
























Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Prepara tus exámenes
Prepara tus exámenes y mejora tus resultados gracias a la gran cantidad de recursos disponibles en Docsity
Prepara tus exámenes con los documentos que comparten otros estudiantes como tú en Docsity
Encuentra los documentos específicos para los exámenes de tu universidad
Estudia con lecciones y exámenes resueltos basados en los programas académicos de las mejores universidades
Responde a preguntas de exámenes reales y pon a prueba tu preparación
Consigue puntos base para descargar
Gana puntos ayudando a otros estudiantes o consíguelos activando un Plan Premium
Comunidad
Pide ayuda a la comunidad y resuelve tus dudas de estudio
Ebooks gratuitos
Descarga nuestras guías gratuitas sobre técnicas de estudio, métodos para controlar la ansiedad y consejos para la tesis preparadas por los tutores de Docsity
Asignatura: Teatro Renacentistas Inglés, Profesor: Noelia Hernando Real, Carrera: Estudios Ingleses, Universidad: UCM
Tipo: Apuntes
1 / 32
Esta página no es visible en la vista previa
¡No te pierdas las partes importantes!

























Volpone fue estrenada en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martin, de Bue- nos Aires en la temporada 1995, con Pepe Soriano -luego Juan Carlos Gené- en el papel de Volpone, y Alberto Segado en el papel de Mosca, y la dirección de David Amitín.
Volpone, Caballero Veneciano Mosca, su criado Voltore, abogado Corbaccio, viejo prestamista Corvino, comerciante Bonario, hijo de Corbaccio Doña Luppa, viuda Celia, esposa de Corvino Viola, su criada Farfallone, Castrone, Nanno, criados de Volpone Presidente del Tribunal Juez 1º Juez 2º Guardia I Guardia II
La acción, en el siglo XVIII.
Casa de Volpone. Volpone y Mosca. Un arca con joyas y monedas de oro.
VOLPONE: ¡Oro, alma del mundo y mía! Entre todos mis tesoros escondidos eres como la llama que brilla en la noche... Como el día naciendo del caos, cuando las sombras se van al centro de la tierra. Hijo del sol, pero más resplandeciente
aun que tu padre. Déjame que te bese. ¿Qué dicha comparable a la de poseerte?. ¿La de tener hijos, padres, amigos; la de soñar las quimeras mas deliciosas?. Nin- guna. Riqueza, diosa muda que vuelves elocuente al hombre... Nada puedes ha- cer por ti misma, pero obligas a la hu- manidad a hacerlo todo. Quien sea tu dueño será noble, valiente, y hasta hon- rado...
MOSCA: Y todo lo que quiera, señor. Que mas vale ser rico de cuna, que sabio de nacimiento.
VOLPONE: Cierto mi querido Mosca. Pero hay algo mas precioso que la tranquila posesión del oro...: ¡La astuta manera de adquirirlo...! ¡El juego más que la ganan- cia! Y yo no lo gano de una manera vul- gar: No me dedico al comercio, ni a la usura, no cultivo la tierra...
MOSCA: Ni es usted como el campesino que guarda sus graneros rebosantes y, aun- que tenga hambre, no toca un solo gra- no y se alimenta solo con hierbas amar- gas. Usted sabe como disponer de la ri- queza... Y por eso mismo de este tesoro le dará algo a este humilde aprendiz...
VOLPONE: (Le entrega moneda.) Llama a mis cachorros. Quiero saber que están tramando.
MOSCA: (Saliendo) ¡Castrone! ¡Farfallone!
VOLPONE: ¿Y qué otra cosa puedo hacer sino halagar mi propio genio y disfrutar en libertad de los placeres que me per- mite mi fortuna. No tengo hijos, no ten- go padres, ni parientes a quienes legar mis posesiones.
MOSCA: (Alejándose.) Dejémoslo señor Voltore. Ya ve usted que la conversación lo mata.
VOLTORE: Precisamente por eso era tan agradable...
MOSCA: No se impaciente mi señor... Ya le matarán esas cien enfermedades que lo tienen cercado.
VOLTORE: Pero... Mosca... ¿Estás seguro de que soy su heredero?
MOSCA: Tan seguro cómo de que él no vive cien años.
VOLTORE: ¡No lo quiera Dios...! (Disimu- la.) Con tantos achaques... Pero, ¿here- dero único?
MOSCA: Así lo dispuso esta mañana. To- davía debe estar fresca la tinta del testa- mento.
VOLTORE: Dios sea loado... (Volpone deja caer la bandeja. Voltore se sobresalta) ¡Murió...! (Se descepciona)
MOSCA: Señor... Le suplico que me tenga en cuenta cuando llegue el momento...
VOLTORE: Claro... Claro... ¿Y a qué debo mi buena suerte fiel Mosca...?
MOSCA: Solo a sus méritos señor. Mi pa- trón admira a los abogados como a na- die. Dice que son personas maravillosas... que pueden hablar con total convicción de las cosas mas opuestas hasta quedar- se roncos, y siempre dentro de la ley. Que pueden recibir el oro tentador con una mano mientras levantan la otra como para rechazarlo. Mi amo considera una bendición tener como heredero un espí- ritu tan paciente, tan sabio, de lengua tan elocuente, que no mueve un dedo sin cobrar sus honorarios, y que cada pala- bra que deja caer la cotiza como una moneda de oro. (Llaman.) ¿Quién llama- rá? (Se asoma a la ventana. Castrone se dirige a la puerta principal) No conviene que lo vean. Para que no digan... Señor Voltore, Cuando esté nadando plácida- mente en oro recuerde a este humilde vasallo que queda aquí guardando sus arcas.
VOLTORE: Mosca... El sol de la fortuna brillará también para ti. Toma este mo- desto adelanto. (Le da unas monedas.)
MOSCA: ¡Gracias señor! Cuando disponga le llevaré el inventario y copia del testa- mento. Ya vienen. Ponga un aire de indi- ferencia profesional por si alguien lo ve salir. (Sale Voltore.)
VOLPONE: ¡Admirable Mosca! ¡Déjame que te abrace!
MOSCA: Quieto señor, ya llega Corbaccio.
