: una ráfaga atravesó las copas de los árboles y cayó un chaparrón casi horizontal, enceguecedor. Al cabo de un cuarto de hora pasó la tormenta. Pero quedaron ramas cruzadas en el camino, cayeron cables y se desprendió un gran trozo de plástico del cobertizo. En el extremo del picadero se formó un charco como un lago y Clark tuvo que trabajar hasta después del anochecer para cavar un canal que permitiera drenar el agua. El cobertizo todavía no estaba reparado. Clark armó una cerca de alambre para evitar que los caballos se metieran en el barro y Carla señalizó una huella más corta. En ese momento, Clark navegaba por Internet en busca de algún sitio donde comprar algo que sirviera para remendar la techumbre. Cualquier almacén con ofertas a precios que estuvieran a su alcance o alguien que quisiera deshacerse de material de segunda mano. No iba a ir a Hy and Robbers Buckley’s Building Supply del pueblo, que él llamaba Highway Robbers Buggery Supply[1]^ porque les debía mucho dinero y había tenido broncas con ellos. Clark no solo tenía broncas con personas a quienes debiera dinero. Su simpatía, al principio conquistadora, podía volverse de pronto avinagrada. Había sitios adonde no entraba, adonde siempre hacía ir a Carla por culpa de alguna gresca. La droguería era uno de esos sitios. Una mujer mayor pasó delante de él, es decir, se había olvidado de algo, volvió y se le adelantó en vez de volver a ponerse en la cola. Él protestó y la cajera le dijo: «Tiene enfisema». Clark contestó: «¿Ah, sí? Pues yo tengo almorranas». Llamaron al administrador. Dijo que era una grosería gratuita. La cafetería de la carretera era otro de esos lugares. Un día no le hicieron el anunciado descuento por el desayuno porque eran más de las once de la mañana. Clark discutió, luego dejó caer la taza de café al suelo y por poco no le da —eso decían— a un niño que estaba en su cochecito. Clark sostuvo que el niño estaba a ochocientos metros y que había tirado la taza porque no le habían hecho el descuento anunciado. Le dijeron que no lo había pedido. Contestó que no era

cuestión de que él lo pidiera o no. —Has perdido los estribos —dijo Carla. —Es cosa de hombres. Ella no le recordó su riña con Joy Tucker. Joy Tucker era la bibliotecaria del pueblo a quien le cuidaban el caballo. Era una yegua zaina joven y de mucho genio llamada Lizzie. Cuando Joy Tucker estaba de broma la llamaba Lizzie Borden [2]. El día anterior había llegado en su coche de un humor de perros, se había quejado de que todavía no estuviera arreglado el tejado del cobertizo y de que Lizzie tuviera un aspecto lamentable, como si hubiera cogido un resfrío. La verdad es que a Lizzie no le pasaba nada. Clark intentó —a su manera— mostrarse complaciente. Pero entonces fue Joy Tucker quien perdió los estribos y dijo que ese sitio era un basural, que Lizzie merecía algo mejor. Clark contestó: —¡Haga lo que le dé la gana! Joy no se había llevado a Lizzie —o todavía no se la había llevado— como Carla esperaba. Pero Clark, para quien antes la pequeña yegua era su mascota, se negó a tener que ver con ella. En consecuencia Lizzie se sintió herida en sus sentimientos: se encabritaba durante los ejercicios y armaba un escándalo cuando había que examinarle los cascos como hacían todos los días para evitar que tuviera hongos. Carla tenía que estar atenta a los mordiscos. Pero lo que más preocupaba a Carla era la ausencia de Flora , la cabra blanca que hacía compañía a los caballos en el establo y el campo. Hacía dos días que no había señales de ella. Carla temía que la hubieran atacado los perros salvajes, los coyotes o algún oso. Había soñado con Flora esa noche y la noche anterior. En el primer sueño Flora llegaba directamente a la cama con una manzana roja en los labios pero, en el de la última noche, huía al ver acercarse a Carla. Parecía tener una pata lisiada y, sin embargo, huía a todo correr. Conducía a Carla hasta una barricada protegida por alambre de púas, que podría ser de un campo de batalla, para luego deslizarse como una anguila blanca a través de ella —con pierna lisiada y todo— y desaparecer. Los caballos vieron a Carla cruzar hasta el picadero y todos se dirigieron a la cerca — parecían empapados a pesar de las mantas neozelandesas—, para llamar su atención cuando volviera. Les habló en voz baja, les pidió perdón por ir con las manos vacías. Les acarició el cuello, les restregó la nariz y les preguntó si sabían algo de Flora. Grace y Juniper bufaron y se acurrucaron contra ella, como si reconocieran el nombre de Flora y compartieran su preocupación, pero Lizzie se metió entre ellos, apartó la cabeza de Grace de la mano acariciadora de Carla y, por si acaso, le dio un mordisco en la mano. Carla dedicó bastante tiempo a regañarla.

Hasta hacía tres años, Carla no se había fijado nunca en ninguna casa rodante. Tampoco les llamaba así. Como a sus padres, «casa rodante» le habría parecido un término rebuscado. Algunas personas vivían en caravanas. Eso era todo. Una caravana no se diferenciaba de otra. Cuando Carla se instaló en una de ellas, cuando eligió esa vida con Clark, empezó a ver las cosas de otra manera. Comenzó a decir «casa rodante» y prestó atención a cómo las habían arreglado. En las cortinas que tenían colgadas, en cómo habían pintado las molduras, en las antojadizas balconadas, patios o habitaciones extras añadidas. Estaba impaciente por hacer esas mejoras en la suya.

—Así es la cosa —dijo Clark—. Así es la cosa, Carla. —¿Cómo? —Pues que llamó por teléfono. —¿Quién? —Su Majestad. La reina Sylvia. Acaba de volver. —No oí el coche. —No te he preguntado si lo oíste. —Bueno, ¿y para qué llamó? —Quiere que vayas y le ayudes a poner la casa en orden. Eso dijo. Mañana. Le dije que con seguridad irías. Pero más vale que la llames y lo confirmes. Carla dijo: —No veo por qué tengo que hacerlo si ya se lo has dicho tú —echó el té en las tazas—. Le limpié la casa antes de que se marchara. No creo que haya nada que hacer por ahora. —A lo mejor han entrado negros mientras ella estaba fuera y han hecho un batifondo. Nunca se sabe. —No tengo por qué hablarle ya, en este momento —dijo Carla—. Quiero tomar el té y darme una ducha. —Cuanto antes mejor. Carla se llevó el té al baño y desde allí gritó: —Tenemos que ir a la lavandería. Las toallas huelen a humedad hasta cuando están secas. —No cambiemos de tema, Carla. Incluso después de haberse metido bajo la ducha le gritó desde el otro lado de la puerta: —No te voy a dejar escurrir el bulto, Carla. Carla creyó que todavía estaría en la puerta cuando salió, pero había vuelto al ordenador. Se vistió como si fuera al pueblo —confiaba en que si salían, iban a la lavandería y tomaban un capuchino en el café, podrían hablar de otra manera y sería posible llegar a un ten con ten—. Entró en el living a paso ligero y lo rodeó desde atrás con los brazos. Apenas lo hizo la envolvió una oleada de desconsuelo —el calor de la ducha habría dado rienda suelta a las lágrimas—, se inclinó sobre él derrumbada y llorando. Clark apartó las manos del teclado, pero no se movió. —No te pongas hecho una fiera conmigo —suplicó Carla. —No soy una fiera. No soporto que te pongas así, eso es todo. —Me pongo así porque eres una fiera. —No me digas lo que soy. Me estás asfixiando. Empieza a hacer la cena. Es lo que hizo. Era ya evidente que el alumno de las cinco no iba a ir. Sacó patatas y empezó a pelarlas, pero no podía contener las lágrimas ni ver lo que hacía. Se secó la cara con papel de cocina, cortó otro trozo para llevárselo y salió bajo la lluvia. No fue al establo porque sin Flora le resultaba demasiado deprimente. Caminó por el sendero de vuelta a los bosques. Los caballos estaban en el otro campo. Se acercaron a la valla para mirarla. Todos, excepto Lizzie que brincó y resolló un poco, tuvieron la sensatez de comprender que tenía la atención puesta en otra cosa.