VOLPONE: ¿Corbaccio? Guarda entonces la bandeja. Que lo que ha dejado el bui- tre no vaya a verlo el cuervo.
MOSCA: Que no viene solo esta vez.
VOLPONE: ¿Acompañado?
MOSCA: Con su hijo, el Capitán Bonario...
VOLPONE: Cuidado con ese, Mosca. No nos vaya a arruinar la función.
MOSCA: Descuide señor. (A la bandeja.) Quédate ahí y multiplícate. (La deja.) Y ahora recibamos a este espectro que con un pie en la tumba todavía tiene espe- ranzas de saltar sobre la suya... A la cama, y silencio.
Entra Corbaccio, con bastón. Lo acompa- ña su hijo Bonario.
CORBACCIO: (A Bonario. Tironeando.) ¡Basta...! ¡Fuera! (Se suelta.) ¡Moscardón!
BONARIO: Padre, permaneceré aquí.
CORBACCIO: ¡Qué te vayas he dicho...!
MOSCA: (A Bonario.) Respeto por el lecho de un moribundo, señor...
BONARIO: Respeto el lecho si, pero no la casa. En el criado se ve al amo.
MOSCA: Le ruego que se retire. A mi señor le hacen daño los gritos.
CORBACCIO: Ya escuchaste.
BONARIO: Me quedaré aquí cuidándote en silencio...
MOSCA: Mi amo está tan débil que tres personas respirando le robaríamos el poco aire que todavía puede tomar.
BONARIO: Está bien. Pero no me separaré de esta puerta. Si me necesitas no tienes
más que llamar. (Sale.)
CORBACCIO: Hay que disculparlo Mosca. Tanto he deseado un hijo sensato para que me proteja en mi vejez... ¡Y Dios me paga con este estúpido de Bonario!.
BONARIO: (Irrumpe creyéndose llamado.) ¿Sí padre...? (Da cuenta de la situación.) Perdón. (Sale.)
CORBACCIO: ¿Y como está tu patrón?
MOSCA: No mejora
CORBACCIO: ¿Cómo que mejora?
MOSCA: (Gritándole.) Al contrario. Que está peor.
CORBACCIO: Eso es mejor. ¿Donde está...?
MOSCA: Se acaba de dormir.
CORBACCIO: ¿Y cómo va su apoplejía?
MOSCA: Violentísima. Ya no habla. Y tiene los ojos desencajados, supura por las orejas, por la nariz, por los ojos...
CORBACCIO: (Interrumpe.) Magnífico... Excelente... Seguro que se muere antes que yo. Esto me rejuvenece veinte años... Pero... ¿Estás seguro Mosca?
MOSCA: Compruébelo usted mismo señor Corbaccio... Dígame si no es ya tres cuar- tas partes de cadáver.
CORBACCIO: (Lo palpa. Le levanta un pár- pado.) Todavía le falta un poco. Apenas. Soy muy entendido en agonizantes. A tantos he visto morir. Que alegría, en el fondo, ver que alguien parte, y uno se queda. ¿No...? (Ríe.) Mosca... ¿Y nuestro testamento?
MOSCA: No ha testado todavía.
CORBACCIO: ¡¿Todavía?! ¡Pero si se está muriendo! ¡Señor Volpone...! ¡Señor Volpone...! No está bien que se muera usted antes que este pobre viejo...
MOSCA: Las palabras le entran por un oído y le salen por otro. Solo un sonido sería, tal vez...
CORBACCIO: ¿Eh...?
MOSCA: Un sonido... capaz de sacarlo de
su letargo.
CORBACCIO: ¿Un sonido...?
MOSCA: ¡Si, un sonido! Permítame su bol- sa por un momento.
CORBACCIO: ¿Mi bolsa...? (Dándosela des- pués de vacilar.) Pero como prueba ¿eh? Solo como prueba.
MOSCA: (Haciendo sonar las monedas jun- to al oído de Volpone.) Mi señor... escu- che usted como redobla la bolsa del se- ñor Corbaccio. (Volpone abre un ojo y mueve una mano hacia la bolsa.)
CORBACCIO: Un momento... A ver si cree que se la regalo... Ya es mucho lo que me debe... (Le quita la bolsa. Volpone recae en estado letárgico.)
MOSCA: ¡Señor Corbaccio...! ¿Y qué impor- tancia tiene lo que mi amo le deba, para quién va a ser el único heredero de su inmensa fortuna?
CORBACCIO: ¿Cómo?
MOSCA: Una bolsa... Diez bolsas... ¡Tonte- rías comparadas a la recompensa! ¡No es una bolsa lo que hace falta aquí, no!. Lo que aquí se impone es una prueba os- tensible de generosidad! Solo eso hace falta. Ya que ha de morir antes que us- ted porqué no nombrarlo -por ejemplo- su heredero testamentario... Natural- mente tendría usted que desheredar a su hijo...
CORBACCIO: ¡¿A Bonario...?!
BONARIO: (Irrumpe nuevamente. La mano a punto de desenvainar el acero.) ¡¿Pa- dre...?! (Da cuenta de su error.)
CORBACCIO: ¿Aquí otra vez...? ¡Deja de zumbar a mi alrededor. ¿O crees que soy esa señora Celia, que te tiene tan embo- bado...?
BONARIO: Padre no le permito...
CORBACCIO: ¿Mito? ¡Ningún mito! ¡Toda la ciudad lo comenta! ¡Y ahora fuera! (Sale Bonario. Busca a Mosca.) Mosca... ¿Me decías...?
MOSCA: Desheredarlo... Por unos días so- lamente. Tal vez por unas horas. (Mira hacia la puerta. Mas bajo.) De ese modo
VOLPONE: ¡Ay, Mosca, qué insólito casti- go es la avaricia en sí misma...!
MOSCA: Y más con nuestra ayuda... (Lla- man)
VOLPONE: ¡¿Otro más?!
MOSCA: ¿Quien es?
FARFALLONE: El señor Corvino...
VOLPONE: ¡¿Corvino?! (Se ilumina) ¡Celia...!
MOSCA: Rápido, a la cama...
VOLPONE: Celia... Celia...
MOSCA: Creí que el señor no la había co- nocido aun...