Todo empezó cuando leyeron el aviso fúnebre, el aviso fúnebre de Mr. Jamieson. Estaba en el

periódico de la ciudad y su cara apareció en el noticiero de la tarde. Hasta el año anterior no habían conocido a los Jamieson más que como vecinos encerrados en sí mismos. Ella enseñaba botánica en un College a sesenta y cinco kilómetros de distancia, de modo que pasaba mucho tiempo en la carretera. Él era poeta. Es lo único que todo el mundo sabía. Pero él parecía estar ocupado en otras cosas. Para ser poeta y un hombre mayor —tal vez tuviera veinte años más que Mrs. Jamieson— era recio y activo. Mejoró el sistema de desagüe de su casa, limpió la alcantarilla y la recubrió con piedras. Cavó, plantó y cercó un huerto; abrió sendas entre los bosques; se ocupaba de las reparaciones de la casa. La casa en sí era un desatino triangular de aspecto extraño, construido por él hacía años con algunos amigos sobre los cimientos de una antigua granja derruida. Se decía que eran hippies, aunque Mr. Jamieson era un poco demasiado viejo para serlo, incluso antes de que apareciera Mrs. Jamieson. Corría el rumor de que cultivaban marihuana en los bosques, la vendían y guardaban el dinero en frascos sellados de cristal, enterrados por la finca. Clark oyó contar la historia a personas conocidas del pueblo. Decía que eran gilipolleces. —Alguien habría entrado y cavado ya. Alguien habría encontrado la manera de hacerle decir dónde estaban. Hasta que no leyeron la nota necrológica, Carla y Clark no se enteraron de que él hubiera ganado un premio importante cinco años antes de morir. Un premio como poeta. Nadie había hablado nunca de eso. Por lo visto a la gente le parecía creíble lo del dinero procedente de la droga enterrado en frascos de cristal, pero no que hubiera ganado dinero por escribir poesía. Poco después Clark dijo: —Podíamos haberle hecho pagar. Carla supo en el acto de qué hablaba, pero lo tomó a broma. —Ya es demasiado tarde —contestó—. No puedes pagar una vez muerto. —Él no puede. Ella sí podría. —Se ha marchado a Grecia. —No se va a quedar en Grecia. —Dijo que no lo sabía —afirmó Carla con más serenidad. —No he dicho que lo hiciera. —Ella no tiene la menor idea del asunto. —Eso podríamos aclararlo. —No, no —dijo Carla. Clark continuó como si Carla no hubiera dicho nada. —Podríamos decir que vamos a presentar una querella. La gente saca dinero de esas cosas a cada rato. —¿Cómo lo ibas a hacer? No puedes querellarte con una persona muerta. —Podríamos amenazar con acudir a los periódicos. Un poeta de primera. Los periódicos se lo tragarían. Lo único que tenemos que hacer es amenazarla y cederá. —Deliras —dijo Carla—. Bromeas, ¿no? —No —replicó Clark—. De verdad que no. Carla declaró que no quería hablar más del asunto y él accedió. Pero al día siguiente volvieron a hablar del asunto. Al siguiente, al otro y al otro. Clark tenía a

De vez en cuando surgía una imagen que ella debía desbaratar si no quería estropearlo todo. Pensaba en el verdadero cuerpo inerte entre las sábanas, drogado y encogiéndose a ojos vista en su cama de hospital alquilada, apenas atisbado unas cuantas veces cuando Mrs. Jamieson o la enfermera de turno se olvidaban de cerrar la puerta. La verdad es que nunca había llegado a estar más cerca de él. Lo cierto es que temía ir a casa de los Jamieson, pero necesitaba el dinero y le daba lástima Mrs. Jamieson que parecía tan acosada y desconcertada como si anduviera en sueños. Una o dos veces, Carla había estallado y hecho algo verdaderamente tonto, solo para distender el ambiente. Lo mismo que hacía cuando los jinetes que montaban por primera vez a caballo cometían torpezas, se aterrorizaban y se sentían humillados. También trataba de hacerlo cuando Clark se empecinaba en sus momentos de mal humor. Con él ya no le servía de nada. Pero decididamente el cuento de Mr. Jamieson había dado resultado. No había manera de evitar los charcos del sendero, la hierba alta empapada a lo largo del camino ni las zanahorias silvestres que acababan de florecer. Pero el aire era bastante templado para no enfriarse. Tenía la ropa empapada como si su mismo sudor o las lágrimas que le corrían por la cara la hubieran calado igual que la llovizna. El llanto se había apagado a tiempo. No tenía con qué sonarse la nariz —el pañuelo de papel chorreaba—, pero se inclinó y se sonó con fuerza en un charco. Levantó la cabeza y lanzó el largo silbido vibrante con que Clark y ella llamaban a Flora. Esperó un par de minutos y llamó a Flora por su nombre. Una vez y otra: silbido y nombre, silbido y nombre. Flora no contestó. Sin embargo casi era un alivio sentir el sencillo dolor de haber perdido a Flora , de haber perdido a Flora quizá para siempre, comparado con el lío en que se había metido con Mrs. Jamieson y el suplicio de sus altibajos con Clark. Por lo menos la desaparición de Flora no tenía que ver en absoluto con lo que ella —Carla— pudiera haber hecho mal.

Sylvia no tenía nada que hacer en la casa más que abrir las ventanas. Y pensar —con una ansiedad que la consternaba sin sorprenderla demasiado— cuánto tardaría en poder ver a Carla. Toda la parafernalia de la enfermedad había desaparecido. El cuarto que fuera dormitorio de Sylvia y su marido —luego convertido en cámara mortuoria—, estaba limpio, ordenado para que pareciera que allí no había pasado nunca nada. Carla le ayudó en esa faena durante los pocos días frenéticos transcurridos entre la cremación del marido y la partida de Sylvia rumbo a Grecia. Las prendas de ropa que León había usado y algunas que no se había puesto nunca —incluso regalos de las hermanas que jamás salieron de los paquetes—, fueron apiladas en el asiento trasero del coche y entregadas en la tienda de segunda mano Sus píldoras, sus enseres de afeitarse, las latas sin abrir de tónicos que lo sostuvieron tanto tiempo como fue posible, los paquetes de galletas de sésamo que una vez comiera a docenas, los frascos de plástico llenos de una loción que le aliviaba el dolor de espalda, las pieles de cordero donde yacía… Todo eso fue a parar a bolsas de plástico arrastradas afuera como la basura, sin que Carla cuestionara nada. Nunca dijo, «A lo mejor alguien podría usar eso», ni señaló que cartones enteros de latas estaban sin abrir. Cuando Sylvia dijo, «Querría no haber llevado la ropa al pueblo. Querría haberlo quemado todo en el

incinerador», Carla no se mostró sorprendida. Limpiaron el horno, restregaron las alacenas, enjuagaron paredes y ventanas. Un día Sylvia estaba en el salón repasando las cartas de pésame recibidas. (No había papeles acumulados ni libretas que fuera necesario revisar, como sería de esperar tratándose de un escritor. No había trabajos sin terminar ni borradores garabateados. Meses antes él le había dicho que lo había tirado todo. «Sin contemplaciones»). La pared en declive de la fachada sur de la casa tenía grandes ventanales. Sylvia levantó los ojos, sorprendida por la sombra de Carla, las piernas desnudas, los brazos desnudos en lo alto de la escalera, la cara resuelta coronada con un rizo de pelo color diente de león, demasiado corto para la trenza. Rociaba y restregaba vigorosamente el cristal. Cuando vio que Sylvia la miraba se detuvo, extendió los brazos como si estuviera despatarrada allí y puso cara de gárgola tontucia. Las dos se echaron a reír. Sylvia sintió que esa risa la recorría de pies a cabeza como una corriente juguetona. Volvió a sus cartas y Carla reanudó la limpieza. Decidió que todas esas palabras amables —sinceras o de cumplido, elogiosas o compungidas— podían seguir el camino de las pieles de cordero y las galletas. Cuando oyó que Carla apartaba la escalera y se quitaba las botas en la terraza se sintió de pronto cohibida. Se quedó donde estaba con la cabeza inclinada mientras Carla entraba en la habitación camino de la cocina, para meter el cubo y los trapos bajo el fregador. Carla apenas hizo un alto, era rápida como los pájaros, pero de refilón dejó caer un beso en la cabeza inclinada de Sylvia. Siguió de largo silbando algo casi inaudible. Desde entonces Sylvia no se quitaba el beso de la mente. No tenía ningún significado particular. Era una manera de decir «ánimo» o «casi he acabado». Significaba que eran buenas amigas, que habían hecho juntas muchas tareas dolorosas. O quizá solo que había salido el sol. Que Carla pensaba volver a su casa y ocuparse de los caballos. Sin embargo, Sylvia lo consideró un florecimiento halagüeño, cuyos pétalos se le desparramaban por dentro con tumultuosa calidez, como sofocón menopáusico. Era frecuente que entre sus alumnas de cualquiera de las clases de botánica hubiera alguna especial, una cuya inteligencia, dedicación y torpe egotismo —hasta cierta genuina pasión por el mundo de la naturaleza— le recordara su juventud. Esas chicas merodeaban a su alrededor, la idolatraban, esperaban alguna suerte de intimidad que, en la mayoría de los casos, ni siquiera imaginaban. Y no tardaban en crisparle los nervios. Carla no se parecía en nada a ellas. Si a alguien se semejaba en la vida de Sylvia, sería a ciertas chicas conocidas en el instituto: las que eran brillantes, pero nunca demasiado brillantes; buenas atletas, pero no exageradamente competitivas; vitales, pero no bravuconas. Alegres por naturaleza.