VOLPONE: No con la vista. Pero tanto has hablado de ella que ya tengo la sensación de haber acariciado ese culo. A veces la mente ve mas claro que los ojos, Mosca
MOSCA: Es verdad, señor...
FARFALLONE: Ya viene...
MOSCA: A la cama... A la cama...
VOLPONE: Muerto nuevamente.
MOSCA: ¿Quién está ahí Farfallone...? (En- tra Corvino.) Señor Corvino... El hombre mas esperado en esta casa... Qué sor- presa cuando lo sepa el señor...
CORVINO: ¿Porqué? ¿Qué pasa?
MOSCA: Señor. La última hora ha llegado.
CORVINO: ¡¿Murió?!
MOSCA: Todavía no, pero lo mismo da. Ya no reconoce a nadie.
CORVINO: ¡Qué pena...!
MOSCA: Comprendo su dolor...
CORVINO: No es eso. Es que le había traí- do una perla.
MOSCA: Bueno... Quizá le quede todavía alguna partícula de conciencia... No pasa un minuto sin murmurar su nombre... ¿La perla tiene buen oriente...?
CORVINO: Jamás se ha visto aquí una igual.
VOLPONE: Señor Corvino...
CORVINO: ¿Qué dijo...?
MOSCA: ¡Silencio...!
VOLPONE: Señor Corvino...
CORVINO: Me nombró...
MOSCA: Lo llama, señor... Acérquese... Hágasela tocar... Patrón... Aquí esta el señor Corvino que le ha traído una per- la.
CORVINO: ¿Cómo va esa salud...? Dile que es de 24 quilates...
MOSCA: Mi amo ya no entiende nada pero es evidente que la perla le hace bien...
CORVINO: Le he traído también un diaman- te...
MOSCA: Lo mejor sería dárselo. Póngaselo en la otra mano. El tacto es lo único que le ha quedado. Mire como los acaricia...
CORVINO: Pobre señor Volpone... Que es- pectáculo tan penoso.
VOLPONE: Señora de Corvino...
CORVINO: ¿Conoce a mi mujer?
MOSCA: No la conoce. Pero tanto ha oído hablar de su belleza, y tanto lo estima a usted, que mezcla sus nombres en el desvarío...
CORVINO: ¡¿Y quién se atreve a hablar aquí de la belleza de mi Celia?!
MOSCA: Señor Corvino, toda Venecia ad- mira a su mujer, y lo envidia a usted.
CORVINO: ¡Habladurías! Solo mis más ín- timos la conocen. Celia jamás sale de casa.
MOSCA: Tal vez su vecino pueda observarla a través de las cortinas...
CORVINO: ¡¿El usurero Corbaccio...?! ¡No ve siquiera su propia nariz!
MOSCA: ¿O su hijo, el Capitán Bonario...?
CORVINO: ¡Canallas! Entonces esos... esos... canallas que acabo de ver salir... ¡A eso han venido...!
MOSCA: Tranquilícese. No han venido a eso. Los Corbaccio solo vienen por la herencia.
CORVINO: (Trans.) ¿Cómo? ¿Cómo por la herencia?
MOSCA: Se lo digo a usted en confianza, y porque sueño con entrar a su servicio a la muerte de mi patrón: El usurero no ha parado estos días de traer regalos, lo mismo que el abogado Voltore y muchos otros...
CORVINO: ¿Pero ha testado, o no ha testa- do...?
MOSCA: Si señor, pero he jurado no mos- trar el testamento hasta después de su muerte... Pero, si quiere saber...: Hoy, hoy mismo, aprovechando que mi señor no hacía sino nombrarlo, «Señor Corvino... Señor Corvino...», tomé papel, pluma y tinta, y le pregunté a quien deseaba nom- brar su heredero. «Corvino...» me respon- dió. «¿Y el albacea testamentario?», le pregunté...
VOLPONE: Corvino...
CORVINO: ¿Quien...?
MOSCA: ¿Quien?
VOLPONE: Corvino...
MOSCA: Ya ve usted... No tiene porqué preocuparse.
CORVINO: ¡Mi querido Mosca! (Lo abraza.)
VOLPONE: Celia... Celia...
CORVINO: (Apartándose.) ¿Como sabe el nombre de mi mujer?
MOSCA: Lo ha dicho usted hace un ins- tante.
CORVINO: ¿Pero no asegurabas que no oye nada?
MOSCA: Oye como en sueños... Sin com- prender. Fíjese... (Al oído de Volpone.) ¡Crápula! ¿Qué estás esperando para re- ventar? ¿Que se te agregue también el chancro negro a todas tus otras pudriciones? ¡Cuándo vas a cerrar de una vez por todas esos repulsivos ojos de sapo que chorrean barro pestilente! Con con- fianza señor Corvino... Acérquese y dí-
gale algo usted también... Vamos...
CORVINO: (Tímidamente.) Viejo taimado... Saco de vicios... Ehhh... Bien se ve que te han perdido las mujeres.
MOSCA: ¡Eso! ¡Muy bien...! (Lo alienta a seguir.)
CORVINO: ¿Pero seguro que no entiende nada? Parece que me sonríe.
MOSCA: Se figura que le esta diciendo al- guna fineza... Que le habla de su espo- sa...
CORVINO: (Se anima.) ¿Cuándo morirás y me dejarás tu fortuna que tanto necesito para librarme de la quiebra...?
MOSCA: Excelente señor... Algo más toda- vía...
CORVINO: (Piensa.) ¡Tu nariz parece una cloaca... que no deja de correr!
MOSCA: Magnífico. Ahora me toca a mi...
CORVINO: ¡Sigo yo! ¡Sigo yo...! Tu boca es un... un... nauseabundo pozo ciego...
MOSCA: ¡Si señor...! ¿Y podríamos tapar- la, no cree?
CORVINO: ¿Cómo...?
MOSCA: Podríamos ahogarlo suavemente con una almohada...
CORVINO: Bueno... Haz lo que quieras... Yo ya me estaba yendo...
MOSCA: Si, mi señor. Mejor vaya. Es su presencia la que me lo impide...
CORVINO: Preferiría que no se use la vio- lencia...
MOSCA: (Acercándose.) ¿No señor? ¿Por- qué? ¿Porqué tantos escrúpulos?
CORVINO: Bien... Lo dejo librado a tu dis- creción. ¿Puedo recobrar mi perla y mi diamante?