—Estuve con mis dos viejas amigas en ese pueblecito, ese pueblecito minúsculo. Esa clase de lugares donde muy de tarde en tarde paran los autobuses de turistas, un pueblo perdido. Los turistas bajaban, echaban un vistazo y se quedaban desconcertados porque no estaban en ninguna parte. No había nada que comprar. Sylvia hablaba de Grecia. Carla estaba a pocos palmos de ella. Fascinada, la muchacha de miembros largos estaba al fin sentada allí, molesta, en la habitación llena de recuerdos. Apenas

Mientras servía el café decidió no decir nada del otro regalo que le había traído. No le costó nada (el caballo le había costado más de lo que la muchacha podía imaginar). El otro regalo era solo una preciosa piedrecilla blanca rosada, recogida durante un paseo por la carretera. «Esta es para Carla», había dicho a su amiga Maggie, que caminaba con ella. «Sé que es una tontería. Solo quiero que tenga un trocito de esta tierra». Ya les había hablado de Carla a Maggie y a Soraya, la otra amiga que viajaba con ella. Les había contado que la presencia de la muchacha contaba cada vez más para ella, que parecía haberse estrechado entre las dos un lazo inexplicable, que la consoló en los terribles meses de la primavera pasada. «Era simplemente el placer de ver a alguien…, de ver entrar en casa a alguien tan lozana y saludable como ella». Maggie y Soraya se rieron con amabilidad, pero turbadas. «Siempre hay una muchacha», dijo Soraya. Estiró los brazos pesados y bronceados para desperezarse. «En algún momento todas nos encaprichamos con una», agregó Maggie. A Sylvia le enfadó vagamente esa palabra pasada de moda, «encapricharse». «Tal vez sea porque León y yo no tuvimos hijos», contestó. «Es estúpido. Transferencia del amor maternal». Sus amigas hablaban al mismo tiempo. Decían de manera ligeramente distinta algo referente a que podría ser estúpido pero, de cualquier modo, amor.

Sin embargo, ese día la muchacha no se parecía en nada a la Carla que Sylvia recordaba, no era ese espíritu sereno y vital, la criatura joven, generosa y despreocupada, cuya imagen la acompañara en Grecia. Apenas se interesó por el regalo. Se mostró casi huraña cuando le alcanzó la taza de café. —Había algo que creo te habría gustado mucho —dijo Sylvia animosa—. Las cabras. Eran bastante pequeñas incluso cuando ya estaban del todo crecidas. Unas eran manchadas, otras blancas y brincaban alrededor por las rocas exactamente igual…, igual que los espíritus del lugar. —Se rio con risa forzada, no podía callarse—. —No me habría sorprendido que tuvieran diademas en los cuernos. ¿Cómo está tu cabrita? He olvidado el nombre. — Flora —dijo Carla. —Sí, Flora. —Ya no la tengo. —¿No la tienes? ¿La has vendido? —Ha desaparecido. No sabemos qué ha sido de ella. —¡Oh!, lo siento. Lo siento de veras. ¿Y no habrá posibilidad de que vuelva? No hubo contestación. Sylvia miró de frente a la muchacha, cosa que hasta ese momento no había sido capaz de hacer. Vio que tenía los ojos cuajados de lágrimas, la cara llena de manchas —con aspecto casi sucio— y que parecía dominada por la angustia. No hizo nada por evitar la mirada de Sylvia. Apretó los labios contra los dientes, cerró los ojos y se meció de atrás hacia adelante, como si ahogara un aullido. De pronto, para desconcierto