MOSCA: ¿Porqué preocuparse por eso se- ñor? ¿Acaso todo cuanto hay aquí no es suyo ya? ¿No estoy acaso yo para guar- darlo...?
CORVINO: ¡Leal Mosca! Eres mi amigo, mi
CELIA: ¿Y qué más?
VIOLA: La plaza está llena de gente. Venga.
Celia sube a la ventana, ayudada por Vio- la. Hace un gesto con la mano, hacia afuera, lentamente, como un saludo sus- pendido.
CELIA: Déjame ver. (Viola la sostiene. Celia se inclina más hacia afuera.) Ah, la ciu- dad... Esta ventana es lo mejor de la casa. (Pausa.) Ya apareció el pesado de Bonario. (Cambia su posición en la ven- tana, semiocultándose.)
VIOLA: ¿Qué hace?
CELIA: Hace señas... (Viola sube. Ambas quedan de pie en la ventana, semijugan- do a mostrarse y ocultarse.) Dile que se aleje (Viola hace indicaciones hacia afue- ra.) ¡Qué cargoso! (Se baja.) Si nos viese mi marido... (Viola baja. Ambas están algo agitadas. Se miran. Sonríen. Pausa.)
VIOLA: Mosca está allí, al pie del tablado.
CELIA: ¿Quién?
VIOLA: Mosca. El lacayo del señor Volpone.
CELIA: Volpone...
VIOLA: Si. El extravagante Volpone... Su casa es de lo más... extraña.
CELIA: ¿Por que, extraña...?
VIOLA: Escandalosa.
CELIA: ¿Si...? (Se miran. Viola le acaricia el cabello). ¿Qué tengo?
VIOLA: Nada... (Le acomoda brevemente el cabello.)
CELIA: Mira a ver si ya se ha ido.
VIOLA: ¿Bonario?
CELIA: El criado de Volpone.
VIOLA: (Se sube a la ventana y mira.) Está allí.
CELIA: Déjame ver. (Sube también.)
CORVINO: (Entra. Descubre. Grita desen- cajado. Acero en mano.) ¡¡Puuutaaas!! (A Viola que intenta una retirada hacia el
interior.) ¿Adonde crees que vas vulgar alcahueta? ¿Conque cómplice de tu ama? ¡Fuera de mi vista antes que te corte en rodajas! (A Celia.) Y tú... Ven aquí... ¿Así guardas mi honor...? Asomando el busto por la ventana abierta. No te basta co- quetear con ese capitán fanfarrón, que encima haces testigo de ello a una mu- chedumbre de viejos babosos que no hacían otra cosa que mirar hacia aquí como sátiros. Y tú mostrándote para de- leite de esos cochinos espectadores.
CELIA: Te equivocas. Una vez más. Solo escuchaba al Doctor Scoto...
CORVINO: ¿Qué, acaso utilizaron al saca- muelas para llamarte...? Para justificar tu presencia en la ventana. ¿Fue el repe- lente Bonario quién lo contrató? Oías, si, al charlatán pero mirabas al otro. ¿Ya tie- nes su carta, verdad? ¿Donde es la cita...? ¡¿No te he prohibido que te asomes en mi ausencia, grandísima puta?!
CELIA: Nada hubo de malo en mi conduc- ta.
CORVINO: ¡Tu conducta...! Como si no hubiese más adulterio que el puramente material! ¡Como si la lasciva mirada de un hombre no ultrajase tanto a una mujer como el más obsceno manoseo...!
CELIA: Con esos pensamientos, señor, la vida en la ciudad sería imposible.
CORVINO: ¡¡Ojalá lo fuera, y ojalá todos los hombres fueran mudos ciegos y paralíti- cos...!! Y si mis negocios no fueran de mal en peor... Si heredara finalmente a ese cerdo de Volpone te llevaría a un desierto africano...
CELIA: No veo para que te serviría ser rico allí.
CORVINO: Para vivir lejos de esta ciudad, poblada de libertinos. Y ahora escucha bien: Ya que tus narices tan sutiles no encuentran placer en el perfume de nues- tros aposentos, ya que necesitan el olor de los transeúntes sudorosos, haré ta- piar esa ventana alcahueta. Te alojarás en la parte trasera de la casa y... (Lla- man.) Que no te vean, bajo pena de tu vida. No me encolerices, puta, porque te corto en rodajas diseco lo que me perte- nece, y doy en público una conferencia sobre tu cuerpo. ¡Fuera! (Sale Celia. Cor- vino espía por la ventana. Para sí.) ¡Mos-
ca...! Murió Volpone: no hay mal que por bien no venga... (Lo hace pasar.) Bienve- nido querido Mosca... Adivino la doloro- sa noticia.
MOSCA: Me temo que no es la que el señor espera...
CORVINO: ¿Qué...? ¿No murió...?
MOSCA: Todo lo contrario, en realidad.
CORVINO: ¿Mejoró?
MOSCA: Salió de su letargo.
CORVINO: Estoy maldito. Me han hechiza- do. ¿Cómo? ¿Cómo es posible?
MOSCA: Y bien, señor: con el elixir del doc- tor Scoto, que lo visitó esta mañana.
CORVINO: ¡Scoto...! Ese miserable médico de feria. ¿Pero cómo es posible que ese elixir tenga virtudes?.
MOSCA: No lo sé señor, pero lo cierto es que le echó un poco en la nariz, otro poco en los oídos y así mejoró.
CORVINO: Maldita medicina...
MOSCA: Y eso no es lo peor.
CORVINO: ¿Hay más aun?
MOSCA: El Doctor Scoto ofreció a mi señor un tratamiento de curación completa.
CORVINO: ¡No...!
MOSCA: Si.
CORVINO: ¡No...!
MOSCA: Si.
CORVINO: No puede ser...
MOSCA: El doctor sostiene que una emo- ción muy fuerte podría curarlo. Y que aun con el riesgo de que lo mate, sería mejor que seguir sufriendo como hasta ahora, y haciendo sufrir a los demás.
CORVINO: Es cierto. Por nadie he sufrido tanto últimamente.
MOSCA: El doctor lo revisó y me dijo que no le queda otro signo vital que el de su desenfrenado deseo carnal. Y hay que
satisfacerle ese capricho. Así que me en- cargó conseguir una mujer joven y ro- busta para llevarla a su cama.