de Sylvia, aulló. Aulló, lloró, tragó una bocanada de aire, las lágrimas le rodaron por las mejillas, moqueó y empezó a mirar desesperadamente alrededor en busca de algo para limpiarse. Sylvia salió corriendo y volvió con puñados de Kleenex. —Tranquilízate, estás aquí, aquí estás bien —le dijo, pensando que lo que debía hacer era cogerla en brazos. Pero no tenía ninguna gana de hacerlo y podría empeorar las cosas. La muchacha podría darse cuenta de que Sylvia lo hacía a desgana, de lo incómodo que le resultaba semejante situación. Carla dijo algo y volvió a decirlo: —¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad! —No, no lo es. Algunas veces todos tenemos que llorar. No pasa nada, no te preocupes. —Es una barbaridad. Y Sylvia no pudo evitar sentir que, conforme se prolongaba esa manifestación de dolor, la muchacha se volvía más y más vulgar, más parecida a fuellas alumnas lacrimosas suyas metidas en su despacho, el de Sylvia. Algunas de ellas lloraban por las notas, pero a menudo era un gimoteo táctico, breve, nada convincente. La mayoría de las veces se echaban a llorar como Magdalenas y resultaba que la cosa tenía que ver con algún lío amoroso, los padres o un embarazo. —No se trata de tu cabra, ¿verdad? —No. No. —Más vale que tomes un vaso de agua —dijo Sylvia. Dio tiempo a que el agua saliera fría, mientras trataba de pensar qué debía hacer o decir y, cuando volvió, Carla empezaba a tranquilizarse. —Así. Así —dijo Sylvia al ver cómo tragaba Carla el agua—. ¿No estás mejor? —Sí. —No es la cabra. ¿Qué es? Carla contestó: —No puedo soportarlo más. ¿Qué era lo que no podía soportar? Resultó que era al marido. Siempre estaba enfadado con ella. Se portaba como si la odiara. No había nada que ella hiciera bien, no había nada que pudiera decir. Vivir con él la estaba volviendo loca. A veces creía estar ya loca. A veces creía estarlo. —¿Te ha lastimado, Carla? No. No la había lastimado físicamente. Pero la odiaba. La despreciaba. No podía soportar verla llorar y ella no podía evitar llorar porque él siempre estaba enfadado. No sabía qué hacer. —Quizá sí sepas qué hacer —dijo Sylvia. —¿Marcharme? Lo haría si pudiera —Carla volvió a chillar—. Daría cualquier cosa por marcharme. No puedo. No tengo un céntimo. No tengo ningún sitio adonde ir en este mundo. —Bueno. Piénsalo. ¿Es eso del todo verdad? —preguntó Sylvia con su mejor talante de consejera—. ¿No tienes padres? ¿No me has contado que te criaste en Kingston? ¿No tienes familia allí? Los padres se habían trasladado a British Columbia. Odiaban a Clark. Les daba igual que estuviera viva o muerta.

—Pero no lo era. Al final se decidieron por una chaqueta de hilo marrón apenas usada —Sylvia consideraba una equivocación haberla comprado, el estilo era demasiado llamativo para ella—, unos pantalones sastre color habano y una camisa de seda color crema. Las zapatillas de Carla tendrían que adaptarse al conjunto porque calzaba dos números más que Sylvia. Carla fue a darse una ducha, cosa que no se había preocupado por hacer dado su estado de ánimo esa mañana. Sylvia telefoneó a Ruth. Esa tarde tenía que acudir a una reunión, pero dejaría la llave en casa de los vecinos de arriba y todo lo que debía hacer Carla era llamar al timbre. —Tendrá que tomar un taxi en la terminal. Supongo que podrá arreglárselas para hacerlo — advirtió Ruth. Sylvia se echó a reír. —No es ninguna inútil, no te preocupes. Es una persona que está pasando un mal momento, nada más. —Muy bien. Quiero decir que me parece muy bien que lo supere. —No es en absoluto una inútil —insistió Sylvia, mientras pensaba que Carla se estaba probando los pantalones y la chaqueta de hilo. Qué pronto se había recuperado del ataque de desesperación y qué guapa estaba con la ropa nueva. El autobús pararía en el pueblo a las dos y veinte. Sylvia decidió hacer unas tortillas francesas para el almuerzo, poner la mesa con el mantel azul oscuro, bajar los vasos de cristal y abrir una botella de vino. —Espero que tengas hambre y comas algo —dijo, cuando Carla salió limpia y reluciente con la ropa prestada. Tenía la piel pecosa y tersa arrebolada por la ducha, el pelo húmedo oscurecido sin trenzar, los graciosos rizos aplastados contra la cabeza. Dijo tener hambre pero, cuando intentó llevarse un trozo de tortilla a la boca con el tenedor, el temblor de las manos se lo impidió. —No sé por qué tiemblo así. Debo estar excitada. Nunca creí que pudiera ser tan fácil. —Es demasiado precipitado —contestó Sylvia—. Probablemente no te parezca del todo real. —Y sin embargo lo es. Ahora todo parece verdaderamente real. Era antes cuando estaba en las nubes. —Tal vez cuando tomas una decisión, cuando tomas una decisión de verdad, pase eso. O así debía ser. —Si has conseguido una amiga —dijo Carla con sonrisa intencionada mientras el rubor le cubría la frente—. Si has conseguido una amiga, una verdadera amiga, como usted. —Dejó cuchillo y tenedor en la mesa, y levantó torpemente con las dos manos el vaso de vino—. Bebo por una verdadera amiga —exclamó sin demasiada soltura—. Seguramente no debería tomar ni un sorbo, pero lo haré. —Yo también —replicó Sylvia aparentando alegría. Bebió, pero estropeó el momento al añadir—: ¿Lo vas a llamar por teléfono? Tiene que saberlo. Por lo menos tiene que saber dónde estás a la hora en que te espere en casa. —No, no voy a telefonear —Carla parecía alarmada—. No puedo hacerlo. Quizás usted… —No, yo no.