CORVINO: Le pagarás una puta...
MOSCA: No señor. El doctor Scoto opina que no serviría esa medicina de la que tanto ha abusado mi señor. La mujer debe ser joven, bella y honesta.
CORVINO: Buen trabajo tendrás si pien- sas encontrarla en esta ciudad.
MOSCA: Lo mismo pensé yo señor, pero nos equivocamos: uno de los candidatos a la herencia, el Senador Pécora, ofreció a su hija.
CORVINO: ¿Como...? ¿Pero como es posi- ble?
MOSCA: Como lo oye.
CORVINO: ¿La hija de un senador?
MOSCA: Y virgen, señor. Entre nosotros: los riesgos son mínimos. No hay conjuro capaz de levantarle... el espíritu a mi amo. Por otro lado, ¿quien habría de enterar- se?. El Senador Pécora no dudó. La re- compensa es demasiado tentadora ¡Adiós herencia de Volpone, señor!
CORVINO: Ese... Ese... ¡¿Con que derecho?! ¿Lo ha visitado como yo...? ¿Le ha obse- quiado como yo casi dos puñados de pie- dras preciosas?
MOSCA: Creí un deber de lealtad ponerlo al tanto de lo que estaba ocurriendo.
CORVINO: ¡Todo perdido...! (Se desespera.) ¡Aunque...! Si él por codicia está dispues- to a entregar a su hija... ¿Qué debería yo por amistad...? En sí mismo el asunto no significa nada ¿verdad? Volpone con una mujer no podría... No podría... En lo que se refiere al honor, el caso de una hija es similar al de una... una... Porqué no habría de sobreponerme también yo a mi sangre y mis afectos cómo ese estú- pido senador..
MOSCA: Disculpe señor Corvino, debo irme... Tengo que acompañar al doctor Scoto a la casa del senador...
CORVINO: Mosca...
MOSCA: ¿Señor...?
brada, doctor. Nunca estuvo enferma, pero yo le aseguro..
CELIA: ¡Señor!
VOLPONE: Bien... Renuncio a ver a la hija del Senador Pécora. La reina de la her- mosura está en su casa señor Corvino.
CORVINO: Gracias magnánimo Scoto, Gra- cias.
VOLPONE: Corramos a llevar a nuestro Volpone la gratísima nueva... (Aparte.) Vámonos Mosca que se me echó a rodar la piedra...
MOSCA: No tarde señor Corvino... Llévela cuanto antes a casa. Y quédese tranqui- lo que ahora sí será el único heredero.
CORVINO: Dios te oiga... (En voz baja.) Mosca... ¿Será discreto el doctor?
MOSCA: Como una tumba. Es su ética pro- fesional.
CORVINO: (A Celia que mira atónita.) Dale las gracias, mujer. Sé amable.
CELIA: Gracias señor. (Salen Volpone y Mosca.) ¿De qué se trata esto, señor...?
CORVINO: Celia... Mi amor... Todavía es- tás molesta por mi reprimenda de hoy...
CELIA: No entiendo qué te propones.
CORVINO: ¿Creíste que hablaba en serio...? ¿Que estaba celoso por esa tontería...? Te he hecho sufrir estúpidamente...
CELIA: Explícate, señor.
CORVINO: Los celos son un estado lamenta- ble... infructuoso... ¿Acaso no sé que si las mujeres se proponen algo, lo hacen a pe- sar de todos los guardianes del mundo...?
CELIA: Sigo sin entender.
CORVINO: ¿No has visto como no me im- portó que Mosca te devorara con esos ojos lascivos, ni que el doctor te tocase con esas manos...? Estoy tan seguro de tí... Dame un beso. Y ahora ve, ponte tus mejores ropas. Las que te pones... para mí. Y, vamos... cambia esa cara por tu sonrisa más encantadora.
CELIA: Adonde me llevas señor.
CORVINO: ¿Llevarte? Mi cielo, no eres un objeto para que alguien pueda llevarte... Iremos juntos a un banquete en la casa del viejo Volpone, y allí verás hasta que punto estoy libre ya de celos y temores. (Celia le clava su mirada más filosa.)
Casa de Volpone.
VOLPONE: (Todavía disfrazado.) Anúncia- me a tu patrón, Mosca. El eminente doc- tor Scoto dará la jugosa noticia al buen Volpone.
MOSCA: (Al lecho vacío.) Despierte señor zorro... El mago Scoto ha enlazado de la pata a la paloma más tierna del tejado...
VOLPONE: Con la ayuda de Mosca, en ho- nor a la verdad. Prepara los dientes, afi- la las garras, viejo lujurioso que la carne está tan tierna que se deshace entre los dedos... (Cambiando de ropa.) ¡Aunque me fulmine la apoplejía! ¡Nunca la muerte será tan fogosa!
Ríe. Llaman.
MOSCA: Ya están aquí...
VOLPONE: ¿Tan pronto?
MOSCA: ¡A la cama, señor! ¡La bata! ¡Las pieles! ¡El maquillaje para los ojos!
VOLPONE: Sin maquillaje para la paloma, Mosca... Abre ya, que me muero de ca- lentura.
MOSCA: (Asomándose.) ¿Es usted señora Luppa? Mi amo no puede recibirla aun...
DOÑA LUPPA: No aceptaré más excusas. Lo prometido es deuda.
MOSCA: Un momento...
VOLPONE: ¿Quién es?
MOSCA: (Volviéndose. Aparte.) Doña Luppa...
VOLPONE: ¡Otra vez! ¡Dile que no puedo recibirla, Mosca! Que... Que el médico me ha purgado...
MOSCA: Señora, mi amo no está visible... Ni olible. La purga de hoy día ha sido salvaje.
DOÑA LUPPA: (Entra. Volpone le vuelve la espalda.) Eso no es inconveniente. Al contrario. Así verá tu señor que no soy mujer que le haga ascos a nada. Buenos días señor Volpone. ¿Como se encuen- tra?
VOLPONE: Aquí, señora... Disolviéndome...
DOÑA LUPPA: Todavía queda mucho por disolver. No sea pesimista. La vida de un hombre no se termina tan fácilmente.
VOLPONE: Que lo digan sus cuatro mari- dos...
DOÑA LUPPA: Precisamente señor. Sin mis cuidados y mis cataplasmas y mis bote- llas de agua caliente, se hubieran muer- to mucho antes. (Trans.) Y hablando de maridos, señor Volpone, es mi deber re- cordarle su promesa.
VOLPONE: ¡Que no he olvidado, señora...! ¡Que no he olvidado!. Pero cómo pensar en la buenaventura del matrimonio cuan- do se está más cerca del cementerio que de la iglesia. ¡Me derrumbo minuto a minuto, señora!
DOÑA LUPPA: Precisamente. Qué mejor que una mujer experimentada que lo cuide noche y día. Que se sacrifique por usted y le endulce el tiempo que le que- da de vida. Los criados no sirven para estos menesteres. Lo que aquí hace falta es una esposa abnegada y tierna. ¿A que tiene usted los pies convertidos en tém- panos? ¡Como si lo viera!
VOLPONE: ¡Señora...!
DOÑA LUPPA: ¡Pero por Dios! ¡Si está us- ted calzado y vestido!
VOLPONE: ¿Si...? Costumbre...
DOÑA LUPPA: De lo más malsana. Hay que desnudarlo enseguida...
VOLPONE: Mosca...
MOSCA: Señora... Son indicaciones del doctor Scoto para mantenerle acaloradas las partes...
DOÑA LUPPA: ¿Y sabrá de eso el doctor más que yo...?
MOSCA: No señora... Mi amo es pudoroso como una novicia... Se moriría de ver-
güenza.
DOÑA LUPPA: ¿Pero porqué? Si pronto seré su mujercita...
VOLPONE: ¡Ayyy...!
DOÑA LUPPA: Adelante... adelante... No reprima sus necesidades. Yo estoy acos- tumbrada. Levántese si se lo pide el cuer- po... (Mira debajo de la cama.) ¿Donde está el servicio, Mosca...?
MOSCA: Señora, mi amo prefiere salir fue- ra de sus habitaciones.
DOÑA LUPPA: Es un suicida. Con el aire que corre por esos pasillos... Lo está matando, señor Volpone...
VOLPONE: ¡Mosca...! (Hace gestos deses- perados.)
DOÑA LUPPA: Todo por no tener a su lado una mujer hacendosa y enamorada. (Lla- man) Llaman, Mosca... Si supiera las noches que he pasado en vela por usted.
MOSCA: (Se asoma. A Volpone por lo bajo.) Son ellos. (A Doña Luppa.) Señora, me- jor que vaya, mi amo necesita descan- sar...
DOÑA LUPPA: Me iré en cuanto convenga- mos lo nuestro. Y si no, apenas me de- vuelva la dote que puntualmente he apor- tado
MOSCA: Es que, señora...
DOÑA LUPPA: Sin una cosa o la otra, de aquí no me mueve nadie. Suficiente pa- ciencia he tenido... (Se instala. Llaman nuevamente.)
MOSCA: (Por lo bajo.) Déle su promesa, señor, o no habrá peste que se la saque de encima.
VOLPONE: Doña Luppa... Grande es su bondad al apiadarse de un moribundo como yo...
DOÑA LUPPA: No hago más que mostrarle mi afecto.
VOLPONE: Le prometo meditar y darle mañana una respuesta.
DOÑA LUPPA: Medite, señor, todo lo que quiera. Yo esperaré aquí.
una anguila cruda! ¡Voy a cortarte la boca hasta las orejas! ¡No me enfurezcas! (Celia se aleja.) ¡Acércate! ¡Obedece!
CELIA: Señor, soy tu víctima. Haz de mi lo que quieras.
CORVINO: No seas tan obstinada. No me lo merezco. Es tu marido quien te lo pide... Te lo ruego, mi amor... Te pro- meto que tendrás joyas, nuevos vesti- dos, lo que me pidas. (Celia se aparta.) Dale un beso al viejo aunque más no sea...
CELIA: No.
CORVINO: ...o acarícialo. Por amor a mí.
CELIA: No.
CORVINO: ¿No...? ¿No? ¿Estás buscando mi ruina? ¿Mi vergüenza?
MOSCA: Señora, reflexione...
CORVINO: No, no. Ella ha estado esperan- do esta oportunidad. ¡Dios bendito, esto es vil, sencillamente vil, y tu una...
MOSCA: No señor, le...
CORVINO: ...ruin langosta, una langosta voraz... ¡Puta! ¡Cocodrilo, que guardas las lágrimas ya listas esperando la oportu- nidad en que te convenga derramarlas!
MOSCA: Se lo ruego, señor, no pierda la cabeza.
CORVINO: ¡Maldición...! Si por lo menos consintiera en dirigirle la palabra...
MOSCA: Señor... es una cuestión de pudor y hay que comprender. Sino estuviera usted presente, tal vez se sentiría más cómoda. Qué mujer podría, en presen- cia de su marido...? Se lo ruego, salga- mos y dejémoslos aquí solos.
CORVINO: Dulcísima Celia, todavía estás a tiempo... No diré nada más. De lo con- trario date por perdida. ¡No, quédate ahí!
Salen Corvino y Mosca cerrando la puerta. Pausa. Silencio. Celia observa la habita- ción, y luego a Volpone quien permane- ce inmóvil.
VOLPONE: (Sin mirarla.) Celia... (Pausa.) Celia...
CELIA: Si, señor...
VOLPONE: (Inmóvil en su lecho.) ¿Ah, has dicho si? Muy bien. ¿Me conoces? ¿Sa- bes quien soy?
CELIA: No, señor. (Pausa.)
VOLPONE: Por esa puerta puedes huir si lo deseas. Yo te protegeré.
Celia mira hacia la puerta. Permanece in- móvil. Pausa. Volpone salta del lecho, se acerca a ella, sonríe, se miran.
VOLPONE: ¿Te sorprende el verme resuci- tar? No es otro que el milagro de tu her- mosura el que me hace vivir, y revivir... Esta mañana vestido de médico te visité en tu casa.
CELIA: ¡Señor...!