—No, sería una estupidez. No tendría que haberlo dicho. Es difícil pensar con sensatez. Lo que tal vez haga sea dejarle una nota en el buzón. Pero no quiero que la lea demasiado pronto. Ni siquiera quiero que pasemos delante de la casa cuando me lleve al pueblo. Quiero que vayamos por la parte de atrás. De modo que si escribo la nota…, si la escribo, ¿podría usted deslizaría en el buzón a la vuelta? Sylvia aceptó. No se le ocurría otra alternativa. Llevó papel y bolígrafo. Sirvió un poco más de vino. Carla se quedó pensativa y luego escribió unas palabras.

Me he marchado. Hestaré muy bien [3].

Eran las palabras que Sylvia leyó al desdoblar el papel cuando volvía de la terminal de autobuses. Estaba segura de que Carla sabía que «hestaré» se escribe sin «h». Solo se trataba del exaltado estado de confusión en que «hestaba» al escribir la nota. En un estado de confusión tal vez más profundo de lo que Sylvia creía. El vino le había hecho brotar un torrente de palabras, que no parecía acompañado por ninguna pena ni ningún disgusto en particular. Habló del establo donde trabajaba cuando a los dieciocho años conoció a Clark y acababa de salir del instituto. Los padres querían que fuera al College , siempre que la dejaran estudiar veterinaria. Lo que en realidad quería y había querido toda su vida era trabajar con animales y vivir en el campo. En el instituto era una de esas chicas desgarbadas, una de esas chicas de quienes las demás se burlan, pero no le importaba. Clark era el mejor profesor de equitación que tenían. Montones de mujeres estaban tras él, iban a clase de equitación solo porque él era el profesor. Carla le tomaba el pelo por su círculo de admiradoras y al principio a él parecía gustarle, pero después empezó a fastidiarle. Ella le pidió disculpas y trató de remediarlo haciéndole hablar de su sueño —en realidad de sus planes—, de tener una escuela de equitación, un establo, en el campo. Un día Carla entró en el establo, lo encontró ensillando un caballo y se dio cuenta de que se había enamorado de él. Ahora pensaba que se trataba de atracción sexual. Tal vez solo fuera cuestión de sexo.

Cuando llegó el otoño y se suponía que ella dejaría el trabajo y entraría en el College de Guelph, se negó a marcharse. Dijo necesitar un año libre. Clark era muy guapo, pero no había esperado a terminar ni siquiera la escuela secundaria. Perdió por completo el contacto con su familia. Pensaba que la familia era un veneno que se lleva en la sangre. Fue auxiliar en un hospital psiquiátrico; pinchadiscos de una estación de radio en Lethbridge, Alberta; miembro de un equipo de vialidad cerca de Thunder Bay; aprendiz de barbero; vendedor en un almacén de suministros militares. Era de los únicos trabajos de los que le había hablado. Carla le puso el apodo de Gypsy Rover [Gitano Errante] por la canción, la antigua canción que su madre solía cantar. Le dio por cantarla sin parar en casa y la madre se dio cuenta de que algo pasaba.