VOLPONE: Estas mismas manos tocaron ese cuerpo divino. (La toca. Celia se apar- ta sin violencia.) No, no huyas de mí. No permitas que tu inocencia te haga creer que soy solo un enfermo confinado en su lecho. No los soy. (Pausa. El se acerca a ella. Se miran.) De joven fui -entre tan- tas cosas- actor. Y ahora me siento como cuando en el teatro el público aplaudía aquellos versos que -ahora entiendo- ensayaba entonces para decírselos hoy a ti, su verdadera destinataria.
Ven, Celia mía, disfrutemos mientras po- damos
las delicias del amor;
el tiempo no siempre será nuestro
y a la larga cercenará nuestra dicha...
Celia... No es pecado robar los frutos del amor.
Dejarse sorprender,
es el único pecado.
En tanto recita, la acaricia, le toca los se- nos.
CELIA: (Se aparta.) ¡Ay... que el rayo, so- cave este rostro en el que reside mi des- dicha!
VOLPONE: Celia. En lugar de un marido vil hallaste un amante digno de tí. Mira,
contempla el tesoro que te pertenece, codiciado por cada uno de los que aquí vienen. Es tuyo, y lo disfrutarás como reina...
CELIA: Señor... He sido traicionada por un marido que entregó su honor y el mio por dinero... Te ruego permitas marcharme. Déjame partir.
VOLPONE: No. Antes si. Ahora no.
CELIA: Soy un ser infortunado, Te engaña este triste error de la naturaleza que ino- centemente llamas mi hermosura. Detrás de este rostro hay un abismo.
VOLPONE: Quiero asomarme a él.
CELIA: No. Frota más bien estas manos con aquello que les provoque una lepra desvastadora. Que llegue hasta mis hue- sos. Azota este rostro hasta desfigurarlo por haber despertado tal pasión. No te deseo, señor. Apacíguate, piensa que si eres virtuoso... (Volpone intenta abrazar- la. Forcejeos.) ¡No...! ¡Socorro...!
Volpone tira del cabello de Celia y le arran- ca su peluca. El se saca a su vez la suya. Se arroja sobre ella. La fuerza. Se abre la puerta y entra precipitadamente Bonario, espada en mano. Celia arranca rápida- mente su peluca de manos de Volpone y se la coloca.
BONARIO: ¡Quítale las manos de encima, cerdo libidinoso! ¡Suéltela o te mato aquí mismo, viejo alacrán! ¡A la horca! ¡A la horca con tus huesos, para que sirva de escarmiento! (Por la ventana.) ¡Guar- dias...! ¡Guardias aquí! Un miserable aca- ba de ultrajar a una dama! ¡Pronto aquí!
Volpone se mete en la cama.
MOSCA: (Entrando precipitadamente.) ¿Cómo se atreve a entrar así a una casa decente?
BONARIO: ¡Ah grandísima basura! ¡Ya es- tán los dos en el cepo al fin! Seguía... casualmente, los pasos de la señora te- miendo algo desagradable, y no me en- gañaba el olfato cuando a poco la escu- ché dar voces... ¡Calma, Celia, ya todo ha pasado!
MOSCA: Señor... Hace mal, en comprome- terse en cuestiones ajenas. En este mis- mo momento, y si usted no lo impide, su
padre lo está desheredando y nombran- do heredero al señor Volpone.
BONARIO: ¿Me crees tan necio para creer- te? No encontrarás estratagema esta vez para librarte de la justicia. ¡Canallas!
DOÑA LUPPA: (Entra precipitadamente.) El notario viene para acá... Todo está arre- glado.
MOSCA: Si. Para ir al otro mundo.
DOÑA LUPPA: ¿Que...? ¿Empeoró Volpone?
MOSCA: Empeoramos, señora.
BONARIO: (A Volpone. Levantándolo con violencia.) ¡De pie, bolsa de vicios!
DOÑA LUPPA: ¡Suelte a mi prometido si no quiere vérselas conmigo...!
BONARIO: ¿Su prometido?
GUARDIA: (Entrando.) Buenas tardes... ¿Qué delito se ha cometido aquí?
BONARIO: Ultraje contra una dama.
GUARDIA: (Por Doña Luppa.) ¿Contra esta?
BONARIO: Más quisiera ella. Contra la se- ñora. (Señala a Celia.)
GUARDIA: ¿Donde está el criminal?
DOÑA LUPPA: (Señalando a Bonario.) Allí lo tiene. Ha querido asesinar al señor Volpone. Yo misma lo he visto. Y esa mujer debe ser su cómplice.
BONARIO: ¡Pero que dice!
GUARDIA: Vayamos por partes, a ver si yo comprendo. ¿Esta señora (Por Celia.) es su esposa, Señor Capitán?
MOSCA: Eso es lo que él quisiera, pero el marido es otro.
GUARDIA: ¿Y que hacía aquí esa señora?
MOSCA: (Al guardia, en voz baja.) Eso mis- mo me pregunto yo.
BONARIO: Se lo acabo de explicar: la que- ría ultrajar el cobarde de Volpone.
GUARDIA: ¿Pero la señora había venido sola?
Salen todos menos Volpone y Mosca.
VOLPONE: (Saltando de la cama.) ¡Ay Mos- ca! ¡Que se hunda el techo y me entie- rren los escombros! ¡Se terminó todo Mosca! ¡Desenmascarado y condenado a la miseria...! ¿Por qué demonios dejaste entrar a Bonario?
MOSCA: Entró sin que yo lo viera, señor. Me había alejado por la galería con Corvi- no para contenerlo si gritaba su mujer...
VOLPONE: ¿Y ahora qué haremos...?
MOSCA: No lo sé... ¡Ay señor, si mi cora- zón pudiera expiar esta calamidad juro que me lo arrancaría! Señor: hemos vivi- do como griegos... Creo que llego la hora de morir como romanos...
VOLPONE: ¡No...! Si el zorro ha caído en la trampa no queda más remedio que dejar la pata adentro y huir con las otras tres...
MOSCA: No es posible escapar rengo, y con los galgos mordiéndole los talones. De- beríamos intentar abrir la trampa y ha- cer caer en ella la pata del cazador... No desesperemos... (Llaman.)
VOLPONE: Los guardias me vienen a bus- car... Ya siento el hierro al rojo sobre mi frente...
MOSCA: Animo señor, y a la cama.
VOLPONE: ¿Para qué?
MOSCA: Es necesario representar esta co- media mejor que nunca...
Volpone a la cama. Mosca abre.
MOSCA: ¡Señor Voltore...! Adelante. Llega justo a tiempo..
VOLTORE: ¡A tiempo para desenmascarar- te, bribón!
MOSCA: ¿Qué pasa?
VOLTORE: ¿Qué es eso de que tu patrón ha nombrado heredero a Corbaccio y que Corbaccio lo ha nombrado a él? Corbac- cio mismo me dijo que la infame idea había sido sólo tuya.
MOSCA: ¿Mía...? (Un tiempo.) ¡Mía, claro!
VOLTORE: ¿Y lo dices así?
MOSCA: ¿Pero no comprende, señor, que lo hice por mejorar nuestro negocio? Así tendrá, no una herencia, sino dos.
VOLTORE: ¿Como? ¿Como es eso?
MOSCA: Claro como el agua, señor... En su testamento Corbaccio deja todos sus bienes a Volpone, y a la muerte de este, naturalmente a sus herederos. ¿Y quién es el único heredero de Volpone...? Us- ted señor.
VOLTORE: ¡Mosca...! ¡Tienes más ingenio que yo para enredar las cosas!
MOSCA: Ojalá lo tuviera para desenredar- lo. ¿Se ha enterado de lo que sucedió re- cién aquí?
VOLTORE: Una increible historia comen- taban al salir. Que Volpone había queri- do forzar a la señora Celia...
MOSCA: Es un disparate... Una venganza de Bonario por haber sido desheredado. Irrumpió aqui con Celia, que es su aman- te, golpeó e insultó a mi amo, y comenzó a llamar a los gritos a la guardia dicien- do que este pobre hombre había querido abusar de ella...
VOLTORE: ¡Una infamia!. ¡Hay que salvar el honor del señor Volpone!
MOSCA: Y su herencia, señor. Si la infa- mia prospera: entre abogados, costas e indemnizaciones ¡Adiós fortuna!
VOLTORE: ¡Hay que evitarlo! ¡Cómo sea! La ciudad se deshonraría para siempre.
MOSCA: No olvide doctor, que Bonario es capitán, y que las armas pesan más en la balanza de la justicia.
VOLTORE: Mas pesarán mi elocuencia y mi saber... Mosca, confía en mí. ¡La toga vencerá a las armas! (Sale.)
VOLPONE: ¡Inquebrantable Mosca! ¡Nada agota tus recursos!
MOSCA: No hay tiempo que perder. Enchástrese bien la cara y ensaye su mirada más agónica. (Volpone se alista.) Si aquí era un enfermo incurable, en el tribunal será un moribundo. La piedad que despierte, y el pico del abogado Voltore serán las palancas con las que intentar abrir la trampa.
VOLPONE: Dios te oiga, Mosca. Pero más que en mi máscara y en la elocuencia del avenegra, confío en otros recursos...
MOSCA: ¿A que se refiere, señor?
VOLPONE: Averigua sobre la familia de los jueces. A uno le llevas este collar de per- las, al otro este rubí. Un humilde obse- quio para sus esposas o hijas, lo mismo da.
VOLPONE: ¿Sabes algo del Presidente del Tribunal?
MOSCA: Siendo juez, será como los demás.
VOLPONE: Pero más caro. A él, luego de obsequiarle este diamante le anuncias confidencialmente que, además, tu se- ñor piensa dejar su fortuna al tribunal de Venecia para reforzar de ese modo su inflexible independencia.
MOSCA: Muy astuto, señor. (Llaman.) La camilla...
VOLPONE: Encomendémonos a Dios, que en algún lado habrá un cielo también para nosotros. Quedo en tus manos. Que entren.
En el Juzgado.
Voltore, Corbaccio, Corvino, Mosca, y dos guardias.
MOSCA: Bien. Ahora ya saben como ac- tuar en este asunto. Lo importante para salir del paso es la firmeza. (A Voltore.) ¿Recuerda todo tal cual ha sido...?
VOLTORE: Tal cual tú lo acabas de relatar. Y lo que no, por supuesto, irá de mi co- secha. ¿Para que soy abogado sino? (A los demás.) ¿Existe alguna duda? ¿Cada uno sabe lo que debe declarar?
CORVINO: Si, si.
VOLTORE: No desdecirse, ni retroceder...
CORBACCIO: ¿Eh...?
VOLTORE: (Grita) ¡No desdecirse, ni retro- ceder!
CORVINO: (A Mosca. Aparte.) ¿Pero el abogado sabe la verdad?
MOSCA: ¡Señor... de ningún modo! Inven- té una historia que pone a salvo su re- putación...
CORVINO: Lo único que temo es que por el hecho de defender la causa quiera con- vertirse en coheredero...
MOSCA: Despreocúpese. Lo único que ha- remos es aprovechar su lengua.
CORVINO: ¿Y cuando el juicio termine?
MOSCA: Lo pensaremos. Podríamos ven- derlo como loro... (A Corbaccio. Aparte.) Señor, sólo usted disfrutará de toda la cosecha. Estos no saben para quien es- tán trabajando.
CORBACCIO: Si, cállate...
MOSCA: (A Corvino) Solo usted será el he- redero y yo su humilde siervo... (A Voltore) Señor: que Mercurio inspire su lengua atronadora...
VOLTORE: Ahí vienen, aléjate.
Entran Juez 1º, Juez 2º, el Presidente del Tribunal, Celia y Bonario.
PRESIDENTE: ¿Están presentes todos los citados?
GUARDIA: Todos menos Volpone.
MOSCA: Con permiso de su señoría, aquí está su abogado. El señor Volpone está tan delicado...
PRESIDENTE: (A Juez 2º) ¿Y quién es este?
BONARIO: Su parásito. Su alcahuete. So- licito al tribunal que se obligue a compa- recer al impostor.
VOLTORE: Doy fe que no le es posible le- vantarse del lecho.
PRESIDENTE: Con el debido cuidado, que se lo traslade hasta aquí.
VOLTORE: Muy bien su señoría. Pero en tanto el señor Volpone es traído aquí, yo quisiera hacer oír mi verdad.
PRESIDENTE: Puede hablar con absoluta libertad.
VOLTORE: En tal caso, no puedo menos que revelar a ustedes el más descarado